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Chapitre n°19
Actes 19, 1-7
La existencia en Éfeso de un grupo de discípulos que sólo habían recibido el bautismo de Juan presenta obvias dificultades de interpretación. Del texto se puede pensar que no se trata de cristianos propiamente dichos, sino de hombres relacionados con las enseñanzas del Bautista, a quienes Pablo considera cristianos en un primer momento, hasta el punto de designarlos con el nombre de discípulos. Se basa esta opinión en el hecho de que la condición de cristiano va unida siempre en el Nuevo Testamento a la recepción del Bautismo y a la posesión del Espíritu Santo (cfr. Ioh 3, 5; Rom 8, 9; 1 Cor 12, 3; Gal 3, 2; Act 11, 17; etc.).
 
Actes 19, 2
Al margen de las cuestiones sobre el origen y carácter religioso preciso de este grupo de discípulos, su sencilla declaración de ignorancia acerca de la existencia del Espíritu Santo y el papel que le atañe en la realización de las promesas mesiánicas nos habla de la necesidad de predicar la doctrina cristiana de manera gradual, ordenada y completa.
La catequesis cristiana —recuerda Juan Pablo II— «debe ser una enseñanza sistemática, no improvisada, siguiendo un programa que le permita llegar a un fin preciso; una enseñanza elemental que no pretenda abordar todas las cuestiones disputadas ni transformarse en investigación teológica o en exégesis científica; una enseñanza, sin embargo, bastante completa, que no se detenga en el primer anuncio del misterio cristiano, cual lo tenemos en el kérigma; una iniciación cristiana integral, abierta a todas las esferas de la vida según el Evangelio» (Catechesi tradendae, n. 21).


Actes 19, 3-4
«Toda la doctrina y actividad de Juan —enseña Santo Tomás de Aquino— eran preparatorias respecto a Cristo, como es propio de los ayudantes y artesanos inferiores preparar los materiales para que reciban la forma que imprimirá en ellos el artífice principal. La gracia había de ser conferida a los hombres por Cristo, según las palabras de Ioh 1, 17: ‘La gracia y la verdad vinieron por Jesucristo’. Por lo tanto, el bautismo de Juan no concedía la gracia sino que se limitaba a preparar para recibirla. Lo hacía de tres maneras: por la doctrina de Juan, que movía a la fe en Jesús; exhortando al rito del Bautismo de Cristo; y preparando a los hombres, mediante la penitencia, a obtener todos los efectos de este Bautismo» (Suma Teológica, III, q. 38, a. 3).
 
Actes 19, 5
«Se bautizaron en el nombre del Señor Jesús»: Según la opinión más común, esta frase no significa que no se empleara la fórmula trinitaria («en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»), que aparece en Mt 28, 19 (cfr. nota a Act 2, 38). El modo de referirse en Act 19, 5 al Bautismo «en el nombre del Señor Jesús» puede ser simplemente una forma de distinguir el Bautismo cristiano de otros ritos bautismales que se habían propagado en el judaísmo del tiempo apostólico, sobre todo el de San Juan Bautista. Por lo demás, el Bautismo cristiano se administraba por mandato de Jesucristo (cfr. Mt 28, 19), en unión con Él y por su poder puesto que la obra redentora de Jesús es movida por el Padre y desemboca en la plena efusión del Espíritu Santo.
 
