La venida del Reino de Dios con poder no parece referirse a la segunda venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos o Parusía, sino que indica la expansión admirable de la Iglesia ya en la época apostólica. De ese desarrollo, en efecto, serán testigos algunos de los allí presentes. El crecimiento y dilatación de la Iglesia en el mundo no puede explicarse sino por el poder divino que Dios da al Cuerpo Místico de Cristo. La Transfiguración del Señor, que se relata inmediatamente, es una señal, dada a los Apóstoles, de la divinidad de Jesús y de los poderes divinos que daría a su Iglesia.
Marc 9, 2-10
Contemplamos admirados esta manifestación de la gloria del Hijo de Dios a tres de sus discípulos. Desde la Encarnación, la Divinidad de Nuestro Señor estaba habitualmente oculta tras la Humanidad. Pero Cristo quiso manifestar precisamente a estos tres discípulos predilectos, que iban a ser columnas de la Iglesia, el esplendor de su gloria divina con el fin de que cobraran alientos para seguir el difícil y áspero camino que les quedaba por recorrer, fijando la mirada en la meta gozosa que les esperaba al final. Por esta razón, como comenta Santo Tomás (cfr. Suma Teológica, III, q. 45, a. 1), fue conveniente que Cristo manifestara la claridad de su gloria. Las circunstancias de la Transfiguración inmediatamente después del primer anuncio de su Pasión, y de las palabras proféticas de que sus seguidores también tendrían que tomar su Cruz, nos hacen entender que «nos es preciso pasar por medio de muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Act 14, 22).
¿En qué consistió la Transfiguración del Señor? Para poder entender de algún modo este hecho milagroso de la vida de Cristo hay que tener en cuenta que el Señor, para redimirnos con su Pasión y Muerte, renunció voluntariamente a la gloria divina y se encarnó con carne pasible, no gloriosa, haciéndose semejante en todo a nosotros menos en el pecado (cfr. Heb 4, 15). En este momento de la Transfiguración, Jesucristo quiere que la gloria. que le correspondía por ser Dios, y que su alma tenía desde el momento de la Encarnación, aparezca milagrosamente en su cuerpo. «Aprendamos de esa actitud de Jesús. En su vida en la tierra, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo (cfr. Phil 11, 6)» (Es Cristo que pasa, n. 62). Teniendo en cuenta Quién se encarna (la dignidad de la persona y la gloria de su alma), era conveniente la gloria del cuerpo de Jesús. Pero teniendo en cuenta para qué se encarna (la finalidad de la Encarnación), no era conveniente, de modo habitual, dicha gloria. Cristo muestra su gloria en la Transfiguración para movernos al deseo de la gloria divina que se nos dará, y así, con esta esperanza, entendamos «que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 18).
Marc 9, 2
Según el Deuteronomio (19, 15), para dar fe de un hecho eran necesarios dos o tres testigos. Quizá por esto Jesucristo quiso que estuviesen presentes tres Apóstoles. Hay que notar que estos tres Apóstoles fueron los predilectos, que le acompañaron también en la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 37), y estuvieron más cerca de Él en los momentos tremendos de Getsemaní (Mc 14, 33). Cfr. nota a Mt 17, 1-13.
Marc 9, 7
De este modo explica Santo Tomás el significado de la Transfiguración: «Así como en el bautismo de Jesús, donde fue declarado el misterio de la primera regeneración, se mostró la acción de toda la Trinidad, ya que allí estuvo el Hijo Encarnado, se apareció el Espíritu Santo en forma de paloma, y allí se escuchó la voz del Padre; así también en la Transfiguración, que es como el sacramento de la segunda regeneración (la resurrección), apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, y el Espíritu Santo en la claridad de la nube; porque así como Dios Trino da la inocencia en el Bautismo, de la misma manera dará a sus elegidos el fulgor de la gloria y el alivio de todo mal en la Resurrección...» (Suma Teológica, III, q. 45, a. 4 ad 2). Porque, en efecto, la Transfiguración fue un cierto signo o anticipo no sólo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra. Pues, como dice San Pablo: «El Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados» (Rom 8, 16-17).
