Actes 13, 6-7
Chipre era desde el año 22 una provincia senatorial y estaba regida, como tal, por un gobernador con título de procónsul. Sergio Paulo era hermano de Séneca. Se le califica de hombre prudente, lo que equivale a una alabanza de su recta conciencia y sus disposiciones favorables para escuchar la Palabra de Dios. La prudencia del procónsul le conduce a resistir con energía y superar definitivamente la malvada influencia del falso profeta Barjesús.
Actes 13, 9
Se nos dice incidentalmente que Saulo ha cambiado su nombre y que ahora se llama Pablo. El cambio no obedece a una iniciativa de Dios, como en el caso de Abrahán (cfr. Gen 17, 5) o de Pedro (cfr. Mt 16, 18), para significar un nuevo encargo o misión divinos. Responde a la costumbre oriental de llevar y usar oportunamente un nombre romano. Pablo es el nombre romano de Saulo, que será a partir de ahora su único nombre.
Actes 13, 11
La acción de Pablo sobre Barjesús-Elimas es uno de los pocos milagros punitivos del Nuevo Testamento. En realidad no se hace tanto para castigar al falso profeta como para convertirle. La ceguera que se le inflige tiene un sentido medicinal y pasajero. «Pablo desea convertirle con un milagro análogo al que sirvió para convertirle a él. La frase ‘hasta el tiempo señalado’ no es la palabra de uno que castiga sino de quien convierte. Si hubiera sido la palabra de quien castiga le habría dejado ciego para siempre. Sólo le castiga por un tiempo, y con vistas también a ganar al procónsul» (Hom. sobre Act, 28).
«Sabía el Apóstol, consciente de su propio caso —dice San Beda—, que la mente pueda elevarse a la luz desde las tinieblas de los ojos» (Super Act expositio, ad loc.).
El castigo de Elimas influye en la conversión de Sergio Pablo pero no representa un papel decisivo. El procónsul es convencido por la coherencia y grandeza de la doctrina cristiana, que tanto puede decir en favor de sí misma a los hombres de buena voluntad.
Actes 13, 15
El culto sinagogal durante el sábado, que procedía del tiempo postexílico (después de la cautividad de Babilonia, que duró del 586 al 539 a.C.), era ya en el siglo primero una institución sólidamente establecida. Consistía en la lectura de la Sagrada Escritura, la predicación y las oraciones públicas. No había nadie especialmente nombrado para dirigirlo, de modo que las funciones eran realizadas por los miembros de la comunidad a instancias del presidente o jefe de la sinagoga (cfr. 18, 8), que supervisaba los preparativos y desarrollo del culto.
Actes 13, 16-41
El discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia nos informa admirablemente sobre su manera de presentar el Evangelio a una congregación de judíos y prosélitos. El Apóstol enumera los beneficios dispensados por Dios al pueblo elegido desde Abrahán hasta Juan el Bautista (vv. 16-25), demuestra la mesianidad de Jesucristo, en quien se cumplen todas las profecías (vv. 26-37), y afirma finalmente, a modo de conclusión, que la justificación se opera por la fe en Jesús muerto y resucitado (vv. 38-41).
El discurso recoge los que eran temas principales de la predicación apostólica, a saber: iniciativa divina salvadora en la historia de Israel (vv. 17-22), referencia al Precursor (vv. 24-25), anuncio del Evangelio o kérygma propiamente dicho (vv. 26b-31a), mención de Jerusalén (v. 31b), argumentos de Sagrada Escritura (vv. 33-37), complemento de doctrina y tradición apostólica (vv. 38-39) y exhortación final de carácter escatológico —anuncio del futuro— (vv. 40-41). El texto presenta abundantes semejanzas con los discursos de San Pedro (cfr. 2, 14 ss.; 3, 12 ss.), especialmente en la proclamación de Jesús como Mesías y en las numerosas citas de la Sagrada Escritura que se aducen para interpretar el hecho decisivo de la Resurrección como garantía de la divinidad de Cristo.
Pablo describe un cuadro general de la Historia de la Salvación, donde finalmente sitúa a Jesús como Mesías esperado, en el que convergen todos los caminos de esta historia y todas las promesas de Dios. Las diversas etapas que conducen a Jesucristo, incluida la del Bautista, adquieren en la exposición un carácter transitorio. Lo antiguo y provisional debe hacerse a un lado para dejar paso en Cristo a lo nuevo y definitivo.
