«Recibieron»; El verbo original griego, que el texto latino traduce por comprehenderunt, significa abrazar o abarcar una cosa como rodeándola con los brazos; pero este acto se puede hacer con intención de buena acogida (abrazo amigable), o de hostilidad (acción de sofocar o asfixiar a otro apretándole). Caben, pues, dos posibles traducciones del versículo: la que hemos adoptado, o bien la que expresaría que las tinieblas no pudieron apagar o sofocar la luz. Con esta última interpretación se indicaría que Cristo y su Evangelio siguen brillando entre los hombres a pesar de la oposición del mundo, venciéndolo, según las palabras de Jesús: «Confiad: yo he vencido al mundo» (Ioh 16, 33; cfr. 12, 31; 1 Ioh 5, 4). En todo caso, el versículo expresa la resistencia, la pugna de las tinieblas contra la luz. Qué sean la luz y las tinieblas lo irá aclarando San Juan a lo largo del Evangelio; por lo pronto, en los versículos 9 al 11 ya se refiere a la lucha entre ambas; y posteriormente por tinieblas designará el mal y las potencias del maligno, que oscurecen la mente del hombre y obstaculizan el conocimiento de Dios (cfr. Ioh 12, 15-46; 1 Ioh 5, 6).
San Agustín (In Ioann. Evang., 1, 19) comenta así este pasaje: «Puede ser que haya unos corazones insensatos, todavía incapaces de recibir esa Luz, porque el peso de sus pecados les impide verla; que no piensen, sin embargo, que la Luz no existe porque no la puedan ver: es que ellos mismos, por sus pecados, se han hecho tinieblas. Hermanos míos, es como si un ciego está frente al sol. El sol está presente, pero el ciego está ausente del sol. Así todo hombre necio, todo hombre inicuo, todo hombre sin religión, tiene un corazón ciego. ¿Qué puede hacer? Que se limpie, y verá a Dios; verá la Sabiduría presente, porque Dios es la Sabiduría misma, y está escrito: ‘Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’». No hay duda de que el pecado entenebrece la mirada espiritual del hombre, incapacitándole para ver y gustar las cosas de Dios.
Jean 1, 6-8
Después de considerar la divinidad del Verbo se pasa a tratar de la Encarnación, y se comienza por hablar de Juan Bautista, que aparece en un momento histórico concreto como el testigo directo de Jesucristo ante los hombres (Ioh 1, 15.19-36; 3, 22 ss.). Así dirá San Agustín: «Porque (el Verbo Encarnado) era hombre y ocultaba su divinidad, le precedió un gran hombre con la misión de dar testimonio a favor del que era más que hombre» (In Ioann. Evang; 2, 5).
Todo el Antiguo Testamento es una preparación para la venida de Cristo. Así los Patriarcas y Profetas anunciaron de diversas maneras la salvación que vendría por el Mesías. Pero Juan Bautista, el más grande de los nacidos de mujer (cfr. Mt 11, 11), pudo señalar con el dedo al propio Mesías (cfr. Ioh 1, 29), siendo el testimonio del Bautista la culminación de todas las profecías anteriores.
La misión de Juan Bautista como testigo de Jesucristo es tan importante que los Evangelios Sinópticos comienzan la narración del ministerio público de Jesús por ese testimonio del Bautista. Los discursos de San Pedro y los de San Pablo, recogidos en los Hechos de los Apóstoles, también aluden al testimonio de Juan (Act 1, 22; 10, 37; 12, 24). El cuarto Evangelio lo menciona hasta siete veces (1, 6.15.19.29.35; 3, 27; 5, 33). Sabemos, además, que el apóstol San Juan había sido discípulo del Bautista antes de serlo del Señor, y que precisamente el Bautista fue quien le había encaminado hacia Cristo (cfr. 1, 37 ss.).
