Actes 15, 36-39
Pablo y Bernabé se separan con motivo de su diferencia sobre Marcos. «Pablo más severo y Bernabé más benigno, cada uno mantiene su punto de vista. Y, sin embargo, la discusión manifiesta un tanto la fragilidad humana» (San Jerónimo, Dialogus adversus pelagianos, II, 17). En cualquier caso ambos apóstoles actúan con intención recta y Dios dispone grandes bienes a partir de sus nuevos viajes de predicación. «Los dones de los hombres son diferentes —comenta San Juan Crisóstomo—, y es evidente que esta diferencia es ella misma un don (...). A veces se oye una discusión, pero todo es providencia de Dios y nada ocurre sino para colocar a cada uno en el lugar que le conviene (...).
»Notad que no hay mal alguno en que se separen si de este modo podían evangelizar a todos los gentiles. Era en realidad un gran bien. Si toman caminos diferentes con el fin de enseñar y convertir, no existe en ello ningún mal. No hay que resaltar lo que les diferencia sino lo que les une (...). Ojalá todas nuestras separaciones tuvieran como causa el celo por la predicación» (Hom. sobre Act, 34).
Este desacuerdo no significó distanciamiento. Pablo alabó siempre a Bernabé y a Marcos por su celo (cfr. 1 Cor 9, 6; Gal 2, 9) y admitió a éste más tarde como compañero de apostolado (cfr. Col 4, 10).
15, 40-18, 23. El motivo inicial de este segundo viaje apostólico es visitar de nuevo a los hermanos de las ciudades evangelizadas en el primero y confirmarles en la fe. El punto de partida es la ciudad de Antioquía, donde concluirá también la misión en la primavera del año 53.
San Pablo actúa ahora por sí mismo, sin encargo de ninguna comunidad. Le acompaña Silas, cristiano de Jerusalén y ciudadano romano, que como Pablo tenía dos nombres: Silas y Silvano. Es el mismo Silvano mencionado en 2 Cor 1, 19; 1 Thes 1, 1; 2 Thes 1, 1; 1 Pet 5, 12.
El relato del viaje ocupa casi tres capítulos del libro de los Hechos, hasta 18, 23, donde San Lucas comienza, sin solución de continuidad, la narración del siguiente viaje misional del Apóstol.
Pablo parte en los primeros meses del año 50, sin un itinerario preciso de las regiones paganas, todavía no evangelizadas, que pretendía visitar. Los dos apóstoles se dirigieron a Derbe desde Cilicia, la patria de Pablo, a través de la cordillera del Tauro y la llanura de Licaonia. Pasaron después a Listra, ciudad de Timoteo, quien se unió a los dos misioneros en su marcha hacia Iconio y Antioquía de Pisidia. Desde allí, dirigidos por el Espíritu, marcharon hacia el norte, a las regiones de Frigia y Galacia. Aquí sufrió Pablo una enfermedad que le debió detener algunos meses, y después de evangelizar a los gálatas, el Espíritu les hizo pasar a Macedonia, por lo que se dirigieron a Tróade para embarcar. En esta ciudad debió añadirse al grupo San Lucas, a quien el Apóstol llamará «el médico amado».
De Tróade a Neápolis hay 230 km de navegación, y casi a mitad de camino está la isla de Samotracia, donde los viajeros apenas se detuvieron. A unos 15 km al norte de Neápolis estaba Filipos, colonia romana en la que sucedieron los hechos narrados en el cap. 16. Desde allí fueron a Tesalónica, sede del gobernador de la provincia romana de Macedonia. Tras un nuevo tumulto, Pablo y sus compañeros hubieron de partir hacia Berea, y algunos discípulos acompañaron después al Apóstol a Atenas. Los sucesos ocurridos en esta ciudad completan el cap. 17.
La siguiente ciudad evangelizada por San Pablo después de Atenas fue Corinto, donde permaneció más de año y medio. Quiso ir después a Jerusalén, antes de acabar su misión. En este viaje de vuelta hizo una breve escala en Éfeso, donde dejó al matrimonio Aquila y Priscila, que le habían acompañado desde el principio de la estancia en Corinto.
El viaje duró cerca de tres años, en los que San Pablo sufrió enfermedades, azotes, encarcelamiento y persecución, y en los que ganó para Cristo a habitantes de más de diez ciudades de Asia y Europa y de numerosos lugares que hubo de atravesar.
Chapitre n°16
Actes 16, 1-3
Llegado a Listra, ciudad que había evangelizado en el primer viaje (cfr. 14, 6), Pablo encuentra al joven cristiano Timoteo, de quien los discípulos le habrían dado excelentes referencias. Su madre judía Eunice y su abuela Loide eran cristianas y de ellas habría recibido Timoteo la fe.