«Temerosos»; Vid. notas a Act 2, 5-11 y a 10, 2.
Actes 13, 28
Pablo presenta sin vacilación a sus oyentes judíos el hecho, hiriente y escandaloso pero salvador, de la Cruz, padecida voluntaria e inocentemente por Jesús. «Yo —dirá en otra ocasión—, cuando vine a vosotros, hermanos, no vine a anunciaros el misterio de Dios con sublime elocuencia o sabiduría, pues no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2, 1 s.).
La muerte de Jesús en la cruz resulta a veces un obstáculo para la fría razón. Pero es en sí misma un hecho elocuente y conmovedor que habla en favor del carácter divino del Evangelio y recomienda aceptar la fe cristiana. Con ayuda de la gracia, el hombre puede comprender de alguna manera que el Señor «se hiciera obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Phil 2, 8). Puede descubrir algunos de los motivos por los que Dios decidió un modo de Redención tan sobreabundante. «Fue muy conveniente —escribe Santo Tomás de Aquino— que Cristo padeciera muerte de cruz. Primero, para ser ejemplo de virtud (...). Además, porque este género de muerte era el más adecuado para satisfacer por el pecado del primer hombre (...): convenía que Cristo, para satisfacer por aquella falta, tolerase ser clavado en el madero, como si restituyese lo que Adán había arrebatado (...). También porque al morir en la cruz Jesús nos prepara la subida al Cielo (...). Y porque así convenía para la universal salvación del mundo entero» (Suma Teológica, III, q. 46, a. 4).
Por la muerte de Jesucristo en la cruz podemos conocer lo mucho que Dios nos ama y sentirnos movidos consiguientemente a amarle con todo nuestro corazón y todas nuestras energías. Sólo la Cruz del Señor, fuente inagotable de gracia, hace santos.
Actes 13, 29-31
El sepulcro vacío y las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos fundamentan el testimonio de la Iglesia sobre la Resurrección del Señor e indican que resucitó verdaderamente. Jesucristo predijo que resucitaría al tercer día después de su muerte (cfr. Mt 12, 40; 16, 21; 17, 22; Ioh 2, 19). La fe en la Resurrección se apoya en el hecho del sepulcro vacío, porque era imposible que se hubiera robado el cuerpo del Señor, y en las numerosas apariciones, en las que el Señor habla con los discípulos, permite ser tocado, y come con ellos (cfr. Mt 28; Mc 16; Lc 24; Ioh 20, 21). San Pablo escribe a los corintios que «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que fue visto por Cefas, y después por los Doce. Posteriormente se dejó ver por más de quinientos hermanos...» (1 Cor 15, 3-6).
Actes 13, 32-37
Pablo cita tres textos bíblicos que tienen correspondencias verbales: Ps 2, 7 («Tú eres mi Hijo»), Is 55, 3 («santas y firmes promesas hechas a David») y Ps 16, 10 («tu Santo»). Los tres señalan aspectos de la Resurrección del Señor. Juntos, se refuerzan e interpretan mutuamente y para un oyente conocedor de la Biblia y el modo de interpretarla en aquel tiempo, descubren todo el sentido encerrado en los textos centrales de las promesas hechas a David. Los Salmos 2 y 16 reciben aquí una interpretación que desborda la apreciación superficial y permite ver en ellos al rey mesiánico que, nacido de Dios, queda radicalmente exento de la corrupción del sepulcro.
Actes 13, 38-39
Este pasaje recuerda la doctrina de la justificación tal como Pablo la expone en la Carta a los Romanos. Leemos allí que Dios justifica «al que vive de la fe en Jesús» (3, 26). Explica el Concilio de Trento que «cuando el Apóstol dice que el hombre se justifica por la fe (...), esas palabras han de ser entendidas en el sentido de que (...) ‘la fe es el principio de la humana salvación’ (San Fulgencio, De fide ad Petrum, 1), el fundamento y raíz de toda justificación, ‘sin la cual es imposible agradar a Dios’ (Heb 11, 6)» (De iustificatione, cap. 8).
Recibida la fe, el hombre se dirige libremente hacia Dios con el impulso de la gracia, acepta como verdad todo lo que ha sido revelado, se reconoce pecador, confía en la misericordia divina y, dispuesto finalmente a recibir el Bautismo, decide guardar los mandamientos y comenzar una vida nueva (cfr. Ibid., cap. 6).
