Chapitre n°21
Actes 21, 4
Estos cristianos de Tiro eran fruto de la anterior evangelización en Fenicia (cfr. 11, 19). Ellos conocieron por comunicación del Espíritu las «cadenas y tribulaciones» (20, 23) que esperaban a Pablo en Jerusalén e intentaban disuadirle. Es una reacción lógica y una muestra de la fraternidad, unidad de afectos e intenciones, que animaba a los fieles cristianos. También nosotros nos debemos preocupar —sin perder la serenidad— por la salud física y espiritual de nuestros hermanos: Esas desazones que sientes por tus hermanos me parecen bien: son prueba de vuestra mutua caridad. —Procura, sin embargo, que tus desazones no degeneren en inquietud (Camino, n. 465).
Actes 21, 5
«Puestos de rodillas, en la playa, oramos»; Todo lugar es apto para elevar el corazón a Dios y hablar con Él. Que no falten en nuestra jornada unos momentos dedicados especialmente a frecuentar a Dios, elevando hacia Él nuestro pensamiento, sin que las palabras tengan necesidad de asomarse a los labios, porque cantan en el corazón. Dediquemos a esta norma de piedad un tiempo suficiente; a hora fija, si es posible. Al lado del Sagrario, acompañando al que se quedó por Amor. Y si no hubiese más remedio, en cualquier parte, porque nuestro Dios está de modo inefable en nuestra alma en gracia (Amigos de Dios, n. 249).
Actes 21, 8
Felipe es uno de los siete cristianos ordenados diáconos para servir a los necesitados, según el relato de 6, 5. Fue él quien ayudó eficazmente en la evangelización de Samaría (cfr. 8, 5 ss.), se enfrentó con Simón el mago (cfr. 8, 9 ss.) y bautizó al funcionario etíope (cfr. 8, 26 ss.).
Actes 21, 9
La virginidad es un don de Dios del que San Pablo hablará en sus cartas (cfr. 1 Cor 7, 25-40). Juan Pablo II, en su exhortación apostólica sobre la familia, ha dedicado un apartado a esta forma de entrega al Señor: «La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de Alianza de Dios con su pueblo (...).
»Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre (cfr. 1 Cor 7, 32 s.) (...), la virginidad testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo como el único valor definitivo. Por esto la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios (cfr. Sacra virginitas, n. 2).
»Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia según el designio de Dios» (Familiaris consortio, n. 16).
Actes 21, 10-11
Agabo es el profeta cristiano que años antes había anunciado la penuria y el hambre próximos (cfr. 11, 27-28). Hace ahora su profecía con gestos simbólicos, que eran frecuentes en los profetas del Antiguo Testamento, especialmente Jeremías (cfr. Ier 18, 3 ss.; 19, 1 ss.; 27, 2 ss.). La acción de Agabo recuerda un tanto a la profecía del Señor sobre San Pedro en Ioh 21, 18: «En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo e ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará a donde no quieras».
Actes 21, 12-14
Las palabras y avisos del Espíritu Santo (cfr. 20, 23; 21, 4) refuerzan en Pablo la prontitud para aceptar la voluntad de Dios y soportar las dificultades que se le anuncian (cfr. 20, 25. 27 ss.). La serenidad del Apóstol contrasta con la turbación, explicable por el afecto, de quienes le rodean. Una larga vida de entrega y olvido de sí mismo ha hecho posible la calma sobrenatural de estos momentos decisivos. «Está el todo o gran parte —escribe Santa Teresa de Jesús— en perder cuidado de nosotros mismos y de nuestro regalo, que quien de verdad comienza a servir al Señor lo menos que le puede ofrecer es la vida, pues le ha dado su voluntad, ¿qué teme?» (Camino de perfección, cap. 12).
La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada (Camino, n. 758).
El ejemplo de Pablo logra impresionar a los discípulos y les mueve a aceptar lo que Dios haya dispuesto, con una expresión que recuerda las palabras de Jesús en Getsemaní (cfr. Lc 22, 42).
Actes 21, 18
Pablo y sus acompañantes son recibidos por Santiago el Menor, probablemente cabeza de la iglesia de Jerusalén por aquellos años (cfr. 12, 17; 15, 13; Gal 1, 19; 1 Cor 15, 7), y por los presbíteros que le asisten en el gobierno y atención espiritual de la comunidad. San Lucas suele distinguir entre presbíteros y Apóstoles. De aquí cabe pensar que los Apóstoles, incluido Pedro, habían abandonado la Ciudad Santa.
