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Marc 10, 22

«La tristeza de este joven nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo, puede hacernos felices. En cambio, vemos en el caso del joven del Evangelio que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús a seguirlo. ¡No estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo, a decir sí al amor, y no a la huida! El amor verdadero es exigente. No cumpliría mi misión si no os lo hubiera dicho con toda claridad. Porque fue Jesús —nuestro mismo Jesús— quien dijo: ‘Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando’ (Ioh 15, 14). El amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Significa disciplina y sacrificio, pero significa también alegría y realización humana. Queridos jóvenes, no tengáis miedo a un esfuerzo honesto y a un trabajo honesto; no tengáis miedo a la verdad. Con la ayuda de Cristo y a través de la oración, vosotros podéis responder a su llamada, resistiendo a las tentaciones, a los entusiasmos pasajeros y a toda forma de manipulación de masas. Abrid vuestros corazones a este Cristo del Evangelio, a su amor, a su verdad, a su alegría. ¡No os vayáis tristes! (...).

»¡ Seguid a Cristo! Vosotros, esposos, haceos partícipes recíprocamente de vuestro amor y de vuestras cargas, respetad la dignidad humana de vuestro cónyuge; aceptad con alegría la vida que Dios os confía; haced estable y seguro vuestro matrimonio por amor a vuestros hijos.

»¡Seguid a Cristo! Vosotros, todavía solteros, o que os estáis preparando para el matrimonio, ¡seguid a Cristo! Vosotros, jóvenes o viejos, ¡seguid a Cristo! Vosotros, enfermos o ancianos; vosotros, los que sufrís o estáis afligidos; los que notáis la necesidad de cuidados, la necesidad de amor, la necesidad de un amigo: ¡seguid a Cristo!

»En nombre de Cristo extiendo a todos vosotros la llamada, la invitación, la vocación: ¡Ven y sígueme!» (Homilía Boston Common). 23-27. La conducta del joven rico da ocasión a Nuestro Señor para exponer una vez más la doctrina sobre el uso de los bienes materiales. No los condena por sí mismos; son medios que Dios ha puesto a disposición del hombre para su desarrollo en sociedad con los demás. El apego indebido a ellos es lo que hace que se conviertan en ocasión pecaminosa. El pecado consiste en «confiar» en ellos, como solución única de la vida, volviendo las espaldas a la divina Providencia. Idolatría llama San Pablo a la avaricia (Col 3, 5). Cristo excluye del Reino de Dios a quien cae en ese apegamiento a las riquezas, constituyéndolas en centro de su vida. O mejor dicho, él mismo se excluye.

Las riquezas pueden seducir tanto a quienes ya disponen de ellas, como a quienes desean ardientemente disponer. Por eso hay —paradójicamente— pobres ricos y ricos pobres. Como la inclinación al apegamiento o confianza en las riquezas es universal, los discípulos desconfían de la salvación: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». Con medios humanos, imposible. Con la gracia de Dios, todo es posible. Cfr. nota a Mt 6, 11.

Por otra parte, no poner la confianza en las riquezas supone que el que tiene bienes en este mundo ha de emplearlos en ayudar a los más necesitados. Ello exige «mucha generosidad, innumerables sacrificios y un esfuerzo sin descanso. A cada uno toca examinar su conciencia, que tiene una nueva voz para nuestra época. ¿Está dispuesto a sostener con su dinero las obras y las empresas organizadas en favor de los más pobres? ¿A pagar más impuestos para que los poderes públicos intensifiquen su esfuerzo para el desarrollo?» (Populorum progressio, n. 47).

 

Marc 10, 28-30

Jesucristo exige la virtud de la pobreza a todo cristiano; también exige la austeridad real y efectiva en la posesión y uso de los bienes materiales. Pero a los que han recibido una llamada específica al apostolado —como es aquí el caso de los Doce—, les exige un desprendimiento absoluto de bienes, riquezas, tiempo, familia, etc., en razón de su disponibilidad para el servicio apostólico, a imitación de Jesucristo que, siendo el Señor de todo el universo, se hizo pobre hasta no tener donde reclinar la cabeza (cfr. Mt 8, 20). La entrega de todos esos bienes por el Reino de los Cielos, lleva consigo la liberación del peso de ellos: es como el soldado que se despoja de un impedimento al entrar en combate para estar más ágil de movimientos. Esto produce un cierto señorío sobre todas las cosas: ya no se es esclavo de ellas y se experimenta aquella sensación a que aludía San Pablo: «Como quienes nada tenemos, pero todo lo poseemos» (2 Cor 6, 10). El cristiano que de esa manera se ha despojado del egoísmo, ha adquirido la caridad y con ella todas las cosas son suyas: «Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Cor 3, 22-23).

