Ressources Catholiques Bible

précédent

Marc 15, 16-19

La soldadesca toma a Jesús como objeto de sus burlas. Y como lo acusan de que se hace pasar por rey, lo coronan y lo visten como tal.

La figura doliente de Jesús, flagelado y coronado de espinas, con una caña por cetro entre sus manos y un viejo manto de púrpura sobre sus hombros, ha quedado como símbolo vivo del dolor humano bajo la advocación del «Ecce homo».

Pero, como enseña San Jerónimo, «sus oprobios han borrado los nuestros, sus ligaduras nos han hecho libres, su corona de espinas nos ha conseguido la diadema del Reino, y sus heridas nos han curado» (Comm. in Marcum, in loc.).

«Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir?» (Santo Rosario, 3er misterio doloroso).

 

Marc 15, 21

«Jesús está extenuado. Su paso se hace más y más torpe, y la soldadesca tiene prisa por acabar; de modo que, cuando salen de la ciudad por la puerta Judiciaria, requieren a un hombre que venía de una granja, llamado Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, y le fuerzan a que lleve la cruz de Jesús (cfr. Mc XV, 21).

»En el conjunto de la Pasión, es bien poca cosa lo que supone esta ayuda. Pero a Jesús le basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un poco de amor para derramar copiosamente su gracia sobre el alma del amigo. Años más tarde, los hijos de Simón, ya cristianos, serán conocidos y estimados entre sus hermanos en la fe. Todo empezó por un encuentro inopinado con la Cruz.

»Me presenté a los que no preguntaban por mí, me hallaron los que no me buscaban (Is LXV, 1).

»A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros. Y si acaso ante esa Cruz inesperada, y tal vez por eso más oscura, el corazón mostrara repugnancia... no le des consuelos. Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!» (Via Crucis, V). San Marcos se detiene en detallar quién era Simón: era padre de Alejandro y de Rufo. Parece ser que Rufo, años después, se trasladó con su madre a Roma; San Pablo les envía saludos cariñosos en la Carta a los Romanos (16, 13). Cabe imaginarse que la primera reacción de Simón fue de desagrado por un servicio impuesto a la fuerza y de suyo repelente. Pero el contacto con la Santa Cruz —altar donde se iba a inmolar la Víctima Divina— y la contemplación en primer plano de los sufrimientos y muerte de Jesús, debieron tocar su corazón; y de indiferente, el Cireneo bajó del Calvario fiel discípulo de Cristo. Excelente recompensa la de Jesús. Cuántas veces la divina «Providencia, a través de un desagradable incidente, nos sitúa de cara al dolor y se efectúa en nosotros una conversión más radical.

En este pasaje podemos considerar que, aunque el Señor nos ha rescatado libremente y sus méritos son infinitos, pide nuestra colaboración. Cristo carga con la Cruz, pero hemos de ayudarle a llevarla aceptando todas las dificultades y contratiempos que la divina Providencia nos depare. Así nos santificaremos más y más, al mismo tiempo que expiamos nuestras faltas y pecados.

Por el Evangelio de San Juan (19, 17) sabemos que Jesús tomó la Cruz sobre sus hombros. En Cristo cargado con la Cruz ve San Jerónimo, entre otros significados, el cumplimiento de la figura de Abel llevado como víctima inocente, y sobre todo la de Isaac (cfr. Gen 22, 6) que carga con la leña del propio sacrificio (cfr. Comm. in Marcum, in loc.). Después, extenuado el Señor por los azotes, era incapaz de continuar Él solo hasta el Calvario, y por eso obligan a este hombre de Cirene a llevar la Cruz.

«Si alguno quiere venir tras de mí... Niño amigo: estamos tristes, viviendo la Pasión de Nuestro Señor Jesús. —Mira con qué amor se abraza a la Cruz. —Aprende de Él. —Jesús lleva Cruz por tí: tú, llévala por Jesús.

»Pero no lleves la Cruz arrastrando... Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será... la santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será... una Cruz, sin Cruz.

»Y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino» (Santo Rosario, 4° misterio doloroso).

