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Actes 10, 34-43
El breve discurso de Pedro es el primero que el Apóstol dirige a no judíos. Se inicia con la idea central de que Dios no hace acepción de personas y desea salvar a todos los hombres mediante el anuncio del Evangelio (vv. 34-36). Sigue un resumen de la vida pública de Jesús (vv. 37-41), y termina con la afirmación, formulada por vez primera en Hechos, de que Jesucristo ha sido constituido Juez de vivos y muertos (v. 42). Como en toda predicación cristiana a gentiles, la prueba de Sagrada Escritura ocupa un segundo término (v. 43).
 
Actes 10, 34
El v. 34 contiene una alusión a 1 Sam 16, 7, donde el Señor instruye al profeta en orden a la unción de David como rey de Israel y le dice: «No mires a su porte ni a su estatura, porque no es éste mi elegido: yo no juzgo por lo que aparece a la vista del hombre, pues el hombre mira las apariencias pero el Señor ve el corazón». Cuando Dios ofrece la salvación y llama a sus elegidos no juzga como los hombres. Para Él carecen de valor las diferencias de clase social, raza, sexo o cultura.
San Pedro proclama ahora que las profecías del Antiguo Testamento según las cuales judíos y gentiles formarán una única nación bajo el Mesías (Is 2, 2-4; Ioel 2, 28; Am 9, 12; Mich 4, 1) y las palabras de Jesús, que llama a todos a formar parte de su Reino (cfr. Mt 8, 11; Mc 16, 15-16; Ioh 10, 16) deben ser entendidas literalmente.
 
Actes 10, 40
La síntesis del Evangelio de Jesús (vv. 37-41) culmina en el v. 40 con la afirmación de que «Dios le resucitó al tercer día». Esta expresión se había convertido en la fórmula habitual para confesar y predicar la fe cristiana en la Resurrección del Señor (cfr. 1 Cor 15, 4). Sobre la Resurrección de Jesús, cfr. nota a Act 4, 10. 42. El v. 42 se refiere a la misión judicial de Cristo, que al resucitar ha sido hecho Juez soberano de todos los hombres para el momento de la Parusía o segunda venida. «Las Sagradas Escrituras atestiguan, en efecto, que son dos las venidas del Hijo de Dios —enseña el Catecismo Romano—. La una, cuando por nuestra salvación tomó carne y se hizo hombre en el vientre de la Virgen; y la otra, cuando al fin del mundo vendrá a juzgar a todos los hombres» (I, 8, 2). La venida de Cristo como Juez implica que los hombres se presentarán dos veces ante el Señor para dar cuenta de su vida, es decir, de sus pensamientos, palabras, acciones y omisiones. La primera tiene lugar «cuando cada uno de nosotros abandona esta vida, pues inmediatamente comparece ante el tribunal de Dios y allí se hace examen justísimo de todo lo que ha hecho, dicho o pensado, en cualquier tiempo. Y este juicio es particular. La segunda ocurrirá cuando en un solo día y en un solo lugar comparecerán al mismo tiempo todos los hombres ante el tribunal del Juez Supremo (...). Y este juicio se llama universal» (Ibid., I, 8, 3).


Actes 10, 44-48
La escena presenta cierta analogía con lo ocurrido en Pentecostés. Allí fue dado el Espíritu Santo a los primeros discípulos, todos ellos judíos. Ahora se comunica también a los gentiles, de modo inesperado e irresistible. Es como si el Señor quisiera ratificar a Pedro todo lo que hasta este momento le había revelado con vistas a la admisión de Cornelio en la Iglesia. Cornelio y su familia son bautizados, por mandato de Pedro, sin ser agregados antes por la circuncisión al pueblo judío.


