Este versículo resulta muy difícil de traducir por las diversas interpretaciones que admite el original griego, y porque la cita no se encuentra literalmente en la Biblia. La traducción, palabra por palabra, sería: «Celosamente ama el espíritu que habita en nosotros». No aparece con claridad quién es el que «ama», si Dios o el espíritu; por otra parte, «el espíritu» puede referirse al alma o al Espíritu Santo; e incluso el celo puede entenderse como bueno o como algo malo, equivalente a la envidia. Teniendo en cuenta estas posibilidades, nuestra traducción es coherente con el resto de la carta, y coincide con la Neovulgata.
Aunque en la Sagrada Escritura no aparece esta cita literalmente, es posible que Santiago se refiera no tanto a un pasaje concreto, como a la idea repetida con frecuencia en la Biblia de presentar a Dios como un amante celoso (cfr, p. ej., Ex 20, 5; 34, 14; Zach 1, 14; 8, 2), que no permite componendas en la correspondencia a su amor. Resulta entrañable este inmenso amor de Dios a los hombres, manifestado en términos tan humanos. San Alfonso Mana de Ligorio enseña: «Como Él nos ama con infinito amor, quiere todo nuestro amor, y por ello está celoso cuando ve que otros participan de corazones que Él quiere por entero para sí. ‘Celoso es Jesús’, decía San Jerónimo (Epístola 22), por lo que no quiere que amemos otra cosa fuera de Él. Y si ve que alguna criatura tiene parte en su corazón, en cierto sentido le tiene envidia, como escribe el Apóstol Santiago, porque no sufre tener rivales en el amor, sino que Él solo quiere ser amado» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 11).
Jacques 4, 6
El autor sagrado sale al paso del posible retraimiento que las exigencias del amor celoso de Dios podrían provocar en alguno: el Señor nunca pide imposibles, y da toda la gracia necesaria para llevar a cabo lo que pide. «Toda mi esperanza, exclamaba San Agustín, no estriba sino en tu muy grande misericordia. Da lo que mandas y manda lo que quieras» (Confesiones, X, 29, 40).
Sin embargo, sólo los humildes reciben esa gracia y da fruto en ellos. Los soberbios, llenos de amor a sí mismos, ni siquiera captan la necesidad de la gracia, y no la piden, o la piden mal. La segunda parte del versículo es una cita literal de Prv 3, 34 (según la versión griega de los Setenta): se observa la forma poética, con el característico paralelismo antitético de la versificación hebrea. San Agustín, explicando que los textos de la Biblia donde se refieren pecados de grandes hombres, fomentan la humildad en los lectores, comenta que «casi no hay página alguna en los libros sagrados en la cual no resuene que ‘Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia’» (De doctrina christiana, III, cap. 23, 33).
Jacques 4, 7-10
Se señalan algunos remedios contra la soberbia: fundamentalmente se requiere una profunda y sincera conversión, que exige comenzar por la humildad de reconocerse pecadores y necesitados de purificación. El tono de estos versículos recuerda las recriminaciones de los profetas del AT al pueblo de Israel por sus infidelidades a Yahwéh.
Para acercarse a Dios el pecador debe purificarse. La limpieza de las manos (v. 8) ha de entenderse no en el sentido material de las abluciones de los judíos (cfr Ex 30, 19-21; Mc 7, 1-5), sino en un sentido moral de purificación de los pecados y rectitud en las acciones, como aparece también en otros pasajes de la Biblia (cfr, p. ej., Is 1, 15-17; 1 Tim 2, 8). De todos los posibles actos de purificación y conversión —por ejemplo el acto penitencial de la Misa, una peregrinación o el ayuno— «ninguno es más significativo, recuerda el Papa Juan Pablo II, ni divinamente más eficaz, ni más elevado y al mismo tiempo accesible en su mismo rito, que el sacramento de la Penitencia (...) Para un cristiano el sacramento de la penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo» (Reconciliatio et Paenitentia, nn. 28 y 31. I).
