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Jean 1, 32-34

Para confirmar la divinidad de Jesucristo, el evangelista recoge el testimonio del Precursor sobre el Bautismo de Jesús (véanse los otros Evangelios que describen con más detalle cómo ocurrió el Bautismo, cfr. Mt 3, 13-17 y par.). Es uno de los momentos cumbres de la vida del Señor en el que se revela el misterio de la Santísima Trinidad (cfr. nota a Mt 3, 16).

La paloma es símbolo del Espíritu Santo, del que se dice en Gen 1, 2 que revoloteaba sobre las aguas. Con esta señal se cumplen las profecías de Is 11 ,2-5; 42, 1-2, según las cuales el Mesías estaría lleno de la fuerza del Espíritu Santo. El Bautista pone de manifiesto la gran diferencia entre su bautismo y el de Cristo; en Ioh 3, Jesús hablará de este nuevo Bautismo en el agua y en el Espíritu (cfr. Act 1, 5; Tit 3, 5).

«El Hijo de Dios»: Es de notar que la expresión lleva artículo en el texto original, lo cual quiere decir que Juan Bautista confiesa ante sus oyentes el carácter sobrenatural y trascendente de la mesianidad de Cristo, tan distante de la idea político-religiosa que se habían forjado los dirigentes del judaísmo.

 

Jean 1, 35-39

Tras las palabras del Bautista, estos dos discípulos, movidos interiormente por la gracia, se acercaron al Señor. El testimonio de Juan es un ejemplo de las gracias especiales que Dios otorga para atraer a los suyos. A veces Dios dirige una llamada directa y personal que remueve interiormente las almas y les invita a su seguimiento; otras veces, como en este caso, quiere servirse de alguien que está a nuestro lado, que nos conoce y nos sitúa frente a Cristo.

En los dos discípulos existía ya el deseo de ver al Mesías; las palabras de Juan les mueven a buscar la amistad con el Señor: no es el interés meramente humano sino la personalidad de Cristo lo que les atrae. Quieren conocerle, tratarle, ser adoctrinados por Él y gozar de su compañía. «Venid y veréis» (1, 39; cfr. 11, 34): dulce invitación a iniciar la amistosa familiaridad que buscaban. Necesitarían tiempo y trato personal con Cristo para afianzarse más en su vocación. El apóstol San Juan, uno de los protagonistas en esta escena, deja constancia del momento en que tuvo lugar dicho episodio: «Era alrededor de la hora décima», las cuatro de la tarde aproximadamente.

La fe cristiana no se reduce a una mera curiosidad intelectual, sino que es toda una vida que no entenderá quien realmente no la viva; por eso el Señor no les explica de momento cuál es su modo de vida, sino que les invita a que convivan con Él un día. Santo Tomás de Aquino comenta este pasaje diciendo que el Señor habla de un modo elevado y místico, porque lo que Dios es en su gloria o en su gracia no puede saberse sino por experiencia, pues las palabras no alcanzan a explicarlo. A ese conocimiento se llega por las buenas obras (a la invitación de Cristo obedecieron inmediatamente, y, como premio, «vieron»), por el recogimiento y aplicación de la mente a la contemplación de las cosas divinas, por el querer gustar la dulzura de Dios, por la asiduidad en la oración. A todo esto invitó el Señor cuando dijo «venid y veréis», y todo ello pudieron alcanzarlo los discípulos cuando, haciendo caso al Señor, efectivamente «fueron» y pudieron conocer por experiencia personal lo que con las solas palabras no hubieran entendido (cfr. Comentario sobre S. Juan, in loc.).