 

Marc 15, 22

La ubicación de este lugar no ofrece la más mínima duda. Se trata de una pequeña colina desnuda y pelada que entonces estaba fuera de la ciudad, muy al descubierto y junto a un camino muy transitado.

 

Marc 15, 23

Los judíos, siguiendo el consejo de los Proverbios (31, 6), solían ofrecer a los ajusticiados vino mezclado con mirra o con incienso, para adormecerlos y aliviarles así el sufrimiento.

Jesucristo lo gusta (según Mt 27, 34), pero no lo toma. Quiere permanecer consciente hasta el último momento y ofrecer hasta el final el cáliz de la Pasión, que aceptó en la Encarnación (Heb 10, 9) y que no rehusó en Getsemaní. San Agustín (Enarrationes in Psalmos, 21, 2, 8) explica que el Señor quiso sufrir hasta ese extremo para pagar así al máximo el gran precio de nuestro rescate (cfr. 1 Cor 6, 20).

Esta generosidad de Cristo en abrazar el dolor la han experimentado también las almas fieles. Por eso leemos: «Bebamos hasta la última gota del cáliz del dolor en la pobre vida presente. —¿Qué importa padecer diez años, veinte, cincuenta..., si luego es el cielo para siempre, para siempre..., para siempre?

»—Y, sobre todo —mejor que la razón apuntada, ‘propter retributionem’—, ¿qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a Él en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?...» (Camino, n. 182).

 

Marc 15, 24-28

La crucifixión, además de ser el suplicio más infamante, era el más doloroso. Los enemigos de Jesús intentaron con la condena a muerte de Cruz poner de relieve la derrota humillante del que días pasados entrara triunfalmente en Jerusalén. A los crucificados se les solía dejar varios días en el patíbulo para que, al ser vistos en aquel estado horrible, sirvieran de escarmiento a la gente. En el caso de Jesucristo se pretendió también que sirviera de argumento fehaciente contra su mesianismo.

La crucifixión podía hacerse de diversas formas. La más usual, y quizá la que Nuestro Señor sufrió, consistía en hincar en tierra el palo vertical, después colocar el transversal con el reo clavado por las manos, y finalmente, clavar los pies en la parte inferior del tramo vertical.

Según el Evangelio de San Juan (19, 23-25) la túnica inconsútil —es decir, toda de una pieza, sin costuras— se sorteó aparte del resto de los vestidos, que se distribuyeron en cuatro lotes, tantos como soldados. Las palabras de este versículo reproducen las del Ps 22, 19. Para todo judío instruido en las Escrituras la lectura del pasaje evocaba inmediatamente el cumplimiento de una profecía.

San Juan lo hará notar expresamente (cfr. 19, 24). San Marcos, sin perder el hilo del relato de la Pasión, está dando implícitamente un argumento de que Jesucristo es el Mesías prometido, pues en Él se cumple también esta profecía.

Ante Jesús crucificado conviene recordar también que Dios «ha puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el (demonio) que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido» (Prefacio de la Santa Cruz).

 

Marc 15, 25

«Hora tercia»: Entre las 9 y las 12 de la mañana. San Marcos es el único Evangelista que deja consignada la hora en que clavaron al Señor en la Cruz. Para ver las correspondencias de nuestras horas con las de los judíos de aquel tiempo vid. nota a Mt 20, 3.

 

Marc 15, 26

Esta inscripción solía ponerse bien visible para que todos se enteraran de la causa de la condena. Pilato mandó escribir «Jesús Nazareno Rey de los judíos» en latín, griego y hebreo; San Marcos resume la inscripción.

Llevados de su malicia, los judíos imputan a Jesús un crimen político, cuando el Señor en toda su vida y doctrina dejó claramente asentado que su misión no era política sino sobrenatural. Sobre el sentido del título de la Cruz y sus circunstancias vid. Ioh 19, 19-22 y nota correspondiente.

 

Marc 15, 27

Así se aumentaba la ignominia de Jesucristo. Sus discípulos también conocerán esa humillación de las cárceles comunes, como si fueran ladrones y malhechores.