Los proyectos apostólicos de Pablo respecto a Timoteo y el hecho de que, a pesar de ser judío por la condición materna, no había sido circuncidado, mueven a Pablo a que lo sea: su condición judía era bien conocida en la ciudad y podía ser fácilmente considerado por todos los practicantes de la Ley como un apóstata del judaísmo. Semejante estigma le incapacitaba para dirigirse a los judíos con una mínima probabilidad de anunciarles fructuosamente el Evangelio.
«Tomó a Timoteo —comenta San Efrén— y lo circuncidó. No sin deliberación lo hizo Pablo, que todo lo tuvo en cuenta para actuar prudentemente; pero dado que Timoteo se disponía a predicar el Evangelio por todas partes a judíos, y para evitar que a causa de su incircuncisión despreciaran su palabra, se decidió a circuncidarlo. No actuó así para confirmar la circuncisión —precisamente él, que la había eliminado—, sino para no perjudicar su Evangelio» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).
Es evidente que, a diferencia del caso de Tito, a quien se negó a circuncidar (cfr. Gal 2, 3-5), Pablo no considera ahora la circuncisión un asunto de principio sino de prudencia pastoral y buen sentido. Tito era hijo de padres gentiles, y circuncidarle hubiera significado —en plena discusión con los judaizantes— una renuncia de Pablo a sus propios principios. Pero la circuncisión de Timoteo, efectuada más tarde, es en sí misma un acto irrelevante bajo el punto de vista cristiano (cfr. Gal 5, 6.15).
Timoteo llegará a ser uno de los más fieles discípulos de San Pablo, le acompañará y ayudará eficazmente en sus viajes (cfr. 17, 14 ss.; 18, 5; 19, 22; 20, 4; 1 Thes 3, 2; Rom 16, 21) y será destinatario de dos cartas del Apóstol.
Actes 16, 4
El texto permite suponer que las decisiones del concilio de Jerusalén fueron recibidas por todos los cristianos con espíritu de obediencia y alegría. Venían de la Iglesia a través de los Apóstoles y suponían la respuesta eficaz a una cuestión delicada. Los discípulos prestan a estos preceptos un asentimiento externo e interno, de modo que la aceptación exterior expresa la docilidad del corazón. Es ésta la acogida que merecen y exigen por parte del cristiano las disposiciones de cualquier concilio legítimo, que nos entregan, como enseña el Concilio de Trento, la «verdadera y saludable doctrina que Cristo enseñó, los Apóstoles transmitieron y la Iglesia Católica, con la inspiración del Espíritu Santo, siempre mantuvo, de modo que nadie se atreva después a creer, predicar o enseñar de otro modo» (De iustificatione, proemium).
Juan Pablo II exhortaba al acatamiento sincero de las normas conciliares cuando invitaba en ciudad de México a cumplir la letra y el espíritu del Vaticano II: «Tomad en vuestras manos los documentos conciliares, estudiadlos con amorosa atención, para ver lo que el Espíritu ha querido decir sobre la Iglesia» (Homilía Catedral México, 26-I-1979).
Actes 16, 6
En Galacia sufrió Pablo la enfermedad a la que se refiere en Gal 4, 13: «Bien sabéis —escribe— que cuando os prediqué el Evangelio por primera vez, a causa de una enfermedad...». Llevado de su celo apostólico. San Pablo aprovecha su enfermedad, que le impedía viajar, para predicar el Evangelio.
Actes 16, 7
No se nos dice cómo impidió el Espíritu el paso de Pablo hacia Bitinia. Pudo ser mediante una voz interior o la intervención de algún hombre enviado por Dios.
En varios códices griegos y algunas versiones, en lugar de «Espíritu de Jesús» se lee sólo «Espíritu». En realidad la variante no tiene gran importancia, porque el Espíritu Santo y el Espíritu de Jesús son el mismo: cfr. Phil 1, 19; Rom 8, 9; 1 Pet 1, 11.
Actes 16, 9
La visión tuvo lugar muy probablemente dentro del sueño, que aparece varias veces en nuestro libro como medio usado por Dios para transmitir su voluntad (cfr. 9, 10.12; 10, 3.17; 18, 9; 22, 17). Pablo y sus compañeros quedaron persuadidos de que era una llamada divina.
Con razón habla la visión de recibir «ayuda» al implorar que se anuncie el Evangelio en Macedonia. La predicación del Evangelio es en efecto el bien y la ayuda mayores que pueden recibir un hombre o un pueblo. Supone una magnífica gracia de Dios y es un excelente acto de caridad por parte del predicador, que prepara a los oyentes para el incomparable don de la fe.
