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Marc 16, 16

Como consecuencia de la proclamación de la Buena Nueva se enseña en este versículo que la fe y el Bautismo son requisitos indispensables para alcanzar la salvación. La conversión a la fe de Jesucristo ha de llevar directamente al Bautismo, que nos «confiere la primera gracia santificante, por la que se perdona el pecado original y también los actuales, si los hay; remite toda la pena por ellos debida; imprime el carácter de cristianos; nos hace hijos de Dios, miembros de la Iglesia y herederos de la gloria, y nos habilita para recibir los demás sacramentos» (Catecismo Mayor, n. 553).

El Bautismo es absolutamente necesario para salvarse, como se desprende de estas palabras del Señor. Pero la imposibilidad física del rito bautismal puede suplirse o bien con el martirio, que es llamado bautismo de sangre, o bien con un acto perfecto de amor de Dios o de contrición, unidos al deseo, al menos implícito, de ser bautizado; a esto se llama bautismo de deseo (cfr. Ibid., nn. 567-568).

Respecto del Bautismo de los niños, ya San Agustín enseñaba que «de ningún modo puede rechazarse ni considerarse como innecesaria la costumbre de la Santa Madre Iglesia de bautizar a los niños; antes al contrario, hay que admitirla forzosamente por ser tradición apostólica» (De Gen. ad litt., 10, 23, 39). El nuevo Código de Derecho Canónico señala la necesidad de que los niños sean bautizados: «Los padres tienen el deber de procurar que los niños reciban el Bautismo en las primeras semanas; acudan cuanto antes al párroco, al nacer, o incluso antes, a pedir el Bautismo del hijo y la debida preparación de ellos» (can. 867).

Otra consecuencia ligada íntimamente a la anterior es la necesidad de la Iglesia, como declara el Concilio Vaticano II: «Cristo es el único Mediador y camino de salvación, que se nos hace presente en su Cuerpo, que es la Iglesia. Y Él mismo, inculcando expresamente la necesidad de la fe y del bautismo (cfr. Ioh 3, 5), al mismo tiempo confirmaba la necesidad de la Iglesia, a la cual los hombres entran por el bautismo como por la puerta. Por lo cual no pueden salvarse aquellos que, no ignorando que Dios por medio de Jesucristo fundó la Iglesia como necesaria, a pesar de todo no quieren entrar en ella o no perseveran en la misma» (Lumen gentium, 14; cfr. Presbyterorum ordinis, n. 4; Ad gentes, nn. 1.3; Dignitatis humanae, n. 11).

 

Marc 16, 17-18

En los primeros tiempos de la expansión de la Iglesia, estos hechos milagrosos que anuncia Jesús se cumplieron de modo frecuente y visible. Los testimonios históricos de estos sucesos son abundantísimos en el Nuevo Testamento (cfr. p. ej. Act 3, 1-11; 28, 3-6) y en otros escritos cristianos antiguos. Era muy conveniente que así sucediera para mostrar al mundo de una manera palpable la verdad del cristianismo. Más tarde, se han seguido realizando milagros de este tipo, pero en menor número, como casos más bien excepcionales. También es conveniente que así sea porque, de un lado, la verdad del Cristianismo está ya suficientemente atestiguada; y de otro, para dar lugar al mérito de la fe. «Los milagros —comenta San Jerónimo— fueron precisos al principio para confirmar con ellos la fe. Pero, una vez que la fe de la Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios» (Comm. in Marcum, in loc.). De todos modos, Dios sigue obrando milagros a través de los santos de todos los tiempos, también de los actuales.

 

Marc 16, 19

La Ascensión del Señor a los Cielos y el estar sentado a la derecha del Padre constituyen el sexto artículo de la Fe que recitamos en el Credo. Jesucristo subió al Cielo en cuerpo y alma para tomar posesión del Reino alcanzado con su muerte, para prepararnos nuestro puesto en la gloria (cfr. Apc 3, 21), y para enviar al Espíritu Santo a su Iglesia (cfr. Catecismo Mayor, n. 123).

