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Jean 4, 25-26

La samaritana ha llegado a la última etapa de su conversión: del reconocimiento de sus pecados ha pasado a aceptar la doctrina verdadera: adorar al Padre en espíritu y en verdad. Pero aún le falta reconocer a Jesús como el Mesías; ella confiesa con sencillez su ignorancia en este punto. Ante esta favorable disposición, Jesús se revela con claridad como el Mesías: «Yo soy, el que habla contigo».

Las palabras del Señor son particularmente significativas: declara que es el Mesías, y lo hace diciendo «yo soy», expresión que evoca la que Yahwéh había empleado para revelarse a Moisés (cfr. Ex 3, 14), y que en boca de Jesús apunta a una revelación no sólo de su mesianidad sino también de su divinidad (cfr. Ioh 8, 24.28.58; 18, 6).

 

Jean 4, 27

 

Jesucristo, Señor Nuestro, a lo largo de su vida terrena, ha sido cubierto de improperios, le han maltratado de todas las maneras posibles. ¿Os acordáis? Propalan que se comporta como un revoltoso y afirman que está endemoniado (cfr. Mt XI, 18). En otra ocasión interpretan mal las manifestaciones de su Amor infinito, y le tachan de amigo de pecadores (cfr. Mt IX, 11).

Más tarde, a Él, que es la penitencia y la templanza, le echan en cara que frecuenta la mesa de los ricos (cfr. Lc XIX, 7). También le llaman despectivamente fabri filius (Mt XIII, 55), hijo del trabajador, del carpintero, como si fuera una injuria. Permite que le apostrofen como bebedor y comilón... Deja que le acusen de todo, menos de que no es casto. Les ha tapado la boca en eso, porque quiere que nosotros conservemos ese ejemplo sin sombras: un modelo maravilloso de pureza, de limpieza, de luz, de amor que sabe quemar todo el mundo para purificarlo.

A mí, me gusta referirme a la santa pureza contemplando siempre la conducta de Nuestro Señor. Él puso de manifiesto una gran delicadeza en esta virtud. Fijaos en lo que relata San Juan cuando Jesús, fatigatus ex itinere, sedebat sic supra fontem (Ioh IV, 6), cansado del camino, se sentó sobre el brocal del pozo (...).

Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed.

Se ocupaba el Señor en aquella gran obra de caridad, mientras volvían los Apóstoles de la ciudad, y mirabantur quia cum muliere loquebatur (Ioh IV, 27), se pasmaron de que hablara a solas con una mujer. ¡Qué cuidado! ¡Qué amor a la virtud encantadora. de la santa pureza, que nos ayuda a ser más fuertes, más recios, más fecundos, más capaces de trabajar por Dios, más capaces de todo lo grande! (Amigos de Dios, n. 176).

 

Jean 4, 28-30

La transformación que la gracia opera en esa mujer es maravillosa. El pensamiento de la samaritana se centra ahora solamente en Jesús y, olvidándose del motivo que le había llevado al pozo, deja su cántaro y se dirige al pueblo, deseando comunicar su descubrimiento. «Los Apóstoles, cuando fueron llamados, dejaron las redes, ésta deja su cántaro y anuncia el Evangelio, y no llama solamente a uno, sino que remueve toda la ciudad» (Hom. sobre S. Juan, 33). Toda conversión auténtica se proyecta necesariamente hacia los demás, en un deseo de hacerles partícipes de la alegría de haberse encontrado con Jesús.

 

Jean 4, 32-38

El Señor aprovecha la ocasión para hablar de un alimento espiritual: cumplir la voluntad de Dios. Acaba de realizar la conversión de una mujer pecadora, y esto sacia las ansias de su espíritu. La conversión de las almas ha de servir de alimento a los Apóstoles y también a todos los que por la ordenación sacerdotal son asociados sacramentalmente al ministerio de Cristo (cfr. 1 Cor 4, 9-15; 2 Cor 4, 7-12; 11, 27-29). La misión apostólica unas veces es siembra, sin frutos inminentes, y otras recolección de lo que otros sembraron. Los Apóstoles recogerán lo que Patriarcas y Profetas y sobre todo Cristo sembraron con generosidad. Y, a su vez, tendrán que preparar el terreno, con la misma entrega, para que otros puedan cosechar.

