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Jean 19, 6-7

Al oír Pilato que los judíos acusan a Jesús de haberse proclamado Hijo de Dios, aumenta su temor, que probablemente se había iniciado por el aviso de su mujer, impresionada por un sueño, de que no se mezclase en la condena de «ese justo». Sin embargo el chantaje (cfr. v. 12) que urden las autoridades judías puede más que esos sentimientos, y transige con la condena.

Aunque jurídicamente Jesús es clavado en la Cruz por un supuesto delito político (cfr. nota a Ioh 18, 29-32). en realidad la causa de su muerte fue por un motivo netamente religioso.

 

Jean 19, 8-11

Pilato se admira del silencio de Jesús que no se defiende, y cuando el Procurador afirma que tiene poder para condenarle o salvarle, entonces el Señor le explica algo que no esperaba: que todo poder en la tierra tiene su origen en Dios. Esta enseñanza lleva consigo que, consideradas las cosas en su verdad profunda, cuando en el lenguaje corriente (jurídico, político o social) se habla de la soberanía del rey o del pueblo, estos poderes no se pueden tomar como términos absolutos, sino relativos, subordinados a la soberanía absoluta de Dios: de ahí que ninguna ley humana pueda ser justa y por tanto obligar en conciencia, si no está de acuerdo con la ley divina.

«El que me ha entregado»: Se refiere a todos los que han urdido la muerte del Señor, esto es, a Judas Iscariote, Caifás, los jefes de los judíos, etc. (cfr. 18, 30-35). Ellos, en definitiva, son quienes llevan a Jesús hasta la Cruz. Lo cual no exime de culpabilidad a Poncio Pilato.

 

Jean 19, 13

«Litóstrotos»: literalmente significa «empedrado», «enlosado»; debía ser, pues, una plaza o patio pavimentado con losas. El vocablo hebreo «Gabbatá» no es el equivalente exacto del griego «Litóstrotos», sino que significa «sitio elevado». Pero en la práctica designaba el mismo lugar. La localización de este «Litóstrotos» es incierta, por la duda, ya apuntada, acerca de dónde estaba el pretorio: cfr. nota a Ioh 18, 28.

Gramaticalmente el texto griego permite esta otra traducción: «Pilato (...) sacó fuera a Jesús y lo sentó en el tribunal». En este caso, el Evangelista insinúa que Pilato, con ese gesto, habría querido poner en ridículo a las autoridades judías, haciendo una especie de entronización burlesca del «Rey de los judíos». Ello estaría en consonancia con la actitud de Pilato frente a los jefes del pueblo a partir de ese momento (vv. 14 22), y con la intencionalidad del autor inspirado, que vería aquí la entronización de Cristo como Rey.

 

Jean 19, 14

Se llamaba «Parasceve» al día de la preparación de la Pascua. La hora sexta comienza al mediodía. Hacia esa hora se retiraba de las casas todo pan fermentado, se sustituía por el pan ázimo que se empleaba ya en la cena pascual (cfr. Ex 12, 15 ss.) y se sacrificaba oficialmente en el Templo el cordero. San Juan hace notar que a esa hora condenaron a Jesús, y subraya así la coincidencia de la condena a muerte del Señor con el momento en que se inmolaba el cordero: Cristo es el nuevo Cordero Pascual o, como dice San Pablo (cfr. 1 Cor 5, 7), «Cristo, nuestra Pascua (es decir, nuestro Cordero Pascual), ha sido inmolado».

Parece encontrarse una dificultad en conciliar lo que dice San Juan sobre la hora sexta, con el dato de Mc 15, 25 acerca de que era la hora tercia cuando crucificaron a Jesús. Se puede explicar de varias maneras. La que parece más sólida es suponer que Marcos se refiere al final de la hora tercia y Juan al comienzo de la hora sexta: en ambos casos se trata aproximadamente del mediodía.

