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Chapitre n°25
Actes 25, 1-12
Tiene lugar ante Festo una nueva audiencia judicial de Pablo, según el procedimiento narrado en el capítulo anterior. El nuevo gobernador desea conocer por sí mismo la causa antes de pronunciar sentencia definitiva. Advertida, o por lo menos sospechada, la inocencia del acusado, el juez se encontrará pronto sumido en idéntica perplejidad que su antecesor Félix y sometido a las mismas presiones de los judíos.
Porcio Festo parece haber sido un buen gobernante. Ocupó su cargo en Judea dos o tres años, hasta el 62, en que murió.


Actes 25, 1-2
La visita de cortesía a Jerusalén sirvió a Festo para informarse con detalle de todos los asuntos locales pendientes de resolución, y entre ellos de la causa de Pablo.
 
Actes 25, 9
El gobernador no piensa ceder al tribunal judío la jurisdicción sobre el reo. Pero su prudencia política le mueve a tener en cuenta parcialmente las peticiones de los acusadores y conceder al Sanedrín una voz en el proceso. Al mismo tiempo Festo podría usar al Sanedrín como consilium. Éste es el sentido de su invitación a Pablo para que acceda a ser juzgado en Jerusalén. En realidad la pregunta del gobernador es retórica, pues con ella se limita a informar al acusado de lo que ya ha decidido hacer.


Actes 25, 10-11
Pablo advierte las intenciones de Festo y apela al César para evitar un juicio en condiciones desfavorables. Bajo el punto de vista estrictamente jurídico, el acto de Pablo no es una apelación, sino lo que el derecho romano llamaba provocatio. La apelación propiamente dicha tenía lugar cuando el tribunal inferior competente había pronunciado sentencia. La provocatio, utilizada por el Apóstol en este caso, consistía en exigir que la causa se examinara en el tribunal superior, de modo que fuera éste el que se pronunciara sobre la inocencia o culpabilidad del acusado.
El derecho de pedir que la causa se viera en el tribunal imperial estaba reservado a los ciudadanos romanos.
Las incidencias legales, dispuestas y movidas por la Providencia, coadyuvan a que Pablo cumpla la tarea que Dios le ha reservado y que el Señor le había predicho (cfr. Act 23, 11). «Apela al César y corre hacia Roma para insistir por más tiempo aún en la predicación, de modo que pueda ir a Cristo coronado con los muchos que van a creer ahora y con todos los demás» (Super Act expositio, ad loc.).
La habitual generosidad de Pablo le impulsa una vez más a contemplar y aceptar con serenidad la posibilidad de morir. La muerte sería para él en último término la voluntad de Dios y no solamente la decisión de un tribunal humano. Pero su sentido de la justicia le obliga a pedir que sus acciones sean juzgadas en base a sus propios méritos o deméritos según la ley. «No son palabras de un hombre que se condena a sí mismo a la muerte, sino de un hombre que cree firmemente en sus propias afirmaciones» (Hom. sobre Act, 51).
 
Actes 25, 12
Es posible que la apelación de Pablo no tuviera por sí misma un efecto automático y que el gobernador no estuviese necesariamente obligado por la ley a enviar el detenido a Roma. Pero una vez invocada la apelación por el acusado, el envío de éste al tribunal imperial libraba a Festo de un serio dilema. Porque no transferir la causa a Roma podía interpretarse como un desprecio al César y era políticamente arriesgado (cfr. 26, 32), y poner en libertad a Pablo habría significado una grave e innecesaria ofensa a los judíos.
 
Actes 25, 13
Herodes Agripa II era hijo de Herodes Agripa I. Nació el año 27. Como su padre, había conseguido el favor de Roma y recibido varios territorios al norte de Palestina, que se le permitía gobernar con el título de rey. Berenice era su hermana.
 
Actes 25, 19
Las palabras de Festo manifiestan indiferencia hacia las creencias de Pablo y su discusión religiosa con los judíos. La conversación de ambos políticos expresa la típica actitud de los hombres mundanos respecto a asuntos que juzgan extravagantes y cuya importancia para la vida en último término ignoran. Por este texto sabemos también que en algún momento del proceso Pablo debió hablar de Jesús y confesar su fe en la Resurrección.
Jesucristo vive y es el centro de la historia y de la existencia de todos y cada uno de los hombres. «Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado (cfr. 2 Cor 5, 15) por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación, y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cfr. Act 4, 12). Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y siempre (cfr. Heb 13, 8)» (Gaudium et spes, n. 10).
Enciende tu fe. —No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia.
¡Vive!: ‘Jesus Christus heri et hodie: ipse et in saecula!’ —dice San Pablo— ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre! (Camino, n. 584).
 