Actes 19, 6
Este pasaje menciona el rito de la imposición de manos, distinto del Bautismo, como ya lo había hecho en Act 8, 14-17, por el cual se recibe el Espíritu Santo. Se trata del sacramento, que más tarde se llamará Confirmación y que vemos practicado, desde los comienzos de la Iglesia, como uno de los Sacramentes de la iniciación cristiana.
Refiriéndose a la Confirmación, Juan Pablo II decía: «Este don que hace Cristo de su Espíritu Santo va a ser derramado sobre vosotros de una manera especial. Oiréis las palabras que la Iglesia pronuncia sobre vosotros, invocando al Espíritu Santo para que confirme vuestra fe, para que os selle con su amor, para que os fortalezca en su servicio. Ocuparéis vuestro propio lugar entre los demás cristianos de todo el mundo, actualmente ciudadanos plenos del Pueblo de Dios. Daréis testimonio de la verdad del Evangelio en nombre de Jesucristo. Llevaréis un estilo de vida tal que santifique toda la vida humana. En unión con todos los confirmados, os convertiréis en piedras vivas de la catedral de la paz. En efecto, habéis sido llamados por Dios para ser instrumentos de su paz (...).
»Seréis hoy fortalecidos interiormente con el don del Espíritu Santo, para que cada uno, dentro de su propio estilo de vida, podáis llevar la Buena Nueva a vuestros compañeros y amigos (...). El mismo Espíritu Santo viene hoy a vosotros en el sacramento de la Confirmación, para comprometeros más plenamente en la batalla que libra la Iglesia contra el pecado y en su misión de fomentar la santidad. Viene a habitar más plenamente en vuestros corazones y a fortaleceros ‘en la lucha contra el mal’ (...). El mundo de hoy os necesita, pues necesita de hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo. Necesita de vuestro coraje y de vuestra esperanza, de vuestra fe y de vuestra perseverancia. Vosotros construiréis el mundo del mañana. Hoy recibís el don del Espíritu Santo para que podáis trabajar con fe profunda y caridad constante, para ayudar a que el mundo consiga los frutos de la reconciliación y de la paz. Fortalecidos con el Espíritu Santo y sus múltiples dones (...), luchad contra vuestro egoísmo; tratad de no obsesionaros con las cosas materiales» (Homilía aeropuerto Coventry, 30-V-1982).
La Confirmación, junto con el Bautismo y el Orden Sacerdotal, son los tres Sacramentos que imprimen en el alma un carácter indeleble.


Actes 19, 8-10
El sumario de la actividad de Pablo en Éfeso se completa con lo reseñado por el Apóstol en el discurso de despedida a los presbíteros de esta ciudad (cfr. 20, 18-35) y con los datos de las Cartas a los Corintios. Pablo hizo de Éfeso el centro de operaciones para evangelizar las zonas limítrofes con la ayuda de Timoteo, Erasto, Gayo, Aristarco, Tito y el colosense Epafras.
Durante su estancia en Éfeso escribió la primera Carta a los Corintios y la Carta a los Gálatas.
 
Actes 19, 8
Pablo vuelve a la sinagoga en la que había enseñado previamente (cfr. 18, 19-21). Las incomprensiones y resistencias de los judíos no consiguen disminuir el celo del Apóstol.
 
Actes 19, 9
La obstinación anticristiana de algunos hebreos obliga finalmente a Pablo a dejar la sinagoga. Ejerce su actividad pública de predicación en la escuela de Tirano, que debía ser cristiano o por lo menos simpatizante del Evangelio. Es posible que Pablo apareciera deliberadamente ante los habitantes de la ciudad como un maestro de filosofía, en el sentido de ciencia de la vida que la palabra significaba entonces.
El texto indica a la vez que los cristianos se reunían ya en casas privadas para oír la Palabra de Dios sin tener que recurrir a las sinagogas.
 
Actes 19, 10
A estos «dos años» habrá que añadir los tres meses de predicación en la sinagoga (cfr. v. 8), de manera que la estancia total de San Pablo en Éfeso fue de dos años y algunos meses. Esto coincide con lo que el mismo Apóstol dice al despedirse de esta ciudad: «Durante tres años...» (Act 20, 31), ya que en aquel entonces se contaban también los años incoados.
La región evangelizada por Pablo y sus colaboradores no fue la provincia entera de Asia proconsular sino las ciudades de Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia, Laodicea, Colosas y Hierápolis, que tenía a Éfeso como centro.


