Actes 17, 22-33
Entre los discursos de San Pablo conservados en el libro de los Hechos, el del Areópago es el más extenso de los predicados a paganos (cfr. 14, 15 ss.). Es un discurso decisivo, de importancia paralela al que Pablo pronuncia ante los judíos de Antioquía de Pisidia (cfr. 13, 16 ss.). Constituye el primer modelo conocido de apologética cristiana, que tiende a mostrar la naturaleza razonable del cristianismo y lo mucho que puede decir a favor de sí mismo al mejor pensamiento humano.
Es evidentemente un discurso pronunciado por el mismo autor de los tres primeros capítulos de la Epístola a los Romanos, y que lleva largo tiempo ocupado en predicar el Evangelio a paganos, según un esquema que habla primero del único Dios vivo y verdadero y anuncia después a Jesucristo, Salvador divino de todos los hombres (cfr. 2 Thes 1, 9-10).
Después de una introducción destinada a atraer la atención de los oyentes y enunciar el tema principal (vv. 22 s.), el discurso se divide en tres partes: 1) Dios es el Señor del mundo y no necesita habitar en templos fabricados por hombres (vv. 24 s.); 2) el hombre es obra de Dios y depende en todo de Él (vv. 26 s.); 3) existe una relación entre Dios y el hombre, de modo que la idolatría es un gran pecado (vv. 28 s.). Sigue una conclusión en la que Pablo exhorta a sus oyentes a abandonar sus errores acerca de Dios y decidirse al arrepentimiento, teniendo en cuenta el Juicio Final (vv. 30 s.).
La terminología de Pablo deriva en gran parte de la traducción griega del AT llamada «de los setenta». Las ideas recogen creencias bíblicas expresadas según modos de hablar corrientes en el mundo y cultura helenísticos.
Actes 17, 22-24
«Al Dios desconocido»: San Pablo alaba el temperamento e inclinación religiosa de los atenienses, que les mueven a rendir culto a la divinidad. Pero señala a continuación que la religión que practican es todavía muy imperfecta porque no les proporciona un conocimiento suficiente de Dios y del culto que le deben, no les libra de sus pecados, ni les capacita para vivir dignamente según el espíritu. Los religiosos atenienses —parece decir Pablo con una cierta ironía— son en realidad hombres supersticiosos, e ignorantes del único Dios verdadero y de sus caminos de salvación.
Pablo critica la religión pagana y señala sus limitaciones, pero no la condena en su totalidad. Piensa que es una base inicial en cuanto sus oyentes aceptan la posibilidad de la existencia de un Dios verdadero que no conocen. Esta disposición puede ayudarles a recibir y aceptar la Revelación sobrenatural de Dios en Jesucristo. Porque la Revelación no viene a destruir la religión natural sino a purificarla, completarla y elevarla, de modo que el hombre religioso sea capaz de conocer el misterio de Dios Uno y Trino, reformar su vida con ayuda de la gracia de Jesucristo y lograr la salvación que necesita y anhela.
Actes 17, 23
«Los que cumplieron lo que universal, natural y eternamente es bueno —dice San Justino— fueron agradables a Dios, y se salvarán por medio de Cristo en la resurrección, del mismo modo que los justos que les precedieron» (Diálogo con Trifón, 45, 4). La estima de la Iglesia hacia los elementos positivos que pueden descubrirse en las religiones paganas no le impide sino que la impulsa a predicar a todos los hombres la plenitud de la verdad y la salvación que sólo se hallan en Jesucristo. «La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo —afirma el Conc. Vaticano II—. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. La Iglesia anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es ‘el Camino, la Verdad y la Vida’ (Ioh 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas» (Nostra aetate, n. 2).
Actes 17, 24
El lenguaje de Pablo se apoya en la descripción que el Antiguo Testamento hace de Dios, Señor de cielos y tierra (cfr. Is 42, 5; Ex 20, 21). El Apóstol habla de la Majestad infinita de Dios, mayor que el universo que ha creado. No pretende negar, sin embargo, la conveniencia de que Dios reciba culto en lugares sagrados concretos.
Sus palabras parecen un eco de las pronunciadas por Salomón en la dedicación del Templo: «Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo te he construido!» (1 Reg 8, 27).
