Los cuatro Evangelios narran los primeros testimonios de las santas mujeres y de los discípulos acerca de la Resurrección gloriosa de Cristo. Tales testimonios se refieren, en un primer momento, a la realidad del sepulcro vacío (cfr. Mt 28, 1-15; Mc 16, 1 ss.; Lc 24, 1-12). Después relatarán diversas apariciones de Jesús Resucitado.
María Magdalena es una de las que asistían al Señor en sus viajes (Lc 8, 1-3); junto con la Virgen María le siguió valientemente hasta la Cruz (Ioh 19, 25), y vio dónde habían depositado su Cuerpo (Lc 23, 55). Ahora, una vez pasado el reposo obligado del sábado, va a visitar la tumba. Notemos el detalle evangélico: «Al amanecer, cuando todavía estaba oscuro»; el amor y la veneración le hacen ir sin demora junto al Cuerpo del Señor.
Jean 20, 4
El cuarto Evangelio destaca que, aunque fueron las mujeres, y en concreto María Magdalena, las primeras en llegar al sepulcro, son los Apóstoles los primeros en entrar y percibir los detalles externos que muestran que Cristo ha resucitado (el sepulcro vacío, los lienzos «caídos», el sudario aparte). Dar testimonio de este hecho será punto esencial de la misión que les encomendará Cristo: «Seréis mis testigos en Jerusalén... y hasta los confines de la tierra» (Act 1, 8; cfr. Act 2, 32).
Juan, que llegó antes —quizá porque era más joven—, no entró por deferencia hacia Pedro. Esto insinúa que ya entonces Pedro era considerado como cabeza de los Apóstoles.
Jean 20, 5-7
Las palabras que emplea el Evangelista para describir lo que Pedro y él vieron en el sepulcro vacío expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que allí encontraron, y cómo quedaron grabados en su memoria algunos detalles a primera vista irrelevantes. Hasta tal punto fueron significativas las características que presentaba el sepulcro vacío, que les hicieron intuir de algún modo la Resurrección del Señor. Algunos términos que aparecen en el relato necesitan ser explicados; la escueta traducción difícilmente puede expresar todo el contenido.
«Los lienzos caídos»: El participio griego que hemos traducido por «caídos» parece indicar que los lienzos habían quedado aplanados, como vacíos al resucitar y desaparecer de allí el cuerpo de Jesús, como si Éste hubiera salido de los lienzos y vendas sin ser desenrrollados, pasando a través de ellos (lo mismo que entró más tarde en el Cenáculo «estando cerradas las puertas»), Por ello, los lienzos estaban «caídos», «planos», «yacentes» según la traducción literal del griego, al salir de ellos el Cuerpo de Jesús que los había mantenido antes en forma abultada. Así se comprende la admiración y el recuerdo imborrable del testigo.
«El sudario... aparte, todavía enrollado, en un sitio»: La primera observación es que el sudario, que había envuelto la cabeza, no estaba encima de los lienzos, sino al lado. La segunda, más sorprendente, es que, como los lienzos, conservaba todavía su forma de envoltura, pero, a diferencia de aquellos, mantenía cierta consistencia de volumen, a manera de casquete, probablemente debido a la tersura producida por los ungüentos. Todo ello es lo que parece indicar el correspondiente participio griego, que hemos traducido por «enrollado».
De estos detalles en la descripción del sepulcro vacío se desprende que el cuerpo de Jesús tuvo que resucitar de manera gloriosa, es decir, trascendiendo las leyes físicas. No se trataba sólo de la reanimación del cuerpo, como por ejemplo, en el caso de Lázaro, que necesitó ser desligado de las vendas y demás lienzos de la mortaja para poder andar (cfr. Ioh 11, 44).
Jean 20, 8-10
Como les había dicho María Magdalena, el Señor no estaba en el sepulcro; pero los dos Apóstoles se dieron cuenta de que no podía tratarse de un robo, como ella suponía, pues vieron que los lienzos y el sudario se encontraban puestos de un modo especial (cfr. nota a Ioh 20, 5-7); al verlos así empezaron a entender lo que tantas veces les había explicado el Maestro acerca de su Muerte y Resurrección (cfr. Mt 16, 21; Mc 8, 31; Lc 9, 22; etc.; cfr. además notas a Mt 12, 39-40 y Lc 18, 31-40).