Actes 19, 11-16
De nuevo se nos habla de la actividad taumatúrgica de San Pablo (cfr. 13, 11; 14, 10). Son los signos y milagros que él mismo menciona como acompañantes de su predicación (cfr. 2 Cor 12, 12; Rom 15, 19).
San Lucas compara la fuerza espiritual y el carácter divino del mensaje de Pablo con la falsedad e impotencia de la magia. Destaca de este modo la absoluta superioridad de la predicación cristiana sobre las apariencias religiosas de los oponentes e imitadores del Evangelio. El autor del libro parece anticiparse a las objeciones de quienes han pretendido advertir en las acciones milagrosas de los Apóstoles cierto carácter mágico. Críticas semejantes son eliminadas por Orígenes, entre otros, en su respuesta al pagano Celso: «¿Aprendieron los discípulos de Jesús a hacer milagros como su maestro y convencían así a sus oyentes, o no hicieron ellos tampoco milagros? Decir que no hicieron milagros de ninguna clase, y que, creyendo a ciegas (...), se entregaron a enseñar por todas partes una doctrina nueva, es cosa de todo punto absurda; porque ¿qué les daba ánimo para enseñar una doctrina que era una completa novedad? Pero si también ellos hicieron milagros, ¿en qué cabeza cabe que unos magos se lanzaran a tantos peligros para implantar precisamente una doctrina que prohibe la magia?» (Contra Celso, I, 38).
El mundo religioso antiguo abundaba en exorcistas como los hijos del sacerdote Esceva. Sería éste probablemente miembro de una familia sacerdotal importante, y se titulaba a sí mismo sumo sacerdote para realzar el valor y sugerir la autenticidad de las actividades mágicas de su clan familiar. Eran numerosos los magos, adivinos y exorcistas dispuestos e invocar el nombre de cualquier divinidad. Había, por ejemplo, paganos que usaban los diferentes nombres de Yahwéh, y conocemos la fórmula de un papiro mágico que decía: «Te conjuro por Jesús, Dios de los hebreos».
El espíritu malo se revuelve en este caso contra los siete hombres, mostrando que «el nombre no sirve para nada si no se invoca con fe» (Hom. sobre Act, 41).
«Para que la doctrina pegue su fuerza —escribe San Juan de la Cruz—, dos disposiciones ha de haber: una del que predica y otra del que oye. Porque ordinariamente es el provecho como hay la disposición de parte del que enseña, que por eso se dice que, cual es el maestro, tal suele ser el discípulo. Porque cuando en los Actos de los Apóstoles aquellos siete hijos de aquel príncipe de los sacerdotes de los judíos acostumbraban a conjurar los demonios con la misma forma que San Pablo, se embraveció el demonio contra ellos (...) y embistiendo en ellos, los desnudó y llagó. Lo cual no fue sino porque ellos no tenían la disposición que convenía» (Subida al Monte Carmelo, lib. III, cap. 45).
Las acciones de Pablo y su saludable influjo, a diferencia de los signos intentados por los agentes de la superstición, suscitan un recto temor que obra la conversión de muchos efesios. Es que «la contemplación de tantos hechos bien puede llevar razonablemente la persuasión y la fe a los que aman la verdad, no siguen las opiniones ni se dejan dominar por sus pasiones malas» (San Justino, Apología I, 53).
 
Actes 19, 12
Desde el principio de la Iglesia se aprecia en los cristianos un gran respeto y devoción hacia las reliquias: no sólo los restos de los santos sino también las ropas y objetos que habían utilizado o habían estado en contacto con sus sepulcros fueron tenidos en particular veneración.


Actes 19, 17-19
El miedo que embargó a los creyentes fue el inicio de su recuperación espiritual. El temor de Dios es un don del Espíritu Santo que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien. Entraña respeto, admiración, sumisión y amor de hijo que no quiere ofender a su Padre.
El miedo a ofender a Dios llevó a los de Éfeso a renunciar a todo lo que les apartaba de Él, empezando por las artes mágicas. Los libros mágicos —muchos serían sólo unos fascículos— eran muy conocidos y usados en la antigüedad. Su valor material era muy elevado, tanto por su contenido —fórmulas y rituales mágicos muy cotizados— como por los materiales preciosos que podían ser empleados en su confección.
La actitud de estos cristianos —movidos por el Espíritu Santo— ante lo que constituía una ocasión de ofender a Dios es la de apartar las ocasiones de pecado. Los cristianos tenemos un empeño de amor. que hemos aceptado libremente, ante la llamada de la gracia divina: una obligación que nos anima a pelear con tenacidad, porque sabemos que somos tan frágiles como los demás hombres. Pero a la vez no podemos olvidar que, si ponemos los medios, seremos la sal, la luz y la levadura del mundo: seremos el consuelo de Dios (Es Cristo que pasa, n. 74).


Actes 19, 21-22
La determinación de visitar otra vez Macedonia y Acaya es de nuevo fruto de la sugerencia divina que fomenta en San Pablo el deseo de consolidar las iglesias fundadas por él anteriormente en esas regiones. Recogería al mismo tiempo los donativos que había de llevar a la comunidad de Jerusalén.
La planeada visita a Roma no debe entenderse como la consecuencia de un vago deseo para el futuro, sino como una necesidad sentida por el Apóstol, que va al encuentro de la voluntad de Dios.
 