Todo culto rendido a Dios debe practicarse en «espíritu y en verdad» (Ioh 4, 24). Pero el Señor ha querido habitar especialmente y recibir culto en templos fabricados por manos de hombres. «Dos cosas es preciso considerar en el culto divino —escribe Santo Tomás—, a saber: Dios, que es adorado, y los hombres que lo adoran. En cuanto a Dios, que es adorado, no puede ser encerrado en ningún espacio material, y por tanto no fue necesario que por Él se fabricase un tabernáculo o templo. Pero los hombres (...) son corporales y exigían la construcción de un tabernáculo o templo por dos motivos. Primero, para que quienes llegasen a este lugar lo hicieran con mayor reverencia. Segundo, a fin de que con la disposición misma del templo se significase algo respecto a la excelencia de la divinidad o de la humanidad de Jesucristo (...). De donde se manifiesta que la casa del santuario no fue edificada con la intención de encerrar en ella a Dios (...), sino para que la noticia de Dios se hiciera allí manifiesta» (Suma Teológica, I-II, q. 102, a. 4, ad 1).
Actes 17, 25
La idea de que Dios no necesita servicios humanos ni depende de los hombres para su bienestar y felicidad aparece con mucha frecuencia en los libros proféticos. «Vais a ver en Babilonia —anuncia Jeremías— dioses de plata, oro y madera, que son llevados a hombros y que infunden terror a los gentiles (...). La lengua de esos dioses ha sido limada por un artesano y ellos, por muy dorados y plateados que estén, son falsos y no pueden hablar (...). Por muy envueltos que vayan en vestidos de púrpura, tienen que lavarles la cara. Alguno de ellos empuña el cetro como un gobernador de provincia, pero no podría castigar al que le ha ofendido. Si se les pone en pie no pueden moverse por sí mismos; si se les tumba no logran levantarse solos» (Bar 6, 3.7.12-13.26).
Esto no excluye que el Señor desee verse correspondido en la oferta de amor que hace a los hombres. «Oíd, cielos; escucha tierra, que habla Yahwéh —profetiza Isaías—, Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí. Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne» (1, 2-3).
Además de una ofensa y una locura, el pecado significa indiferencia e ingratitud hacia Dios, que, en un exceso continuo de amor, no se cansa de solicitar el cariño del hombre. «Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo —leemos en el profeta Oseas—. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí (...). Yo enseñé a Efraín a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor» (11, 1-4).
El amor de Dios hacia los hombres se manifiesta incomparablemente en la Redención y en los sacramentos de la Iglesia, que nos hacen llegar sus frutos. Se manifiesta especialmente en la Sagrada Eucaristía, que es alimento del cristiano y donde Jesucristo quiere ser adorado y acompañado por nosotros.
Actes 17, 26
«De un solo hombre»; Literalmente «de uno solo». San Pablo se refiere al texto de Gen 2, 7: «Entonces Yahwéh Dios formó al hombre con polvo del suelo», es decir, habla del primer progenitor del género humano. La expresión «de un solo» no debe interpretarse, pues, como referida a un solo principio sino a un solo hombre.
Actes 17, 27-28
San Pablo habla de la absoluta cercanía de Dios y su presencia misteriosa pero real dentro de cada hombre. San Agustín se hace eco de esta enseñanza cuando exclama: «Tú, Dios mío, estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más excelente mío» (Confesiones, lib. 3, cap. 6).
El hombre necesita a Dios, que es su Creador, para existir. Le necesita asimismo para continuar en la existencia, para vivir y moverse. Le necesita para pensar y querer. Le necesita sobre todo para amar el bien y practicarlo. Puede decirse con verdad que Dios está en nosotros. La íntima unión de dos seres que este pensamiento supone nada resta a la perfecta distinción y radical diferencia que existe entre Dios infinito y el hombre finito y limitado. «Los hombres, incapaces de auto-existencia —escribe San Atanasio—, se hallan encerrados en un lugar y se apoyan en la Palabra de Dios. Pero Dios existe por Sí mismo, abarca todas las cosas y no está abarcado por ninguna. Se encuentra dentro de todo según su bondad y poder, y a la vez fuera de todo según su propia naturaleza divina» (De decretis nicaenae synodi, 11).
La tradición ascética cristiana ha comentado estas ideas como una invitación a la búsqueda de Dios en el fondo del alma y a sentirnos en todo dependientes de Él.
«Considerad a Dios —dice San Juan de Ávila—, que es el ser de todo lo que es, y sin Él hay nada: y que es vida de todo lo que vive, y sin Él hay muerte; y fuerza de todo lo que algo puede, y sin Él hay flaqueza; y que es bien entero de todo lo bueno, sin el cual no se puede haber el más pequeño bien de los bienes» (Audi, filia, cap. 64).