El sepulcro vacío y los demás datos que lo acompañan son señales perceptibles por los sentidos; la Resurrección, en cambio, aunque pueda tener efectos comprobables por la experiencia, requiere la fe para ser aceptada. La Resurrección de Cristo es un hecho real e histórico: nueva unión del cuerpo y del alma de Jesús. Pero, siendo una Resurrección gloriosa —no como la de Lázaro—, que está muy por encima de lo que podemos apreciar en esta vida, y supera, por tanto, los límites de la experiencia sensible, se requiere una ayuda especial de Dios —el don de la fe— para conocer y aceptar con certeza este hecho que, al mismo tiempo que es histórico, es sobrenatural. Por tanto, puede decirse con Santo Tomás de Aquino que «cada uno de los argumentos de por sí no bastaría para demostrar la Resurrección, pero, tomados en conjunto, la manifiestan suficientemente; sobre todo por el testimonio de la Sagrada Escritura (cfr. especialmente Lc 24, 25-27), el anuncio de los Ángeles (cfr. Lc 24, 4-7) y la palabra de Cristo confirmada con milagros» (cfr. Ioh 3, 13; Mt 16, 21; 17, 22; 20, 18) (Suma Teológica, III, q. 55, a. 6 ad 1).
Además de las predicciones de Cristo acerca de su Pasión, Muerte y Resurrección (cfr. Ioh 2, 19; Mt 16, 21; Mc 9, 31; Lc 9, 22), ya en el Antiguo Testamento estaba anunciado el triunfo glorioso del Mesías y, en cierto modo, su Resurrección (cfr. Ps 16, 9; Is 52, 13; Os 6, 2). Los Apóstoles empiezan a entender el verdadero sentido de la Sagrada Escritura después de la Resurrección del Señor, y más especialmente cuando reciben el Espíritu Santo, que ilumina plenamente sus inteligencias para comprender el contenido de la Palabra de Dios. Es de suponer la sorpresa y alborozo de todos los discípulos al oír contar a Pedro y Juan lo que habían visto en el sepulcro.
Jean 20, 11-18
Son conmovedores el cariño y la delicadeza de esta mujer preocupada por la suerte del Cuerpo muerto de Jesús. Leal en la Pasión, el amor de la que estuvo poseída por siete demonios (cfr. Lc 8, 2) sigue siendo grande y encendido. El Señor la había librado del Maligno, y aquella gracia fructificó en correspondencia humilde y generosa.
Después de consolar a la Magdalena, Jesús le da un mensaje para los Apóstoles, a quienes llama con el apelativo entrañable de «hermanos». Tal mensaje supone un Padre común, aunque sea de modo esencialmente diferente: «Subo a mi Padre —por naturaleza— y a vuestro Padre» —que lo es por la adopción que os he ganado con mi muerte—. Grande es la misericordia y la comprensión de Jesús que, como Buen Pastor, se cuida de recoger a los discípulos que le habían abandonado en la Pasión y que estaban escondidos por miedo a los judíos (Ioh 20, 19).
El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a Jesucristo acaba encontrándolo. El gesto familiar de Jesús que llama «hermanos» a sus discípulos, a pesar de haberle abandonado, nos debe llenar de esperanza en medio de nuestras infidelidades.
Jean 20, 15
El diálogo de Jesús con la Magdalena refleja el estado de ánimo de todos los discípulos, que no esperaban la Resurrección del Señor.
Jean 20, 17
«Suéltame»: En el texto original esta frase está construida en imperativo presente, que indica continuidad de la acción que se realiza. La frase negativa del texto griego, reflejada en la Neovulgata («noli me tenere»), indica que el Señor manda a la Magdalena que deje de retenerle, que le suelte, pues todavía tendrá ocasión de verle antes de la Ascensión a los cielos.