Pero en el caso de Jesús esto fue providencial, pues así se cumplió la Escritura que preanunciaba que el Mesías sería puesto entre los malhechores. La Vulgata, siguiendo algunos códices griegos, añade: «Y se cumplió la Escritura que dice: Fue contado entre los malhechores» (v. 28; cfr. Lc 22, 37). «Colocada la Verdad entre los malvados —enseña San Jerónimo—, deja uno a su izquierda y otro a su derecha, lo mismo que hará en el día del juicio. Así vemos cuan distinto puede ser el fin de unos pecadores semejantes. Uno precede a Pedro en el paraíso, el otro a Judas en el infierno: una breve confesión consiguió la vida sin término, una blasfemia momentánea se castiga con la pena eterna» (Comm, in Marcum, in loc.).

El pueblo cristiano ha dado desde antiguo diversos nombres a estos ladrones. Los más comunes en Occidente son los de Dimas para el buen ladrón y Gestas para el malo.

 

Marc 15, 29-32

El suplicio de Cristo no quedó concluido con la crucifixión sino que ahora continúa en un escarnio moral, peor si cabe que el de la coronación como rey de burlas. Se mofan de Él los que pasan, los sacerdotes haciendo corrillos con los escribas, y hasta los mismos ladrones crucificados (cfr. no obstante la aclaración de Lc 23, 39-43). Todos coinciden en recriminar a Cristo su debilidad, como si hubieran sido ficticios sus milagros, instigándole a manifestar su poder.

En realidad esta petición de un milagro no indica en ellos el deseo de creer. Y es que la fe es un don de Dios que sólo recibe el que tiene un corazón sencillo. «Poco pedís —recrimina San Jerónimo a los judíos—, cuando se está realizando el más grande acontecimiento. Vuestra obcecación no pudo sanarse ni con milagros mucho más grandes que los que vosotros mismos pedisteis» (Comm. in Marcum, in loc.).

Precisamente porque era el Mesías y el Hijo de Dios no bajó de la Cruz y llevó a término, en el dolor, la obra que el Padre le había encomendado. Cristo nos ha enseñado que el dolor es el mejor y más grande tesoro que tenemos: el Señor no venció en un trono, ni con un cetro en la mano, sino extendiendo sus brazos en la Cruz. El cristiano que, como todo hombre, padecerá dolor en su vida, no debe rehuirlo ni rebelarse contra él sino ofrecerlo a Dios, como el Maestro.

 

Marc 15, 33

El Evangelista presenta este dato como un fenómeno milagroso, que señala la magnitud del deicidio que se está cometiendo. La expresión «toda la tierra» significa todo el horizonte inmediato, sin precisar con detalle sus fronteras. La interpretación común del significado de este suceso es doble y complementaria; Orígenes (In Matth. comm., 143) entiende que es manifestación de la oscuridad espiritual que sobrevendría al pueblo judío en castigo por haber rechazado —crucificado— al que es la luz verdadera (cfr. Ioh 1, 4-9). San Jerónimo (Comm. in Matth., in loc.) explica que las tinieblas expresan más bien el luto del universo por su Creador, la protesta de la naturaleza contra la muerte injusta de su Señor (cfr. Rom 8, 19-22).

 

Marc 15, 34

Estas palabras, pronunciadas en arameo, son el comienzo del Salmo 22, la oración del justo que, perseguido y acorralado por todas partes, se ve en extrema soledad, como «un gusano, oprobio de los hombres y desprecio del pueblo» (v. 7). Desde el abismo de esta miseria y máximo abandono, el justo acude a Yahwéh: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (...). En verdad tú eres mi esperanza desde el seno de mi madre (...). No retrases tu socorro. Apresúrate a venir en mi auxilio» (vv. 2.10.20). Así pues, esta interpelación de Cristo, lejos de traducir un momento de desesperación, revela la rotunda confianza en su Padre Celestial, el único en quien puede apoyarse en medio del dolor, a quien puede quejarse como Hijo y en quien se abandona sin reservas: «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46; Ps 31, 6).

Una de las situaciones más dolorosas para el hombre es sentirse solo frente a la incomprensión y persecución de todos, presa de la inseguridad y del miedo. Dios permite estas pruebas para que, experimentada nuestra propia pequeñez y la caducidad del mundo, pongamos toda esperanza sólo en Él, que saca bien de los males para quienes le aman (cfr. Rom 8, 28).