La afirmación de que «está sentado a la derecha de Dios» significa que Jesucristo, también en su Humanidad, ha tomado eterna posesión de la gloria y que, siendo igual al Padre en cuanto Dios, ocupa junto a Él el puesto de honor sobre todas las criaturas en cuanto hombre (cfr. Catecismo Romano, I, 7, 2-3). Ya en el Antiguo Testamento se habla de que el Mesías estará sentado a la diestra del Todopoderoso, expresando así la suprema dignidad del Ungido de Yahwéh (cfr. Ps 110, 1). El NT recoge aquí esta verdad, y también en otros muchos lugares (cfr. Eph 1, 20-22; Heb 1, 13).

Según amplía el Catecismo Romano, Jesús subió a los Cielos por su propia virtud y no por poder extraño a Él. Tampoco ascendió a los Cielos sólo como Dios, sino también como hombre.

 

Marc 16, 20

El Evangelista, movido por el Espíritu Santo, da testimonio de que las palabras de Cristo ya se habían comenzado a cumplir en el tiempo en que escribía su Evangelio. Los Apóstoles, en efecto, supieron realizar con fidelidad la misión que el Señor les había confiado. Comenzaron a predicar por todo el mundo entonces conocido la Buena Nueva de la Salvación. A la palabra de los Apóstoles acompañaban los signos y prodigios que el Señor les había prometido, dando así autoridad a su testimonio y a su doctrina. Pero ya sabemos que el trabajo apostólico fue siempre duro, lleno de fatigas, peligros, incomprensión, persecuciones y hasta el mismo martirio, siguiendo en todo ello las huellas del Señor.

Gracias a Dios y también a los Apóstoles, ha llegado hasta nosotros la fuerza y la alegría de Cristo Señor Nuestro. Pero cada generación cristiana, cada hombre, tiene que recibir esa predicación del Evangelio y a su vez transmitirlo. La gracia del Señor no faltará nunca: «Non est abbreviata manus Domini» (Is 59, 1), el poder del Señor no ha disminuido.

 

*NOTAS al Evangelio según San Lucas (EUNSA)

 

 

Lc 1

 

Luc 1, 1-4

San Lucas es el único de los evangelistas que pone prólogo a su libro. Lo que se suele llamar prólogo del Evangelio de San Juan es más bien una síntesis anticipada del contenido del Evangelio. El prólogo de San Lucas, muy breve, expone en un excelente lenguaje literario la intención que le ha movido a escribir su obra: componer una historia bien ordenada y documentada de la vida de Cristo desde sus orígenes.

Estos versículos dejan entrever cómo el mensaje de Salvación de Jesucristo, el Evangelio, fue predicado antes de ponerse por escrito. «Los autores sagrados —enseña el Concilio Vaticano II— compusieron los cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, explicándolos según las condiciones de las diversas iglesias, conservando siempre el estilo de proclamación: así nos transmitieron datos auténticos y genuinos acerca de Jesús. Sacándolo de su memoria o del testimonio de ‘quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra’, lo escribieron para que conozcamos la ‘indudable certeza’ de lo que nos enseñaron» (Dei Verbum, n. 19). Así pues, Dios ha querido que tengamos en los Evangelios escritos un testimonio divino y perenne en el que se apoya firmemente nuestra fe. «No da a conocer a Teófilo cosas nuevas y desconocidas, sino que promete exponerle la verdad de las cosas acerca de las cuales está ya instruido. Esto es para que puedas conocer todo lo que se te ha dicho acerca del Señor o ha sido hecho por Él» (In Lucae Evangelium expositio, in loc.).

 

Luc 1, 2

Los «testigos oculares» a que se refiere el Evangelista pudieron ser la Santísima Virgen, los Apóstoles, las santas mujeres y otras personas que convivieron con Jesús durante su vida en la tierra.

 

Luc 1, 3

«Me pareció»: «Cuando dice ‘me pareció’ no excluye la acción de Dios; porque Dios es quien prepara la voluntad de los hombres (...).

«Dedica su Evangelio a Teófilo, esto es, a aquel a quien Dios ama. Pero si amas a Dios, también para ti ha sido escrito; y si ha sido escrito para ti, recibe este presente del Evangelista, conserva con cuidado en lo más íntimo de tu corazón esta prenda de un amigo» (Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.).

 

Luc 1, 5

San Lucas y San Mateo dedican los dos primeros capítulos de sus respectivos Evangelios a narrar algunos episodios de la infancia del Señor (Anunciación, Nacimiento, niñez, vida oculta en Nazaret) de los que no se ocupan los otros Evangelios. Debido a esta temática, esos dos primeros capítulos de Mateo y de Lucas suelen llamarse evangelio de la infancia de Jesús. La primera característica que se observa es que San Mateo y San Lucas no narran los mismos sucesos.