 

Jean 1, 40-41

El Evangelista nos indica ahora el nombre de uno de los dos discípulos que habían protagonizado la escena anterior; volverá a hablar de Andrés con motivo de la multiplicación de los panes (cfr. 6, 8) y de la última Pascua (cfr. 12, 22). No se sabe a ciencia cierta quién era el segundo de los discípulos; pero ya desde los primeros siglos de la era cristiana se considera que es el propio Evangelista. La viveza del relato, el detalle de consignar la hora en que sucedían estos hechos, e incluso la tendencia de Juan por quedar en el anonimato (cfr. 19, 16; 20, 2; 21, 7.20), parecen confirmarlo.

El Apóstol Juan, que vuelca en su Evangelio la experiencia de toda una vida, narra aquella primera conversación con el encanto de lo que nunca se olvida. Maestro, ¿dónde habitas? Díceles Jesús: Venid y lo veréis. Fueron, pues, y vieron donde habitaba, y se quedaron con Él aquel día.

Diálogo divino y humano que transformó las vidas de Juan y de Andrés, de Pedro, de Santiago y de tantos otros, que preparó sus corazones para escuchar la palabra imperiosa que Jesús les dirigió junto al mar de Galilea (Es Cristo que pasa, n. 118).

Aquellas horas que habían pasado junto al Señor producen pronto los primeros frutos de apostolado. Andrés, sin poder ocultar su gozo, comunica a Simón Pedro la noticia de haber encontrado al Mesías y le lleva hasta Él. Como entonces, también ahora es urgente hacer que otros conozcan al Señor.

Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de Él (Es Cristo que pasa, n. 1).

 

Jean 1, 42

¡Cuánto nos gustaría contemplar cómo era la mirada de Jesús! Aquí, por las palabras que pronuncia el Señor, aparece como imperiosa y entrañable. En otras circunstancias, con su mirada invitará a dejarlo todo y a seguirle, como en el caso de Mateo (Mt 9, 9); o se llenará de amor, como en el encuentro con el joven rico (Mc 10, 21); o de ira y de tristeza, viendo la incredulidad de los fariseos (Mc 2, 5); de compasión, ante el hijo de la viuda de Naín (Lc 7, 13); sabrá remover el corazón de Zaqueo, produciendo su conversión (Lc 19, 5); se enternecerá ante la fe y la grandeza de ánimo de la pobre viuda que dio como limosna todo lo que poseía (Mc 12, 41-44). Su mirada penetrante ponía al descubierto el alma frente a Dios, y suscitaba al mismo tiempo el examen y la contrición. Así miró Jesús a la mujer adúltera (Ioh 8, 10), y así miró al mismo Pedro que, después de su traición (Lc 22, 61), lloró amargamente (Mc 14, 72).

«Te llamarás Cefas»: Poner el nombre equivalía a tomar posesión de lo nombrado (cfr. Gen 17, 5; 22, 28; 32, 28; Is 62,2 ). Así, p. ej.. Adán, constituido dueño de la creación, puso nombre a todas las cosas (Gen 2, 20). «Cefas» es transcripción griega de una palabra aramea que quiere decir piedra, roca. De aquí que, escribiendo en griego, San Juan haya explicado el significado del término empleado por Jesús. Cefas no era nombre propio, pero el Señor lo impone al Apóstol para indicar la función de Vicario suyo, que le será revelada más adelante (Mt 16, 16-18): Simón estaba destinado a ser la piedra, la roca de la Iglesia.

Los primeros cristianos consideraban tan significativo este nuevo nombre que lo emplearon sin traducirlo (cfr. Gal 2, 9.11.14); después se hizo corriente su traducción —Pedro—, que ocultó el antiguo nombre del Apóstol —Simón—.

«Hijo de Juan»; La antigua documentación manuscrita ofrece variantes, como «hijo de Joná», etc.