Jean 20, 19-20
Jesús se aparece a los Apóstoles la misma tarde del domingo en que resucitó. Se presenta en medio de ellos sin necesidad de abrir las puertas, ya que goza de las cualidades del cuerpo glorioso; pero para deshacer la posible impresión de que es sólo un espíritu, les muestra las manos y el costado: no queda ninguna duda de que es Jesús mismo y de que verdaderamente ha resucitado. Además les saluda por dos veces con la fórmula usual entre los judíos, con el acento entrañable que en otras ocasiones pondría en ese saludo. Con esas amigables palabras quedaban disipados el temor y la vergüenza que tendrían los Apóstoles por haberse comportado deslealmente durante la Pasión. De esta forma se ha vuelto a crear el ambiente de intimidad, en el que Jesús va a comunicarles poderes trascendentales.
Jean 20, 21
El Papa León XIII explicaba cómo Cristo transfirió su propia misión a los Apóstoles: «¿Qué quiso y qué buscó al fundar y conservar la Iglesia? Esto: transmitir la misma misión y el mismo mandato que había recibido del Padre para que Ella los continúe. Esto es claramente lo que se había propuesto hacer y esto es lo que hizo: ‘Como el Padre me envió así os envío yo’ (Ioh 20, 21). ‘Como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo’ (Ioh 17, 18) (...). Momentos antes de retornar al Cielo envía a los Apóstoles con la misma potestad con la que el Padre le había enviado; les ordenó que extendieran y sembraran por todo el mundo su doctrina (cfr. Mt 28, 18). Todos los que obedezcan a los Apóstoles se salvarán; los que no les obedezcan perecerán (cfr. Mc 16, 16) (...). Por eso ordena aceptar religiosamente y guardar santamente la doctrina de los Apóstoles como suya:‘Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia’ (Lc 10, 16). En conclusión, los Apóstoles son enviados por Jesucristo de la misma forma que Él fue enviado por el Padre» (Satis cognitum). En esta misión los Obispos son sucesores de los Apóstoles: «Cristo, por medio de los mismos Apóstoles, hizo partícipes de su propia consagración y misión a los sucesores de aquellos, que son los Obispos, cuyo ministerio, en grado subordinado, fue encomendado a los presbíteros, a fin de que constituidos en el orden del presbiterado fuesen cooperadores del Orden episcopal para cumplir la misión apostólica confiada por Cristo» (Presbyterorum ordinis, n. 2).
Jean 20, 22-23
La Iglesia ha entendido siempre —y así lo ha definido— que Jesucristo con estas palabras confirió a los Apóstoles la potestad de perdonar los pecados, poder que se ejerce en el sacramento de la Penitencia. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: ‘Recibid el Espíritu Santo...’. Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo» (De Paenitentia, cap. 1).
El sacramento de la Penitencia es la expresión más sublime del amor y de la misericordia de Dios con los hombres, como enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 11-32). El Señor espera siempre con los brazos abiertos que volvamos arrepentidos, para perdonarnos y devolvernos nuestra dignidad de hijos suyos.
Los Papas han recomendado con insistencia que los cristianos sepamos apreciar y aprovechemos con fruto este Sacramento: «Para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo» (Mystici Corporis).
Jean 20, 24-28
La duda del apóstol Tomás mueve al Señor a darle una prueba especial de la realidad de su cuerpo resucitado. Así confirma al mismo tiempo la fe de los que más tarde habían de creer en Él. «¿Es que pensáis —comenta San Gregorio Magno— que aconteció por pura casualidad que estuviera ausente entonces aquel discípulo elegido, que al volver oyese relatar la aparición, y que al oír dudase, dudando palpase y palpando creyese? No fue por casualidad, sino por disposición de Dios. La divina clemencia actuó de modo admirable para que tocando el discípulo dubitativo las heridas de la carne en su Maestro, sanara en nosotros las heridas de la incredulidad (...). Así el discípulo, dudando y palpando, se convirtió en testigo de la verdadera resurrección» (In Evangelio homiliae, 26, 7).
La respuesta de Tomás no es una simple exclamación, es una afirmación: un maravilloso acto de fe en la Divinidad de Jesucristo: «¡Señor mío y Dios mío!». Estas palabras constituyen una jaculatoria que han repetido con frecuencia los cristianos, especialmente como acto de fe en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía.
