Nicodemo era miembro del Sanedrín de Jerusalén (cfr. Ioh 7, 50). Debía ser también hombre culto, probablemente escriba o doctor de la Ley: Jesús, dirigiéndose a él, le llama maestro de Israel. Podríamos calificarle, por tanto, de intelectual: es un hombre que razona, que indaga, que busca la verdad como una de las tareas fundamentales de su vida. Lo hace, naturalmente, moviéndose dentro de los planteamientos propios de la mentalidad judaica de su tiempo. Para entender las cosas divinas, sin embargo, hace falta la humildad, no basta la razón. Cristo va, en primer lugar, a elevar a Nicodemo al plano de esa virtud; por ello Jesús no responde inmediatamente a sus preguntas, sino que le hace ver cuan lejos está aún de la verdadera sabiduría: «¿Tú eres maestro en Israel y lo ignoras?». Nicodemo debe reconocer que, no obstante sus estudios, es todavía ignorante en las cosas de Dios. Como comenta Santo Tomás de Aquino, «el Señor no le reprende para injuriarle, sino porque confiaba aún en su ciencia; por eso quiso, haciéndole pasar por la humillación, convertirlo en morada del Espíritu Santo» (Comentario sobre S. Juan, in loc.). Por el desarrollo de la conversación es evidente que Nicodemo dio ese paso de humildad, y se colocó ante Jesús como un discípulo ante el Maestro. Entonces el Señor le descubre los misterios de la fe. Nicodemo sería desde ese momento mucho más sabio que todos sus colegas que no dieron ese paso.
La ciencia humana, por muy grande que sea, es minúscula ante las verdades —sencillamente enunciadas pero profundísimas— de los artículos de la fe (cfr. Eph 3, 15-19; 1 Cor 2, 9). Las verdades divinas deben ser recibidas con la sencillez de un niño (sin la cual no podemos entrar en el Reino de los Cielos), para después ser meditadas durante toda la vida, y estudiadas con la admiración del que sabe que la realidad divina siempre supera nuestra pobre inteligencia.
Jean 3, 1-2
A lo largo del diálogo entrañable de aquella noche, Nicodemo muestra gran delicadeza: se dirige a Jesús con respeto y le llama Rabbí, Maestro mío. Posiblemente había sido removido por los milagros y por la predicación de Cristo, y tenía necesidad de saber. Ante la enseñanza del Señor su manera de reflexionar y pensar es todavía poco sobrenatural, pero es humanamente noble. Su visita de noche, «por temor a los judíos» (Ioh 19, 39), es muy comprensible dada su condición de miembro del Sanedrín; de todos modos, se arriesga y va.
Cuando los fariseos intentaron detener a Jesús (Ioh 7, 32), fracasando en su propósito a causa de la admiración del pueblo, Nicodemo se opuso a aquella manera injusta de actuar que condenaba a un hombre antes de juzgarle, y se enfrentó con entereza a los demás (Ioh 7, 50-53); tampoco tuvo miedo, en la hora más difícil, de honrar el Cuerpo muerto del Señor (Ioh 19, 39).
Jean 3, 3-8
A la pregunta inicial de Nicodemo, que muestra todavía su duda acerca de Jesús (¿un profeta o el Mesías?), el Señor le contesta de manera insospechada: Nicodemo esperaba que le hablase de Él, de su misión, y, en cambio, Jesús le revela una verdad asombrosa: hay que nacer de nuevo. Se trata de un nacimiento espiritual por el agua y el Espíritu Santo: es un mundo nuevo el que se abre ante los ojos de Nicodemo. Las palabras del Señor también constituyen un horizonte sin límites para el adelantamiento espiritual de cualquier alma cristiana, que se deja dócilmente conducir por la gracia divina y los dones del Espíritu Santo, infundidos en el Bautismo y corroborados por los Sacramentos; junto con la apertura del alma a Dios, el cristiano debe asimismo apartar las apetencias egoístas y las inclinaciones de la soberbia, para poder ir entendiendo lo que Dios le enseña en su interior. «Por eso se ha de desnudar el alma (...) de su entender, gustar y sentir, para que echado todo lo que es disímil y disconforme a Dios, venga a recibir semejanza de Dios (...); y así se transforma en Dios. De donde, aunque es verdad, como hemos dicho, está Dios siempre en el alma dándole y conservándole el ser natural de ella con su asistencia, no, empero, siempre la comunica el ser sobrenatural. Porque éste no se comunica sino por amor y gracia, en la cual no todas las almas están; y las que están, no en igual grado, porque unas (están) en más, otras en menos grados de amor. De donde a aquella alma se comunica Dios más, que está más aventajada en amor, lo cual es tener más conforme su voluntad con la de Dios. Y la que totalmente la tiene conforme y semejante, totalmente está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente» (Subida al Monte Carmelo, lib. II, cap. 5).