Actes 16, 10
La firme persuasión que se ha originado en Pablo y sus compañeros acerca de la tarea que deben realizar es la misma que ha de albergar todo hombre cristiano, llamado ciertamente, en su bautismo, a la imitación de Cristo y consiguientemente al apostolado.
«Todos los cristianos —enseña Juan Pablo II—, incorporados a Cristo y a su Iglesia mediante el Bautismo, están consagrados a Dios. Son llamados a profesar la fe que han recibido. A través del sacramento de la Confirmación son además revestidos por el Espíritu Santo de una fuerza especial para ser testigos de Cristo y partícipes de su misión salvífica. Cada laico cristiano es, por consiguiente, una obra extraordinaria de la gracia de Dios y está llamado a las más altas cimas de la santidad. A veces, los seglares, hombres y mujeres, parecen no apreciar del todo la dignidad y vocación que les es propia como laicos. No, no se puede hablar de un ‘vulgar seglar’, porque vosotros habéis sido llamados a la conversión por la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Como pueblo santo de Dios, estáis llamados a desempeñar vuestro papel en la evangelización del mundo.
»Sí. Los laicos son ‘raza elegida, sacerdocio santo’, llamados también a ser ‘sal de la tierra’ y ‘luz del mundo’ (1 Pet 2, 9). Su específica vocación y misión consiste en manifestar el Evangelio en sus vidas y, por tanto, en introducirlo, como una levadura, en la realidad del mundo en que viven y trabajan» (Homilía Limerick, 1-X-1979).
Se inician ahora los pasajes en primera persona del plural (16, 10-17; 20, 5-8.13-15; 21, 1-18; 27, 1-28, 16). El autor de la narración se incluye a sí mismo como acompañante de San Pablo y testigo presencial de los sucesos.
Lucas debió sumarse a los misioneros en Tróade y quedarse luego en Filipos.
Actes 16, 12
Filipos era una próspera ciudad, fundada por el padre de Alejandro Magno (siglo IV a.C.). Junto a ella se libró, el año 42 a.C., la batalla en la que fueron vencidos los asesinos de Julio César. Octavio la elevó al rango de colonia y concedió abundantes privilegios.
Tenía una población judía muy reducida. Lo demuestra la inexistencia de sinagoga, cuyo establecimiento exigía que al menos diez varones hebreos vivieran en el lugar. Se nos informa sólo de un grupo de mujeres que se reúnen a orar junto al río, probablemente a causa de las purificaciones rituales. Los detalles de la narración indican que Lucas posee un conocimiento directo de la ciudad.
Actes 16, 14
Según lo que nos cuenta San Lucas, Lidia debía ser el sobrenombre —por la región de que provenía— de esta madre de familia, comerciante en telas de púrpura. No era judía de nacimiento, sino «temerosa de Dios» (cfr. nota a Act 2, 5-11). Entre todas las mujeres que escuchaban a Pablo, Dios se fijó en ella para iluminarla con la luz de la fe y le abrió el corazón para que entendiera las palabras del Apóstol. Explica Orígenes que «Dios abre la boca, los oídos y los ojos para hacernos decir, ver y oír las cosas divinas» (In Ex hom., III, 2). Por eso podemos y debemos dirigirnos a Dios con palabras de la Liturgia de la Iglesia: «Abre Señor mi boca para bendecir tu santo nombre, limpia mi corazón de todos los pensamientos malos y extraños, ilumina mi entendimiento e inflama mi voluntad (...) para que merezca ser escuchado en tu presencia» (Liturgia de las Horas, oración introductoria).
Los cristianos, cuando se dirigen a Dios, le piden gracia para hacer con fruto su oración; pero no sólo en los momentos dedicados a hablar con Él, sino también en todas las normales actividades diarias, los fieles rezan con la Iglesia: «Te pedimos Señor que prevengas nuestras acciones y nos ayudes a proseguirlas, para que toda nuestra oración y trabajo empiece en Ti y por Ti alcance su fin» (Ibid., oración de Laudes, lunes 1.ª semana).
En este relato aparece la fe como don de Dios, como regalo divino, fruto de su Bondad y Sabiduría. Es que «nadie puede prestar su asentimiento a la predicación evangélica de un modo verdaderamente salvífico, a no ser por la luz y la inspiración del Espíritu Santo, que da a todos la suavidad necesaria para afirmar y creer la verdad» (Dei Filius, cap. 3).
Actes 16, 15
La sucinta narración de San Lucas deja entrever las buenas disposiciones de Lidia para que en ella fructificaran rápidamente las semillas divinas sembradas por Pablo. Consecuencia es el bautismo de toda su familia. Obliga después amablemente a los apóstoles a que se alojen en su casa. «¡Qué sabiduría la de Lidia! ¡Con qué humildad y dulzura habla a los apóstoles!: ‘Si juzgáis que soy fiel al Señor’. Nada más eficaz para persuadirlos que estas palabras, que hubieran ablandado cualquier corazón. Más que suplicar y comprometer a los apóstoles para que vayan a su casa, les obliga con su insistencia. Ved cómo en ella la fe produce sus frutos y cómo su vocación le parece un bien inapreciable» (Hom. sobre Act, 35).