Aquí termina la narración en primera persona del plural, que no se reanuda hasta el relato del viaje a Roma (cfr. Act 27, 1). Esto indica que San Lucas acompañó a San Pablo hasta Jerusalén y luego desde Cesarea hasta Roma.
Actes 21, 19
El ministerio apostólico de Pablo entre los gentiles puede ser recibido sin recelos por los cristianos de la iglesia madre de Jerusalén, porque Dios ha manifestado de nuevo su carácter legítimo mediante la sorprendente fecundidad que ha querido concederle. La misión a los gentiles estaba guiada y planeada por Dios.
Al mismo tiempo, Pablo atribuye al Señor toda la eficacia de su trabajo misionero. «Ni el que planta es nada, ni el que riega, sino el que da el incremento, Dios» (1 Cor 3, 7). Es la convicción que ha dirigido sus pasos y que se ha reforzado en cada etapa de su ministerio. «A todo el que examine prudente e inteligentemente la historia de los Apóstoles de Jesús ha de resultarle patente —escribe Orígenes— que predicaron el cristianismo con poder divino, y por él lograron atraer a los hombres a la Palabra de Dios» (Contra Celso, I, 62).
Actes 21, 20
Los judíos celosos de la Ley mencionados por Santiago no deben confundirse con los zelotas. El ardiente seguimiento de las tradiciones patrias y la aversión a los romanos habían convertido a éstos en una secta violenta que fue un factor decisivo en la rebelión del año 66. La rebelión antirromana, narrada detalladamente por Flavio Josefo en la Guerra judaica —libro escrito del año 75 al 79—, terminó el año 70 con la total destrucción del Templo y de Jerusalén por los ejércitos de Vespasiano y Tito.
Actes 21, 21
Los rumores que los judíos observantes han oído sobre la predicación de Pablo tienen una base real, porque el Apóstol considera secundaria la Ley mosaica en orden a conseguir la salvación y no concede a la circuncisión carácter necesario o absoluto (cfr. Gal 4, 9; 5, 11; Rom 2, 25-30). Pero la acusación que los rumores contienen es injusta. Pablo nunca exhortó a los cristianos de origen judío a omitir la circuncisión de sus hijos, y él mismo se ocupó de que Timoteo fuera circuncidado (cfr. 16, 3). Se muestra en Corinto defensor de que las mujeres, según la costumbre judía, usen velo en las funciones de culto (cfr. 1 Cor 11, 2-16); y personalmente no tuvo inconveniente en emitir un voto de nazareato (cfr. 18, 18).
«Calumniaban a Pablo no los que entendían el espíritu con el que debían conservarse estas costumbres por los fieles judíos, es decir, como un homenaje a la autoridad divina y a la santidad profética de esos signos y no para lograr la salvación, que había sido revelada con Cristo y administrada mediante el sacramento del Bautismo. Los que le calumniaban eran aquellos que querían observar tales prácticas como si no hubiera sin ellas salvación para los creyentes en el Evangelio» (Super Act expositio, ad loc.).
Actes 21, 23-24
Se trata de un voto de nazareato (cfr. Num 6). El nazir se comprometía a abstenerse de ciertos alimentos y bebidas y a no cortarse el cabello durante el tiempo del voto, generalmente treinta días (cfr. nota a Act 18, 18). La terminación del voto se acompañaba con la ofrenda de un sacrificio en el Templo. Santiago propone que Pablo se haga cargo de los gastos de este sacrificio, según un acto habitual y reconocido de piedad judía. Manifestará de este modo ante todos los que le conocen, que mantiene una actitud respetuosa hacia la Ley y el Templo. Pablo lleva a la práctica en esta ocasión lo que había escrito a los cristianos de Corinto: «Con los judíos me hice como judío, para ganar a los judíos; con los que están bajo la Ley, como si estuviera bajo la Ley, aunque yo no lo estoy, para ganar a los que están bajo la Ley» (1 Cor 9, 20).
Actes 21, 25
Santiago cita los preceptos del concilio de Jerusalén, que eran bien conocidos por Pablo. Parece dirigirse, por tanto, a los compañeros del Apóstol, que no fueron requeridos, como es lógico, a acompañar a Pablo en el Templo.
