La Anunciación es el momento en que Nuestra Señora conoce con claridad la vocación a que Dios le había destinado desde siempre. Cuando el Arcángel la tranquiliza y le dice «no temas, María», le está ayudando a superar ese temor inicial que, de ordinario, se presenta en toda vocación divina. El hecho de que le haya ocurrido a la Santísima Virgen nos indica que no hay en ello ni siquiera imperfección: es una reacción natural ante la grandeza de lo sobrenatural. Imperfección sería no superarlo, o no dejarnos aconsejar por quienes, como San Gabriel a Nuestra Señora, pueden ayudarnos.
Luc 1, 31-33
El arcángel Gabriel comunica a la Santísima Virgen su maternidad divina, recordando las palabras de Isaías que anunciaban el nacimiento virginal del Mesías y que ahora se cumplen en Santa María (cfr. Mt 1, 22-23; Is 7, 14).
Se revela que el Niño será «grande»: la grandeza le viene por su naturaleza divina, porque es Dios, y tras la Encarnación no deja de serlo, sino que asume la pequeñez de la humanidad. Se revela también que Jesús será el Rey de la dinastía de David, enviado por Dios según las promesas de Salvación; que su Reino «no tendrá fin»: porque su humanidad permanecerá para siempre indisolublemente unida a su divinidad; que «será llamado Hijo del Altísimo»; indica ser realmente Hijo del Altísimo y ser reconocido públicamente como tal, es decir, el Niño será el Hijo de Dios.
En el anuncio del Arcángel se evocan, pues, las antiguas profecías que anunciaban estas prerrogativas. María, que conocía las Escrituras Santas, entendió claramente que iba a ser Madre de Dios.
Luc 1, 34-38
El Papa Juan Pablo II, comentaba así este pasaje: «Virgo fidelis, Virgen fiel. ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son las dimensiones de esa fidelidad? La primera dimensión se llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando con amor se puso a buscar el sentido profundo del designio de Dios en Ella y para el mundo. ‘Quomodo fiet? ¿Cómo sucederá esto?’, preguntaba Ella al ángel de la Anunciación (...). No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda (...).
»La segunda dimensión de la fidelidad se llama acogida, aceptación. El quomodo fiet se transforma, en los labios de María, en un fiat. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo (...).
»Coherencia es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree; ésta es la coherencia (...).
»Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente; la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El fiat de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat silencioso que repite al pie de la cruz» (Homilía Catedral México).
Luc 1, 34
La fe de María en las palabras del Arcángel fue absoluta; no duda como dudó Zacarías (cfr. 1, 18). La pregunta de la Virgen «de qué modo se hará esto» expresa su prontitud para cumplir la Voluntad divina ante una situación que parece a primera vista contradictoria: por un lado Ella tenía certeza de que Dios le pedía conservar la virginidad; por otro lado, también de parte de Dios, se le anunciaba que iba a ser madre. Las palabras inmediatas del arcángel declaran el misterio del designio divino y lo que parecía imposible, según las leyes de la naturaleza, se explica por una singularísima intervención de Dios.
El propósito de María de permanecer virgen fue ciertamente algo singular, que rompía el modo ordinario de proceder de los justos del Antiguo Testamento, en el cual, como expone San Agustín, «atendiendo de modo particularísimo a la propagación y crecimiento del pueblo de Dios, que era el que había de profetizar y de donde había de nacer el Príncipe y Salvador del mundo, los santos hubieron de usar del bien del matrimonio» (De bono matrimonii, 9, 9). Hubo, sin embargo, en el Antiguo Testamento algunos hombres que por designio de Dios permanecieron célibes, como Jeremías, Elías, Eliseo y Juan Bautista. La Virgen Santísima, inspirada de modo muy particular por el Espíritu Santo para vivir plenamente la virginidad, es ya una primicia del Nuevo Testamento, en el que la excelencia de la virginidad sobre el matrimonio cobrará todo su valor, sin menguar la santidad de la unión conyugal, que es elevada a la dignidad de sacramento (cfr. Gaudium et spes, n. 48).