Pero no sólo los ministros, sino todos los fieles están llamados a tomar parte en la tarea apostólica: «Los cristianos tienen diferentes dones. Por ello deben colaborar en el Evangelio cada uno según su posibilidad, facultad, carisma y ministerio. Todos, por consiguiente, los que siembran y los que siegan, los que plantan y los que riegan, han de ser necesariamente una sola cosa, a fin de que, ‘buscando unidos el mismo fin, libre y ordenadamente’ dediquen sus esfuerzos con unanimidad a la edificación de la Iglesia» (Ad gentes, n. 28).

 

Jean 4, 39-42

El episodio presenta todo un proceso de evangelización que se inicia con el entusiasmo de la samaritana. «Lo mismo sucede hoy a los que están fuera y no son cristianos: comienzan sus amigos cristianos por darles noticias de Cristo, como hizo aquella mujer, lo mismo que hace la Iglesia; luego vienen a Cristo, esto es, creen en Cristo por esta noticia y, finalmente, Jesús se queda con ellos dos días, y con esto creen mucho más y con más firmeza que Él es en verdad el Salvador del mundo» (In Ioann. Evang., 15, 33).

 

Jean 4, 46

San Juan habla de un funcionario real, probablemente al servicio de Herodes Antipas que, aunque fuera solamente tetrarca o gobernador de Galilea (cfr. Lc 3, 1), podía recibir también el título de rey (cfr. Mc 6, 14). Se trata por tanto de una persona de alto rango (v. 51), que residía en Cafarnaún, ciudad aduanera. Por esto supone San Jerónimo que debía ser un palatinus, un cortesano de palacio, como sugiere el término griego correspondiente.

 

Jean 4, 48

Jesús parece dirigirse no tanto al funcionario real como a la gente de Galilea que acudía a Él sólo para pedir milagros y ver prodigios. En otra ocasión el Señor reprochará a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún su incredulidad (Mt 11, 21-23), porque los milagros que hizo allí hubieran movido a penitencia a las ciudades fenicias de Tiro y Sidón, e incluso a la misma Sodoma. Los galileos en general estaban más dispuestos a ver manifestaciones extraordinarias que a escuchar su palabra. Más adelante, después del milagro de la multiplicación de los panes, buscarán al Señor para hacerle rey, pero no todos prestarán fe al anuncio de la Eucaristía (Ioh 6, 15.53.62). Jesús pide una fe recia y pura, que, aunque se apoye en milagros, no los exige. Sin embargo, Dios sigue en todos los tiempos haciendo milagros, que sirven para reafirmar la fe.

No soy ‘milagrero’. —Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe. —Pero me dan pena esos cristianos —incluso piadosos, ‘¡apostólicos!’— que se sonríen cuando oyen hablar de caminos extraordinarios, de sucesos sobrenaturales. —Siento deseos de decirles: sÍ, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe! (Camino, n. 583).

 

Jean 4, 49-50

A pesar de la actitud aparentemente fría de Jesús, el «noble» insiste manifestando su sufrimiento interior: «Señor, baja antes de que se muera mi hijo». Aunque imperfecta, su fe había sido suficiente para recorrer los 33 kilómetros que separan Cafarnaún de Caná; y, no obstante su elevada posición, se había acercado al Señor pidiendo ayuda. A Jesús le agrada la perseverancia y la humildad de este hombre. La petición hecha con fe alcanza su objetivo:

‘Si habueritis fidem, sicut granum sinapis!’ —¡Si tuvierais fe tan grande como un granito de mostaza!...

—¡Qué promesas encierra esa exclamación del Maestro! (Camino, n. 585).

Los Santos Padres comparan este milagro al del siervo del Centurión (Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10), resaltando la fe sorprendente que desde el primer momento manifiesta el oficial romano, en contraste con la imperfecta fe inicial del personaje de Cafarnaún. San Juan Crisóstomo comenta: «Allí (en el caso del Centurión romano), la fe era ya robusta, por eso Jesús prometió ir para que nosotros aprendamos la devoción de aquel hombre; aquí la fe era todavía imperfecta, y no sabía con claridad que Jesús podía curar estando lejos: así que el Señor, negándose a bajar, quiso con esto enseñar a tener fe» (Hom. sobre S. Juan, 35).

