3º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
La predicación de Jonás (Jon 3,1-5.10)
Se renueva la misión de Dios a Jonás. Si antes desobedeció (capítulos 1 y 2), ahora obedece. El éxito de la misión está asegurado, porque no depende de Jonás sino del Señor: tres días hacían falta para cruzar Nínive (v. 3), pero en uno solo (v. 4) se consiguen ya los efectos buscados (cfr 3,5).
El relato de la conversión de los ninivitas parece escrito sobre la falsilla de otros textos bíblicos, especialmente del profeta Jeremías: Jeremías es el «profeta de las naciones» (Jr 1,5) y Jonás es enviado a la cuidad prototipo de las naciones gentiles. También recuerdan al profeta de Anatot muchas expresiones de estos versículos: en el libro de Jeremías, Jerusalén es llamada «la gran ciudad», como aquí se denomina a Nínive (1,2; 3,2; cfr Jr 22,8-9), y en ambos libros se encuentran giros comunes: «que cada uno se convierta de su mala conducta», «hombres y animales», «del mayor al más pequeño» (3,5.8; cfr Jr 6,13; 8,10; 36,3.7), etc. El pasaje recuerda especialmente la llamada al ayuno que hace Jeremías en tiempos del rey Yoyaquim. En Jr 36 se relata cómo el profeta anuncia desventuras, y proclama el ayuno para la conversión (Jr 36,9), pero el rey Yoyaquim desoye el oráculo. También en -Jonás se anuncian desventuras para Nínive, pero son los mismos ninivitas quienes, como si Dios hablara por ellos, convocan a un ayuno general (3,4). Incluso es el mismo rey quien, con un vocabulario que recuerda al de los profetas (vv. 7-9; cfr Jl 2,12-14), establece los ritos penitenciales. Pero hay todavía más: el rey de los ninivitas parece un buen conocedor de la doctrina bíblica, pues sabe (cfr Jr 36,3.9) que las muestras de penitencia no llevan consigo, de manera automática, el cambio de conducta de Dios; él se convierte sinceramente y está a la espera de lo que haga Dios (v. 9). Y Dios se echa para atrás de su decisión al ver que aquellos hombres cambian de vida (v. 10). El episodio es un buen ejemplo de la doctrina de Jeremías (cfr Jr 18,7-8).
El contraste entre los ninivitas y los israelitas está presente en el uso del texto que hace Jesús cuando compara a sus oyentes judíos con sus antepasados: «Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás» (Mt 12,41). No es extraño por eso que, en la tradición cristiana, los ninivitas hayan quedado como modelo de penitencia: «Recorramos todos los tiempos, y aprenderemos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que lo escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser del pueblo elegido» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,5-7).
Y otro texto de un gran Padre de Oriente comenta: «No consideres el poco espacio de tiempo que tienes, sino el amor del maestro. El pueblo de Nínive apartó de sí la gran ira de Dios en tres días. El poco espacio de tiempo que tenían no les disuadió, sino que sus almas ansiosas conquistaron la bondad del maes-tro y después fueron capaces de cumplir toda la obra» (S. Juan Crisóstomo, De incomprehensibile Dei natura 6).
2º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
Habla Señor, que tu siervo escucha (1 S 3,3b-10.19)
El relato de la vocación de Samuel es tipo de la llamada divina a cumplir una misión, pues refleja perfectamente tanto la actitud de quien se sabe llamado, en este caso de Samuel, como las exigencias que Dios impone. En primer lugar (vv. 1-3) presenta a los protagonistas —el Señor, Elí y Samuel— y las circunstancias que rodean el acontecimiento: la noche, cuando todos duermen, el Templo, el Arca y la lámpara de Dios, todavía encendida, indican que aquello es extraordinario y viene sólo de Dios.
La segunda escena (vv. 4-8) es un delicioso diálogo entre el Señor y Samuel, y entre Samuel y Elí, que culmina en una fórmula sublime de disponibilidad: «Aquí estoy porque me has llamado» (v. 8). «Aquel niño nos da muestras de una altísima obediencia. La verdadera obediencia ni discute la intención de lo mandado, ni lo juzga, pues el que decide obedecer con perfección, renuncia a emitir juicios» (S. Gregorio Magno, In primum Regum 2,4,10-11).