Actes 21, 27-29
La acción de Pablo, que debía pacificar el ánimo de los judíos, provoca precisamente lo contrario y desencadena la reacción violenta que cabía esperar del fanatismo y la ceguera espiritual. Judíos que han peregrinado a Jerusalén con motivo de la fiesta hebrea de Pentecostés atacan a Pablo como hombre vitando que —dicen— habla por todas partes contra el pueblo judío, la Ley y el Templo, y acaba de profanar el recinto sagrado.
Se repiten así las acusaciones lanzadas en su día contra el Señor (cfr. Mt 26, 61; 27, 40) y contra Esteban (cfr. Act 6, 11-14). Los gritos de los agresores soliviantan en pocos momentos a la multitud que llena el Templo, dispuesta sin duda, en sus prejuicios, a admitir cualquier afirmación desfavorable a Pablo. La falsa acusación de haber introducido gentiles en los atrios interiores del Templo revestía especial gravedad, pues la Ley judía castigaba con la muerte semejante acción y las autoridades romanas accedían generalmente a ejecutar en estos casos la pena capital. Se ha encontrado una de las piedras que advertían de la pena de muerte para cualquier gentil que traspasara el pequeño muro que limitaba el atrio de los Gentiles. El aviso está en griego y latín.
Actes 21, 30
No cerraron probablemente las puertas exteriores del Templo sino las que comunicaban los atrios interiores con el atrio de los Gentiles.
Actes 21, 31-36
La intervención de los soldados romanos libra a Pablo de una muerte cierta. La rápida llegada del tribuno y sus hombres se explica por la proximidad de la Torre Antonia, sede de la guarnición de Jerusalén, que estaba situada junto a una esquina del Templo y unida con el atrio de los Gentiles mediante dos grandes tramos de escalones.
Arrestado Pablo, que aparece ante los romanos como causa del tumulto, el tribuno decide, prudentemente, trasladarlo a la fortaleza. Comienza ahora una nueva sección del libro en la que San Lucas va a describir con detalle la prisión del Apóstol (cfr. Act 21, 33-22, 29), su procesamiento en Jerusalén y Cesarea (cfr. caps. 23-26), y el viaje a Roma (cfr. Act 27, 1-28, 16) para comparecer ante el tribunal imperial. A partir de este momento Pablo no será tanto el misionero y fundador infatigable de iglesias como el testigo encadenado del Evangelio. Pero también en las nuevas circunstancias continuará su tarea de anunciar a Cristo.
Actes 21, 38
El cabecilla egipcio es mencionado también por Flavio Josefo como un jefe de bandidos que intentó capturar Jerusalén y fue puesto en fuga por el gobernador Félix (cfr. Guerra judaica, II, 261-263).
Los sicarios recibían su nombre por ir armados con un puñal llamado en latín sica. Junto a los zelotas, desempeñaron un célebre y triste papel en la rebelión contra Roma.
Actes 21, 39
Pablo no menciona aún su condición de ciudadano romano. Se limita a afirmar su procedencia de Tarso, una ciudad que disfrutaba de autogobierno y a la que estaba orgulloso de pertenecer. Parece que desde tiempos de Claudio era posible tener simultáneamente la ciudadanía romana y otra ciudadanía local.
De acuerdo con su carácter valiente y el hondo sentido que posee de su misión, el Apóstol ha decidido hablar a la muchedumbre que le hostiga. No piensa tanto en eludir a sus adversarios como en convencerles. El suyo no es un combate desigual. Le asiste el vigor del Evangelio que predica y la rectitud con que procura servir a Cristo. «Nada hay más débil, en efecto, que muchos pecadores —comenta Crisóstomo— ni más fuerte que un hombre cumplidor de la ley de Dios» (Hom. sobre Act, 26). «Los soldados de Cristo, que son los que tratan oración —escribe Santa Teresa—, no ven la hora que pelear; nunca temen enemigos públicos; ya los conocen y saben que contra la fuerza que en ellos pone el Señor no tienen fuerza y que siempre ellos quedan vencedores y con ganancia y ricos» (Camino de perfección, cap. 66).
Pablo confía una vez más en su palabra llena de la fuerza de Dios, y no se conforma con reproches ni silencios, porque sabe que «la verdad no se predica con espadas y lanzas, ni por medio de soldados, sino con la persuasión y el consejo» (San Atanasio, Historia arrianorum, 33).
