La Ley de Moisés (Dt 24, 1), dada en tiempos antiguos, había tolerado el divorcio por la dureza de corazón de los hebreos. Pero no había señalado de manera clara los motivos para llegar a él. Por eso los rabinos habían dado una serie de interpretaciones diversas, según las escuelas a que perteneciesen, que iban de posiciones muy laxas a otras más rígidas. En todo caso, sólo el marido podía repudiar a la mujer. La condición de inferioridad de la mujer había sido de algún modo suavizada por el acta o libelo de repudio, escrito por el cual el marido declaraba la libertad de la mujer repudiada para que pudiera contraer nuevas nupcias. Contra tales interpretaciones rabínicas. Jesús restablece la originaria indisolubilidad del matrimonio tal como Dios lo había instituido (Gen 1, 27; 2, 24; cfr Mt 19, 4-6; Eph 1, 31; 1 Cor 7, 10).
La frase «fuera del caso de fornicación» no puede tomarse como una excepción del principio de la absoluta indisolubilidad del matrimonio que Jesús acaba de restablecer. Casi con toda seguridad, la mencionada cláusula se refiere a uniones admitidas como matrimonio entre algunos pueblos paganos, pero prohibidas, por incestuosas, en la Ley mosaica (cfr Lev 18) y en la tradición rabínica. Se trata, pues, de uniones inválidas desde su raíz por algún impedimento. Cuando tales personas se convertían a la verdadera fe, no es que pudiera disolverse su unión, sino que se declaraba que no habían estado nunca unidas en verdadero matrimonio. Por tanto, esta cláusula no va en contra de la indisolubilidad del matrimonio, sino que la reafirma.
La Iglesia, a partir de la enseñanza de Jesús, y guiada por el Espíritu Santo, ha concretado la solución del caso especialmente grave del adulterio, estableciendo la licitud de la separación de los cónyuges, pero sin disolubilidad del vínculo matrimonial y, por tanto, sin posibilidad de contraer nuevo matrimonio.
La indisolubilidad del matrimonio fue enseñada por la Iglesia desde el principio sin la menor duda, y urgió en la práctica el cumplimiento moral y jurídico de esta doctrina, expuesta con toda autoridad por Jesús (Mt 19, 3-9; Mc 10, 1-12; Lc 16, 18) y los Apóstoles (1 Cor 6, 16; 7, 10-11.39; Rom 7, 2-3; Eph 5, 31 s.). Entre los muchos textos del Magisterio que se podrían citar, he aquí sólo algunos a modo de ejemplo:
«Se asigna un triple bien al matrimonio (...). El tercero es la indisolubilidad del matrimonio, porque significa la invisible unión de Cristo y la Iglesia. Y aunque por motivo de fornicación sea lícito hacer separación del lecho, no lo es, sin embargo, contraer otro matrimonio, como quiera que el vínculo del matrimonio legítimamente contraído es perpetuo» (Pro Armenis).
«Si alguno dijere que, a causa de herejía, o por cohabitación molesta, o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (De Sacram. matr., can. 5).
«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles, no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema» (De Sacram. matr., can. 7).
«Quede asentado, ante todo, como fundamento inconmovible e inviolable, que el matrimonio no fue instituido ni establecido por obra de los hombres, sino por obra de Dios; que fue protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres, sino del autor mismo de la naturaleza. Dios, y del restaurador de la misma naturaleza. Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio de los hombres, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges. Ésta es la doctrina de las Sagradas Letras; ésta la constante y universal Tradición de la Iglesia; ésta la solemne definición del sagrado Concilio de Trento, que confirma y precisa con las mismas palabras de la Sagrada Escritura que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio y su unidad y firmeza tienen a Dios por autor» (Casti connubii).
«Así pues, aun cuando antes de Cristo, de tal modo se templó la sublimidad y serenidad de la ley primitiva que Moisés permitió a los ciudadanos del mismo pueblo de Dios, por causa de la dureza de su corazón, dar libelo de repudio por determinadas causas; sin embargo. Cristo, en uso de su potestad de legislador supremo, revocó este permiso de mayor licencia, y restableció íntegramente la ley primitiva por aquellas palabras que nunca hay que olvidar: ‘lo que Dios unió, el hombre no lo separe’» (Casti connubii).
«Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio... Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen y urgen la plena fidelidad conyugal y la indisoluble unidad del matrimonio» (Gaudium et spes, n. 48).