La tercera escena (vv. 9-14) refleja la doble función del profeta, que inicia de forma solemne Samuel: escuchar atentamente a Dios (vv. 9-10) y saber transmitir fielmente el mensaje recibido, aunque resulte severo a sus oyentes inmediatos (vv. 11-14). «Inmensamente bienaventurado es aquel que percibe en silencio el susurro divino y repite con frecuencia aquello de Samuel: “Habla Señor, que tu siervo escucha”» (S. Bernardo, Sermones de diversis 23,7).
«Habla, Señor, que tu siervo escucha» (v.9). Esta oración fue el inicio del itinerario de Samuel como profeta, llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues toda su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos. Como sugiere el Catecismo de la Iglesia Católica todo esto lo aprendió de su madre desde niño: «La oración del pueblo de Dios se desarrolla a la sombra de la Morada de Dios, el Arca de la Alianza y más tarde el Templo. Los guías del pueblo —pastores y profetas— son los primeros que le enseñan a orar. El niño Samuel aprendió de su madre Ana cómo “estar ante el Señor” (cfr 1 S 1,9-18) y del sacerdote Elí cómo escuchar su Palabra: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 S 3,9-10). Más tarde, también él conocerá el precio y la carga de la intercesión: “Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de suplicar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto” (1 S 12,23)» (n. 2578).
4º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
Tu casa y tu reino permanecerán para siempre (2 S 7,1-5.8b-12.14a.16)
Natán es un profeta cortesano del que también se conservan sus intervenciones relacionadas con Salomón y Betsabé, su madre (cfr 2 S 12,1-25; 1 R 1,11-40). Como profeta es portavoz de Dios —dos veces repite la fórmula clásica: «Así dice el Señor» (vv. 5 y 8)—, también cuando tiene que oponerse a los planes del rey (vv. 5-7), y proclama un mensaje que necesariamente afecta a quien lo escucha porque la palabra de Dios es verdadera y siempre se cumple.
La profecía de Natán tiene especial relevancia por fundamentar la sucesión davídica y la doctrina mesiánica que nace con ella. Con la solemnidad de un oráculo se da razón de la monarquía hereditaria de Israel y se concreta la función específica del Templo dentro del pueblo elegido por Dios.
El templo era para los pueblos paganos, egipcios, asirios y babilonios, el centro de su vida y de su religiosidad porque allí guardaban a sus dioses. En Israel, en cambio, la función del Templo iba a ser completamente diferente. Se fundamenta en que el Dios verdadero no puede contenerse en un templo, ni necesita un edificio en el que permanecer (cfr 1 R 8,27). Él es un Dios personal, ligado a su pueblo, y, si acepta los lugares de culto antiguos (cfr Gn 28,20-22), el tabernáculo del desierto (cfr Ex 33,7-11) y más tarde el Templo de Jerusalén (cfr 1 R 8,1-66), es sólo como signos de su presencia en medio del pueblo, no como habitáculo imprescindible. En la profecía de Natán se señala que más que el Templo, es la dinastía davídica el signo de la presencia y protección divina constituida desde el principio por querer exclusivo de Dios. De ahí el juego de palabras entre «la casa de Dios» (Templo) y «la casa de David» (dinastía).
La monarquía hereditaria es, por tanto, el centro del oráculo de Natán. Si con la esterilidad de Mical se interrumpe la línea sucesoria de Saúl (cfr 6,23), con la promesa profética queda consolidada la descendencia de David. A tenor de la parte central del oráculo (vv. 13-16) todo descendiente de David, figura del Mesías futuro, tendrá las siguientes cualidades:
a) Será un hijo para Dios (v. 14a). No se trata todavía de una filiación natural, sino de la estrecha relación entre Dios y el monarca (cfr Sal 2,7; 89,27-28), de modo que la persona y el gobierno del rey deberán ser símbolo de la presencia e intervención del mismo Dios. La filiación divina del rey es, por tanto, la expresión de la Alianza establecida entre Dios y el descendiente de David. Dios se compromete a comportarse con el rey de Israel como un buen padre con su hijo. Jesús llevará a plenitud estas palabras y esta Alianza puesto que es el «Hijo eterno de Dios» hecho hombre (cfr Ga 4,4). Mientras que Él es Hijo por generación natural, todos nosotros somos «hijos en el Hijo»: «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo, Adversus haereses 3,19,1; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 460).
b) La dinastía davídica permanecerá siempre (vv. 12-13.15-16). El título «hijo de David» no será sólo indicativo de una genealogía, sino de ser beneficiario de esta profecía y de la Alianza davídica (cfr 1 R 8,25; Sal 132,10-18; Jr 17,24-27; Ez 34,23-24, etc.). Después del destierro será el título que con más insistencia se aplicará al Mesías, y, finalmente, los escritores del Nuevo Testamento mostrarán con empeño que Jesús es «hijo de David» (cfr Mt 1,1; 9,27; Rm 1,3). La liturgia de la Iglesia propone este texto en la Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María, ya que él garantiza la descendencia davídica de Jesús (Mt 1,20) puesto que el Santo Patriarca era «de la casa de David» (Lc 1,27).