El Nuevo Testamento, pues, nos enseña la trascendencia de la misión del Bautista, al mismo tiempo que la clara conciencia de éste de no ser más que el Precursor inmediato del Mesías, al cual no es digno de desatar la correa de sus sandalias (cfr. Mc 1, 7); por eso el Bautista insiste en su papel de testigo de Cristo y en su misión de preparar el camino al Mesías (cfr. Lc 1, 15-17; Mt 3, 3-12). El testimonio de Juan Bautista permanece a través de los tiempos, invitando a todos los hombres a abrazar la fe en Jesús, la Luz verdadera.
Jean 1, 9
«Era la luz verdadera»: Los Santos Padres, las antiguas versiones y la mayoría de los comentaristas actuales entienden que el sujeto de «era» es «el Verbo». En este caso la frase podría traducirse: «el Verbo era la Luz verdadera». Otra interpretación, por la que se inclinan bastantes autores modernos, pone como sujeto de «era» a la Luz. De este modo la traducción sería: «Existía la Luz verdadera». En definitiva, el contenido es casi el mismo.
«Que viene a este mundo»; Según el texto griego no está claro a qué se refieren estas palabras. Cabe aplicarlas bien a «la luz», bien a «todo hombre». En el primer caso es la Luz (el Verbo) la que viniendo a este mundo ilumina a todos los hombres. En el segundo caso son los hombres los que al venir a este mundo, al nacer, son iluminados por el Verbo. El texto latino de la Neovulgata ha optado por la primera interpretación.
Se llama al Verbo «la luz verdadera» porque es la luz originaria de la que procede toda otra luz o revelación de Dios. Al venir el Verbo al mundo, éste queda plenamente iluminado por la auténtica Luz. Los profetas y todos los otros enviados de Dios, incluido Juan el Bautista, no eran la verdadera luz, sino el reflejo, los testigos de la Luz del Verbo.
Ante la plenitud de esta luz que es el Verbo, se pregunta San Juan Crisóstomo: «¿Cómo es que tantos hombres permanecen envueltos en tinieblas? Porque no todos los hombres creen en Jesucristo ni le rinden el culto augusto que le es debido. ¿Cómo, pues, puede decirse que ilumina a todo hombre? Sí, Él ilumina a todos según la disposición y la voluntad de cada uno. En cuanto depende del Verbo, ilumina a todos. Pero si libremente los hombres cierran los ojos de su alma a esta luz, si rechazan sus rayos, entonces el que permanezcan en tinieblas no se debe a la naturaleza de la luz, sino a la maldad de corazón de quien se priva de este don de la gracia» (Hom. sobre S. Juan, 8, 1).
Jean 1, 10
El Verbo está en el mundo como el artífice que gobierna lo que ha hecho (cfr. In Ioann. Evang., 2, 10). El término «mundo» en el Evangelio de San Juan indica, además de todo lo creado, el conjunto de los hombres; así Cristo vino a salvar a la humanidad entera: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Ioh 3, 16-17). Pero en cuanto que una gran parte de los hombres han rechazado la Luz, es decir a Cristo, «mundo» significa también todo aquello que se opone a Dios (cfr. Ioh 17, 14-15). Los hombres que, obcecados por sus culpas, no reconocen en el mundo la obra del Creador (cfr. Rom 1, 18-20; Sap 13, 1-15), quedan apegados sólo al mundo y gustan exclusivamente de las cosas que son del mundo» (Hom. sobre S. Juan, 7). Pero el Verbo, «luz verdadera», vino para revelarnos la verdad acerca del mundo (cfr. Ioh 1, 3; 18, 37) y salvarnos.
Jean 1, 11
Por «los suyos» se entiende, en primer lugar, el pueblo judío, que había sido elegido por Dios como pueblo de su propiedad (Dt 7, 6-7) para que en él naciera Cristo. También puede entenderse toda la humanidad, pues le pertenece al haber sido creada por Él y al extender a ella su obra redentora. De ahí que el reproche por no recibir al Verbo hecho hombre ha de entenderse no sólo dirigido a los judíos sino también a todos los que, llamados por Dios a su amistad, le rechazan. «Cristo ha venido; pero por una misteriosa y terrible desgracia no todos lo han conocido, no todos lo han aceptado (...). Es el cuadro de la humanidad tal como, después de veinte siglos de cristianismo, se abre ante nosotros. ¿Cómo es posible? ¿Qué quiere decir? No pretenderemos sondear una realidad inmersa en misterios que nos trascienden: el misterio del bien y del mal. Pero podemos recordar que la economía de Cristo, para que su luz se difunda, debe desplegarse en una subalterna, pero necesaria, cooperación humana: la de la evangelización, la de la Iglesia apostólica y misionera, que si registra resultados incompletos, razón de más para ser ayudada e integrada por todos» (Pablo VI, Audiencia general, 4-XII-74).