Actes 19, 23
San Lucas menciona el término camino para referirse al cristianismo y a la Iglesia (cfr. Act 9, 2; 22, 4; 24, 14.22). Probablemente era un término bastante usado, con la misma significación, por muchos cristianos de la época. Esta palabra «camino» tenía raigambre judaica, con el significado de conducta moral y religiosa e, incluso, de norma de conducta. En el libro de los Hechos (y entre los primeros cristianos), con la palabra «camino» se quiere indicar, pues, muchas veces, que «el seguimiento de Cristo», el abrazar la religión de Cristo, no es un modo más de salvación entre otros posibles, sino el único modo ofrecido por Dios; de ahí que en varios pasajes de Actos se le llame el Camino. En algunos de esos pasajes el Camino es equivalente a la Iglesia de Cristo, fuera de la cual no hay salvación para el hombre.
«Se llama con razón camino a la predicación del Evangelio, pues es la ruta que conduce verdaderamente al Reino de los Cielos» (Hom. sobre Act, 41).
 
Actes 19, 24
Artemisa es el nombre griego de la diosa llamada Diana por los latinos, pero se identificaba por sincretismo con una divinidad asiática a quien se atribuía la fertilidad. Una imagen suya recibía culto en el Artemision. Los festivales de Artemisa se celebraban con lamentables orgías y eran frecuentados por gran número de personas procedentes de las regiones vecinas. El negocio de Demetrio y sus colegas consistía en vender pequeñas imágenes de la diosa, que muchos visitantes llevarían como recuerdo entre religioso y turístico.
 
Actes 19, 26
Demetrio menciona con relativa exactitud un aspecto central de la predicación de Pablo contra la idolatría (cfr. 17, 29). Los cristianos denunciaban la falsedad de los dioses paganos con argumentos y pasajes del Antiguo Testamento, similares a los usados por los apologistas judíos (cfr. Is 44, 9-20; 46, 1-7; Sap 13, 10-19).
 
Actes 19, 29
Lo que inicialmente era una reunión profesional de artesanos interesados en un asunto de su oficio se convierte en una masiva concentración popular. Los efesios afluyen al teatro de la ciudad, que era el lugar previsto para celebrar las asambleas. Los reunidos, vagamente informados de lo que realmente ocurre, parecen manifestar una cierta actitud antijudía. Atribuían quizá al judaísmo, mejor conocido por ellos que la nueva fe cristiana, la responsabilidad en el ataque a sus prácticas y creencias paganas.
Aristarco era de Tesalónica (cfr. Act 20, 4). Acompañó a San Pablo en el viaje a Roma y durante su cautiverio romano (cfr. Act 27, 2 y Col 4, 10). Gayo puede ser el cristiano que aparece citado en Act 20, 4.


Actes 19, 30-31
Como ha hecho en circunstancias semejantes, Pablo quiere aprovechar la ocasión para defender su conducta y hablar al pueblo de la fe que predica y de la que no se avergüenza. Acepta sin embargo el criterio de los discípulos y juzga más prudente en este caso no comparecer en el teatro. Dado el modo histérico que domina en la turba, piensa sin duda que su presencia ante los efesios puede perjudicar la causa del Evangelio, lejos de beneficiarla.
Los magistrados de Éfeso —los asiarcas— eran los presidentes anuales de la asamblea provincial de Asia. Parece que mantenían una relación cordial con el Apóstol.


Actes 19, 33-34
El judío Alejandro se ve obligado a explicar a los asistentes que los hebreos y su religión no son responsables de los conflictos que han provocado la asamblea. Pero su presencia sólo consigue exacerbar todavía más los excitados ánimos.


Actes 19, 35-40
Las palabras del magistrado y su sobria referencia a los cauces legales para dirimir las cuestiones que pudieran existir entre los plateros y Pablo indican una encomiable imparcialidad. Esta razonable actitud debió ir unida a una cierta percepción de los méritos y excelencias del mensaje cristiano, capaz de impresionar favorablemente a quienes lo examinan con buen sentido.


Chapitre n°20
 
Actes 20, 1
Este versículo conecta con 19, 22, donde la narración quedó interrumpida para referir el conflicto con los orfebres. La exhortación a los discípulos de Éfeso debió tener características análogas a la que se recoge en los vv. 18-35.
El viaje hacia Macedonia de este pasaje es probablemente el que se menciona en 2 Cor 2, 12-13: «Llegué a Tróade, para anunciar el Evangelio de Cristo, aunque se me había abierto una puerta en el Señor, no hallé sosiego para mi espíritu por no encontrar a mi hermano Tito; así que despidiéndome de ellos, partí para Macedonia».
 