Es sin embargo la gracia santificante —con las virtudes y dones que la acompañan— la que obra propiamente la justificación, mediante la eliminación del pecado y la santificación de la persona.
Actes 13, 45
La resistencia de los judíos de la ciudad, que llenos de envidia contradicen a Pablo, caracteriza lo que será desde ahora en adelante el comportamiento habitual de la sinagoga respecto al Evangelio. Es una actitud de endurecimiento que se repetirá en todos los lugares visitados por el Apóstol, con excepción de Berea (cfr. 17, 10-12).
Actes 13, 46
Pablo esperaba quizá que el cristianismo florecería sobre el judaísmo, de modo que la sinagoga entera desembocara pacífica y religiosamente en el Evangelio, que era su natural culminación según los planes divinos. La experiencia le dio a conocer una realidad muy distinta y le enfrentó con el terrible misterio de la infidelidad de gran parte del pueblo elegido, que era su propio pueblo.
Aunque todo Israel hubiese sido fiel a las promesas de Dios, también hubiese sido necesaria la predicación del Evangelio a los gentiles. La evangelización del mundo pagano no es una consecuencia del endurecimiento judío. Deriva, por el contrario, del carácter universal del cristianismo, que ofrece a todos los hombres la única gracia que puede salvar, perfecciona la Ley mosaica y supera los limites étnicos y geográficos del judaísmo.
Actes 13, 47
Pablo y Bernabé citan Is 49, 6 para apoyar su decisión de predicar a los gentiles. El texto de Isaías se refería a Cristo, como se confirma en Lc 2, 32. Pero ahora Pablo y Bernabé se lo aplican a sí mismos porque el Mesías es «luz de los gentiles» a través de la predicación de ambos apóstoles, pues son conscientes de que hablan en nombre y con la autoridad de Cristo. Por eso aquí el Señor probablemente no se refiera a Dios Padre, sino a Jesucristo.
Actes 13, 51
«Sacudir el polvo» es una expresión tradicional judía que considera impuro el polvo de todo lugar que no sea la tierra santa de Palestina. El Señor amplía el sentido de la frase cuando dice a los discípulos que envía a predicar: «Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies» (Mt 10, 14; cfr. Lc 9, 5). El gesto de Pablo y Bernabé es un eco de estas palabras de Jesús y equivale a «levantar acta» o dejar constancia de la infidelidad de los judíos de Antioquía.
Chapitre n°14
Actes 14, 4
«El que no está conmigo —dice el Señor en el Evangelio— está contra mí» (Mt 12, 30). Ante la Palabra de Dios, que es una llamada, una interpelación directa y personal, el hombre no puede permanecer indiferente o pasivo. Ha de tomar partido aunque no quiera; y de hecho lo toma. Muchos que persiguen o critican a la Iglesia y a los cristianos pretenden en realidad justificar sus infidelidades y resistencias íntimas a la gracia de Dios.
San Lucas denomina aquí apóstoles a Pablo y Bernabé (cfr. 14, 14). Aunque Pablo no pertenece al grupo de los Doce, para quienes Lucas suele reservar el nombre de Apóstoles, es considerado y se consideraba a sí mismo Apóstol por razón de su singular vocación (cfr. 1 Cor 15, 9; 2 Cor 11, 5) y su incansable predicación entre los gentiles. Cuando en los escritos de los Padres se menciona al Apóstol y no se concreta más, el término se refiere a San Pablo, pues es el más citado y comentado, debido a sus numerosas cartas.
Actes 14, 6
Listra era colonia romana, donde había nacido y vivía Timoteo (cfr. 16, 1-2).
Actes 14, 8-10
«Así como el hombre cojo curado por Pedro y Juan en la puerta del Templo prefigura la salvación de los judíos, también este tullido licaonio representa a los pueblos gentiles alejados de la religión de la Ley y del Templo, pero recogidos ahora por la predicación del apóstol Pablo» (Super Act expositio, ad loc.).
Se nos dice que Pablo advierte en el tullido «fe para ser salvado». Este hombre confía en la curación de su grave defecto corporal y parece esperar también que Pablo pueda curar su alma. Pablo responde a la fe del tullido y, como hizo el Señor con el paralítico de Cafarnaún (cfr. Mc 2, 1 ss.), endereza sus pies y limpia el pecado de su alma.
