«Salvará al enfermo»: De las otras ocasiones en que Santiago utiliza el mismo verbo (cfr 2, 21; 2, 14; 4, 12; 5, 20), se sigue que se refiere a la salvación del alma. Secundariamente, y en la medida que conviene para la salud espiritual, este Sacramento puede sanar también el cuerpo: parece evidente que el autor sagrado no pretende afirmar que siempre se producirá la salud corporal, como si recibir la Unción de los enfermos fuera una garantía de que no se va a morir. Lo que sí está claro es que, por la gracia sacramental, la persona enferma queda fortalecida para afrontar con sentido sobrenatural y alegría el trance de la enfermedad y de la muerte: «Nada es tan eficaz para una muerte serena como desechar la tristeza, esperar con espíritu alegre la venida del Señor y estar dispuesto a dar con gusto cuenta del depósito de nuestra fe, cuando le plazca reclamárnoslo. Así, pues, el sacramento de la Extremaunción hace que se vean libres las almas de los fieles de esta inquietud, y que rebose su corazón en santo y piadoso gozo» (Catecismo Romano, II, 6, 14).
«Si hubiera cometido pecados, le serán perdonados»: Si bien la Unción de enfermos es un sacramento de vivos —es decir: debe recibirse en gracia de Dios—, la doctrina católica, basándose en estas palabras, enseña que puede perdonar los pecados mortales del enfermo arrepentido que no haya podido confesarse previamente (cfr, p. ej., Suma Teológica, Suplemento, q. 30, a. 1). De ahí la importancia de administrarlo a «aquellos enfermos que, aun habiendo perdido el uso de los sentidos y el conocimiento, se presume que, si tuvieran lucidez, pedirían, como creyentes que son, dicho sacramento» (Ordo Unctionis infirmorum, n. 14).
Jacques 5, 16
«Confesaos, pues, unos a otros los pecados»: No parece posible precisar en qué consiste la confesión de que se habla aquí. Algunos, como San Agustín (cfr In Ioann. Evang., 58, 5), interpretan estas palabras como referidas a una costumbre piadosa de confesarse mutuamente las faltas en un acto público de contrición, a la vez que rezaban los unos por los otros. En este sentido sería el origen del Acto penitencial con que comienza la Santa Misa. Otros, entre ellos Santo Tomás (cfr Suma Teológica, Suplemento, q. 6, a. 6), las aplican a la confesión sacramental: en ese caso habría que entender que ante quienes se hace la confesión es ante los presbíteros. San Beda, al comentar estas palabras, une las dos posibilidades distinguiendo entre los pecados veniales y los mortales: «En esta sentencia debe hacerse una distinción: que confesemos unos a otros iguales los pecados cotidianos y leves, y creamos ser salvados por su oración cotidiana. Pero manifestemos, según la ley, la inmundicia de la lepra más grave al sacerdote, y cuidemos de purificar del modo y por el tiempo que haya ordenado, según su arbitrio» (Super Iac expositio, ad loc.).
El Concilio de Trento, sin pretender definir su sentido, alude a este texto cuando enseña que es de derecho divino la confesión íntegra de los pecados mortales en el Sacramento de la Penitencia: «A partir de la institución del sacramento de la penitencia, ya explicada, la Iglesia universal entendió siempre que fue también instituida por el Señor la confesión íntegra de los pecados (cfr Iac 5, 16; 1 Ioh 1, 9; Lc 17, 14), y que es por derecho divino necesaria a todos los caídos después del bautismo, porque nuestro Señor Jesucristo, estando para subir de la tierra a los cielos, dejó por vicarios suyos a los sacerdotes (Mt 16, 19; 18, 18; Ioh 20, 23), como presidentes y jueces, ante quienes se acusen todos los pecados mortales en que hubieran caído los fieles de Cristo, de manera que por la potestad de las llaves pronuncien la sentencia de remisión o de retención de los pecados» (De Paenitentia, cap. 5).