 

Jean 1, 43

«Sígueme» es el término usual de Jesús para llamar a sus discípulos (cfr. Mt 4, 19; 8, 22; 9, 9). En vida de Jesús la invitación a seguirle implicaba acompañarle en su ministerio público, escuchar su doctrina, imitar su modo de vida... Una vez que el Señor subió a los Cielos, el seguimiento no es ya, evidentemente, un acompañamiento físico por los caminos de Palestina, sino que el cristiano debe vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (Es Cristo que pasa, n. 103). En cualquier caso, la invitación del Señor comporta siempre un ponerse en camino; es decir, la exigencia de una vida de esfuerzo y de lucha por cumplir en cada momento la Voluntad divina aunque requiera una entrega abnegada y generosa.

 

Jean 1, 45-51

El apóstol Felipe no puede menos de transmitir a su amigo Natanael (Bartolomé) el gozo de su descubrimiento, lleno de emoción (v. 45). «Natanael (...) había oído por las Escrituras que el Cristo debía venir de Belén, del pueblo de David. Así lo creían los judíos y lo había anunciado, tiempo atrás, el profeta: ‘Y tú, Belén, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe, que apacentará a mi pueblo, Israel’ (Mich 5, 2). Por tanto, al escuchar que provenía de Nazaret se turbó y dudó, al no encontrar cómo compaginar las palabras de Felipe con la predicción profética» (Hom. sobre S. Juan, 20, 1).

Piense el cristiano que al transmitir su fe a otros, éstos pueden presentarle dificultades. ¿Qué debe hacer? Lo que hizo Felipe: no confiar en sus propias explicaciones, sino invitarles a acercarse personalmente hasta Jesús: «Ven y verás» (v. 46). El cristiano, pues, debe poner a sus hermanos los hombres delante del Señor a través de los medios de la gracia que Él mismo ha dado y la Iglesia administra: frecuencia de Sacramentos y práctica de la piedad cristiana.

Natanael, hombre sincero (v. 47), acompaña a Felipe hasta Jesús. Se entabla el contacto personal con el Señor (v. 48). Y el resultado es la fe del nuevo discípulo, fruto de su buena acogida a la gracia, que le llega a través de la Humanidad de Cristo (v. 49).

Según podemos deducir de los Evangelios, Natanael es el primer Apóstol que hace una confesión explícita de fe en Jesús como Mesías y como Hijo de Dios. Más tarde San Pedro, de modo más solemne, reconocerá la divinidad del Señor (cfr. Mt 16, 16). Aquí (v. 51) Jesús evoca un texto de Daniel (7, 13) para confirmar y dar profundidad a las palabras que ha pronunciado el nuevo discípulo.

 

Jn 2

 

Jean 2, 1

Caná de Galilea parece que debe identificarse con la actual Kef Kenna, situada a 7 kilómetros al Noroeste de Nazaret.

Entre los invitados se menciona en primer lugar a Santa María. No se cita a San José, cosa que no se puede atribuir a un olvido de San Juan: este silencio —y otros muchos en el Evangelio— hace suponer que el Santo Patriarca había muerto ya.

Las fiestas de boda tenían larga duración en Oriente (Gen 29, 27; Idc 14, 10.12.17; Tob 9, 12; 10.1). Durante ellas, parientes y amigos iban acudiendo a felicitar a los esposos; en los banquetes podían participar hasta los transeúntes. El vino era considerado elemento indispensable en las comidas y servía además para crear un ambiente festivo. Las mujeres intervenían en las tareas de la casa; la Santísima Virgen prestaría también su ayuda: por eso pudo darse cuenta de que iba a faltar vino.

 

Jean 2, 2

«Para demostrar la bondad de todos los estados de vida (...) Jesús se dignó nacer de las entrañas purísimas de la Virgen María; recién nacido recibió la alabanza que salió de los labios proféticos de la viuda Ana e, invitado en su juventud por los novios, honró las bodas con la presencia de su poder» (San Beda, Hom. 13, para el 2.° Domingo después de la Epif). Esta presencia de Cristo en las bodas de Caná es señal de que Jesús bendice el amor entre hombre y mujer, sellado con el matrimonio. Dios, en efecto, instituyó el matrimonio al principio de la Creación (cfr. Gen 1, 27-28), y Jesucristo lo confirmó y lo elevó a la dignidad de Sacramento (cfr. Mt 19, 6).

