En estos versículos tenemos otra pequeña joya de la enseñanza sapiencial de Jesús. Comienza con una sentencia que inmediatamente es explicada. El Maestro emplea la imagen del ojo como lamparilla del cuerpo al que da luz. La exégesis cristiana ha visto en ese «ojo» y esa «lámpara» la intencionalidad de nuestros actos. Santo Tomás lo explica así: «Con el ojo se significa la intención. El que quiere hacer una cosa, primero la pretende: así, si tu intención es lúcida —sencilla, transparente—, es decir, encaminada a Dios, todo tu cuerpo, o sea, todas tus acciones serán lúcidas, dirigidas sinceramente al bien» (Comentario sobre S. Mateo, 6, 22-23).
Matthieu 6, 24
El fin último del hombre es Dios. Por este fin el hombre debe entregar todo su ser. Pero de hecho hay quienes no ponen a Dios como su fin último, sino las riquezas. En este caso, las riquezas se convierten en su dios. El hombre no puede dividirse entre dos fines absolutos y contrarios.
Matthieu 6, 25-32
En esta bellísima página Jesús pone de relieve el valor de las realidades corrientes de la vida. A la vez nos enseña a poner nuestra confianza en la providencia paternal de Dios. Con sencillos ejemplos y comparaciones, tomados de la vida cotidiana, inculca el abandono sereno en las manos de Dios.
Matthieu 6, 27
Donde se dice «edad», puede decirse también «estatura», pero sería versión más lejana del texto (cfr Lc 12, 25). La palabra «codo» significa una medida de espacio aplicable también al tiempo metafóricamente.
Matthieu 6, 33
Una vez más la justicia del Reino de Dios aparece como la vida de la gracia en el hombre; lo que lleva consigo todo un conjunto de actitudes espirituales y morales, y puede resumirse en el concepto de «santidad». La búsqueda de la santidad es lo primero que se debe intentar en esta vida. De nuevo Jesús insiste en la primacía de las exigencias espirituales. Afirma Su Santidad el Papa Pablo VI, comentando este pasaje: «¿Por qué la pobreza? Para dar a Dios, al Reino de Dios el primer lugar en la escala de valores que son objeto de las aspiraciones humanas. Dice Jesús: ‘Buscad primero el Reino de Dios y su justicia’; y lo dice en comparación con todos los otros bienes temporales, incluso necesarios y legítimos, que normalmente empeñan los deseos humanos. La pobreza de Cristo hace posible este desprendimiento afectivo de las cosas terrenas para poner por delante de las aspiraciones humanas la relación con Dios» (Audiencia general Pablo VI, 5-I-77).
Matthieu 6, 34
El Señor nos exhorta a vivir con serenidad cada jornada, eliminando preocupaciones inútiles por lo que ocurrió ayer o por lo que pueda ocurrir mañana. Es la sabiduría que se asienta en la providencia paternal de Dios y en la misma experiencia cotidiana: «El que está pendiente del viento no sembrará; el que se queda observando las nubes, no segará» (Eccl 11, 4).
Lo importante, lo que está en nuestras manos, es vivir cara a Dios y con intensidad el momento presente: «Pórtate bien ‘ahora’, sin acordarte de ‘ayer’, que ya pasó, y sin preocuparte de ‘mañana’, que no sabes si llegará para ti» (Camino, n. 253).
Matthieu 7, 1-2
Como en otros lugares, los verbos en voz pasiva («seréis juzgados», «se os medirá») tienen como sujeto a Dios, aunque no esté explícitamente dicho: «No juzguéis a los demás y no seréis juzgados por Dios». Es claro que el juicio del que se habla aquí es siempre un juicio condenatorio; por tanto, si no queremos ser condenados por Dios, no condenemos nunca al prójimo. «Que mide Dios como medimos y perdona como perdonamos, y nos socorre en la manera y las entrañas que nos ve socorrer» (Exposición del libro de Job, cap. 29).
Matthieu 7, 1
Condena aquí Jesús el juicio que hacemos temerariamente de nuestros hermanos, cuando por ligereza o por malignidad juzgamos peyorativamente de su conducta, de sus sentimientos o de sus intenciones. El malicioso dicho «piensa mal y acertarás» está en contra de la doctrina de Jesucristo.
San Pablo, al hablar de la caridad cristiana, señala como notas sobresalientes: «la caridad es paciente, es benigna... no piensa mal... todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera» (1 Cor 13, 4.5.7). Por eso: «No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente» (Camino, n. 442).