 

Jean 4, 53

El milagro de la curación es fuerza convincente que atrae a la fe a aquel hombre y con él a toda su familia. Todo buen padre de familia debe aprovechar los episodios domésticos para procurar que los suyos vengan a la fe. Así dice San Pablo; «Si alguno no cuida de los suyos y principalmente de su casa, ha negado la fe y es peor que un infiel» (1 Tim 5, 8). Cfr. Act 16, 14, donde se narra que Lidia se cuidó de que con ella se bautizara toda su familia; en Act 18, 8 se refiere la misma actitud de archisinagogo Crispo, y en Act 16, 33 la del guardián de la cárcel.

 

Jn 5

 

Jean 5, 1

No es posible determinar con certeza de qué fiesta se trata; probablemente se refiere a la Pascua, conocida incluso en el mundo grecorromano como la fiesta nacional del pueblo judío. Pero también podría referirse a otras fiestas, como la de Pentecostés. (Sobre esta cuestión véase Cronología de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, apartado 3, Duración del Ministerio Público, pp. 88-89).

 

Jean 5, 2

A esta piscina se le llama también «probática» por estar situada, en las afueras de Jerusalén, junto a la puerta Probática o de las Ovejas (cfr. Neh 3, 1-32; 12, 39), por la que entraba el ganado que se destinaba a los sacrificios del Templo. A finales del siglo XIX se encontraron vestigios de la piscina: excavada en roca, era de forma rectangular y estaba rodeada de cuatro galerías o porches, y un quinto porche dividía el estanque en dos mitades casi cuadradas.

 

Jean 5, 3-4

Los Santos Padres enseñan que esa piscina prefigura el Bautismo cristiano. Pero señalan que mientras en la piscina de Betzata se curaban las enfermedades del cuerpo, en el Bautismo se curan las del alma; allí era de vez en cuando y para un solo enfermo; en el Bautismo es siempre y para todos; en ambos casos se manifiesta el poder de Dios por medio del agua (cfr. Hom. sobre San Juan, 36, 1).

La edición Sixto-Clementina de la Vulgata recoge, como segunda parte del v. 3 y constituyendo todo el v. 4, el siguiente pasaje: 3b«exspectantium aquae motum. 4Angelus autem Domini descendebat secundum tempus in piscinam et movebatur aqua. Et qui prior descendisset in piscinam post motionem aquae sanus fiebat a quacumque detinebatur infirmitate» (3b«que aguardaban el movimiento del agua. 4Pues un ángel del Señor descendía de vez en cuando a la piscina y movía el agua. El primero que se metiera en la piscina después del movimiento del agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese»). La Neovulgata, en cambio, omite en su texto todo este pasaje, consignándolo sólo en nota a pie de página. Tal omisión se funda en que no viene en importantes códices y papiros griegos, ni en muchas versiones antiguas.

 

Jean 5, 14

Posiblemente el paralítico había acudido al Templo para dar gracias a Dios por su curación. Jesús le sale al encuentro y le recuerda que más importante que la salud del cuerpo es la salud del alma.

El Señor acude al santo temor de Dios como aliciente en la lucha contra el pecado: «No peques más para que no te ocurra algo peor». Este buen temor que nace del respeto a nuestro Padre Dios se compagina perfectamente con el amor. Lo mismo que los hijos aman y respetan a los padres, y procuran evitarles disgustos también por temor al castigo, de modo semejante nosotros hemos de luchar contra el pecado en primer lugar porque es una ofensa a Dios, pero también porque podemos ser castigados en esta vida y, sobre todo, en la otra.

 

Jean 5, 16-18

La Ley de Moisés señalaba el sábado como el día de descanso semanal. De esta forma los judíos pensaban imitar la manera de obrar de Dios en la Creación. Observa Santo Tomás de Aquino que Jesús rechaza la estrecha interpretación que daban los judíos: «Estos, queriendo imitar a Dios, no hacían nada en sábado, como si Dios en este día hubiera dejado de actuar en absoluto. Es verdad que en sábado descansó de la creación de nuevas criaturas, pero siempre y de forma continua actúa, conservándolas en el ser... Dios es causa de todas las cosas en el sentido de que también las hace subsistir; porque si en un momento dado se interrumpiera su poder, al instante dejarían de existir todas las cosas que la naturaleza contiene» (Comentario sobre S. Juan, in loc.).

«Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo»: Ya hemos dicho que Dios no deja de actuar después de la Creación. Como el Hijo actúa junto con el Padre, que con el Espíritu Santo son un solo Dios, por esta razón Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, puede decir que no deja de trabajar. Estas palabras de Jesús hacen referencia implícita a su naturaleza divina, y así lo entendieron los judíos, quienes, considerándolas una blasfemia, quisieron darle muerte. «Todos —comenta San Agustín— llamamos a Dios ‘Padre Nuestro que estás en los Cielos’ (Is 63, 16; 64, 8). No se enfurecían, por tanto, porque dijese que Dios era su Padre, sino porque le llamaba Padre de manera muy distinta de como le llaman los hombres. Mirad cómo los judíos ven; los arrianos en cambio no quieren ver. Estos dicen que el Hijo no es igual al Padre, y de aquí surge una herejía que aflige a la Iglesia. Ved cómo hasta los mismos ciegos y los mismos que mataron a Cristo entendieron el sentido de las palabras del Señor» (In loann. Evang., 17, 16). Nosotros llamamos a Dios Padre nuestro porque somos hijos adoptivos por la gracia; Jesucristo llama a Dios Padre suyo porque es el Hijo por naturaleza. Por eso dice después de resucitar: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre» (Ioh 20, 17), distinguiendo así con claridad esas dos maneras distintas de ser hijos de Dios.

 

Jean 5, 19

Jesús habla de la igualdad y al mismo tiempo de la distinción entre el Padre y el Hijo. Los dos son iguales: todo el poder del Hijo es el poder del Padre, las obras del Hijo son las obras del Padre. Al mismo tiempo son dos Personas distintas: por eso el Hijo hace lo que ha visto hacer al Padre.

No hay que entender estas palabras del Señor en el sentido de que el Hijo vea lo que el Padre hace y que después repita lo que ha visto, como un discípulo que imita al maestro; sino que con esta frase se indica la comunicación de poderes del Padre al Hijo por generación. Se emplea el verbo «ver» porque el hombre conoce a través de los sentidos, especialmente de la vista; decir que el Hijo ve lo que hace el Padre es un modo de hablar de los poderes que desde toda la eternidad recibe de Él (cfr. Comentario sobre S. Juan, in loc.).

 

Jean 5, 20-21

Cuando se dice que el Padre muestra al Hijo «todo lo que Él hace» se indica que Cristo puede hacer lo mismo que el Padre. Así, cuando Jesucristo realiza obras que son propias de Dios, está testificando con ellas su Divinidad (cfr. Ioh 5, 36).

«Obras mayores»: Puede referirse a los milagros que Jesús realizará en su vida y al poder de juzgar. Pero el milagro por excelencia de Jesús es su propia Resurrección, causa y primicia de la nuestra (cfr. 1 Cor 15, 20 ss.) y de la adquisición para nosotros de la vida sobrenatural. El poder vivificador de Cristo es total, lo mismo que el del Padre. Esta enseñanza se desarrolla a lo largo de los versículos siguientes hasta el 29.

 

Jean 5, 22-30

El poder de juzgar también ha sido dado por el Padre al Verbo Encarnado. El juicio será condenatorio para quien no crea en Cristo y en su palabra (cfr. 3, 18). Es necesario reconocer el señorío de Jesucristo, sabiendo que sólo al aceptar al Hijo hecho hombre honramos al Padre; el que no honra a Jesús, tampoco honra al Padre (v. 23). Por esta aceptación de Cristo, de su palabra, poseemos la vida eterna y somos librados de la condenación. Él, asumida ya de modo inseparable su Humanidad, es constituido juez. y su juicio es justo porque busca cumplir la Voluntad del Padre que le envió, y no hace nada por cuenta propia; es decir, su voluntad humana está perfectamente identificada con su voluntad divina: por eso puede afirmar Jesús que no hace su voluntad sino la Voluntad del que le envió.

 

Jean 5, 22

Dios, por ser el Creador del mundo, es el Juez supremo de todas las criaturas. Sólo Él puede saber con toda profundidad si estas criaturas cumplen con el fin que Él les ha marcado. Jesucristo, Verbo Encarnado, recibe los poderes divinos (cfr. Mt 11, 27; 28, 18; Dan 7, 14), entre ellos el de juzgar a los hombres. Ahora bien, la Voluntad de Dios es que éstos se salven: Cristo no vino para un juicio de condenación, sino de salvación (cfr. Ioh 12, 47). Únicamente el que no acepte esta misión divina del Hijo se coloca a sí mismo fuera del ámbito de la salvación. Como enseña el Magisterio: «Que la potestad judicial le haya sido dada por su Padre, el mismo Jesucristo lo proclama ante los judíos que le echan en cara el haber violado el descanso del sábado al curar al paralítico (...). Esta potestad supone el derecho a imponer premios y castigos a los hombres, aun en esta vida» (Quas primas, Dz-Sch 3677). Jesucristo, por tanto, es Juez de vivos y muertos, y retribuirá a cada uno según sus obras (cfr. 1 Pet 1, 17).