Luc 1, 35
La «sombra» es un símbolo de la presencia de Dios. Cuando Israel caminaba por el desierto, la gloria de Dios llenaba el Tabernáculo y una nube cubría el Arca de la Alianza (Ex 40, 34-36). De modo semejante cuando Dios entregó a Moisés las tablas de la Ley, una nube cubría la montaña del Sinaí (Ex 24, 15-16), y también en la Transfiguración de Jesús se oye la voz de Dios Padre en medio de una nube (Lc 9, 35).
En el momento de la Encarnación el poder de Dios arropa con su sombra a Nuestra Señora. Es la expresión de la acción omnipotente de Dios. El Espíritu de Dios —que, según el relato del Génesis (1, 2), se cernía sobre las aguas dando vida a las cosas— desciende ahora sobre María. Y el fruto de su vientre será obra del Espíritu Santo. La Virgen María, que fue concebida sin mancha de pecado (cfr. Ineffabilis Deus), queda después de la Encarnación constituida en nuevo Tabernáculo de Dios. Éste es el Misterio que recordamos todos los días en el rezo del Ángelus.
Luc 1, 38
Una vez conocido el designio divino, Nuestra Señora se entrega a la Voluntad de Dios con obediencia pronta y sin reservas. Se da cuenta de la desproporción entre lo que va a ser —Madre de Dios— y lo que es —una mujer—. Sin embargo, Dios lo quiere y nada es imposible para Él, y por esto nadie es quien para poner dificultades al designio divino. De ahí que, juntándose en María la humildad y la obediencia, pronunciará el sí a la llamada de Dios con esa respuesta perfecta: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
Al encanto de estas palabras virginales el Verbo se hizo carne (Santo Rosario, primer misterio gozoso). De las purísimas entrañas de la Virgen, Dios formó un cuerpo, creó de la nada un alma, y a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios; de esta suerte el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre. María es ya Madre de Dios. Esta verdad es un dogma de nuestra santa fe definido en el Concilio de Éfeso (año 431). En ese mismo instante comienza a ser también Madre espiritual de todos los hombres. Lo que un día oirá de labios de su Hijo moribundo, «he ahí a tu hijo (...), he ahí a tu madre» (Ioh 19, 26-27), no será sino la proclamación de lo que silenciosamente había ocurrido en Nazaret. Así, «con su fiat generoso se convirtió, por obra del Espíritu, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los vivientes, y se convirtió también, al acoger en su seno al único Mediador, en verdadera Arca de la Alianza y verdadero Templo de Dios» (Marialis cultus, n. 6).
El Evangelio nos hace contemplar a la Virgen Santísima como ejemplo perfecto de pureza («no conozco varón»); de humildad («he aquí la esclava del Señor»); de candor y sencillez («de qué modo se hará esto»); de obediencia y de fe viva («hágase en mí según tu palabra»). Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la Voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc I, 38). ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios (cfr. Rom VIII, 21) (Es Cristo que pasa, n. 173).
Luc 1, 39-56
Contemplamos este episodio de la visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel en el segundo misterio gozoso del santo Rosario; (...) Acompaña con gozo a José y a Santa María... y escucharás tradiciones de la Casa de David: (...) Caminamos apresuradamente hacia las montañas, hasta un pueblo de la tribu de Judá (Lc I, 39).
Llegamos. —Es la casa donde va a nacer Juan, el Bautista. —Isabel aclama, agradecida, a la Madre de su Redentor: ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! —¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? (Lc I, 42-43).
El Bautista nonnato se estremece... (Lc I, 41). —La humildad de María se vierte en el Magnificat... —Y tú y yo, que somos —que éramos— unos soberbios, prometemos que seremos humildes (Santo Rosario, segundo misterio gozoso).