Actes 21, 40
«En lengua hebrea»; Seguramente en arameo, la lengua que, desde la vuelta de la cautividad babilónica, se fue imponiendo en el uso entre los hebreos, por influjo del imperio persa.
Chapitre n°22
Actes 22, 1-21
San Lucas recoge el discurso de Pablo a los judíos de Jerusalén, que es la primera de tres defensas personales (cfr. 24, 10-21; 26, 1-23) en las que el Apóstol procura mostrar respectivamente que el cristianismo no merece la hostilidad judía ni el recelo romano. En este caso Pablo se presenta a los oyentes hebreos como un judío piadoso, lleno de respeto hacia su pueblo y sus tradiciones sagradas. Desea vivamente que sus hermanos de raza comprendan que si ahora sigue a Jesús hay motivos decisivos e irresistibles que le han movido a ello. Confía en que un proceso espiritual semejante al experimentado por él pueda obrarse también en el alma de quienes le escuchan. El discurso no es, sin embargo, una apología propiamente dicha. Su intención principal no es responder a las acusaciones de sacrilegio, sino aprovechar la ocasión para dar testimonio de Jesucristo, cuyos mandatos legitiman la propia conducta. Las palabras de Pablo son en realidad un llamamiento a sus oyentes para que escuchen y obedezcan la voz del Señor.
Actes 22, 1
«Hermanos y padres»; El título de «padres» puede aludir a los miembros del Sanedrín presentes entre la multitud.
Actes 22, 3
Gamaliel (cfr. 5, 34) pertenecía a la corriente del rabino Hillel, que se caracterizaba por una interpretación de la Ley menos rígida que la practicada por Shammai y sus discípulos.
Actes 22, 4
La situación descrita por Pablo es confirmada por 1 Cor 15, 9: «Yo soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios»; Gal 1, 13: «Habéis oído mi conducta anterior en el judaísmo: que perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la desolaba»; Phil 3, 6: «En cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia»; y 1 Tim 1, 13: «Antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente».
Actes 22, 6-11
Pablo describe con sus propias palabras lo que ocurrió en el camino de Damasco (cfr. 9, 3-9; 26, 6-16). El relato contiene algunas diferencias no contradictorias con las otras dos versiones, especialmente la del cap. 9, narrada en palabras de San Lucas.
Pablo añade que el suceso tuvo lugar al mediodía (cfr. 26, 13) y dice que Jesús se llama a sí mismo nazareno. Incluye también la pregunta «¿qué he de hacer, Señor?», que no figura en el cap. 9.
En cuanto a los efectos causados en los compañeros, se puede apreciar que ellos vieron la luz (Act 22, 9), pero no vieron a nadie (Act 9, 7), no vieron a Jesús glorificado; oyeron una voz (Act 9, 7), pero no oyeron la voz del que hablaba (Act 22, 9), esto es, no entendieron lo que decía.
Actes 22, 10
Pablo se dirige a Jesús con el título de Señor, que expresa significativamente su nueva experiencia y el conocimiento que ha adquirido sobre la divinidad de Aquél a quien perseguía.
La voz divina que le ordena levantarse del suelo es obedecida al instante por el futuro Apóstol de los gentiles. El movimiento físico por el que se alza de la tierra es como un símbolo del resurgir espiritual que se opera en su alma como efecto irresistible de la llamada de Dios. La gracia de Jesús vence a Pablo y consigue que su voluntad libre quiera exactamente lo que quiere Dios. «Una ayuda fue concedida al primer Adán —escribe San Agustín—, pero una gracia aún más poderosa fue dada al segundo (que es Cristo). La primera es aquella por la que un hombre obtiene la justicia, si quiere. La segunda hace más, porque mediante ella el hombre quiere también, y quiere tan intensamente y ama tan ardientemente, que vence la voluntad de la carne, opuesta a la del espíritu» (De correptione et gratia, cap. 11).
«Muchos —dice Orígenes— han venido al cristianismo como si fuera contra su voluntad, pues cierto espíritu, apareciéndoseles en sueños o despiertos, mudó súbitamente su mente, y de odiar al Verbo pasaron a morir por Él» (Contra Celso, I, 46).
La conversión de Pablo ejemplifica la acción poderosa de la gracia y el auxilio divinos en el corazón del hombre.