Actes 20, 2
Desde Macedonia escribió Pablo la segunda Carta a los Corintios, que envió a los destinatarios por medio de Tito.
 
Actes 20, 3
Durante la estancia en Corinto Pablo redactó y envió la Carta a los Romanos.
No conocemos detalles sobre la conjuración judía que modificó los planes de viaje de Pablo. Es posible que algunos judíos, peregrinos a Jerusalén en el mismo barco, hubieran previsto eliminar al Apóstol durante la travesía marítima.
 
Actes 20, 4
Pablo ha iniciado su último viaje a Jerusalén. Le acompañan siete cristianos, que son presumiblemente delegados de las comunidades para llevar con él a la Ciudad Santa el resultado de las colectas.
 
Actes 20, 5
La narración cambia de nuevo a la primera persona del plural. Lucas se ha unido a Pablo en Filipos y seguirá con él en lo sucesivo. Nosotros significa Pablo y yo. No parece referirse a más personas.
 
Actes 20, 6
Los Ázimos son la semana de celebración de la Pascua. La Pascua cristiana y la judía coincidían en las fechas. Acerca de la Pascua y los Ázimos cfr. notas a Mt 26, 2 y 26, 17.
 
Actes 20, 7
Es la primera alusión del libro de los Hechos a la costumbre cristiana de reunirse en el primer día de la semana para celebrar la Sagrada Eucaristía (cfr. 2, 42; 1 Cor 10, 16). «In una autem sabbatorum: es decir —comenta San Beda—, en el día del Señor, que es el primero después del sábado, cuando nos congregamos para celebrar nuestros misterios» (Super Act expositio, ad loc.).
«Este alimento —explica San Justino— se llama entre nosotros Eucaristía, de la que nadie puede participar, sino el que cree que son verdaderas nuestras enseñanzas y se ha lavado en el baño que concede la remisión de los pecados y la regeneración, y vive según lo que Cristo nos enseñó» (Apología I, 66).
Los autores cristianos han señalado la profunda relación que existe entre la Eucaristía y la verdadera fraternidad que Dios exige como deber y concede como don a los discípulos de Cristo. Escribe San Francisco de Sales: «¿Hasta dónde se ha rebajado la grandeza de Dios por todos y cada uno de nosotros, y adonde quiere elevarnos? Quiere unirnos tan perfectamente a Él hasta hacernos una misma cosa con Él. Lo ha querido así para enseñarnos que, como hemos sido amados con un mismo amor, con el que nos abraza a todos en el Santísimo Sacramento, quiere que nos amemos con ese amor que tiende a la unión, pero a una unión de las mayores y más perfectas. Somos todos alimentados de un mismo pan, ese pan celestial de la divina Eucaristía, cuya comida se llama comunión, y que (...) nos representa la unión común que debemos tener unos con otros, sin la cual no podríamos ser llamados hijos de Dios» (Sermón del domingo 3.º de Cuaresma).


Actes 20, 8-12
Es ésta la única acción milagrosa de los Hechos en la que Pablo resucita a un muerto. San Beda discierne en las circunstancias del milagro un cierto simbolismo espiritual. «La restauración del joven se produce entre las palabras de la predicación, de modo que el anuncio de Pablo se confirme mediante la suavidad del prodigio y de la doctrina, se consolide el esfuerzo de la vigilia y se asocie más estrechamente en el ánimo de todos los asistentes el recuerdo del Maestro desaparecido» (Super Act expositio, ad loc.).
El relato pone de manifiesto que el milagro de Pablo consistió en revivir al joven ya muerto o bien en alcanzar de Dios que, todavía vivo, le preservara de las consecuencias de la caída, que necesariamente iban a ocasionar su muerte.


Actes 20, 13-16
Las diversas observaciones de detalle recogidas en estos versículos obligan a pensar en la existencia de un diario de viaje, que San Lucas debió usar para componer estas secciones del libro.
 
Actes 20, 16
Establecía la Ley que todos los judíos acudiesen a Jerusalén tres veces al año, en las fiestas de Pascua, Pentecostés y de los Tabernáculos (cfr. Dt 16, 16). San Pablo desea llegar a Jerusalén para entregar el resultado de las colectas y para establecer contacto con los muchos judíos que se encontrarían en la ciudad con motivo de la fiesta.