 

Jean 2, 3

En el cuarto Evangelio la Madre de Jesús —éste es el título que le da San Juan— aparece solamente dos veces. Una en este episodio, la otra en el Calvario (Ioh 19, 25). Con ello se viene a insinuar el cometido de María Virgen en la Redención. Entre los dos acontecimientos, Caná y el Calvario, hay varias analogías. Se sitúan uno al comienzo y el otro al final de la vida pública, como para indicar que toda la obra de Jesús está acompañada por la presencia de María Santísima. Su título de Madre adquiere resonancias especialísimas: María actúa como verdadera Madre de Jesús en esos dos momentos en los que el Señor manifiesta su divinidad. Al mismo tiempo, ambos episodios señalan la especial solicitud de Santa María hacia los hombres: en un caso intercede cuando todavía no ha llegado «la hora»; en el otro ofrece al Padre la muerte redentora de su Hijo, y acepta la misión que Jesús le confiere de ser Madre de todos los creyentes, representados en el Calvario por el discípulo amado.

«En la vida pública de Jesús aparece significativamente su Madre ya desde el principio, cuando, en las bodas de Caná de Galilea, movida por la misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cfr. Ioh 2, 1-11). A lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cfr. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28) a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cfr. Lc 2, 19.51). Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cfr. Ioh 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la Cruz como Madre al discípulo con estas palabras: ‘Mujer, he ahí a tu hijo’ (cfr. Ioh 19, 26-27)» (Lumen gentium, n. 58).

 

Jean 2, 4

Para el significado de las palabras de este versículo véase lo dicho en el epígrafe dedicado a Santa María en la Introducción al Evangelio según San Juan (pp. 1128 ss.). Por lo demás, el relato evangélico del diálogo entre Jesús y su Madre no nos revela todos los gestos, las inflexiones de la voz, etc., que dieron el tono exacto a las palabras. A nuestro oído, por ejemplo, la contestación de Jesús suena dura, como si dijera «éste es un asunto que no nos concierne». En realidad no es así.

«Mujer» es un título respetuoso, que venía a ser equivalente a «señora», una manera de hablar en tono solemne. Este nombre volvió a emplearlo Jesús en la Cruz, con gran afecto y veneración (Ioh 19, 26).

La frase «¿qué nos va a ti y a mí?» corresponde a una manera proverbial de hablar en Oriente, que puede ser empleada con diversos matices. La respuesta de Jesús parece indicar que si bien, en principio, no pertenecía al plan divino que Jesús interviniera con poder para resolver las dificultades surgidas en aquellas bodas, la petición de Santa María le mueve a atender esa necesidad. También se puede pensar que en ese plan divino estaba previsto que Jesús hiciera el milagro por intercesión de su madre. En todo caso, ha sido Voluntad de Dios que la Revelación del Nuevo Testamento nos dejara esta enseñanza capital: la Virgen Santísima es tan poderosa en su intercesión que Dios atenderá todas las peticiones por mediación de María. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora «omnipotencia suplicante».

«Todavía no ha llegado mi hora»: El término «hora» lo utiliza Jesucristo alguna vez para designar el momento de su venida gloriosa (cfr. Ioh 5, 28), aunque generalmente se refiere al tiempo de su Pasión, Muerte y Glorificación (cfr. Ioh 7, 30; 12, 23; 13, 1; 17,1).

 

Jean 2, 5

La Virgen María, como buena madre, conoce perfectamente el valor de la respuesta de su Hijo, que para nosotros podría resultar ambigua («qué nos va a ti y a mí»), y no duda que Jesús hará algo para resolver el apuro de aquella familia. Por eso indica de modo tan directo a los sirvientes que hagan lo que Jesús les diga. Podemos considerar las palabras de la Virgen como una invitación permanente para cada uno de nosotros; «En eso consiste toda la santidad cristiana: pues la perfecta santidad es obedecer a Cristo en todas las cosas» (Comentario sobre S. Juan, in loc.).