Jacques 4, 7
Cuando el hombre resiste las tentaciones del diablo, éste se aparta de él, porque no puede obligar al hombre a pecar. El Pastor de Hermas —obra escrita por un cristiano desconocido, a mediados del siglo II— abunda en la misma idea: «Convertíos, vosotros, los que andáis en los mandamientos del diablo, entre vicios intolerables, repelentes y salvajes, y no temáis al diablo, porque no hay en él fuerza alguna contra vosotros (...). El diablo sólo infunde miedo; pero este miedo no tiene eficacia ninguna. No le temáis, pues, y él huirá de vosotros (...). El diablo no puede dominar a los siervos de Dios que de todo corazón confían en Él; puede ciertamente combatirlos, pero no puede derrotarlos. Si, pues, le resistís, huirá de vosotros, vencido, lleno de vergüenza» (Mandamiento XII, 4, 6 y 5, 2).
Jacques 4, 9
«Reconoced vuestra miseria»: El término griego incluye aquí un matiz subjetivo: sentirse o reconocerse miserable. «Reconocer el propio pecado, es más, —yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad—, reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 13).
La aflicción y el llanto son la expresión sensible del arrepentimiento sincero (cfr Mt 5, 4 y nota correspondiente; Tob 2, 6; Am 8, 10): ¿Lloras? —No te dé vergüenza. Llora: que sí, que los hombres también lloran, como tú, en la soledad y ante Dios. —Por la noche, dice el Rey David, regaré con mis lágrimas mi lecho.
Con esas lágrimas, ardientes y viriles, puedes purificar tu pasado y sobrenaturalizar tu vida actual (Camino, n. 216).
Jacques 4, 11-12
Pensar mal del prójimo —juzgarlo— y difamarlo —hablar mal de él— es deshacer el mandamiento de la caridad, en el que se resumen la Ley y los Profetas (cfr Mt 22, 34-40). Quien obra así, por tanto, ofende la Ley entera, como si quisiera erigirse en legislador, usurpando el lugar de Dios, supremo Legislador y Juez. En efecto, es a Dios a quien corresponde dar leyes, y —conforme a ellas— «salvar y perder», es decir, juzgar, para premiar o castigar.
Jacques 4, 13-17
La presuntuosa confianza en la propia capacidad es una forma de soberbia, al olvidar que es Dios quien —con su Providencia— rige la existencia de los hombres. Santiago recuerda a aquellos hombres completamente absortos en sus negocios la caducidad de la vida humana (v. 14). Antes ya se había referido a este punto, utilizando la imagen de la flor del heno (cfr 1, 9-11); ahora lo hace con la de la fugacidad de la neblina, muy utilizada también en la Biblia (cfr, p.ej., Iob 7, 7-16; Ps 102, 4; Sap 2, 4). «La vida temporal es trabajosa —recuerda San Gregorio Magno—, más ligera que las fábulas, más rápida que un corredor, fluctuante por la inestabilidad y la debilidad; su vivienda está en casas de barro —es más, ella misma se contiene en barro—; nula es su fortaleza; nula la firmeza de su resolución; nulo el descanso de las turbaciones; nulo el reposo de los trabajos» (Exposición sobre los siete salmos penitenciales, Ps 109, Prol.).
Pero el abandono confiado en las manos de Dios que debe vivir el cristiano, no tiene nada que ver con la dejación irresponsable en el cumplimiento de los deberes o en la exigencia de los derechos.
Jacques 4, 15
«Si el Señor quiere»: Esta misma expresión aparece en otros lugares del NT. Concretamente, San Pablo emplea las mismas palabras (cfr 1 Cor 4, 19), u otras similares, al hablar de sus planes futuros (cfr, p. ej., Act 18, 21; Rom 1, 10; 1 Cor 16, 7). Se trata de un dicho que ha pasado al lenguaje popular cristiano, y es muestra de abandono y confianza en Dios, y de sometimiento a la Providencia divina.