Jacques 5, 17-18
Como ejemplo palpable del poder de la oración, se menciona al profeta Elías, que con su oración logró que no lloviera durante un tiempo en Israel, y luego consiguió lluvias abundantes (cfr 1 Reg 17-18; Eccl 48, 3).
El autor sagrado enseña así el inmenso poder de la oración, eficaz también para conseguir la ayuda de Dios en las necesidades materiales. Hay que tener en cuenta que la oración bien hecha identifica nuestra voluntad con la de Dios, que es omnipotente. Así lo han entendido siempre los Santos: «Jamás Dios ha denegado ni denegará nada a los que piden sus gracias debidamente, afirma el Santo Cura de Ars. La oración es el gran recurso que nos queda para salir del pecado, perseverar en la gracia, mover el corazón de Dios y atraer sobre nosotros toda suerte de bendiciones del cielo, ya para el alma, ya por lo que se refiere a nuestras necesidades temporales» (Sermones escogidos, Quinto Domingo después de Pascua).
Jacques 5, 19-20
La carta de Santiago termina con una alentadora llamada a la preocupación apostólica por quienes se desvían del buen camino. Se trata de una tarea de gran trascendencia, que hacía exclamar a Santa Teresa: «Cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los martirios que padecen (...), pareciéndome que precia (Dios) más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer» (Libro de las Fundaciones, cap. 1, 7). El Concilio Vaticano II enseña que la preocupación apostólica deriva de la misma vocación cristiana, y compete por tanto a todos los fieles; y hablando del apostolado de los laicos, concreta que es «una participación en la misión salvífica de la Iglesia, y todos están directamente destinados a este apostolado por el Señor, en virtud del bautismo y de la confirmación» (Lumen gentium, n. 33).
NOTAS a la Primera Epístola de San Pedro (EUNSA)
Chapitre n°1
I Pierre 1, 1-2
El autor sagrado utiliza en su saludo el nombre que Jesús le había impuesto: Pedro es la traducción griega de la palabra aramea «Kefa», que significa piedra (cfr Ioh 1, 42 y nota correspondiente). Se presenta como «apóstol de Jesucristo», es decir, como testigo cualificado de la vida y obras del Señor.
La «diáspora» designaba originariamente a los judíos residentes fuera de Palestina. Pero aquí el sentido es más profundo: San Pedro se dirige a los elegidos «que peregrinan en la diáspora», es decir, a los cristianos, que viven en esta tierra como caminantes hacia su patria definitiva, que es el Cielo. Sobre esta idea, frecuente en la Sagrada Escritura (cfr, p. ej.. Gen 47, 9; todo el libro del Éxodo; Ps 39, 13; 119, 19; Heb 11, 13), insistirá más adelante (cfr 1, 17; 2, 11).
Las regiones mencionadas en el v. 1 se encontraban en la península de Asia Menor, la actual Turquía. Posiblemente el anuncio del cristianismo fue llevado allí por algunos cristianos de los convertidos en Jerusalén el día de Pentecostés, procedentes de esos lugares (cfr Act 2, 9). Después, San Pablo estuvo predicando en algunas de esas regiones.
El v. 2 explica la sublime elección de que han sido objeto los cristianos, elegidos según el designio providencial de Dios Padre desde toda la eternidad (cfr Rom 8, 28-30; Eph 1, 4-6), mediante la acción santificadora del Espíritu Santo. La finalidad de la elección es doble: por una parte, para obedecer a Jesucristo mediante la fe y las buenas obras; por otra, para que puedan «ser rociados con su sangre», es decir, para que participen plenamente de los frutos de la Redención. Estas palabras evocan los acontecimientos del Sinaí: cuando Moisés leyó al pueblo de Israel el libro de la Alianza, los israelitas prometieron obediencia a Yahwéh, y a continuación Moisés vertió sobre ellos la sangre de los sacrificios para sancionar la Alianza (cfr Ex 24, 7-8). Al referirse a la obediencia y a la aspersión de la sangre, el Apóstol está recordando que Jesucristo ha llevado a cabo la nueva y definitiva Alianza, sancionada con su Sangre derramada en la Cruz. Todo el versículo, por tanto, viene a ser una profesión de fe breve y profunda en la Santísima Trinidad: al Padre se le atribuye la elección desde toda la eternidad; al Hijo, la Redención; al Espíritu Santo, la santificación.