Jean 20, 29
El mismo San Gregorio Magno explica estas palabras del Señor: «Al decir San Pablo que ‘la fe es el fundamento de las cosas que se esperan y un convencimiento de las que no se ven’ (Heb 11, 1), resulta evidente que la fe versa sobre las cosas que no se ven, pues las que se ven ya no son objeto de la fe, sino de la experiencia. Ahora bien, ¿por qué a Tomás cuando vio y tocó se le dice: Porque has visto, has creído? Porque una cosa es lo que vio y otra lo que creyó. Es cierto que el hombre mortal no puede ver la divinidad; por tanto, él vio al Hombre y le reconoció como Dios, diciendo: ‘Señor mío y Dios mío’. En conclusión, viendo creyó, porque contemplando atentamente a este hombre verdadero exclamó que era Dios, a quien no podía ver» (In Evangelio homiliae, 27, 8).
Tomás, como todos los hombres, necesitó de la gracia de Dios para creer, pero además recibió una prueba singular; hubiera sido más meritoria su fe si hubiera aceptado el testimonio de los Apóstoles. Las verdades reveladas se transmiten normalmente por la palabra, por el testimonio de otros hombres que, enviados por Cristo y asistidos por el Espíritu Santo, predican el depósito de la fe (cfr. Mc 16, 15-16). «Por consiguiente la fe viene por la predicación y la predicación por la palabra de Cristo» (Rom 10, 17). La predicación, pues, del Evangelio tiene las suficientes garantías de credibilidad, y el hombre al aceptarlo «ofrece a Dios el homenaje total de su entendimiento y voluntad asintiendo libremente a lo que Dios revela» (Dei Verbum, n. 5).
«Nos alegra mucho lo que sigue: ‘Bienaventurados los que sin haber visto han creído’. Sentencia en la que, sin duda, estamos señalados nosotros, que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne. Se alude a nosotros, con tal que vivamos conforme a la fe; porque sólo cree de verdad el que practica lo que cree» (In Evangelio homiliae, 26, 9).
Jean 20, 30-31
Tenemos aquí como un primer epilogo o conclusión del Evangelio de San Juan. Según la opinión más común, el evangelista añadiría más tarde el capítulo 21, donde narra acontecimientos tan importantes como la triple confesión de San Pedro, su confirmación en el Primado y también la profecía del Señor acerca de la muerte del discípulo amado. Aquí en estos vv. 30-31 se pone de manifiesto la finalidad que perseguía el autor inspirado al escribir su Evangelio: que los hombres crean que Jesús es el Mesías, el Cristo anunciado en el Antiguo Testamento por los profetas, el Hijo de Dios, y que, al creer esta verdad salvadora, centro de la Revelación, puedan participar ya aquí de la vida eterna (cfr. Ioh 1, 12; 2, 23; 3, 18; 14, 13; 15, 16; 16, 23-26).
Jean 21, 1-3
Hay varios datos significativos en esta escena: los discípulos se encuentran «junto al mar de Tiberíades», en Galilea, cumpliendo así el mandato de Jesús resucitado (cfr. Mt 28, 7); están juntos porque los lazos de fraternidad que los unen son muy fuertes; Pedro toma la iniciativa manifestando de alguna manera su autoridad; por último, se les ve dedicados de nuevo a su oficio de pescadores, probablemente en espera de nuevas instrucciones del Señor.
Al leer este episodio nos viene a la memoria la primera pesca milagrosa (cfr. Lc 5, 1-11), donde el Señor prometió a Pedro hacerle pescador de hombres; aquí le va a confirmar en su misión de Cabeza visible de la Iglesia.
Jean 21, 4-8
Jesús resucitado va en busca de sus discípulos para animarlos y seguir explicándoles la gran misión que les ha encomendado. El relato describe una escena entrañable del Señor con los suyos: Pasa al lado de sus Apóstoles, junto a esas almas que se han entregado a Él: y ellos no se dan cuenta. ¡Cuántas veces está Cristo, no cerca de nosotros, sino en nosotros; y vivimos una vida tan humana! (...). Vuelve a la cabeza de aquellos discípulos lo que, en tantas ocasiones, han escuchado de los labios del Maestro: pescadores de hombres, apóstoles. Y comprenden que todo es posible, porque Él es quien dirige la pesca.
Entonces, el discípulo aquel que Jesús amaba se dirige a Pedro: es el Señor. El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor!
Simón Pedro apenas oyó es el Señor, vistióse la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros? (Amigos de Dios, nn. 265-266).