Jean 1, 12
Recibir al Verbo es aceptarle por la fe, porque por la fe Cristo habita en nuestros corazones (cfr. Eph 3, 17). Creer en su Nombre significa creer en su Persona, en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios. Es decir, «los que creen en su nombre son aquellos que guardan íntegro el nombre de Cristo, de tal manera que no disminuyen nada de su divinidad o de su humanidad» (Comentario sobre San Juan, in loc.).
«Les dio poder» equivale a «les concedió» a través de un don: la gracia santificante; «porque no está en nuestro poder hacernos hijos de Dios» (Ibid.). Este don se extiende por el Bautismo a todos los hombres sin limitación de raza, edad, cultura. etc. (cfr. Act 10, 45; Gal 3, 28). La única condición exigida es la fe.
«El Hijo de Dios se hizo hombre —explica San Atanasio— para que los hijos del hombre, los hijos de Adán, se hicieran hijos de Dios (...). Él es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros, por gracia» (De Incarnatione contra arrianos, 8). Se trata del nacimiento a la vida sobrenatural, en la que «todos gozamos de la misma dignidad: esclavos y libres, griegos, bárbaros y asiáticos, sabios e incultos, hombres y mujeres, niños y viejos, ricos y pobres... ¡Tan grande es la fuerza de la fe en Cristo, tan poderosa la gracia!» (Hom. sobre S. Juan, 10, 2).
«La unión de Cristo con el hombre es la fuerza y la fuente de la fuerza, según la incisiva expresión de San Juan en el prólogo de su Evangelio: ‘Les dio poder para ser hijos de Dios’. Ésta es la fuerza que transforma interiormente al hombre, como principio de una vida nueva que no se desvanece y no pasa, sino que dura hasta la vida eterna (cfr. Ioh 4, 14)» (Redemptor hominis, n. 18).
Jean 1, 13
El nacimiento de que se habla aquí es una verdadera generación espiritual que se realiza en el Bautismo (cfr. Ioh 3, 6 ss.). En vez del texto en plural adoptado, que se refiere al nacimiento sobrenatural de los hombres, algunos Santos Padres y versiones antiguas presentan la lectura en singular: «el que no ha nacido de la sangre..., sino de Dios ha nacido». En este caso el texto se referiría a la generación eterna del Verbo y al nacimiento virginal de Jesús, por obra del Espíritu Santo, de las entrañas purísimas de María, esto es, hablaría de la virginidad de María en el parto. Aunque la segunda lectura sea muy sugestiva, sin embargo la documentación (manuscritos griegos, versiones antiguas, referencias de los escritores eclesiásticos, etc.) muestra que el texto en plural fue el más común, imponiéndose desde el siglo IV. Además, en los escritos de San Juan se dice con frecuencia que los creyentes han nacido de Dios (cfr. Ioh 3, 3-6; 1 Ioh 2, 29; 3, 9; 4, 7; 5, 1.4.18).
El contraste entre el nacimiento natural de los hombres (que es por la sangre y el querer humano) y el sobrenatural (que viene de Dios) hace ver que los que creen en Jesucristo son constituidos hijos de Dios no sólo en cuanto criaturas, sino sobre todo por el don gratuito de la fe y de la gracia.
Jean 1, 14
Éste es un texto central acerca del misterio de Cristo. En él se expresa de manera concentrada la realidad insondable de la Encarnación del Hijo de Dios. «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4).