Bien podemos pensar que el cristianismo empezó en Europa con la correspondencia a la vocación de una madre de familia. Lidia empezó a cumplir su misión de cristianizar desde dentro el mundo entero, empezando por su hogar. San Josemaría Escrivá, explicando el papel de la mujer en la difusión del cristianismo, afirma: Lo principal es, pues, que como Santa María —mujer, Virgen y Madre— vivan de cara a Dios, pronunciando ese fiat mihi secundum verbum tuum (Lc 1, 38), hágase en mí según tu palabra, del que depende la fidelidad a la personal vocación, única e intransferible en cada caso, que nos hará ser cooperadores en la obra de salvación que Dios realiza en nosotros y en el mundo entero (Conversaciones, n. 112).
Actes 16, 16-18
Esta esclava debía estar poseída del demonio, que conoce lo presente y lo pasado, y por la sutileza de su espíritu es capaz de conjeturar ordinariamente lo que está por venir (cfr. Suma Teológica, I, q. 57, a. 3). Para la mitología griega. Pitón era una serpiente que pronunciaba los oráculos de Delfos. De ahí el nombre «espíritu de Pitón» para designar ciertos poderes de adivinación.
Pero San Pablo no pensaba en Pitón y creía en cambio en el demonio. «Era indigno —explica San Beda— que la palabra del Evangelio se anunciara por un espíritu inmundo y por eso le manda callar y salir de la muchacha, porque los demonios deben confesar a Dios con temblor y no, en cambio, alabarle con gozo» (Super Act expositio, ad loc.).
También a Jesús los demonios habían dirigido proclamaciones semejantes, y el Apóstol sigue la misma actuación que su maestro, les manda callar y les expulsa de la muchacha posesa (cfr. Mc 1, 24-27). San Efrén comenta: «No fue bien recibido por los apóstoles ser honrados y alabados por el espíritu maligno, igual que no fue aceptado por el Señor el demonio que le proclamó entre los judíos. Del mismo modo Pablo lo reprime también, porque obraba movido por engaño y malicia» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).
Actes 16, 19-40
Se produce el primer conflicto entre San Pablo y hombres no judíos. Como era de esperar, no toma la forma de una revuelta, como en las ciudades de Asia menor (13, 50; 14, 5.19), sino de una denuncia legal ante los magistrados locales. Los denunciantes no mencionan los verdaderos motivos pecuniarios, sino que dirigen contra Pablo una doble acusación. En primer lugar, presentan al Apóstol como un alborotador. La segunda acusación parece apoyarse en las normas que prohibían a los ciudadanos romanos la práctica de cultos extranjeros, especialmente cuando estos cultos se oponían a costumbres romanas. El exorcismo de Pablo y su predicación son considerados como un intento de difundir lo que los filipenses estiman una religión inaceptable. Es posible que esta alegación se viera reforzada por la existencia de prohibiciones especificas relativas al proselitismo de los judíos. No se conocen, sin embargo, preceptos expresos de esta naturaleza. Debe suponerse por tanto que la denuncia contra Pablo se basa en las normas que exigían en la colonia la separación entre cultos romanos y cultos extranjeros.
Actes 16, 21
Hombre romano o simplemente romano equivale para San Lucas a ciudadano romano (cfr. Act 16, 37.39; 22, 25; 24, 27-28). Usa en este caso el lenguaje técnico de su tiempo.
Actes 16, 23
San Pablo se refiere expresamente a estos azotes en 1 Thes 2, 2. Es una de las tres flagelaciones mencionadas en 2 Cor 11, 25.
Actes 16, 24
San Juan Crisóstomo piensa en el sufrimiento de los apóstoles Pablo y Silas, que sólo podían estar sentados en el suelo o tumbados, y tenían lleno el cuerpo de las heridas por los azotes. Se lamenta del contraste entre este sufrimiento y la huida de muchos ante todo lo que supone esfuerzo, incomodidad o tribulación: «¡Cómo deberíamos llorar por los desórdenes de nuestro tiempo! Los apóstoles fueron sometidos a las mayores tribulaciones, y nosotros nos pasamos los días en placeres y espectáculos. Esta avidez por el descanso y el placer es la causa de nuestra ruina. No tenemos el valor de sufrir por amor a Jesucristo la menor injuria ni la más pequeña palabra ofensiva.