Luc 1, 39
Nuestra Señora al conocer por la revelación del ángel la necesidad en que se hallaba su prima Santa Isabel, próxima ya al parto, se apresura a prestarle ayuda, movida por la caridad. La Virgen no repara en dificultades. Aunque no sabemos el lugar exacto donde se hallaba Isabel (hoy se supone que es Ayn Karim), en todo caso el trayecto desde Nazaret hasta la montaña de Judea suponía en la antigüedad un viaje de cuatro días.
Este hecho de la vida de la Virgen tiene una clara enseñanza para los cristianos: hemos de aprender de Ella la solicitud por los demás. No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales (Es Cristo que pasa, n. 145).
Luc 1, 42
Comenta San Beda que Isabel bendice a María con las mismas palabras usadas por el Arcángel «para que se vea que debe ser honrada por los ángeles y por los hombres y que con razón se ha de anteponer a todas las mujeres» (In Lucae Evangelium expositio, in loc.).
En el rezo del Avemaría repetimos estas salutaciones divinas con las cuales «nos alegramos con María Santísima de su excelsa dignidad de Madre de Dios y bendecimos al Señor y le damos gracias por habernos dado a Jesucristo por medio de María» (Catecismo Mayor, n. 333).
Luc 1, 43
Al llamar Isabel, movida por el Espíritu Santo, a María «madre de mi Señor», manifiesta que la Virgen es Madre de Dios.
Luc 1, 44
San Juan Bautista, aunque fue concebido en pecado —el pecado original— como los demás hombres, sin embargo, nació sin él porque fue santificado en las entrañas de su madre Santa Isabel ante la presencia de Jesucristo (entonces en el seno de María) y de la Santísima Virgen. Al recibir este beneficio divino San Juan manifiesta su alegría saltando de gozo en el seno materno. Estos hechos fueron el cumplimiento de la profecía del arcángel San Gabriel (cfr. Lc 1, 15).
San Juan Crisóstomo se admiraba en la contemplación de esta escena del Evangelio: «Ved qué nuevo y admirable es este misterio. Aún no ha salido del seno y ya habla mediante saltos; aún no se le permite clamar y ya se le escucha por los hechos (...); aún no ve la luz y ya indica cuál es el Sol; aún no ha nacido y ya se apresura a hacer de Precursor. Estando presente el Señor no puede contenerse ni soporta esperar los plazos de la naturaleza, sino que trata de romper la cárcel del seno materno y se cuida de dar testimonio de que el Salvador está a punto de llegar» (Sermo apud Metaphr., mense Julio).
Luc 1, 45
Adelantándose al coro de todas las generaciones venideras, Isabel, movida por el Espíritu Santo, proclama bienaventurada a la Madre del Señor y alaba su fe. No ha habido fe como la de María; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno. Con su fe, María es el instrumento escogido por el Señor para llevar a cabo la Redención como Mediadora universal de todas las gracias. En efecto, la Santísima Virgen está asociada a la obra redentora de su Hijo: «Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la Salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En primer lugar, cuando María, poniéndose con presteza en camino para visitar a Isabel, fue proclamada por ésta bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, a la vez que el Precursor saltó de gozo en el seno de su madre (...). Avanzó la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual no sin designio divino se mantuvo en pie (cfr. Ioh 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su Sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado» (Lumen gentium, nn. 57-58).
El nuevo texto latino recoge de modo literal el original griego al decir «quae credidit», en lugar de «quae credidisti», como hacía la Vulgata, que en este caso es más fiel al sentido que a la letra. Así traducen la mayoría de los autores y así hemos traducido nosotros: «Bienaventurada tú que has creído».
Luc 1, 46-55
El cántico Magnificat que Nuestra Señora pronuncia en casa de Zacarías es de una singular belleza poética. Evoca algunos pasajes del Antiguo Testamento que la Virgen había meditado (recuerda especialmente 1 Sam 2, 1-10).