«No queramos juzgar. —Cada uno ve las cosas desde su punto de vista... y con su entendimiento, bien limitado casi siempre, y oscuros o nebulosos, con tinieblas de apasionamiento, sus ojos, muchas veces» (Camino, n. 451).
Matthieu 7, 3-5
El que tiene deformada la vista ve deformadas las cosas, aunque éstas sean correctas. Ya S. Agustín daba este consejo: «Procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros» (Enarrationes in Psalmos, 30, 2, 7). En este caso, el refrán popular «cree el ladrón que todos son de su condición» concuerda con esta doctrina de Jesucristo.
Por otra parte: «Hacer critica, destruir, no es difícil: el último peón de albañilería sabe hincar su herramienta en la piedra noble y bella de una catedral.
»—Construir: ésta es la labor que requiere maestros» (Camino, n. 456).
Matthieu 7, 6
En esta breve fórmula, a modo de sentencia. Jesús enseña un prudente discernimiento en la predicación de la palabra de Dios y en la entrega de los medios de santificación. La Iglesia, ya desde el principio, ha tenido en cuenta esta advertencia, que se manifiesta especialmente en el respeto con que ha rodeado la administración de los sacramentos y, de modo singular, la Sagrada Eucaristía. La confianza filial no exime del sincero y profundo respeto con que se debe tratar tanto a Dios como las cosas santas.
Matthieu 7, 7-11
El Maestro enseña de diversas maneras la eficacia de la oración. La oración es una elevación de la mente a Dios para adorarle, darle gracias y pedirle lo que necesitamos (cfr Catecismo Mayor, n. 255). Jesús insiste en la oración de petición, que es el primer movimiento espontáneo del alma que reconoce a Dios como su Creador y Padre. Como criatura de Dios y como hijo suyo, el hombre necesita pedirle humildemente todas las cosas.
Al hablar de la eficacia de la oración. Jesús no hace restricciones: «Todo el que pide, recibe», porque Dios es nuestro Padre. Y San Jerónimo comenta: «Está escrito: a todo el que pide se le da; luego, si a ti no se te da, no se te da porque no pides; luego, pide y recibirás» (Comm. in Matth., 1). Sin embargo, a pesar de ser la oración de suyo infalible, a veces no obtenemos lo que querríamos. San Agustín dice que nuestra oración no es escuchada porque pedimos «aut mali, aut male, aut mala». «Mali»; porque somos malos, porque nuestras disposiciones personales no son buenas; «male»: porque pedimos mal, sin fe, sin perseverancia, sin humildad; «mala»: porque pedimos cosas malas, es decir, lo que no nos conviene, lo que puede hacemos daño (cfr De civitate Dei, XX, 22 y 27; De Serm. Dom. in monte, II, 27,73). En definitiva, la oración no es eficaz cuando no es verdadera oración. Por tanto: «Haz oración. ¿En qué negocio humano te pueden dar más seguridades de éxito?» (Camino, n. 96).
Matthieu 7, 12
La sentencia de Jesús, llamada «regla de oro», ofrece un criterio práctico para reconocer el alcance de nuestras obligaciones y de nuestra caridad hacia los demás. Pero una consideración superficial correría el riesgo de convertirlo en un móvil egoísta de nuestro comportamiento: no se trata, evidentemente, de un do ut des («te doy para que me des»), sino de hacer el bien a los demás sin poner condiciones, como en buena lógica no las ponemos en el amor a nosotros mismos. Esta regla práctica quedará completada con el «mandamiento nuevo» de Jesucristo (Ioh 13, 34), donde nos enseña a amar a los demás como Él mismo nos ha amado.
Matthieu 7, 13-14
«Entrad»; Este verbo en el Evangelio de San Mateo tiene frecuentemente como término el «Reino de los Cielos» o sus expresiones equivalentes (la Vida, el banquete nupcial, el gozo del Señor, etc.). Podemos interpretar que «entrad» constituye una invitación imperiosa.
La senda del pecado es momentáneamente placentera y no requiere esfuerzo, pero su meta es la perdición eterna. En cambio, recorrer el camino de una vida cristiana generosa, sincera y recia, es costoso —de ahí que Jesús hable de puerta angosta y camino estrecho—, pero su meta es la Vida o salvación eterna.