Actes 22, 12-16
El relato sobre Ananías y su papel en la conversión de Pablo se abrevia notablemente en comparación con el cap. 9 (cfr.. vv. 10-19). San Pablo se adapta en esta ocasión a su auditorio, formado por judíos, con el fin de hacerse entender bien. Presenta a Jesús como la figura en la que se cumplen las predicciones salvíficas del Antiguo Testamento. Como hicieron antes Pedro (cfr. 3, 13 s.) y Esteban (cfr. 7, 52), se refiere al «Dios de nuestros Padres» y al Justo, para hablar de Dios y de Jesucristo.
Actes 22, 17-18
El regreso de Pablo a Jerusalén tuvo lugar tres años después de su conversión. Pablo menciona deliberadamente su costumbre de orar en el Templo, que fue por un tiempo sitio normal de oración para los cristianos. Habla de un éxtasis no referido en otro lugar y de una visión de Jesucristo que recuerda la del Apocalipsis 1, 10.
Actes 22, 19
Las sinagogas no eran locales destinados exclusivamente a fines litúrgicos. Tenían también dependencias para usos diversos, como escuelas, sitios de reunión, etc. (cfr. Mt 10, 17; 23, 34; Mc 13, 9).
Actes 22, 20
La palabra testigo comienza a revestir el sentido de mártir tal como lo usa actualmente la Iglesia. El martirio es, en efecto, el testimonio más alto y excelente de la fe cristiana.
San Pablo refiere su presencia en el martirio de San Esteban para resaltar lo milagroso de su conversión.
Actes 22, 21
El envío de Pablo a los gentiles, prometido por el Señor, le constituye en Apóstol, semejante en todo a los Doce.
Actes 22, 22
Al mencionar la predicación a los gentiles se produce la interrupción violenta del discurso. El odio irracional y el fanatismo de los oyentes les incapacitan no sólo para asimilar sino también para escuchar con un mínimo de serenidad y atención las palabras de Pablo. Les sobran prejuicios y les faltan disposiciones.
Actes 22, 24
La práctica judicial romana preveía la aplicación de azotes, como medio de conseguir la confesión de sospechosos y esclavos.
Actes 22, 25
Como en Filipos (cfr. 16, 37), Pablo hace valer su condición de ciudadano romano, pero en esta ocasión se anticipa a las intenciones de sus captores y evita la flagelación.
Actes 22, 30
Parece que el Sanedrín no celebra una sesión judicial ordinaria. Se nos dice solamente que se reúne a instancias de Lisias. El tribuno pide simplemente una sesión informal para su propia documentación, debido quizás a que no podía acudir a la tortura de Pablo, romano, para conocer todo lo que necesitaba.
Chapitre n°23
Actes 23, 1
Como respuesta a las acusaciones judías, que en esta ocasión San Lucas considera conocidas y no se detiene a formular, Pablo sintetiza su defensa en esta lapidaria afirmación. La rectitud de conciencia es un punto capital de la espiritualidad paulina. Aparece profusamente en las cartas (cfr. 1 Cor 4, 4; 2 Cor 1, 12; 1 Tim 1, 5.19; 3, 9; 2 Tim 1, 3) y en la conducta personal de Pablo, que, incluso como perseguidor de la Iglesia, buscó en todo momento, sincera aunque equivocadamente, el servicio de Dios. El Apóstol rechaza de este modo sumario los cargos de impiedad y desacato a la Ley que se le hacen.
Actes 23, 2
Ananías no debe confundirse con Anás (cfr. 4, 6). Fue nombrado sumo sacerdote el año 47 y destituido hacia el 58. Fue asesinado el año 66 por judíos rebeldes a Roma. Decide que Pablo sea golpeado, sin duda porque no encuentra respuesta a las palabras del acusado, y se deja arrastrar a la ofensa personal. Sabemos por Josefo que Ananías tenía un temperamento colérico e insolente (cfr. Antiquitates iud., 20, 199).
Actes 23, 3
Las duras palabras de Pablo no obedecen a irritación mal controlada por la injusticia de que es objeto. Podría decirse que, a imitación de Jesús (cfr. Mt 27, 12), hubiera debido callar. Pablo estima, sin embargo, que en esta ocasión debe hablar. Sus palabras son un deliberado anuncio del futuro que espera al infortunado Ananías.