Actes 25, 21
«César» y «Augusto» eran títulos del Emperador de Roma. En aquel tiempo reinaba Nerón (54-68).
 
Actes 25, 22
La contestación de Agripa recuerda de alguna manera una escena semejante: el deseo que había tenido su tío-abuelo Herodes Antipas por ver a Jesús (cfr. Lc 9, 9; 23, 8). «La conversación con el gobernador hace nacer en el corazón de Agripa un vivo deseo de oír a Pablo. Festo le concede esta satisfacción y con ello la gloria de Pablo aumenta todavía más. Tal es el efecto de todas las maquinaciones urdidas contra él. Sin ellas ningún juez se habría dignado escuchar semejantes cosas y nadie le habría atendido con esta gran calma y este profundo silencio» (Hom. sobre Act, 51).


Chapitre n°26
Actes 26, 1-30
Pablo se ha defendido ya ante Festo, y sus palabras (cfr. 25, 8 s.) han servido para manifestar su inocencia ante la ley romana. Ahora hablará ante Agripa en un discurso dirigido principalmente no a romanos sino a judíos. Va a dar testimonio del Evangelio en presencia de un rey. Se cumple así la profecía de 9, 15 y Lc 21, 12.


Actes 26, 2-3
«Observad cómo se apresta Pablo —comenta San Juan Crisóstomo— a exponer su doctrina no solamente sobre la fe en el perdón de los pecados sino también en las reglas de la conducta humana. Si su conciencia le hubiera reprochado alguna falta se habría turbado ante la idea de ser juzgado por quien podía saber todo; pero es propio de una conciencia limpia no sólo no rechazar como juez a quien sabe exactamente cómo son las cosas sino alegrarse de ser juzgado por él» (Hom. sobre Act, 52).
Pablo quiere convencer a Agripa, al que considera un buen conocedor de las creencias judías, de que el Evangelio no es otra cosa que el cumplimiento de las Sagradas Escrituras.
 
Actes 26, 5
El término fariseo es usado por Pablo en esta ocasión para indicar la estricta observancia de la Ley mosaica que practicaba antes de ser cristiano (cfr. Phil 3, 5).


Actes 26, 6-8
Pablo invoca frecuentemente en sus discursos de defensa la esperanza en el cumplimiento de las promesas y profecías del Antiguo Testamento (cfr. 23, 6; 24, 15; 28, 20). Además de manifestar su estado de ánimo y sus convicciones personales, indica con ello que la cuestión fundamental que se discute es si los judíos creen o no seriamente en esas profecías.
Aunque habla de la resurrección en términos generales, es evidente que las palabras de Pablo se refieren a la Resurrección de Jesús, que le legitima como Mesías. «Pablo aporta dos pruebas de la resurrección. Una procede de los profetas. No cita a ninguno en particular, sino que se limita a decir que ésa es la creencia de los judíos. La segunda, prueba es presentada por el Apóstol a partir de los hechos mismos. ¿Y cuál es? Que Cristo, después de resucitar de entre los muertos, ha conversado con él» (Hom. sobre Act, 52).


Actes 26, 9-18
Pablo vuelve a narrar las circunstancias de su conversión (cfr. 9, 3-9 y 22, 6-11).
 
Actes 26, 10
Es posible que Pablo interviniera de algún modo en las decisiones persecutorias del Sanedrín o que se refiera a su papel en el martirio de Esteban (cfr. 8, 1).
 
Actes 26, 14
La frase final no aparece en los dos relatos anteriores de la conversión en el camino de Damasco (cfr. 9, 4; 22, 7). Se trata de una expresión griega para describir una resistencia inútil. Pero el proverbio era también conocido y usado en el ámbito judío (cfr. Salmos de Salomón, 16, 4).