La gracia y la paz deseadas a los destinatarios constituyen un saludo cristiano, utilizado con frecuencia por San Pablo (cfr nota a Rom 1, 7; también 2 Pet 1, 2): se desean así la benevolencia divina —mediante la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo— y la paz interior, fruto de la reconciliación con Dios realizada por Jesucristo.
I Pierre 1, 3-12
Este pasaje es un canto de alabanza y agradecimiento a Dios, que desarrolla lo enunciado en el v. 2, y explicita la acción de cada Persona de la Santísima Trinidad en la existencia del cristiano: Dios Padre, con su elección, nos ha destinado a una herencia maravillosa en el Cielo (vv. 3-5); para conseguirla son necesarios el amor y la fe en nuestro Señor Jesucristo (vv. 6-9); el Espíritu Santo, que había anunciado en el Antiguo Testamento la salvación por boca de los profetas, ha anunciado ahora su cumplimiento a través de quienes predican el Evangelio (vv. 10-12).
I Pierre 1, 3-5
La aplicación a la criatura de los frutos de la Redención supone un nuevo nacimiento. El término griego traducido por «nos ha engendrado de nuevo» únicamente es utilizado por San Pedro en el Nuevo Testamento (cfr también 1, 23). Sin embargo, el mismo concepto aparece en otros lugares: San Juan habla del nuevo nacimiento que supone la acción del Espíritu Santo por el Bautismo (cfr Ioh 3, 1 ss.; también, p. ej., 1, 12-13; 1 Ioh 2, 29; 3, 9); San Pablo usa la expresión «nueva criatura», para referirse a la nueva creación que la Redención lleva consigo (cfr p. ej., Gal 6, 15; 2 Cor 5, 17); y Santiago se refiere a los cristianos como «primicias» de la nueva creación (cfr Iac 1, 16-18).
Por este nuevo nacimiento, Dios nos destina «a una esperanza viva», cuyo contenido fundamental es la herencia del Cielo, descrita como «incorruptible» —porque es eterna e inmutable—, «incontaminada» —ya que no admite mezcla de mal— e «inmarcesible», porque no envejecerá jamás. El autor sagrado recurre a adjetivos de negación, para hacer notar que los bienes celestiales no están sujetos a ninguna de las imperfecciones y defectos de los bienes de la tierra.
Para quienes son fieles a su vocación de cristianos está «reservada en los cielos» esa herencia. Es un tema fundamental que será tratado también en otros lugares de la carta (cfr 2, 18-25; 3, 13-17; 4, 12-19; 5, 5-11): animar a los fieles a vivir con alegría en medio de las pruebas que padecen, sabiendo que son medio y garantía para alcanzar el Cielo.
I Pierre 1, 3
La obra de la Redención es llevada a cabo por Dios, «según su gran misericordia». En efecto, «Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo» (Eph 2, 4-5). Y así como en la obra de la creación se manifiesta la omnipotencia divina, en la nueva creación se hace patente su misericordia (cfr Suma Teológica, II-II, q. 30, a. 4; cfr nota a 2 Cor 5, 17).
«Mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos»: La Resurrección del Señor culmina su obra salvadora, pues asegura a los hombres su redención y su posterior resurrección. La Iglesia, en la liturgia pascual, recuerda con gozo esta realidad: «Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida» (Prefacio Pascual, I).