Actes 23, 5
Muchos comentaristas piensan que Pablo se expresa con cierta ironía, como si dijera: «No imaginaba que un hombre capaz de dar semejante orden contra la Ley pudiera ser el sumo sacerdote». Otros estiman que el Apóstol es consciente del posible escándalo que sus palabras podrían haber provocado en algunos de los asistentes y manifiesta consiguientemente su respeto hacia las instituciones judías y los mandatos de la Ley.
Actes 23, 6-9
Sabemos por el Evangelio de San Lucas (cfr. 20, 27) que los saduceos, a diferencia de los fariseos, negaban la resurrección futura de los muertos. Sólo en este lugar del Nuevo Testamento se nos dice que los primeros negaban también la existencia de ángeles y espíritus. Es sin embargo una información ratificada por fuentes profanas y judías.
Durante el juicio, Pablo introduce un tema polémico para los jueces. No lo hace principalmente con el fin de obtener provecho personal. El Apóstol manifiesta sin duda una actitud sagaz, pero sabe que en último término no puede ya esperar audiencia imparcial ni justicia de un tribunal judío. Trata por consiguiente de remover las conciencias y el amor a la verdad de los sanedritas que puedan ver todavía a los cristianos con alguna benevolencia y simpatía. Aunque la fe cristiana en la Resurrección no era idéntica a la de los fariseos, tenía con la de éstos presupuestos comunes: la fe genérica en la resurrección de los muertos.
Actes 23, 9
Se refieren a la aparición en el camino de Damasco. No llegan a admitir que Jesús haya hablado a Pablo, pero no descartan una verdadera experiencia espiritual del Apóstol.
Actes 23, 11
El Señor es Jesús. Las palabras de consuelo que dirige a Pablo indican que Dios guiará paso a paso el camino del Apóstol hasta su comparecencia ante el César en Roma. A partir de este momento el cometido principal del prisionero no será defenderse sino dar testimonio del Evangelio. Lo mismo que ha hecho en libertad lo hará desde ahora encadenado. «Velad juntos —escribirá a los efesios— con perseverancia e intercediendo por todos los santos, y también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el Misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene» (6, 18-20).
Actes 23, 12-22
Ciegos en su fanatismo, un grupo de judíos se juramenta para eliminar a Pablo. Adoptan el compromiso de no comer ni beber antes de llevar a cabo su propósito, al igual que sus antepasados habían formulado votos semejantes en servicio de causas mejores (cfr. 1 Sam 14, 24). El odio ha pervertido la piedad, ha borrado el sentido de una venerable costumbre y ha convertido la firmeza de un propósito en una extraña perseverancia en el mal. La original convicción religiosa se ha convertido en resistencia al Espíritu Santo. «Dice el Señor: ‘Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia’. Estos judíos, por el contrario, tiene hambre de iniquidad y sed de sangre (...). Pero no hay sabiduría, prudencia ni consejo contra Dios. Pues aunque Pablo, judío con los judíos, había dedicado ofrendas, rasurado su cabeza y descalzado los pies, no escapó a las cadenas que se le habían anunciado. Y aunque éstos tramen planes, se juramenten y preparen insidias, el Apóstol será protegido para que, tal como se le ha dicho, rinda testimonio de Cristo en Roma» (Super Act expositio, ad loc).
Actes 23, 16
Es la única referencia del libro y de las cartas —con excepción de Rom 16, 7.11— a los familiares de Pablo.
Actes 23, 23-24
La información del sobrino de Pablo debió acelerar los planes de traslado del prisionero al gobernador, pues en cualquier caso el tribuno carecía de jurisdicción para retener por más tiempo la causa de un detenido.
Félix ocupaba el cargo de procurador o prefecto de Judea desde el año 52. Era un liberto que había llegado excepcionalmente a un lugar tan alto, pero que, en frase de Tácito, «ejercía poder real con mente de esclavo». Félix suprimió con eficacia diversas revueltas que anunciaban la gran rebelión judía del 66, pero su dureza y crueldad extremas provocaron su relevo en el año 60 (cfr. 24, 27).
Actes 23, 25-30
La carta del tribuno Claudio Lisias es el único documento epistolar profano del Nuevo Testamento. Lisias informa brevemente al gobernador sobre el detenido. Se permite introducir una pequeña modificación de la verdad de los hechos, pues no menciona su intento inicial de azotar a Pablo. La carta recoge significativamente sólo la acusación religiosa judía de que Pablo habla contra la Ley (cfr. 21, 28), pero desprecia la de haber introducido gentiles en el Templo (cfr. 21, 28b).