Jesús subraya con fuerza la nueva condición del hombre: ya no se trata de nacer de la carne, del linaje de Abrahán (cfr. Ioh 1, 13), sino de renacer por obra del Espíritu Santo, por medio del agua. El Señor habla aquí por primera vez del Bautismo cristiano, confirmando la profecía de Juan Bautista (cfr. Mt 3, 11; Ioh 1, 33): ha venido a instituir un Bautismo en el Espíritu Santo.
«Nicodemo —dice San Agustín— no saboreaba todavía ni este espíritu ni esta vida (...). No conoce otro nacimiento que el de Adán y Eva, e ignora el que se origina de Cristo y de la Iglesia. Sólo entiende de la paternidad que engendra para la vida. Existen dos nacimientos; mas él, sólo de uno tiene noticia. Uno es de la tierra y otro es del Cielo; uno de la carne y otro del Espíritu; uno de la mortalidad, otro de la eternidad; uno de hombre y mujer, y otro de Cristo y de la Iglesia. Los dos son únicos. Ni uno ni otro se pueden repetir» (In loann. Evang., 11, 6).
El Señor habla de los efectos maravillosos que la fuerza del Espíritu Santo produce en el alma del bautizado. Así como cuando sopla el viento nos damos cuenta de su presencia, oímos su silbido pero no sabemos de dónde surgió ni dónde terminará, así sucede también con el Espíritu Santo, que es «soplo» (pneuma) divino, y que se nos da en el nuevo nacimiento del Bautismo: no se sabe por qué camino el Espíritu penetra en el corazón, pero da a conocer su presencia por el cambio en la conducta del que lo recibe. 10-12. Ante la perplejidad de Nicodemo, Jesús ratifica el valor de sus palabras, y le explica que habla de las cosas del Cielo porque procede del Cielo, y para hacerse entender usa comparaciones e imágenes terrenas. Sin embargo, este lenguaje no es suficiente para aquellos que adoptan una postura de incredulidad.
Comenta el Crisóstomo: «Con razón Cristo no dijo: no entendéis, sino: no creéis. Porque si alguien no quiere admitir aquello que se puede percibir con la mente, a éste se le acusaría con razón de estupidez; pero si alguien no admite aquello que no se percibe con la mente sino con la fe, éste ya no peca por estupidez, sino por incredulidad» (Hom. sobre S. Juan, 27, 1).
Jean 3, 13
Afirmación solemne de la divinidad de Jesús. Nadie sube al Cielo y, por tanto, nadie puede conocer perfectamente los secretos de Dios, sino el mismo Dios que se encarnó y bajó del Cielo: Jesús, segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Hombre profetizado en el Antiguo Testamento (cfr. Dn 7, 13), al cual ha sido concedido señorío eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas.
Al encarnarse el Verbo no deja de ser Dios. Y así, aunque está en la tierra en cuanto hombre, no por eso deja de estar en el Cielo en cuanto Dios. Sólo después de la Resurrección y Ascensión, Jesucristo está en el Cielo también en cuanto hombre.
Jean 3, 14-15
La serpiente de bronce, alzada por Moisés en un mástil, era el remedio indicado por Dios para curar a quienes eran mordidos por las serpientes venenosas del desierto (cfr. Num 21, 8-9). Jesucristo compara este hecho con su Crucifixión, para explicar así el valor de su exaltación en la Cruz, que es salvación para todos los que le miren con fe. En este sentido podemos decir que en el buen ladrón se cumple ya el poder salvífico de Cristo en la Cruz: ese hombre descubrió en el Crucificado al Rey de Israel, al Mesías, que de inmediato le promete estar en el Paraíso aquel mismo día (cfr. Lc 23, 39-43).