Pero el premio de ponerlo todo en Cristo, no sólo se recibirá plenamente en la vida eterna, sino ya en esta vida. Jesucristo habla de una manera sencilla del ciento por uno, que ya aquí recibirá quien abandone generosamente sus cosas.

El Señor añade «con persecuciones» (v. 30), porque éstas también son recompensa de la fe con que hemos abandonado las cosas por amor de Jesucristo; pues la gloria de un cristiano es la de conformarse con la imagen del Hijo de Dios, teniendo parte en su Cruz para participar después de su gloria: «Con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados» (Rom 8, 17); «porque todos los que quieren vivir con piedad en Cristo Jesús habrán de sufrir persecuciones» (2 Tim 3, 12).

 

Marc 10, 29

Estas palabras del Señor se cumplen especialmente en quienes por vocación divina abrazan el celibato, renunciando a formar una familia en la tierra. Al decir Jesús «por mí y por el Evangelio», está indicando que su ejemplo y las exigencias de su doctrina dan pleno sentido a este modo de vida: «Es, pues, el misterio de la novedad de Cristo, de todo lo que Él es y significa; es la suma de los más altos ideales del Evangelio y del Reino; es una especial manifestación de la gracia que brota del misterio pascual del Redentor, lo que hace deseable y digna la elección de la virginidad por parte de los llamados por el Señor Jesús, con la intención no solamente de participar de su oficio sacerdotal, sino también de compartir con Él su mismo estado de vida» (Sacerdotalis caelibatus, n. 23).

 

Marc 10, 32

Jesús caminaba hacia Jerusalén con el deseo ardiente de que se cumpliese en Él todo lo predicho acerca de su Pasión y Muerte. Ya había anunciado a sus discípulos que subía a padecer; por eso no comprendían la actitud del Señor. Jesucristo nos enseña en su vida a cargar amorosamente con la cruz, sin rehuirla, sin escamotearla, excediéndonos, abrazándola sin miedo.

 

Marc 10, 35-44

Es admirable la humildad de los Apóstoles que no callaron sus momentos anteriores de flaqueza y de miseria, sino que las contaron con sinceridad a los primeros cristianos. También Dios ha querido que en el Santo Evangelio quedara constancia histórica de aquellas primeras debilidades de los que iban a ser columnas inconmovibles de la Iglesia. Son las maravillas que obra en las almas la gracia de Dios. Nunca deberemos ser pesimistas al considerar nuestras propias miserias: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Phil 4, 13).

 

Marc 10, 38

Cuando pedimos algo en la oración debemos estar dispuestos a aceptar, por encima de todo, la voluntad de Dios, aunque no coincida con nuestros deseos: «Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene; no hay para qué le aconsejar lo que nos ha de dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos» (Moradas, II, 8).

 

Marc 10, 43-45

El ejemplo y las palabras del Señor son como un impulso para que todos sintamos la obligación de vivir el auténtico espíritu de servicio cristiano. Sólo el Hijo de Dios que bajó del Cielo y se sometió voluntariamente a las humillaciones (Belén, Nazaret, el Calvario, la Hostia Santísima), puede pedir al hombre que se haga el último, si quiere ser el primero. La Iglesia a lo largo de la historia continúa la misión de Cristo al servicio de los hombres: «Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados, ‘sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido’» (...) (Gaudium et spes, n. 3). Tomando parte en las mejores aspiraciones de los hombres y sufriendo al no verles satisfechos, desea ayudarles a conseguir su pleno desarrollo, y esto precisamente porque ella les propone lo que ella posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad» (Populorum progressio, n. 13).

Nuestra actitud ha de ser la del Señor: servir a Dios y a los demás con visión netamente sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. Esta actitud cristiana chocará sin duda con los criterios humanos. Sin embargo el «orgullo» del cristiano, identificado con Cristo, consistirá precisamente en servir. Sirviendo a los demás el cristiano participa de la misión de Cristo y alcanza así su verdadera dignidad: «Esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que ‘no ha venido a ser servido, sino a servir’. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente ‘reinar’ sólo ‘sirviendo’, a la vez, el ‘servir’ exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el ‘reinar’. Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio» (Redemptor hominis, n. 21). Cfr. nota a Mt 20, 27-28.