La palabra «carne» designa al hombre en su totalidad (cfr. Ioh 3, 6; 17, 2; Gen 6, 3; Ps 56, 5); de modo que la frase «y el Verbo se hizo carne» es igual a «y el Verbo se hizo hombre». Precisamente el término teológico «Encarnación» surgió sobre todo a partir de este texto. El sustantivo carne tiene una poderosa fuerza expresiva frente a aquellas herejías que niegan la verdadera naturaleza humana de Cristo. Por otra parte «carne» acentúa la condición pasible y mortal del Salvador, que habitó entre nosotros tomando nuestra naturaleza, y evoca el llamado «Canto de la consolación» (Is 40, 1-11), donde se contrapone la caducidad de la carne a la perennidad del Verbo de Dios: «Toda carne es hierba / y todo su esplendor como flor del campo / ... la hierba se seca, la flor se marchita, / pero la palabra de nuestro Dios / permanece eternamente» (Is 40, 7-8). Esto no significa que la asunción de la Humanidad por el Verbo sea precaria y provisional.
«Y habitó entre nosotros»; El verbo griego que emplea San Juan correspondiente a «habitó» significa etimológicamente «plantar la tienda de campaña» y, de ahí, habitar en un lugar. El lector atento de la Escritura recuerda espontáneamente el tabernáculo de los tiempos de la salida de Egipto, en el que Yahwéh mostraba su presencia en medio del pueblo de Israel mediante ciertos signos de su gloria, como la nube posada sobre la tienda (cfr. p. ej. Ex 25, 8; 40, 34-35). En multitud de pasajes del Antiguo Testamento se anuncia que Dios «habitará en medio del pueblo» (cfr. p. ej. Ier 7, 3; Ez 43, 9; Eccli 24, 8). A las señales de la presencia de Dios, primero en la Tienda del Santuario peregrinante en el desierto y después en el Templo de Jerusalén, sigue la prodigiosa presencia de Dios entre nosotros: Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, en quien se cumple la antigua promesa más allá de lo que los hombres podían esperar. También la promesa hecha por medio de Isaías acerca del «Emmanuel» o «Dios-con-nosotros» (Is 7, 14; cfr. Mt 1, 23) se cumple plenamente en este habitar del Hijo de Dios Encarnado entre los hombres. Por eso al leer con religiosa admiración las palabras del Evangelio «y habitó entre nosotros», o al rezar el Ángelus, es buena ocasión para hacer un acto de fe profundo y agradecido, y de adorar a la Humanidad Santísima del Señor.
«Al recordar que ‘el Verbo se hizo carne’, es decir, que el Hijo de Dios se hizo hombre, debemos tomar conciencia de lo grande que se hace todo hombre a través de este misterio; es decir, ¡a través de la Encarnación del Hijo de Dios! Cristo, efectivamente, fue concebido en el seno de María y se hizo hombre para revelar el amor eterno del Creador y Padre, así como para manifestar la dignidad de cada uno de nosotros» (Juan Pablo II, Alocución en el rezo del Ángelus, Santuario de Jasna Góra, 5-VI-79).
Aunque el anonadamiento del Verbo al tomar la naturaleza humana ocultaba en cierto modo su naturaleza divina, de la que nunca se despojó, sin embargo los Apóstoles vieron la gloria de su divinidad a través de su Santísima Humanidad, pues se manifestó en la Transfiguración (Lc 9, 32-35), en los milagros (Ioh 2, 11; 11, 40) y especialmente en la Resurrección (cfr. Ioh 3, 11; 1 Ioh 1, 1). La gloria de Dios, que resplandecía en el antiguo Santuario del desierto o en el Tempo de Jerusalén, no era sino un anticipo imperfecto de la realidad de la gloria divina manifestada a través de la Santísima Humanidad del Unigénito del Padre. El apóstol San Juan habla con solemnidad en primera persona del plural: «hemos visto su gloria», pues se cuenta entre los testigos que presenciaron la vida de Cristo y, en particular, su Transfiguración y la gloria de su Resurrección.