Matthieu 5, 33-37
La Ley de Moisés prohibía taxativamente el perjurio o violación de juramento (Ex 20, 7; Num 30, 3; Dt 23, 22). En tiempos de Cristo, la práctica del juramento había caído en un abuso hasta ridículo por su frecuencia y por la casuística en torno a él. Según numerosos documentos rabínicos de la época, se juraba por los motivos más intranscendentes. Junto al abuso del juramento, había surgido otro, no menos ridículo, para legitimar su incumplimiento. Todo ello constituía una falta de respeto al nombre de Dios. No obstante, por la misma Sagrada Escritura sabemos que el juramento es lícito y bueno en algunas ocasiones: «si juras por la vida de Yahwéh con verdad, con derecho y con justicia, serán en ti bendecidos los pueblos y en ti se gloriarán» (Ier 4, 2).
Jesús establece el principio que han de seguir sus discípulos en esta materia. Se basa en un restablecimiento de la confianza mutua, de la hombría de bien y de la sinceridad. El demonio es el «padre de la mentira» (Ioh 8, 44). Por tanto, en la Iglesia de Cristo no pueden tolerarse unas relaciones humanas basadas en el engaño, en la insinceridad. Dios es la verdad, y los hijos del Reino tienen, pues, que fundamentar sus relaciones en la verdad. Jesús concluye con una exaltación de la sinceridad. A lo largo de toda su enseñanza la hipocresía es uno de los vicios más combatidos (véase, por ejemplo, Mt 23, 13-32), mientras que la sinceridad constituye una de las más bellas virtudes (véase Ioh 1, 47).
Matthieu 5, 38-42
Entre los antiguos semitas, de los que procede el pueblo hebreo, imperaba la ley de la venganza. Esto daba lugar a unas interminables luchas y crímenes. La ley del talión constituyó en aquellos primeros siglos del pueblo elegido un avance ético, social y jurídico notorio. Ese avance consistía en que el castigo no podía ser mayor que el delito, y que cortaba de raíz toda reiteración punitiva. Con ello, por un lado, quedaba satisfecho el sentido del honor de los clanes y familias y, por otro, se cortaba la interminable cadena de venganzas.
En la moral del Nuevo Testamento Jesús da el definitivo avance, en el que juega un papel fundamental el sentido del perdón y la superación del orgullo. Sobre estas bases morales y la defensa razonable de los derechos personales debe establecerse todo ordenamiento jurídico para combatir el mal en el mundo. Los tres últimos versículos se refieren a la caridad mutua entre los hijos del Reino; caridad que presupone e impregna la justicia.
Matthieu 5, 43-47
El pasaje recapitula las enseñanzas anteriores. El Señor llega a establecer que el cristiano no tiene enemigos personales. Su único enemigo es el mal en sí, el pecado, pero no el pecador. Esta doctrina fue llevada a la práctica por el mismo Jesucristo con los que le crucificaron, y es la que sigue todos los días con los pecadores que se rebelan contra Él y le desprecian. Por eso los santos han seguido el ejemplo del Señor, como el primer mártir San Esteban, que oraba por los que le estaban dando muerte. Se ha llegado a la cúspide de la perfección cristiana: amar y rezar hasta por los que nos persigan y calumnien. Éste es el distintivo de los hijos de Dios.
Matthieu 5, 43
La primera parte del versículo «amarás a tu prójimo», está en Levítico 19,18. La segunda parte «odiarás a tu enemigo», no viene en la Ley de Moisés. Las palabras de Jesús, sin embargo, aluden a una interpretación generalizada entre los rabinos de su época, los cuales entendían por prójimo sólo a los israelitas. El Señor corrige esta falsa interpretación de la Ley, entendiendo por prójimo todo hombre (cfr la parábola del buen samaritano en Lc 10, 25-37).
Matthieu 5, 46
«Publicanos»: Eran los recaudadores de impuestos. El Imperio Romano no tenía funcionarios propios para este servicio, sino que lo encargaba a determinadas personas del país respectivo. Éstas podían tener empleados subalternos (de ahí que a veces se hable de «jefe de publicanos», como es el caso de Zaqueo; cfr Lc 19, 2). La cantidad genérica del impuesto para cada región la tasaba la autoridad romana. Los publicanos cobraban una sobretasa, de la cual vivían, y que se prestaba a arbitrariedades; por eso normalmente eran odiados por el pueblo. Además, en el caso de los judíos, se agregaba la nota infamante de expoliar al pueblo elegido en favor de los gentiles.