«El Amado»: Con esta expresión se revela que Cristo es el Hijo Unigénito del Padre, cumpliendo las profecías del Antiguo Testamento. Fray Luis de León comenta: «Es Cristo El Amado, esto es, el que antes ha sido, y ahora es y será para siempre la cosa más amada de todas (...) porque ni una criatura sola, ni todas juntas las criaturas, son de Dios tan amadas, y porque Él solo es el que tiene verdaderos adoradores de sí» (Los nombres de Cristo, libro 3, Amado).
Marc 9, 10
La verdad de la resurrección de los muertos estaba ya revelada en el Antiguo Testamento (cfr. Dan 12, 2-3; 2 Mach 7, 9; 12, 43), y los judíos piadosos creían en ella (cfr. Ioh 11, 23-25). Sin embargo, no eran capaces de entender la verdad profunda de la Muerte y Resurrección del Señor, porque sólo consideraban el aspecto glorioso y triunfador del Mesías, a pesar de que también estaban profetizados sus sufrimientos y su muerte (cfr. Is 53). De ahí las disquisiciones de los Apóstoles que no se atreven a preguntar directamente al Señor por su Resurrección.
Marc 9, 11-13
Los escribas y fariseos interpretaban la profecía mesiánica de Malaquías (3, 1-2), en el sentido de una aparición ostentosa de Elías en persona, al que seguiría el Mesías definitivamente triunfante, sin sombra de dolor ni de humillación. Jesucristo les hace ver que ciertamente Elías ya ha venido en la persona de Juan el Bautista (Mt 17, 13) y que ha preparado los caminos del Mesías, que son caminos de dolor y de sufrimiento.
El v. 12 constituye una pregunta que Jesús se hace ante sus discípulos. Esta pregunta la deberían haber planteado los discípulos, si hubiesen caído en la cuenta de que la Resurrección de Cristo suponía los sufrimientos y la muerte del Mesías. Al no hacerla, Jesús se adelanta para enseñarles que tanto Él como Elías (esto es, Juan el Bautista) deberían pasar por el camino del sufrimiento antes de llegar a la gloria.
Marc 9, 17
El demonio que poseía a este muchacho es calificado como «espíritu mudo», por ser la mudez la manifestación principal de esta posesión. Sobre la posesión diabólica cfr. nota a Mt 12, 22-24.
Marc 9, 19-24
Como en otras ocasiones, antes de realizar el milagro, Jesús exige una fe rendida. El texto original posee un matiz muy difícil de traducir y que requiere una explicación; la expresión «si puedes» del v. 23 literalmente debería traducirse por «¡el si puedes!». Se trata de una exclamación de Jesús relativa a la petición del padre del muchacho (v. 22), la cual suponía una cierta duda sobre la omnipotencia de Cristo. El Señor corrige este modo de pedir y le exige una fe sólida. En el v. 24 se ve cómo el padre del niño ha cambiado profundamente sus disposiciones de fe: el Señor hace entonces el milagro. Esta fe robustecida se ha convertido en omnipotente, porque el hombre de fe no se apoya en sí mismo sino en Jesucristo. De este modo, por la fe, nos hacemos participantes de la omnipotencia divina. Pero la fe es un don de Dios, que el hombre, sobre todo en sus momentos de vacilación, debe pedir con humildad y tesón, como el padre del niño endemoniado: «Creo, Señor; ayuda mi incredulidad», y como los Apóstoles: «¡Auméntanos la fe!» (Lc 17, 5).
Marc 9, 28-29
«Al enseñar el Señor a los Apóstoles cómo debe ser expulsado este demonio tan maligno, nos enseña a todos cómo hemos de vivir, y que la oración es el medio de que hemos de valernos para superar hasta las mayores tentaciones de los espíritus inmundos o de los hombres. La oración no consiste sólo en las palabras con que invocamos la clemencia divina, sino también en todo lo que hacemos en obsequio de nuestro Creador movidos por la fe. De ello es testigo el Apóstol cuando dice: ‘Orad sin cesar’ (1 Thes 5, 17)» (In Marci Evangelium expositio, in loc.).