El Hijo de Dios ha tomado nuestra naturaleza humana para dar a conocer los misterios ocultos de la vida divina (cfr. Mc 4, 11; Ioh 1, 18; 3, 1-13; Eph 3, 9) y para librar del pecado y de la muerte a quienes le miren con fe y amor (cfr. Ioh 19, 37; Gal 3, 1) y acepten la cruz de cada día.
La fe de la cual nos habla el Señor no se reduce simplemente a la aceptación intelectual de las verdades que Él nos ha enseñado, sino que lleva consigo reconocerle como Hijo de Dios (cfr. 1 Ioh 5, 1), participar de su misma Vida (cfr. Ioh 1, 12), y entregarnos por amor, haciéndonos así semejantes a Él (cfr. Ioh 10, 27; 1 Ioh 3, 2). Pero esta fe constituye un don de Dios (cfr. Ioh 3, 3.5-8), a quien debemos pedir que la fortalezca y acreciente, como hicieron los Apóstoles: Señor, «auméntanos la fe» (Lc 17, 5). Siendo la fe un don divino, sobrenatural y gratuito, es, al mismo tiempo, una virtud, un hábito bueno, susceptible de ser ejercitado personalmente y, por tanto, robustecido a través de ese ejercicio. De ahí que el cristiano, que ya posee el don divino de la fe, ayudado por la gracia deba hacer actos explícitos de fe para que esta virtud crezca en él.
Jean 3, 16-21
Con estas palabras cargadas de sentido se sintetiza cómo la Muerte de Jesucristo es la manifestación suprema del amor de Dios por los hombres (cfr. Introducción al Evangelio según San Juan, apartado sobre La caridad, pp. 1119 ss.). «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito por su salvación. Toda nuestra religión es una revelación de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios por nosotros. ‘Dios es amor’ (cfr. 1 Ioh 4, 16), es decir, amor que se difunde y se prodiga; y todo se resume en esta gran verdad que todo lo explica y todo lo ilumina. Es necesario ver la historia de Jesús bajo esta luz. ‘Él me ha amado’ escribe San Pablo, y cada uno de nosotros puede y debe repetírselo a sí mismo: Él me ha amado, y se ha sacrificado por mí (Gal 2, 20)» (Homilía del Corpus Christi).
La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor: Si Dios nos ha creado, si nos ha redimido, si nos ama hasta el punto de entregar por nosotros a su Hijo Unigénito (Ioh III, 16), si nos espera —¡cada día! — como esperaba aquel padre de la parábola a su hijo pródigo (cfr. Lc XV, 11-32), ¿cómo no va a desear que lo tratemos amorosamente? Extraño sería no hablar con Dios, apartarse de Él, olvidarle, desenvolverse en actividades ajenas a esos toques ininterrumpidos de la gracia (Amigos de Dios, n. 251).
«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto Cristo Redentor (...) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad (...). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (...) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe ‘apropiarse’ y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha ‘merecido tener tan grande Redentor’ (Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia Pascual), si ‘Dios ha dado a su Hijo’, a fin de que él, el hombre, ‘no perezca sino que tenga vida eterna’!
»(...) La Iglesia, que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado. Por esta razón la Revelación se ha cumplido en el misterio pascual, que a través de la cruz y la muerte conduce a la resurrección» (Redemptor hominis, n. 10).
Jesucristo exige como primer requisito para participar de su amor la fe en Él. Con ella pasamos de las tinieblas a la luz y entramos en camino de salvación. «Quien no cree ya está juzgado» (v. 18). «Las palabras de Cristo son a un tiempo palabras de juicio y de gracia, de muerte y de vida. Porque solamente dando muerte a lo que es viejo podemos alcanzar la nueva vida; esto vale primeramente para las personas, pero también tiene vigencia para los diferentes bienes de este mundo, que están marcados al mismo tiempo con el pecado del hombre y la bendición de Dios (...). Nadie de por sí y por sus propias fuerzas se libera completamente de su debilidad, o de su soledad, o de su esclavitud, todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador. Verdaderamente, el Evangelio ha sido en la historia humana, incluso la temporal, fermento de libertad y de progreso, y continúa ofreciéndose sin cesar como fermento de fraternidad, de unidad y de paz» (Ad gentes, n. 8).