San Francisco de Sales escribe: «Dios no está solamente donde tú estás, sino también de una manera especial en el fondo de tu corazón y de tu alma, que vivifica con su divina presencia, siendo allí como el corazón de tu corazón y el espíritu de tu espíritu; pues así como el alma, repartida por el cuerpo, se encuentra presente en todas y cada una de sus partes, y reside en el corazón de manera particular, así Dios, presente en todas las cosas, se halla con preferencia en nuestro espíritu. Por eso David le llama ‘Dios de su corazón’ (Ps 73, 26), y San Pablo afirma que ‘en él vivimos, nos movemos y existimos’ (Act 17, 28). Ponderando esto, avivarás en tu corazón los sentimientos de reverencia hacia Dios, que se encuentra en aquél íntimamente» (Introducción a la vida devota, II, cap. 2).
La cita —en singular— es del poeta estoico Arato (siglo III a.C.). La forma plural parece aludir a un verso análogo del himno a Zeus escrito por Cleantes (también del siglo III a.C.).
«El diablo hablaba palabras de la Escritura pero fue reducido a silencio por el Salvador —comenta San Atanasio—. Pablo citaba a escritores profanos, pero, santo como era, transmitía un sentido religioso» (De synodis, 39). «Se nos llama con toda razón ‘linaje’ de Dios, no procedentes de su naturaleza sino creados voluntariamente por su espíritu y recreados mediante la adopción de hijos» (Super Act expositio, ad loc.).
Actes 17, 29
Si los hombres son linaje de Dios y tienen una cierta semejanza con Él, es evidente que una figura inanimada no puede contener al Dios vivo. Los hombres poseen el espíritu de Dios y deben por tanto reconocer que Dios es espiritual. Sus imágenes materiales tienen, sin embargo, una función importante, por la naturaleza del conocimiento humano, que comienza por los sentidos corporales. Esa función es la de facilitarnos la presencia de Dios y su adoración. El culto de las imágenes en la Iglesia es, pues, completamente distinto de la idolatría, la cual considera que la divinidad habita en el ídolo, actúa sólo a través de él, e incluso, en algunos casos, se llega a confundir el ídolo con la divinidad.
Actes 17, 30
Después de haber hablado del conocimiento natural de Dios, San Pablo pasa ahora a exponer el conocimiento de Dios mediante la fe.
Aunque el hombre puede conocer a Dios mediante su razón, ha querido el Señor comunicarle sobrenaturalmente los misterios de su vida divina, con el fin de hacerle más fácil la salvación. «La Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana, a partir de las cosas creadas (...). Sin embargo, plugo a su sabiduría y bondad revelarse a Sí mismo al género humano y revelarle por otro camino, de carácter sobrenatural, los decretos eternos de su Voluntad» (Dei Filius, cap. 2).
«Fue también necesario que el hombre fuese instruido por Revelación divina sobre las verdades que la razón humana puede descubrir acerca de Dios, porque estas verdades, alcanzadas por la razón humana, llegarían al hombre a través de pocos, después de mucho tiempo y mezcladas con muchos errores; y, sin embargo, de su conocimiento depende toda la salvación del hombre, que está en Dios. Luego, para que con más prontitud y seguridad llegase la salvación a los hombres, fue necesario que se les instruyese por la Revelación divina acerca de las cosas de Dios» (Suma Teológica, I, q. 1, a. 1).
La Revelación sobrenatural asegura al hombre un conocimiento rápido y cierto de los misterios divinos e incluye algunas verdades —como por ejemplo la existencia de Dios— que la razón humana puede llegar a descubrir (cfr. Rom 1, 20).
«Dispuso Dios en su sabiduría —enseña el Conc. Vaticano II— revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su Voluntad (cfr. Eph 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo Encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cfr. Eph 2, 18; 2 Pet 1, 4). En consecuencia, por esta revelación Dios invisible (cfr. Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor (cfr. Ex 33, 11; Ioh 15, 14-15), y mora en ellos para invitarlos a la comunicación con Él y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, n. 2).
El conocimiento de Dios Trino y su voluntad salvadora que la revelación sobrenatural ofrece a los hombres no es un saber teórico o simplemente intelectual, sino que va dirigido a la conversión, a la penitencia y a la reforma de la vida. Es como una llamada de Dios que exige, por lo tanto, una respuesta personal. «Cuando Dios se revela hay que prestarle la obediencia de la fe (Rom 16, 26; cfr. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando ‘a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad’ (Dei Filius, cap. 3), y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios» (Dei Verbum, n. 5).