El evangelio de la infancia según San Lucas comprende seis episodios estructurados de dos en dos y referentes a la infancia de Juan el Bautista y a la de Jesús: dos anunciaciones, dos nacimientos y circuncisiones y dos escenas en el Templo; y contiene también unos episodios sólo referentes a la infancia del Señor: revelación a los pastores y adoración de éstos, purificación de Santa María y presentación del Niño, profecías de Simeón y Ana, pérdida y hallazgo del Niño en el Templo, vida escondida en Nazaret.

Las narraciones de Lucas adquieren un elevado tono lírico, sencillo y grandioso a la vez, que sobrecoge, enamora y arrastra a la contemplación íntima del misterio de la Encarnación del Salvador: Anunciación del ángel a Zacarías (1, 5-17); saludo y Anunciación del ángel a Santa María (1, 26-38); visita de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel (1, 39-56); Nacimiento de Jesús en Belén (2, 1-7); adoración de los pastores (2, 8-20); presentación del Niño en el Templo y bendición del anciano Simeón a la Virgen (2, 22-38); el Niño perdido y hallado en el Templo (2, 41-52). San Lucas recoge también cuatro profecías en forma versificada, a modo de cánticos: Magnificat de Santa María (1, 46-55), Benedictus de Zacarías (1, 67-79), Gloria de los ángeles (2, 14) y Nunc dimittis de Simeón (2, 29-32). Estos cánticos están entretejidos de palabras y frases que recuerdan, más o menos a la letra, diversos pasajes del Antiguo Testamento (en concreto de Gen, Lev, Num, Idc, 1 Sam, Is, Ier. Mich y Mal): esta circunstancia es del todo normal, ya que en aquella época todo judío culto y piadoso rezaba de ordinario repitiendo de memoria o leyendo los libros sagrados, y ése es el caso de Nuestra Señora y de Zacarías, de Simeón y de Ana. Además, es el mismo Espíritu Santo el que inspiró a los autores humanos del Antiguo Testamento a escribir, y el que movió a hablar a los justos que contemplaron con sus propios ojos cómo en el Niño Jesús se cumplían los antiguos anuncios proféticos. Esas características lingüísticas reflejan la lozanía de las palabras tal como salieron de quienes las pronunciaron.

 

Luc 1, 6

Después que ha hablado de la nobleza de sangre de Zacarías e Isabel, el Evangelista alude ahora a otra nobleza superior, la de la virtud: «Ambos eran justos ante Dios». «Porque no todo el que es justo ante los hombres es también justo ante Dios; porque una es la manera de mirar de los hombres y otra la de Dios: los hombres ven en lo exterior, pero Dios ve en el corazón. Puede ocurrir que alguien parezca justo por falsa virtud y cara a la gente, y no lo sea ante Dios si su justicia no nace de la sencillez de alma sino que se simula por parecer bien.

»La perfecta alabanza consiste en ser justo ante Dios, porque sólo puede llamarse perfecto aquél que es probado por quien no puede engañarse» (Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.).

En definitiva lo que importa al cristiano es ser justo ante Dios. Un buen ejemplo de esta conducta nos lo ofrece San Pablo cuando escribe a los corintios: «En cuanto a mí, me importa poco ser juzgado por vosotros o por cualquier juicio humano; ni siquiera yo mismo me juzgo... Porque el que me juzga es el Señor. Por tanto, no queráis juzgar antes de tiempo hasta que venga el Señor, que sacará a la luz las cosas escondidas en las tinieblas y descubrirá las intenciones de los corazones. Y entonces Dios dará a cada uno la alabanza que le corresponde» (1 Cor 4, 3 ss.). Sobre el concepto de hombre justo equivalente a santo véase la nota a Mt 1, 19.

 

Luc 1, 8

Había veinticuatro grupos o turnos sacerdotales, entre los que se sorteaban las funciones que habían de ejercer en el Templo; el octavo grupo era el de la familia de Abías (cfr. 1 Chr 24, 7-19). Zacarías era de este octavo turno.