La senda del cristiano es llevar la Cruz. «Si el hombre se determina a sujetarse a llevar esta cruz, que es un determinarse de veras a querer hallar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios, en todas ellas hallará grande alivio y suavidad para andar este camino así, desnudo de todo, sin querer nada. Empero, si pretende tener algo, ahora de Dios, ahora de otra cosa, con propiedad alguna, no va desnudo ni negado en todo; y así, ni cabrá ni podrá subir por esta senda angosta hacia arriba» (Subida al Monte Carmelo, lib. 2, cap. 7, n. 7).
Matthieu 7, 15-20
En el Antiguo Testamento se alude con frecuencia a los «falsos profetas»; es célebre el pasaje de Ier 23, 9-40. Se denuncia allí la impiedad de esos profetas que «profetizan por Baal y hacen errar a mi pueblo Israel»; que «os están embaucando, os cuentan sus propias fantasías, no cosa de boca de Yahwéh... Yo no envié a esos profetas y ellos fueron. No les hablé, y ellos profetizaron»; que «descarrían a mi pueblo con sus mentiras y sus jactancias, siendo así que yo no les he enviado, ni les he dado misión alguna, ni han hecho a mi pueblo ningún bien».
En la vida de la Iglesia la figura de los falsos profetas, de la que habla Jesús, ha sido entendida por los Santos Padres refiriéndola a los herejes que, revistiéndose de un hábito exterior de piedad y de reforma, sin embargo su corazón no tiene los sentimientos de Cristo (cfr Comm. In Math., 7). San Juan Crisóstomo (Hom. sobre S. Mateo, 23) lo aplicaba a los que aparentan virtudes que no tienen, y con esta apariencia engañan a los que no los conocen.
¿Cómo distinguir a los falsos profetas de los verdaderos? Por los frutos. Las cosas de Dios tienen un sabor especial, hecho de rectitud natural y de inspiración divina. El que verdaderamente habla las cosas de Dios siembra fe, esperanza, caridad, paz, comprensión; por el contrario, el falso profeta en la Iglesia de Dios es el que con su predicación y su conducta o actuación siembra división, odio, resentimiento, orgullo, sensualidad (cfr Gal 5,16-25). Pero el fruto más característico del falso profeta es apañar al pueblo de Dios del Magisterio de la Iglesia, a través del cual resuena en el mundo la doctrina de Cristo. El fin de estos embaucadores está también señalado por el Señor: la perdición eterna.
Matthieu 7, 21-23
La oración, para que sea auténtica, debe ir acompañada de la continua lucha por cumplir la voluntad divina. Del mismo modo, para cumplir esa voluntad no basta hablar de las cosas de Dios, sino que es necesario que haya coherencia entre lo que se pide —lo que se dice— y lo que se hace: «El Reino de Dios no consiste en palabrerías, sino en realidades» (1 Cor 4, 20); «Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Iac 1, 22).
Los cristianos «con la fiel adhesión al Evangelio y en uso de la virtualidad que éste encierra, unidos a todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre sus hombros una ingente tarea que realizar en esta tierra, de la cual tendrán que dar cuenta al que juzgará a todos en el último día. No todos los que dicen ‘Señor, Señor’ entrarán en el reino de los cielos, sino los que hacen la voluntad del Padre y ponen manos a la obra con energía y eficacia» (Gaudium et spes, n. 93).
Para entrar en el Reino de los Cielos, para ser santo, no basta, pues, con hablar de modo elocuente de la santidad. Es necesario llevar a la práctica lo que se dice, dar los frutos de acuerdo con las palabras. Muy gráficamente recomienda Fray Luis de Granada: «Mira que no es ser buen cristiano solamente rezar y ayunar y oír Misa, sino que te halle Dios fiel, como a otro Job y otro Abrahán, en el tiempo de la tribulación» (Guía de pecadores, lib. 1, part. 2, cap. 21).
Tampoco el ejercicio de un ministerio eclesiástico asegura la santidad, puesto que debe ir acompañado de la práctica de las virtudes que se predican. Por otro lado, la experiencia viene a enseñar que todo cristiano (sea cual fuere su condición dentro de la Iglesia) que no se esfuerza por hacer coincidir sus actos con las exigencias de la fe que profesa, comienza a debilitarse en esta fe y termina apartándose de ella, no sólo en la práctica, sino también en la doctrina. Pues todo aquel que no cumple lo que dice, acaba diciendo lo que no debe.