Chapitre n°11
Actes 11, 1-18
Los reproches que una parte de la comunidad de Jerusalén dirige a Pedro reflejan la sorpresa que ha producido en algunos que el Apóstol se haya sentado a la mesa con personas legalmente impuras. Les alarma que haya permitido su bautismo sin obligarles antes a la circuncisión.
«Los de la circuncisión» son, por tanto, cristianos que se escandalizan ante la novedad inaugurada por el Evangelio respecto a las prohibiciones rituales y los exclusivismos étnicos de la Ley mosaica.
El discurso del Apóstol provoca en los oyentes una reacción positiva y consigue tranquilizarlos. Esta actitud de los discípulos, atentos sólo a la voluntad de Dios y la difusión del Evangelio, manifiesta su disposición a dejarse instruir e indica que sus reservas primeras derivaban de una recta intención. Pedro relata de nuevo la visión narrada en el capítulo anterior (10, 9-23), para dar a entender con énfasis suficiente que no haber bautizado a Cornelio hubiera significado desobedecer a Dios.
El actual discurso contiene algunas pequeñas diferencias respecto al primer relato. La adición más significativa se encuentra en los vv. 15-16, que establecen una correlación entre la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (2, 1 ss.) y su venida en Cesarea sobre los gentiles convertidos (10, 44).
Desgraciadamente el terco espíritu judaizante no se apagaría fácilmente en algunos miembros de la naciente Iglesia, como testimonian con dramatismo diversas cartas de San Pablo. El Apóstol se refiere en una ocasión a «los falsos hermanos intrusos que se entrometieron furtivamente a espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a servidumbre» (Gal 2, 4) y previene contra los fanáticos de la Ley mosaica que se buscan a sí mismos y «quieren cambiar el Evangelio de Cristo» (Gal 1, 7).


Actes 11, 19-30
Este relato enlaza con Act 8, 1-4: la dispersión de los cristianos a causa de la primera persecución después del martirio de Esteban. Ahora se narra la difusión del Evangelio, que llega a Antioquía del Orontes, capital de la provincia romana de Siria. Antioquía es la primera gran urbe del mundo antiguo en la que se predica a Jesucristo. Era, después de Roma y Alejandría, la tercera ciudad del Imperio romano. Tenía medio millón de habitantes y una numerosa colonia judía. Constituía un centro de gran importancia cultural, económica y religiosa.
El anuncio del Evangelio en Antioquía no se limita ya a judíos y prosélitos. La predicación se dirige a todos y forma parte de la actividad cotidiana, normal y espontánea, de los cristianos helenistas llegados desde Jerusalén después del martirio de Esteban. San Lucas no menciona nombres. Los predicadores son cristianos corrientes. «Observad —dice Crisóstomo— cómo es la gracia la que lo hace todo. Considerad también que esta obra se comienza por obreros desconocidos y sólo cuando empieza a brillar envían los Apóstoles a Bernabé» (Hom. sobre Act, 25).
La misión de Antioquía encierra un gran significado en la expansión del cristianismo. Ahora la evangelización a los no judíos se hace tarea habitual y no se reduce sólo a casos esporádicos o aislados. Tampoco se ciñe a los «temerosos de Dios», sino que se abre a todos los gentiles. El centro de gravedad de la Iglesia cristiana comienza a desplazarse de Jerusalén a Antioquía, que será el punto de partida para la evangelización del mundo pagano.
 
Actes 11, 20
El título Señor aplicado a Jesús es usado con frecuencia en el Nuevo Testamento y en la cristiandad primitiva para confesar su divinidad. «Jesús es Señor» (1 Cor 12, 3; Rom 10, 9) equivale a decir que Jesucristo es Dios. Supone que Cristo es adorado como Hijo Único del Padre y soberano de la Iglesia, y recibe culto de latría.
La aclamación de Jesús como Señor muestra la comprensión del carácter universal de la doctrina sobre Cristo ya desde los inicios de las jóvenes comunidades cristianas. Jesús es Señor porque le corresponde el dominio sobre todos los hombres, y no es únicamente Mesías de un solo pueblo.


Actes 11, 22-26
La comunidad de Jerusalén, donde estaban los Apóstoles, se siente responsable y solícita de lo que ocurre en todo el campo de la misión cristiana. Por ello envía a Bernabé con una cierta tarea de supervisión. Bernabé es hombre de confianza de los Apóstoles, destacado por su virtud y conocido ya por el lector de Hechos (cfr. 4, 36).
Urgido sin duda por el abundante e indeclinable trabajo que se abre ante los predicadores del Evangelio, Bernabé llama a Pablo, que había vuelto a Tarso después de su conversión y estancia en Jerusalén (9, 30). Movería probablemente a Bernabé el conocimiento de las cualidades del futuro Apóstol de las gentes para acompañarle en las inminentes iniciativas evangélicas de la iglesia antioquena. La responsabilidad demostrada por Bernabé y su celo para llevar obreros a la mies del Señor (cfr. Mt 9, 38) contribuyen decisivamente a la inauguración de los grandes viajes misioneros y a la realización plena de la vocación de Pablo.
 