I Pierre 1, 6-9
La esperanza de la herencia del Cielo otorga al cristiano la alegría en medio de las dificultades que prueban la calidad de su fe. El centro de la fe es Jesucristo, a quien los cristianos aman con todas sus fuerzas, obteniendo así «un gozo inefable y glorioso», anticipo del gozo definitivo del Cielo.
La exhortación a estar alegres en medio de las tribulaciones, repetida con frecuencia en el Nuevo Testamento (cfr, p. ej., Mt 5, 11-12; 2 Cor 1, 3-7; Iac 1, 2), refleja una profunda convicción cristiana, que San Beda recuerda en su comentario: «Dice San Pedro que conviene ser afligidos porque no se puede llegar a los gozos eternos sino a través de las aflicciones y la tristeza de este mundo que pasa. ‘Durante algún tiempo’, dice sin embargo, porque donde se retribuye con un premio eterno, parece que es muy breve y leve lo que en las tribulaciones de este mundo parecía pesado y amargo» (Super 1 Pet exposit., ad loc.).
La alegría propia de los cristianos es fruto de la fe, la esperanza y el amor. Piensa que Dios te quiere contento —enseña San Josemaría Escrivá— y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo, aunque en ningún momento te falte la Cruz. Pero esa Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo (Amigos de Dios, n. 141).
I Pierre 1, 7
La purificación del oro por medio del fuego aparece repetidas veces en la Escritura (cfr, p. ej., Ps 66, 10; Prv 17, 3; 1 Cor 3, 12-13; Apc 3, 18), como comparación para explicar que los sufrimientos de esta vida sirven para templar la calidad de la fe. «Se presenta el dolor, enseña San Agustín, vendrá mi descanso. Se ofrece la tribulación, llegará mi purificación. ¿Acaso brilla el oro en el horno del platero? Brillará en el collar, brillará en el adorno. Sin embargo, ahora soporta el fuego para que, purificado de las impurezas, adquiera el brillo» (Enarrationes in Psalmos, 61, 11).
El pensamiento de la venida gloriosa de Cristo, que San Pedro recuerda frecuentemente en su carta (cfr 1, 5-13; 4, 13), supone para el cristiano un poderoso estímulo que le ayuda a llevar con alegría todas las penas de la vida terrena.
I Pierre 1, 10-12
Las palabras de gratitud (vv. 3-12) terminan con una referencia a la acción del Espíritu Santo en la salvación: actuó a través de los profetas del Antiguo Testamento anunciándola, y revela después su cumplimiento por medio de quienes predican el Evangelio. Cuando San Pedro llama al Espíritu Santo: «Espíritu de Cristo», expresa que procede de Jesucristo, y, en consecuencia, proclama la divinidad del Señor.
El pasaje es un claro testimonio sobre la unidad y continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: en aquél estaban anunciados los padecimientos y la glorificación posterior de Jesucristo, de tal manera que «lo que los Profetas predijeron como futuro —dice Santo Tomás— lo predicaron los Apóstoles como cumplido» (Comentario sobre Eph, 2, 4). «La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada principalmente a preparar la venida de Cristo, el Redentor universal, y del Reino mesiánico; a anunciarla proféticamente (cfr Lc 24, 44; Ioh 5, 39; 1 Pet 1, 10) (...). Dios, que ha inspirado los libros de uno y otro Testamento y es su autor, dispuso sabiamente que el Nuevo estuviese oculto en el Antiguo y que el Antiguo se manifestase en el Nuevo. Pues, aunque Cristo fundó en su sangre la Nueva Alianza (cfr Lc 22, 20; 1 Cor 11, 25), sin embargo, los libros del Antiguo Testamento recogidos íntegramente en la predicación evangélica, adquieren y muestran su significado completo en el Nuevo Testamento (cfr Mt 5, 17; Lc 24, 27; Rom 16, 25-26; 2 Cor 3, 14-16) y a la vez lo ilustran y lo explican» (Dei Verbum, nn. 15-16).