Matthieu 5, 48
El versículo 48 resume, de algún modo, toda la enseñanza del capítulo, incluidas las Bienaventuranzas. En sentido estricto es imposible que la criatura tenga la perfección de Dios. Por lo tanto, el Señor quiere decir aquí que la perfección divina debe ser el modelo al que ha de tender el fiel cristiano, sabiendo que hay una distancia infinita con su Creador. Pero esto no rebaja nada la fuerza de este mandamiento, sino que lo ilumina. Junto a la exigencia de este mandato de Jesucristo, hay que considerar la magnitud de la gracia que promete, para que seamos capaces de tender, nada menos, que a la perfección divina. De todos modos la perfección que hemos de imitar no se refiere al poder y a la sabiduría de Dios, que superan por completo nuestras posibilidades, sino que en este pasaje, por el contexto, parece referirse sobre todo al amor y la misericordia. En este sentido San Lucas nos refiere las siguientes palabras del Señor: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36; cfr nota a Lc 6, 20-49).
Como se ve, la «llamada universal a la santidad» no es una sugerencia, sino un mandato de Jesucristo:
«Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos?
»A todos, sin excepción, dijo el Señor: ‘Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto’» (Camino, n. 291). Doctrina que sanciona el Concilio Vaticano II en el cap. 5 de la Const. Lumen gentium, n. 40, de la que son estas palabras: «El divino Maestro y Modelo de toda perfección, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, en cualquier circunstancia que vivieren, la santidad de vida, de la cual Él es autor y consumador: ‘Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’ (...). Es completamente claro que todos los fieles de cualquier estado o condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad que, aun en la sociedad terrena, promueve un modo más humano de vivir».
Matthieu 6, 1-18
«Justicia»; Aquí quiere decir buenas obras (cfr nota a Mt 5, 6). Nuestro Señor enseña con qué espíritu han de ejercitarse los actos de piedad personal. La limosna, el ayuno y la oración constituían los actos fundamentales de la piedad individual en el pueblo escogido; de aquí que se centre en esos tres temas. Jesucristo, como quien tiene la autoridad máxima, enseña que la verdadera piedad debe vivirse con rectitud de intención, en intimidad con Dios y huyendo de la ostentación. Esta piedad, así vivida, supone un ejercicio de la fe en Dios que nos ve, y de la esperanza de que premiará a los que viven una piedad sincera.
Matthieu 6, 5-6
La Iglesia, siguiendo esta doctrina de Jesús, siempre nos ha enseñado a rezar desde niños en nuestro aposento. Ese «tú» del Señor (v. 6) está indicando inequívocamente la necesidad de la oración personal; cada uno, a solas con Dios, como un hijo que habla con su Padre.
La oración pública en la que participan todos los fieles es santa y necesaria; pero no puede nunca sustituir a este terminante precepto del Señor: tú, en tu aposento, cerrada la puerta, ora a tu Padre.
El Concilio Vaticano II recoge la enseñanza y práctica de la Iglesia en su Liturgia, que es «la cumbre hacia la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo fuente de donde mana toda su fuerza (...). Con todo, la vida espiritual no se contiene en la sola participación de la sagrada Liturgia. Pues el cristiano, llamado a orar en común, debe sin embargo entrar también en su aposento y orar a su Padre en lo oculto, es más, según enseña el Apóstol, debe rezar sin interrupción (1 Thes 5, 17)» (Sacrosanctum Concilium, nn. 10.12).
El alma que realmente vive su fe cristiana sabe que le es necesario retirarse frecuentemente para orar a solas con su Padre Dios. Jesús, que nos da esta enseñanza acerca de la oración, la ha practicado en su vida en la tierra: el santo Evangelio nos refiere las muchas veces que el Señor se retiraba Él solo para orar: «A veces, pasaba la noche entera ocupado en coloquio íntimo con su Padre. ¡Cómo enamoró a los primeros discípulos la figura de Cristo orante!» (Es Cristo que pasa, n. 119) (cfr Mt 14, 23; Mc 1, 35; Lc 5, 16; etc.). Los Apóstoles siguieron el ejemplo del Maestro, y así vemos a Pedro que sube a la azotea de la casa en que se aloja en Joppe, para retirarse a orar a solas, y allí recibe una revelación (cfr Act 10, 9-16). «La vida de oración ha de fundamentarse además en algunos ratos diarios, dedicados exclusivamente al trato con Dios; momentos de coloquio sin ruido de palabras (...)» (Es Cristo que pasa, n. 119).