Solemnidad de Cristo Rey – A . 1ª lectura
El Señor, pastor de Israel (Ez 34,11-12.15-17)
La imagen del pastor en la Biblia se aplica con frecuencia a los reyes (1 R 22,17), quizá a raíz de David, pastor de ovejas (1 S 17,34; Sal 78,70-72), y también al Señor (Sal 23,1-6; 80,2-3). Los profetas, en especial Jeremías, acuden a la imagen del pastor cuando hablan de los que rigen, sean reyes o sacerdotes (cfr Jr 2,8; 10,21; 25,34-36; Za 11,4-17). En este primer discurso a los deportados, Ezequiel habla de los malos pastores, es decir, de los malos dirigentes que llevaron al pueblo al desastre del destierro (vv. 1-10) y, en contraste, del Señor, Pastor supremo que asume la responsabilidad de regir personalmente a su pueblo sin intermediarios (vv. 11-22), y del nuevo dirigente-mesías que Dios mismo pondrá al frente de los suyos: será el nuevo pastor, David, que conducirá al rebaño a los mejores pastos (vv. 23-31).
En los versículos que leemos este domingo Ezequiel enseña, en concreto, que es Dios mismo quien se constituye en pastor para su pueblo (v. 11), pastor solícito de sus ovejas: les pasa revista una por una, las atiende y las cuida (vv. 12-16). Además, la solicitud del buen pastor lleva consigo el ejercicio de la justicia (vv. 17): en la nueva etapa es más evidente que el amor divino y su misericordia no contradicen la condena de los impíos (v. 20), más aún, no habría verdadero amor sin justicia.
Este bello oráculo resuena en labios de Jesucristo al exponer la alegoría del Buen Pastor que cuida de sus ovejas (cfr Jn 10,1-21), al enseñar que se identifica con el Padre celestial en la alegría de encontrar a la oveja perdida (cfr Mt 18,12-14; Lc 15,4-7) y al referirse al juicio final en la escena recogida por San Mateo (Mt 25,31-46). San Agustín, en su sermón sobre los pastores, comenta: «Él vela, pues, sobre nosotros, tanto si estamos despiertos como dormidos. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador. Y a vosotras –dice–, mis ovejas, así dice el Señor Dios: “Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”. ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. Él es quien separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha» (Sermones 47).
33º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
La mujer fuerte (Pr 31,10-13.19-20.30-31)
El libro de los Proverbios se cierra con este hermoso poema acróstico (la primera letra de cada uno de sus versos corresponde a las del alfabeto hebreo según su orden desde el principio hasta el final) acerca de las cualidades que adornan a la esposa ideal en el ámbito de una familia rural del antiguo Israel. Muy probablemente tiene valor simbólico. El prólogo del libro había presentado la Sabiduría personificada como una mujer que invita a todos al banquete preparado en su casa. Ahora, en esta mujer perfecta, que sabe hacer lo oportuno en todas las circunstancias concretas de la vida, queda reflejada de nuevo la Sabiduría que Dios ha dejado impresa en el orden de las cosas creadas.
En el canto aflora, por otro lado, la fuerza moral de la mujer. Comenta Juan Pablo II que esta fuerza «se expresa en numerosas figuras femeninas del Antiguo Testamento, del tiempo de Cristo, y de las épocas posteriores hasta nuestros días. La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios “le confía el hombre”, siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en las que pueda encontrarse. Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace “fuerte” y la reafirma en su vocación. De este modo, la “mujer perfecta” (cfr Pr 31,10) se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que perciben la gran energía de su espíritu. A estas “mujeres perfectas” deben mucho sus familias y, a veces, también las Naciones» (Mulieris dignitatem, n. 30).