Actes 11, 26
No sabemos con precisión quiénes comenzaron a designar a los discípulos con el nombre de cristianos. El hecho indica, en cualquier caso, que los miembros de la Iglesia forman a los ojos de todos un grupo peculiar. El apelativo sugiere asimismo que el término Christós —Mesías, Ungido— no se entiende ya solo como un título mesiánico, sino también como un nombre propio.
Algunos Padres de la Iglesia advierten en esta denominación un signo más de que la condición de discípulos del Señor no deriva de procedencia humana. «Aunque los santos Apóstoles han sido nuestros maestros y nos han entregado el Evangelio del Salvador, sin embargo no hemos recibido de ellos nuestro nombre, sino que somos cristianos por Cristo y por Él se nos llama de ese modo» (San Atanasio, Oratio I contra arrianos, 2).
 
Actes 11, 27
Tenemos noticia por este texto de la existencia de profetas en las primeras comunidades cristianas (cfr. 13, 1). Los profetas forman parte de la naciente Iglesia, igual que los profetas del Antiguo Testamento pertenecían al pueblo de Israel. También los profetas en la Iglesia primitiva recibían luz de Dios —determinados carismas— para hablar en nombre Suyo, en nombre de Dios, bajo el impulso del Espíritu Santo. Su función no es únicamente predecir el futuro (cfr. 11, 28; 21, 11) sino explicar las palabras de la Sagrada Escritura para mostrar el cumplimiento de las promesas y planes divinos que allí se contienen.
El libro de los Hechos menciona a los profetas en diversas ocasiones. Además de Agabo, se nombran como profetas a Judas y Silas (15, 32) y a las hijas del diácono Felipe (21, 9). Sabemos también que Pablo tenía el don de profecía (cfr. 1 Cor 12-14). En la naciente Iglesia el oficio profético se subordina al ministerio apostólico y se ejerce oportunamente bajo su dirección, para el servicio y la edificación de la comunidad cristiana. «Y Dios les dispuso así en la Iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero doctores...» (1 Cor 12, 28).
El don de profecía, entendido como un carisma particular, tal como aparece en los primeros años de la Iglesia, no lo encontramos en tiempos posteriores. Pero los dones del Espíritu Santo, lejos de extinguirse, están presentes en todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo según la tarea o función eclesial que le corresponde desempeñar a cada uno.
La Jerarquía de la Iglesia, que tiene al Papa como Cabeza, ha recibido la misión profética de anunciar sin error la verdadera doctrina dentro y fuera de la Iglesia.
«El Pueblo santo de Dios —enseña el Conc. Vaticano II— participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad (...). La totalidad de los fieles, que tiene la unción del Santo (cfr. 1 Ioh 2, 20.27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando ‘desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos’ (San Agustín, De praed. sanct., 14, 27) presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a ‘la fe confiada de una vez para siempre a los santos’ (Ids 3), penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida, guiado por el sagrado Magisterio (...).
»Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige al Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los ministerios y le adorna con virtudes, sino que también dispensa gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo ‘a cada uno según quiere’ (1 Cor 12, 11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y mayor edificación de la Iglesia» (Lumen gentium, n. 12).


Actes 11, 28-29
En el reinado de Claudio (41-54) el Imperio padeció una trágica crisis de alimentos durante los años 47-49. El hambre afectó tanto a Grecia, Siria y Palestina como a Roma, y a ella se refiere sin duda la profecía de Agabo.
La previsible e inminente escasez motiva que la próspera comunidad de Antioquía decida enviar ayuda a los cristianos de la comunidad madre de Jerusalén. Los discípulos antioquenos manifiestan, como hicieron los cristianos de la primera hora (cfr. 4, 34), su caridad y solicitud hacia los hermanos necesitados y demuestran de este modo el genuino carácter de su cristianismo.
 