La autoridad con que Jesús se expresa en estos versículos revela su condición de Juez soberano de vivos y muertos. Nunca en el AT había hablado ningún profeta con esa autoridad.
Matthieu 7, 22
«Aquel día»; Fórmula técnica en el lenguaje de la Biblia para designar el día del Juicio del Señor o Juicio final.
Matthieu 7, 23
«Les diré públicamente»: La frase equivaldría a «entonces yo pronunciaré su sentencia». En efecto, el pasaje se refiere al juicio de los hombres que ha de hacer Jesucristo. El texto sagrado emplea un verbo que expresa la proclamación pública de una verdad. Como en este caso quien proclama es Jesucristo Juez, dicha proclamación es la sentencia judicial.
Matthieu 7, 24-27
Estos versículos constituyen como la cara positiva del pasaje anterior. Quien se esfuerza por llevar a la práctica las enseñanzas de Jesús, aunque vengan tribulaciones personales, o periodos de confusión en la vida de la Iglesia, o se vea rodeado del error, permanecerá fuerte en la fe, como el hombre sabio que edifica su casa sobre roca.
Por lo demás, para permanecer fuertes en los momentos difíciles es necesario, en los tiempos de bonanza, aceptar con buena cara las pequeñas contrariedades, ser delicados en el trato con Dios y con los demás, y cumplir con fidelidad y abnegación los propios deberes de estado. De este modo se van ahondando los cimientos, fortaleciendo la construcción y reparando las grietas que se puedan producir.
Matthieu 7, 28-29
El pueblo que escuchaba a Jesús percibió con claridad la diferencia radical que había entre el modo de enseñar de los escribas y fariseos, y la seguridad y aplomo con que Jesucristo exponía su doctrina. Las palabras del Señor nunca adolecen de inseguridad, ni presentan duda, ni exponen una mera opinión. Jesús hablaba con dominio absoluto de la verdad y con un conocimiento perfecto del verdadero sentido de la Ley y de los Profetas; es más, no pocas veces hablaba en su propio nombre (cfr Mt 5, 22.28.32.38.44), y con la autoridad misma de Dios (cfr Mc 2, 10; Mt 28, 18). Todo ello confería una singular fuerza y autoridad a sus palabras, como jamás se había oído en Israel (cfr Lc 19, 48; Ioh 7, 46).
Los capítulos 8 y 9 de San Mateo contienen una serie de milagros de Nuestro Señor. Los primeros cristianos tenían experiencia viva de que Jesús glorificado seguía estando presente en medio de la Iglesia, confirmando la doctrina con las señales que la acompañaban (Mc 16, 20; cfr Act 14, 3).
Así San Mateo, después de haber expuesto un núcleo fundamental de la enseñanza pública de Jesús en el llamado «Sermón de la Montaña» (caps. 5 a 7), agrupa a continuación —caps. 8 y 9— algunos milagros que vienen a respaldar las palabras del Salvador. Algunos comentaristas llaman a esta sección de los capítulos 8 y 9 «las obras del Mesías», en paralelismo con la sección anterior —Sermón de la Montaña— a la que llaman «las palabras del Mesías». Jesús aparece en los capítulos 5 a 7 como supremo legislador y doctor que enseña con autoridad divina, única y superior a como lo habían hecho Moisés y los profetas. Ahora, en los capítulos 8 y 9, se presenta dotado también de un poder divino sobre las enfermedades, la muerte, los elementos de la naturaleza y los malos espíritus. Tales milagros obrados por Jesús acreditan la autoridad divina de su enseñanza.
Matthieu 8, 1
El Evangelio subraya, por tercera vez, el seguimiento de las gentes a Jesús. Literalmente dice: «le siguieron muchas multitudes». Así queda constancia de la popularidad que había alcanzado Jesucristo, hasta el punto de que el Sanedrín (gran consejo de la nación judía) no se atrevió a detenerlo por miedo a que se alborotase el pueblo (cfr Mt 21, 46; 26, 5; Mc 14, 2). Del mismo modo pudieron luego acusarle ante Pilato de soliviantar al país desde Judea hasta Galilea. Igualmente, Herodes Antipas tenía una gran ansiedad por conocer a Jesús, cuya fama le había llegado (cfr Mt 14,1). En contra de esta inmensa mayoría popular, fueron precisamente los jefes del pueblo los que se opusieron a Jesús, y engañaron a la multitud para que pidiese la muerte del Señor (cfr Mt 27, 20-22).