32º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
La sabiduría busca a los que son dignos (Sb 6,12-16)
Exaltación de la sabiduría. No es fácil distinguir cuándo el hagiógrafo se refiere a la Sabiduría divina y cuándo a la sabiduría participada por el hombre. Se ensalza el resplandor y la incorruptibilidad de la sabiduría (v. 12). Ésta aparece personificada: «se adelanta a darse a conocer», «sale al encuentro» de los que la anhelan (vv. 13.16); «está sentada» a la puerta de los que «madrugan por ella» (v 14); quien «vela por ella» se siente seguro (v. 15) y se le «muestra en los caminos» (v. 16), les enseña una conducta perfecta. Aunque es ella quien lleva la iniciativa, requiere que el hombre la desee y ponga los medios para adquirirla.
31º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
Hicisteis tropezar a muchos con vuestra enseñanza (Ml 1,14b-2,2b.8-10)
El profeta reprocha a los sacerdotes del Templo que no honren al Señor (2,1; cfr 1,6) y que conduzcan a muchos a tropezar «con vuestra enseñanza» (2,8), o bien «con la Ley» —que de las dos maneras puede ser interpretado el texto— y, además, que hagan acepción de personas (2,9); en definitiva, corrompen la alianza que el Señor hizo con Leví (2,4-5; cfr Dt 18,1-8; 33,8-11).
Para que su ministerio sea eficaz (2,2-3), el profeta exhorta a los sacerdotes a vivir las virtudes que descubre en Leví: el temor de Dios, la humildad, y la veracidad en el hablar (2,5-6). Este último aspecto se subraya especialmente: el sacerdote no habla por sí mismo, es mensajero, mal’ak, del Señor, y sus palabras deben ser sabiduría de la Ley (2,7).
El Concilio Vaticano II evoca este texto, cuando recuerda la misión de predicar encomendada a los sacerdotes: «El Pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la palabra de Dios vivo, la cual es muy lícito buscarla en la boca del sacerdote. Nadie puede salvarse si antes no ha tenido fe. Por eso los presbíteros, como colaboradores de los obispos, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios. Así, cumpliendo el mandato de Cristo (...) construyen y acrecientan el Pueblo de Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 4).
30º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
No maltratarás a la viuda ni al huérfano (Ex 22,20-26)
Estas normas forman parte del denominado «Libro de la Alianza» por la mención que se hace en Ex 24,7, o también llamado «Código de la Alianza», porque muchas de estas leyes son semejantes a las contenidas en códigos legales de pueblos semitas, tales como el sumerio de Ur-Nammu (hacia el 2.050 a.C.), el de Esnunna (hacia el 1.950 a.C.), el de Lipit-Istar (hacia el 1.850 a.C.) y, el más conocido, el Código de Hammurabi (hacia el 1.700 a.C.), que se conserva en una pieza de diorita en el Museo del Louvre.
Las leyes aquí reunidas probablemente existían antes con una formulación parecida o incluso idéntica, pero al quedar incorporadas en el Libro de la Alianza en el contexto de los acontecimientos del Sinaí adquieren mayor realce y autoridad. Vienen a ser como las «leyes fundamentales» del pueblo. El texto sagrado presenta estas prescripciones como sancionadas por Dios mismo y como parte de las exigencias de la Alianza. Se pone así de manifiesto que el pueblo de Israel ha de reflejar su peculiaridad de escogido en todos los ámbitos de su vida. La política, la vida social y familiar, el culto y las instituciones tienen carácter religioso.
El extranjero que —por guerra, peste o hambre— se había visto obligado a emigrar de su patria, la viuda sin familia y el huérfano desheredado eran los prototipos de personas marginadas y pobres en aquella sociedad tribal. La Biblia, en la normativa (p.ej., Dt 10,17-18; 24,17) y en el mensaje profético (p.ej., Is 1,17; Jr 7,6), aboga constantemente a favor de estas personas más necesitadas (cfr St 1,27). La opresión de estos marginados y débiles es uno de los pecados que claman al cielo (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1867).
26º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
Si se arrepiente, vivirá (Ez 18,25-28)
Si el impío debe cargar con las consecuencias de su pecado, ¿hay lugar para el arrepentimiento? Ezequiel había esbozado poco antes con acento emocionado una de las fórmulas más bellas de la misericordia divina: «¿Acaso me agrada la muerte del impío..., y no que se convierta de sus caminos y viva?» (v. 23; cfr 33,11). Ahora responde: «si el impío se aparta de la impiedad que había obrado y hace justicia y derecho, él mismo se dará la vida» (v. 27).