Es precisamente este conocimiento práctico del Dios vivo y verdadero revelado en Jesucristo lo único que permite al hombre conocerse a sí mismo, detestar sus faltas y pecados, y esperarlo todo de la misericordia divina. Es un autoconocimiento concedido por Dios, que permite al pecador arrepentido comenzar una vida nueva y colaborar libremente con el Señor en la tarea de la propia santificación. «A mi parecer jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios —escribe Santa Teresa—. Mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza, y mirando su limpieza veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuan lejos estamos de ser humildes» (Moradas, I, cap. 2).
Actes 17, 31
Sobre Jesucristo como Juez universal cfr. nota a Act 10, 42.
Actes 17, 32
Cuando San Pablo comienza a narrar a los atenienses la Resurrección de Jesús de entre los muertos, la sorpresa de los oyentes se vuelve enseguida burla e ironía. Para el pensamiento de los paganos, la resurrección de los muertos era un absurdo que no aceptaban y no estaban dispuestos a creer. Si el Apóstol habla así es porque las verdades de la fe cristiana desembocan en el misterio de la Resurrección y aunque quizá hubiera previsto la reacción del auditorio, no deja de exponer esta verdad, fundamento de nuestra fe. «Mira cómo los lleva —observa Crisóstomo— al Dios que cuida del mundo, el cual es benigno, misericordioso, omnipotente y sabio: todas las cualidades del Creador, todo esto se confirma en la Resurrección» (Hom. sobre Act, 38).
El Apóstol no logró vencer los prejuicios racionalistas de gran parte del auditorio. Se pueden aplicar a este momento las palabras que escribiría más tarde: «Los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado (...), necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 22). Es que sin actitud y disposición de fe, dominan en el hombre los desórdenes de la razón y el escándalo ante el misterio. Si se pone la inteligencia humana como medida de todas las cosas, se llega a despreciar y a negar lo que no se comprende, porque supera el entendimiento humano. Es lo que acontece con los misterios que Dios ha revelado al hombre. No se entienden por la sola razón, y hay que creerlos. Lo que mueve entonces a la inteligencia para asentir a estas verdades no es la evidencia de éstas, sino en la autoridad de Dios, verdad infalible, que no puede ni engañarse ni engañarnos. Por eso el acto de fe, aunque es propiamente de la inteligencia que asiente, está influenciado por la voluntad, y el querer creer supone amar a aquél que nos propone la verdad para ser creída.
Actes 17, 34
«Los que querían vivir como personas de conducta recta no tardaron en entender la palabra, pero no ocurrió lo mismo con los demás» (Hom. sobre Act, 39).
Entre los pocos que se convirtieron en Atenas cita San Lucas a una mujer de nombre Dámaris. Es una de las numerosas mujeres que aparecen en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como manifestación clara de que la predicación del Evangelio era universal. Los Apóstoles siguieron en todo el ejemplo de su Maestro, quien, a pesar de los prejuicios de la época, dirigió a mujeres y a hombres por igual el anuncio del Reino.
San Lucas nos narra que cuando el Evangelio hizo su entrada en Europa, la primera en acogerlo fue una mujer. Algo parecido ocurrió entre los samaritanos, a quienes una mujer habló por vez primera del Salvador (cfr. Ioh 4). En los Evangelios contemplamos cómo las mujeres sirven al Señor, cómo están al pie de la cruz, y las primeras junto al sepulcro vacío. Por contraste, no ha quedado ningún relato en lo que se refiere a su trato con Jesús, de hipocresía, odio, injurias, deserciones o cobardes huidas.
San Pablo tuvo una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del cristianismo; lo cual se refleja en el tratamiento que les concede en su predicación y en sus cartas. Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo —que fue para él también una madre—, y las hijas de Felipe el de Cesarea son algunas de las mujeres a las que San Pablo estuvo siempre agradecido por sus ayudas y oraciones.
La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad... (Conversaciones, n. 87). La Iglesia espera de la mujer un compromiso y un testimonio en favor de lo que constituye la verdadera dignidad del hombre y su felicidad más profunda. «Las mujeres han recibido de Dios —dice Juan Pablo II— un carisma natural propio, hecho de aguda sensibilidad y de fina percepción de la medida, del sentido de lo concreto y de providencial amor por lo que está en estado germinal y necesitado por ello de cuidados diligentes. Son cualidades que tienden a favorecer el crecimiento humano» (Discurso, 7-XII-1979).
Cuando estas cualidades, con las que Dios ha dotado la personalidad de la mujer, son desarrolladas y actualizadas, su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no sólo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve (Conversaciones, n. 87).