Marc 9, 30-32
Jesucristo, que se conmueve al ver a las multitudes como ovejas sin pastor (Mt 9, 36), las deja sin embargo para dedicarse a una instrucción esmerada de los Apóstoles. Se retira con ellos a lugares apartados y allí, pacientemente, les explica aquellos puntos que no habían entendido en la predicación al pueblo (Mt 13, 36). Concretamente aquí, por segunda vez, les anuncia el acontecimiento próximo de su Muerte redentora en la Cruz, seguida de su Resurrección.
En su trato con las almas Jesús actúa igual: llama al hombre al retiro de la oración y, allí, le instruye sobre sus designios más íntimos y sobre los aspectos más exigentes de la vida cristiana. Después, como los Apóstoles, los cristianos habrán de sembrar esta doctrina hasta los confines de la tierra.
Marc 9, 34-35
A raíz de una discusión mantenida a sus espaldas, Jesucristo adoctrina a los discípulos sobre el modo de ejercer la autoridad en la Iglesia: no como quien domina, sino como quien sirve. Él, en el desempeño de su misión de fundar la Iglesia de la que es Cabeza y Legislador supremo, vino a servir y no a ser servido (Mt 20, 28).
Quien no busca esta actitud de servicio abnegado, además de carecer de una de las mejores disposiciones para el recto ejercicio de la autoridad, se expone a ser arrastrado por la ambición del poder, por la soberbia y por la tiranía. «Hacer cabeza en una obra de apostolado es tanto como estar dispuesto a sufrirlo todo, de todos, con infinita caridad» (Camino, n. 951).
Marc 9, 36-37
Jesús, para enseñar gráficamente a sus Apóstoles la abnegación y humildad que necesitan en el ejercicio de su ministerio, toma a un niño, lo abraza y les explica el significado de este gesto: acoger en nombre y por amor de Cristo a los que, como ese niño, no tienen relieve a los ojos del mundo, es acoger al mismo Cristo y al Padre que lo ha enviado. En ese niño que Jesús abraza están representados todos los niños del mundo, y también todos los hombres necesitados, desvalidos, pobres, enfermos, en los cuales nada brillante y destacado hay para admirar.
Marc 9, 38-40
El Señor previene a los Apóstoles, y tras ellos a todos cristianos, contra el exclusivismo y el espíritu de partido único en la tarea apostólica, que se expresa en el falso refrán: «El bien, si no lo hago yo, ya no es bien». Por el contrario, debemos asimilar esta enseñanza de Cristo, porque el bien es bien, aunque no lo haga yo. Cfr. nota a Lc 9, 49-50.
Marc 9, 41
El valor y mérito de las obras buenas está principalmente en el amor a Dios con que se realizan: «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (Camino, n. 814). Dios recompensa, sobre todo, las acciones de servicio a los demás, por pequeñas que parezcan: «¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor de Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al humano juicio; pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente por ello aumento de caridad» (Tratado del amor de Dios, libro 3, cap. 2).
Marc 9, 42
«Escándalo es cualquier dicho, hecho u omisión que da ocasión a otro de cometer pecados» (Catecismo Mayor, n. 417). Se llama diabólico, y lo es, cuando el fin intentado por quien produce el escándalo es el pecado del prójimo, en cuanto ofensa a Dios. Por ser el pecado el mayor de todos los males, se comprende la gravedad del escándalo y, por tanto, la tajante condena de Cristo. Particular gravedad reviste escandalizar a los niños, porque están más indefensos contra el mal. La advertencia de Cristo rige para todos, pero de modo especial para los padres y educadores, que son responsables ante el tribunal de Dios del alma de los pequeños.
Marc 9, 43-48
Después que Jesús ha enseñado la obligación de evitar el escándalo a los demás, sienta ahora las bases de la doctrina moral cristiana sobre la ocasión de pecado; la enseñanza del Señor es imperiosa: el hombre está obligado a apartar y evitar la ocasión próxima de pecado, como el pecado mismo, según lo que ya había dicho Dios en el AT: «El que ama el peligro en él caerá» (Eccli 3, 26-27). El bien eterno de nuestra alma es superior a toda otra estimación de bienes temporales. Por tanto, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros. Esta forma de hablar —tan gráfica— del Señor deja bien sentada la gravedad de esta obligación.