«Amo tanto a Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: ...Yo sufriendo, y tú... cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú... negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que cabe por amor tuyo... y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña...» (Via Crucis, XI, n. 2).

 

Marc 15, 35-36

Es posible que los soldados que estaban cerca de la Cruz, al oír las palabras del Señor, pensaran equivocadamente que llamaba en su auxilio a Elías. Sin embargo parece que son los mismos judíos quienes, deformando las palabras del Señor, hacen de esto una ocasión para sus burlas. Existía la creencia de que Elías había de venir a manifestar al Mesías, y así estas palabras les sirven para seguir burlándose de Cristo crucificado.

 

Marc 15, 37

El Evangelista da escuetamente el testimonio del hecho: «Jesús, dando una gran voz, expiró». Parece como si no se atreviera a comentar nada, dejando al lector que se pare a meditar. Dentro de este tremendo misterio de la muerte de Cristo hemos de insistir: Jesucristo murió; no fue una muerte aparente, sino real. No olvidemos que la causa de la muerte del Señor fue nuestro pecado. Jesucristo muere por la fuerza y por la vileza de nuestros pecados. «El abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios. Podemos imaginar —para acercarnos de algún modo a este misterio insondable— que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero (...). Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro» (Es Cristo que pasa, n. 95).

«(...) Ahora ha pasado todo. Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado.

»Empti enim estis pretio magno! (1 Cor VI, 20), tú y yo hemos sido comprados a gran precio.

»Hemos de hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas.

»Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con Él» (Via Crucis, XIV).

 

Marc 15, 38

El recinto propiamente sagrado del Templo de Jerusalén tenía dos partes: la primera llamada «el Santo», donde sólo podían entrar los sacerdotes para determinadas funciones litúrgicas; la segunda era el llamado «Santo de los santos» (Sancta Sanctorum). Ésta era la estancia más sagrada, donde antiguamente había estado el Arca de la Alianza, la cual guardaba en su interior las tablas de la Ley. Sobre el Arca estaba el «propiciatorio» con dos figuras de querubines. Sólo una vez al año tenía acceso al Sancta Sanctorum el sumo sacerdote en el gran día de la expiación, para realizar el rito de la purificación del pueblo. El velo del Templo se refiere a la gran cortina que separaba «el Santo» del Sancta Sanctorum.

El hecho prodigioso de rasgarse el velo del Templo, aparentemente sin más importancia, está lleno de sentido teológico. Significa de modo manifiesto que con la muerte de Cristo ha caducado el culto de la Antigua Alianza (cfr. Heb 9, 1-14); ya no tiene razón de ser el Templo de Jerusalén. El culto que agrada al Padre —en espíritu y en verdad (cfr. Ioh 4, 23)— se tributa a través de la Humanidad de Cristo, que es Sacerdote y Víctima a la vez.

 

Marc 15, 39

Acerca de este pasaje dice San Beda que la causa del milagro de la conversión de este oficial romano es que, viendo al Señor morir de aquel modo, no pudo menos de reconocer su Divinidad; pues nadie tiene la potestad de entregar el espíritu sino el que es Creador de las almas (cfr. In Marci Evangelium expositio, in loc.). Efectivamente Cristo, en cuanto Dios, tenía la facultad de entregar su espíritu; por el contrario, a los demás hombres se les arrebata el espíritu en la hora de la muerte. Pero el hombre cristiano ha de imitar a Cristo, también en esta hora suprema; es decir, hemos de aceptar con paz y gozo la muerte, el momento dispuesto por Dios para dejar en sus manos nuestro espíritu: la diferencia está en que Cristo lo entrega cuando quiere (cfr. Ioh 10, 18), y nosotros cuando Dios lo dispone.

«No tengas miedo a la muerte. —Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. —No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. —¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!» (Camino, n. 739).