Actes 20, 18-35
El discurso de Pablo a los presbíteros de Éfeso es el tercer gran parlamento del Apóstol en el libro de los Hechos, junto a los discursos a judíos y paganos en Antioquía de Pisidia (13, 16 ss.) y Atenas (17, 22 ss.), respectivamente. Constituye una despedida emocionada en la que Pablo parece decir adiós a todas las iglesias que ha fundado.
El discurso se divide en dos partes. La primera (vv. 18-27) contiene el breve resumen que Pablo hace de su abnegada vida en Éfeso al frente de la iglesia que había establecido, así como los acontecimientos difíciles que barrunta para el tiempo inmediato. Dos secciones paralelas (18-21 y 26-27) encuadran un pasaje central (22-25).
En la segunda parte, el Apóstol habla encendidamente sobre la misión y tarea de los presbíteros. Dos series de recomendaciones (vv. 28-31 y 33-35) se agrupan también en torno a un versículo eje (v. 32).
El patetismo, la agilidad y la hondura espiritual del discurso nos indican con claridad que es Pablo quien habla. Es precisamente el mismo Pablo de las cartas, que se dirige a una comunidad que ya ha sido evangelizada y la invita a penetrar y vivir mejor la fe recibida.


Actes 20, 18-20
Pablo no tiene inconveniente en presentarse ante sus oyentes como ejemplo de servicio a Dios y a los discípulos en la causa del Evangelio (cfr. 1 Cor 11, 1). Ha sido el suyo un servicio hecho de trabajo sereno y perseverancia diaria en su tarea. Ha realizado cada día, por amor de Jesucristo y de los hermanos, lo que tenía que hacer, consciente de que esta conducta paciente y sobrenatural era la perfección y santidad que Dios le pedía.
El Apóstol ha sabido imitar a Cristo tanto en su vida pública como en los largos años de vida oculta, que sugieren a los cristianos la necesidad de un continuo crecimiento en el amor. «Avaros espirituales —escribe San Francisco de Sales a este propósito— son los que no se sacian nunca de muchos ejercicios de piedad, para conseguir más pronto la perfección, según dicen; como si la perfección consistiera en la multitud de cosas que hagamos y no en la perfección con que las llevemos a cabo (...). Dios no ha puesto la perfección en la multiplicidad de los actos que hemos de realizar para agradarle, sino en el modo de realizarlos: no otro que el de hacer lo poco que hagamos según nuestra vocación, es decir, en el amor, por el amor y para el amor» (Sermón del domingo 1.º de Cuaresma).
Santa Catalina de Siena había escuchado del Señor, en este sentido, las siguientes palabras: «Yo recompenso todo bien que se hace, poco o mucho, según la medida del amor del que recibe el premio» (El Diálogo, cap. 68).
Como en las cartas, Pablo asocia la idea de servicio a la humildad (cfr. 2 Cor 10, 1; 1 Thes 2, 6), a las lágrimas (cfr. Rom 9, 2; Phil 3, 18) y a la fortaleza para continuar el trabajo a pesar de la persecución (cfr. 2 Cor 11, 24; 1 Thes 2, 14-16). La humildad constituye el verdadero tesoro del Apóstol porque le permite conocer su debilidad y le proporciona al mismo tiempo la fuerza de Dios. «El verdadero humilde —escribe Santa Teresa de Jesús— ha de desear con verdad ser tenido en poco y condenado sin culpa, aun en cosas graves. Porque si quiere imitar al Señor, ¿en qué mejor puede que en esto? Que aquí no son menester fuerzas corporales ni ayuda de nadie, sino de Dios» (Camino de perfección, cap. 15).
 
Actes 20, 21
El brevísimo resumen de la predicación paulina a judíos y paganos menciona la conversión y la fe como elementos inseparables de la vida nueva concedida por Jesucristo. Fe y conversión van juntas en la existencia cristiana. «Conviene saber —escribe Orígenes— que seremos juzgados ante el tribunal divino no sólo por nuestra fe, como si no hubiéramos de responder de nuestra conducta; ni sólo por nuestra conducta como si la fe no hubiera de sufrir examen. Es la rectitud de ambas la que nos justifica, y la falta de una u otra nos haría merecedores de castigo» (Diálogo con Heráclides, 8).
La presencia en el alma de la fe y de la gracia desencadena el combate cristiano, que con la ayuda de Dios terminara en la eliminación de los pecados y defectos. «Desde el mismo día que la Palabra divina se introduce en vuestra alma —observa el mismo Orígenes— es necesario que se entable una batalla de las virtudes contra los vicios. Antes de que la Palabra llegara a atacarlos, los vicios permanecían en paz dentro de vosotros, pero desde el momento que la Palabra comienza a juzgarlos uno a uno se produce un gran movimiento y nace una guerra sin cuartel. ‘¿Qué tiene que ver la justicia con la iniquidad?’ (2 Cor 6, 14)» (In Ex hom., III, 3).
 