Los Santos Padres, bajo la imagen de los miembros corporales, ven a aquellas personas que obstinadas en el mal nos inducen irremediablemente a las malas obras o a la mala doctrina. Es a éstos a quienes hay que apartar de nosotros para que lleguemos a la vida, antes que ir con ellos al infierno (De consensu Evangelistarum, IV, 16; Hom. sobre S. Mateo, 60).
Marc 9, 43
«Infierno», literalmente «gehenna» o Ge-hinnom, era un pequeño valle al sur de Jerusalén, fuera de las murallas y más bajo que la ciudad. Por siglos este lugar fue utilizado para depositar las basuras de la población. Habitualmente esas basuras eran quemadas para evitar el foco de infección que constituían y la acumulación de las mismas. Era proverbial como lugar inmundo y malsano. Nuestro Señor toma pie de este hecho conocido para explicar, de modo gráfico, el fuego inextinguible del infierno.
Marc 9, 44
«Donde su gusano no muere y el fuego no se apaga»: Esta frase no aparece en los mejores manuscritos. Son palabras que, tomadas del profeta Isaías (66, 24), se repiten a modo de estribillo en los vv. 46 (omitido por la misma razón que el v. 44) y 48. Con ellas se refiere el Señor a los tormentos del infierno. Con frecuencia, el gusano que no muere se ha aplicado a los remordimientos eternos que atormentan a los condenados; y el fuego inextinguible a la pena de sentido corporal. Los Santos Padres dicen también que ambas cosas se pueden referir a los tormentos corporales. En cualquier caso significan un castigo horrible y eterno.
Marc 9, 49-50
«Todos serán salados con fuego». Así comenta San Beda este pasaje: «Todo hombre será salado con el fuego, dice Jesús, porque todos los elegidos deben purificarse de toda corrupción de concupiscencia carnal con la sabiduría espiritual. O quizá hable del fuego de la tribulación, con la cual se ejercita la paciencia de los fieles para que puedan llegar a la perfección» (In Marci Evangelium expositio, in loc.).
Algunos códices añaden: «Toda víctima será salada con sal». Esta frase, en Levítico (2, 13), prescribía que las carnes destinadas al sacrificio fueran sazonadas con sal para que no se corrompieran. Se emplea esta prescripción del Antiguo Testamento para enseñar que los cristianos deben ofrecerse a Dios como víctimas agradables, impregnadas del espíritu del Evangelio simbolizado por la sal. El discurso del Señor que había comenzado con ocasión de una disputa sobre quién era el mayor, termina con una lección acerca de la paz y la caridad fraternas. Sobre la sal desvirtuada vid. nota a Mt 5, 13.
Marc 10, 1-12
El marco en que se sitúa la escena es frecuente en el Evangelio. La actitud malintencionada de los fariseos contrasta con la sencillez de la multitud que escucha con atención las enseñanzas de Jesús. La pregunta de los fariseos pretendía tenderle una trampa, enfrentando a Jesús con la Ley de Moisés. Pero Jesucristo, Mesías e Hijo de Dios, es el que sabe perfectamente el sentido de dicha Ley. Moisés había permitido el divorcio condescendiendo a la dureza de aquel antiguo pueblo; la condición de la mujer era ignominiosa en aquellas tribus bárbaras —era considerada casi un animal o un esclavo—, por lo tanto Moisés protege contra estos abusos la dignidad de la mujer, consiguiendo el avance social de un documento que la tutelaba (el libelo de repudio). Era éste un escrito por el cual el marido declaraba el rechazo y, por tanto, la libertad de la mujer repudiada. Jesús devuelve a su pureza original la dignidad del hombre y de la mujer en el matrimonio, según lo instituyera Dios en el principio de la creación: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gen 2, 24). Por eso Dios estableció en un principio la unidad e indisolubilidad del matrimonio. El Magisterio de la Iglesia, único intérprete autorizado del Evangelio y de la ley natural, ha custodiado y defendido constantemente esta doctrina (piénsese, por ejemplo, en los casos de la historia, cuando se negó a admitir el divorcio de Enrique VIII de Inglaterra), y la ha enseñado solemnemente en innumerables documentos (Pro Armeniis; De Sacram. matr.; Casti connubii; Gaudium et spes, n. 48).