 

Marc 10, 46-52

«Oyendo aquel gran rumor de la gente, el ciego preguntó: ¿qué pasa? Le contestaron: Jesús de Nazaret. Y entonces se le encendió tanto el alma en la fe de Cristo, que gritó: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.

»¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia! (...).

»Había allí muchos que reñían a Bartimeo con el intento de que callara. Como a ti, cuando has sospechado que Jesús pasaba a tu vera. Se aceleró el latir de tu pecho y comenzaste también a clamar, removido por una íntima inquietud. Y amigos, costumbres, comodidad, ambiente, todos te aconsejaron: ¡cállate, no des voces! ¿Por qué has de llamar a Jesús? ¡No le molestes!

»Pero el pobre Bartimeo no les escuchaba, y aún continuaba con más fuerza: Hijo de David, ten compasión de mí. El Señor, que le oyó desde el principio, le dejó perseverar en su oración. Lo mismo que a ti. Jesús percibe la primera invocación de nuestra alma, pero espera. Quiere que nos convenzamos de que le necesitamos; quiere que le roguemos, que seamos tozudos, como aquel ciego que estaba junto al camino que salía de Jericó. Imitémosle. Aunque Dios no nos conceda en seguida lo que le pedimos, aunque muchos intenten alejarnos de la oración, no cesemos de implorarle (Hom. sobre S. Mateo, 66).

»Parándose entonces Jesús, le mandó llamar. Y algunos de los mejores que le rodean, se dirigen al ciego: ea, buen ánimo, que te llama. ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate —nos indica—, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión sobrenatural.

»Aquel hombre, arrojando su capa, al instante se puso en pie y vino a él. ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas... ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo.

»No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre (...).

»E inmediatamente comienza un diálogo divino, un diálogo de maravilla, que conmueve, que enciende, porque tú y yo somos ahora Bartimeo. Abre Cristo la boca divina y pregunta: quid tibi vis faciam?, ¿qué quieres que te conceda? Y el ciego: Maestro, que vea. ¡Qué cosa más lógica! Y tú, ¿ves? ¿No te ha sucedido, en alguna ocasión, lo mismo que a ese ciego de Jericó? Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí —¡algo que yo no sabía qué era!—, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam —Maestro, que vea— me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla.

»Rezad conmigo al Señor: doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu (Ps CXLII, 10), enséñame a cumplir tu Voluntad, porque Tú eres mi Dios. En una palabra, que brote de nuestros labios el afán sincero de corresponder, con deseo eficaz, a las invitaciones de nuestro Creador, procurando seguir sus designios con una fe inquebrantable, con el convencimiento de que Él no puede fallar (...).

»Pero volvamos a la escena que se desarrolla a la salida de Jericó. Ahora es a ti, a quien habla Cristo. Te dice: ¿qué quieres de Mí? ¡Que vea, Señor, que vea! Y Jesús: anda, que tu fe te ha salvado. E inmediatamente vio y le iba siguiendo por el camino. Seguirle en el camino. Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que Él nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba» (Amigos de Dios, nn. 195-198).

 

Mc 11

 

Marc 11, 1-11

Otras veces Jesús había entrado en Jerusalén; pero nunca lo había hecho como ahora, cuando era ya inmediato el tiempo de su Pasión. Antes no había querido descubrirse como el Mesías, evitando el entusiasmo de la muchedumbre; ahora, el Señor acepta las aclamaciones del pueblo, las aprueba e incluso da pie a ellas con esta entrada en forma de Rey pacífico. El ministerio público de Jesús está a punto de terminar: ha cumplido su misión; ha predicado; ha hecho milagros; ha manifestado, según los planes divinos, lo que debía decir acerca de Sí; y en esta entrada en Jerusalén muestra claramente su carácter mesiánico. El pueblo que grita «bendito el que viene en nombre del Señor», «bendito el Reino que viene, el de David nuestro padre», está proclamando a Jesús como el Mesías por tanto tiempo esperado. Cuando los jefes del pueblo, días más tarde, desencadenen la persecución final contra Él, se opondrán a este reconocimiento en boca del pueblo. Cfr. notas a Mt 21, 1-5 y 21, 9.

 

Marc 11, 3

Aunque Nuestro Señor, absolutamente hablando, no necesita del hombre, sin embargo, quiere servirse de nosotros para realizar sus planes divinos, como se sirvió del borrico para su entrada triunfal en Jerusalén. «Jesús se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como un jumento: como un borriquito soy yo delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra (Ps LXXII, 23), tú me llevas por el ronzal.

»Pensad en las características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma» (Es Cristo que pasa, n. 181).