Con esta misma actitud rezaba el Papa Juan Pablo II en el santuario mariano de Knock, al consagrar a la Virgen el pueblo irlandés: «En este momento solemne escuchamos con atención particular tus palabras: ‘Haced lo que os diga mi Hijo’. Y deseamos responder a tus palabras con todo el corazón. Queremos hacer lo que nos dice tu Hijo y lo que nos manda; pues tiene palabras de vida eterna. Queremos cumplir y poner por obra todo lo que viene de Él, todo lo que está contenido en la Buena Nueva, como lo hicieron nuestros antepasados durante siglos (...). Por ello hoy (...) confiamos y consagramos a Ti, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, nuestro corazón, conciencia y obras, a fin de que estén en consonancia con la fe que profesamos. Confiamos y consagramos a Ti a todos y cada uno de los que constituyen el pueblo irlandés y la comunidad del Pueblo de Dios que habita en estas tierras» (Homilía Santuario de Knock, 30-IX-79).

 

Jean 2, 6

La metreta correspondía a unos 40 litros. La capacidad de cada uno de estos cántaros era, por tanto, de 80 a 120 litros; en total 480-720 litros de vino de la mejor calidad. San Juan subraya la abundancia del don concedido por el milagro, como hará también cuando la multiplicación de los panes (Ioh 6, 12-13). Una de las señales de la llegada del Mesías era la abundancia, por eso en ella ve el Evangelista el cumplimiento de las antiguas profecías: «El mismo Yahwéh dará la felicidad y la tierra dará sus frutos», anunciaba el Salmo 85, 13; «las eras se llenarán de buen trigo, los lagares rebosarán de mosto y de aceite puro» (Ioel 2, 24; cfr. Am 9, 13-15). Esa abundancia de bienes materiales es un símbolo de los dones sobrenaturales que Cristo nos alcanza con la Redención: más adelante. San Juan destacará aquellas palabras del Señor: «Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Ioh 10, 10; cfr. Rom 5, 20).

 

Jean 2, 7

«Hasta arriba»: El Evangelista vuelve a subrayar con este detalle la sobreabundancia de los bienes de la Redención y, al mismo tiempo, indica con cuánta exactitud obedecieron los sirvientes, como insinuando la importancia de la docilidad en el cumplimiento de la Voluntad de Dios, aun en los pequeños detalles.

 

Jean 2, 9-10

Jesús hace los milagros sin tacañería, con magnanimidad; por ejemplo, en la multiplicación de los panes y los peces (cfr. Ioh 6, 10-13) sacia a unos cinco mil hombres y todavía sobran doce canastos. En este milagro de Caná no convirtió el agua en cualquier vino, sino en uno de excelente calidad.

Los Santos Padres han visto en el vino de calidad, reservado para el final de las bodas, y en su abundancia, una figura del coronamiento de la Historia de la Salvación: Dios había enviado a los patriarcas y profetas, pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su propio Hijo, cuya doctrina lleva a la perfección la Revelación antigua, y cuya gracia excede las esperanzas de los justos del A. Testamento. También han visto en este vino bueno del final el premio y el gozo de la vida eterna, que Dios concede a quienes, queriendo seguir a Cristo, han sufrido las amarguras y contrariedades de esta vida (cfr. Comentario sobre S. Juan, in loc.).

 

Jean 2, 11

Antes del milagro los discípulos ya creían que Jesús era el Mesías; pero todavía tenían un concepto excesivamente terreno de su misión salvífica. San Juan atestigua aquí que este milagro fue el comienzo de una nueva dimensión de su fe, que hacía más profunda la que ya tenían. El milagro de Caná constituye un paso decisivo en la formación de la fe de los discípulos. «María aparece como Virgen orante en Caná, donde, manifestando al Hijo con delicada súplica una necesidad temporal, obtiene también un efecto de gracia: que Jesús, realizando el primero de sus ‘signos’, confirme a los discípulos en la fe en Él» (Marialis cultus, n. 18).