«Cierto que de todas nuestras culpas hemos de rendir estrecha cuenta al eterno Juez; pero y ¿quién será este nuestro Juez? El Padre (...) todo juicio lo ha dado al Hijo. Consolémonos, pues, ya que el Eterno Padre ha puesto nuestra causa en manos de nuestro mismo Redentor. San Pablo nos anima con estas palabras: ¿Quién será el que condene? Cristo, Jesús, el que murió (...) es quien (...) intercede por nosotros (Rom 8, 34). ¿Quién es el juez que nos ha de condenar? El mismo Salvador que, para no condenarnos a muerte eterna, quiso condenarse a sí mismo y, en consecuencia, murió y, no contento con ello, ahora en el Cielo prosigue cerca del Padre siendo mediador de nuestra salvación» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 3).

 

Jean 5, 24

Escuchar la palabra de Cristo y creer en el que le ha enviado, es decir en el Padre, son dos expresiones íntimamente relacionadas. Lo que dice Jesucristo es revelación divina; por eso, aceptar las palabras de Jesús equivale a creer en Dios Padre: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquél que me ha enviado (...). Porque yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, Él me ha ordenado lo que he de decir y hablar» (Ioh 12, 44.49).

El que tiene fe está en camino de vida eterna, porque participa, ya en esta vida terrena, de la vida divina que es eterna; pero no la ha conseguido definitivamente —porque puede perderla—, ni en plenitud: «Queridos, ahora somos hijos de Dios pero aún no se ha manifestado lo que seremos (...), cuando se manifieste seremos semejantes a Él» (1 Ioh 3, 2). Para el que se mantiene firme en la fe, y vive conforme a sus exigencias, el juicio divino no será condenatorio sino salvador.

Vale la pena, por tanto, esforzarse, apoyados en la gracia, por llevar una existencia coherente con la fe: «Si se procura con tanto empeño, con tanto trabajo y con tanto esfuerzo vivir aquí un poco más, ¿cuánto debe hacerse por vivir eternamente?» (De verb. Dom. serm; 64).

 

Jean 5, 25-30

Con estos vv. se cierra la primera parte del discurso del Señor, que abarca de 5, 19 a 5, 47, y cuyo núcleo esencial es la revelación acerca de su relación con el Padre. Para entender las afirmaciones que aquí hace el Señor hay que tener presente que Él, por ser una única Persona (divina), un sólo sujeto de operaciones, un único Yo, expresa en palabras humanas no sólo los sentimientos que tiene como hombre, sino también la realidad más profunda de su ser: es el Hijo de Dios, tanto en su eterna generación por el Padre, como en su generación en el tiempo al asumir la naturaleza humana. De aquí que Jesucristo tenga una conciencia tan viva y profunda —inimaginable para nosotros— de su Filiación, que le lleva a tratar al Padre con una intimidad singularísima, con amor y, a la vez, con respeto; es consciente al mismo tiempo de su igualdad con el Padre; por eso, cuando habla de que el Padre le ha dado la vida (v. 26), o le ha dado el poder (v. 27), no es que ha recibido una parte, sino la totalidad de la misma vida —«en sí mismo»— o del mismo poder, sin que el Padre los pierda.

«Ves cómo muestra la igualdad y cómo la única diferencia consiste en que uno es el Padre y otro el Hijo. Porque la expresión ‘ha dado’ introduce esta sola diferencia y demuestra que todo lo demás es igual. De ahí se sigue que Él (Cristo) hace todas las cosas con la misma potestad y con el mismo poder que el Padre y que no toma su fuerza sino de Él. Porque tiene la misma vida que el Padre» (Hom. sobre S. Juan, 39, 3).

Nos maravilla en estos pasajes del Evangelio cómo en la estrechez del lenguaje humano Jesucristo ha expresado los sentimientos de su único Yo: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha asumido en el tiempo (y a partir de ese momento para siempre) la naturaleza humana. Es un misterio que el cristiano debe contemplar, aunque no lo pueda comprender; sólo puede sentirse inundado por una luz tan potente que supera su capacidad de entendimiento, pero llena su alma de fe y de deseos de adoración.