Actes 26, 16-18
Se describe la llamada y misión de Pablo de modo semejante a la vocación de los profetas de Israel (cfr. Ez 2, 1; Is 42, 6 s.). Dios da a conocer majestuosamente su designio, en forma de un incomparable requerimiento que modifica radicalmente la existencia del elegido. Se dirige a su voluntad de hombre libre para que quiera lo que Dios quiere y sencillamente por que Él lo quiere. Pero aclara a la vez su inteligencia para que conozca el sentido de la llamada y la acepte convencido de su grandeza y de la gracia singular que representa para él.


Actes 26, 19-23
Esta sección es un resumen de la predicación de San Pablo, que presenta el cristianismo como la realización de las antiguas profecías.
 
Actes 26, 19
El Apóstol afirma ante sus oyentes que no ha abrazado el cristianismo ciegamente, sino en base a una irresistible convicción. Explica su cambio interior como docilidad y obediencia a la voz divina que le ha hablado. Lo ocurrido a Pablo se repite de modos diferentes —generalmente menos dramáticos— en la vida de cada hombre. El Señor nos llama y nos invita en determinados momentos a una nueva conversión que nos arranque del pecado o de la tibieza. Es necesario entonces saber oír la llamada y obedecerla. Conviene que dejemos que el Señor se meta en nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra miseria. Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de acudir a Jesús: para que Él nos haga verdaderamente libres y de esa forma podamos servir a Dios y a todos los hombres (Es Cristo que pasa, n. 17).
La respuesta a la gracia de Dios es condición necesaria para recibir las ayudas que el Señor tiene previsto concedernos más adelante. Aceptar una gracia es importante para recibir la siguiente, en una correspondencia a Dios que nunca termina en esta vida. «Ésta es la verdadera perfección —escribe San Gregorio de Nisa—: no detenerse nunca en el camino hacia lo que es mejor y no poner límites a lo perfecto» (De perfecta christiani forma).
«La gracia del Espíritu Santo —observa el mismo autor en otro lugar— se concede a cada hombre con la idea de que debe aumentar e incrementar lo que recibe» (De instituto christiano). Es semejante al pensamiento expresado por Santa Teresa de Jesús cuando escribe que «es menester sacar fuerzas de nuevo para servir, y procurar no ser ingratos, porque con esa condición las da el Señor; que si no usamos bien del tesoro y del gran estado en que nos pone, nos lo tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará su Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a los otros» (Libro de su vida, cap. 10).
 
Actes 26, 23
Pablo identifica al Mesías con el doliente Siervo de Yahwéh (cfr. Is 42, 1 ss.; 49, 1 ss.) y afirma que Jesús es el cumplimiento de ambas figuras.
 
Actes 26, 24
Festo está perplejo y juzga desvaríos las palabras de Pablo. Parece albergar cierta simpatía hacia el Apóstol pero no le comprende. Es que la sabiduría divina es locura a los ojos humanos. «Consideraba locura que un hombre encadenado no hablara de las calumnias que le hostigan desde fuera sino de las convicciones que le iluminan por dentro» (Super Act expositio, ad loc.).
 
Actes 26, 27
Pablo atiende sólo a la honra del Evangelio y a la salvación de sus oyentes. Intenta que Agripa, presidente de aquella sesión e interlocutor principal del acusado, reaccione interiormente y permita que la gracia mueva su corazón. Admirad (...) el comportamiento de San Pablo. Prisionero por divulgar el enseñamiento de Cristo, no desaprovecha ninguna ocasión para difundir el Evangelio. Ante Festo y Agripa, no duda en declarar: ayudado del auxilio de Dios, he perseverado hasta el día de hoy, testificando la verdad a grandes y pequeños (...) (Act XXVI, 22).
El Apóstol no calla, no oculta su fe, ni su propaganda apostólica que había motivado el odio de sus perseguidores: sigue anunciando la salvación a todas las gentes. Y, con una audacia maravillosa, se encara con Agripa.
¿De dónde sacaba San Pablo esta fuerza? Omnia possum in eo qui me confortat! (Phil IV, 13), todo lo puedo, porque sólo Dios me da esta fe, esta esperanza, esta caridad (Amigos de Dios, nn. 270 s.).
El apostolado es una tarea encomendada por Cristo que todo cristiano tiene obligación de desarrollar en todo tiempo. «Nada hay más superfluo que un cristiano no dedicado a salvar a sus hermanos. No aduzcas tu pobreza: el que ha puesto dos pequeñas monedas en la limosna se levantaría contra ti; y también Pedro, que dice: yo no tengo oro ni plata; y Pablo, tan pobre que con frecuencia sufre hambre. Ni aduzcas tu condición humilde, porque ellos eran también humildes y de modesta condición. Ni aduzcas tu ignorancia, porque ellos tampoco tenían letras. ¿Eres esclavo o fugitivo? Onésimo lo era (...). ¿Estás enfermo? Timoteo lo estaba» (Hom. sobre Act, 20).
 