En estos versículos aparece la función del Espíritu Santo como causa y guía de la actividad evangelizadora de la Iglesia. En los comienzos de la propagación del Cristianismo —descritos en el libro de los Hechos— continuamente resalta la acción de la tercera Persona de la Santísima Trinidad.
I Pierre 1, 12
La palabra griega traducida por «contemplar» indica la idea de inclinarse cuidadosamente para ver mejor. Es una metáfora que quiere mostrar a los ángeles contemplando desde el Cielo, llenos de gozo, los misterios de la salvación. San Francisco de Sales, aludiendo a este pasaje, exclama: «La complacencia sentida les alegra sin apaciguar el deseo y les hace desear sin saciarse (...). El gozo de un bien que sin cesar contenta no cansa nunca, antes se renueva y reflorece sin cesar; siempre es amable, siempre es apetecible; el perenne contento de los amadores celestiales engendra en ellos deseo perpetuo de gozo» (Tratado del amor de Dios, lib. 5, cap. 3).
1, 13-2, 10. Una vez resaltada la sublimidad de la vocación cristiana, San Pedro exhorta a los fieles a una santidad concorde con la grandeza de su elección. Señala algunos motivos: la santidad de Dios (vv. 13-16) y el precio de su salvación, la Sangre de Cristo (vv. 17-21). Seguidamente se refiere a la caridad como una de las manifestaciones fundamentales de su vida santa (vv. 22-25); y les anima a crecer en la nueva vida a la que han sido engendrados (2, 1-3), de manera que —como «piedras vivas»— forman parte del edificio espiritual de la Iglesia, construido sobre Cristo, la piedra angular (vv. 4-10).
I Pierre 1, 13-16
Israel fue elegido por Dios entre todos los pueblos de la tierra como instrumento para la obra de la Salvación: fue librado de la esclavitud de Egipto; Dios estableció con él una Alianza y le entregó unos preceptos que orientaran su vida. Esos mandamientos culminan en la obligación de ser santos, como Dios es santo (cfr Lev 19, 2). Pero aquellos acontecimientos eran sólo un anticipo imperfecto de lo que sucedería con Jesucristo: los cristianos son el nuevo pueblo escogido; por el Bautismo han sido librados del pecado y llamados a vivir la santidad en plenitud, teniendo como modelo al mismo Dios.
La llamada universal a la santidad ha sido proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II (cfr, p. ej.. Lumen gentium, nn. 11.40.42). El Fundador del Opus Dei —precursor de sus enseñanzas en éste y en muchos puntos— había predicado constantemente esa llamada universal a la santidad: A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt V, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas (...).
Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas (Apuntes, III, 3).
I Pierre 1, 13
«Tened dispuesto el ánimo»: Literalmente «ceñíos los lomos de vuestra mente». Se trata de una metáfora, basada en la costumbre de los hebreos, y en general de todos los habitantes del Oriente Medio, que ceñían a la cintura sus amplias vestiduras antes de emprender un viaje, para caminar sin dificultad. En el relato del Éxodo se narra la prescripción de Dios a los israelitas de celebrar el sacrificio de la Pascua con la ropa ceñida, las sandalias calzadas y bastón en mano (cfr Ex 12, 11), porque iba a comenzar el itinerario hacia la tierra de promisión. San Pedro evoca esa imagen —utilizada también por el Señor (cfr Lc 12, 35 ss.)— porque con el Bautismo, nuevo Éxodo, comienza la peregrinación del cristiano hacia el Cielo, patria definitiva (cfr 1, 17; 2, 11); y la aplica a la sobriedad: es preciso someter a disciplina los sentimientos e inclinaciones para poder recorrer, llenos de esperanza, el camino que acabará con la venida gloriosa de Jesucristo.