Actes 11, 30
Es posible que este viaje sea el mismo que se menciona en 15, 2 (cfr. Gal 2, 1-10). El dinero que Pablo y Bernabé llevan en esta ocasión a Jerusalén no debe confundirse con el fruto de la gran colecta realizada más tarde (cfr. 24, 17).
Son los presbíteros de la comunidad quienes reciben y se ocupan de distribuir los resultados de la colecta. Estos presbíteros o ancianos —nombre tradicional judío para designar a los responsables de la comunidad— parece que eran ayudantes o colaboradores de los Apóstoles. No se narra su institución, pero aparecen varias veces en el libro de Hechos (15, 2-16, 4; 21, 18), ejercen funciones relativamente diferentes a las que desempeñan los Doce y participan en el concilio de Jerusalén.
Pablo y Bernabé constituyen presbíteros y los colocan al frente de las iglesias que fundan en el primer gran viaje misional (cfr. 14, 23), y en las Epístolas a Timoteo (5, 17-19) y Tito (1, 5) se nombra a los presbíteros como titulares de un ministerio establecido en todas las comunidades.
Parece que en un primer momento epíscopos y presbíteros (cfr. 20, 17.28; 1 Tim 3, 2; Tit 1, 7) son términos equivalentes, que se usarán sin embargo algo más tarde con sentido diferente para designar los dos más altos grados de la Jerarquía de la Iglesia. Desde el siglo II la terminología se encuentra fijada. La diferencia entre ambos consiste en que los epíscopos poseen la plenitud del sacramento del Orden (cfr. Lumen gentium, a. 11), y los presbíteros, «verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento a imagen de Cristo» (Ibid., n. 28), desempeñan el ministerio pastoral como colaboradores de sus Obispos y en comunión con ellos.
Los escritos del Nuevo Testamento reservan el término sacerdote para referirse a los ministros de la Antigua Ley (cfr. Mt 8, 4; 20, 18; Heb 7, 23) y como título de Jesucristo, verdadero y único Sacerdote (cfr. Heb 4, 15; 5, 5; 8, 1; 9, 11), de quien deriva todo sacerdocio legítimo. En general, la primitiva Iglesia evita, en lo posible, el uso de una terminología que pudiera confundirla con una religión más de las muchas que existían en el mundo grecorromano.


Chapitre n°12
Actes 12, 1-19
Se narra la persecución de la Iglesia por el rey Herodes Agripa I (37-44), que debió ocurrir antes del viaje de Pablo y Bernabé a la Ciudad Santa (cfr. 11, 30).
Las noticias de este capítulo sobre la nueva persecución de la comunidad de Jerusalén, más amplia y generalizada que las crisis anteriores (cfr. 5, 17; 8, 1), reflejan con precisión tanto la cronología como la situación en Palestina. Los cristianos de Jerusalén se hallaban antes relativamente protegidos por los procuradores romanos. Ahora son entregados por Agripa —ávido de congraciarse con los fariseos— al resentimiento y animosidad crecientes de autoridades y pueblo judío.
Este capítulo cierra, por así decirlo, la historia de la primera comunidad cristiana en Jerusalén. En adelante, la atención se fijará en la iglesia de Antioquía. La última etapa de la iglesia judeo-cristiana palestinense, bajo la dirección de Santiago el hermano del Señor, se verá impedida de la expansión que gozaron otras iglesias, por las graves circunstancias históricas que padeció Tierra Santa.
 
Actes 12, 1
El rey Herodes es el tercer príncipe que aparece con este nombre en el Nuevo Testamento. Era nieto de Herodes el Grande, que edificó el nuevo Templo de Jerusalén y ordenó la matanza de los inocentes (cfr. Mt 2, 16), y sobrino de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea en el tiempo de la muerte del Señor. Herodes Agripa I había sido muy favorecido por el emperador Calígula, que le amplió gradualmente los territorios bajo su dominio y permitió usar el título de rey. Agripa I consiguió reinar sobre todo lo que constituyó el reino de su abuelo, de modo que Judea —regida por gobernadores romanos hasta el año 41— volvió a ser parte de los dominios que le reconocía Roma. Era hombre refinado y diplomático, dedicado tan intensamente a consolidar su poder, que se había convertido en maestro de la intriga y el oportunismo. Por motivos preferentemente políticos practicaba el judaísmo con cierto rigor.
 