Actes 14, 11-13
La sorpresa de los paganos licaonios ante el milagro obrado por Pablo les hace pensar de momento en una antigua leyenda de la región frigia, según la cual los dioses Zeus y Hermes (Mercurio) habían visitado como caminantes aquella tierra y obrado prodigios en beneficio de quienes les habían acogido en sus casas. Piensan que la situación se ha repetido y se disponen a la exaltación religiosa de Pablo y Bernabé, a quienes creen dioses con figura humana (cfr. 10, 26).
Actes 14, 14
Los judíos acudían a la acción simbólica de rasgarse el vestido para indicar la conmoción interior ante una afirmación escandalosa, así como el repudio más enérgico posible de las palabras turbadoras. El gesto llegaba a ser en algunas ocasiones una mera forma que no expresaba verdaderos sentimientos religiosos, e incluso un modo de encubrir actitudes hipócritas (cfr. Mt 26, 65). Al rasgar sus vestiduras, Pablo y Bernabé manifiestan dramáticamente sus profundas convicciones y sentimientos religiosos, opuestos a toda sombra de idolatría.
Actes 14, 15-18
Pablo y Bernabé no se limitan a evitar el intento idolátrico de los licaonios una vez que se dan cuenta de sus intenciones. Procuran explicarles las razones de su actitud, y les hablan del Dios vivo, Creador de todo cuanto existe y lleno de providente solicitud hacia los hombres.
«Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días —enseña el Conc. Vaticano II—, se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con un íntimo sentido religioso» (Nostra aetate, n. 2).
La breve exhortación de los dos apóstoles, que adelanta algunos temas del discurso de Pablo en Atenas (cfr. 17, 22-31), se apoya en nociones religiosas aceptadas por los paganos y trata de que los oyentes entiendan su pleno sentido. Los apóstoles les invitan a abandonar toda idolatría, para volverse hacia el Dios vivo, a quien ya vagamente conocen. Se les habla, por tanto, de un Dios verdadero, que está por encima del hombre, pero que se ocupa continuamente de él. La experiencia cotidiana suministrada por los sucesos de la historia, la rotación de las estaciones del año y la satisfacción de los nobles anhelos humanos son muestras de la providencia de un Dios que invita a ser descubierto en sus obras.
Este primer encuentro natural con Dios, anticipo de revelaciones mayores, exhorta ya sin embargo a la conversión interior, es decir, al cambio de vida, al repudio de las acciones que roban la paz espiritual e impiden la relación con el Creador.
La aceptación de que Dios existe está cargada de consecuencias prácticas para la vida del hombre y es el cimiento de la existencia nueva propuesta y hecha posible por el Evangelio. Cuando el hombre reconoce real y sinceramente a su Creador, que le habla en la naturaleza exterior y en el fondo de la conciencia, ha dado un paso gigantesco en su vida espiritual, porque ha dominado sus pretensiones de autonomía moral y de falsa independencia, para entrar por caminos de obediencia y de humildad. De ese modo se facilita el reconocimiento y aceptación de la Revelación sobrenatural, que siempre se hace bajo la moción de la gracia.
Actes 14, 19
Pablo menciona esta lapidación en la segunda Carta a los Corintios. «Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno —escribe—; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado» (11, 24 s.).
Actes 14, 20-22
Si recibes la tribulación con ánimo encogido pierdes la alegría y la paz, y te expones a no sacar provecho espiritual de aquel trance (Camino, n. 696).
San Pablo no se amilana ante la persecución y el sufrimiento corporal. Su sentido interior le dice que esta crisis es el anuncio de cuantiosos frutos espirituales. Y son muchos efectivamente los que abrazan el Evangelio en aquellos lugares.
A pesar de que San Lucas muestra el progreso y la victoria de la Palabra de Dios, deja también muy claro que el camino de los predicadores es un camino de Cruz (cfr. 13, 14.50). En todas partes encuentra aceptación el Evangelio, pero en todas partes encuentra también oposición. «Donde muchas coronas, mucho combate. Te conviene —dice San Ambrosio— tener perseguidores, para que encuentres así más fácilmente el éxito de tus trabajos» (Expositio in Ps 118, 20, 43).
Los sucesos permiten a los apóstoles enseñar fácilmente a los discípulos que el dolor y las dificultades forman parte de la vida cristiana.
Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro (Camino, n. 699). Cada uno de nosotros ha experimentado alguna vez que servir a Cristo Señor Nuestro comporta dolor y fatiga. Negar esta realidad, supondría no haberse encontrado con Dios (...). Lejos de desalentarnos, las contrariedades han de ser un acicate para crecer como cristianos: en esa pelea nos santificamos, y nuestra labor apostólica adquiere mayor eficacia (Amigos de Dios, nn. 28.216).