Jean 21, 9-14
Queda reflejada la honda impresión que debió de causar a los Apóstoles esta aparición de Jesús Resucitado y el recuerdo entrañable que guardaba de ella San Juan. Jesús manifiesta después de la Resurrección la misma delicadeza que había tenido durante su vida pública. Usa los medios materiales —las brasas, el pez, etc.—, que resaltan el realismo de su presencia y continúan dando el tono familiar acostumbrado en la convivencia con los discípulos.
Los Santos Padres y Doctores de la Iglesia han comentado con frecuencia este episodio en sentido místico: la barca es la Iglesia cuya unidad está simbolizada por la red que no se rompe, el mar es el mundo, Pedro en la barca simboliza la suprema autoridad en la Iglesia, el número de peces significa el número de los elegidos (cfr. Comentario sobre S. Juan, in loc.).
Jean 21, 15-17
Jesucristo había prometido a Pedro el Primado de la Iglesia (cfr. Mt 16, 16-19 y nota correspondiente). A pesar de las tres negaciones del Apóstol durante la Pasión, le confiere ahora el Primado prometido. Jesucristo interroga a Pedro, por tres veces, como si quisiera darle una repetida posibilidad de reparar la triple negación. Pedro ya ha aprendido, escarmentado en su propia miseria: está hondamente convencido de que sobran aquellos temerarios alardes, consciente de su debilidad. Por eso, pone todo en manos de Cristo. Señor, tú sabes que te amo (Amigos de Dios, n. 267). La entrega del Primado a Pedro fue directa e inmediata. Así lo ha entendido siempre la Iglesia y lo definió en el Concilio Vaticano I: «Enseñamos, pues, y declaramos que, según los testimonios del Evangelio, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal de Dios fue prometido y conferido inmediata y directamente al bienaventurado Pedro por Cristo Nuestro Señor (...). Porque sólo a Simón Pedro confirió Jesús después de su resurrección la jurisdicción de pastor y rector supremo sobre todo su rebaño, diciendo: ‘Apacienta mis corderos’. ‘Apacienta mis ovejas’» (Pastor aeternus, cap. 1).
El Primado es una gracia que se confiere a Pedro y a sus sucesores los Papas; es uno de los elementos fundacionales de la Iglesia para custodiar y proteger su unidad: «Para que el episcopado fuera uno e indiviso y la universal muchedumbre de los creyentes se conservara en la unidad de la fe y de la comunión (...) al anteponer al bienaventurado Pedro a los demás Apóstoles, en él instituyó un principio perpetuo de una y otra unidad, y un fundamento visible» (Pastor aeternus, Dz-Sch 3051; cfr. Lumen gentium, n. 18). Por tanto, el Primado de Pedro se perpetúa en todos y cada uno de sus sucesores por disposición de Cristo, no por costumbre o legislación humana.
En razón del Primado, Pedro, y cada uno de sus sucesores, es Pastor de toda la Iglesia y Vicario de Cristo en la tierra, porque desempeña la potestad vicaria del mismo Cristo. El amor al Papa, al que Santa Catalina de Siena llamaba «el dulce Cristo en la tierra», debe estar cuajado de oración, sacrificio y obediencia.
Jean 21, 18-19
Según la tradición, San Pedro siguió a su Maestro hasta morir crucificado, cabeza abajo. «Pedro y Pablo sufrieron martirio en Roma durante la persecución de Nerón a los cristianos, que ocurrió entre los años 64 al 68. El martirio de ambos Apóstoles lo recuerda San Clemente, sucesor del mismo Pedro en la Sede de la Iglesia Romana, que escribiendo a los corintios les propone los ejemplos generosos de los dos atletas, con estas palabras: a causa de los celos y de la envidia, los que eran columnas principales y santísimas padecieron persecución y lucharon hasta la muerte» (Petrum et Paulum).
«Sígueme»: Esta palabra evocaría en el Apóstol su primera llamada (cfr. Mt 4, 19) y las condiciones de entrega absoluta que el Señor impone a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23). El propio San Pedro, en una de sus cartas, nos deja el testimonio de que la exigencia de la Cruz es necesaria para todo cristiano: «Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros, dándoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas» (1 Pet 2, 21).