Actes 12, 2
El martirio de Santiago el Mayor debió ocurrir en el año 42 ó 43. Santiago es el primer mártir entre los doce Apóstoles y el único cuya muerte se menciona en el Nuevo Testamento. La Liturgia de las Horas dice sobre él lo siguiente: «Hijo de Zebedeo y hermano del apóstol Juan, había nacido en Betsaida. Fue testigo de los principales milagros obrados por el Señor, y muerto por Herodes hacia el año 42. Se le tributa culto especialmente en la ciudad de Compostela, donde existe un ilustre templo dedicado a su nombre».
«El Señor permite esta muerte —observa San Juan Crisóstomo— para hacer ver a los homicidas que estos sucesos no hacen retroceder ni detenerse a los cristianos» (Hom. sobre Act, 26).
 
Actes 12, 5
«Observad los sentimientos de los fieles hacia sus pastores. No recurren a disturbios ni a rebeldía, sino a la oración, que es el remedio invencible. No dicen: hombres insignificantes como somos, es inútil que oremos por él. Rezaban por amor y no pensaban nada semejante. ¿Veis lo que hacían los perseguidores sin pretenderlo? Hacían a unos más firmes en las pruebas y a otros más celosos y amantes» (Hom. sobre Act, 26).
San Lucas, que ha recogido en su Evangelio las palabras del Señor acerca de la oración perseverante (cfr. 11, 5-8; 11, 11-13; 18, 1-8), pone ahora de manifiesto la eficacia que Dios concede a la oración de toda la comunidad en favor de Pedro. El Señor desea que sus designios providentes de salvar al Apóstol para bien de la Iglesia sean como una respuesta a los ruegos confiados de los cristianos.


Actes 12, 7-10
El Señor asiste a Pedro mediante la acción poderosa de un ángel, que abre la cárcel después de llenarla de luz con su presencia. La milagrosa liberación del Apóstol se asemeja a la que tuvo lugar en la primera detención de los discípulos (5, 19 s.) y a la de Pablo y Silas en Filipos (16, 19 ss.).
El extraordinario acontecimiento, que ha de entenderse según el sentido literal del relato, manifiesta la solicitud del Cielo y el cuidado amoroso con el que Dios dirige y auxilia a quienes ha confiado una misión. No disminuirán sus trabajos pero verán por sí mismos que el Señor vigila y protege sus pasos.
 
Actes 12, 12
Juan Marcos era primo de Bernabé (cfr. Col 4, 10). Será el compañero de Bernabé y Pablo en el primer viaje apostólico (cfr. 13, 5) hasta el momento de pasar a la región de Asia (cfr. 13, 13). A pesar de que Pablo no quiso llevarle en el segundo viaje (cfr. 15, 37-39), aparece más tarde entre los colaboradores del Apóstol (cfr. Col 4, 10; 2 Tim 4, 11). Le vemos asimismo como discípulo y ayudante de San Pedro (1 Pet 5, 13). La tradición de la Iglesia le atribuye la composición del segundo Evangelio.
«Casa de María»; Quizá era la misma casa donde estuvo el Cenáculo, en el que Jesús celebró la Última Cena con sus discípulos. Cfr. Introducción al Evangelio según San Marcos: Autor.
 
