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Jean 17, 25-26

La revelación que Dios ha hecho de Sí mismo por Jesucristo nos introduce en la participación de la vida divina que culminará en el Cielo: «Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de Sí mismo, revelándose a Sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados a participar por la gracia aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y, después de la muerte, en la luz sempiterna» (Credo del Pueblo de Dios, n. 9).

Para participar del amor mutuo de las Personas divinas Cristo nos ha revelado todo lo que debemos conocer: en primer lugar el misterio de su ser y de su misión y, con ello, a Dios mismo —«les he dado a conocer tu nombre»—; así se cumple lo que había anunciado: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quiera revelarlo» (Mt 11, 27).

Cristo continúa dando a conocer el amor del Padre por medio de la Iglesia en la que Él está siempre presente: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

 

Jn 18

 

Jean 18, 1

El capítulo anterior, en el que se habla de la gloria del Hijo de Dios (cfr. Ioh 17, 1.4.10.22.24), es un pórtico espléndido con el que San Juan presenta la Pasión y Muerte de Señor como una glorificación: subraya la libertad de Jesús al aceptar su Muerte (14, 31) y permitir que le apresen sus enemigos (18, 4. 11) El relato muestra la superioridad del Señor sobre los que le juzgan (18, 20-21) o le condenan (19, 8.12); y la serenidad majestuosa ante el dolor físico, que hace pensar, más que en los tormentos que Jesús padece, en la Redención y en el triunfo de la Cruz.

Los capítulos 18 y 19 narran la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Son acontecimientos tan importantes y decisivos que todos los escritos del Nuevo Testamento, de una forma o de otra, tratan de ellos. Así, los Evangelios sinópticos los relatan extensamente. En el libro de los Hechos, junto con la Resurrección, constituyen el núcleo de los discursos de los Apóstoles. San Pablo explica el valor redentor del sacrificio de Jesucristo, y las epístolas católicas hablan de su Muerte salvadora. Lo mismo ocurre en el Apocalipsis, donde el gran Triunfador, el que está en el trono celestial, es el Cordero sacrificado, Cristo Jesús. Hay que decir además, que los escritores sagrados siempre que hablan de la Muerte del Señor se refieren a continuación a su gloriosa Resurrección.

En el Evangelio de San Juan se citan cinco lugares o escenarios de los hechos acaecidos. El primero (18, 1-12) es Getsemaní, donde prenden a Jesús. Luego (18, 13-27) el Señor es llevado a casa de Anás, donde comienza el proceso religioso, y Pedro le niega ante los criados del Pontífice. El tercer lugar es el Pretorio (18, 28-19, 16) donde se desarrolla el proceso ante el procurador romano, que San Juan narra con amplitud, destacando el verdadero carácter de la realeza de Cristo, así como la repulsa de los judíos que piden la crucifixión del Señor. A continuación (19, 17-37) se narran los hechos ocurridos tras la sentencia injusta del procurador, centrándose en los episodios del Calvario. Por último (19, 31-42), como hacen los otros Evangelios, San Juan relata la sepultura del Señor en el sepulcro sin estrenar, que José de Arimatea tenía cerca del Calvario.

Todos estos sucesos culminan con la glorificación de Jesús a la que Él mismo se había referido (cfr. Ioh 17, 1-5); la Resurrección y exaltación junto al Padre (caps. 20-21).

He aquí los consejos que da Fray Luis de Granada para meditar la historia de la Pasión de Nuestro Señor: «Hay otras cinco cosas a que podemos tener respecto cuando pensamos en la sagrada Pasión (...). Lo primero, aquí podemos inclinar nuestro corazón a dolor y arrepentimiento de nuestros pecados, para lo cual se nos da un grande motivo en la Pasión del Salvador, pues es cierto que todo lo que padeció por los pecados lo padeció, de tal manera que, si no hubiera pecados en el mundo, no fuera necesario este tan costoso remedio. De manera que los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron, y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados, pues realmente ellos fueron la causa de tantos dolores, no porque ellos necesitasen a padecer al Hijo de Dios, sino porque de ellos tomó ocasión la divina justicia para pedir tan grande satisfacción.