 

Luc 1, 9-10

Dentro del recinto sagrado, delimitado por una muralla, estaba el edificio que constituía propiamente el Templo. Éste, de forma rectangular, tenía una primera gran estancia que se llamaba el «Sanctus» o el «Sancta» donde estaba el altar del incienso, al que alude el v. 9. Tras el «Sancta» estaba la segunda estancia, más interior, llamada el «Sancta Sanctorum», donde se había guardado el Arca de la Alianza con las tablas de la Ley; era lo más sagrado del Templo, donde no tenía acceso más que el Sumo Sacerdote. Entre ambas estancias colgaba el gran velo del Templo. Rodeando el edificio sagrado había un primer atrio, llamado de los sacerdotes y junto a él, frente a la fachada principal, se encontraba el llamado atrio de los israelitas, en el que permanecía el pueblo durante la incensación.

 

Luc 1, 10

Mientras el sacerdote ofrecía a Dios el incienso, el pueblo, desde el atrio del Templo, se le unía espiritualmente. Ya en el Antiguo Testamento todo acto de culto externo debía ir acompañado por la disposición interior de ofrecimiento a Dios.

Con mayor razón se ha de dar esta unión en los ritos litúrgicos de la Nueva Alianza (cfr. Mediator Dei, n. 8). En la Liturgia de la Iglesia, en efecto, aparecen unidos los dos elementos del culto, interno y externo, lo cual es conforme con la naturaleza del hombre, compuesto de alma y cuerpo.

 

Luc 1, 11

Los ángeles son espíritus puros, no tienen cuerpo; por tanto «no se aparecen a los hombres tal y como son, sino manifestándose en las formas que Dios dispone para que puedan ser vistos por aquellos a quienes los envía» (De Fide orthodoxa, 2, 3).

Los espíritus angélicos, además de adorar y servir a Dios, son mensajeros divinos e instrumentos de la Providencia de Dios en favor de los hombres; por eso en la Historia de la Salvación intervienen tan frecuentemente y la Sagrada Escritura deja constancia de ello en numerosos pasajes (cfr., entre otros muchos lugares, Heb 1, 14).

El nacimiento de Cristo es tan importante que en torno a él la intervención de los ángeles se muestra de modo singular. En este caso concreto, como en el de la Anunciación a María, será el arcángel San Gabriel el encargado de trasmitir el mensaje divino.

«No sin razón apareció el ángel en el templo, porque con ello se anunciaba la cercana venida del Verdadero Sacerdote y se preparaba el Sacrificio Celestial al cual habían de servir los ángeles. No se dude, pues, que los ángeles asistirán cuando Cristo sea inmolado» (Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.).

 

Luc 1, 12

«No puede el hombre por justo que sea mirar a un ángel sin temor; por eso Zacarías se turba, no pudiendo resistir la presencia del ángel ni soportar aquel resplandor que le acompaña» (De incomprehensibili Dei natura, 2). La razón está no tanto en la superioridad del ángel sobre el hombre como en que en aquél se transparenta la grandeza de la Majestad divina: «Y me dijo el ángel: Escribe, bienaventurados los que han sido convidados a la cena de bodas del Cordero; y añadió: Estas palabras verdaderas son de Dios. Yo me eché a sus pies para adorarle, pero me dijo: Guárdate de hacerlo, que yo soy siervo como tú y como tus hermanos, los que mantienen el testimonio de Jesús. A Dios has de adorar» (Apc 19, 9-10).

 

Luc 1, 13

Por medio del arcángel Dios interviene de forma extraordinaria en la vida de Zacarías y de Isabel. Pero lo que se anuncia sobrepasa el ámbito de la intimidad familiar. Isabel, ya anciana, va a tener un hijo que se llamará Juan y será el Precursor del Mesías. Juan significa «Yahwéh es favorable». Este hecho es la manifestación clara de que es ya inminente «la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4), por la que habían suspirado los justos de Israel (cfr. Ioh 8, 56; Heb 11, 13).

«Tu oración ha sido escuchada». Comenta San Jerónimo: «Es decir, se te otorga más de lo que pediste. Habías rogado por la salvación del pueblo y se te ha dado el Precursor» (Expositio in Evangelium sec. Lucam, in loc.). También a nosotros el Señor nos da a veces más de lo que pedimos: Cuentan que un día salió al encuentro de Alejandro Magno un pordiosero, pidiendo una limosna. Alejandro se detuvo y mandó que le hicieran Señor de cinco ciudades. El pobre, confuso y aturdido, exclamó: ¡Yo no pedía tanto! Y Alejandro repuso: tú has pedido como quien eres; yo te doy como quien soy (Es Cristo que pasa, n. 160). Cuando Dios responde tan generosamente, por encima de nuestras peticiones, no podemos acobardarnos mezquinamente teniendo miedo a las dificultades.