Matthieu 6, 7-8
Corrige Jesús la exageración supersticiosa de creer que son necesarias largas oraciones para que Dios nos escuche. La verdadera piedad no consiste tanto en la cantidad de palabras como en la frecuencia y el amor con que el cristiano se vuelve hacia Dios en los acontecimientos, grandes o pequeños, de cada día. La oración vocal es buena y necesaria, pero las palabras solo tienen valor en cuanto que expresan el sentir del corazón.
Matthieu 6, 9-13
El «Padrenuestro» es, sin duda, la página más comentada de toda la SE. Los grandes escritores de la Iglesia nos han dejado explicaciones llenas de piedad y sabiduría. Ya los primeros cristianos, «fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza», centraron su oración en esta sublime y sencilla fórmula de Jesús. Y también los últimos cristianos elevarán su corazón para decir por última vez el Padrenuestro cuando estén a punto de ser llevados al Cielo. Mientras tanto, desde que el hombre es niño hasta que deja este mundo, el Padrenuestro es la oración que le llena de consuelo y de esperanza. Bien sabía Jesucristo la eficacia que iba a tener esta oración suya. Gracias le sean dadas a Nuestro Señor porque la compuso para nosotros, y también a los Apóstoles por habérnosla transmitido, y a nuestras madres porque nos la enseñaron en nuestros primeros balbuceos. Tan importante es esta oración dominical, que desde los tiempos apostólicos se utilizó como base de la catequesis cristiana, junto al Credo o Símbolo de la fe, el Decálogo y los Sacramentos. La vida de oración se enseñaba a los catecúmenos comentando el Padrenuestro. Y, desde allí, esta costumbre ha pasado a nuestros catecismos.
San Agustín dice que esta oración del Señor es tan perfecta, que en pocas palabras compendia todo lo que el hombre pueda pedir a Dios (cfr Sermo 56). Normalmente se distinguen en ella una invocación y siete peticiones: tres relativas a la gloria de Dios y cuatro a las necesidades de los hombres.
Matthieu 6, 9
Es gran consuelo poder llamar «Padre nuestro» a Dios. Si Jesús, el Hijo de Dios, enseña a los hombres que invoquen a Dios como Padre es porque en ellos se da esta realidad consoladora, la de ser y sentirse hijos de Dios. «El Señor (...) no es un Dominador tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad: pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor (...). Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza» (Es Cristo que pasa, n. 64).
«Santificado sea tu Nombre»: En la Biblia el nombre equivale a la persona misma. Aquí nombre de Dios es el mismo Dios. ¿Qué sentido tiene pedir que Dios sea santificado? No puede serlo a la manera humana: alejándose progresivamente del mal y acercándose al bien, puesto que Dios es la santidad misma. Por el contrario, Dios es santificado cuando su santidad es reconocida y honrada por sus criaturas. Éste es el sentido que tiene la primera petición del «Padrenuestro» (cfr Catecismo Romano, IV, 10).
Matthieu 6, 10
«Venga tu Reino»: Llegamos aquí otra vez a la idea central del evangelio de Jesucristo: la venida del Reino. El Reino de Dios se identifica tan plenamente con la obra de Jesucristo, que el Evangelio es llamado indistintamente evangelio de Jesucristo o evangelio del Reino (Mt 9, 35). Sobre el concepto de Reino de Dios véase comentario a Mt 3, 2; 4, 17. El advenimiento del Reino de Dios es la realización del designio salvador de Dios en el mundo. El Reino de Dios se establece en primer lugar en lo más íntimo del hombre, elevándolo a la participación de la misma vida divina. Esta elevación tiene como dos etapas: la primera en la tierra, que se realiza por la gracia; y la segunda, definitiva, en la vida eterna, que será la plenitud de la elevación sobrenatural del hombre. Todo ello exige de nosotros una sumisión espontánea, amorosa y confiada a Dios.
«Hágase tu voluntad»: Esta tercera petición expresa un deseo doble. Primero, la identificación del hombre con la voluntad de Dios, de modo rendido e incondicional; es la expresión del abandono en las manos de su Padre Dios. Segundo, el cumplimiento de aquella voluntad divina que reclama la libre cooperación humana. Éste es el caso, por ejemplo, de la ley divina en su aspecto moral, por la que Dios manifiesta su voluntad, pero sin imponerla a la fuerza. Una de las manifestaciones de la venida del Reino de Dios es el cumplimiento amoroso de la voluntad divina por parte del hombre. La segunda parte de la frase «así en la tierra como en el cielo» quiere decir: así como en el cielo los ángeles y los santos están identificados del todo con la voluntad de Dios, de modo semejante se aspira a que eso mismo ocurra ya aquí en la tierra.