La palabra «Unigénito» expresa apropiadamente la generación eterna y única del Verbo por el Padre. Los tres primeros Evangelios habían subrayado el nacimiento temporal de Cristo; en cambio San Juan completa la visión poniendo de relieve la generación eterna.
Los términos «gracia y verdad» son sinónimos de «bondad y fidelidad», dos atributos que en el Antiguo Testamento se aplican constantemente a Yahwéh (cfr. p. ej. Ex 34, 6; Ps 117; Ps 136; Os 2, 16-22). Así, la gracia viene a ser la manifestación del amor de Dios por los hombres, de su bondad, de su misericordia, de su piedad. La verdad implica la permanencia, la lealtad, la constancia, la fidelidad. Jesús, que es el Verbo de Dios hecho hombre, esto es, Dios mismo, es por ello «el Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad»; es «el pontífice misericordioso y fiel» (Heb 2, 17). Estas dos cualidades, el ser bueno y fiel, son como el compendio y la síntesis de la grandeza de Cristo. Y son también, de forma correlativa, aunque en grado infinitamente menor, las cualidades primordiales de todo cristiano, como expresamente lo dijo el Señor cuando alabó al «siervo bueno y fiel» (Mt 25, 21).
Como explica el Crisóstomo: «Después de haber dicho el evangelista que quienes le recibieron han nacido de Dios y son hijos de Dios, indica la causa de ese honor inefable: que el Verbo se ha hecho carne, y el Señor ha tomado la forma de siervo. Porque siendo verdadero Hijo de Dios, se ha hecho Hijo del Hombre, para hacer a los hombres hijos de Dios» (Hom. sobre S. Juan, II, 1).
El profundo misterio de Cristo fue expresado por el Magisterio de la Iglesia mediante una definición solemne en el año 451, en el célebre texto del Concilio Ecuménico de Calcedonia: «Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y verdaderamente hombre, de alma racional y cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad —semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Heb 4, 15)—; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, Madre de Dios, en cuanto a la humanidad» (Dz-Sch, n. 301).
Jean 1, 15
Más adelante (Ioh 1, 19-36) se da a conocer en el Evangelio la misión de Juan Bautista como testigo de la mesianidad y divinidad de Jesús, que aquí se resume de modo muy concentrado. Según los planes de Dios, así como los Apóstoles darán testimonio de Jesús después de su Resurrección, el Bautista será el testigo elegido para anunciar a Cristo en el momento de iniciar el ministerio público (cfr. nota a Ioh 1, 6-8).
Jean 1, 16
«Gracia por gracia»: Puede entenderse, con San Juan Crisóstomo y otros Santos Padres, como la substitución de la economía salvífica del Antiguo Testamento por la nueva economía de la gracia traída por Cristo. También puede indicar una superabundancia de dones otorgados por Jesús: a unas gracias se añaden otras, y todas brotan de la fuente inagotable que es Cristo, cuya plenitud de gracia no se acaba nunca. «Él no tiene el don recibido por participación, sino que es la misma fuente, la misma raíz de todos los bienes: la Vida misma, la Luz misma, la Verdad misma. Y no retiene en sí mismo las riquezas de sus bienes, sino que los entrega a todos los demás; y habiéndolos dispensado, permanece lleno; no disminuye en nada por haberlos distribuido a otros, sino que llenando y haciendo participar a todos de estos bienes permanece en la misma perfección» (Hom. sobre S. Juan, 14, 1).
Jean 1, 17
Aparece aquí, por primera vez en el Evangelio de San Juan, el nombre de Jesucristo, identificado con el Verbo del que nos viene hablando.
Mientras la Ley dada por Moisés se limitaba a señalar el camino que el hombre debía seguir (cfí Rom 8, 7-10), la Gracia traída por Jesucristo tiene el poder de salvar a aquellos que la reciben (cfr. Rom 7, 25). «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros, pues no estáis bajo la Ley sino bajo la gracia» (Rom 6, 14). Por la «gracia hemos sido hechos agradables a Dios no ya solamente como siervos, sino también como hijos y amigos» (Hom. sobre S. Juan, 14, 2).