Actes 26, 28
El comentario del rey, desenfadado y serio a la vez, indica que se ha visto interiormente afectado por las palabras de Pablo. Se considera incapaz de responder positivamente a la llamada del Apóstol, pero su conciencia y su condición de príncipe judío le impiden negar toda fe en las profecías hechas por Dios a su pueblo.
En cualquier caso, se defiende de las gracias divinas que se le ofrecen a través de las afirmaciones y en la pregunta de Pablo. Faltaban al rey sin duda las condiciones interiores que exige la fe es decir, las rectas disposiciones de índole moral que permiten al hombre aceptar la palabra de Dios y decidirse a cambiar el rumbo de su vida. Le faltaba el deseo verdadero de buscar a Dios «Si alguno quiere hacer su voluntad conocerá si mi doctrina es de Dios, o si yo hablo por mí mismo» (Ioh 7, 17).
 
Actes 26, 29
Pablo manifiesta una vez más —sin temor ni falso respeto a la solemnidad del momento— su celo práctico y concreto por todas las almas.
Universalidad de la caridad significa (...) universalidad del apostolado; traducción en obras y de verdad, por nuestra parte del gran empeño de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim II, 4).
Amar en cristiano significa querer querer, decidirse en Cristo a buscar el bien de las almas sin discriminación de ningún género, logrando para ellas, antes que nada, lo mejor: que conozcan a Cristo, que se enamoren de Él (Amigos de Dios, nn. 230.231).
 
Actes 26, 32
Declarar inocente a Pablo y liberarlo a pesar de haber apelado hubiera resultado ofensivo tanto al Emperador como a los judíos.
27, 1-28, 15. El relato del viaje marítimo de San Pablo ha sido juzgado, por su precisión de lenguaje, como un documento de primer orden para conocer la náutica antigua. Es exacto y detallado en todos sus pormenores. La expresiva narración recoge los recuerdos y quizás las anotaciones de un testigo presencial, es decir, de San Lucas, que acompañó al Apóstol en la singladura y usa la primera persona del plural hasta el final del libro.
Además de precisión y viveza, la narración del viaje (27, 1-28, 15) refleja la visión sobrenatural de San Pablo ante nuevas dificultades, su actividad apostólica y su confianza y abandono en la providencia.


Chapitre n°27
 
Actes 27, 2
Para el transporte de los prisioneros no había una nave especial sino que se contrataban los puestos necesarios en naves particulares. El centurión los encuentra en una nave que debía hacer escala en varios puertos de la costa occidental del Asia Menor, con la esperanza de encontrar por el camino —como sucedió— algún barco que navegara hacia Italia.
 
Actes 27, 3
Desde el punto de vista del centurión Julio, los cristianos de Sidón eran «amigos» de Pablo. El término amigo que aquí emplea San Lucas no es utilizado normalmente para llamar a los cristianos, pero ellos son amigos de Dios —«vosotros sois mis amigos» (Ioh 15, 14)— y de ahí nace el amor de amistad que les une. Es lógico entonces que a los ojos de los paganos los cristianos aparezcan como amigos.
 
Actes 27, 6
La nave alejandrina en la que embarcaron debía ser una nave frumentaria, de las que transportaban trigo desde Egipto a Roma. Anchos y pesados, los barcos de este tipo tenían un gran mástil en el centro del casco y otro hacia la proa; el casco estaba recubierto por el puente, que tenía aberturas o escotillas por las que se bajaba a la bodega; en ésta se depositaba la mercancía y allí se refugiaban también los pasajeros cuando hacía mal tiempo.
 