Actes 14, 23
La designación de presbíteros en cada iglesia significa la investidura de unos cristianos para un ministerio de dirección y culto, mediante un rito litúrgico de ordenación. Estos presbíteros participan en el ministerio sacerdotal y jerárquico de los Apóstoles, de quienes deriva el suyo.
«El ministerio de los presbíteros —enseña el Conc. Vaticano II— (...) participa de la autoridad con que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna su Cuerpo» (Presbyterorum ordinis, n. 2). El sacerdocio ministerial de los presbíteros es indispensable para la vida de toda la comunidad cristiana, que se apoya en la Palabra de Dios y en los Sacramentos. Es un sacerdocio derivado del Señor y diferente en esencia del sacerdocio común de los fieles cristianos.
El presbítero es sacerdote del Nuevo Testamento debido a una llamada de Dios. «Nuestra vocación —decía Juan Pablo II en Filadelfia ante miles de sacerdotes— es un don del mismo Señor Jesús. Es llamada personal e individual: hemos sido llamados por el nombre como lo fue Jeremías» (Homilía Civic Center, 4-X-1979).
La vida sacerdotal constituye una tarea intransferible de quien ha recibido una magnífica vocación. Es una tarea que exige y, con ayuda de la gracia, consigue gradualmente la donación total a Dios. Implica, sin duda, una entrega de la persona para siempre, porque «no reclamamos el don una vez dado. No puede ser que Dios, que dio el impulso para decir sí, desee ahora escuchar un no (...).
»No debería sorprender al mundo que la llamada de Dios a través de la Iglesia siga ofreciéndonos un ministerio célibe de amor y servicio según el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo. El llamamiento de Dios sacudió hasta lo más profundo de nuestro ser. Y después de siglos de experiencia, la Iglesia sabe cuan oportuno es que los sacerdotes ofrezcan esta respuesta concreta en su vida, para manifestar la totalidad del sí que han dicho al Señor» (Ibid.).
«Como quiera que nadie puede salvarse si antes no creyere (cfr. Mc 16, 16), los presbíteros, como cooperadores que son de los Obispos, tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 4). Para cumplir bien su misión, el presbítero necesita mantener una relación directa y continua con el Señor, «un encuentro personal, vivo, de ojos abiertos y corazón palpitante, con Cristo resucitado» (Homilía Catedral Santo Domingo, 26-I-1979).
Al recordar a los sacerdotes la especial tarea de ser testigos de Dios en el mundo moderno, el Papa les invita no sólo a pensar en el pueblo cristiano, del que han salido y al que deben servir, sino también a no ocultar su condición. «No dudéis en haceros reconocer e identificar por las calles como hombres que han consagrado su vida a Dios» (Discurso Maynooth, 1-X-1979).
Actes 14, 24-26
Pablo y Bernabé vuelven a Antioquía de Siria recorriendo de nuevo, en orden inverso, las ciudades visitadas durante el viaje: Derbe, Listra, Iconio, Antioquía de Pisidia, Perge. En el puerto de Atalia embarcan para Siria y llegan poco después a Antioquía. El viaje, comenzado hacia el año 45, ha durado unos cuatro años.
A pesar de la animosidad y persecución sufridas en esas ciudades, los dos misioneros no vacilan en visitarlas otra vez. Desean completar la organización de las nuevas iglesias y consolidar la fe de los discípulos. No les asusta los posibles peligros ni les preocupa que puedan repetirse los incidentes que amenazaron su vida.
«‘El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará’ (Mc 8, 35). Son éstas, palabras misteriosas y paradójicas —escribe Juan Pablo II—. Pero dejan de ser misteriosas si intentamos ponerlas en práctica. Entonces la paradoja desaparece y se manifiesta plenamente la profunda sencillez de su significado. Que a todos nosotros se nos conceda esta gracia en nuestra vida sacerdotal y en nuestro servicio lleno de celo» (Carta a todos los sacerdotes, 8-IV-1979, n. 5).
Chapitre n°15
Actes 15, 1-35
Se podría decir que este capítulo es el centro del libro de los Hechos, no sólo por el lugar que ocupa sino porque narra el episodio más decisivo para la extensión universal del Evangelio y su plena difusión entre los gentiles. Está relacionado directamente con la conversión del pagano Cornelio, de la que se extraen, con la ayuda del Espíritu Santo, todas las consecuencias.