Actes 20, 22
La certeza del Apóstol acerca de que Dios dirige sus pasos y vela paternalmente por él va unida a la incertidumbre, propia de la condición humana, sobre su futuro. «La gracia no operaba sola. Respetaba a los hombres en su propia acción, les movía, despertaba y no hacía desaparecer del todo sus inquietudes» (Hom. sobre Act, 37).
«Consciente de su propia flaqueza —enseña el Conc. Vaticano II—, el verdadero ministro de Cristo trabaja con humildad, indagando cuál es la voluntad de Dios (cfr. Eph 5, 10) y, como atado al espíritu (cfr. Act 20, 22), se guía en todo por la voluntad de Aquél que quiere que todos los hombres se salven; voluntad que puede descubrir y cumplir en las circunstancias cotidianas de la vida» (Presbyterorum ordinis, n. 15).
 
Actes 20, 23
El camino del cristiano, el de cualquier hombre, no es fácil. Ciertamente, en determinadas épocas, parece que todo se cumple según nuestras previsiones; pero esto habitualmente dura poco. Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad.
Lógicamente, en nuestra jornada no toparemos con tales ni con tantas contradicciones como se cruzaron en la vida de Saulo. Nosotros descubriremos la bajeza de nuestro egoísmo, los zarpazos de la sensualidad, los manotazos de un orgullo inútil y ridículo, y muchas otras claudicaciones: tantas, tantas flaquezas. ¿Descorazonarse? No. Con San Pablo, repitamos al Señor: siento satisfacción en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por amor de Cristo; pues cuando estoy débil, entonces soy más fuerte (2 Cor XII, 10) (Amigos de Dios, nn. 77.212).
 
Actes 20, 24
Pablo ha conseguido amar a Jesucristo hasta el desprecio de sí mismo y el curso de su vida significa únicamente para él la posibilidad de cumplir la tarea que Dios le ha encomendado (cfr. 2 Cor 4, 7; Phil 1, 19-26; Col 1, 24). El Apóstol concibe la santidad como una carrera constante e ininterrumpida, llena de amor y de obras, hacia el encuentro con el Señor. Éste es el ideal de perfección cristiana que han enseñado, según la pauta marcada por San Pablo, los más destacados Padres de la Iglesia: «Si se trata de la virtud —escribe, por ejemplo, San Gregorio de Nisa— hemos aprendido del Apóstol mismo que la perfección de aquélla sólo tiene el límite de no tener ninguno. Este gran hombre de elevado espíritu, este divino apóstol, no deja jamás, al correr en la vía de la virtud, de ‘tender hacia lo que está delante’ (Phil 3, 13). Detenerse le parece peligroso. ¿Por qué? Porque todo bien, por su propia naturaleza, carece de límite y sólo está limitado por el encuentro en su contrario: así la vida por la muerte, la luz por la oscuridad, y en general cualquier bien por su opuesto. Igual que el fin de la vida es el comienzo de la muerte, así también dejar de correr en el camino de la virtud es comenzar a hacerlo en el camino del vicio» (De vita Moysis, I, 5).
 
Actes 20, 26
«Se considera limpio de la sangre de los discípulos porque no ha omitido llamarles la atención sobre los defectos» (Super Act expositio, ad loc.). No sólo les ha predicado e inculcado el Evangelio, sino que ha corregido sus faltas. Pablo ha practicado con perseverancia lo mismo que recomienda a los gálatas: «Si acaso alguien es hallado en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, cuidando de ti mismo, no vaya a ser que tú también seas tentado» (Gal 6, 1). Un discípulo de Cristo jamás tratará mal a persona alguna; al error le llama error, pero al que está equivocado le debe corregir con afecto: si no, no le podrá ayudar, no le podrá santificar (Amigos de Dios, n. 9).
 