Si en la explicación de la justicia divina y el castigo hay un largo proceso hasta el Nuevo Testamento, la misericordia divina es diáfana desde el principio de la Revelación bíblica, puesto que Dios siempre está pronto a perdonar. En la historia de la espiritualidad cristiana se han escrito páginas bellísimas, salidas de lo más profundo del corazón, que exhalan confianza en la misericordia de Dios. Sirva como muestra la siguiente oración de un autor cristiano oriental de la iglesia armena: «Tú eres el Señor de la misericordia: ten, pues, misericordia también de mí, pecador, que te ruego y te suplico en muchos suspiros y lágrimas. (...) ¡Oh Dios, benigno y misericordioso! Eres llamado paciente con los pecadores; incluso Tú mismo has dicho: Si el pecador se convierte, no pensaré más en su injusticia, en lo que cometió (cfr Ez 18,21-22). Mira que he venido y me postro delante de ti: tu esclavo culpable se atreve a suplicar tu misericordia. No pienses en tantos pecados míos y no me desdeñes por mi injusticia. (...) Tú, Señor, estás habituado a usar de misericordia y de bondad, y a perdonar muchos pecados» (Juan Mandakuni, Oratio 2-3).
Ahora bien, íntimamente unida al perdón de Dios está la conversión del hombre. Por eso, no es extraño que estos textos de Ezequiel se evocaran a la hora de afirmar la necesidad del sacramento de la penitencia —«en todo tiempo, la penitencia para alcanzar la gracia y la justicia fue ciertamente necesaria a todos los hombres que se hubieran manchado con algún pecado mortal, aun a aquellos que hubieran pedido ser lavados por el sacramento del bautismo, a fin de que, rechazada y enmendada la perversidad, detestaran tamaña ofensa de Dios con odio del pecado y dolor de su alma. De ahí que diga el Profeta: Convertíos y haced penitencia de todas vuestras iniquidades, y la iniquidad no se convertirá en ruina para vosotros» (Conc. de Trento, sess. 14,1)— y de la verdadera contrición: «La contrición, que ocupa el primer lugar entre los mencionados actos del penitente, es un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. Ahora bien, este movimiento de contrición fue en todo tiempo necesario para impetrar el perdón de los pecados, y en el hombre caído después del bautismo, sólo prepara para la remisión de los pecados si va junto con la confianza en la divina misericordia y con el deseo de cumplir todo lo demás que se requiere para recibir debidamente este sacramento. Declara, pues, el santo Concilio que esta contrición no sólo contiene en sí el cese del pecado y el propósito e iniciación de una nueva vida, sino también el aborrecimiento de la vieja, conforme a aquello: Arrojad de vosotros todas vuestras iniquidades, en que habéis prevaricado y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (Conc. de Trento, sess. 14,4).
Exaltación de la Santa Cruz – 1ª lectura
La serpiente de bronce (Nm 21,4b-9)
El pueblo continúa protestando contra Moisés, ahora a causa de aquel gran rodeo en torno a Edom. Pero esa protesta es, al mismo tiempo, contra Dios. Ante el castigo, Moisés se convierte una vez más en intercesor a favor del pueblo. Los sucesos a los que alude el relato pudieron tener lugar en la zona de la Arabá, donde ya desde el siglo XIII a.C. se explotaron minas de cobre. En la actual Timná se ha encontrado un santuario egipcio con una serpiente de cobre, señal de que a estas serpientes se les atribuía algún poder mágico.
Este pasaje de Números es interpretado en Sb 16,5-12 donde se resalta que quien curaba no era la serpiente, sino la misericordia de Dios, mientras que la serpiente era una señal de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. La serpiente de bronce vuelve a mencionarse en el Evangelio como tipo de Cristo clavado en la cruz, causa de salvación para cuantos dirigen a Él su mirada con fe: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él» (Jn 3,14-15). En el Evangelio se contempla la acción salvadora de la serpiente levantada en lo alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la Cruz y a su eficacia salvífica. Cuando Cristo es alzado sobre todas las realidades humanas, eleva todas las cosas hacia él, de modo que su glorificación es medio de curación definitiva para toda la humanidad.
24º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
No tengas en cuenta los errores del prójimo (Sir 27,30; 28,1-7)
En este pasaje se agrupan algunas sentencias con un motivo común: no hay que buscar la discordia, sino la reconciliación y la paz. Las primeras (vv. 1-5) se refieren al perdón: hay que perdonar para poder ser perdonado. Luego se exponen los motivos singulares para no mantener el ánimo irritado contra el prójimo: hay que «recordar» quiénes somos y qué ha hecho Dios con nosotros.