»Y no sólo para aborrecer el pecado, sino también para el amor de las virtudes, tenemos aquí grandes motivos en los ejemplos de las virtudes de este Señor, que señaladamente resplandecen en su sagrada Pasión, en las cuales también debemos poner los ojos para provocarnos a la imitación de ellas, y particularmente en la grandeza de su humildad, obediencia, mansedumbre y silencio, con todas las demás, porque ésta es una de las más altas y provechosas maneras que hay de meditar la sagrada Pasión, que es por vía de imitación.

»Otras veces debemos poner los ojos en la grandeza del beneficio que el Señor aquí nos hizo, considerando lo mucho que nos amó, y lo mucho que nos dio, y lo mucho que le costó lo que nos dio (...). Otras veces conviene levantar por aquí los ojos al conocimiento de Dios, esto es, a considerar la grandeza de su bondad, de su misericordia, de su justicia y de su benignidad, y señaladamente de su ardentísima caridad, la cual en ninguna otra obra resplandece más que en su sagrada Pasión. Porque como sea mayor argumento de amor padecer males por el amigo que hacerle bienes, y Dios podía lo uno y lo otro (...), plugo a su divina bondad vestirse de naturaleza en que pudiese padecer males y tan grandes males, para que estuviese el hombre del todo certificado de este amor, y así se moviese a amar a quien tanto le amó.

»Otras veces, finalmente, puede considerar por aquí la alteza del consejo divino y la conveniencia de este medio que la sabiduría de Dios escogió, para remedio del genero humano, esto es, para satisfacer por nuestras culpas, para inflamar nuestra caridad, para fortalecer nuestra paciencia, para confirmar nuestra esperanza, para curar nuestra soberbia, nuestra avaricia y nuestros regalos, y para inclinar nuestras almas a la virtud de la humildad (...) al aborrecimiento del pecado y al amor de la Cruz» (Vida de Jesucristo, 15).

 

Jean 18, 1-2

«Dicho esto» es una fórmula frecuente en el cuarto Evangelio para indicar que comienza un nuevo episodio relacionado con lo que se acaba de narrar (cfr. Ioh 2, 12; 3, 22, 5, 1, 6, 1; 13, 21...).

El Cedrón (etimológicamente turbio, negro) es una vaguada que sólo lleva agua en época de lluvias; separaba Jerusalén del monte de los Olivos, en cuya falda se encontraba el huerto de Getsemaní (cfr. Mt 26, 32; Lc 21, 37; 22, 39). La distancia del Cenáculo al huerto de Getsemaní era de unos mil doscientos metros.

 

Jean 18, 3

Como Judea estaba bajo el dominio de los romanos había en Jerusalén una guarnición, compuesta de una cohorte (600 soldados) acuartelada en la torre Antonia, al mando de un tribuno. El Evangelista, al decir que Judas tomó «la cohorte», se expresa de un modo popular, que toma el todo por la parte; no quiere decir, por tanto, que fueran los 600 soldados en busca del Señor. Es de suponer que los judíos, que tenían su propia guardia del Templo —los llamados «servidores de los pontífices»—, habrían solicitado algún apoyo de la cohorte. Judas intervino indicando al jefe de la guardia el lugar y la persona a la que iban a prender.

 

Jean 18, 4-9

Solamente el cuarto Evangelio recoge este episodio ocurrido antes del prendimiento, y que nos recuerda aquellas palabras del Salmo: «Retrocederán mis enemigos el día que yo clame» (Ps 56, 10). Resplandece la majestad del Señor que se entrega voluntaria y libremente. Esto, sin embargo, no quiere decir que aquellos judíos queden exentos de culpa. San Agustín comenta así este pasaje: «Los perseguidores, que venían con el traidor a prender a Jesús, encontraron al que buscaban y le oyeron decir Yo soy. ¿Por qué no le prendieron, sino que retrocedieron y cayeron? Porque así lo quiso quien podía hacer lo que quería. Si no lo hubiera permitido, nunca hubieran realizado su intento de apresarle, pero tampoco Él hubiera cumplido su misión. Ellos buscaban con odio al que querían matar; Jesús, en cambio, nos buscaba con amor queriendo morir. Y así, después de manifestar su poder a quienes sin poder hacerlo querían prenderlo, le apresarán y de este modo cumplirá su deseo por medio de quienes lo ignoraban» (In Ioann. Evang., 112, 3).