 

Jean 19, 15

La historia del pueblo de Israel ayuda a entender la trágica paradoja que supone la actitud de las autoridades judías en este momento. Los hebreos han sido siempre conscientes de su condición de Pueblo de Dios. Así, con orgullo afirman no tener otro Padre que Dios (cfr. Ioh 8, 4). En el Antiguo Testamento Yahwéh es el verdadero Rey de Israel (cfr. Dt 33, 5; Num 23, 21; 1 Reg 22, 19; Is 6, 5); cuando, al seguir los usos de los pueblos limítrofes, piden un rey a Samuel (cfr. 1 Sam 8, 5.20), éste se resiste, ya que Israel sólo tiene un Soberano absoluto que es Yahwéh (1 Sam 8, 6-9). Pero, finalmente, Dios accede y designa Él mismo a quien había de ser rey sobre su pueblo. El primer elegido, Saúl, recibirá la unción sagrada, y lo mismo ocurrirá con David y sus sucesores. Con ese rito se expresaba claramente el carácter de vicario divino que tenía el rey israelita. Después de que aquellos reyes defraudaron las esperanzas del pueblo, éste esperaba cada vez con mayor ansiedad al rey mesiánico, al descendiente o «Hijo de David», al Ungido por excelencia o Mesías, que había de regir a su pueblo, liberarlo de sus enemigos y conducirlo al dominio universal (cfr. 2 Sam 7, 16; Ps 24, 7; 43, 5; etc.). Por ese ideal lucharon heroicamente durante siglos rechazando el dominio extranjero.

También en los tiempos de Cristo se opusieron a Roma y a Herodes, al que consideraban rey ilegítimo por no ser hebreo. Sin embargo, en estos momentos de la Pasión, aceptan hipócritamente al emperador romano como a su verdadero y único rey. Se niegan a aceptar el «suave yugo» de Cristo (cfr. Mt 11, 30) y echan sobre sus hombros el peso de la dominación romana. «Ellos mismos se sometieron al suplicio; por eso el Señor los entregó. Así porque unánimemente rechazaron el reino divino, el Señor los dejó abatirse en su propia condena. Rechazando, pues, el imperio de Cristo, atrajeron sobre sí el del César» (Hom. sobre S. Juan, 83).

Una tragedia en cierto modo semejante ocurre a quienes habiendo sido bautizados, e integrados por tanto en el nuevo Pueblo de Dios, abandonan obstinados en el pecado la «ligera carga» de la soberanía de Cristo, para someterse a la terrible tiranía del demonio (cfr. 2 Pet 2, 21).

 

Jean 19, 17

El nombre de Calvario o Calavera parece aludir a la forma de cráneo que tiene el lugar.

San Pablo establece el paralelismo que hay entre la desobediencia ,de Adán y la obediencia de Cristo (cfr. Rom 5, 12). Por esto la Iglesia, en la Exaltación de la Cruz del Señor, canta: «De donde vino la muerte, de allí surgió la vida» (Prefacio de la fiesta Exaltación de la Santa Cruz), para contrastar que así como en el árbol del paraíso venció el demonio, en el árbol de la Cruz fue vencido por Cristo.

San Juan es el único de los evangelistas que dice claramente que Jesús llevó la Cruz a cuestas. Los otros tres mencionan la ayuda de Simón de Cirene. Véanse notas a Mt 27, 31 y Lc 23, 26.

La actitud decidida de Cristo ante la Cruz nos debe llevar a imitar en nuestra vida ordinaria el ejemplo del Maestro: Es necesario que te decidas voluntariamente a cargar con la cruz. Si no, dirás con la lengua que imitas a Cristo, pero tus hechos lo desmentirán; así no lograrás tratar con intimidad al Maestro, ni lo amarás de veras. Urge que los cristianos nos convenzamos bien de esta realidad: no marchamos cerca del Señor, cuando no sabemos privarnos espontáneamente de tantas cosas que reclaman el capricho, la vanidad, el regalo, el interés... (Amigos de Dios, n. 129).

Como ya el anciano Simeón había profetizado, Jesús iba a ser «signo de contradicción» (Lc 2, 34): un estandarte elevado en lo alto que no deja lugar a la indiferencia, sino que provoca a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Él y de su Cruz: «Marchaba, pues, Jesús hacia el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, gran misterio (...); a los ojos de la impiedad, la burla de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio; a los ojos de la piedad, un rey que lleva la cruz para ser en ella clavado, cruz que había de brillar en la frente de los reyes; en ella había de ser despreciado a los ojos de los impíos, y en ella habían de gloriarse los corazones de los santos; así diría después San Pablo: No quiero gloriarme sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo» (In Ioann. Evang., n. 117, 3).