Los cristianos de procedencia farisea —«algunos de los que estaban con Santiago» (Gal 2, 12)— llegados a Antioquía afirman categóricamente que no es posible la salvación a quien no se circuncide y practique la Ley de Moisés. Han aceptado (cfr. 11, 18) que los gentiles convertidos puedan bautizarse y formar parte de la Iglesia. Pero no han entendido bien las características de la nueva economía evangélica y piensan aún que son necesarios todos los preceptos y ritos mosaicos para alcanzar la salvación. Las graves afirmaciones de estos discípulos no sólo turban el ánimo de los cristianos antioquenos sino que comprometen la propagación de la Iglesia misma. Se plantea por lo tanto la necesidad de una suerte de apelación a los Apóstoles y presbíteros, que se encuentran en Jerusalén y llevan el gobierno de la Iglesia.
Actes 15, 2
Pablo y Bernabé son enviados una vez más a Jerusalén por la comunidad de Antioquía (cfr. 11, 30). Pablo dice en Gal 2, 2 que el viaje a la Ciudad Santa se debió a una especial revelación. Es posible que, movido por el Espíritu Santo, él mismo se ofreciera. «Pablo —escribe San Efrén—, para no modificar sin los Apóstoles nada de lo que éstos permitían observar quizá por la debilidad de los judíos, marcha a Jerusalén a fin de que allí sean abolidas ante los discípulos la Ley y la circuncisión, que sin contar con los Apóstoles, ellos (Pablo y Bernabé) no querían abolir» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).
Actes 15, 4
No quiere decirse que estaban físicamente presentes en la recepción todos los miembros de la Iglesia. La Iglesia toda estaba moralmente presente en los hermanos que asistían a la reunión y especialmente en los Apóstoles y presbíteros.
Actes 15, 5
«Secta»: Tanto el texto griego como la Neovulgata dicen literalmente herejía. En cualquier caso, en este pasaje no es un término peyorativo. Es un lenguaje correcto y preciso por razón del exclusivismo y separación religiosos ejercidos por los fariseos, que se consideraban y eran de hecho los legítimos representantes del judaísmo postexilico (cfr. nota a Act 13, 15). Los fariseos mencionados aquí eran cristianos que prácticamente vivían aún en el judaísmo.
Actes 15, 6-21
Se reúne la Iglesia jerárquica, constituida por los Apóstoles y los presbíteros, para estudiar y decidir si los gentiles bautizados están o no obligados a la circuncisión y al cumplimiento de la Antigua Ley. Se trata de determinar e interpretar sin error un punto capital para la joven Iglesia cristiana. Bajo la dirección de San Pedro, los reunidos van a encontrar la respuesta tras una larga deliberación, pero ellos no van a crear ninguna verdad o principio nuevos. Se limitarán a interpretar correctamente, con la asistencia del Espíritu Santo, las promesas y los mandatos divinos relativos a la salvación de los hombres, y al modo en que los gentiles pueden formar parte del Nuevo Israel.
Se considera que esta reunión es el primer concilio general de la Iglesia, es decir, el prototipo de la serie a la que se ha sumado en nuestros días el Conc. Vaticano II. El concilio de Jerusalén presenta, en efecto, las notas de lo que serán después las asambleas conciliares ecuménicas en la historia de la Iglesia, a saber: a) es una reunión de quienes dirigen la Iglesia entera y no sólo de ministros de un lugar concreto; b) promulga unas normas que tienen carácter preceptivo y vinculante para todos; c) lo decidido versa sobre fe y costumbres; d) los mandatos se reflejan en un documento escrito, en orden a su promulgación formal a toda la Iglesia; e) Pedro preside la asamblea.
Según el nuevo Código de Derecho Canónico (can. 338-341), los Concilios ecuménicos son asambleas de Obispos y de algunas otras personas dotadas de jurisdicción que, convocadas y presididas por el Romano Pontífice, dictan resoluciones, que deben ser refrendadas y promulgadas por el Papa, sobre cuestiones referentes a la fe y a las costumbres.
La asamblea de Jerusalén tuvo probablemente lugar el año 49 ó 50.