Jacques 4, 17
Como en otros lugares de su carta, Santiago termina el pasaje con un aforismo general (cfr 1, 12; 2, 13; 3, 18). En este caso, insiste en la necesidad de manifestar con obras la fe y la buena doctrina (cfr 2, 14-16): lo hace con una advertencia sobre los pecados de omisión. Una vez más, las palabras del autor sagrado dejan traslucir las enseñanzas del Maestro: «El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, será muy azotado» (Lc 12, 47).
Chapitre n°5
Jacques 5, 1-6
El autor sagrado reprende de nuevo (cfr 2, 5-7) con extraordinaria severidad y energía los abusos de los ricos. Con un tono que recuerda a los Profetas (cfr, p. ej., Is 3, 13-26; Am 6, 1 ss.; Miq 2, 1 ss.), reprueba su soberbia, vanidad y avaricia (vv. 2-3), y su entrega a los placeres (v. 5); a la vez les advierte la proximidad del juicio de Dios (vv. 3.5). La exhortación inicial —«llorad a gritos»— constituye una vehemente llamada al arrepentimiento.
Ha sido una constante enseñanza de la Iglesia el deber de eliminar las injustas desigualdades entre los hombres, recriminadas con frecuencia en la Sagrada Escritura. El Concilio Vaticano II apremia a constituir una sociedad más justa, solidaria y fraterna: «Para satisfacer las exigencias de la justicia y de la equidad, hay que hacer todos los esfuerzos posibles para que dentro del respeto a los derechos de las personas y a las características de cada pueblo, desaparezcan lo más rápidamente posible las enormes diferencias económicas que existen hoy, y frecuentemente aumentan, vinculadas a discriminaciones individuales y sociales» (Gaudium et spes, n. 66).
Quienes poseen bienes materiales en abundancia han de utilizarlos en servicio de los demás hombres. A este respecto, la Iglesia enseña que «tienen la obligación moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones, mirar ante todo el bien común (...). El derecho a la propiedad privada no es concebible sin unos deberes con miras al bien común. Está subordinado al principio superior del destino universal de los bienes» (Libertatis conscientia, n. 87).
Jacques 5, 2-3
La avaricia, el afán desordenado de bienes materiales, es uno de los pecados capitales. El avaro ofende con su conducta la justicia y la caridad, y pierde la sensibilidad para las necesidades del prójimo, buscando codiciosamente atesorar nuevas riquezas para sí. «Si estáis inclinados a la avaricia, recuerda San Francisco de Sales, pensad con frecuencia en la locura de este pecado, que nos hace esclavos de lo que ha sido creado para servirnos; pensad que a la muerte, en todo caso, será menester perderlo todo, dejándolo a quien, tal vez, lo malversará o se servirá de ello para su ruina y perdición» (Introducción a la vida devota, IV, cap. 10).
También el Señor habla de la polilla y de la herrumbre que corroen los tesoros de la tierra, enseñando que el verdadero tesoro son las buenas obras y la conducta recta, que recibirán de Dios un premio eterno en el Cielo (cfr Mt 6, 19-21).
«Habéis atesorado para los últimos días». Se refiere al día del juicio, igual que el v. 5: «Habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza» (cfr, p. ej., Is 34, 6; Ier 12, 3; 25, 34). Cabría también traducir: «Habéis atesorado en los últimos días». En este caso se referiría a los días presentes, que desde la venida del Mesías se consideran ya los últimos, es decir, el inicio de la escatología. Ambas versiones son compatibles, pues las dos tienen presente la perspectiva del juicio.
Jacques 5, 4
El fraude del salario estaba ya condenado en el AT (cfr, p. ej.. Lev 19, 13; Dt 24, 14-15; Mal 3, 5). Es uno de los pecados que «claman al cielo», porque están como exigiendo con urgencia un castigo ejemplar; lo mismo afirma la Escritura del homicidio (efr Gen 4, 10), la sodomía (Gen 18, 20-21) y la opresión de las viudas y huérfanos (Ex 22, 21-23).