 

Jean 19, 18

Conocer algunos pormenores sobre esta forma de muerte empleada en la antigüedad nos ayudará a entender mejor lo mucho que se humilló y quiso sufrir Jesucristo por nuestro amor. La crucifixión era una pena reservada a los esclavos y por los delitos más graves; era la forma de muerte más dolorosa y horrenda que se podía dar; tenía además un valor ejemplar de castigo público, y por eso solía hacerse en un sitio bien visible y dejar allí durante días el cuerpo del ajusticiado. Un testimonio de la infamia de este suplicio son las palabras de Cicerón: «Que un ciudadano romano sea atado es un abuso; que sea golpeado es un delito; que se le dé muerte es casi un parricidio; ¿qué diré, entonces, si es suspendido en cruz? ¡A hecho tan horrible no se puede dar en modo alguno un apelativo suficientemente adecuado!» (In Verrem, II, 5, 66).

La muerte para un crucificado llegaba tras una agonía dolorosísima en la que concurrían la pérdida de sangre, la fiebre producida por las heridas, la sed y la asfixia, etc. A veces los verdugos le aceleraban la muerte quebrantándole las piernas, o dándole una lanzada, como en el caso del Señor. Así se entienden mejor aquellas palabras con las que San Pablo recordaba a los filipenses la humillación de Cristo en la Cruz: «Se anonadó a sí mismo, tomando la forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres (...); se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Phil 2, 7-8).

San Juan pasa muy rápidamente sobre la circunstancia de los otros dos crucificados con Jesús, tal vez porque los Evangelios sinópticos han hablado ya de este hecho (véanse notas a Lc 23, 39-43).

 

Jean 19, 19-22

El «título» era el nombre técnico que en el Derecho romano expresaba la causa de la condena. Solía inscribirse en una tablilla para conocimiento público y era resumen del acta oficial que se remitía a los archivos del tribunal del César. Por eso, cuando los pontífices judíos piden a Pilato que cambie las palabras de la inscripción, el Procurador se niega aduciendo que la sentencia ha sido ya dictada y ejecutada y, por tanto, no puede modificarse: ése es el sentido de las palabras «lo que he escrito, escrito está». En el caso de Cristo, este título escrito en varios idiomas proclama su realeza universal, ya que lo podían leer todos los que desde diversos países habían venido a celebrar la Pascua; así se confirman las palabras del Señor; «Yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo» (Ioh 18, 37).

El Papa Pío XI, al instaurar la fiesta de Cristo Rey, explica: «Se le llama Rey de la humana inteligencia, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia, cuanto porque Él es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de Él y recibir dócilmente la Verdad. Se dice además que es Rey de la voluntad humana no sólo porque en Él la voluntad humana está sometida a la santa y divina voluntad, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en deseos de las más nobles acciones. Finalmente se dice con verdad que Cristo es Rey de los corazones por su caridad, que excede a todo lo conocido, y por el atractivo que ejerce en las almas su mansedumbre y bondad: De nadie, en efecto, ha podido decirse hasta ahora, ni podrá decirse nunca, que haya sido amado como Jesucristo por la totalidad del género humano» (Quas primas).

 

Jean 19, 23-24

Se cumple así la profecía del Salmo 22, que describe de modo impresionante los sufrimientos del Mesías: «Se reparten mis vestiduras y echan suertes sobre mi túnica» (Ps 22, 19). La túnica sin costuras ha sido considerada por los Santos Padres como un símbolo de la unidad de la Iglesia (cfr. por ejemplo San Agustín, In Ioann. Evang., 118, 4).

 

Jean 19, 25

Mientras que los Apóstoles, a excepción de San Juan, abandonan a Jesús en esta hora de oprobio, aquellas piadosas mujeres, que le habían seguido durante su vida pública (cfr. Lc 8, 2-3), permanecen ahora junto al Maestro que muere en la Cruz (cfr. nota a Mt 27, 55 56).

El Papa Juan Pablo II explica que la fidelidad de la Virgen se manifestó de cuatro modos: el primero, por la búsqueda generosa de lo que Dios quería de Ella (cfr. Lc 1, 34); el segundo, mediante la aceptación rendida de la Voluntad divina (cfr. Lc 1, 38); el tercero, por la coherencia de los actos de la vida con la decisión de la fe tomada; y, finalmente, mediante la prueba de la perseverancia. «Sólo puede llamarse Fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El fiat de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat silencioso que repite al pie de la Cruz» (Homilía Catedral México).