Por otra parte, emociona contemplar a Jesús pendiente del cuidado de sus discípulos, cuando era Él quien corría peligro. Había prometido que ninguno de los suyos se perdería, excepto Judas Iscariote (cfr. Ioh 17, 12; 6, 39): aunque aquella promesa se refería más bien a preservarlos de la condenación eterna, el Señor se preocupa aquí también de la suerte inmediata de sus discípulos, que todavía no estaban preparados para afrontar el martirio.

 

Jean 18, 10-11

Una vez más se manifiesta el temperamento impetuoso y la lealtad de Pedro que, con riesgo de su vida, defiende al Maestro. Pedro, sin embargo, no había entendido aún los planes salvíficos de Dios; sigue resistiéndose a la idea del sacrificio de Cristo, como ya lo había hecho en el momento del primer anuncio de la Pasión (Mt 16, 21-22). Cristo no aceptó aquella defensa violenta. Sus palabras aluden a la oración en el huerto (cfr. Mt 26, 39), en la que había aceptado libremente la Voluntad del Padre, entregándose sin resistencia a llevar a cabo la Redención por la Cruz.

Hemos de acatar la Voluntad de Dios con la docilidad y prontitud con que Jesús afronta la Pasión. Escalones: Resignarse con la Voluntad de Dios: Conformarse con la Voluntad de Dios: Querer la Voluntad de Dios: Amar la Voluntad de Dios (Camino, n. 774).

 

Jean 18, 13-18

Jesús es llevado a casa de Anás que, aunque ya no era Sumo Pontífice, conservaba una gran influencia religiosa y política en el pueblo (cfr. nota a Lc 3, 2). Los dos discípulos, Simón Pedro y otro, probablemente el propio Juan, están desconcertados; no saben qué hacer y le siguen de lejos. Su adhesión y afecto por Jesús no eran aún suficientemente sobrenaturales; a la valentía y lealtad de antes sucede ahora el desánimo. Esta situación desembocará en la triple negación de Pedro. El cristiano, por nobles que sean sus sentimientos, tampoco tendrá la fortaleza para ser fiel a las exigencias de la fe si no fundamenta su vida en una piedad profunda.

 

Jean 18, 19-21

En este primer interrogatorio durante la noche —preparación del juicio posterior ante el Sanedrín (Lc 22, 66-71)— Jesús insiste en el carácter público y notorio de su predicación y de su conducta: todo el pueblo ha podido escuchar sus palabras y contemplar sus milagros; de ahí que, a veces, le hayan aclamado como Mesías (cfr. Ioh 12, 12-19 y par.). Los mismos pontífices habían vigilado su actividad en el Templo y en las sinagogas; Pero, como no quieren ver (cfr. Ioh 9, 39-41), ni creer (cfr. Ioh 10, 37-38), atribuyen algo oculto y siniestro a los planes de Jesús.

 

Jean 18, 22-23

Una vez más vemos cómo Jesús se muestra sereno y dueño de sí durante toda la Pasión. Ante la injusta agresión de aquel sirviente, el Señor responde con mansedumbre, pero sin dejar de defender la legitimidad de su conducta y señalar la injusticia de que es objeto. Ésa ha de ser nuestra reacción ante quienes nos hieran de algún modo. La ponderada defensa de los propios derechos es compatible con la mansedumbre y la humildad (cfr. Act 22, 25).

 

Jean 18, 25-27

Las negaciones de Pedro aparecen narradas con más brevedad que en los Evangelios sinópticos. Pero en todos vemos esta muestra de la humildad y sinceridad de los Apóstoles que les lleva a contar sus propias debilidades. No se habla aquí acerca del arrepentimiento de Pedro, aunque se da por supuesto al mencionar el canto del gallo: de la misma brevedad del relato se deduce que el suceso era muy conocido por los primeros cristianos. Después de la Resurrección quedará más patente el alcance del perdón de Jesús, que confirma a Pedro en su misión de Príncipe de los Apóstoles (cfr. Ioh 21, 15-17).

En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maniaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día (Es Cristo que pasa, n. 75).