Actes 20, 28
Según una metáfora frecuente en el Antiguo Testamento para designar al Pueblo de Dios (Ps 100, 3; Is 40, 11; Ier 13, 17), Pablo describe a la Iglesia como una grey y a los presbíteros u obispos (epíscopos) como pastores. «La Iglesia es un redil, cuya única y obligada puerta es Cristo (cfr. Ioh 10, 1-10). Es también una grey, cuyo Pastor será el mismo Dios, según las profecías (cfr. Is 40, 11; Ez 34, 11 ss.), y cuyas ovejas, aunque aparezcan conducidas por pastores humanos, son guiadas y nutridas constantemente por el mismo Cristo, Buen Pastor y jefe de pastores (cfr. Ioh 10, 11; 1 Pet 5, 4), que dio su vida por ellas (cfr. Ioh 10, 11-15)» (Lumen gentium, n. 6).
En estos primeros tiempos de la Iglesia los términos presbítero y obispo (epíscopo) no designan aún unívocamente esos dos grados diferenciados de la Jerarquía. Se refieren ambos a los ministros sagrados que han recibido el sacramento del Orden Sacerdotal.
La última parte del versículo se refiere al sacrificio de Cristo. La Iglesia se ha convertido, por virtud del acto redentor, en especial propiedad de Dios. El precio de la Redención ha sido la Sangre de Jesucristo. Pablo VI afirma que Cristo, «Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención» (Credo del Pueblo de Dios, n. 12).
El Concilio de Trento expone esta doctrina al presentar la Redención como un acto de Jesucristo, «su Unigénito muy amado, nuestro Señor Jesucristo, el cual (...) nos mereció la justificación por su Pasión santísima en el leño de la Cruz y satisfizo por nosotros a Dios Padre» (De iustificatione, cap. 7).
 
Actes 20, 30
Los errores no proceden solamente de extraños. Vienen también de miembros de la misma comunidad, que abusan o aprovechan su condición de hermanos, e incluso de pastores, para confundir a los fieles y sorprender su buena voluntad. «Son aquellos de quienes escribe Juan: ‘Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros’» (Super Act expositio, ad loc.).
 
Actes 20, 31
«Indica de este modo que ha enseñado la doctrina sin limitarse a enunciarla sólo una vez para tranquilizar su conciencia» (Hom. sobre Act, 44). Pablo no ha rehuido el trabajo que su responsabilidad pastoral le imponía y ha acompañado sus exhortaciones y enseñanzas con su conducta generosa y ejemplar. «Es necesario que quienes gobiernan la comunidad ejerciten dignamente las actividades de dirección (...). Existe el peligro de que algunos que se ocupan de otros y les dirigen hacia la vida eterna puedan destruirse a sí mismos sin notarlo. Es necesario que quienes supervisan trabajen más que el resto, sean más humildes que quienes están bajo ellos, les ofrezcan su propia vida como un ejemplo de servicio, y consideren a los súbditos como un depósito que Dios les ha confiado» (San Gregorio de Nisa, De instituto christiano).
 
Actes 20, 32
«No es conveniente que los hombres cristianos, atentos al esfuerzo humano, consideren que la entera corona depende de sus peleas, sino que es necesario refieran a la voluntad de Dios sus esperanzas en el premio» (San Gregorio de Nisa, De instituto christiano).


Actes 20, 33-35
«Las enseñanzas del Apóstol de las Gentes tienen (...) una importancia capital para la moral y la espiritualidad del trabajo humano. Son un importante complemento a este grande, aunque discreto, evangelio del trabajo que encontramos en la vida de Cristo y en sus parábolas, en lo que Jesús ‘hizo y enseñó’ (Act 1, 1)» (Laborem exercens, n. 26).
La frase final del Señor no aparece en los Evangelios. Sólo la conocemos por este texto.
 
Actes 20, 36
Para los cristianos toda ocasión y sitio son propicios para orar. «El cristiano reza en cualquier lugar —escribe Clemente de Alejandría— y reza en toda circunstancia, bien sea durante un paseo o cuando va en compañía de otros, o cuando reposa, o también al comienzo de una obra espiritual. Y cuando en el interior de su alma alimenta un pensamiento y con gemidos inenarrables invoca al Padre» (Stromata, VII, 7).
 
Actes 20, 37
Los besos a Pablo son una muestra de afecto y un signo de la honda emoción que embarga a los asistentes. No son el «beso de la paz» propio del culto litúrgico. Conviene tener también en cuenta que entre los orientales el beso como saludo es una muestra usual de amistad, o cortesía, de modo parecido a como en Occidente se da la mano.

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