Chapitre n°18
Actes 18, 1-11
San Pablo debió llegar muy abatido a Corinto por los sucesos en Atenas, y con gran estrechez económica. Tiempo después escribiría: «Me he presentado ante vosotros débil, y con temor y mucho temblor, y mi mensaje, y mi predicación, no se han basado en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder...» (1 Cor 2, 3-4). Siempre tendría presente la experiencia del Areópago ante unos atenienses que «eran amigos de los nuevos sermones, pero que no hacían caso de ellos ni se preocupaban de su contenido: sólo les interesaba tener algo nuevo de que hablar» (Hom. sobre Act, 39).
Corinto era una ciudad eminentemente comercial y cosmopolita. Ocupaba el istmo entre dos golfos —hoy unidos— y a ella arribaban naves de todas partes. El ambiente moral no era favorable para la difusión del Evangelio. Las costumbres relajadas, el exclusivo afán por ganar dinero y honrar a la diosa Afrodita con la más refinada lujuria podían hacer suponer que no era el lugar adecuado para sembrar la Palabra de Dios; pero el Señor puede más y su mensaje de salvación es capaz de convertir los corazones, si cuenta con instrumentos apostólicos como el celo de Pablo, Silvano, Timoteo y los primeros cristianos. Fue mayor obstáculo la soberbia intelectual de los atenienses que los desórdenes morales de los corintios.
Las dificultades de un ambiente pagano y relajado no deben frenar el afán apostólico del cristiano, sino que deben impulsarlo. Jesús se dirigió a su Padre en la Última Cena rogando: «No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Ioh 17, 15).
Actes 18, 2
El matrimonio que acogió en su casa y dio trabajo a Pablo era ya probablemente cristiano al llegar a Corinto. Al proceder de Roma, es de suponer la existencia temprana de una comunidad de cristianos en la capital del Imperio. Aquila y Priscila —diminutivo de Prisca— ayudaron considerablemente al Apóstol desde los indicios de su labor en Corinto.
Ambos cónyuges debieron volver a Roma (cfr. Rom 16, 3) y se adivina en sus desplazamientos una intención apostólica que los convierte en precedente de lo que harán más tarde innumerables cristianos. «También la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana poseen una dimensión misionera católica. El sacramento del Matrimonio, que plantea con nueva fuerza el deber arraigado en el Bautismo y en la Confirmación de difundir la fe, constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo ‘hasta los confines de la tierra’ (Act 1, 8) (...).
»Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila se presentaban como una pareja misionera (cfr. Act 18; Rom 16, 3 s.), también la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la presencia de cónyuges y familias cristianas que (...) van a tierras de misión para anunciar el Evangelio y servir al hombre por amor de Jesucristo» (Familiaris consortio, n. 54).
El edicto de Claudio (41-54) que expulsaba de Roma a los judíos es anterior al año 50. Lo menciona el historiador Suetonio pero sus detalles son poco conocidos. Claudio había protegido a los judíos en numerosas ocasiones. Les concedió la facultad de nombrar al sumo sacerdote y de administrar el Templo. Parece que, con ocasión de conflictos entre judíos y cristianos habitantes en Roma, el benigno Claudio se vio obligado a expulsar temporalmente de la Urbe a algunos miembros de la comunidad hebrea, o por lo menos a recomendar su salida.
Actes 18, 3
San Pablo vive de su trabajo y lo hace compatible con su intensa predicación del Evangelio. «La enseñanza de Cristo acerca del trabajo —escribe Juan Pablo II—, basada en el ejemplo de su propia vida durante los años de Nazaret, encuentra un eco particularmente vivo en las enseñanzas del apóstol Pablo. Éste se gloriaba de trabajar en su oficio (probablemente fabricaba tiendas —cfr. Act 18, 3—) y gracias a esto podía también, como apóstol, ganarse por sí mismo el pan» (Laborem exercens, n. 26).
Durante esta estancia de año y medio en Corinto, San Pablo escribe a los tesalonicenses unas cartas exigentes en las que la exhortación a que trabajen es apremiante: «El que no trabaje que no coma (...). Mandamos y exhortamos en el Señor a que trabajen con sosiego para comer su propio pan» (2 Thes 3, 10.12). San Juan Crisóstomo, comentando este pasaje de los Hechos, afirma: «El trabajo es el estado natural del hombre. Para él, la ociosidad es contra natura. Dios ha puesto al hombre en este mundo para trabajar, y por naturaleza el alma está hecha para el movimiento y no para el reposo» (Hom. sobre Act, 35).