Matthieu 8, 2
Los Santos Padres han visto en esta curación el siguiente significado: la lepra, por su fealdad y repugnancia, por su facilidad de contagio, por la dificultad de su curación, es una imagen impresionante del pecado. Todos somos pecadores y todos necesitamos del perdón y de la gracia de Dios (cfr Rom 3, 23-24). El leproso del Evangelio se postró ante Jesús con plena humildad y confianza, suplicando ser sanado. Si acudimos al Salvador con una fe semejante, podemos esperar con seguridad la curación de las miserias de nuestra alma. Cuántas veces deberemos dirigirnos a Cristo con esa breve oración —jaculatoria— del leproso: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Matthieu 8, 4
Según la Ley de Moisés (cfr Lev 14), si un leproso se cura de su enfermedad debe presentarse ante el sacerdote, quien constata la curación y extiende el certificado. Éste es necesario para la reintegración del sanado a la vida civil y religiosa de Israel. El Levítico prescribe también las purificaciones y el sacrificio que debe ofrecer. El mandato de Jesús al leproso corresponde, pues, a lo que era normal en el cumplimiento de lo establecido por las leyes.
Matthieu 8, 5-13
«Centurión»; Oficial del ejército romano que tenía mando sobre cien soldados. La fe ejemplar de este hombre ha traspasado los tiempos. En el momento solemne en que el cristiano va a recibir al mismo Jesús en la Sagrada Eucaristía, la Liturgia de la Iglesia, para avivar la fe, pone en su boca y en su corazón precisamente las mismas palabras del centurión de Cafarnaún: «Señor, no soy digno...».
Según la mentalidad israelita de la época, el que un judío entrara en casa de un gentil llevaba consigo contraer la impureza legal (cfr Ioh 19, 28; Act 11, 2-3). El centurión tiene la deferencia de no colocar a Jesús en una situación incómoda ante sus conciudadanos. Manifiesta su firme convencimiento de que la enfermedad está sometida a Jesús. De ahí que proponga dar una simple orden, una sola palabra, que producirá el efecto deseado, sin necesidad de entrar en su casa. El razonamiento del centurión es sencillo y convincente, tomado de su propia experiencia profesional. Jesús aprovecha este encuentro con un creyente gentil para hacer la solemne profecía del destino universal del Evangelio: a él serán llamados los hombres de todas las naciones, razas, edades y condiciones.
Matthieu 8, 14-15
Después de la curación del cuerpo —o del alma— viene el «levantarse» al instante de la situación anterior y servir a Jesucristo. Nada de lamentos, ni de pérdidas de tiempo, sino disponibilidad inmediata al servicio del Señor.
Matthieu 8, 16-17
La expulsión de los demonios manifiesta uno de los aspectos importantes del establecimiento del Reino de Dios (cfr Mt 12, 8). Igualmente, la curación de las enfermedades, que son consecuencia del pecado, es signo específico de las «obras del Mesías» anunciadas por los Profetas (cfr Is 29, 18; 35, 5-6).
En pocas palabras el Evangelista, inspirado por el Espíritu Santo, resume un amplio sector de la actividad de Jesús (v. 16), y da a entender la significación salvífica de tales obras del Mesías, señalando cómo en ellas se cumple la profecía de Isaías 53,4 que anunciaba la misión redentora del «Siervo de Yahwéh» (v. 17).
Matthieu 8, 18-22
Desde los comienzos de su predicación mesiánica, Jesús apenas permanece en un mismo lugar; va siempre de camino, pasando. «No tiene donde reclinar su cabeza» (Mt 8, 20). Quien quiera estar con Él tiene que «seguirle». La expresión «seguir a Jesús» adquiere en el Nuevo Testamento un alcance preciso: seguir a Jesús es ser su discípulo (cfr Mt 19, 28). Ocasionalmente las multitudes «le siguen». Pero los verdaderos discípulos son «los que siguen» de modo permanente, siempre; hasta el punto de que existe una equivalencia entre «ser discípulo de Jesús» y «seguirle». Después de la Ascensión del Señor, «seguirle» se identifica con ser cristiano (cfr Act 8, 26). Por el hecho sencillo y sublime de nuestro Bautismo, todo cristiano es llamado, con vocación divina, a ser plenamente discípulo del Señor con todas sus consecuencias.