La Iglesia ha recordado con frecuencia el deber de pagar al trabajador el salario justo: «La remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común» (Gaudium et spes, n. 67).
«Señor de los ejércitos»: Es un atributo de Dios, frecuente en el AT, que pone especialmente de manifiesto su Omnipotencia, como Creador y Señor de todo el universo. Con esta expresión le aclamamos en el Sanctus de la Santa Misa: «Señor Dios del Universo» («Dominus Deus Sabaoth»).
Jacques 5, 5
La descripción de la vida de esos ricos (vv. 2.3.5) recuerda la parábola del rico Epulón (cfr Lc 16, 19 ss.). Y para quienes viven así, sirve especialmente la advertencia del Maestro: «Vigilad sobre vosotros mismos para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y no sobrevenga aquel día de improviso sobre vosotros» (Lc 21, 34).
Frente al hedonismo que condena el autor sagrado, el cristiano ha de sentir su responsabilidad en el justo desarrollo de la sociedad. «Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y la caridad, convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y la experiencia, que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda su vida, así la individual como la social, quede saturada con el espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de pobreza.
»Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a todos sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad» (Gaudium et spes, n. 72).
Jacques 5, 6
«El justo»: Según San Beda se trata del Señor (cfr Super Iac expositio, ad loc.), que es el justo por excelencia, designado así en otros pasajes de la Escritura (cfr, p.ej., Act 3 ,14; 7, 52). Esta aplicación resulta coherente, dado que en los más necesitados ha de verse al propio Jesucristo (cfr Mt 25, 31-45); ellos, con frecuencia, sufren los atropellos injustos de quienes no quieren reconocerles los derechos más elementales: «Pan escaso es la vida de los pobres. Privarles de él es como asesinarlos. Mata al prójimo quien le quita el sustento, y derrama sangre quien priva de su salario al jornalero» (Sir 34, 21-22).
«Todos tienen derecho a una parte suficiente de bienes para sí y para sus familias. Así pensaban los Padres y Doctores de la Iglesia que enseñaban que los hombres estaban obligados a ayudar a los pobres, y no sólo con lo superfluo (...). Ante un número tan grande de hambrientos en el mundo, el Santo Concilio urge a todos, tanto a los particulares como a las autoridades, para que, recordando la frase de los Padres: ‘Da de comer a quien muere de hambre, pues si no le diste de comer, le mataste’, según las posibilidades de cada uno, de verdad repartan y empleen sus bienes, proporcionando ante todo a los individuos y a los pueblos los medios con los que ellos mismos se puedan ayudar y desarrollar» (Gaudium et spes, n. 69).
Jacques 5, 7-11
A punto de terminar la carta, Santiago renueva la exhortación a la paciencia con que había comenzado (cfr 1, 2-4. 12), quizá porque los abusos de los ricos pueden despertar en algunos deseos de venganza. El autor sagrado acude a la parábola del labrador, que espera pacientemente obtener de la tierra los frutos de sus trabajos: de manera semejante deben ellos recibir los frutos de todos sus sufrimientos con la venida del Señor. Les anima además poniéndoles como ejemplo de vida sufrida y paciente a los profetas y a Job.
La esperanza cristiana y la consiguiente paciencia con que deben afrontarse las injusticias y las arbitrariedades que toca sufrir en la vida presente, no constituyen un recurso fácil ni una invitación a la pasividad. El cristiano debe trabajar con empeño por mejorar las condiciones de justicia y de paz en este mundo, pero sin convertir esos proyectos temporales en metas absolutas, olvidando la caducidad de la vida terrena. No nos ha creado el Señor para construir aquí una Ciudad definitiva (...). Sin embargo, los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas, para impregnarlas de nuestra fe bendita, la única que trae verdadera paz, alegría auténtica a las almas y a los distintos ambientes (...). Urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano (Amigos de Dios, n. 210).