En este cántico pueden distinguirse tres estrofas: en la primera (vv. 46-50) María glorifica a Dios por haberla hecho Madre del Salvador, hace ver el motivo por el cual la llamarán bienaventurada todas las generaciones y muestra cómo en el misterio de la Encarnación se manifiestan el poder, la santidad y la misericordia de Dios. En la segunda (vv. 51-53) la Virgen nos enseña cómo en todo tiempo el Señor ha tenido predilección por los humildes, resistiendo a los soberbios y jactanciosos. En la tercera (vv. 54-55) proclama que Dios, según su promesa, ha tenido siempre especial cuidado del pueblo escogido, al que le va a dar el mayor título de gloria: la Encarnación de Jesucristo, judío según la carne (cfr. Rom 1, 3).
Nuestra oración puede acompañar e imitar esa oración de María. Como Ella, sentiremos el deseo de cantar, de proclamar las maravillas de Dios, para que la humanidad entera y los seres todos participen de la felicidad nuestra (Es Cristo que pasa, n. 144).
Luc 1, 46-47
«Los primeros frutos del Espíritu Santo son la paz y la alegría. Y la Santísima Virgen había reunido en sí toda la gracia del Espíritu Santo...» (In Psalmos homiliae, in Ps 32). Los sentimientos del alma de María se desbordan en el Magnificat. El alma humilde ante los favores de Dios se siente movida al gozo y al agradecimiento. En la Santísima Virgen el beneficio divino sobrepasa toda gracia concedida a criatura alguna. «Virgen Madre de Dios, el que no cabe en los Cielos, hecho hombre, se encerró en tu seno» (Antífona de la Misa del Común de fiestas de Santa María). La Virgen humilde de Nazaret va a ser la Madre de Dios; jamás la omnipotencia del Creador se ha manifestado de un modo tan pleno. Y el Corazón de Nuestra Señora manifiesta incontenible su gratitud y su alegría.
Luc 1, 48-49
Ante esta manifestación de humildad de Nuestra Señora, exclama San Beda: «Convenía pues, que así como había entrado la muerte en el mundo por la soberbia de nuestros primeros padres, se manifestase la entrada de la Vida por la humildad de María» (In Lucae Evangelium expositio, in loc.).
¡Qué grande es el valor de la humildad! —‘Quia respexit humilitatem...’ Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías:
Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones (Camino, n. 598).
Dios premia la humildad de la Virgen con el reconocimiento por parte de todos los hombres de su grandeza: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones». Esto se cumple cada vez que alguien pronuncia las palabras del Ave-maría. Este clamor de alabanza a Nuestra Madre es ininterrumpido en toda la tierra. El Concilio Vaticano II recuerda estas palabras de la Virgen al hablarnos del culto a Nuestra Señora: «Desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de ‘Madre de Dios’, a cuyo amparo acuden los fieles, en todos sus peligros y necesidades, con sus oraciones. Y sobre todo a partir del Concilio de Éfeso, el culto del pueblo de Dios hacia María creció maravillosamente en veneración y amor, en invocaciones y deseo de imitación, en conformidad de sus mismas palabras proféticas: ‘Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso’» (Lumen gentium, n. 66).
Luc 1, 50
«Cuya misericordia se derrama de generación en generación». Estas palabras, «ya desde el momento de la encarnación, abren una nueva perspectiva en la historia de la salvación. Después de la resurrección de Cristo, esta perspectiva se hace nueva en el aspecto histórico y, a la vez, lo es en sentido escatológico. Desde entonces se van sucediendo siempre nuevas generaciones de hombres dentro de la inmensa familia humana, en dimensiones crecientes; se van sucediendo, además, nuevas generaciones del Pueblo de Dios, marcadas por el estigma de la cruz y de la resurrección, ‘selladas’, a su vez, con el signo del misterio pascual de Cristo, revelación absoluta de la misericordia proclamada por María en el umbral de la casa de su pariente: ‘su misericordia de generación en generación’ (...).