Jean 3, 22-24
El Evangelista, poco más adelante (Ioh 4, 2), aclara que no era Jesús mismo quien bautizaba, sino sus discípulos. Probablemente el Señor quiso que desde el primer momento se ejercitaran en la tarea de exhortar a la conversión. Aquel rito no era todavía el Bautismo cristiano —pues éste sólo comienza después de la Resurrección de Cristo (cfr. Ioh 7, 39; 16, 7; Mt 28, 19) —, sino que «ambos bautismos, el de San Juan Bautista y éste de los discípulos del Señor (...) tenían por finalidad acercar a esos bautizados a Cristo (...) y preparar el camino para la fe futura» (Hom. sobre S. Juan, 29, 1).
El Evangelio indica el lugar y el momento concreto en que ocurrió este episodio. Ainón en arameo significa «fuentes». Salín estaba situada al Noreste de Samaría, al Sur de la ciudad de Scitópolis o Betshan, cerca de la margen occidental del Jordán, a unos veinte kilómetros al Sur del lago de Genesaret.
Señala el Evangelio que «todavía Juan no había sido encarcelado» (v. 24), completando así los datos de los sinópticos (Mt 4, 12; Mc 1, 14). Sabemos, por tanto, que el ministerio público de Jesús empezó cuando todavía continuaba el de Juan Bautista, y sobre todo, que entre ellos no había ninguna competencia; al contrario, el Bautista, que preparaba la venida del Señor, tuvo el gozo de contemplar personalmente cómo sus propios discípulos se iban tras de Jesús (cfr. Ioh 1, 37).
Jean 3, 27-28
Juan Bautista habla aquí de modo simbólico, como a veces habían hecho los profetas y también hará Nuestro Señor. El Esposo es Jesucristo. Por otros pasajes del Nuevo Testamento sabemos que la Iglesia es designada con el título de Esposa (cfr. Eph 5, 24-32; Apc 19, 7-9). Este símbolo de los esponsales expresa la unión por la que Cristo incorpora a Sí a la Iglesia, y la comunión de vida por la cual la Iglesia es santificada y participa de la misma vida divina. El Bautista se alegra porque ve que ya está comenzando la actuación del Mesías, y reconoce la infinita distancia que hay entre su condición y la de Cristo. Por eso su gozo es completo cuando Jesucristo va convocando a los hombres y éstos se van tras Él.
El «amigo del esposo» se refiere al que, según la costumbre de los esponsales judíos, solía acompañar al novio en los primeros momentos de su matrimonio y participaba de forma especial en los festejos y alegría de las nupcias. No obstante, como aclara el Bautista, había una gran diferencia entre él y el esposo, verdadero protagonista del gozoso acontecimiento.
Jean 3, 30
El Bautista entendió su misión de Precursor, que debía desaparecer ante la llegada del Mesías, y la cumplió fielmente y con humildad. Del mismo modo, el cristiano ha de evitar en toda tarea apostólica el protagonismo personal, y dejar que sea a Cristo a quien busquen los hombres; ha de vaciarse cada vez más de sí mismo para que Cristo llene toda su vida. «Es necesario que Cristo crezca en ti, para que progreses en su conocimiento y amor: porque cuanto más lo conoces y lo amas, tanto más crece Cristo en ti (...). Por ello es necesario que los hombres que progresan de este modo disminuyan su propia estimación, porque cuanto más penetra alguien en la grandeza divina tanto más considera pequeña la condición humana» (Comentario sobre S. Juan, in loc.).
Jean 3, 31-36
Este párrafo nos revela la divinidad de Cristo, su relación con el Padre y con el Espíritu Santo, y la participación en la vida eterna y divina de los que creen en Jesucristo. Fuera de la fe no hay vida ni margen para la esperanza.
Jean 4, 1-3
Comienza ya a aparecer la hostilidad de los fariseos contra Jesús. El Señor, como no había llegado aún el tiempo de su Pasión, se retira al Norte de Palestina, a Galilea, donde la influencia de los fariseos era menor. Con ello Jesucristo evita que le maten antes del tiempo señalado por Dios Padre.