 

Luc 1, 14-17

El arcángel San Gabriel anuncia a Zacarías los tres motivos de gozo por el nacimiento del niño: primero, porque Dios le concederá una santidad extraordinaria (v. 15); segundo, porque será instrumento para la salvación de muchos (v. 16); y tercero, porque toda su vida y actividad serán una preparación para la venida del Mesías esperado (v. 17).

En San Juan Bautista se cumplen dos anuncios proféticos de Malaquías, en los que se nos dice que Dios enviará a un mensajero delante de Él para prepararle el camino (Mal 3, 1; 4, 5-6). Juan prepara la primera venida del Mesías, de manera semejante a como Elías lo hará cuando se aproxime la segunda (cfr. Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.; Comentario sobre S. Mateo, 17, 11, in loc.). Por eso Cristo dirá: «¿Qué habéis salido a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: He aquí que yo envío delante de ti mi mensajero, que vaya preparándote el camino» (Lc 7, 26-27).

 

Luc 1, 18

La incredulidad de Zacarías y su pecado no consisten en dudar de que el anuncio viene de parte de Dios, sino en considerar solamente la incapacidad suya y de su mujer, olvidándose de la omnipotencia divina. El mismo arcángel explicará a la Virgen, refiriéndose a la concepción del Bautista, que «para Dios no hay nada imposible» (Lc 1, 37). Cuando Dios pide nuestra colaboración en una empresa suya hemos de contar más con su omnipotencia que con nuestras escasas fuerzas. Cfr. nota a Mt 10, 9-10.

 

Luc 1, 19-20

«Gabriel» significa «fortaleza de Dios». Al arcángel San Gabriel Dios le encomendó el anuncio de los acontecimientos relativos a la Encarnación del Verbo. Así, ya en el Antiguo Testamento, anuncia este arcángel al profeta Daniel el tiempo de la venida del Mesías (Dan 8, 15-26; 9, 20-27). En el pasaje que comentamos se recoge el anuncio de la concepción y nacimiento del Precursor de Cristo. Y, por fin, será el mismo arcángel quien comunique a la Santísima Virgen el misterio de la Encarnación que se va a realizar en Ella.

 

Luc 1, 21

Cfr. nota a vv. 9-10. El rito de la incensación requería poco tiempo. El pueblo al oír la señal convenida, que indicaba el momento exacto de la ofrenda, se unía al sacerdote oficiante. Éste, que oficiaba dentro del «Sanctus», quedaba oculto al pueblo. Estas circunstancias explican la extrañeza de que Zacarías tardara tanto en salir esta vez.

 

Luc 1, 24

Se ocultaba tanto por lo impropio de la edad, como por el pudor santo de no manifestar antes de tiempo los dones divinos.

 

Luc 1, 25

Aquellos matrimonios a quienes, deseando tener hijos, Dios todavía no se los ha concedido, tienen en Zacarías e Isabel un buen ejemplo y unos buenos intercesores en el Cielo a los que acudir. A los matrimonios que se encuentran en tales circunstancias recomendaba San Josemaría Escrivá que, además de poner los medios humanos pertinentes, no han de darse por vencidos con demasiada facilidad: antes hay que pedir a Dios que les conceda descendencia, que les bendiga —si es su Voluntad— como bendijo a los Patriarcas del Viejo Testamento; y después es conveniente acudir a un buen médico, ellas y ellos. Si a pesar de todo, el Señor no les da hijos, no han de ver en eso ninguna frustración: han de estar contentos, descubriendo en este mismo hecho la Voluntad de Dios para ellos. Muchas veces el Señor no da hijos porque pide más. Pide que se tenga el mismo esfuerzo y la misma delicada entrega, ayudando a nuestros prójimos, sin el limpio gozo humano de haber tenido hijos: no hay, pues, motivo para sentirse fracasados ni para dar lugar a la tristeza (Conversaciones, n. 96). Recientemente el Papa Juan Pablo II enseñaba con autoridad:

«No se debe olvidar que incluso cuando la procreación no es posible, no por esto pierde su valor la vida conyugal. La esterilidad física, en efecto, puede dar ocasión a los esposos para otros servicios importantes a la vida de la persona humana, como, por ejemplo, la adopción, las diversas formas de obras educativas, la ayuda a otras familias, a los niños pobres o minusválidos» (Familiaris consortio, n. 14).