Actes 15, 7-11
El breve pero determinante discurso de Pedro sigue a una laboriosa discusión en la que se habrían expuesto los argumentos en favor y en contra referentes a la necesidad de la circuncisión de los cristianos procedentes de la gentilidad. El texto de San Lucas no recoge los argumentos de los cristianos judaizantes, que se apoyarían sin duda en una interpretación literal del pacto hecho por Dios con Abrahán (cfr. Gen 17) y en la idea de la perennidad de la Ley.
Una vez más, Pedro es factor decisivo en la unidad de la Iglesia. No sólo actúa como unificador de las diversas posturas legítimas que en esta ocasión buscan la verdad, sino que señala además con su palabra el lugar donde la verdad se encuentra. Fundado en la experiencia personal que Dios le ha transmitido con motivo del bautismo de Cornelio (cfr. cap. 10), Pedro resume las discusiones y presenta una tesis que coincide con la de San Pablo: no salva la Ley sino la gracia, y por lo tanto la circuncisión y la Ley misma han quedado superadas por la fe en Jesucristo. El razonamiento del discurso de Pedro no se basa en la severidad de la Ley antigua ni las dificultades prácticas que los judíos encontraban para cumplirla. Lo decisivo de su argumentación es que la Ley de Moisés se ha hecho irrelevante y superflua para la salvación, una vez anunciado el Evangelio. Lo que Pedro niega es que sea necesario obedecer la Ley para salvarse. Asunto diferente y secundario es que pueda o deba cumplirse por otros motivos.
Como glosa de las palabras de Pedro, escribe San Efrén que «todo lo que Dios nos ha dado mediante la fe y la Ley lo ha concedido Cristo a los gentiles mediante la fe y sin la observancia de la Ley» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).
Actes 15, 11
San Pablo afirma lo mismo en la Carta a los Gálatas. «Nosotros somos judíos por nacimiento, y no pecadores procedentes de los gentiles; y sin embargo, como sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley, ya que por las obras de la Ley ningún hombre será justificado» (2, 15 s.).
«Nadie puede santificarse después del pecado —dice Santo Tomás— si no es por Cristo (...). Como los antiguos padres se salvaron por la fe de Cristo que había de venir, así nosotros nos salvamos por la fe de Cristo que nació y padeció» (Suma Teológica, III, q. 61, a. 3 y 4).
«Absolutamente necesario es aquello sin lo cual nadie puede conseguir la salvación: así ocurre con la gracia de Cristo y con el sacramento del Bautismo, por el cual se renace en Cristo» (Ibid., q. 84, a. 5).
Actes 15, 13-21
Santiago el Menor —a cuya autoridad habían apelado los judaizantes— se adhiere a las palabras de Pedro. Menciona al Apóstol con su nombre semítico —Simón— y acepta sus juicios como una interpretación correcta de lo anunciado por Dios a través de los profetas. Al decir que Dios se ha procurado «entre los gentiles un pueblo para su Nombre» parece abandonar la costumbre judía, que usaba el término de pueblo sólo para los israelitas (Ex 19, 9; Dt 7, 6; 14, 2), en contraste con los paganos. Ahora se dice que el Pueblo de Dios incluye también a los gentiles. Es de nuevo el mensaje central de Pablo, según el cual los paganos bautizados pertenecen también al pueblo de la promesa: «Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Eph 2, 19).
La sintonía de Santiago con las palabras de Pedro y el acuerdo de ambos con los principios fundamentales de la predicación paulina sugieren la actividad iluminadora del Espíritu Santo, que permite a todos encontrar el recto sentido de los anuncios divinos contenidos en la Sagrada Escritura. «Pienso que no pueden explicarse las riquezas de estos inmensos acontecimientos —escribe Orígenes— si no es con ayuda del mismo Espíritu que fue autor de ellos» (In Ex hom., IV, 5).
Santiago propone acto seguido una decisión formal y solemne que proclama el carácter secundario de la Ley, y tiene en cuenta al mismo tiempo la sensibilidad religiosa de los judeo-cristianos. Sugiere a estos efectos cuatro prohibiciones, a saber: 1) no comer carne procedente de sacrificios ofrecidos a los ídolos; 2) evitar la fornicación, opuesta a la moral natural bien entendida; 3) abstenerse de comer carne de animales no sangrados; y 4) abstenerse de tomar sangre de animales.
Las prohibiciones se encuentran establecidas en el Levítico, cuyos preceptos deben tenerse en cuenta para interpretarlas adecuadamente. Consumir carne que había sido ofrecida a los ídolos suponía para los judíos participar de alguna manera en cultos sacrílegos (Lev 17, 7-9). Aunque San Pablo proclamaba la libertad absoluta del cristiano en este tema (cfr. 1 Cor 8-10) pedirá también a los discípulos el respeto debido a la conciencia de los más «débiles».