 

Marc 15, 43-46

José de Arimatea, que no había dado su consentimiento a la sentencia del Sanedrín (cfr. Lc 23, 51), en contraste con la huida de los propios Apóstoles, tiene la valentía y la delicadísima piedad de encargarse personalmente de todos los trámites de la sepultura de Jesús. La muerte de Cristo no había quebrantado su fe. Es de notar que su gesto sigue inmediatamente a las afrentas del Calvario y tiene lugar antes del triunfo de la Resurrección gloriosa del Señor. Su acción habrá sido premiada con ser inscrito su nombre en el libro de la vida, y ha sido recogida en el Santo Evangelio y en la memoria de todas las generaciones cristianas.

José de Arimatea puso al servicio de Jesucristo, sin esperar ninguna recompensa humana y aun con riesgo de su propia persona, todo cuanto era preciso: su posición social, su propio sepulcro aún sin usar, y todos los demás medios pertinentes. Siempre será un vivo ejemplo para todo cristiano que por Dios debe arriesgar dinero, posición y honra.

 

Mc 16

 

Marc 16, 1

En la Ley de Moisés el descanso sabático se había establecido, con carácter religioso y en cierto modo social, con el fin de que los israelitas pudieran dedicarse a la oración y al culto de Dios; y también como una forma de proteger el descanso de los trabajadores. Con el tiempo, los rabinos habían llevado hasta la exageración una minuciosa casuística de las cosas que se podían y no se podían hacer. Por esta causa las santas mujeres no podían hacer en sábado los trabajos que requería el embalsamar el cuerpo muerto del Señor y tuvieron que esperar al primer día de la semana.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, este primer día es llamado domingo, «dies Domini» —día del Señor—, porque «después de la tristeza del sábado —comenta San Jerónimo— resplandece un día feliz, el primero entre todos, iluminado con la primera de las luces, ya que en él se realiza el triunfo de Cristo resucitado» (Comm. In Marcum, in loc.). Ésta es la razón por la que la Santa Madre Iglesia ha designado el domingo como día especialmente consagrado al Señor, mediante el descanso dominical y el precepto de asistir a la Santa Misa.

 

Marc 16, 3-4

Sobre la forma de los sepulcros judíos y la piedra que cubría la puerta de entrada, vid. nota a Mt 27, 60.

 

Marc 16, 5

Éste, como otros muchos pasajes de los Evangelios, nos muestra la extremada sobriedad de los evangelistas en la narración de los hechos históricos. Por el pasaje paralelo de San Mateo (28, 5) sabemos que se trata de un ángel. Pero tanto Marcos como Lucas se limitan a reseñar lo que las mujeres vieron, sin más interpretación.

 

Marc 16, 6

El delicado amor de estas mujeres les impulsa, en cuanto lo permite la Ley, a ir a embalsamar el cuerpo muerto de Jesús. El mismo amor no les hace reparar en dificultades. Y el Señor premia esa delicadeza con otra mayor: ser las primeras que tendrían noticia de su Resurrección. La Iglesia siempre ha invocado a la Santísima Virgen «pro devoto femineo sexu»; en favor de la piadosa mujer cristiana. En efecto, las mujeres, en los momentos tremendos de la Pasión y de la Muerte de Jesús, se muestran más fuertes que los hombres: «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé!

»Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (Camino, n. 982).

«Jesús Nazareno, el crucificado»; El mismo nombre escrito en el título de la Cruz es proclamado por el ángel para anunciar el triunfo glorioso de su Resurrección. De esta forma San Marcos da explícito testimonio de la identidad del Crucificado y el Resucitado. El cuerpo de Jesús, sobre el que se ensañaron los hombres, tiene ahora vida inmortal.

«Ha resucitado»; La Resurrección gloriosa de Jesucristo es el misterio central de nuestra fe: «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es también vuestra fe» (1 Cor 15, 14). Es también el fundamento de nuestra esperanza: «Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe; todavía estáis en vuestros pecados (...). Porque, si sólo para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres» (1 Cor 15, 17.19). La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado, el dolor y el poder del demonio.