 

Luc 1, 26-38

Aquí contemplamos a Nuestra Señora que, «enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios es saludada por el ángel de la Anunciación como llena de gracia (cfr. Lc 1, 8), a la vez que ella responde al mensajero celestial: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús y, al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la Redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres» (Lumen gentium, n. 56).

La Anunciación a María y Encarnación del Verbo es el hecho más maravilloso, el misterio más entrañable de las relaciones de Dios con los hombres y el acontecimiento más trascendental de la Historia de la humanidad. ¡Que Dios se haga Hombre y para siempre! ¡Hasta dónde ha llegado la bondad, misericordia y amor de Dios por nosotros, por todos nosotros! Y, sin embargo, el día en que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumió la débil naturaleza humana de las entrañas purísimas de Santa María, nada extraordinario sucedía, aparentemente, sobre la faz de la tierra.

Con gran sencillez narra San Lucas el magno acontecimiento. Con cuánta atención, reverencia y amor hemos de leer estas palabras del Evangelio, rezar piadosamente el Ángelus cada día, siguiendo la extendida devoción cristiana, y contemplar el primer misterio gozoso del santo Rosario.

 

Luc 1, 27

Dios quiso nacer de una madre virgen. Así lo había anunciado siglos antes por medio del profeta Isaías (cfr. Is 7, 14; Mt 1, 22-23). Dios, «desde toda la eternidad, la eligió y señaló como Madre para que su Unigénito Hijo tomase carne y naciese de Ella en la plenitud dichosa de los tiempos; y en tal grado la amó por encima de todas las criaturas, que sólo en Ella se complació con señaladísima complacencia» (Ineffabilis Deus). Este privilegio de ser virgen y madre al mismo tiempo, concedido a Nuestra Señora, es un don divino, admirable y singular. Dios «tanto engrandeció a la Madre en la concepción y en el nacimiento del Hijo, que le dio fecundidad y la conservó en perpetua virginidad» (Catecismo Romano, I, 4, 8). Pablo VI nos recordaba nuevamente esta verdad de fe: «Creemos que la bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Credo del Pueblo de Dios, n. 14).

Aunque se han propuesto muchos significados del nombre de María, los autores de mayor relevancia parecen estar de acuerdo en que María significa Señora. Sin embargo, la riqueza que contiene el nombre de María no se agota con un solo significado.

 

Luc 1, 28

«¡Dios te salve!»: Literalmente el texto griego dice: ¡alégrate! Es claro que se trata de una alegría totalmente singular por la noticia que le va a comunicar a continuación.

«Llena de gracia»: El Arcángel manifiesta la dignidad y honor de María con este saludo inusitado. Los Padres y Doctores de la Iglesia «enseñaron que con este singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era asiento de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del Espíritu Santo», por lo que «jamás estuvo sujeta a maldición», es decir, estuvo inmune de todo pecado. Estas palabras del arcángel constituyen uno de los textos en que se revela el dogma de la Inmaculada Concepción de María (cfr. Ineffabilis Deus; Credo del Pueblo de Dios, n. 14).

«El Señor es contigo»: No tienen estas palabras un mero sentido deprecatorio (el Señor sea contigo), sino afirmativo (el Señor está contigo), y en relación muy estrecha con la Encarnación. San Agustín glosa la frase «el Señor es contigo» poniendo en boca del arcángel estas palabras: «Más que conmigo, Él está en tu corazón, se forma en tu vientre, llena tu alma, está en tu seno» (Sermo de Nativitate Domini, 4).

Algunos importantes manuscritos griegos y versiones antiguas añaden al final: «Bendita tú entre las mujeres»: Dios la exaltaría así sobre todas las mujeres. Más excelente que Sara, Ana, Débora, Raquel, Judith, etc., por el hecho de que sólo Ella tiene la suprema dignidad de haber sido elegida para ser Madre de Dios.

 

Luc 1, 29-30

Se turbó Nuestra Señora por la presencia del Arcángel y por la confusión que producen en las personas verdaderamente humildes las alabanzas dirigidas a ellas.

 

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