Actes 23, 31
Antipatris distaba 60 km de Jerusalén y 40 de Cesarea. Fue fundada por Herodes el Grande en honor de su padre, Antipater.
Actes 23, 33-35
Félix actúa con arreglo a lo previsto por la ley. Se informa directamente del asunto de Pablo y decide conocer la causa una vez que se presenten los acusadores. El gobernador podía haber remitido el caso al legado de la provincia de Siria, que en aquel tiempo comprendía el territorio de Cilicia. Pero prefiere retenerlo.
El pretorio de Herodes era un palacio edificado por Herodes el Grande y transformado más tarde en residencia del gobernador romano.
Chapitre n°24
Actes 24, 1-21
Enviado a Cesarea por el tribuno Lisias, Pablo ha entrado en el ámbito de la jurisdicción romana. Los judíos no conseguirán modificar la situación para que sea juzgado por el Sanedrín. Comienza ahora la audiencia judicial del Apóstol, que se va a desarrollar según el procedimiento romano de la llamada cognitio extra ordinem o procedimiento legal extraordinario. Esta cognitio extra ordinem se distinguía de la cognitio ordinaria o procedimiento normal por sus características procesales más flexibles. En la cognitio ordinaria el magistrado admitía la demanda contra el acusado según modos legales rígidamente tipificados, que le dejaban escasa libertad en la dirección del proceso y en el pronunciamiento de la sentencia.
La cognitio extraordinaria permitía al juez mayor iniciativa y se desarrollaba según cinco fases, a saber: 1) acusación privada; 2) audiencia formal pro tribunali; 3) uso por el juez de un consejo de expertos legales; 4) alegación de hechos por las partes; y 5) construcción discrecional por el juez de los hechos alegados.
El libro los Hechos de los Apóstoles es precisamente en sus capítulos 24 y 25 una fuente importante para el conocimiento del procedimiento romano extraordinario en causas criminales, cuyas fases recoge con gran precisión. Nos informa, en efecto, sobre la acusación privada de los judíos contra Pablo (cfr. 23, 35; 24, 1). Emplea el vocabulario técnico correcto para referirse a la audiencia del caso por el juez en el tribunal (cfr. 25, 6.17). Menciona al consejo de expertos que asiste al juez (cfr. 25, 9.12). Describe con cierto detalle las alegaciones, y deja ver la discrecionalidad usada por los magistrados —Félix y Festo— en la dirección de la causa y enjuiciamiento de los hechos.
Actes 24, 1
La acusación debía presentarse mediante un abogado profesional. Es posible que Tértulo fuera judío, competente en leyes romanas y hebreas. Su lenguaje indica en todo caso la lógica identificación con el punto de vista de sus clientes.
Actes 24, 2-4
Las palabras iniciales de Tértulo pecan de excesiva adulación. La administración de Félix se caracterizó por sus desaciertos y resultados desastrosos.
Actes 24, 5-9
Los judíos intentan tímidamente recuperar la competencia judicial sobre Pablo. Le consideran una especie de hereje del judaísmo, al igual que ven en el cristianismo una mera secta de su propia religión. Dirigen contra el Apóstol cuatro acusaciones. Pablo sería un indeseable social, un fomentador de disturbios entre judíos y un peligroso cabecilla de agitadores. La vaguedad de estos tres cargos sirve de marco para la cuarta acusación, que es mucho más específica: Pablo ha intentado profanar el Templo, símbolo de la nación judía. Aunque el fondo de la acusación es de naturaleza religiosa, Tértulo se esfuerza en presentar a Pablo como un individuo políticamente peligroso.
Actes 24, 10-21
La defensa de Pablo hace ver que los judíos, al no reconocer a Jesús, no han entendido la verdadera tradición religiosa de Israel, y que las acusaciones de motín y profanación del santuario son falsas e imposibles de probar.