La Iglesia desde siempre ha reconocido la dignidad de la mujer y su importante cometido en la Historia de la Salvación. Basta recordar el culto que, desde los orígenes, el pueblo cristiano ha tributado a la Madre de Cristo, la Mujer por antonomasia, y la criatura más excelsa y más privilegiada que jamás ha salido de las manos de Dios. El último Concilio, dirigiendo un mensaje especial a las mujeres, dice entre otras cosas: «Mujeres que sufrís, que os mantenéis firmes bajo la cruz a imagen de María; vosotras, que tan a menudo, en el curso de la historia, habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin, para dar testimonio hasta el martirio, ayudadlos una vez más a conservar la audacia de las grandes empresas, al mismo tiempo que la paciencia y el sentido de los comienzos humildes» (Conc. Vaticano II, Mensaje del Concilio a la Humanidad. A las mujeres, n. 9).

 

Jean 19, 26-27

 

La pureza limpísima de toda la vida de Juan le hace fuerte ante la Cruz. —Los demás apóstoles huyen del Gólgota: él, con la Madre de Cristo, se queda.

—No olvides que la pureza enrecia, viriliza el carácter (Camino, n. 144).

El gesto del Señor, por el que encomienda a su Santísima Madre al cuidado del discípulo, tiene un doble sentido (véase Introducción al Evangelio según San Juan, pp. 1128-1133). Por una parte, manifiesta el amor filial de Jesús a la Virgen María. San Agustín considera cómo Jesús nos enseña a cumplir el cuarto mandamiento: «Es una lección de moral. Hace lo que recomienda hacer, y, como buen Maestro, alecciona a los suyos con su ejemplo, a fin de que los buenos hijos tengan cuidado de sus padres; como si aquel madero que sujetaba sus miembros moribundos fuera también la cátedra del Maestro que enseñaba» (In Ioann. Evang., 119, 2).

Por otra parte, las palabras del Señor declaran que Santa María es nuestra Madre: «La Santísima Virgen avanzó también en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (Ioh 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús, agonizante en la Cruz, como madre al discípulo» (Lumen gentium, n. 58).

Todos los cristianos, representados en San Juan, somos hijos de María. Al darnos Cristo a su Madre por Madre nuestra manifiesta el amor a los suyos hasta el fin (cfr. Ioh 13, 1). Al aceptar la Virgen al apóstol Juan como hijo suyo muestra su amor de Madre: «A ti, María, el Hijo de Dios y a la vez Hijo tuyo, desde lo alto de la Cruz indicó a un hombre y dijo: ‘He ahí a tu hijo’. Y en aquel hombre te ha confiado a cada hombre, te ha confiado a todos. Y Tú, que en el momento de la Anunciación, en estas sencillas palabras: ‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’ (Lc 1, 38), has concentrado todo el programa de tu vida, abrazas a todos, te acercas a todos, buscas maternalmente a todos. De esta manera se cumple lo que el último Concilio ha declarado acerca de tu presencia en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Perseveras de manera admirable en el misterio de Cristo, tu Hijo unigénito, porque estás siempre dondequiera están los hombres sus hermanos, dondequiera está la Iglesia» (Homilía Basílica de Guadalupe).

Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre (Es Cristo que pasa, n. 140).

Este modo filial de tratar a María es el que sigue constantemente Juan Pablo II. Así, en su despedida de la Virgen de Czestochowa, oraba con estas palabras: «¡Madre de la Iglesia de Jasna Góra! Una vez más me consagro a Ti en tu materna esclavitud de amor: Totus tuus! ¡Soy todo tuyo! Te consagro la Iglesia entera, en todas partes, hasta los confines de la tierra. Te consagro la humanidad; te consagro los hombres, mis hermanos. Todos los pueblos y naciones. Te consagro Europa y todos los continentes. Te consagro Roma y Polonia unidas, a través de tu siervo, por un nuevo vínculo de amor. Madre, ¡acepta! Madre, ¡no nos abandones! Madre, ¡guíanos Tú!» (Alocución de despedida en el Santuario de Jasna Góra, 6-VI-79).