Jean 21, 20-23
Según San Ireneo (Adversus haereses, II, 22, 5; III, 3, 4) San Juan vivió más tiempo que los demás Apóstoles, alcanzando hasta los tiempos de Trajano (años 98-117). Quizás el Evangelista escribió estos versículos para deshacer aquella opinión de que él no moriría. Según el texto, Jesús no responde a la pregunta de Pedro. Lo importante no es satisfacer la curiosidad acerca del futuro, sino servir con fidelidad al Señor siguiendo el camino que a cada uno le marca.
Jean 21, 24
Se apela al testimonio del discípulo «a quien Jesús amaba» como garantía de la veracidad de cuanto se ha escrito desde el comienzo del libro. Todo lo que este Evangelio dice debe ser retenido por los lectores como absolutamente verídico.
Muchos comentaristas modernos suponen que los versículos 24 y 25 fueron añadidos por unos discípulos del Apóstol, como conclusión al Evangelio, cuando empezó a difundirse, poco después de que San Juan lo hubiera acabado. En cualquier caso, el hecho es que ambos versículos aparecen en todos los manuscritos existentes del cuarto Evangelio.
Jean 21, 25
Lo que San Juan nos ha narrado bajo la inspiración del Espíritu Santo tiene una finalidad: fortalecer nuestra fe en Jesucristo mediante la consideración de lo que Él hizo y enseñó. Nunca agotaremos el rico e insondable contenido de la figura de Nuestro Señor, como tampoco lo agota el cuarto Evangelio. «Cuando comienza uno a interesarse por Jesucristo ya no le puede dejar. Siempre queda algo que saber, algo que decir; queda lo más importante. San Juan Evangelista termina su Evangelio precisamente así (Ioh 21, 25). Es tan grande la riqueza de las cosas que se refieren a Cristo, tanta la profundidad que hemos de explorar y tratar de comprender (...), tanta la luz, la fuerza, la alegría, el anhelo que de Él brotan, tan reales son la experiencia y la vida que de Él nos viene, que parece inconveniente, anticientífico, irreverente, dar por terminada la reflexión que su venida al mundo, su presencia en la historia y en la cultura, la hipótesis, por no decir la realidad de su relación vital con nuestra propia conciencia, honestamente exige de nosotros» (Pablo VI, Audiencia general, 20-II-1974).
NOTAS a los Hechos de los Apóstoles (EUNSA)
Chapitre n°1
Actes 1, 1-5
San Lucas es el único autor del Nuevo Testamento que ha escrito un prólogo a su obra, semejante al que empleaban los historiadores profanos. En este prólogo pretende sobre todo informar al lector sobre la honda naturaleza religiosa del libro que tiene en sus manos. La obra va a narrar los acontecimientos en los que se realiza la Voluntad de Dios Creador y Salvador, Dios de Israel, que ha cumplido sus promesas. Guiado por la inspiración divina. San Lucas ha cimentado su obra con citas de los Salmos, Isaías, Amós y Joel. El Antiguo Testamento se refleja con amplitud en el libro de los Hechos de los Apóstoles y es interpretado desde el cumplimiento en Jesús de las antiguas profecías mesiánicas.
Este prólogo hace referencia al Evangelio de San Lucas como a un «primer libro». Se mencionan los últimos sucesos de la vida del Señor —apariciones del Resucitado y Ascensión al Cielo— y se enlaza con ellos el relato que ahora comienza.
El propósito de San Lucas es describir los orígenes y primera expansión del cristianismo, efectuados bajo el impulso del Espíritu Santo, protagonista central del libro.
Pero no es un mero relato histórico. «Los Hechos de los Apóstoles —explica San Jerónimo— parecen sonar puramente a desnuda historia, y que se limitan a tejer la niñez de la naciente Iglesia. Pero si caemos en la cuenta de que su autor es Lucas, médico, cuya alabanza se encuentra en el Evangelio (cfr. 2 Cor 8, 18), advertiremos igualmente que todas sus palabras son medicamentos para el alma enferma» (Epístola 53, 9).
La dimensión espiritual del libro de los Hechos, que forma una estrecha unidad con el tercer Evangelio, encendió el alma de las primeras generaciones cristianas, que vieron en sus páginas la crónica del fiel y amoroso actuar divino con el nuevo Israel.