Pablo desarrolla su discurso en un tono de sobrio y digno respeto hacia la autoridad que le juzga. Es el estilo de conducta y actitud que nos enseña el Evangelio ante los poderes públicos, que deben ser obedecidos por todos los ciudadanos como factores y guardianes del bien común. «Los cristianos —escribirá Tertuliano— no son enemigos de nadie y mucho menos del Emperador. Saben en efecto que el mismo Dios le ha constituido en su cargo, y por eso necesariamente le aman, respetan, honran y desean verlo salvo junto con todo el Imperio hasta el fin de los tiempos (...). Honramos por tanto al Emperador, pero lo hacemos del modo que es lícito y útil para él mismo: como un hombre que es segundo después de Dios, que ha obtenido de Dios todo lo que él es y que sólo a Dios es inferior» (Liber ad Scapulam, 2).
«La comunidad política y la autoridad pública —enseña el Conc. Vaticano II— se fundan en la naturaleza humana y pertenecen por eso al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre voluntad de los ciudadanos (cfr. Rom 13, 1-5).
»Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, en la comunidad en cuanto tal y en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral, para procurar el bien común, según el orden jurídico legítimamente establecido o por establecer. Es entonces especialmente cuando los ciudadanos están obligados en conciencia a obedecer (cfr. Rom 13, 5). De todo lo cual se deduce la responsabilidad, dignidad e importancia de los gobernantes» (Gaudium et spes, n. 74).
Actes 24, 11-12
Pablo no subió a Jerusalén para evangelizar, sino sólo para rendir culto a Dios en el Templo.
Actes 24, 14-16
El Apóstol rechaza la acusación de que el cristianismo sea una secta judaica. Es más, para San Pablo el Antiguo Testamento alcanza su plenitud en el Evangelio, sin el cual el judaísmo no puede explicarse a sí mismo. Las creencias centrales judías pueden resumirse en la fe en Dios y en la vida futura, así como en la recta conducta bajo la guía de la conciencia: todo esto —dice Pablo— es también núcleo de la predicación cristiana.
El Apóstol establece una relación directa entre la esperanza en la resurrección y las buenas obras durante la vida presente. La mencionará siglos más tarde el Catecismo Romano al observar que «el pensamiento de la resurrección será de una eficacia sin igual para ayudarnos a llevar una vida recta, íntegra y libre de pecado. Pensando en los inmensos tesoros que para entonces tenemos preparados, fácilmente nos animaremos a vivir santa y piadosamente. Y al contrario, pocos motivos tan eficaces para refrenar nuestros apetitos y apartarnos del pecado, como el pensamiento de los males con que serán castigados los reprobados que en el último juicio resucitarán para su condenación.
»El recuerdo de los premios eternos será siempre uno de los estímulos más eficaces en nuestra vida cristiana. Por grave y pesada que nos resulte en ciertas circunstancias la fidelidad a nuestra fe de cristianos, la esperanza del premio nos la hará más llevadera y reanimará nuestro espíritu, de modo que Dios nos encuentre siempre prontos y alegres en su divino servicio» (I, 12, 14; 13, 1).
Es digno de mencionar que San Pablo habla de la resurrección tanto de justos como de injustos.
Actes 24, 17
Es la única alusión de los Hechos a la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cfr. Rom 15, 25).
Actes 24, 19
La objeción de Pablo tenía gran peso jurídico, porque la ley romana exigía la comparecencia ante el tribunal de las personas que habían levantado una acusación.
Actes 24, 24
Drusila era hija de Herodes Agripa I (cfr. 12, 1 s.). Había abandonado a su marido legítimo para unirse con el procurador romano.
Actes 24, 25
Es admirable la valentía de Pablo, hablando de castidad ante aquel matrimonio de concubinarios. «Observad que, admitido a coloquio con el gobernador, Pablo no le dice nada de lo que hacía falta decir para influirle y ablandarle, sino que le dirige palabras que le asustan y turban sus pensamientos» (Hom. sobre Act, 51).
El temor de Félix ante la idea del juicio futuro poco tiene que ver con el verdadero temor de Dios, que es el comienzo de la sabiduría, y por tanto de la conversión. La actitud del gobernador indica una conciencia turbada y llena de remordimientos, que no desea, sin embargo, cambiar de conducta.
Actes 24, 26
Félix esperaba sin duda beneficiarse del dinero de la colecta traído por Pablo a Jerusalén y mencionado por éste en su discurso de defensa (v. 17). La venalidad de los gobernadores romanos era bastante frecuente.
Actes 24, 27
«Bienio»: Término técnico del derecho romano que indica el tiempo máximo de una detención preventiva (cfr. 28, 30).
Era normal que un gobernador cesante dejara a su sucesor la resolución de los casos importantes pendientes.