 

Jean 18, 28

Los Sinópticos relatan también el proceso ante Pilato, pero San Juan le da mayor relieve y amplitud: la sección de Ioh 18, 28-19, 16 ocupa el centro de las cinco partes en que el Evangelista divide el relato de la Pasión (cfr. nota a 18, 1). Va describiendo con detalle y de forma armónica lo ocurrido en el pretorio, destacando la majestad de Jesucristo, como Rey mesiánico y, a la vez, el rechazo por parte de los judíos.

Son siete episodios marcados por las salidas y entradas de Pilato en el pretorio. Primero (vv. 29-32) los judíos plantean de modo genérico la acusación: es un malhechor. Sigue el diálogo de Pilato con Jesús (vv. 36-37), que culmina con la afirmación de Cristo: «Yo soy Rey». A continuación Pilato intenta salvar al Señor (vv. 38-40), preguntando si quieren que suelte al «Rey de los judíos».

El momento central del relato (19, 1-3) recoge la coronación de espinas, en la que los soldados saludan a Cristo en tono de burla como «Rey de los judíos». Se narra a continuación que el Señor sale fuera coronado de espinas y con el manto de púrpura (vv. 47). Es la escena desgarradora del Ecce Homo. Ahora la acusación de los judíos se centra en que Jesús se ha hecho Hijo de Dios. De nuevo Pilato, dentro del pretorio, dialoga con Jesús (vv. 8-12) e intenta averiguar algo más sobre su origen divino. Entonces los judíos concentran su odio en una acusación directamente política: «El que se hace rey va contra el César» (Ioh 19, 12). Por último (vv. 13-16), de modo solemne, con indicación del lugar y la hora, San Juan narra cómo Pilato señala a Jesús y dice: «He ahí a vuestro Rey». Los representantes de los judíos rechazan abiertamente a quien era y es el verdadero Rey anunciado por los profetas.

«Pretorio»: Así llamaban los romanos a la residencia oficial del Pretor, o a la de otros altos magistrados de las provincias del Imperio, como el caso del Procurador o Prefecto en Palestina. La residencia habitual de Pilato estaba en Cesarea marítima, pero en las grandes solemnidades solía trasladarse a Jerusalén con un fuerte contingente de tropas para poder intervenir con eficacia si se producía algún motín. En Jerusalén, en los años de Cristo y siguientes, el Procurador se alojaba en el Palacio de Herodes (en la parte occidental de la ciudad alta), o bien en la torre Antonia (fortaleza adosada al ángulo noroeste de la explanada del Templo). No se sabe con certeza cuál de ambos edificios es el Pretorio que menciona el Evangelio, aunque lo más probable es que sea la torre Antonia.

«Para no contaminarse»: Las tradiciones judaicas del tiempo (Mishnáh, tratado Ohalot 7, 7) establecían que entrar en casa de un gentil o pagano causaba la impureza legal de siete días (cfr. Act 10, 28); esa impureza les hubiera impedido celebrar la Pascua. No deja de sorprender que los Pontífices judíos hagan compatible este escrúpulo con la maquinación criminal contra Jesús. Se cumplen, una vez más, las palabras que el Señor les había dicho tiempo atrás: «¡Guías ciegos!, que coláis un mosquito y os tragáis un camello» (Mt 23, 24).

 

Jean 18, 29-32

San Juan ha omitido parte del interrogatorio que tuvo lugar en casa de Caifás, narrado por los Sinópticos (Mt 26, 57-66 y par.). Por estos sabemos que la reunión en casa de Caifás concluye con la declaración de que Jesús es reo de muerte por la pretendida blasfemia de proclamarse el Hijo de Dios (cfr. Mt 26, 65-66). En la Ley de Moisés la blasfemia se castigaba con la lapidación (cfr. Lev 24, 16), pero no proceden a lapidarlo —cosa que seguramente podían hacer, aun bajo el dominio romano, como pudo ocurrir con la adúltera (cfr. Ioh 8, 1-11), y ocurrió poco después con San Esteban (cfr. Act 7, 54 60) — porque necesitaban contar con la adhesión del pueblo, y sabían que muchos tenían a Jesús como Profeta y Mesías (cfr. Mt 24, 45-46; Mc 12, 12; Lc 20, 19). No se atrevieron, pues, a seguir ese procedimiento, sino que con maliciosa astucia van a conseguir cambiar una causa religiosa en una cuestión política, comprometiendo en ella la autoridad del Imperio romano; prefirieron presentar denuncia ante el procurador de que Jesús era un revolucionario que conspiraba contra el César, al declararse como el Mesías y Rey de los judíos; de este modo evitaban el riesgo ante el pueblo, y se aseguraban la condena de Jesús a muerte de cruz por parte de la autoridad romana.