Parece claro que nuestro Señor tenía presentes estos u otros consejos semejantes al enseñar en el Padrenuestro: «perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12; cfr también Mt 6,14). «La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cfr Mt 5,43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2844). Y San Juan Crisóstomo citando 28,2-4 escribe: «Aunque no les causes ningún mal [a los enemigos], si les miras con poca benevolencia, conservando viva la herida dentro del alma, entonces tú no observas el mandamiento ordenado por Cristo. ¿Cómo es posible pedir a Dios que te sea propicio cuando no te has mostrado misericordioso, también tú, con quien te ha faltado?» (De compunctione 1,5).
23º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
Te he puesto como centinela (Ez 33,7-9)
Como en un nuevo relato de vocación, Ezequiel retoma al comienzo de este capítulo la imagen del centinela para exponer su condición de profeta. En el capítulo tercero (Ez 3,16-21) se insistía en la obligación de avisar a sus oyentes; ahora desarrolla la metáfora del centinela en tiempo de guerra, haciendo hincapié en que tal misión es exigente y de gran influencia. En esta nueva etapa, el profeta sólo tendrá que amonestar al impío. Parece como si el justo, que era amonestado junto con el impío en el cap. 3 y que aquí no es mencionado, no volverá a desviarse de su camino.
La insistencia en que no calle se debe a que realmente es posible la conversión: los deportados han aprendido que sufren el castigo por sus propias culpas, pero ¿podrán salir de esa situación de castigo? La respuesta está condensada poco más adelante en el mismo principio puesto en labios del Señor: «No quiero la muerte del impío, sino que se convierta de su camino y viva» (Ez 33,11; cfr 18,23). De aquí se deduce que sólo los culpables son castigados, pero, sobre todo, que los culpables pueden convertirse. La conversión es el primero y principal objetivo del nuevo mensaje del profeta, y lo será también de la Iglesia: «Hemos sabido que se niega la penitencia a los moribundos y no se corresponde a los deseos de quienes en la hora de su tránsito, desean socorrer a su alma con este remedio. Confesamos que nos horroriza se halle nadie de tanta impiedad que desespere de la piedad de Dios, como si no pudiera socorrer a quien a Él acude en cualquier tiempo, y librar al hombre, que peligra bajo el peso de sus pecados, de aquel gravamen del que desea ser desembarazado. ¿Qué otra cosa es esto, decidme, sino añadir muerte al que muere y matar su alma con la crueldad de que no pueda ser absuelta? Cuando Dios, siempre muy dispuesto al socorro, invitando a penitencia, promete así: Al pecador —dice—, en cualquier día en que se convirtiere, no se le imputarán sus pecados... (cfr Ez 33,16). Como quiera, pues, que Dios es inspector del corazón, no ha de negarse la penitencia a quien la pida en el tiempo que fuere» (Papa S. Celestino I, Cuperemus quidem).
22º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
¡Me sedujiste, Señor! (Jr 20,7-9)
Con estas palabras se inicia la última «confesión» de Jeremías (Jr 20,7-18), cargada de dramatismo, que es uno de los pasajes más impresionantes de la literatura profética. Pudo ser pronunciada hacia el 605-604 a.C. cuando Jeremías sufrió la persecución del rey Yoyaquim. En ella aflora el duro combate interior entre la crisis que conmueve los fundamentos de la fe y la certeza de la vocación divina, cuando después de un arduo trabajo parece que no se ha conseguido más que el propio fracaso.
El profeta abre con confianza su alma a Dios y le reprocha haberle llamado (v. 7a) y haberle convertido en objeto de burlas por profetizar calamidades (v. 7b). La misión que le ha confiado sólo le trae desgracias. Le gustaría olvidarse de todo, pero no puede, pues Dios es «como fuego abrasador» que le enciende en su interior (v. 9). En medio de tamaño dolor brilla y vence el celo por el Señor. Se manifiesta así cómo los que han experimentado el amor de Dios no pueden contener el afán de hablar de Él a quienes no lo conocen, o se han olvidado del Señor. Así lo da a entender Teodoreto de Ciro al comentar este pasaje recordando otro ejemplo de la Escritura: «Lo mismo le ocurrió a San Pablo en Atenas mientras aguardaba en silencio. Se consumía San Pablo en su interior viendo adónde había llegado la idolatría de la ciudad (cfr Hch 17,16). Pues igual le ocurrió al profeta» (Interpretatio in Jeremiam 20,9). Por su parte, Orígenes se sentía removido ante las palabras del v. 7 y, preguntándose cómo es posible que Dios pudiera engañar a alguien explicaba: «Nosotros somos niños pequeños y tenemos necesidad de ser tratados como niños pequeños. Por esto Dios para formarnos nos seduce, aun cuando nosotros no tengamos conciencia de esa seducción antes del momento oportuno. De esa manera evita tratarnos como a personas a las que ya se les ha pasado la edad de la infancia y que ya no son educadas con palabras seductoras sino con hechos» (Homiliae in Jeremiam 19,15).