Enseña San Josemaría Escrivá, fijándose en el ejemplo de Cristo, que el trabajo no es sólo uno de los más altos de los valores humanos y medio con el que los hombres deben contribuir al progreso de la sociedad: es también camino de santificación (Conversaciones, n. 24). En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación (Ibid., n. 55).
Es en el trabajo, en medio de la actividad ordinaria, donde la mayoría de los hombres pueden y deben encontrar a Cristo. Dios llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: (...) en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día (Ibid., n. 114). El hombre encuentra entonces a Dios en las cosas más visibles y materiales y el cristiano supera el peligro de lo que se puede llamar una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas (Ibid.).
Pablo, como innumerables hombres, dedicaba un tiempo diario a trabajar para ganarse el pan. En su trabajo profesional seguía siendo el Apóstol de las gentes elegido por Dios, y su misma profesión era luz que iluminaba a colegas y amigos. No podemos imaginar que separase su trato con Dios de su actividad apostólica o de su trabajo; o que éste no fuera intenso y ejemplar.
Actes 18, 4
Es fácil imaginar la esperanza y la tensión interior de Pablo cuando predica el Evangelio a sus hermanos de raza. La experiencia le había enseñado las dificultades que los judíos encontraban para reconocer a Jesús como Mesías y acoger la Buena Nueva. La actitud de Pablo es gozosa y doliente a la vez, porque ve llegado el momento de que los hijos de Abrahán reciban el Evangelio que constituye su herencia y detecta a la vez el riesgo de reprobación que les amenaza. Las mismas palabras que pronuncia serán salvación de unos y ocasión de severo juicio para otros.
«Experimento —decía Orígenes con sentimientos análogos— una angustia de hablar y una angustia de no hablar. Deseo hablar a causa de los que son dignos, a fin de que no se me reproche haber negado la palabra de la verdad a quienes son capaces de entenderla. Pero temo hablar a causa de los indignos, porque me asusta arrojar lo santo a los perros y las perlas a los cerdos. Sólo a Jesús estaba atribuido saber separar, entre sus oyentes, los de fuera y los de dentro, hablar en parábolas a los de fuera y explicarlas a quienes entraban con Él en la casa» (Diálogo con Heráclides, 15).
Actes 18, 6
La obcecación de los judíos de Corinto obliga de nuevo a Pablo a percibir dolorosamente, con rasgos cada vez más nítidos, el misterio de la resistencia a creer de gran parte del pueblo elegido. Como hiciera en Antioquía de Pisidia (cfr. 13, 51), el Apóstol sacude el polvo de su vestido como signo externo de ruptura con los hebreos de Corinto, cuya fidelidad aparente a la religión de sus padres encubre en realidad una orgullosa renuncia a las promesas de Dios.
San Pablo tiene ante sus ojos el gran enigma de la Historia de la Salvación, en la que Dios dialoga con la libertad humana. «Sucedió que los judíos —escribe San Justino—, que estaban en posesión de las profecías y esperaban continuamente a Cristo, cuando vino, no le reconocieron; y no sólo eso, sino que le maltrataron. En cambio los gentiles, que jamás habían oído hablar de Él hasta que los Apóstoles salidos de Jerusalén les narraron su vida y les entregaron las profecías, llenos de alegría y de fe renunciaron a los ídolos y se consagraron por medio de Cristo al Dios ingénito» (Apología I, 49).
Las palabras de Pablo en esta ocasión van dirigidas a los judíos de Corinto, no a los de otros lugares. Hacía ya mucho tiempo que el Apóstol dirigía su predicación tanto a gentiles como a judíos. La frase «desde ahora me dirigiré a los gentiles» no quiere decir que el Apóstol se niegue a predicar a los judíos a partir de entonces, pues seguirá evangelizando a gentiles y judíos donde desempeñe su trabajo apostólico (cfr. Act 18, 19; 28, 17).
Actes 18, 7
Tito Justo lleva un nombre romano y era gentil, pero el vivir contiguo a la sinagoga y sobre todo el término griego con el que le designa («adorador de Dios»), indica la condición de prosélito del judaísmo. Cfr. nota a Act 2, 5-11.
Actes 18, 9
En la visión que se le concede para fortalecer su ánimo, Pablo ve al Señor, es decir, a Jesús, El breve mensaje que recibe recuerda el lenguaje de Dios cuando se dirige a los profetas y hombres justos del Antiguo Testamento (cfr. Ex 3, 12; Ios 1, 5; Is 41, 10). La frase no temas se emplea habitualmente en las teofanías divinas, para calmar la turbación producida por la sobrecogedora presencia de Dios (cfr. Lc 1, 30).