La lucha por cumplir la voluntad de Dios es la señal de que somos sinceros cuando pronunciamos las palabras: «venga a nosotros tu Reino». Porque dice el Señor: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 7, 21). «Quien de veras hubiere dicho esta palabra: ‘Fiat voluntas tua’, todo lo ha de tener hecho, con la determinación al menos» (Camino de perfección, cap. 63, n. 2).
Matthieu 6, 11
En esta cuarta petición, el que ora tiene en cuenta en primer lugar las necesidades de la vida presente. La importancia de esta súplica consiste en que los bienes materiales, necesarios para vivir, son declarados lícitos. Se expresa un profundo sentido religioso del mantenimiento de la vida: lo que el discípulo de Cristo alcanza con su propio trabajo también lo debe implorar de Dios y recibirlo como un don divino; Dios es quien mantiene la vida. Al pedir a Dios el propio sustento y considerar que éste viene de las manos divinas, el cristiano aparta de sí la angustiosa preocupación por las necesidades materiales. Jesús quiere que pidamos no la riqueza o el gozo de esos bienes, sino la posesión austera de lo necesario. De ahí que, tanto en Mateo como en Lucas (Lc 11, 2), se hable del alimento suficiente para cada jornada. La cuarta petición se dirige, pues, a una moderación del alimento y de los bienes necesarios, lejana de los extremos de opulencia y miseria, como ya había enseñado Dios en el AT:
«No me des ni miseria ni riqueza,
concédeme el pan necesario.
No sea que llegue a hartarme y te niegue,
diciendo: ¿Quién es Yahwéh?,
o que en la indigencia robe,
y profane el nombre de mi Dios» (Prv 30, 8).
Los Santos Padres han interpretado el pan que aquí se pide, no sólo como el alimento material, sino también han visto significada la Sagrada Eucaristía, sin la cual no puede vivir nuestro espíritu.
Según el Catecismo Romano (cfr IV, 13, 21) las razones para que se llame a la Eucaristía pan nuestro cotidiano son: que cada día se ofrece a Dios en la Santa Misa, y que debemos recibirlo dignamente, a ser posible todos los días, según el consejo de San Ambrosio: «Si el pan es diario, ¿por qué lo recibes tú sólo una vez al año? Recibe todos los días lo que todos los días te es provechoso; vive de modo que diariamente seas digno de recibirle» (De Sacramentis, V, 4).
Matthieu 6, 12
«Deuda» tiene aquí claramente el sentido de pecado. En efecto, en el dialecto arameo de tiempos de Jesús se utilizaba la misma palabra para designar ofensa o deuda. En la quinta petición reconocemos, pues, nuestra situación de deudores por haber ofendido a Dios. En la revelación del AT es frecuente el recuerdo de la condición pecadora del hombre. Incluso los «justos» son también pecadores. Reconocer nuestros pecados es el principio de toda conversión a Dios. No se trata sólo de reconocer antiguos pecados nuestros, sino de confesar nuestra actual condición de pecadores. Esta misma condición nos hace sentir la necesidad religiosa de acudir al único que puede remediarla. Dios. De aquí la conveniencia de rezar insistentemente, con la oración del Señor, para alcanzar de la misericordia divina una y otra vez el perdón de nuestros pecados.
La segunda parte de esta petición es una llamada seria a perdonar a nuestros semejantes: ¡cómo nos atrevemos a pedir perdón a Dios, si no estamos dispuestos a perdonar a los demás! El cristiano debe ser consciente de las exigencias de esta oración, que ha de rezar con todas sus consecuencias: no querer perdonar a otro es condenarse uno a sí mismo (vid. nota a Mt 5, 23-24 y 18, 21-35).
Matthieu 6, 13
«Y no nos dejes caer en la tentación»; «No pedimos aquí no ser tentados, porque la vida del hombre sobre la tierra es milicia (Iob 7, 1)... ¿qué es, pues, lo que aquí pedimos? Que, sin faltarnos el divino auxilio, no consintamos por error en las tentaciones, ni cedamos a ellas por desaliento; que esté pronta en nuestro favor la gracia de Dios, la cual nos consuele y fortalezca cuando nos falten las propias fuerzas» (Catecismo Romano, IV, 15,14).