 

Jean 5, 31-40

A Jesús, por ser el Hijo de Dios, le bastaba su propia autoridad para dar validez a sus palabras (cfr. 8, 18); pero, como otras veces, se acomoda a los usos de los hombres y condesciende con la forma de pensar de sus oyentes. Así, anticipándose a la posible objeción de los judíos de que el testimonio de una persona en su propia causa no es suficiente (cfr. Dt 19, 15), explica que sus palabras quedan avaladas por cuatro testimonios: el de San Juan Bautista, el de los milagros, el del Padre, y el de las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento.

Juan Bautista había dado testimonio de que Jesús era el Hijo de Dios (1, 34). Aunque Jesús no tenía necesidad de recurrir al testimonio de un hombre, ni siquiera al de un gran profeta, aquel testimonio fue dado en atención a los judíos, para que reconociesen al Mesías. Jesús puede mostrarles además un testimonio mejor que el del Bautista: los milagros que realiza, y que son, para quien quiera reconocerlos con mirada limpia, señales inequívocas de su poder divino, de que procede del Padre; los milagros de Jesús son, pues, testimonios del Padre acerca de su Hijo, que ha enviado al mundo. En otras ocasiones el Padre manifiesta la divinidad de Jesús: en el Bautismo (cfr. 1, 31-34), en la Transfiguración (cfr. Mt 17, 1-8) y, más tarde, ante toda la multitud (cfr. Ioh 12, 28-30).

Jesús apela también a otro testimonio divino: el que se encuentra en las Sagradas Escrituras. Éstas hablan de Él, pero los judíos no son capaces de penetrar su verdadero sentido, porque las leen sin dejarse iluminar por Aquél a quien Dios ha enviado y en quien se cumplen todas las profecías. «El fin principal de la economía antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal, y de su reino mesiánico, anunciarla proféticamente (cfr. Lc 24, 44; Ioh 5, 39; 1 Pet 1, 10), representarla con diversas imágenes (cfr. 1 Cor 10, 11) (...). Por eso los cristianos deben recibir estos libros (Antiguo Testamento) con devoción, porque expresan un vivo sentido de Dios, contienen enseñanzas sublimes sobre Dios y una sabiduría salvadora acerca del hombre, encierran tesoros de oración y esconden el misterio de nuestra salvación» (Dei Verbum, n. 15).

 

Jean 5, 41-47

Jesús echa en cara a sus oyentes tres impedimentos que tienen para reconocerle como el Mesías e Hijo de Dios: la falta de amor a Dios, la búsqueda de gloria humana y la interpretación interesada de los textos sagrados. La defensa que ha hecho Jesús de su propia actuación y de las relaciones con el Padre podría hacer pensar a sus adversarios que pretendía gloria humana. Pero los testimonios aducidos por Jesús (el Bautista, los milagros, el Padre y las Escrituras) ponen en evidencia que no es Él quien busca su gloria, y que los judíos le persiguen no por amor a Dios ni por defensa del honor divino, sino por motivos que no son rectos, o por una visión meramente humana.

El Antiguo Testamento, en efecto, lleva al reconocimiento de Jesucristo (cfr. Ioh 1, 45; 2, 17.22; 5, 39.46; 12, 16.41); sin embargo, los judíos permanecen en la incredulidad por sus disposiciones interiores, pues reducen las promesas mesiánicas de los libros sagrados a una esperanza nacionalista. Tales concepciones, nada sobrenaturales, les cierran el alma a las palabras y a las acciones de Jesús, y les impiden ver que en Él se están cumpliendo las antiguas profecías (cfr. 2 Cor 3, 14-16).

 

Jn 6

 

Jean 6, 1

Se refiere al segundo lago formado por el Jordán. En los Evangelios suele denominarse unas veces «Lago de Genesaret» (Lc 5, 1), por la localidad del mismo nombre situada en la orilla Noroeste del lago; otras, «Mar de Galilea» (Mt 4, 18; 15, 29; Mc 1, 16; 7, 31), por el nombre de la región en que se encuentra. San Juan lo llama también «Mar de Tiberíades» (cfr. 21, 1), debido a la ciudad de ese nombre fundada por Herodes Antipas en honor del emperador Tiberio. En tiempo de Jesucristo había alrededor de este lago varias ciudades: Tiberíades, Magdala, Cafarnaún, Betsaida, etc.; su ribera fue con frecuencia escenario de la predicación del Señor.

 

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