Sobre «la gracia y la verdad» puede verse la nota a 1, 14. 18.
«A Dios nadie lo ha visto jamás»: Todas las visiones que los hombres han tenido de Dios en este mundo han sido indirectas, ya que sólo contemplaron la gloria divina, esto es, el resplandor de su grandeza: por ejemplo, Moisés vio la zarza ardiendo (Ex 3, 6); Elías sintió la brisa en el monte Horeb (1 Reg 19, 11-13); Isaías contempló el esplendor de su majestad (Is 6, 1-3). Pero al llegar la plenitud de los tiempos, esa manifestación de Dios se hace más próxima y casi directa, ya que Jesucristo es la imagen visible del Dios invisible (cfr. Col 1, 15); es la revelación máxima de Dios en este mundo, hasta el punto de que asegura: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Ioh 14, 9). «Por medio de esta revelación, la verdad profunda acerca de Dios y de la salvación del hombre se nos hace patente en Cristo, que es al mismo tiempo el mediador y la plenitud de la revelación completa» (Dei Verbum, n. 2).
Ninguna Revelación más perfecta puede hacer Dios de Sí mismo que la Encarnación de su Verbo eterno. Por eso escribe admirablemente San Juan de la Cruz: «En darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar» (Subida al Monte Carmelo, lib. II, cap. 22).
«El Dios Unigénito»: Algunos manuscritos griegos y versiones traen la lectura «el Hijo Unigénito», o también «el Unigénito». La primera lectura es preferible por estar mejor apoyada en los códices. Por lo demás, aunque el sentido no cambia sustancialmente, el texto adoptado tiene un contenido más rico, pues manifiesta de nuevo explícitamente la divinidad de Cristo.
Jean 1, 19-34
Este pasaje forma una unidad, que empieza y termina hablando del testimonio del Bautista. Así se subraya la misión que Dios le encomendó de testimoniar, con su vida y con su palabra, que Jesucristo es el Mesías e Hijo de Dios. El Precursor exhorta a la penitencia viviendo él mismo ese espíritu de austeridad que predicaba; señala a Jesús como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y lo proclama con valentía ante los judíos. La recia figura del Bautista es modelo de la fortaleza con que hemos de confesar a Cristo: «Todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra, el hombre nuevo de que se revistieron por el Bautismo...» (Ad gentes, n. 11).
Jean 1, 19-24
En un ambiente de intensa expectación mesiánica, el Bautista aparece como una figura rodeada de un prestigio extraordinario; prueba de ello es que las autoridades judías envían personajes cualificados (sacerdotes y levitas de Jerusalén) a preguntarle si es el Mesías. Llama la atención la gran humildad de Juan: se adelanta a sus interlocutores afirmando: «No soy el Cristo». Se considera tan pequeño delante del Señor que dirá: «No soy digno de desatar la correa de sus sandalias» (v. 27). Toda la fama de que disfrutaba la pone al servicio de su misión de Precursor del Mesías y, con olvido total de sí mismo, afirma que «es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Ioh 3, 30).
Jean 1, 25-26
«Bautizar»: Significaba originariamente sumergir en el agua, bañar. El rito de la inmersión expresaba entre los judíos la purificación legal de quienes hubieran contraído alguna impureza prevista por la Ley. Existía también el bautismo de los prosélitos, que era uno de los ritos de incorporación de los gentiles al pueblo judío. En los manuscritos del Mar Muerto se habla de un bautismo como rito de iniciación y purificación de los adeptos a la secta judaica de Qumrán, que existía en tiempos de Nuestro Señor.
El bautismo de Juan tenía un marcado carácter de conversión interior. Las palabras de exhortación que pronunciaba el Bautista y el reconocimiento humilde de los pecados por parte de los que acudían a él disponían para recibir la gracia de Cristo. El bautismo de Juan constituía, pues, un rito de penitencia muy apto para preparar al pueblo a la venida del Mesías, cumpliéndose con ello las profecías que hablaban precisamente de una purificación por el agua ante el advenimiento del Reino de Dios en los tiempos mesiánicos (cfr. Zach 13, 1; Ez 36, 25; 37, 23; Ier 4, 14). El bautismo de Juan, sin embargo, no tenía poder para limpiar el alma de los pecados, como hace el Bautismo cristiano (cfr. Mt 3, 11; Mc 1, 4).