«¿Por qué tendrán tanta eficacia los ruegos de María ante Dios? Las oraciones de los santos son oraciones de siervos, en tanto que las de María son oraciones de Madre, de donde procede su eficacia y carácter de autoridad; y como Jesús ama inmensamente a su Madre, no puede rogar sin ser atendida (...).

»Para conocer bien la gran bondad de María recordemos lo que refiere el Evangelio (...). Faltaba el vino, con el consiguiente apuro de los esposos. Nadie pide a la Santísima Virgen que interceda ante su Hijo en favor de los consternados esposos. Con todo, el corazón de María, que no puede menos de compadecer a los desgraciados (...), la impulsó a encargarse por sí misma del oficio de intercesora y pedir al Hijo el milagro, a pesar de que nadie se lo pidiera (...). Si la Señora obró así sin que se lo pidieran, ¿qué hubiera sido si le rogaran?» (Sermones abreviados, 48).

 

Jean 2, 12

Por lo que se refiere a los «hermanos» de Jesús, cfr. nota a Mt 12, 46-47 y a Mc 6, 1-3.

 

Jean 2, 13

«Pascua de los judíos»: Era la fiesta religiosa más importante del pueblo del Antiguo Testamento, prefiguración de la Pascua cristiana (cfr. nota a Mt 26, 2). La Pascua judía se celebraba el 14 del mes de Nisán y a continuación venía la semana festiva de los Ázimos (pan sin levadura). Según la Ley de Moisés, en tales días todo israelita debía «presentarse ante el Señor» (Ex 34, 23; Dt 16, 16). Esto explica la piadosa costumbre de la peregrinación al Templo de Jerusalén para estas fiestas, la gran aglomeración de gente y la afluencia de vendedores, que abastecían las necesidades de los peregrinos, pero que daban lugar a serios abusos.

«Jesús subió a Jerusalén»: Con ello hace pública manifestación de su observancia de la Ley de Dios. Pero, según muestran los hechos que ocurren a continuación, se ve que Jesucristo acude al Templo como quien es: el Hijo Unigénito, que debe velar por el decoro y honor debidos a la Casa de su Padre. «Y desde entonces Jesús, el Ungido de Dios, comienza siempre por reformar los abusos y purificar del pecado; tanto cuando visita a su Iglesia, como cuando visita al alma cristiana» (Orígenes, Homilías sobre San Juan, 1).

 

Jean 2, 14-15

Todo israelita tenía que ofrecer como sacrificio en la fiesta de la Pascua un buey o una oveja, si era rico; o dos tórtolas o dos pichones, si era pobre (Lev 5, 7). Además, debía pagar cada año medio siclo, si había cumplido los 20 años. El medio siclo, que equivalía al jornal de un obrero, era una moneda especial, llamada también moneda del Templo (Ex 30, 13); las demás monedas en uso (denarios, dracmas, etc.), por llevar impresa la efigie de autoridades paganas, eran consideradas impuras. Con ocasión de la Pascua, cuando el concurso de gente era mayor, el atrio exterior del Templo o patio de los gentiles se llenaba de vendedores, cambistas, etc., con las consecuencias imaginables: ruido, vocerío, mugidos, estiércol... Ya los profetas habían fustigado tal abuso (cfr. Zach 14, 21) introducido con el permiso tácito de las autoridades del Templo, que obtenían así buenos ingresos. Cfr. notas a Mt 21, 12-13 y Mc 11, 15-18.