Actes 12, 15
La fe en los ángeles custodios y en el papel de asistencia que Dios les confía junto a cada hombre se manifiesta extraordinariamente viva entre los primeros cristianos. En el AT Dios revela ya la existencia de los ángeles, que intervienen en la Historia Sagrada en diversas ocasiones (cfr. p. ej. Gen 48, 16; Tob 5, 22; etc.). En los libros apócrifos del AT o literatura intertestamentaria (que floreció en los tiempos que rodean la vida terrena de Cristo) hay no pocas referencias a los ángeles. Nuestro Señor habló de ellos con frecuencia, como puede apreciarse por los Evangelios (cfr. p. ej. Mt 18, 10).
«Que cada uno de nosotros tiene un ángel se dice (...) en muchos lugares de la Sagrada Escritura. Lo afirma el Señor cuando habla de los niños: ‘Sus ángeles en los Cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre’ (Mt 18, 10). Y Jacob se refiere al ‘ángel que me libró de todo mal’. En esta ocasión los discípulos pensaban que venía a ellos el ángel del apóstol Pedro» (Super Act expositio, ad loc.).
El comportamiento de los primeros cristianos en la adversidad y su confianza en el auxilio divino señalan una pauta para todo tiempo. Bebe en la fuente clara de los ‘Hechos de los Apóstoles’: En el capítulo XII, Pedro, por ministerio de Ángeles libre de la cárcel, se encamina a casa de la madre de Marcos. —No quieren creer a la criadita, que afirma que está Pedro a la puerta. ‘Angelus eius est!’ —¡será su Ángel!, decían.
—Mira con qué confianza trataban a sus Custodios los primeros cristianos.
—¿Y tú? (Camino, n. 570).
 
Actes 12, 17
A partir de la marcha de Pedro y los demás Apóstoles, la comunidad de Jerusalén es gobernada por Santiago el Menor, «hermano» del Señor, que ya ocupaba antes un lugar importante dentro de ella. Según Flavio Josefo, Santiago murió lapidado el año 62 por orden del Sanedrín (cfr. Antiquitates iud., 20, 200).
Pedro abandona Jerusalén con rumbo desconocido. Iría probablemente a Antioquía o a Roma. Sabemos que estuvo una vez en Antioquía (cfr. Gal 2, 11), pero no es seguro que fuera en este momento. La tradición afirma que Pedro ocupó por un tiempo la sede antioquena. Sabemos con certeza que asistió al concilio de Jerusalén. En cualquier caso, fue Roma el destino definitivo del Apóstol.
Dice San Jerónimo que en el año segundo del principado de Claudio —que corresponde al año 43 d.C.—, Pedro viajó a Roma y ocupó allí la sede por espacio de 25 años, hasta el año 14 de Nerón —es decir, el 68 d.C. — (cfr. De viris ilustribus, 1).


Actes 12, 20-23
La muerte de Herodes Agripa I debió ocurrir en Cesarea el año 44 durante los juegos en honor de Claudio. La breve descripción de San Lucas coincide con la de Josefo. «Cuando el rey al amanecer del segundo día se dirigió al teatro —escribe el historiador judío—, y los rayos del sol dieron en su vestido de plata e hicieron brillar su figura con espléndido fulgor, los aduladores le aclamaron, le llamaron dios y dijeron; ‘Senos propicio. Aunque hasta ahora te hemos considerado como hombre, en adelante queremos venerar en ti algo superior a una naturaleza mortal’. El rey aceptó en silencio esta adulación blasfema. Pero acto seguido sus entrañas fueron despedazadas por terribles dolores y murió al cabo de cinco días» (Antiquitates iud., 19, 344-346).
El doloroso e inesperado final del rey perseguidor de la Iglesia recuerda la muerte de Antíoco Epifanes (cfr. 2 Mach 9, 5 ss.) otro enemigo declarado de los elegidos de Dios y de la Ley divina. «El Señor Dios de Israel que todo lo ve le hirió con una llaga incurable...».
No contento con perseguir a la Iglesia, Agripa se atribuye la gloria que sólo a Dios pertenece. Demuestra de este modo la perversión de su conciencia y la maldad inexcusable de sus perseguidores, que atraen finalmente sobre él el juicio de Dios. «El tiempo de juicio no ha llegado aún, pero Dios hiere al más culpable y libra a los otros para que aprovechen el ejemplo» (Hom. sobre Act, 27).
El acoso a la Iglesia y a los cristianos eran la lógica consecuencia de no reconocer el predominio de Dios, al que Agripa debía considerar un competidor en la afirmación de su gloria. La vanidad y el orgullo, que niegan la evidencia de la limitación y dependencia humanas, pueden llegar, y llegan de hecho, hasta la loca agresión a Dios en sus obras y en las personas de quienes le sirven. Sólo la afirmación positiva de la Majestad divina y las consiguientes disposiciones de adoración hacen posible la dignidad humana, y son la verdadera sabiduría del hombre.
‘Deo omnis gloria’. —Para Dios toda la gloria. —Es una confesión categórica de nuestra nada. Él, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin Él, nada valemos: nada.
Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el ‘yo’ no debe aparecer en ninguna parte (Camino, n. 780).
 