Un buen resumen de esta doctrina son las siguientes palabras: «La indisolubilidad del matrimonio no es un capricho de la Iglesia, y ni siquiera una mera ley positiva eclesiástica: es de ley natural, de derecho divino, y responde perfectamente a nuestra naturaleza y al orden sobrenatural de la gracia» (Conversaciones, n. 97). Cfr. nota a Mt 5, 31-32.
Marc 10, 5-9
El cristiano no debe dejarse impresionar, a la hora de recordar el valor perenne y universal de esta doctrina, por las dificultades o incluso las burlas que pueda encontrar en el ambiente. «Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza (...) la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza (cfr. Eph 5, 25).
»Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.
»Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un corazón nuevo: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la dureza de corazón (cfr. Mt 19, 8), sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el testigo fiel (Apc 3, 14), es el sí de las promesas de Dios (cfr. 2 Cor 1, 20) y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin (cfr. Ioh 13, 1) (...).
»Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo» (Familiaris consortio, n. 20).
Marc 10, 13-16
El relato evangélico refleja una espontaneidad y una viveza que enamora al lector y que cabe relacionar con la figura de San Pedro, a quien Marcos se lo oiría contar. Es una de las pocas ocasiones en que se dice en los Santos Evangelios que Cristo se enfadó. La causa fue la intolerancia de los discípulos, que entendían inoportuna la pretensión de quienes presentaban a los niños para que el Señor los bendijese, como una pérdida de tiempo y una circunstancia enojosa para el Maestro: Cristo tiene cosas más graves en que pensar como para ocuparse de estos críos, pudieran haber pensado. La conducta de los discípulos no es malintencionada; simplemente se dejan llevar por criterios humanos, queriendo evitar un fastidio al Señor. No han calado en lo que les ha dicho poco antes: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió» (Mc 9, 37).
Por otra parte, el Señor destaca con toda claridad la necesidad que tiene el cristiano de hacerse como un niño para entrar en el Reino de los Cielos: «Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños» (Santo Rosario, Prólogo). En definitiva, las palabras del Señor son otra manera, sencilla y gráfica, de explicar la doctrina esencial de la filiación divina: Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos; toda la religión se resume en la relación de un buen hijo con un buen Padre. Ese espíritu de filiación divina tiene como cualidades: el sentido de la dependencia de nuestro Padre del Cielo y el abandono confiado en su providencia amorosa, igual que un niño confía en su padre; la humildad de reconocer que por nosotros nada podemos; la sencillez y la sinceridad, que nos llevan a mostrarnos tal como somos...
Marc 10, 17-18
El joven —así lo especifica Mt 19, 16— acude a Jesús como a un autorizado maestro en la vida espiritual, con la esperanza de que le guíe hacia la vida eterna. No es que Jesucristo rechace la alabanza de la que es objeto, sino que explica la causa profunda de esas palabras del joven: Él es bueno, no como lo es un hombre bueno, sino por ser Dios, que es la bondad misma. Por tanto, el muchacho ha dicho una verdad, pero una verdad a medias. Ahí está lo enigmático de la respuesta de Jesús y su profundidad absoluta. Jesús trata, por tanto, de hacer remontarse al joven desde una consideración honesta, pero humana, a una visión enteramente sobrenatural. Para que este hombre consiga realmente la vida eterna tiene que ver en Jesucristo, no sólo un buen maestro, sino al Salvador divino, al único Maestro, al único que, como Dios, es la Bondad misma. Vid. nota a Mt 19, 16-22. 19.