San Juan de la Cruz, meditando esta «confesión» de Jeremías, movía a recapacitar en que no siempre es posible entender del todo los designios de Dios. Su lógica no es la lógica de los hombres: «No hay que acabar de comprehender sentido en los dichos y cosas de Dios, ni que determinarse a lo que parece, sin errar mucho y venir a hallarse muy confuso. Esto sabían muy bien los profetas, en cuyas manos andaba la palabra de Dios, a los cuales era grande trabajo la profecía acerca del pueblo; porque, como (habemos) dicho, mucho de ello no lo veían acaecer como a la letra se les decía. Y era causa de que hiciesen mucha risa y mofa de los profetas; tanto, que vino a decir Jeremías (20,7): Búrlanse de mi todo el día, todos me mofan y desprecian.... En lo cual, aunque el santo profeta decía con resignación y en figura del hombre flaco que no puede sufrir las vías y vueltas de Dios, da bien a entender en esto la diferencia del cumplimiento de los dichos divinos, del común sentido que suenan, pues a los divinos profetas tenían por burladores» (Subida al monte Carmelo 2,20,6).
19º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
Elías en el Horeb (1 Re 19,9.11-13b)
«Volviendo a andar el camino del desierto hacia el lugar donde el Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo, Elías se recoge como Moisés “en la hendidura de la roca” hasta que “pasa” la presencia misteriosa de Dios (cfr 1 R 19,1-14; Ex 33,19-23). Pero solamente en el monte de la Transfiguración se dará a conocer Aquél cuyo Rostro buscan (cfr Lc 9,30-35): el conocimiento de la Gloria de Dios está en el rostro de Cristo crucificado y resucitado (cfr 2 Co 4,6)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2583).
Es llamativo el contraste entre los elementos espectaculares de la naturaleza en los que no está Dios, y el suave susurro de una voz, como una brisa en la que el profeta reconoce la presencia del Dios vivo (vv. 11-13). «De este modo —comenta San Ireneo— el profeta, que estaba profundamente abatido por la transgresión del pueblo y por la matanza de los profetas, aprendía a obrar con moderación, y así se significaba además la venida del Señor como hombre; venida que, después de la ley dada por Moisés, sería suave y dulce y en la que ni partió la caña cascada ni apagó el leño humeante. Se significaba también el descanso dulce y en paz de su reino. En efecto, tras el viento que conmueve los montes, tras el terremoto y tras el fuego, vendrán los tiempos tranquilos y pacíficos de su reino, en los cuales el Espíritu de Dios reanimará y hará crecer al hombre con suavidad» (Adversus haereses 4,20,10).
17º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
Concede a tu siervo un corazón dócil (1 R 3,5.7-12)
El rasgo más importante del rey Salomón es su sabiduría de la que se hará eco nuestro Señor Jesucristo (cfr Mt 12,42). El autor sagrado muestra ahora el origen y las manifestaciones de aquella sabiduría: es un don de Dios a petición del rey (3,12-14) y se manifestará en la administración de la justicia (3,16-28) y en la organización de la corte y del reino, es decir, en las tareas propias del rey (4,1-5,4).
Gabaón, a unos 10 km. al noroeste de Jerusalén, pertenecía a la tribu de Benjamín (cfr Jos 18,25) y era una de las ciudades otorgadas a los levitas (cfr Jos 21,17) en la que, según el libro de las Crónicas, había quedado el Tabernáculo del desierto (cfr 1 Cro 21,29). Que Dios le hable allí a Salomón significa también que el Señor le ratifica como rey de Israel.