El Señor había profetizado varias veces este tipo de muerte (cfr. Ioh 3, 14; 8, 28; 12, 32-33), y San Pablo explicará que «Cristo nos rescató de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros objeto de maldición, pues está escrito: Maldito todo el que está colgado en un madero» (Gal 3, 13; cfr. Dt 21, 23).

 

Jean 18, 33-34

A Pilato no le incumbe intervenir en cuestiones religiosas, pero como la acusación que le presentan contra Jesús afecta al orden público y político, su interrogatorio comienza obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental: «¿Eres tú el Rey de los judíos?».

Jesús, al contestar con una nueva pregunta, no rehuye la respuesta, sino que quiere, como siempre, dejar en claro el carácter espiritual de su misión. Realmente la respuesta no era fácil, pues, desde la perspectiva de un gentil, un Rey de los judíos era sencillamente un conspirador contra el Imperio; por el contrario, desde la perspectiva de los judíos nacionalistas, el Rey Mesías era el libertador político-religioso que les conseguiría la independencia. La verdad del mesianismo de Cristo transciende por completo ambas concepciones, y es lo que Jesús explica al procurador, aun sabiendo la enorme dificultad que entraña entender la verdadera naturaleza del Reino de Cristo.

 

Jean 18, 35-36

Después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús se había negado a ser proclamado rey, porque la muchedumbre pensaba en un reino temporal (cfr. Ioh 6, 15). Sin embargo, Jesús entra triunfalmente en Jerusalén y acepta que le aclamen como Rey-Mesías. Ahora, en la Pasión, reconoce ante Pilato que Él es verdaderamente Rey, aclarando que su reino no es como los de la tierra. Por eso los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Rom XIV, 17).

Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ése es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres (Es Cristo que pasa, n. 180).

 

Jean 18, 37

Éste es el sentido profundo de su realeza: su reino es «el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz» (Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad por Él revelada: el amor del Padre (Ioh 3, 16; 1 Ioh 4, 9). Se hace carne para manifestar esta Verdad, y para que los hombres puedan conocerla y aceptarla. Y así los que reconocen la realeza y soberanía de Cristo se someten a Él, que de ese modo reina sobre ellos con un reinado eterno y universal.

Por su parte, «la Iglesia, mirando a Cristo que da testimonio de la Verdad, siempre y en todas partes, debe preguntarse a sí misma, y en cierto sentido también al ‘mundo’ contemporáneo, de qué modo suscitar el bien desde el hombre, cómo liberar las energías del bien que hay en el hombre, para que sea más fuerte que el mal, que cualquier mal moral, social, etc.» (Juan Pablo II, Audiencia general del 21-II-1979).

Los cristianos, si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes; comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas (...). Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen (Es Cristo que pasa, nn. 181-182).

Jesús, mediante su Muerte y Resurrección, demuestra que el juicio llevado adelante contra Él por los hombres era falso, mentiroso; era Cristo quien decía la verdad, y no sus jueces y acusadores, y Dios respalda la verdad de Jesús, la verdad de sus palabras, de sus hechos, de su Revelación, mediante el milagro singular de su Resurrección gloriosa. Para los hombres, la realeza de Cristo puede resultar una paradoja: vive para siempre siendo muerto, vence siendo derrotado en el juicio y en la Cruz, la verdad, oprimida por unos días, sale victoriosa tras la muerte. «Jesucristo mismo, cuando compareció como prisionero ante el tribunal de Pilato y fue preguntado por él (...) ¿no respondió acaso: ‘Para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad’? Con estas palabras (...) era como si confirmase, una vez más, la frase ya dicha anteriormente: ‘Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. En el curso de tantos siglos y de tantas generaciones, comenzando por los tiempos de los Apóstoles, ¿no es acaso Jesucristo mismo el que tantas veces ha comparecido junto a hombres juzgados a causa de la verdad y no ha ido quizá a la muerte con hombres condenados a causa de la verdad? ¿Acaso cesa Él de ser continuamente portavoz y abogado del hombre que vive ‘en espíritu y en verdad’? (cfr. Ioh 4, 23 s.). Del mismo modo que no cesa de serlo ante el Padre, así lo es también con respecto a la historia del hombre» (Redemptor hominis, n. 12).