»Acordémonos de las tribulaciones que experimentaron los santos, sin alarmarse, ni asustarse de nada. Para hacer la obra de Dios fueron endurecidos con las mayores humillaciones. No dijeron: si predicamos a Jesucristo, ¿por qué no viene en nuestra ayuda?
»Este abandono redoblaba su energía y su constancia» (Hom. sobre Act, 35).
Actes 16, 25
Pablo y Silas rezan y cantan himnos por la noche. San Juan Crisóstomo, en su comentario a este pasaje, exhorta a los cristianos a que hagan lo mismo, y santifiquen el tiempo de descanso nocturno: «Mostrad con vuestro ejemplo que la noche no es sólo para reparar las fuerzas del cuerpo, sino que sirve para santificar el alma (...). No hace falta que sean oraciones prolongadas; una sola, hecha con atención, será suficiente (...). Haced a Dios este sacrificio de un momento de oración y Él os recompensará» (Hom. sobre Act, 36).
San Beda se fija en el ejemplo que Pablo y Silas ofrecen a los cristianos que sufren pruebas o tentaciones: «La devoción y fuerza que inflamaba los corazones de los apóstoles se expresa en la oración, y llegan a cantar himnos hasta en la misma cárcel. Su alabanza conmueve la tierra, hace temblar los fundamentos de la prisión, abre las puertas y, para terminar, libra a los presos de sus cadenas. Igualmente aquel fiel que goza de toda alegría, cuando encuentre tentaciones, alégrese entonces con gusto en sus debilidades, para que habite en él la fuerza de Cristo. Y una vez cumplido esto, alabe al Señor con himnos, junto con Pablo y Silas en las tinieblas de la cárcel, y cante con el salmista: ‘Tú eres mi refugio y mi alegría ante la adversidad que me rodea’ (Ps 32, 7)» (Super Act expositio, ad loc.).
Actes 16, 30-34
El incidente provoca en el carcelero un sobrecogimiento religioso que le lleva a la conversión. Antes habría escuchado las oraciones y cánticos de Pablo y Silas, que le habrían servido de preparación interior. «Ved al carcelero venerar a los apóstoles. Les abrió su corazón, al ver las puertas de la prisión abiertas. Les alumbra con su antorcha, pero es otra la luz que ilumina su alma (...). Después, les lavó las heridas, y su alma fue purificada de las inmundicias del pecado. Al ofrecerles un alimento material, recibe a cambio un alimento celeste (...). Su docilidad prueba que creyó sinceramente que todas las faltas le habían sido perdonadas» (Hom. sobre Act, 36).
Cualquier hombre puede encontrarse con Dios en las ocasiones más inesperadas. Será necesario entonces esa misma docilidad del carcelero para recibir la gracia de Dios a través de los cauces que Dios ha establecido, normalmente los sacramentos.
Actes 16, 33
Al igual que había sucedido con Lidia y su familia, se bautiza ahora el carcelero con toda su casa. El Magisterio de la Iglesia, al considerar la probabilidad de que en estas familias hubiera niños y párvulos, encuentra uno de los fundamentos para su enseñanza de que el bautismo de niños entronca con la práctica apostólica y, en frase tomada de San Agustín, es una «tradición recibida de los Apóstoles» (vid. Instrucción sobre el bautismo de los niños, 20-X-1980, n. 4).
Actes 16, 35
«Pretores»: Magistrados del Imperio romano que ejercían jurisdicción en Roma o en las provincias.
«Lictores»; Oficiales de justicia del Imperio romano que precedían, portando las insignias imperiales a altos magistrados.
Actes 16, 37-39
San Pablo se decide a invocar su condición de ciudadano romano. No lo ha hecho antes probablemente para que no parezca, ante sus hermanos de raza, que desprecia o estima secundaria la propia condición judía.
La pena de azotes, prohibida para romanos en el derecho antiguo, se les podía aplicar, sin embargo, a comienzos del Principado, pero hacía falta en cualquier caso un juicio previo condenatorio.
La admiración temerosa de los pretores refleja la situación y sentimientos de esa época. La condición de ciudadano romano era un privilegio reservado a muy pocos y el trato a romanos era muy estrictamente vigilado por las autoridades provinciales.
San Pablo ejercita sus derechos de ciudadano en el momento que juzga oportuno. Lo hace como un servicio a la causa del Evangelio y a su condición de Apóstol. Lo que algunos podrían interpretar como un acto orgulloso o de afirmación personal es para él un incómodo deber. La dignidad de la Palabra de Dios que anuncia le exige en este caso el uso de su derecho. Pablo ejemplifica la conducta que todo cristiano debe adoptar en el ejercicio de atribuciones y responsabilidades que afectan al bien común. La renuncia de los propios derechos será, en ocasiones, un necesario acto de caridad. Pero otras veces puede ser un acto irresponsable y un pecado contra la justicia.