 

Marc 11, 12

El hambre de Jesús es una muestra, entre tantas otras, de su verdadera Humanidad santísima. Hemos de contemplar a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, muy próximo a nosotros. El hambre del Señor nos indica que Él entiende perfectamente y ha participado de nuestras necesidades y limitaciones. «Generosidad del Señor que se ha humillado, que ha aceptado en pleno la condición humana, que no se sirve de su poder de Dios para huir de las dificultades o del esfuerzo. Que nos enseña a ser recios, a amar el trabajo, a apreciar la nobleza humana y divina de saborear las consecuencias del entregamiento» (Es Cristo que pasa, n. 61).

 

Marc 11, 13-14

No cabe duda de que Jesús sabía que no era tiempo de higos; por tanto, es claro que no pretendía comerlos, sino que esta acción tiene un significado más profundo. Los Santos Padres, cuyo sentir recoge San Beda en su comentario al pasaje, nos enseñan que el milagro de Jesús tiene una intención alegórica: Jesús había venido a los suyos, al pueblo judío, con hambre de encontrar frutos de santidad y buenas obras, pero no encontró sino las practicas exteriores, que, al no tener su correspondiente fruto, se quedaban reducidas a mera hojarasca. Del mismo modo Jesús, al entrar en el Templo echará en cara a los allí presentes que el Templo de Dios, que es casa de oración —fruto de la auténtica piedad—, lo han convertido en lugar de mercado —hojarasca externa y sin valor—. «También tú —concluye San Beda— si no quieres ser condenado por Cristo, debes guardarte de ser árbol estéril, para poder ofrecer a Jesús, que se ha hecho pobre, el fruto de piedad que necesita» (In Marci Evangelium expositio, in loc.).

Dios quiere que existan el fruto y las hojas; cuando, por falta de rectitud de intención, sólo hay hojas, lo que se ve, la apariencia, podemos temer que allí no exista más que una obra puramente humana, sin relieve sobrenatural, consecuencia de la ambición, de la soberbia, y del afán de figurar.

«Hemos de trabajar mucho en la tierra; y hemos de trabajar bien, porque esa tarea ordinaria es lo que debemos santificar. Pero no nos olvidemos nunca de realizarla por Dios. Si la hiciéramos por nosotros mismos, por orgullo, produciríamos sólo hojarasca: ni Dios ni los hombres lograrían, en árbol tan frondoso, un poco de dulzura» (Amigos de Dios, n. 202). Vid. también nota a los vv. 20-26.

 

Marc 11, 15-18

El Señor no transige con un comportamiento falto de fe y de piedad en las cosas que se refieren al culto de Dios. Si Jesús se comportó así respecto al Templo de la Antigua Ley, ¡qué no habremos de hacer nosotros respecto al Templo cristiano, en donde está Él real y verdaderamente presente en la Sagrada Eucaristía!: «Hay una urbanidad de la piedad. —Apréndela. —Dan pena esos hombres ‘piadosos’, que no saben asistir a Misa —aunque la oigan a diario—, ni santiguarse —hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación—, ni hincar la rodilla ante el Sagrario —sus genuflexiones ridículas parecen una burla—, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora» (Camino, n. 541). Cfr. nota a Mt 21, 12-13.

 

Marc 11, 20-25

Ante la higuera seca, nos habla Jesús del poder de las oración. Para que ésta sea eficaz se requiere fe y confianza absoluta: «Fe viva y penetrante. Como la fe de Pedro. —Cuando la tengas —lo ha dicho Él— apartarás los montes, los obstáculos, humanamente insuperables, que se opongan a tus empresas de apóstol» (Camino, n. 489).

Para que la oración sea eficaz también es necesario el amor, que perdona al prójimo; así nuestro Padre Dios nos perdonará; también a nosotros. Ya que todos somos pecadores es necesario que lo reconozcamos ante Dios y le pidamos perdón (cfr. Lc 18, 9-14). Cuando Cristo nos enseñó a orar exigió estas disposiciones previas (cfr. Mt 6, 12; cfr. también Mt 5, 23 y notas correspondientes). Así lo explica Teofilacto (Enarratio in Evangelium Marci, in loc.): «Cuando oréis, perdonad si tenéis alguna cosa contra alguien, para que vuestro Padre que está en los Cielos, os perdone vuestros pecados... Quien cree con gran afecto, eleva plenamente su corazón a Dios y, usando palabras de David, abre su alma ante Dios. Quien dilata su corazón ante Dios se une con Él y su corazón ardiente adquiere una mayor certeza de alcanzar lo que desea».