Jacques 5, 7-9
Las palabras de Santiago ponen de manifiesto la conciencia tan viva que tenían los primeros fieles de que la vida cristiana debe ser una espera vigilante y esperanzada de la Parusía del Señor, ya que será el momento de nuestra redención completa (cfr Lc 21, 28). Jesucristo no ha querido revelar el momento preciso de esta venida (cfr Mt 24, 36), insistiendo en la necesidad de velar, para que nos encuentre preparados (cfr Mt 24, 42.44; 25, 13). En consecuencia, cada cristiano debe vivir a la espera de este acontecimiento seguro, aunque incierto en cuanto al momento. Éste es también el sentido de las afirmaciones del Apóstol: «La Venida del Señor está cerca», «el Juez está ya a la puerta», porque puede venir en cualquier momento.
Jacques 5, 10-11
La vida de los profetas resulta ciertamente un modelo de paciencia y fortaleza ante las adversidades. De manera especial algunos de ellos —por ejemplo, Elías, Isaías, Jeremías— sufrieron grandes tribulaciones, por cumplir la misión que Dios les había confiado.
«Habéis visto el desenlace que el Señor le dio»: Según esta traducción, se refiere a que Job, superadas con paciencia las pruebas que el Señor permitió, recibió de Dios duplicados los bienes que había perdido (cfr Iob 42, 10 ss.). Otra posible traducción de la frase sería: «Habéis visto el desenlace (o el fin) del Señor», y así lo interpretan San Beda y San Agustín, refiriéndolo al ejemplo de paciencia que ofrece Jesucristo con su Pasión y su muerte de Cruz. Sin embargo, la mayor parte de los comentadores prefieren la primera posibilidad, que, entre otras cosas, evita tener que dar a un mismo término —«Señor»—, que sale dos veces en el mismo versículo (v. 11), dos significados diferentes: Jesucristo y Dios Uno y Trino.
Jacques 5, 11
«El Señor es entrañablemente compasivo y misericordioso». La Sagrada Escritura presenta con frecuencia al Señor como Dios de misericordia, utilizando para ello expresiones antropomórficas como «amor entrañable», «entrañas de misericordia», entendiendo éstas como sede de los afectos tiernos y casi maternales (cfr, p. ej.. Ex 34, 6; Ioel 2, 13; Lc 1, 78).
Santo Tomás, que insiste frecuentemente en que la omnipotencia divina resplandece de manera especial en la misericordia (cfr Suma Teológica, I, q. 21, a. 4; II-II, q. 30, a. 4), enseña de modo gráfico y sencillo cómo en Dios la misericordia es abundante e infinita: «Decir de alguien que es misericordioso es como decir que tiene el corazón lleno de miserias, o sea, que ante la miseria de otro experimenta la misma sensación de tristeza que experimentaría si fuese suya; de donde proviene que se esfuerce en remediar la tristeza ajena como si se tratase de la propia, y éste es el efecto de la misericordia. Pues bien, a Dios no le compete entristecerse por la miseria de otro; pero remediar las miserias, entendiendo por miseria un defecto cualquiera, es lo que más compete a Dios» (Ibid., I, q. 21, a. 3).
En Cristo, enseña el Papa Juan Pablo II, se hace particularmente visible la misericordia de Dios: «Él mismo la encarna y personifica. Él mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente ‘visible’ como Padre ‘rico en misericordia’ (Eph 2, 4)» (Dives in misericordia, n. 2).