El Señor no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud (Mt 5, 17). Los mandamientos son el núcleo fundamental de la Ley. El cumplimiento de estos preceptos es necesario para alcanzar la vida eterna. Cristo da plenitud a estos mandamientos en un doble sentido. Primero, porque nos ayuda a descubrir todas las exigencias que éstos tienen en la vida de los hombres. La luz de la revelación nos lleva al conocimiento fácil y seguro de los preceptos del Decálogo, que la razón humana por sus propias fuerzas muy difícilmente lograría alcanzar. En segundo lugar, su gracia pone en nosotros la fortaleza para contrarrestar la inclinación mala que es fruto del pecado original. Los mandamientos conservan, pues, en la vida cristiana toda su vigencia y son como los hitos que señalan el camino que conduce al Cielo.
Marc 10, 21-22
El Señor sabe que en el corazón de aquel joven hay un fondo de generosidad, de entrega. Por eso le mira complacido, con un amor de predilección que lleva consigo la invitación a vivir en una mayor intimidad con Dios. Esto exige una renuncia que el Señor concreta: abandonar todas sus riquezas, para entregar el corazón todo entero a Jesús. Dios llama a todos los hombres a la santidad. Pero son muchos los caminos que a ella conducen. A cada hombre toca poner los medios para descubrir cuál es, según la voluntad de Dios, el suyo concreto. El Señor, en sus designios, siembra en el alma de cada persona la semilla de la vocación, que indica el camino peculiar por el que ha de llegar a la meta común de la santidad.
En efecto, si el hombre no pone obstáculos, si responde con generosidad a esa semilla, siente un deseo de ser mejor, de entregarse de un modo más generoso. Como fruto de ese deseo, busca, pregunta a Dios en la oración, a las personas que le puedan guiar. A esa búsqueda sincera Dios responde siempre sirviéndose de instrumentos muy variados. Al hombre le parece ver claro el camino que Dios le señala, pero duda en la decisión, se siente sin fortaleza para emprender este camino que exige siempre renuncias. Son momentos de oración, de mortificación, para que triunfe la luz, la invitación divina, por encima de los cálculos humanos. Porque el nombre, ante la llamada de Dios, permanece siempre libre. Por eso puede responder con generosidad, o ser cobarde, como el joven del que nos habla el Evangelio. La falta de generosidad para seguir la propia vocación produce siempre tristeza.
Marc 10, 21
«En su concisa elocuencia —señala Juan Pablo II comentando este pasaje—, este acontecimiento profundamente penetrante expresa una gran lección en pocas palabras: toca problemas sustanciales y cuestiones de fondo que no han perdido, en modo alguno, su importancia. En todas partes los jóvenes se plantean problemas importantes: problemas sobre el significado de la vida, sobre el modo recto de vivir, sobre la verdadera escala de valores: ‘¿Qué he de hacer? ¿Qué he de hacer para conseguir la vida eterna?’ (...). Por esto os digo a cada uno de vosotros: escuchad la llamada de Cristo cuando sentís que os dice: ‘Sígueme’. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor! Es una opción que se hace: ¡la opción por Cristo y por su modelo de vida, por su mandamiento de amor!
»El mensaje de amor que trae Cristo es siempre importante, siempre interesante. No es difícil ver cómo el mundo de hoy, a pesar de su belleza y grandeza, a pesar de las conquistas de la ciencia y de la tecnología, a pesar de los refinados y abundantes bienes materiales que ofrece, está ávido de más verdad, de más amor, de más alegría. Y todo esto se encuentra en Cristo y en su modelo de vida (...). Frente a estos problemas y a estas desilusiones, muchos tratarán de huir de las propias responsabilidades, refugiándose en el egoísmo, en los placeres sexuales, en la droga, en la violencia, en el indiferentismo o en una actitud de cinismo. Pero hoy yo os propongo la opción del amor, que es lo contrario de la huida. Si vosotros aceptáis realmente este amor que viene de Cristo, éste os conducirá a Dios. Quizá en el sacerdocio o en la vida religiosa; quizá en algún servicio especial que prestéis a vuestros hermanos y hermanas, especialmente a los necesitados, a los pobres, a quien se siente solo, a los marginados, a aquellos cuyos derechos han sido conculcados, a aquellos cuyas exigencias fundamentales no han sido satisfechas. Cualquier cosa que hagáis de vuestra vida, haced que sea un reflejo del amor de Cristo» (Homilía Boston Common).