 

Jean 2, 16-17

«El celo de tu casa me consume»; Se trata de una cita del Salmo 69, 10. Jesús acaba de hacer una afirmación trascendental: «No hagáis de la casa de mi Padre un mercado». Llamando a Dios Padre suyo y actuando con gran fortaleza, se proclama ante todos el Mesías Hijo de Dios. El celo de Jesús por la gloria de su Padre no pasó inadvertido a los discípulos, que vieron en su conducta cumplidas las palabras del Salmo 69.

 

Jean 2, 18-22

El Templo de Jerusalén, que había sustituido al antiguo Santuario que los israelitas portaban en el desierto, era el lugar escogido por Dios durante el Antiguo Testamento para manifestar de una manera especial su presencia en medio del pueblo. Pero esa realidad antigua era sólo una figura o anticipo imperfecto de la realidad plena de la presencia de Dios entre los hombres, que es el Verbo de Dios hecho carne. Jesús, en el cual «habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9), es la plena presencia de Dios aquí en la tierra y, por lo tanto, el verdadero Templo de Dios. Jesús identifica el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, y de este modo se refiere a una de las verdades más profundas sobre Sí mismo: la Encarnación. Después de la Ascensión del Señor a los Cielos esa presencia real y especialísima de Dios en medio de los hombres se continúa en el sacramento de la Sagrada Eucaristía.

El comportamiento y las expresiones de Cristo cuando echaba a los vendedores del Templo manifiestan claramente que Él es el Mesías anunciado por los profetas. Por esto se acercan algunos judíos y le piden una señal de su poder (cfr. Mt 16, 1; Mc 8, 11; Lc 11, 29). La respuesta de Jesús (v. 20), que quedó oscura hasta el momento de su Resurrección, la intentaron transformar las autoridades judías en una invectiva contra el Templo, digna de la pena de muerte (Mt 26, 61; Mc 14, 58; cfr. Ier 26, 4 ss.); la utilizaron después con sarcasmo contra el Señor agonizante en la Cruz (Mt 27, 40; Mc 15, 29) y, más tarde, les bastó oírla repetir a San Esteban para acusarle frente al Sanedrín (Act 6, 14).

En las palabras pronunciadas por Jesús no hay nada despectivo, como pretenderían después los falsos testigos. El milagro que les ofrece, al que llama «la señal de Jonás» (cfr. Mt 16, 4), será su propia Resurrección al tercer día. Para indicar la grandiosidad del milagro de su Resurrección, Jesús recurre a una metáfora: es como si dijera: ¿Veis este Templo? Pues bien, imaginadlo destruido. ¿No sería un gran milagro reconstruirlo en tres días? Esto haré yo como señal. Porque vosotros destruiréis mi Cuerpo, que es el Templo verdadero, y yo lo volveré a levantar al tercer día.

La declaración de que Jesús es el Templo de Dios quedó encubierta para todos. Judíos y discípulos pensaron que el Señor hablaba de volver a edificar el Templo que Herodes el Grande había empezado a construir en el 19-20 a. C. Los discípulos entendieron después el verdadero sentido de la expresión.

 

Jean 2, 23-25

Los milagros de Jesús movieron a muchos judíos a reconocer que en Él había unos poderes divinos y extraordinarios. Pero esto no es aún la perfecta fe teologal. Jesús conocía la limitación de aquella fe. Además, la adhesión de los judíos se mostraba generalmente superficial, ávida de manifestaciones extraordinarias. Por eso Jesús desconfía de ellos (cfr. Ioh 6, 15.26). «Muchos ahora son iguales. Tienen el nombre de fieles, pero son volubles e inconstantes», comenta el Crisóstomo (Hom. sobre S. Juan, 23.1).

El conocimiento que tiene Jesús del interior del hombre es una prueba más de su divinidad. Así, por ejemplo, Natanael y la samaritana le reconocieron como el Mesías, rendidos ante la evidencia del poder sobrenatural que Jesucristo mostraba al conocer su intimidad (cfr. Ioh 1, 49; 4, 29).

 

Jn 3

 

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