 

Jean 19, 28-29

También este detalle estaba predicho en el Antiguo Testamento: «Han puesto veneno en mi comida, y en mi sed me han dado a beber vinagre» (Ps 69, 22). Esto no quiere decir que a Jesús le dieron vinagre para aumentar los tormentos; era costumbre ofrecer agua mezclada con vinagre a los crucificados para mitigar la sed. Además de la natural deshidratación que producía el suplicio de la cruz, se puede ver también en la sed de Jesús una manifestación de su deseo ardiente por cumplir la voluntad del Padre y salvar a todas las almas. Desde la Cruz ha clamado: sitio!, tengo sed. Sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta Él, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo (Amigos de Dios, n. 202).

 

Jean 19, 30

Jesús, clavado en la Cruz, muere por todos los pecados y vilezas de los hombres. A pesar de los sufrimientos es una muerte serena, donde resplandece la majestad del Señor, que inclina la cabeza después de haber cumplido la misión encomendada. «¿Quién es capaz de morir cuando quiera, como Jesús murió cuando quiso? ¿Quién puede revestirse de la muerte cuando quiera, como Él se despojó de su carne cuando quiso? (...) ¡Cuánto debe esperarse o temerse el poder del que vendrá a juzgar, cuando tan grande apareció en el momento de morir!» (In Ioann. Evang., 119, 6).

Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro. Con frase que se acerca a la realidad, aunque no acaba de decirlo todo, podemos repetir con un autor de hace siglos: El cuerpo de Jesús es un retablo de dolores. A la vista de Cristo hecho un guiñapo, convertido en un cuerpo inerte bajado de la Cruz y confiado a su Madre; a la vista de ese Jesús destrozado, se podría concluir que esa escena es la muestra más clara de una derrota. ¿Dónde están las masas que lo seguían, y el Reino cuyo advenimiento anunciaba? Sin embargo, no es derrota, es victoria: ahora se encuentra más cerca que nunca del momento de la Resurrección, de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia (Es Cristo que pasa, n. 95).

 

Jean 19, 31-32

Jesús muere el día de la preparación de la Pascua —Parasceve—, es decir, la víspera, cuando en el Templo se inmolaban oficialmente los corderos pascuales. Al subrayar esa coincidencia el Evangelista insinúa que el sacrificio de Cristo sustituía a los sacrificios de la antigua Ley e inauguraba la Nueva Alianza en su sangre (cfr. Heb 9, 12).

La Ley de Moisés mandaba que los ajusticiados no permaneciesen colgados del madero al llegar la noche (Dt 21, 22-23); por eso los judíos piden a Pilato que les quiebren las piernas para acelerar la muerte y poderlos enterrar antes del anochecer, sobre todo porque el día siguiente era la solemnidad de la Pascua.

Sobre la fecha de la muerte de Jesús véase Fecha de la Muerte, pp. 89 ss.

 

Jean 19, 34

Este hecho tiene una explicación natural. Lo más probable es que el agua que salió del costado de Cristo fuera el liquido pleural acumulado a causa de los tormentos.

Como en otras ocasiones, el cuarto Evangelio, en los hechos históricos que narra, contiene un significado profundo. San Agustín y la tradición cristiana ven brotar los sacramentos y la misma Iglesia del costado abierto de Jesús: «Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la vida que es verdadera vida (...). Este segundo Adán se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa que salió del costado del que dormía. ¡Oh muerte que da vida a los muertos! ¿Qué cosa más pura que esta sangre? ¿Qué herida más saludable que ésta?» (In Ioann. Evang., n. 120, 2). A su vez el Concilio Vaticano II ha enseñado: «La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo. Su comienzo y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado» (Lumen gentium, n. 3).

Jesús en la Cruz, con el corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente —sobran las palabras— a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos (Es Cristo que pasa, n. 165).

 

Jean 19, 35

El Evangelio de San Juan se presenta como un testimonio veraz acerca de los sucesos de la vida del Señor y de su significado doctrinal y espiritual. Desde las palabras de Juan el Bautista al comienzo del ministerio público de Jesús (1, 19) hasta el párrafo conclusivo del Evangelio (21, 24-25), todo queda enmarcado en un testimonio de la realidad sublime del Verbo de Vida hecho carne. Aquí el Evangelista explícita su condición de testigo directo (cfr. también Ioh 20, 30-31; 1 Ioh 1, 1-3).