Actes 27, 9
Al llegar a Puertos Buenos, Pablo y sus compañeros llevan ya casi cuarenta días de viaje. En aquellos tiempos la navegación por alta mar se consideraba insegura a partir de mediados de septiembre y quedaba totalmente suspendida desde primeros de noviembre hasta marzo. El día del Ayuno es el que la Ley de Moisés prescribía a todo el pueblo en el gran día de la Expiación (cfr. Lev 16, 29-31). En el año 60 correspondió a finales de octubre.


Actes 27, 10-13
San Pablo había sufrido ya entonces tres naufragios (cfr. 2 Cor 11, 25) y tenía experiencia sobre lo arriesgado del viaje, pero la mayoría tenía la esperanza de alcanzar Sicilia o por lo menos un puerto más adecuado para invernar. En cuanto se levantó un poco de viento favorable levaron anclas y costearon la isla en dirección oeste, después de haber remolcado la nave fuera del puerto con el esquife, que era como un bote auxiliar y salvavidas.
San Juan Crisóstomo nos propone la siguiente enseñanza con ocasión de este pasaje: «Permanezcamos en la fe, que es el puerto seguro. Oigamos antes a ella que al piloto que tenemos dentro de nosotros, nuestra razón. Hagamos caso a Pablo antes que al piloto o al capitán. No nos alejemos de la experiencia sino evitemos con ella la injuria y el desprecio» (Hom. sobre Act, 53).


Actes 27, 17-18
Consiguieron levantar el esquife o bote que remolcaban, pero, desorientados en medio de la oscuridad, tenían miedo de chocar contra los peligrosos bancos de arena de la Sirte, la costa norte de África. Por eso echaron al agua una especie de ancla flotante para frenar la marcha de la nave. Arrojaron también por la borda todos los aparejos (jarcias, mástiles, palancas) y quizá parte de la carga.


Actes 27, 19-20
Estas dificultades en la navegación recuerdan las que el hombre puede encontrar durante su vida, en su marcha hacia la eternidad. En peligro de naufragio, de perder la vida sobrenatural, es necesario arrojar todo lo que estorba, incluso lo que hasta entonces parecía necesario, como los aparejos y la carga, con tal de salvar la vida.
En momentos de desorientación y de oscuridad, que el Señor permite en las almas cuando dejan de brillar las estrellas que dirigen el rumbo, hay que acudir a los medios que Dios ha puesto para orientarnos. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino (Es Cristo que pasa, n. 34). Sobre todo tenemos a María, la Estrella del mar y Estrella de la mañana, que ha servido y sirve de protección y guía segura a todos los navegantes.
 
Actes 27, 24
Pablo pide a Dios por su salvación y la de sus compañeros y recibe la certeza de que su oración ha sido escuchada. San Juan Crisóstomo tiene muy en cuenta la actividad apostólica que San Pablo desarrollaría en esas circunstancias y afirma que las predicciones sobre el futuro de la nave «no las hace el Apóstol por jactancia sino para convertir a los navegantes a la fe y hacerles más dóciles a sus enseñanzas» (Hom. sobre Act, 53).


Actes 27, 30-32
La ciencia y cooperación de los marineros que pretendían huir era necesaria en aquellas circunstancias para la salvación de todos. Al cortar las amarras del bote se asegura la unidad de fuerzas imprescindible para la salvación de los diversos individuos. Era necesaria la solidaridad para conseguir la salvación de todos los del navío. Podemos ver en éste la imagen y símbolo de otro navío que es la Iglesia: nadie debe abandonar el barco e intentar salvarse por su cuenta, abandonando a los demás a su suerte.
 
Actes 27, 33
San Juan Crisóstomo explica que «el ayuno prolongado no fue un milagro, sino que el temor y el peligro les quitaban todo deseo de comer. Milagro fue que escaparan al naufragio. Por desgraciado que fuera el viaje, esta navegación fue la ocasión para Pablo de instruir a soldados y marineros, y qué alegría para el Apóstol si todos hubieran abrazado la fe» (Hom. sobre Act, 53). San Pablo transmite su confianza a los demás pasajeros, y su serenidad e iniciativa contrasta con la atonía y desesperación del resto, faltos de toda perspectiva y visión sobrenatural.
 