El Evangelista recoge aquí dos casos concretos de seguimiento de Jesús. En el primero —el del escriba— Nuestro Señor explica las exigencias del llamamiento a la fe a quienes descubren que son llamados. En el segundo —el del hombre que ya ha dicho sí a Jesús— le recuerda las exigencias de su compromiso. El soldado que no abandona su puesto en el frente de batalla para enterrar a su padre, dejando ese trabajo para los de retaguardia, cumple con su deber. Si el servicio de la patria puede tener tales exigencias, con mayor razón puede tenerlas el servicio a Jesucristo y a su Iglesia.
El seguimiento de Cristo, en efecto, lleva consigo una disponibilidad rendida, una entrega inmediata de lo que Jesús pide, porque esa llamada es un seguir a Cristo al ritmo de su mismo paso, que no admite quedarse atrás: a Jesús o se le sigue, o se le pierde. En qué consiste el seguimiento de Cristo lo ha enseñado Jesús en el Discurso de la Montaña (Mt 5-7), y nos lo resumen los catecismos más elementales de la doctrina cristiana: cristiano quiere decir hombre que cree en Jesucristo —fe que recibió en el Bautismo— y que está obligado a su santo servicio. Cada cristiano debe buscar, en la oración y trato con el Señor, cuáles son las exigencias personales y concretas de su vocación cristiana.
Matthieu 8, 20
«Hijo del Hombre»: Es una de las expresiones para designar al Mesías en el Antiguo Testamento. Este título aparece por primera vez en Dan 7, 14 y era utilizado en la literatura judía del tiempo de Jesús. Hasta la predicación del Señor no había sido entendido en toda su profundidad. El título de «Hijo del Hombre» estaba menos comprometido con las aspiraciones judías de un Mesías terrenal; por esta causa fue preferido por Jesús para designarse a sí mismo como Mesías, sin reavivar el nacionalismo hebreo. De tal título mesiánico, que en la mencionada profecía de Daniel reviste un carácter trascendente, se servía el Señor para proclamar de un modo discreto su mesianismo previniendo falsas interpretaciones políticas. Los Apóstoles, después de la Resurrección de Jesús, acabaron de comprender que «Hijo del Hombre» equivalía precisamente a «Hijo de Dios».
Matthieu 8, 22
«Deja a los muertos enterrar a sus muertos»: Esta frase, a primera vista tan dura, responde al lenguaje que a veces empleaba Jesús. En ese lenguaje se entiende bien que sean llamados «muertos» los que se afanan por las cosas perecederas, excluyendo de su horizonte la aspiración a las perennes.
«Si Jesús se lo prohibió —comenta S. Juan Crisóstomo—, no es porque nos mande descuidar el honor debido a quienes nos engendraron, sino para darnos a entender que nada ha de haber para nosotros más necesario que entender en las cosas del Cielo, que a ellas hemos de entregarnos con todo fervor y que ni por un momento podemos diferirlas, por muy ineludible y urgente que sea lo que pudiera apartarnos de ellas» (Hom. sobre San Mateo, 11).
Matthieu 8, 23-27
Este notable milagro de la vida de Jesús debió de dejar honda impresión en sus discípulos, de lo cual puede ser índice el hecho de que los tres primeros Evangelios nos lo relaten. La Tradición, partiendo de la realidad histórica de este maravilloso suceso, ha hecho unas aplicaciones a la propia vida de la Iglesia, y aun de cada alma. Desde antiguo la literatura y el arte cristianos han visto en la barca una imagen de la Iglesia que, de modo semejante, hace su travesía en medio de grandes peligros que parece que van a hundirla. En efecto, muy pronto los cristianos se vieron asediados por las persecuciones de los judíos de aquel tiempo, e incomprendidos por la opinión pública de la sociedad pagana que, de modo paulatino, iniciaba sus futuras persecuciones. El hecho de que Jesús permaneciera dormido en medio de la tempestad ha sido aplicado a ese silencio en que Dios, a veces, parece permanecer ante las dificultades de la Iglesia. Los cristianos, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles que iban en la barca, debemos recurrir a Jesucristo con las mismas palabras: «¡Señor, sálvanos que perecemos!». Y cuando la situación parece insostenible, entonces Jesús muestra su poder: «Levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza», no sin antes habernos hecho el reproche de haber sido hombres de poca fe. Y es que la historia evangélica tiene muchas veces un valor ejemplar, de aplicación a la vida, y de preanuncio de la futura historia de la Iglesia y de cada alma cristiana.