En este caso, las palabras van dirigidas a vencer los temores de Pablo, que preveía en Corinto duros ataques de sus oponentes. La visión del Apóstol pone de manifiesto una vez más las gracias que el Señor le regala como parte de su intensa vida de contemplación. Es al mismo tiempo una vida de esfuerzo en el servicio de Jesús y del Evangelio. Los dones extraordinarios que Pablo recibe indican el grado de heroísmo y entrega que Dios le pide. Los consuelos de la contemplación no se conceden, en efecto, para evitar los trabajos de seguir a Cristo, sino más bien para que el cristiano pueda aumentarlos y llevar más peso con el Señor.
«Yo os digo —escribe Santa Teresa de Jesús— a las que no sois llevadas por el camino de la contemplación, que, según lo que he visto y entendido de los que van por él, que no llevan la cruz más liviana y que os espantaríais por las vías y maneras que les da Dios. Yo sé de unos y de otros y sé que son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos; y son de tal suerte, que si no les diese aquel manjar de gustos no se podrían sufrir. Y es cierto que es así, porque a los que Dios quiere mucho lleva por caminos de trabajos, y mientras más los ama, por mayores; y no hay por qué creer que tiene aborrecidos a los contemplativos, pues por su boca los alaba y tiene por amigos.
»Pues creer que admite a su amistad a gente regalada y sin trabajos es disparate (...). Creo que piensan los de la vida activa que por un poquito que los ven regalados, que no hay más que aquello. Pues yo os digo que por ventura no podríais sufrir un día de los que pasan» (Camino de perfección, cap. 18).
Actes 18, 10
Dios ha previsto las personas que van a seguir la llamada de la gracia. De ahí la grave responsabilidad que tiene el cristiano de anunciar el Evangelio a cuantos pueda. La predicación evangélica lleva consigo una eficacia innata, demostrada en su capacidad de convertir, a lo largo de los siglos, a hombres y mujeres de toda geografía, mentalidad, edad y condición social. El Evangelio es para todos. Dios lo ofrece, a través de los cristianos, a ricos y pobres, a cultos e ignorantes. Cualquier hombre puede escuchar la invitación de la gracia: «A Cristo no sólo le han creído filósofos y hombres sabios, sino también artesanos y gentes sin letras, que han sabido despreciar la opinión, el miedo y la muerte» (San Justino, Apología II, 10).
Actes 18, 12
El procónsul Galión era hermano del filósofo estoico Séneca, nacido en Córdoba. Había sido adoptado en Roma por Lucius Iunius Gallio y llevaba el nombre del padre adoptivo. Sabemos por una inscripción encontrada en Delfos —publicada en 1905— que Galión comenzó a desempeñar el gobierno de Acaya, cuya capital era Corinto, en julio del año 51. La comparecencia de Pablo ante el procónsul debió ocurrir hacia finales del 52. Éste es uno de los puntos mejor establecidos en la cronología del Apóstol.
Actes 18, 17
La escena es confusa. Sóstenes pudo haber sido agredido por los ciudadanos de Corinto, que aprovechan el incidente para dar rienda suelta a sus sentimientos antijudíos. Pero es más probable que Sóstenes fuera simpatizante de los cristianos y sufriera las consecuencias de la frustración judía respecto a Pablo. En 1 Cor 1, 1 aparece un cristiano llamado Sóstenes, como coautor —amanuense— de la epístola. Algunos comentaristas le identifican con el jefe de la sinagoga de este episodio.
Actes 18, 18
El voto de nazir —el «consagrado» a Dios— era temporal y está descrito en el cap. 6 del libro de los Números. Comprendía entre otras cosas el no cortarse el cabello, que significaba dejar a Dios obrar en él, y no beber bebidas fermentadas, que indicaba el propósito de una vida exigente. No se sabe si San Pablo hizo el voto en Cencreas o lo terminó allí.
Actes 18, 19
Éfeso era capital del Asia proconsular y una de las ciudades más florecientes del Imperio. Entre sus monumentos destacaba el Artemision o templo de Diana Artemisa, una de las maravillas del mundo antiguo. El teatro que dominaba la ciudad tenía capacidad para 23.000 espectadores. En este viaje, Pablo permanece en la ciudad poco tiempo, quizá el necesario para la carga y descarga de la nave en que viajaba. En el viaje siguiente Éfeso será sin embargo el centro de su misión.