Actes 27, 35
El alimento tomado por Pablo y los demás fue el corriente, y no la Eucaristía ni el ágape cristiano, aunque precediera una oración antes de la comida, como era costumbre entre los judíos. San Beda al comentar este punto hace una comparación con la necesidad del pan de vida para librarnos de los peligros de este mundo: «Pablo aconseja a los que prometió la salvación del naufragio que tomen alimento. Si por la noche cuatro anclas mantenían la nave entre las olas, al salir el sol iban a llegar a tierra firme. Pero sólo se evade de las tempestades de este mundo aquél que come el pan de vida» (Super Act expositío, ad loc.).
 
Actes 27, 41
La actualmente llamada «Bahía de San Pablo», en la isla de Malta, corresponde exactamente a la descripción de San Lucas. Los marineros intentaron navegar hasta la pequeña ensenada, pero el navío quedó encallado en un banco de arena antes de conseguirlo. Cercanos a la playa, la mar gruesa destrozó el barco. La nave pereció al permanecer fija en la proa y golpeada por las olas en la popa. «Tal es el caso de las almas entregadas a este mundo que no se preocupan de despreciar los deseos mundanos, porque la proa de sus intenciones está hundida hasta el fondo en la tierra, y la fuerza de las olas deshace todas las obras que estaban ensambladas» (Super Act expositio, ad loc.).
«¿Por qué Dios no salvó el navío del naufragio? Para que los ocupantes entendieran mejor la gravedad del peligro y que su salvación no era consecuencia de un auxilio humano sino del brazo de Dios, que les conservaba la vida después del hundimiento del barco. Así, los justos se encuentran bien en las tormentas y tempestades, en alta mar o en un golfo revuelto, porque están al abrigo de todo, y son incluso los salvadores de los demás.
»Sobre un navío en peligro de ser engullido por las aguas, los prisioneros encadenados y toda la tripulación deben su salvación a la presencia de Pablo. Aprende la ventaja de vivir en compañía de una persona piadosa y santa. Tempestades interiores más frecuentes y funestas nos baten en la brecha. Dios nos puede librar si somos tan inteligentes como los marineros y hacemos caso del consejo de los santos (...). No solamente se salvaron del naufragio sino que abrazaron la fe.
»Creamos a San Pablo. Aunque estemos en medio de tempestades seremos librados de los peligros; aunque hubiéramos permanecido catorce días ayunos, permaneceremos con vida; aunque caigamos en tinieblas y oscuridad, si creemos en él seremos liberados» (Hom. sobre Act, 53).


Chapitre n°28
 
Actes 28, 2
«Nativos»: Literalmente bárbaros. Los malteses eran de raza fenicia y no hablaban griego. Por eso son designados por Lucas con el término de bárbaros.
 
Actes 28, 4
Justicia es aquí un nombre propio. La idea se personifica en una divinidad femenina: la diosa de la venganza o justicia vindicativa.
 
Actes 28, 5
Aquí vemos cumplida una de las promesas del Señor: «A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes y, si bebieran algún veneno, no les dañará» (Mc 16, 17-18).


Actes 28, 12-14
Siracusa era entonces la principal ciudad de Sicilia. Desde allí bordearon la costa oriental de la isla y atravesaron el estrecho de Mesina para llegar a Regio, donde hicieron escala de un día. Por fin, desembarcaron en Pozzuoli, que era el principal puerto del golfo de Nápoles, donde ya había un buen número de cristianos que acompañaron a San Pablo la semana que permaneció allí, e informaron a los hermanos de Roma de la próxima llegada del Apóstol.
 
Actes 28, 14
El texto nos habla del ambiente de fraternidad humana y sobrenatural que reinaba entre los cristianos. El afecto sincero de sus hermanos en Jesucristo hubo de alegrar inmensamente el corazón de Pablo y contribuir a un descanso que le había sido negado en los últimos meses.
Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo (...).
El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio? (Amigos de Dios, nn. 225 s.).
 
Actes 28, 15
Foro Apio y Tres Tabernas distaban de Roma 69 y 53 km respectivamente. Estaban situadas en la Via Appia, que comunicaba la Urbe con el sur a través de Pozzuoli. No tenemos información sobre la comunidad cristiana de Roma en este tiempo ni conocemos las circunstancias de su fundación. La tradición afirma que fue fundada por San Pedro, y una cita del filósofo Porfirio, recogida por San Agustín (cfr. Epístola 102, 8) dice que la Ley de los judíos vino de Siria a Roma poco después del reinado de Calígula (marzo del 37 a enero del 41).
 