La petición de Salomón agrada a Dios porque está hecha con humildad (v. 7) y tiene como objeto, no cosas materiales, sino discernimiento o sabiduría para administrar justicia entre el pueblo (vv. 9-14). Es así un anticipo del orden que, según la enseñanza de Cristo, ha de tener la oración de petición: «El mismo Maestro y Señor de todas las cosas enseñó y mandó lo que se ha de pedir a Dios y con qué orden debe hacerse; porque, siendo la oración la que indica y expresa nuestros deseos y peticiones, entonces pedimos debidamente y con método, cuando el orden de las peticiones sigue el orden de las cosas que deben apetecerse. Ahora bien, la verdadera caridad nos enseña que dirijamos a Dios toda nuestra vida y nuestros deseos; el cual siendo el sumo Bien, por necesidad debe ser amado con amor sumo y especial. Y no puede Dios ser amado de corazón y exclusivamente, si su gloria y honor no se prefieren a todas las cosas y criaturas; porque todos los bienes, así los nuestros como los ajenos, y en suma, todo cuanto se designa con el nombre de bien, debe estar subordinado al Bien sumo, como procedente de Él» (Catecismo Romano 4,10,1).
16º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
Tú das ocasión para el arrepentimiento (Sb 12,13.16-19)
La perícopa está impregnada de la fe más recia en la bondad y poder de Dios, que es único y omnipotente y no tiene que rendir cuentas a nadie (vv. 13-14). Aquí el libro de la Sabiduría conecta con la tradición sapiencial (cfr por ej., Jb 9) y con la profética (cfr por ej., Is 45,9-13; Jr 18,5-11). Su omnímodo poder no convierte a Dios en un tirano injusto, sino todo lo contrario: Dios es siempre justo (vv. 15-17). Tampoco su justicia está reñida con su misericordia y benignidad. Así lo muestra especialmente con Israel, que cree en Él, pero también con todos los hombres, cuyas malas obras castiga con indulgencia para darles ocasión de convertirse de su malicia (vv. 18-25). No dejará de castigar, sin embargo, a los que se empecinan en su incredulidad y malicia (vv. 26-27). Esta enseñanza será recogida también en el Nuevo Testamento: cfr, por ej., Mc 16,15-16.
14º domingo del Tiempo ordinario – A. 1ª lectura
Regocíjate, hija de Sión (Za 9,9-10)
El profeta habla ahora directamente a Jerusalén («hija de Sión») y a sus habitantes («hija de Jerusalén») como representantes de todo el pueblo elegido. La invitación a regocijarse y cantar de júbilo es frecuente en el Antiguo Testamento para celebrar la llegada de los tiempos mesiánicos (cfr Is 12,6; 54,1; So 3,14); aquí porque llega a Jerusalén su rey. Aunque no se dice expresamente, se entiende que es el descendiente de David, haciéndose eco de 2 S 7,12-16; Is 7,14. Este rey se distingue por lo que es y por lo que hace. El término «justo» (sadiq) indica que cumple perfectamente la voluntad de Dios, y el término «victorioso» que goza de la protección y salvación divinas. Los Setenta y la Vulgata entendieron sin embargo que él era el salvador. Es además «humilde», es decir, que no se exalta a sí mismo ni ante Dios ni ante los hombres. Su carácter pacífico se manifiesta en que no monta a caballo con manifestación de poder, como los reyes de tiempos del autor sagrado, sino en un borrico, como los antiguos príncipes (cfr Gn 49,11; Jc 5,10; 10,4; 12,14). Hará desaparecer las armas de guerra en Samaría y Judea (cfr Is 2,4.7; Mi 5,9), que serán un solo pueblo; además establecerá la paz en las naciones (v. 10). Los rasgos de este rey son semejantes a los del «siervo del Señor» del que hablaba Isaías (cfr Is 53,11) y a los del pueblo humilde aceptado por Dios (cfr So 2,3; 3,12).
Nuestro Señor Jesucristo cumplió esta profecía cuando entró en Jerusalén antes de la Pascua y fue aclamado por la multitud como el Mesías, el Hijo de David (cfr Mt 21,1-5; Jn 12,14). «El “Rey de la Gloria” (Sal 24,7-10) entra en su ciudad “montado en un asno” (Za 9,9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cfr Jn 18,37)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 559).
En sentido alegórico, Clemente de Alejandría entiende la referencia al joven pollino del v. 9 como una alusión a los hombres no sujetos al mal: «No era suficiente decir sólo “pollino”, sino que ha añadido “joven”, para destacar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud en la sencillez. Nuestro divino domador nos cría como a jóvenes potros que somos nosotros, los pequeños» (Paedagogus 1,15,1).