La Providencia divina no exime al creyente de que ejercite la inteligencia y la voluntad, a imitación de Cristo, para descubrir con prudencia lo que Dios quiere de él. Esta sabiduría de corazón, esta prudencia no se convertirá nunca en la prudencia de la carne a la que se refiere San Pablo (cfr. Rom VIII, 6): la de aquellos que tienen inteligencia, pero procuran no utilizarla para descubrir y amar al Señor. La verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación (...). Sabiduría de corazón que orienta y rige otras muchas virtudes. Por la prudencia el hombre es audaz, sin insensatez; no excusa, por ocultas razones de comodidad, el esfuerzo necesario para vivir plenamente según los designios de Dios (Amigos de Dios, n. 87).
Jean 4, 4-5
Había dos caminos usuales para ir de Judea a Galilea. El más corto pasaba por la ciudad de Samaría. El otro, junto al Jordán, era más largo. Jesús recorre el de Samaría, tal vez no sólo por ser el más corto y frecuentado, sino también para tener ocasión de predicar a los samaritanos. Al aproximarse a Samaría, cerca de Sicar, la actuar Askar, al pie del monte Ebal, tiene lugar el encuentro de Jesús con la samaritana.
Jean 4, 6
Los Evangelios, y en especial el de San Juan, narran a veces detalles que pueden parecer irrelevantes, pero no lo son. Jesús, como nosotros, se fatiga realmente, necesita reponer fuerzas, siente hambre y sed; pero aun en medio del cansancio no desprecia ocasión para hacer el bien a las almas.
Recoged los ojos del alma y revivid despacio la escena: Jesucristo, perfectus Deus, perfectas homo (Símbolo Atanasiano) está fatigado por el camino y por el trabajo apostólico. Como quizá os ha sucedido alguna vez a vosotros, que acabáis rendidos, porque no aguantáis más. Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino para buscar algo de comer. Y tiene sed (...).
Cuando nos cansemos —en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica—, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender. Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha —una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado— para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (Amigos de Dios, nn. 176 y 201).
Jean 4, 7
Jesús ha venido a salvar lo que estaba perdido. No ahorrará ningún esfuerzo para conseguirlo. Proverbiales eran los odios entre judíos y samaritanos; pero Jesucristo no excluye a nadie, sino que su amor se extiende a todas las almas, y por todas y cada una va a derramar su sangre. Inicia el diálogo con esta mujer mediante una petición, que indica la gran delicadeza de Dios con los hombres: Dios Omnipotente pide un favor a la pobre criatura humana. «Dame de beber»: Jesús pide de beber no sólo por la sed física sino porque tenía sed de la salvación de los hombres, por amor a ellos. Estando enclavado en la Cruz volvió a decir: «Tengo sed» (Ioh 19, 28).
Jean 4, 9
La respuesta de la samaritana hace posible el diálogo y muestra la acogida que en su alma va teniendo la acción de la gracia: la misma aceptación de hablar con Cristo, que era judío, no deja de ser el primer paso en la transformación que empieza a operarse. Después (v. 11), al no tomar por banales las palabras de Jesús, da otro paso en su apertura a la intervención divina. Afloran sus sentimientos religiosos, que ahora se reavivan («nuestro padre Jacob» v. 12). Apremiada por Jesús responde con verdad: «No tengo marido» (v. 17); y descubierta la intimidad de su conciencia por el Señor, hace un acto de fe; «Veo que tú eres un profeta» (v. 19).
Jean 4, 10
Como en el diálogo con Nicodemo, Jesús toma ocasión de expresiones usuales, dichas en sentido material e inmediato, para presentar la doctrina sobre realidades más profundas. La experiencia confirma la absoluta necesidad del agua para la vida humana; de modo semejante, la gracia de Jesucristo es absolutamente necesaria para la vida sobrenatural. El agua que verdaderamente puede saciar la sed del hombre no es la de aquel pozo ni ninguna otra, es la gracia de Cristo, el agua viva que colma la vida espiritual.