La Redención que el Señor realizó en su Muerte y su Resurrección se aplica al creyente por medio de los sacramentos, especialmente por el Bautismo y la Eucaristía: «Fuimos sepultados juntamente con Él por medio del bautismo en orden a la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rom 6, 4). «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día» (Ioh 6, 54). La Resurrección de Cristo da también la norma de nuestra nueva vida: «Si habéis conrresucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre; saboread las cosas de arriba, no las de la tierra» (Col 3, 2). Resucitar con Cristo por la gracia quiere decir que «así como Jesucristo, por medio de su Resurrección comenzó una vida nueva inmortal y celestial, así nosotros hemos de comenzar una nueva vida, según el Espíritu, renunciando totalmente y para siempre al pecado y a todo lo que nos lleva al pecado, amando sólo a Dios y todo lo que nos lleva a Dios» (Catecismo Mayor, n. 77).

 

Marc 16, 7

La designación del apóstol Pedro por su nombre, es una manera de destacar la figura de quien hace cabeza en el Colegio Apostólico, precisamente en unos momentos en los que la turbación y el desaliento habían hecho presa en los Apóstoles. Es también una delicada manifestación de que Pedro ha sido perdonado de sus negaciones y una confirmación de su primacía apostólica.

 

Marc 16, 11-14

Destaca San Marcos la incredulidad de los discípulos y su dureza de entendimiento para aceptar el hecho de la Resurrección, aunque Jesús lo había predicho (cfr. Mc 8, 31; 9, 31; 10, 34). Queda, pues, muy patente la actitud desconfiada de los discípulos, frente a las primeras apariciones de Jesús resucitado. Esta resistencia de los Apóstoles constituye para nosotros una garantía más de la veracidad del hecho de la Resurrección de Jesús. Ellos, que estaban destinados a ser testigos directos y autorizados del Resucitado, se resisten a aceptar el contenido de lo que ha de ser su testimonio ante todos los hombres, hasta que no lo comprueban de una manera inmediata y palpable.

No obstante, el Señor dirá: «Bienaventurados los que sin haber visto han creído» (Ioh 20, 29). En el caso de los Apóstoles era preciso que, además de la fe en Cristo resucitado, tuvieran una clara evidencia de la Resurrección, puesto que habían de ser los testigos oculares que anunciaran con especial conocimiento de causa ese hecho irrefutable. En este sentido comenta San Gregorio Magno: «La razón de que los discípulos tardaran en creer en la Resurrección del Señor, no fue tanto por su flaqueza como por nuestra futura firmeza en la fe; pues la misma Resurrección demostrada con muchos argumentos a los que dudaban, ¿qué otra cosa significa sino que nuestra fe se fortalece por su duda?» (In Evangelio homiliae, 16).

 

Marc 16, 12

La aparición del Señor a estos dos discípulos la relata ampliamente San Lucas (cfr. 24, 13-35).

 

Marc 16, 15

Este versículo contiene el llamado mandato apostólico universal, que es paralelo al de Mt 28, 19-20 y al de Lc 24, 46-48. Es un mandato imperativo de Cristo a sus Apóstoles para que prediquen el Evangelio a todas las naciones. Esa misma misión apostólica incumbe, de modo especial, a los sucesores de los Apóstoles, que son los Obispos en comunión con el Papa, sucesor de Pedro.

Pero no sólo ellos, sino toda «la Iglesia ha nacido con este fin: propagar el Reino de Cristo en cualquier lugar de la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la Redención salvadora (...). Cualquier clase de actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado, el cual la Iglesia lo ejerce por medio de todos sus miembros, aunque ciertamente de diversos modos. Por tanto, la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado. Hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero una única misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el ministerio de enseñar, de santificar y de gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero los laicos, al participar de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo su función específica dentro de la misión de todo el pueblo de Dios» (Apostolicam actuositatem, n. 2).

Es verdad que Dios actúa directamente en el alma de cada persona por medio de su gracia, pero, al mismo tiempo, hay que afirmar que es voluntad de Cristo, expresada en éste y en otros textos, que los hombres sean instrumento o vehículo de salvación para los demás hombres.

En este sentido también el Concilio Vaticano II enseña: «Les ha sido impuesta, por tanto, a todos los fieles la gloriosa tarea de esforzarse para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra» (Ibid., n. 3).

 

suivant