Incluso estando en pecado, lo primero que ha de hacer el hombre es acudir a Dios en la oración. Por eso, Jesús no pone limitación alguna: «Cualquiera que diga...». En consecuencia, nuestra indignidad personal no debe ser excusa para dejar de acudir a nuestro Padre Dios con una oración confiada. Tampoco el hecho de que Dios conoce nuestras necesidades puede ser pretexto para no dirigirnos a Él. Santa Teresa exclamaba así en su oración: «¡Oh Señor mío!, ¿por ventura será mejor callar con mis necesidades esperando que Vos las remediéis? No, por cierto; que Vos, Señor mío y deleite mío, sabiendo las muchas que habían de ser y el alivio que nos es contarlas a Vos, decís que os pidamos y que no dejaréis de dar» (Exclamaciones, 5). Cfr. notas a Mt 6, 5-6 y a Mt 7, 7-11.

 

Marc 11, 26

Muchos manuscritos antiguos añaden el v. 26; pero es claro que se trata de una adición, tomada literalmente de Mt 6, 15. Esa adición fue recogida por los editores de la antigua Vulgata Sixto-Clementina.

 

Marc 11, 27-33

Los que interrogan al Señor son los mismos que, días antes, buscaban el modo de perderle (cfr. Mc 11, 18). En ellos está representado el judaísmo oficial de la época (cfr. nota a Mt 2, 4). Jesús había dado ya pruebas y signos de su mesianidad por medio de los milagros y de su doctrina a lo largo del ministerio público. Además, San Juan Bautista había cumplido su misión de dar testimonio acerca de Jesús. Por esta causa, antes de dar la respuesta, Nuestro Señor les exige que reconozcan la verdad proclamada por el Precursor. Pero ellos no quieren aceptar la verdad, ni tampoco oponerse públicamente a ella por temor al pueblo. Ante esa conducta que no quiere rectificar era inútil toda otra explicación de Jesús.

Este episodio es ejemplar para otros muchos que ocurren en la vida: quien intente pedir cuentas a Dios quedará confundido.

 

Mc 12

 

Marc 12, 1-12

En esta parábola está compendiada de un modo impresionante la Historia de la Salvación. Jesús se sirve para exponer el misterio de su Muerte redentora de una de las más bellas alegorías del AT: la llamada «canción de la viña», con la que Isaías (5, 1-7) profetizaba la ingratitud de Israel ante los favores de Dios. Jesús, sobre la base del texto de Isaías, nos revela la paciencia de Dios que manda uno tras otro a sus mensajeros, los profetas del AT, para terminar enviando, dice el texto, a «su hijo amado», el mismo Jesús al que matarían los viñadores. Esta expresión, con la que Dios mismo en el Bautismo (1, 11) y en la Transfiguración (9, 7) había designado a Cristo, indica la divinidad de Jesús, que es la piedra angular de la salvación, rechazada por los que edifican sobre su egoísmo y su soberbia. Para los judíos que escucharon esta parábola de labios de Jesús, el sentido les debió parecer inequívoco. Los dirigentes de Israel, en efecto, «habían comprendido que la parábola iba dirigida a ellos» (v. 12) y constituía el cumplimiento de lo profetizado por Isaías. Cfr. nota a Mt 21, 33-46.

 

Marc 12, 13-17

Jesús aprovecha la trampa que intentan ponerle sus enemigos para enseñar que el hombre pertenece totalmente a su Creador: «Tenéis que dar forzosamente al César la moneda que lleva impresa su imagen; pero vosotros entregad con gusto todo vuestro ser a Dios, porque impresa está en nosotros su imagen y no la del César» (Comm. in Marcum, in loc.).

A la vez, Nuestro Señor asienta un principio permanente, que ha de guiar la actuación de los cristianos en la vida pública. La Iglesia reconoce la justa autonomía de las realidades terrenas, pero esto no quiere decir que no tenga la responsabilidad de iluminarlas con la luz del Evangelio. Los laicos, al colaborar codo a codo con los demás ciudadanos en el desarrollo de la sociedad, han de infundir un auténtico sentido cristiano: «Si el papel de la Jerarquía es el de enseñar a interpretar auténticamente los principios morales que hay que seguir en este terreno, a los seglares les corresponde, con su libre iniciativa, y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven. Los cambios son necesarios, las reformas profundas, indispensables: deben emplearse resueltamente en infundirles el espíritu evangélico» (Populorum progressio, n. 81).

 

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