 

Jean 19, 36

Esta cita alude al precepto de la Ley de no romper ningún hueso al cordero pascual (cfr. Ex 12, 46). Una vez más el Evangelio de San Juan nos enseña que Jesús es el verdadero Cordero pascual que quita el pecado del mundo (cfr. Ioh 1, 29).

 

Jean 19, 37

Termina el relato de la Pasión con la cita de Zach 12, 10, que preanunciaba la salvación por el sufrimiento y muerte misteriosos de un Redentor. El Evangelista evoca con este texto profético la salvación realizada por Jesucristo que, clavado en la Cruz, ha cumplido la promesa divina de redención (cfr. Ioh 12, 32). Todo aquél que le mire con fe recibe los frutos de su Pasión. Así, el buen ladrón, mirando a Cristo en la Cruz, reconoció su realeza, puso en Él su confianza y recibió la promesa del Cielo (cfr. Lc 23, 42-43).

En la liturgia del Viernes Santo la Iglesia invita a contemplar y adorar la Cruz con estas palabras: «Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo», y desde los primeros tiempos de la Iglesia el Crucifijo es el signo que recuerda a los cristianos el momento supremo del amor de Cristo que, muriendo, nos libra de la muerte eterna. Tu Crucifijo. —Por cristiano, debieras llevar siempre contigo tu Crucifijo. Y ponerlo sobre tu mesa de trabajo. Y besarlo antes de darte al descanso y al despertar: y cuando se rebele contra tu alma el pobre cuerpo, bésalo también (Camino, n. 302).

 

Jean 19, 38-39

El sacrificio del Señor comienza a producir sus frutos. Así, los que antes tuvieron miedo ahora se confiesan valientemente discípulos de Jesús, y cuidan de su Cuerpo muerto con extremada delicadeza y generosidad. El Evangelista señala que José de Arimatea y Nicodemo emplearon una mezcla de mirra y áloe en cantidad verdaderamente espléndida. La mirra es una resina aromática de gran precio; y el áloe era un jugo extraído de las hojas de ciertas plantas. Su empleo constituía una manifestación de piedad hacia los difuntos.

 

Jean 19, 40

El cuarto Evangelio completa los datos de los Sinópticos sobre la sepultura del Señor. La Sagrada Escritura no prescribía un modo determinado de sepelio, por lo que los judíos se atenían a las costumbres de la época. Al Señor, probablemente, después de bajarlo con piedad de la Cruz, lo lavaron con cuidado (cfr. Act 9, 37), lo perfumaron y lo envolvieron en un lienzo, cubriendo su cabeza con un sudario (cfr. Ioh 20, 5-6). Pero, ante la inminencia del descanso sabático, no pudieron ungirle con bálsamo, cosa que pensaban hacer las mujeres pasado el sábado (cfr. Mc 16, 1; Lc 24, 1). El mismo Jesús, cuando alabó el gesto de María en la unción de Betania, había anunciado veladamente que su cuerpo no sería embalsamado (cfr. nota a Ioh 12, 7).

 

Jean 19, 41

Los Santos Padres han comentado con frecuencia el detalle del huerto en sentido místico. Suelen enseñar que Cristo, apresado en un huerto —el de los Olivos— y sepultado en un huerto —el del Sepulcro—, nos ha redimido sobreabundantemente de aquel primer pecado cometido también en un huerto —el Paraíso—. Del sepulcro nuevo comentan que, siendo el cuerpo de Jesús el único que fue depositado allí, no habría duda de que era Él quien había resucitado y no otro. Observa también San Agustín: «Así como en el seno de María Virgen ninguno fue concebido antes ni después de Él, así en este sepulcro nadie fue sepultado ni antes ni después de Él» (In loann. Evang., 120, 5).

Acerca de la muerte y sepultura de Cristo la doctrina cristiana enseña, entre otras, las dos verdades siguientes: «Una, que el cuerpo de Cristo no sufrió corrupción en parte alguna, y sobre esto había vaticinado el profeta ‘no permitirás que tu Santo experimente la corrupción’ (Ps 16, 10; Act 2, 31). La otra (...), que la sepultura, la Pasión y la Muerte atañen a Jesucristo solamente en cuanto a su naturaleza humana, aunque también se atribuyen a Dios, porque es evidente que se predican con verdad de aquella Persona que al mismo tiempo es perfecto Dios y perfecto hombre» (Catecismo Romano, I, 5, 9).

 

Jn 20

 

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