»María es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuan alto es. En este sentido, la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que por todas las generaciones nos hacemos partícipes según el eterno designio de la Santísima Trinidad» (Dives in misericordia, n. 9).
Luc 1, 51
«Soberbios de corazón»: Son los que quieren aparecer como superiores a los demás, a quienes desprecian. Y también alude a la condición de aquellos que en su arrogancia proyectan planes de ordenación de la sociedad y del mundo a espaldas o en contra de la Ley de Dios. Aunque pueda parecer que de momento tienen éxito, al final se cumplen estas palabras del cántico de la Virgen, pues Dios los dispersará como ya hizo con los que intentaron edificar la torre de Babel, que pretendían llegase hasta el Cielo (cfr. Gen 11, 4).
Cuando el orgullo se adueña del alma, no es extraño que detrás, como en una reata, vengan todos los vicios: la avaricia, las intemperancias, la envidia, la injusticia. El soberbio intenta inútilmente quitar de su solio a Dios, que es misericordioso con todas las criaturas, para acomodarse él, que actúa con entrañas de crueldad.
Hemos de pedir al Señor que no nos deje caer en esta tentación. La soberbia es el peor de los pecados y el más ridículo (...). La soberbia es desagradable, también humanamente: el que se considera superior a todos y a todo, está continuamente contemplándose a sí mismo y despreciando a los demás, que le corresponden burlándose de su vana fatuidad (Amigos de Dios, n. 100).
Luc 1, 53
Esta Providencia divina se ha manifestado multitud de veces a lo largo de la Historia. Así, Dios alimentó con el maná al pueblo de Israel en su peregrinación por el desierto durante cuarenta años (Ex 16, 4-35); igualmente a Elías por medio de un ángel (1 Reg 19, 5-8); a Daniel en el foso de los leones (Dan 14, 31-40); a la viuda de Sarepta con el aceite que milagrosamente no se agotaba (1 Reg 17, 8 ss.). Así también colmó las ansias de santidad de la Virgen con la Encarnación del Verbo.
Dios había alimentado con su Ley y la predicación de sus Profetas al pueblo elegido, pero el resto de la humanidad sentía la necesidad de la palabra de Dios. Ahora, con la Encarnación del Verbo, Dios satisface la indigencia de la humanidad entera. Serán los humildes quienes acogerán este ofrecimiento de Dios; los autosuficientes, al no desear los bienes divinos, quedarán privados de ellos (cfr. In Psalmos homiliae, in Ps 33).
Luc 1, 54
Dios condujo al pueblo israelita como a un niño, como a su hijo a quien amaba tiernamente: «Yahwéh, tu Dios, te ha llevado por todo el camino que habéis recorrido, como lleva un hombre a su hijo...» (Dt 1, 31). Esto lo hizo Dios muchas veces, valiéndose de Moisés, de Josué, de Samuel, de David, etc., y ahora conduce a su pueblo de manera definitiva enviando al Mesías. El origen último de este proceder divino es la gran misericordia de Dios que se compadeció de la miseria de Israel y de todo el género humano.
Luc 1, 55
La misericordia de Dios fue prometida de antiguo a los Patriarcas. Así, a Adán (Gen 3, 15), a Abrahán (Gen 22, 18), a David (2 Sam 7, 12), etc. La Encarnación de Cristo había sido preparada y decretada por Dios desde la eternidad para la salvación de la humanidad entera. Tal es el amor que Dios tiene a los hombres; el mismo Hijo de Dios Encarnado lo declarará: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna» (Ioh 3, 16).