«Uno a quien no conocéis»: En efecto, Jesús no se había manifestado aún públicamente como el Mesías e Hijo de Dios; aunque algunos lo conociesen en cuanto hombre. San Juan Bautista puede afirmar que realmente no le conocían.
Jean 1, 27
El Bautista declara la primacía de Cristo sobre él por medio de la comparación del esclavo que desata la correa de las sandalias de su señor. Para acercarnos a Cristo, a quien Juan anuncia, es preciso imitar al Bautista. Como dice San Agustín: «Entenderá estas palabras quien imite la humildad del Precursor... El mérito más grande de Juan es, hermanos míos, este acto de humildad» (In loann. Evang., 4, 7).
Jean 1, 28
Se refiere a la ciudad de Betania que estaba situada en la orilla oriental del Jordán, frente a Jericó, distinta de la Betania donde vivía la familia de Lázaro, cerca de Jerusalén (cfr. Ioh 11, 18).
Jean 1, 29
Por primera vez en el Evangelio se llama a Cristo «Cordero de Dios». Este nombre alude al sacrificio redentor de Cristo. Ya Isaías había comparado los sufrimientos del Siervo de Yahweh, el Mesías, con el sacrificio de un cordero (cfr. Is 53, 7); por otro lado, la sangre del cordero pascual, rociada sobre las puertas de las casas, había servido para librar de la muerte a los primogénitos de los israelitas en Egipto (cfr. Ex 12, 6-7). Todo ello era promesa y figura del verdadero Cordero, Cristo, víctima en el sacrificio del Calvario en favor de toda la humanidad. Por esto, San Pablo dirá que «nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado» (1 Cor 5, 7). La expresión «Cordero de Dios» indica también la inocencia inmaculada del Redentor (cfr. 1 Pet 1, 18-20; 1 Ioh 3, 5).
El texto sagrado dice «el pecado del mundo», en singular, para manifestar de modo absoluto que quitó todo género de pecados. Cristo, en efecto, vino a librarnos del pecado original, que es el que en Adán alcanzó a todos los hombres, y de todos los pecados personales.
El libro del Apocalipsis nos revela que Jesús está triunfante y glorioso en los Cielos como el «Cordero inmolado» (Apc 5, 6-14), rodeado de los santos, los mártires y vírgenes (Apc 7, 9.14; 14, 1-5), de quienes recibe alabanza y gloria por ser Dios (Apc 7, 10).
Siendo la Sagrada Comunión la participación en el Sacrificio de Cristo, los sacerdotes pronuncian estas palabras del Bautista antes de administrar la Sagrada Comunión, para suscitar en los fieles el agradecimiento al Señor por haberse entregado a la muerte para nuestra salvación y dársenos como alimento de nuestras almas.
Jean 1, 30-31
Juan Bautista declara aquí la superioridad de Jesús al decir que existía ya antes que él, a pesar de haber nacido después. Muestra así la divinidad de Cristo, engendrado por el Padre desde toda la eternidad y nacido de María Virgen en el tiempo. Es como si el Bautista dijese: «Aunque yo he nacido antes que Él, a Él no le limitan los lazos de su nacimiento; porque aun cuando nace de su madre en el tiempo, fue engendrado por el Padre fuera del tiempo» (In Evangelio homiliae, VII).
Con las palabras del v. 31 el Precursor no pretende negar el conocimiento personal que tenía de Jesús (cfr. Lc 1, 36 y Mt 3, 14), sino poner de manifiesto que llegó a conocer por revelación divina el momento de proclamar públicamente la condición del Señor como Mesías e Hijo de Dios, y que comprendió también que su propia misión de Precursor no tenía otra finalidad que dar testimonio de Jesucristo.