Esa falsa humildad es comodidad: así, tan humildico, vas haciendo dejación de derechos... que son deberes (Camino, n. 603).
En el ámbito de la Iglesia todo fiel posee un derecho irrenunciable a recibir los auxilios necesarios para la salvación, especialmente la doctrina cristiana y los sacramentos. Posee el derecho a la propia espiritualidad y al apostolado, es decir, a difundir con libertad el anuncio del Evangelio. Puede asociarse con otros cristianos, de acuerdo con lo establecido por las leyes de la Iglesia, y le asisten también, entre otros, los derechos a la libre elección de estado, a la buena fama y al propio rito.
En el orden civil, los ciudadanos tienen derecho a no ser discriminados por motivos religiosos, a recibir una educación conforme a sus legítimas creencias y a ser protegidos en su vida matrimonial y familiar. Poseen igualmente el derecho a participar en la vida pública, es decir, a votar, desempeñar cargos e intervenir de alguna manera en la preparación de las leyes. Ejercer el derecho en estos campos se convierte fácilmente en obligación grave.
«Es preciso que los seglares consideren deber suyo la restauración del orden temporal —enseña el Conc. Vaticano II— y que, conducidos en ello por la luz del Evangelio y la intención de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y de forma concreta; que cooperen unos ciudadanos con otros, con sus conocimientos profesionales y bajo su propia responsabilidad; y que busquen en todas partes y en cualquier actividad la justicia del Reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal, de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, se ajuste lo más posible a los últimos principios de la vida cristiana, según las variadas circunstancias, tiempos y pueblos» (Apostolicam actuositatem, n. 7). «A la conciencia bien formada del seglar corresponde lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (Gaudium et spes, n. 43).
Actes 16, 40
El último verbo parece indicar que San Lucas se quedó en Filipos. Pablo y Silas acuden, antes de marcharse, a casa de Lidia para dar ánimo a los cristianos de Filipos. Las contrariedades sufridas, a las que se suma ahora la de tener que abandonar la ciudad, no han mermado su esperanza en Dios. La actitud de un cristiano ante las dificultades interiores que puedan plantearle las contradicciones propias o ajenas, es la de acudir al Señor con visión sobrenatural, porque la fuerza de Dios desborda la flaqueza humana. La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez o incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso —el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas— puede, sin embargo, constituir una prueba para nuestra fe, y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? Es el momento de reaccionar, de practicar de manera más pura y más recia nuestra esperanza y, por tanto, de procurar que sea más firme nuestra fidelidad (Es Cristo que pasa, n. 128).
Chapitre n°17
Actes 17, 1
Tesalónica era la sede del gobernador romano de la provincia de Macedonia. Distaba de Filipos unos 150 km. Había sido fundada en el siglo IV a.C., y declarada ciudad libre por Augusto en el año 42 a.C. Poseía una colonia judía numerosa, como demuestra la existencia de una sinagoga.
La estancia completa de Pablo en Tesalónica debió durar bastantes semanas. Durante este tiempo recibió algunos donativos de los cristianos de Filipos (cfr. Phil 4, 16) y hubo de trabajar para sostenerse (cfr. 1 Thes 2, 9). Fue un periodo de dificultades y alegrías, que Pablo recordará más tarde. «Sabéis bien cómo debéis imitarnos, pues al estar entre vosotros no vivimos desordenadamente, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que día y noche con fatiga y cansancio trabajamos para no ser una carga a ninguno» (2 Thes 3, 7-8).
Parece que el Apóstol se hospedó en casa de un ciudadano influyente llamado Jasón (v. 5). No sabemos si Jasón era judío o gentil pero es probable que fuera convertido al Evangelio por la predicación de Pablo.
Actes 17, 2
San Juan Crisóstomo destaca el esfuerzo ordinario y cotidiano del predicador que, confiando en el poder de la Palabra divina, entabla con sus oyentes un pacífico combate de laboriosa y paciente persuasión: «Basado en las Escrituras. Así actuó Cristo, que explicaba las Escrituras en todas partes, aunque no en todas partes obraba milagros. Como se oponen a Pablo y le llaman impostor, él habla de las Escrituras. Pues el que busca persuadir sólo con prodigios se hace sospechoso con toda razón, y el que convence mediante las Escrituras evita semejante sospecha. Pablo convertía frecuentemente sólo con la predicación (...).
»Dios no les permitía prodigar excesivamente los milagros, pues vencer sin milagros es más maravilloso que todos los milagros posibles. Dios gobierna sin hacer milagros: es así como de ordinario desea gobernar. Tampoco los Apóstoles se aplicaban demasiado a hacer prodigios, y el mismo Pablo dice: ‘Nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado’ (1 Cor 1, 23). A quienes buscan en nosotros obradores de milagros les explicamos lo que los milagros mismos no sabrían explicar y les convertimos. Esto es aún más maravilloso» (Hom. sobre Act, 37).