Jacques 5, 12
Esta exhortación es un eco casi literal de las palabras del Señor: «Sea, pues, vuestro modo de hablar: Si, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno» (Mt 5, 37). Los judíos de aquella época solían abusar del juramento, tanto por su frecuencia como por la casuística en tomo a él (cfr nota a Mt 5, 33-37); el Señor había salido al paso de esos abusos, y Santiago reitera la doctrina. Sin embargo, no se puede concluir que el juramento sea siempre malo: de hecho la misma Sagrada Escritura lo alaba cuando se hace con las debidas condiciones (cfr Ier 4, 2), y San Pablo lo emplea alguna vez (cfr, p. ej., Rom 1, 9; 2 Cor 1, 23). De ahí que la Iglesia enseñe que es lícito e incluso honra a Dios cuando se hace por estricta necesidad y con verdad y justicia.
La fórmula de Santiago —«que vuestro Sí sea sí, y vuestro No sea no»— constituye un resumen de lo que debe ser la virtud de la sinceridad, tan agradable al Señor (cfr Ioh 1, 47), y fundamental en las relaciones humanas.
Jacques 5, 13-18
Dentro de las recomendaciones finales, la dedicada a la oración es la más amplia. El autor sagrado enseña que es necesaria y eficaz contra la tristeza (v. 13); la oración de los presbíteros junto con la aplicación del óleo a los enfermos constituyen el Sacramento de la Unción de los enfermos (vv. 14-15); la oración mutua contribuye al perdón de los pecados (v. 16). Todo esto se avala con el ejemplo de la oración de Elías (vv. 17-18).
Jacques 5, 13
El verbo griego que suele traducirse por «está triste alguno» incluye la idea de sufrir algún mal; de ahí que pueda considerarse la tristeza como una cierta enfermedad del alma.
San Beda comenta cuál debe ser la actitud del cristiano cuando se siente invadido por la «peste nociva» de la tristeza, cualquiera que sea su causa: «Acudiendo a la Iglesia, orad de rodillas al Señor, para que envíe la gracia de su consuelo, y no os absorba la tristeza del mundo, que produce la muerte (cfr 2 Cor 7, 10)» (Super Iac expositio, ad loc.). La tristeza es un poderoso aliado del demonio, y uno de sus instrumentos más sutiles, para llevar el alma al pecado: hay que reaccionar prontamente contra ella.
Los hijos de Dios, ¿por qué vamos a estar tristes? La tristeza es la escoria del egoísmo; si queremos vivir para el Señor, no nos faltará la alegría, aunque descubramos nuestros errores y nuestras miserias. La alegría se mete en la vida de oración, hasta que no nos queda más remedio que romper a cantar: porque amamos, y cantar es cosa de enamorados (Amigos de Dios, n. 92).
Jacques 5, 14-15
El Magisterio de la Iglesia señala que, en estas palabras, es promulgado el Sacramento de la Unción de los enfermos. En efecto, el Concilio de Trento enseña solemnemente: «Esta sagrada unción de los enfermos fue instituida como verdadero y propio sacramento del Nuevo Testamento por Cristo nuestro Señor, insinuado ciertamente en Marcos (cfr Mc 6, 13) y recomendado y promulgado a los fieles por Santiago Apóstol y hermano del Señor. (...) (Iac 5, 14 s.). Por estas palabras, la Iglesia, tal como aprendió por tradición apostólica de mano en mano transmitida, enseña la materia, la forma, el ministro propio y el efecto de este saludable sacramento» (De Sacramento extremae unctionis, cap. 1; cfr can. 1).
La materia es «el óleo bendecido por el obispo; porque la unción representa de la manera más apta la gracia del Espíritu Santo, por la que invisiblemente es ungida el alma del enfermo» (Ibid., cap. 1). Ciertamente en los pueblos antiguos, también entre los judíos (cfr Is 1, 6; Ier 8, 21-22; Lc 10, 34), el aceite era muy apreciado por sus cualidades curativas, y de ahí deriva el simbolismo del signo sacramental. Pero Santiago no mira a los aspectos medicinales en el cuerpo, sino en el alma, como aparece en los efectos que menciona: «salvará al enfermo», los pecados «le serán perdonados». La Iglesia enseña expresamente que la unción representa la gracia del Espíritu Santo. El óleo de los enfermos es bendecido solemnemente por el Obispo en la Misa crismal; en caso de necesidad también puede ser bendecido por el sacerdote en el momento de administrar la Unción (cfr Ordo Unctionis infirmorum, n. 21).