Luc 1, 59
En el Antiguo Testamento la circuncisión era un rito instituido por Dios para señalar como con una marca y contraseña a los que pertenecían al pueblo elegido. Dios mandó la circuncisión a Abrahán como señal de la Alianza que establecía con él y con toda su descendencia (cfr. Gen 17, 10-14), y prescribió que se realizase al octavo día del nacimiento. El rito se realizaba en la casa paterna o en la sinagoga, y además de la operación sobre el cuerpo del niño, incluía bendiciones y la imposición del nombre.
Con la institución del Bautismo cristiano cesó el mandamiento de la circuncisión. Los Apóstoles, en el Concilio de Jerusalén (cfr. Act 15, 1 ss.), declararon definitivamente abolida la necesidad del antiguo rito para los que se incorporaron a la Iglesia.
Es bien elocuente la enseñanza de San Pablo (Gal 5, 2 ss.; 6, 12 ss.; Col 2, 11 ss.) acerca de la inutilidad de la circuncisión después de la Nueva Alianza establecida por Cristo.
Luc 1, 60-63
Con la imposición del nombre de Juan se cumplió lo que había mandado Dios a Zacarías por medio del ángel y que nos ha relatado San Lucas poco antes (1, 13).
Luc 1, 64
En este hecho milagroso se cumplió exactamente lo que había profetizado el ángel Gabriel a Zacarías cuando el anuncio de la concepción y nacimiento del Bautista (Lc 1, 19-20). Observa San Ambrosio: «Con razón se soltó en seguida su lengua, porque la fe desató lo que había atado la incredulidad» (Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.).
Es un caso semejante al del apóstol Santo Tomás, que se había resistido a creer en la Resurrección del Señor, y creyó después de las pruebas evidentes que le dio Jesús resucitado (cfr. Ioh 20, 24-29). Con estos dos hombres Dios hace el milagro y vence su incredulidad; pero ordinariamente Dios nos exige fe y obediencia sin realizar nuevos milagros. Por eso reprendió y castigó a Zacarías, y reprochó al apóstol Tomás: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído» (Ioh 20, 29).
Luc 1, 67
Zacarías, que era un hombre justo (cfr. v. 6), en el nacimiento de su hijo Juan recibió además la gracia especial de la profecía. En virtud de ésta pronuncia el cántico llamado Benedictus, tan lleno de fe, reverencia y devoción que la Iglesia ha establecido que se rece diariamente en la Liturgia de las Horas.
Profetizar significa no sólo predecir cosas futuras, sino también alabar a Dios movido por el Espíritu Santo. Ambos aspectos se encuentran en el cántico del Benedictus.
Luc 1, 68-79
El Benedictus puede dividirse en dos partes: en la primera (vv. 68-75) da gracias a Dios porque ha enviado al Mesías Salvador, según había prometido a los Patriarcas y Profetas de Israel desde tiempos antiguos.
En la segunda parte (vv. 76-79) profetiza la misión de su hijo como heraldo del Altísimo y precursor del Mesías, manifestando la misericordia de Dios que se revela en la venida de Cristo.
Luc 1, 72-75
Dios había prometido repetidas veces a los Patriarcas del Antiguo Testamento su especial protección divina, la posesión de una tierra para siempre y una numerosa descendencia en la que serían bendecidos todos los pueblos. Esa promesa fue ratificada por medio de la institución del pacto o alianza, acostumbrada por aquellos siglos en el próximo Oriente entre reyes y vasallos: Dios, como señor, protegerá a los Patriarcas y a sus descendientes, y éstos mostrarán su acatamiento a Dios ofreciéndole ciertos sacrificios y sirviéndole. Cfr. entre otros pasajes: Gen 12, 1-3; 17, 1-8; 22, 16-18 (promesa, alianza y juramento de Dios a Abrahán); Gen 35, 11-12 (reiteración de esas promesas a Jacob). Ahora, Zacarías ve que esas promesas divinas van a tener completo cumplimiento tras los acontecimientos que seguirán al nacimiento de su hijo Juan, el Precursor del Mesías.