«La utilidad de este libro —escribe San Juan Crisóstomo al principio de su gran Comentario— no es menor que la del Evangelio. Brilla en las cimas de la más alta sabiduría y en las más puras enseñanzas. Ofrece el relato de los milagros, muy numerosos, realizados por el Espíritu Santo. Contiene el cumplimiento de las profecías de Jesucristo consignadas en el Evangelio, la verdad justificada con la luz de los más solemnes testimonios y la transformación de los Apóstoles en hombres perfectos, extraordinarios, por la fuerza del Espíritu derramada sobre ellos. Todos los anuncios y promesas de Jesucristo a sus discípulos —el que crea en mí hará estos y aun mayores prodigios, seréis llevados ante tribunales y reyes, flagelados en las sinagogas, agobiados de malos tratos, vencedores, sin embargo, de vuestros perseguidores y verdugos para conducir el Evangelio hasta los confines de la tierra— encuentran razón cumplida en este admirable libro. Aquí veréis a los Apóstoles recorrer naciones y surcar mares con el celo impetuoso de aves veloces. Estos galileos, hasta hace poco tan pusilánimes y toscos, aparecen cambiados en hombres nuevos que desprecian las riquezas y los honores, las llamas de la cólera y la codicia de los sentidos, porque han sido hechos superiores a toda pasión» (Hom. sobre Act, 1).
San Lucas dedica su nuevo libro a Teófilo, como ya hizo con el Evangelio. La dedicatoria sugiere que Teófilo es un cristiano culto de posición social acomodada. Podría ser también una figura literaria: Teófilo, «amigo de Dios». Cabe pensar asimismo que el tiempo transcurrido entre la composición de Hechos y del tercer Evangelio no debió ser muy largo.
Actes 1, 1
«Hizo y enseñó»; Se sintetiza en estas palabras de modo conciso la obra de Jesucristo, narrada ya en las páginas de los Evangelios. Los dos verbos describen el modo en que se da la Revelación salvadora de Dios. Dios se anuncia y se manifiesta amorosamente en el curso de la historia humana mediante sus acciones y su voz. «La Revelación se realiza mediante obras y palabras, Íntimamente ligadas entre sí —enseña el Conc. Vaticano II—; las obras que Dios hace en la Historia de la Salvación manifiestan y confirman la doctrina y lo que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre transmitida por esta Revelación resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la Revelación» (Dei Verbum, n. 2).
El Señor «proclamó el Reino del Padre con el testimonio de su vida y con el poder de su Palabra» (Lumen gentium, n. 35). No se limitó a hablar ni quiso ser solamente el Maestro que iluminaba con maravillosas enseñanzas. Fue sobre todo el Redentor capaz de salvar al hombre caído, con la eficacia divina de todos y cada uno de los momentos de su existencia sobre la tierra.
«Todas nuestras debilidades, que proceden del pecado, las ha aceptado el Señor, sin tener parte en el pecado. Ha conocido el hambre y la sed, el sueño y el cansancio, la tristeza y las lágrimas. Ha sufrido los dolores más intensos y hasta los supremos sufrimientos de la muerte. Nadie, en efecto, habría podido ser librado de los lazos de la condición pecadora si Aquél cuya sola naturaleza era del todo inocente no hubiera aceptado morir a manos de los impíos. Por eso, nuestro Salvador, Hijo de Dios, ha dejado a todos los que creen en Él un auxilio eficaz, y a la vez un ejemplo. Obtienen lo primero al renacer por la gracia y siguen el segundo al imitarle» (San León Magno, Hom. 12 sobre la Pasión).
Las acciones redentoras de Jesús —sus milagros, su vida de trabajo y los misterios de su Muerte, Resurrección y Ascensión—, cuya hondura y significado sólo pueden ser barruntados por la fe, contienen también un estímulo, sencillo y poderoso, para nuestra conducta diaria. La fe debe ir acompañada de obras, que son nuestra colaboración humilde y necesaria a los planes salvadores de Dios.
No olvides que antes de enseñar hay que hacer. —‘Coepit facere et docere’, dice de Jesucristo la Escritura Santa: comenzó a hacer y a enseñar.
—Primero, hacer. Para que tú y yo aprendamos (Camino, n. 342).