Una vez más, valiéndose de las preocupaciones y tareas humanas, Jesús suscita el afán por las realidades y necesidades sobrenaturales: como llevó a San Pedro y a otros apóstoles de sus faenas de pesca a los trabajos apostólicos de pescadores de hombres, conduce a la samaritana de su tarea de ir a buscar agua hasta el deseo de encontrar esa agua superior, que «salta hasta la vida eterna» (v. 14).
Jean 4, 13-14
La respuesta del Señor es sorprendente y de gran interés para aquella mujer. Tiene delante a alguien mayor que Jacob; le ofrece un agua capaz de saciar la sed de una vez para siempre. Cristo se está refiriendo a la transformación que realiza en cada hombre la participación de la vida divina, la gracia santificante, la presencia del Espíritu Santo, el don más excelente que habrían de recibir cuantos creyesen en Él.
Son muchas las ansiedades que bullen en nuestro interior, intensos los deseos de felicidad y paz; quien recibe al Señor y se une a Él como los sarmientos a la vid (cfr. Ioh 15, 4-5), no sólo sacia su sed, sino que además se transforma en fuente de agua viva (cfr. Ioh 7, 37-39).
Jean 4, 16-19
Aunque la mujer no podía aún captar el sentido profundo de aquellas palabras. Jesús aprovecha el interés creciente de la samaritana para irle manifestando su condición divina: conoce su vida, los secretos de su corazón, lee en su conciencia. Le presta así el motivo inmediato para su confesión inicial de fe: «Veo que tú eres un profeta». Aquí está ya el comienzo de su conversión.
Jean 4, 20
El origen del pueblo samaritano se remonta a la época de la conquista de Samaría por parte de Asiria, siglo VIII a. C., (cfr. 2 Reg 13, 24-31). Estaba formado por extranjeros que muy pronto llegaron a fusionarse con los israelitas de la región. Al final del exilio de Babilonia intentaron asociarse a los judíos por razones de carácter político, y contribuir a la restauración del Templo de Jerusalén, pero no fueron aceptados. Desde entonces la hostilidad entre judíos y samaritanos fue permanente (cfr. Esd 4, 1 ss.; Ioh 4, 9).
En esta ocasión, la samaritana, convencida de estar ante quien tiene autoridad, propone al Señor una de las cuestiones más vitales que afectaban a la vida religiosa de ambos pueblos: la legitimidad del lugar donde debía darse culto a Dios; los judíos sostenían que sólo el Templo de Jerusalén debía considerarse legítimo; por el contrario, los samaritanos reclamaban esta legitimidad también para el santuario levantado en el monte Garizín, apoyándose en la interpretación de algunos pasajes del Pentateuco (cfr. Gen 12, 7; 33, 20; 22, 2).
Jean 4, 21-24
Jesús no se limita a responder a la pregunta, sino que aprovecha la ocasión para confirmar el valor de las enseñanzas impartidas por los profetas y reafirmar así la verdad revelada: los samaritanos ignoran gran parte de los designios divinos porque prescinden de toda revelación que no se halle en los cinco primeros libros de las Sagradas Escrituras, en la Ley de Moisés; los judíos, en cambio, están más cerca de la verdad al aceptar todo el Antiguo Testamento. Pero unos y otros deben abrirse a la nueva Revelación de Jesucristo. Con la llegada del Mesías, a quien ambos pueblos esperaban, y que es la verdadera morada de Dios en medio de los hombres (cfr. Ioh 2, 19), se inicia la Nueva Alianza, que es definitiva, y en la que Garizín o Jerusalén quedan superados; lo que agrada al Padre es que todos acepten al Mesías, su Hijo, el nuevo Templo de Dios, con un culto que brota del corazón del hombre (cfr. Ioh 12, 1; 2 Tim 2, 22) y que suscita el mismo Espíritu de Dios (cfr. Rom 8, 15).
Por esta razón, la Iglesia enseña de modo solemne que mediante el Bautismo nos hacemos verdaderos adoradores de Dios: «Por el Bautismo los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él; reciben el espíritu de adopción de hijos ‘en el que clamamos: ¡Abbá! ¡Padre!’ (Rom 8, 15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre» (Sacrosanctum Concilium, n. 6).