Las uniones irregulares —y otros atentados contra la moral sexual— son mencionados en Lev 18, 6 ss., y algunas de ellas serían más tarde recibidas como impedimentos en la legislación matrimonial de la Iglesia.
La abstinencia de toda sangre y de la carne de animales estrangulados (cfr. Lev 17, 10 ss.) se fundaba en la idea de que la sangre era la expresión de la vida y como tal sólo pertenecía a Dios. El judío había concebido hacia la consumición de sangre una repugnancia religiosa y cultural prácticamente insuperable.
Actes 15, 22-29
El decreto que recoge los mandatos del concilio de Jerusalén con arreglo a las sugerencias de Santiago manifiesta que los reunidos tienen conciencia de ser guiados en sus decisiones por el Espíritu Santo y que su palabra última es la de Dios.
«Nosotros —escribe Melchor Cano, en el siglo XVI— debemos entrar por el mismo camino que el apóstol Pablo estimó como el más adecuado para resolver toda cuestión sobre la doctrina de la fe (...). Podrían los gentiles pedir satisfacción al concilio de Jerusalén porque parecía privarles de la libertad concedida por Jesucristo, y porque imponía sobre los discípulos determinadas ceremonias como necesarias, cuando en realidad no lo eran, ya que la fe era el elemento apto para la salvación. Tampoco los judíos objetaron, siendo así que contra la resolución del concilio podrían haber invocado la Escritura santa, que parece afirmar la necesidad de la circuncisión para salvarse. Así pues, concediendo tanto honor al concilio nos dieron a todos la norma que debía observarse en todos los tiempos posteriores; es decir, depositar nuestra fe indeclinable en la autoridad de los sínodos confirmados por Pedro y sus legítimos sucesores. Así nos ha parecido, dicen, al Espíritu Santo y a nosotros. Luego la sentencia del concilio es la mismísima del Espíritu Santo» (De locis, lib. V, cap. 4).
Son los Apóstoles y presbíteros, con toda la Iglesia, los que envían a determinadas personas para comunicar el decreto, pero quien lo extiende y promulga es la Jerarquía. El texto comprende dos partes: una dogmática y moral (v. 28) y otra disciplinar (v. 29). La parte dogmática habla de no imponer más cargas que las indispensables y declara por lo tanto a los paganos convertidos libres de la obligación de la circuncisión y de la Ley mosaica, pero sujetos a la perenne moral evangélica en cuestiones referentes a la castidad.
Ésta es la parte inmutable y perenne del decreto conciliar, es decir, el precepto que conservará siempre su vigencia porque refleja un aspecto necesario de la voluntad salvadora de Dios.
La parte disciplinar del decreto establece prudencialmente normas de carácter mudable y consiguientemente temporal. Se pide a los cristianos procedentes de la gentilidad que, por caridad hacia los cristianos de origen judío, se abstengan de la carne sacrificada a los ídolos, de la sangre y de los animales estrangulados.
La promulgación del decreto significa que las normas disciplinares contenidas en él, aunque derivadas de la Ley mosaica, no obligan ya en virtud de esta Ley sino en virtud de la autoridad de la Iglesia que las hace suyas por un tiempo. Lo decisivo no es la palabra de Moisés, sino la de Jesucristo a través de la Iglesia. El concilio «parece conservar la Ley —escribe San Juan Crisóstomo— porque toma de ella varias prescripciones, pero en realidad la suprime, porque no las toma todas. Había hablado con frecuencia de estas prescripciones, pero buscaba respetar la Ley y establecer, sin embargo, estas normas como venidas no de Moisés sino de los Apóstoles» (Hom. sobre Act, 33).
Actes 15, 34
Este versículo no viene en los más importantes manuscritos, ni lo incluye la Neovulgata. La antigua edición sixto-clementina de la Vulgata lo había conservado. Lo más probable es que se trate de una glosa aclaratoria y, por tanto, no pertenezca al texto auténtico del libro de los Hechos.
Actes 15, 35
En este periodo de tiempo debió tener lugar el llamado incidente de Antioquía, en el que San Pablo corrigió públicamente la conducta de San Pedro que se retraía y apartaba de los cristianos gentiles por temor a los «de la circuncisión» (cfr. Gal 2, 11-14).