18, 23-21, 26. El tercer viaje apostólico de Pablo comienza, como los anteriores, en Antioquía; pero acaba con la prisión del Apóstol en Jerusalén (Act 21, 27 ss.). El viaje fue largo. Lucas se centra sobre todo en la actividad desarrollada en Éfeso. Pablo recorre, para empezar, las ciudades ya evangelizadas en las regiones de Galacia y Frigia, lo que le llevaría los meses finales del año 53 y primeros del 54. Marcha luego a Éfeso, donde permanece casi tres años y sufre toda clase de tribulaciones (cfr. 2 Cor 1, 8), de forma que cuando escribe desde allí a los corintios, en la primavera del 57, puede decir: «Hasta el momento presente pasamos hambre, sed, desnudez, somos abofeteados, andamos errantes (...). Hemos venido a ser hasta ahora, como la basura del mundo, el desecho de todos» (1 Cor 4, 11.13). Aun en esas condiciones, o quizá por ellas, su apostolado fue fecundísimo y el mensaje cristiano llegó a toda el Asia proconsular, a ciudades importantes como Colosas, Laodicea, Hierápolis, etc., y a cientos de pueblos; por lo que San Pablo afirmaba: «Se me ha abierto una puerta amplia y prometedora» (1 Cor 16, 9).
El Apóstol tiene que abandonar la ciudad como consecuencia del motín de los plateros y marcha hacia Macedonia y Acaya para visitar las iglesias fundadas en el segundo viaje: Filipos, Tesalónica, Corinto. Aquí permaneció tres meses, el invierno entre los años 57 y 58. La vuelta a Jerusalén, donde iba a llevar las colectas recibidas, se realiza por Macedonia, para esquivar una conjura de los judíos. Embarcó en Neápolis —el puerto cercano a Filipos— y tras algunas escalas en Tróade, Mileto —donde se reunió con los presbíteros que hizo venir desde Éfeso—, Tiro y Cesarea, consiguió llegar a Jerusalén en la fiesta de Pascua.
Actes 18, 24
Aquila y Priscila comprendieron el bien que podía hacer un hombre con las cualidades de Apolo si colocaba su ciencia al servicio del Señor, y hablaron con él. San Josemaría Escrivá se fija en este relato como un ejemplo de la audacia para hablar de Dios, como un episodio, que pone de manifiesto aquel estupendo vigor apostólico de los primeros cristianos. No había pasado un cuarto de siglo desde que Jesús había subido a los cielos, y ya en muchas ciudades y poblados se propagaba su fama. A Éfeso, llega un hombre llamado Apolo, varón elocuente y versado en las Escrituras (...). En la mente de ese hombre ya se había insinuado la luz de Cristo: había oído hablar de Él, y lo anuncia a los otros. Pero aún le quedaba un poco de camino, para informarse más, alcanzar del todo la fe, y amar de veras al Señor. Escucha su conversación un matrimonio, Aquila y Priscila, los dos cristianos, y no permanecen inactivos e indiferentes. No se les ocurre pensar: éste ya sabe bastante, nadie nos llama a darle lecciones. Como eran almas con auténtica preocupación apostólica, se acercaron a Apolo, se lo llevaron consigo y le instruyeron más a fondo en la doctrina del Señor (Amigos de Dios, n. 269).
Éste es el afán apostólico que mueve a los primeros cristianos y que llevó a escribir poco después a San Justino: «Por mi parte a ellos (judíos y herejes) como a vosotros, pongo todo mi empeño en sacarlos del error, sabiendo que todo el que pudiendo decir la verdad no la dice, será juzgado por Dios» (Diálogo con Trifón, 82, 3).
Actes 18, 27
Dios utiliza instrumentos humanos, en este caso Apolo, para derramar su gracia entre los fieles. Son estos instrumentos los que predican su palabra y recogen el fruto apostólico, pero la eficacia es de Dios, que da su gracia con motivo de la actividad de los predicadores. «No es del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia» (Rom 9, 16). No somos nosotros los que salvamos las almas, empujándolas a obrar el bien: somos tan sólo un instrumento, más o menos digno, para los designios salvadores de Dios. Si alguna vez pensásemos que el bien que hacemos es obra nuestra, volvería la soberbia, aún más retorcida; la sal perdería el sabor, la levadura se pudriría, la luz se convertiría en tinieblas (Amigos de Dios, n. 250).
De aquí la importancia de los medios sobrenaturales en la actividad apostólica, pues en vano se esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa (cfr. Ps 127, 1). Es inútil que te afanes en tantas obras exteriores si te falta Amor. —Es como coser con una aguja sin hilo (Camino, n. 967).