La forma del Sacramento es la oración que el sacerdote recita a la vez que unge al enfermo en la frente y en las manos. El texto de Santiago, por la construcción griega —«oren sobre él, ungiéndole»—, induce a pensar que ya desde el principio la oración y la unción se realizaban simultáneamente, y, por tanto, la fórmula «orar sobre» indica un gesto litúrgico.
En relación a la persona que puede administrar el sacramento, el Concilio de Trento —aludiendo a las palabras de la carta— afirma: «Se manifiesta allí que los ministros propios de este sacramento son los presbíteros de la Iglesia, por cuyo nombre en este pasaje no han de entenderse los más viejos en edad o los principales del pueblo, sino o los obispos o los sacerdotes legítimamente ordenados por ellos, ‘por medio de la imposición de las manos del presbiterio’ (1 Tim 4, 14)» (De Sacramento extremae unctionis, cap. 3; cfr can. 4). En efecto, el término «presbítero» que utiliza Santiago sirve para designar también a personas ancianas; pero aquí —como en otros pasajes del NT (cfr, p. ej., Act 11, 10; 14, 23; 15, 2; 20, 17; 1 Tim 5, 17-19)—se refiere claramente a los obispos y sacerdotes de la Iglesia.
En cuanto a los efectos, «la realidad y el efecto de este Sacramento se explican por las palabras: ‘Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le hará levantarse, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados’ (Iac 5, 15). Porque esta realidad es la gracia del Espíritu Santo, cuya unción limpia las culpas, si alguna queda aún para expiar, y las reliquias del pecado, y alivia y fortalece el alma del enfermo, excitando en él una gran confianza en la divina misericordia, por la que, animado el enfermo, soporta con más facilidad las incomodidades y trabajos de la enfermedad, resiste mejor a las tentaciones del demonio ‘que acecha a su calcañar’ (Gen 3, 15) y a veces, cuando convenga a la salvación del alma, recobra la salud del cuerpo» (Ibid., cap. 2; cfr can. 2).
Por último, sobre el sujeto y el momento en que debe administrarse la Unción, las palabras de la carta apuntan a una enfermedad de cierta importancia, pues se pide a los presbíteros que acudan a la casa del enfermo. El Concilio Vaticano II, recordando que no es sólo para quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida, enseña que «es ciertamente momento oportuno para recibirla cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez» (Sacrosanctum Concilium, n. 73). «Los pastores de almas y los familiares del enfermo, indica el Código de Derecho Canónico, deben procurar que sea reconfortado en tiempo oportuno por este sacramento» (can. 1501): hay que evitar, por tanto, retrasarlo indebidamente —por miedo a asustar o contristar—, procurando instruir a los enfermos «de modo que sean ellos mismos los que soliciten la Unción y (...) puedan aceptarla con plena fe y devoción de espíritu» (Ordo Unctionis infirmorum, n. 13).
Este Sacramento constituye una admirable manifestación de la misericordia divina, y del cuidado amorosísimo de Dios por cada alma: nuestro Redentor, «de igual modo que en los otros sacramentos preparó máximos auxilios con que los cristianos pudieran conservarse durante su vida íntegros contra todo grave mal del espíritu, así por el sacramento de la extremaunción reconfortó el final de la vida con una firmísima fortaleza. Porque, si bien nuestro adversario, durante todo la vida busca y toma ocasiones, para poder de un modo u otro devorar nuestras almas (cfr 1 Pet 5, 8), ningún tiempo hay, sin embargo, en que con más vehemencia intensifique toda la fuerza de su astucia para perdernos totalmente y derribarnos, si pudiera, de la confianza en la divina misericordia, como al ver que es inminente el término de la vida» (De Sacramento extremae unctionis, prol.).