Actes 28, 16
Pablo debió llegar a Roma hacia el año 61. Se le permitió ocupar un alojamiento propio. Disfrutó por tanto de la llamada custodia militaris, que le exigía solamente mantenerse bajo la continua vigilancia de un soldado.
San Lucas usa por última vez en este versículo la primera persona del plural.
 
Actes 28, 17
Fiel a su costumbre misionera, Pablo se dirige inmediatamente a los judíos de Roma, hasta el punto que su trato y relaciones con los cristianos de la Urbe no se mencionan más en el relato. El Apóstol desea dar a sus hermanos de raza una suerte de última oportunidad para oír y entender el Evangelio. Al mismo tiempo se presenta como un miembro de la comunidad judía que quiere participar con normalidad en la vida de ésta y se considera obligado a explicar su propia situación.
 
Actes 28, 19
El uso de privilegios romanos por un judío podía ser considerado en las comunidades hebreas como signo de desprecio hacia las creencias y costumbres patrias. Pablo intenta por tanto justificarse ante sus hermanos de raza y explicarles las razones de su excepcional invocación de la ciudadanía romana y consiguiente apelación.
 
Actes 28, 23
Pablo no habla de su situación sino del Evangelio y, como solía hacer en las sinagogas, declara ante los oyentes judíos que Jesús es el Mesías anunciado por los profetas y prometido al pueblo de Israel.


Actes 28, 25-28
Ante la repulsa del Evangelio, también en Roma, por parte de muchos judíos. Pablo se proclama libre de la obligación que se impuso de anunciar primero el Evangelio a los hebreos. Sus palabras sugieren que los cristianos han comprendido el sentido de las promesas hechas por Dios al pueblo elegido, y que ellos son realmente el verdadero Israel. Los discípulos de Cristo no han abandonado la Ley. Son más bien los judíos quienes han renunciado a su condición de nación elegida. «Nosotros somos el pueblo de Israel verdadero y espiritual —escribe San Justino—, la raza de Judá, y de Jacob, y de Isaac y de Abrahán, el que fue por Dios atestiguado viviendo aún incircunciso, el que fue bendecido y llamado padre de muchas naciones» (Diálogo con Trifón, 11, 5).


Actes 28, 30-31
«No solamente no se le prohibió predicar en Roma —escribe San Beda—, sino que a pesar del imperio consolidado de Nerón y de tantos crímenes como narra la historia, quedó libre para anunciar el Evangelio de Cristo en los confines de Occidente, como él mismo escribe a los romanos: ‘Por ahora, sin embargo, me marcho a Jerusalén en servicio de los santos’ (Rom 15, 25); y poco después: ‘Cuando haya terminado esto (...) marcharé hacia España, y estaré de paso con vosotros’ (v. 28). Finalmente fue coronado por el martirio en los años últimos de Nerón» (Super Act expositio, ad loc.).
No sabemos exactamente lo que ocurrió al final de los dos años. Es posible que los acusadores judíos no comparecieran o que Pablo fuera acusado de nuevo por ellos y, acto seguido, juzgado y proclamado inocente en el tribunal imperial. En cualquier caso, fue puesto en libertad y San Lucas considera concluida la tarea que Dios le inspiró al emprender la redacción de su libro.
«Si se me pregunta —observa San Juan Crisóstomo— por qué San Lucas, que ha permanecido con el Apóstol hasta su martirio, no ha prolongado su relato hasta ese momento, responderé que el libro de los Hechos, tal como lo poseemos, cumple perfectamente el propósito del escritor. Pues los evangelistas sólo se propusieron escribir lo más esencial» (Hom. sobre Act, 1).
De todos modos, la conclusión convencional del libro de los Hechos ha llevado a pensar a muchos, desde la antigüedad hasta el presente, que fue escrito este libro precisamente al final de la primera cautividad romana de San Pablo. Los testimonios de la tradición cristiana no son suficientemente concretos para decidir cuál fue la fecha de redacción del libro de los Hechos.
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