Actes 12, 24
San Lucas señala el contraste entre el fracaso y castigo de los perseguidores y el progreso irresistible de la Palabra de Dios.
 
Actes 12, 25
«Volvieron a Jerusalén»: Así dicen los más importantes manuscritos griegos y lo ha aceptado la Neovulgata. Pero no parece coherente con lo que se relata al final del capítulo 11 y el comienzo del 13. Por eso, ya desde la antigüedad, muchos manuscritos griegos y versiones (entre ellas la edición sixto-clementina de la Vulgata latina) dicen: «Volvieron de Jerusalén». Es discutible cuál de las dos formas sea la auténtica. Nosotros hemos seguido la aceptada por la Neovulgata.


Chapitre n°13
 
Actes 13, 1
El relato se centra desde ahora en la iglesia de Antioquía y su penetración apostólica en el mundo pagano. La iglesia antioquena es una comunidad floreciente, cuyos miembros pertenecen a todos los estratos sociales. Su organización presenta rasgos análogos a los de la iglesia de Jerusalén, y algunos aspectos diferentes. Ciertamente hay en ella unos ministros ordenados que la gobiernan y atienden con la predicación y los sacramentos. Junto a ellos se encuentran profetas (cfr. 11, 28) y maestros, miembros cualificados de la comunidad.
Los maestros eran, en las primitivas iglesias cristianas, aquellos discípulos versados en la Sagrada Escritura que habían recibido un encargo de catequesis. Enseñaban a los catecúmenos y a los demás cristianos los aspectos fundamentales de la doctrina evangélica transmitida por los Apóstoles, y algunos de ellos estaban en condiciones de adquirir y suministrar a otros un conocimiento profundo y extenso de la fe.
Los maestros no debían ser necesariamente sacerdotes ni ejercer tareas de predicación, reservada generalmente a los que habían recibido la ordenación para el ministerio. Ocupaban en la Iglesia un lugar importante, derivado de la delicada misión educadora, doctrinal y moral, que se les encomendaba. Se esperaba del maestro una transmisión fiel de las mismas enseñanzas que había recibido. Una vida virtuosa y una ciencia suficiente y mesurada debían protegerle contra la posible tentación de enseñar novedades o especulaciones ajenas al Evangelio (cfr. 1 Tim 4, 7; 6, 20; Tit 2, 1).
La Carta a Diogneto enuncia el ideal de todo maestro cristiano: «No hablo de cosas peregrinas ni voy a la búsqueda de lo novedoso, sino, como discípulo que he sido de los Apóstoles, me puedo convertir en maestro de pueblos. Yo no hago otra cosa que transmitir lo que me ha sido entregado a quienes se han hecho discípulos dignos de la verdad» (XI, 1).