 

Jean 18, 38-40

En el interrogatorio se convence Pilato de la inocencia de Jesús (cfr. Ioh 19, 4.12). Probablemente se ha dado cuenta de que las acusaciones son en realidad una cuestión interna de los judíos en la que quieren implicarle, pero las autoridades judías están muy soliviantadas. La solución no es fácil e intenta la vía de las concesiones. En primer lugar recurre a un indulto pascual, proponiendo la alternativa entre un criminal y Jesús, pero no da resultado. Por eso intentará otros caminos para salvarle, que tampoco tendrán éxito. Esta conducta indecisa y cobarde le llevará a ceder ante la presión de los judíos y cometer una injusticia: la condena a muerte de un hombre de cuya inocencia está convencido.

«El misterio del dolor inocente es uno de los puntos más oscuros de todo el horizonte de la sabiduría humana; aquí queda atestiguado de la manera más patente. Incluso antes de descubrir algo de este problema nace en nosotros un irreprimible afecto hacia el inocente que sufre, hacia Él, Jesús (...) y hacia todos los inocentes, pequeños o adultos que sufren igualmente sin que su dolor tenga para nosotros un motivo. En el Via Crucis encontramos al primero de la dolorosa procesión de los inocentes que sufren. Y este primer paciente irreprensible nos revela finalmente el secreto de su Pasión: es un sacrificio» (Pablo VI, Alocución Viernes Santo).

 

Jn 19

 

Jean 19, 1-3

Se cumple al pie de la letra lo que Cristo había anunciado: el Hijo del Hombre «será entregado a los gentiles, y se burlarán de él, será insultado y escupido, y después de azotarlo, lo matarán, y al tercer día resucitará» (Lc 18, 32 s.; cfr. Mt 20, 18 s.).

La flagelación era uno de los castigos más duros previstos en el Derecho romano. Inclinado sobre un lugar de apoyo para no caer, el reo ofrecía sus espaldas desnudas al látigo o flagelo. Se solía aplicar también a los condenados a muerte de cruz. Así se extenuaba al delincuente y se aceleraba su muerte.

La coronación de espinas no formaba parte de la pena legal prevista, sino que los mismos soldados, llevados por su crueldad y afán de burla, lo añadieron por su cuenta. Se han descubierto en el enlosado que hay en la torre Antonia unos grabados que debieron utilizarse para el llamado «juego del rey». Consistía en echar suertes con los dados para elegir un rey de burlas entre los condenados, al que todos aclamaban entre chanzas antes de proceder a su ejecución.

San Juan sitúa este episodio en el centro de la narración acerca de lo ocurrido en el pretorio. Con ello pone de relieve que en la coronación de espinas resplandece la realeza de Cristo: aunque aquellos soldados sólo de modo sarcástico le aclamen como Rey de los judíos (cfr. las notas a Mc 15, 15.16-19), el Evangelista nos da a entender que Jesucristo verdaderamente es Rey.

 

Jean 19, 5

Cristo, revestido con las insignias reales, nos hace vislumbrar, bajo aquella trágica parodia, la grandeza del Rey de Reyes. El mismo San Juan dirá en Apc 5, 12: «Digno es el Cordero que ha sido sacrificado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición».

«Mira cuál estaría aquel divino rostro: hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrecida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podía con ellas limpiar los hilos de sangre que por los ojos corrían; y así estaban aquellas dos lumbreras del Cielo eclipsadas y casi ciegas y hechas un pedazo de carne. Finalmente, tal estaba su Figura, que ya no parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por mano de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente, a fin de que abogase por Él ante sus enemigos esta tan dolorosa figura» (Vida de Jesucristo, 24).

 

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