Actes 17, 3
San Lucas ha recogido ya extensamente un discurso de Pablo a judíos (cfr. 13, 16 ss.) y se limita ahora a resumir con gran brevedad su predicación en la sinagoga de Tesalónica. Pablo conduce su argumentación mediante citas de los libros sagrados —probablemente Ps 2, 16; 110; Is 53—, cuyo significado desvela a los oyentes: Jesús cumple las condiciones para ser el Mesías esperado por Israel, porque ha padecido y resucitado de entre los muertos.
El anuncio de Pablo coincide esencialmente con lo proclamado en 1 Cor 15, 3-5, que es un pasaje basado en tradiciones muy antiguas, lo cual permite pensar que el Apóstol reproduce lo que era entonces enseñanza común cristiana sobre la condición mesiánica de Jesús y su actividad salvadora del hombre.
Actes 17, 5-9
La predicación de Pablo suscita una vez más la envidia de los judíos. Ven éstos alejarse de ellos a muchos gentiles que eran posibles conversos al judaísmo. Pero no les mueve única ni principalmente el celo por su religión. Las acusaciones que moverán contra Pablo derivan sobre todo de un impulso malévolo y de una culpable oscuridad espiritual provocada en ellos por su resistencia a la gracia del Evangelio. «Dios abre los labios de quienes pronuncian palabras divinas —escribe Orígenes— y me temo que es el diablo el que abre la boca de otros» (In Ex hom., III, 2).
San Lucas denomina politarcas a los magistrados de Tesalónica. Este nombre era desconocido como designación de funcionarios de ciudades no romanas en Macedonia, pero su exactitud ha sido confirmada por inscripciones descubiertas recientemente. Tesalónica tenía, como «ciudad libre», una asamblea popular ante la que debían presentarse las denuncias. Los judíos dirigen contra Pablo una acusación religiosa revestida de doble delito civil. Le acusan de alboroto público, y, al afirmar que propugna a otro rey, le acusan también de alta traición. Son precisamente los mismos delitos imputados al Señor (cfr. Lc 23, 2; Ioh 19, 12).
Es evidente que los acusadores han deformado la enseñanza de Pablo, que hablaría sin duda de Jesús como Señor, y han tergiversado la predicación sobre el reino mesiánico como si fuera la venida e instauración de un rey temporal.
Los magistrados reciben la acusación pero aceptan las garantías de Jasón en favor de Pablo y la denuncia fracasa.
Actes 17, 11
Los judíos de Berea son los únicos que no rechazan las enseñanzas de Pablo. Se deciden con prontitud a un examen honrado de las Escrituras que lleva finalmente a sus inteligencias la verdad del Evangelio. Evidencian así la recta intención que les movía y una práctica asidua de la letra y el espíritu de la ley de Dios. «Para estudiar y entender las Escrituras —afirma San Atanasio— es necesario llevar una vida limpia y tener un alma pura, así como practicar la virtud» (De Incarnatione contra arrianos, 57).
El mismo anuncio obra efectos distintos en corazones distintos. «Es un hecho que la enseñanza de la verdad es diferentemente recibida según las disposiciones de los oyentes. El Verbo presenta igualmente a todos el bien y el mal; de modo que uno, bien dispuesto hacia lo que se le anuncia, tiene su alma en la luz, y el otro, dispuesto en sentido contrario y no decidido a fijar la mirada del alma en la luz de la verdad, permanece en las tinieblas de la ignorancia» (De vita Moysis, II, 65).
Es que «para buscar a Dios —como dice San Juan de la Cruz— se requiere un corazón desnudo y fuerte, libre de todos los males y bienes que puramente no son Dios» (Cántico espiritual, canción 3).
Actes 17, 16-21
La actividad misionera de San Pablo en Atenas nos presenta el encuentro del Evangelio con el paganismo helenista, popular y culto, de su tiempo. Es un momento de singular importancia en la difusión del mensaje cristiano, porque en esta ocasión la predicación evangélica va a demostrar, a través del Apóstol, su capacidad de adaptarse a diferentes mentalidades y situaciones culturales, permaneciendo en todo fiel a sí misma.
La Atenas visitada por Pablo no era ya la brillante capital intelectual de la época de Platón y Aristóteles. Había sufrido un serio declive cultural y político, pero conservaba restos de su antigua influencia. En Atenas se cultivaban aún con cierta altura los sistemas de pensamiento más característicos de la época.