«La manifestación de Jesucristo» significa, ante todo, su venida escatológica al final de los tiempos. Esta manifestación ha comenzado en la Encamación del Señor, y culminará al final de este mundo. Por eso, «la gracia» mencionada hay que entenderla no sólo como gracia santificante, sino como todo el conjunto de bienes que el cristiano recibe con el Bautismo y que tendrán su plenitud definitiva en el Cielo.
I Pierre 1, 14
«El tiempo de vuestra ignorancia»: El autor sagrado contrapone la nueva condición de cristiano con la anterior. No significa que antes de recibir el Bautismo fueran perversos e ignorantes, sino que la vocación cristiana lleva consigo tal claridad de conocimiento de Dios y tales medios para vivir la virtud, que la situación anterior puede considerarse como de concupiscencia y de ignorancia. «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos» (Lumen gentium, n. 40).
I Pierre 1, 17-21
El cristiano ha alcanzado la dignidad de hijo de Dios en virtud de la obra redentora de Cristo. El autor sagrado resume el plan de salvación de Dios sobre los hombres, que se realiza en Cristo: desde toda la eternidad, Dios ha previsto salvar a los hombres por medio de Jesucristo; este designio se manifiesta «al final de los tiempos», cuando el Señor se ofrece para expiar los pecados de los hombres, resucita y es glorificado. Es un nuevo estímulo para que los cristianos crezcan en sus deseos de santidad.
«Habéis sido rescatados» (v. 18): La imagen del rescate para explicar la Redención está tomada probablemente de la manumisión sagrada, frecuente en aquella época en Asia Menor y en Grecia, por la cual los esclavos quedaban libres, mediante un dinero depositado en el templo; San Pablo también insiste en la cuantía del rescate (cfr 1 Cor 6, 20 y nota), para exhortar a los cristianos a no volver a los antiguos pecados. El precio de nuestro rescate, señala San Ambrosio, «no se ha calculado en dinero, sino en sangre, pues Cristo murió por nosotros; Él nos ha liberado con su sangre preciosa, como recuerda también San Pedro en su carta (...); preciosa porque es la sangre de un cordero inmaculado, porque es la sangre del Hijo de Dios, que nos ha rescatado no sólo de la maldición de la Ley, sino también de la muerte perpetua que implica la impiedad» (Expositio Evangelii sec. Lucam, VII, 117).
«Cristo, como cordero sin defecto ni mancha» (v. 19): En el sacrificio de Jesús, se cumple la profecía de Isaías sobre el sufrimiento expiatorio del Mesías; y se realiza en plenitud la liberación anticipada que la sangre del cordero pascual obró en favor de los primogénitos israelitas en Egipto (Ex 12; cfr Introducción a esta carta). De ahí que, en el Nuevo Testamento, la figura del Cordero aplicada a Jesucristo sea un modo expresivo de referirse al sacrificio expiatorio de la Cruz y, a la vez, a la inocencia inmaculada del Redentor (cfr nota a Ioh 1, 29).
I Pierre 1, 17
«Si llamáis Padre...»: También puede traducirse por «si invocáis como Padre». Quizá hace referencia al rezo del Padrenuestro, que los cristianos posiblemente recitaban desde el principio en la ceremonia del Bautismo. Además, según la Didaché o Doctrina de los doce apóstoles —un antiguo escrito de la época apostólica, de autor desconocido— los cristianos lo rezaban tres veces al día (cfr VIII, 3). La consideración frecuente de la filiación divina llena al cristiano de paz y de gozo, y le estimula a comportarse como un hijo digno de tal Padre, pues Dios contempla y juzga sus acciones. Por eso nunca puede convertirse en una especie de salvoconducto para quitar importancia al incumplimiento de los propios deberes: Hay mucha propensión en las almas mundanas a recordar la Misericordia del Señor. —Y así se animan a seguir adelante en sus desvaríos.
Es verdad que Dios Nuestro Señor es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo: y hay un juicio, y Él es el Juez (Camino, n. 747).