Reconocemos en esta súplica del Padrenuestro nuestra debilidad para luchar contra la tentación con las solas fuerzas humanas. Esto nos ha de llevar a recurrir con humildad a Dios, para recibir de Él la fortaleza necesaria. Porque «muy fuerte es Dios para librarte de todo, y más bien te puede hacer que mal todos los demonios. Tan solamente quiere Dios que te fíes de Él, que te arrimes a Él, que confíes de Él y desconfíes de ti mismo, y de esta manera ayudarte han y con su ayuda vencerás a todo el infierno que venga contra ti. De esta firme esperanza no te dejes caer, porque se enojará de ello, ni porque los demonios sean muchos y muchas las tentaciones y bravas y de muchas maneras. Está siempre arrimado a Él, porque si este arrimo y fuerza no tienes con el Señor, luego te caerás y temerás cualquier cosa» (Sermones, 9, Domingo 1 de Cuaresma).
«Mas líbranos del mal»: En esta petición, que de algún modo resume todas las anteriores, rogamos al Señor que nos libre de todo aquello que nuestro enemigo hace contra nosotros para perdernos; y no podremos librarnos de él si no nos libra Dios mismo, concediendo su asistencia a nuestros ruegos.
Igualmente podría traducirse por «mas líbranos del Malo», es decir, del maligno, del demonio, que es el origen, en última instancia, de todos nuestros males.
Al hacer esta petición podemos tener la seguridad de ser oídos, porque Jesucristo, estando para salir de este mundo, rogaba al Padre por la salvación de los hombres con estas palabras: «No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Ioh 17, 15).
Matthieu 6, 14-15
S. Mateo conserva en los vv. 14 y 15 como un comentario de Nuestro Señor a la quinta petición del Padrenuestro.
¡Qué maravilla es Dios que perdona! Pero si Dios, tres veces Santo, tiene misericordia del pecador, cuánto más nosotros, pecadores, que sabemos por experiencia propia de la miseria del pecado, debemos perdonar a los demás. No hay nadie perfecto en la tierra. Igual que Dios nos quiere, aun con nuestros defectos, y nos perdona, nosotros debemos querer a los demás, aun con sus defectos, y perdonarlos. Si esperamos querer a los que no tienen defectos, no querremos nunca a nadie. Si esperamos que se corrijan o se excusen los demás primero, casi nunca perdonaremos. Pero entonces, tampoco nosotros seremos perdonados. «Conforme: aquella persona ha sido mala contigo. —Pero, ¿no has sido tú peor con Dios?» (Camino, n. 686).
Perdonando a quienes nos han ofendido nos hacemos, pues, semejantes a nuestro Padre Dios: «En el hecho de amar a los enemigos, se ve claramente cierta semejanza con nuestro Padre Dios, que reconcilió consigo al género humano, que era muy enemigo y contrario suyo, redimiéndole de la eterna condenación por medio de la muerte de su Hijo» (Catecismo Romano, IV, 14, 19).
Matthieu 6, 16-18
Partiendo de la práctica tradicional del ayuno, el Señor nos inculca el espíritu con que hemos de vivir la necesaria mortificación de los sentidos: hemos de hacerla sin ostentación, evitando el aplauso de los hombres, discretamente; así no podrán aplicarse contra nosotros esas palabras de Jesús: «ya recibieron su recompensa», pues sería un triste negocio. «El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso» (Camino, n. 185).
Matthieu 6, 19-21
La idea es clara: el corazón del hombre anhela un tesoro en cuya posesión piensa encontrar la seguridad y la felicidad. Sin embargo, todo tesoro compuesto de bienes de la tierra, de riquezas, de dinero, se convierte en una continua fuente de preocupaciones, porque está expuesto al peligro de perderse, o porque su defensa lleva consigo una tensión llena de disgustos y sinsabores.
Jesús, por el contrario, enseña aquí que el verdadero tesoro son las obras buenas y la conducta recta, que serán premiadas por Dios en el Cielo eternamente. ¡Ése sí que es un tesoro que no se pierde! Ahí es donde el discípulo de Cristo debe poner su corazón.
Jesús cierra la enseñanza de los versículos precedentes con una frase a modo de refrán (v. 21). Con esta doctrina Jesús no quiere decir que el hombre deba despreocuparse de las cosas de la tierra. Lo que nos enseña es que ninguna cosa creada puede ser «el tesoro», el fin último del hombre. Por el contrario, el hombre, usando rectamente de las cosas nobles de la tierra, recorre el camino hacia Dios, se santifica y da al Señor toda la gloria: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor 10, 31; cfr Col 3, 17).