San Pablo va a presentar el Evangelio a los filósofos paganos como la verdadera filosofía, sin disminuir en nada su trascendencia y carácter sobrenatural. El común punto de partida será que la filosofía equivale a ciencia de la vida y es un modo legítimo de buscar respuesta a las cuestiones últimas de la existencia humana. Pablo intenta elevar una mera curiosidad intelectual a búsqueda auténtica y sincera de la verdad perenne, que es de carácter religioso. Se coloca junto a los filósofos en su crítica de la superstición, pero les hace ver que, al censurar las deformaciones populares, no van suficientemente lejos.
Pablo sabe bien que la predicación de Cristo crucificado es «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23). Esta convicción no le impide sin embargo sentir y manifestar una estima razonable hacia el pensamiento y religión paganos, entendidos como una preparación para el Evangelio. Puede decirse que Pablo inaugura la actitud acogedora que la Iglesia y los cristianos han mantenido siempre respecto a la razón y al pensamiento profano consciente de sus limitaciones. «Hay en la cultura profana —escribe San Gregorio de Nisa— aspectos que no debemos rechazar a la hora de crecer en la virtud. La filosofía moral y natural puede ser, en efecto, compañera de quien desea llevar una vida elevada (...), a condición de que su fruto no conserve ninguna contaminación extraña» (De vita Moysis, II, 37).
San Justino mártir había escrito también, dos siglos antes que San Gregorio, sobre los méritos y defectos de la filosofía pagana y la relativa verdad que contiene: «Yo confieso que mis oraciones y mis esfuerzos tienen como fin mostrarme cristiano, no porque las doctrinas de Platón sean del todo ajenas a Cristo, sino porque no son del todo semejantes, como tampoco las de los otros filósofos, estoicos, por ejemplo, poetas e historiadores. Porque cada uno habló bien, en base a la porción del Verbo seminal divino que le correspondió. Pero es evidente que quienes en puntos muy principales se contradicen unos a otros, no alcanzaron una ciencia segura ni una sabiduría irrefutable. Todo lo verdadero y bueno dicho por ellos nos pertenece a nosotros los cristianos, porque nosotros adoramos y amamos, después de Dios, al Verbo, que procede del mismo Dios ingénito e inefable (...). Los escritores profanos sólo oscuramente pudieron ver la realidad, gracias a la semilla del Verbo presente en ellos» (Apología II, 13).
Actes 17, 16
La indignación interior de Pablo es un sentimiento provocado por su celo religioso a la vista del oscurecimiento de la verdad, la deformación del culto de Dios y la situación espiritual miserable de quienes no le conocen.
Es una reacción serena y piadosa, que se traduce inmediatamente en un esfuerzo concreto para anunciar al Dios verdadero e iluminar las inteligencias extraviadas.
Actes 17, 17
Según su proceder habitual, Pablo predica en la sinagoga, pero habla también a toda persona que encuentra en la plaza del mercado y que se presta a escucharle. No es actividad de discusión sino de predicación. Éste es el sentido preciso del verbo empleado por San Lucas (cfr. 20, 7.9).
«Ágora»: Es el nombre que daban los griegos a la plaza principal de la ciudad. En el ágora se tenían las reuniones o asambleas del pueblo para tratar de los asuntos políticos más importantes. También se empleaba para otras actividades, como la comercial. El Ágora de Atenas fue especialmente famosa desde tiempos muy antiguos: en ella se habían tomado importantes decisiones políticas en la democracia ateniense; pero también era punto de reunión diario donde se comentaban de manera informal los asuntos y noticias corrientes.
Actes 17, 18
Los filósofos epicúreos seguían las enseñanzas de Epicuro (341-270 a.C.), que presentaban un cierto aire materialista. Hablaban de la inexistencia de dioses o los consideraban en todo caso como ajenos e indiferentes al mundo de los hombres. Su ética acentuaba la importancia del placer y la tranquilidad.
Los estoicos, fundados por Zenón de Citium (340-265 a.C.), veían en el logos la causa que configura, ordena y dirige el universo entero y la vida de los seres. Esta Razón de todo lo existente era para ellos un principio último, inmanente a las cosas, y suponía una concepción panteísta y monista de la realidad. La ética estoica insiste en la suficiencia y responsabilidad del hombre, y habla un lenguaje de libertad, pero concibe al ser humano como movido por la fuerza irresistible y necesaria del destino.
El término que hemos traducido por «charlatán» tiene también en griego un sentido despectivo. Se aplica especialmente a los que repiten interminablemente lugares comunes.
Los interlocutores de Pablo parece que entienden Resurrección como el nombre propio de una presunta divinidad que acompañase a Jesús.
Actes 17, 19
El término «Areópago» puede designar una colina donde solían reunirse los atenienses o bien una sesión de un tribunal o consejo de la ciudad que se habría reunido para escuchar la doctrina de Pablo. El texto no permite descartar ninguna de las dos posibilidades.