I Pierre 1, 21
La Resurrección de Jesucristo es el fundamento de la fe y de la esperanza del cristiano, y constituye el argumento supremo en favor de la divinidad de Jesús y de su misión divina (cfr, p. ej., 1 Cor 15 y las notas correspondientes). Los Apóstoles son, sobre todo, testigos de la Resurrección del Señor (cfr Act 1, 22; 2, 32; etc.), y el núcleo de la catequesis apostólica lo constituye el anuncio de la Resurrección (cfr los discursos de San Pedro y de San Pablo recogidos en los Hechos de los Apóstoles).
Jesucristo resucitó por su propio poder, el de su Persona divina (cfr Credo del Pueblo de Dios, n. 12); el Catecismo Romano aclara que «si bien leemos alguna vez en las Escrituras que Cristo nuestro Señor fue resucitado por el Padre, esto se le ha de aplicar en cuanto hombre; así como se refieren a Él mismo en cuanto Dios aquellos textos en que se dice que resucitó por su propia virtud» (I, 6, 8).
I Pierre 1, 22-25
La caridad fraterna es una de las manifestaciones fundamentales de la santidad. Jesucristo había indicado el mandamiento de la caridad como la señal distintiva de los cristianos, y los Apóstoles lo recuerdan con frecuencia en su catequesis (cfr, p. ej., 1 Cor 13; Iac 2, 8; 1 Ioh). El nuevo Pueblo de Dios, afirma el Concilio Vaticano II, «renacido no de un germen corruptible, sino incorruptible por la palabra de Dios vivo (cfr 1 Pet 1, 23) (...) tiene por ley el mandamiento nuevo de amar como el mismo Cristo nos amó (cfr Ioh 13, 34)» (Lumen gentium, n. 9).
La imagen de la flor del heno (vv. 23-25), tomada del profeta Isaías (cfr 40, 6-8; Iac 1, 9-11), subraya el contraste entre la fugacidad de lo terreno y la perenne validez de «la palabra de Dios, viva y permanente» (el texto griego permitiría también traducir «palabra de Dios vivo», pero es menos conforme con el contexto).
Chapitre n°2
I Pierre 2, 1-3
La liturgia aplica este texto a los recién bautizados (cfr Antífona de entrada del segundo Domingo de Pascua): son como niños recién nacidos a la nueva vida de la gracia (cfr 1, 23). Es una exhortación a vivir con la sencillez y simplicidad de los niños, sin complicaciones.
A la vez, como los pequeños ansían su alimento, los cristianos deben desear el alimento espiritual que les llega mediante la Palabra de Dios y los Sacramentos. San Beda comenta: «De manera semejante a como los niños desean naturalmente la leche materna (...) así vosotros buscad los rudimentos simples de la fe, (...) para que aprendiendo bien lleguéis a la recepción del Pan vivo que ha bajado del Cielo, a través de los sacramentos de la encarnación del Señor, con los cuales habéis renacido y sois alimentados a fin de que lleguéis a la contemplación de la divina majestad» (Super 1 Pet exposit., ad loc.).
El Salmo 34, al que San Pedro se refiere en el v. 3, dice: «Gustad y ved qué bueno es Yahwéh» (v. 9); al aplicarlo a Jesucristo, se está afirmando una vez más su divinidad (cfr nota a 1, 10-12). Era frecuente entre los primeros cristianos administrar la Comunión en la ceremonia del Bautismo; y se cantaba este Salmo, como expresión del aprecio a la Eucaristía; «Este canto, enseña San Cirilo de Jerusalén, os invita por medio de una melodía divina a la comunión con los sagrados misterios: ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’. No emitáis un juicio con vuestro paladar corporal sino con vuestra fe segura. Pues no es pan y vino lo que gustáis, sino el Cuerpo y la Sangre que contienen» (Catequesis Mistagógicas, V, 20).