Actes 13, 2-3
El culto del Señor incluye la oración, pero se refiere preferentemente a la celebración de la Sagrada Eucaristía, centro de los ritos cristianos. El texto establece indirectamente un paralelismo entre la Misa y el culto sacrificial de la Ley mosaica. La Eucaristía alimenta la vida del cristiano y su celebración «edifica y hace crecer a la Iglesia de Dios» (Unitatis redintegratio, n. 15). Es significativo que se asocie la Eucaristía con el inicio de una nueva etapa en el crecimiento de la Iglesia.
Pablo y Bernabé reciben directamente del Espíritu Santo una tarea misional, y la comunidad de Antioquía con una señal exterior —la imposición de manos— pide en la oración que Dios les acompañe y bendiga. El Espíritu no se limita a impulsar desde lejos la expansión de la Iglesia. Cada paso, cada movimiento, de este progreso continuo por el mundo es asignado con toda verdad a la iniciativa permanente del Paráclito. Es como si Dios ratificara una y otra vez sus planes de salvación y quisiera demostrar sobreabundantemente la fidelidad absoluta con que lleva a cabo sus promesas. «La misión de la Iglesia se cumple por la operación con la que, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los hombres y pueblos» (Ad gentes, n. 5).
Realizado bajo la moción del Espíritu Santo, el envío de Pablo y Bernabé es al mismo tiempo un acto eclesial, es un encargo de la Iglesia, que concreta los designios de Dios y actualiza la vocación personal de los dos enviados.
El Señor, «que me eligió desde el vientre de mi madre —escribirá Pablo— y me llamó por su gracia (...) para que le anunciara entre los gentiles» (Gal 1, 15-16), dispone ahora, a través de la Iglesia, el comienzo de esta misión.
Ayuno y oración constituyen la preparación más adecuada para la empresa espiritual que Pablo y Bernabé se disponen a iniciar. Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en ‘tercer lugar’, acción (Camino, n. 82). Saben bien que no van a realizar una tarea meramente humana y que todo el fruto debe venir de Dios. La oración y la penitencia que acompañan al apostolado no buscan solamente mover al Señor para conseguir sus dones. Quieren sobre todo que la gracia esté presente en sus corazones limpios y en sus labios purificados, de modo que el Señor les acompañe y no deje «caer en tierra ninguna de sus palabras» (1 Sam 3, 19).
13, 4-14, 28. San Pablo, acompañado por San Bernabé, realizó su primer viaje apostólico por tierras de Chipre y Galacia meridional, en Asia Menor. Partió de Antioquía en la primavera del año 45 y volvió a esa ciudad casi cuatro años más tarde, después de haber llevado el mensaje de Cristo a los judíos y gentiles de los pueblos por donde pasó.
El relato de San Lucas, que ocupa los capítulos 13 y 14, es algo esquemático, pero permite seguir el recorrido y la actividad de Pablo y Bernabé con exactitud. Se embarcaron en Seleucia —que era el puerto de Antioquía, de la que distaba 35 km—, con rumbo a Chipre, la mayor isla del Mediterráneo oriental, patria de Bernabé. Y desembarcaron en Salamina, ciudad y puerto principal de toda la isla. Allí acudieron varios sábados a las sinagogas de los judíos.
En el v. 6 se dice que atravesaron toda la isla hasta Pafos, en el extremo occidental. Esto les debió llevar varios meses, pues aunque la distancia en línea recta es de 150 km, las ciudades con población judía eran numerosas, y al detenerse en cada una los pocos sábados necesarios para evangelizar, los meses transcurrieron deprisa. Nada se dice del resultado de estos meses de trabajo entre Salamina y Pafos, pero podemos imaginar que dieron buenos frutos porque Bernabé volverá más tarde a Chipre, en compañía de Marcos (cfr. 15, 39), para consolidar los resultados obtenidos en esta primera misión. La Nueva Pafos, llamada oficialmente Sebaste, era entonces la residencia del Procónsul.
Desde allí se embarcaron de nuevo con dirección al norte y, tras una corta travesía, arribaron probablemente a Atalia. Después de una docena de kilómetros llegaron a Perge de Panfilia, región árida e inhospitalaria situada al pie de la cordillera del Tauro, donde Marcos se separó de sus compañeros.
El viaje de Perge a Antioquía de Pisidia (v. 14) era entonces muy penoso. Recorrieron 160 km por caminos de montaña, hasta llegar a su destino, la ciudad homónima de la que habían partido, situada a 1.200 m de altura y en la que debía habitar una numerosa población judía, atraída por el comercio de pieles. Este intenso comercio favoreció después que la palabra del Señor se difundiera por toda la región (v. 49). Ante la mala acogida de un sector grande de los judíos, Pablo se dirige en su predicación a los gentiles.
Los apóstoles son expulsados y se dirigen a Iconio, a 130 km en dirección sudeste, donde permanecieron pocos meses, pues se produjo una revuelta contra ellos, y Pablo y Bernabé tuvieron que huir a la región de Licaonia, a dos ciudades poco importantes que se llamaban Listra y Derbe. En la primera debía haber muy pocos judíos y carencia de sinagoga. En vista de lo cual Pablo dirige su predicación a los licaonios del lugar, hablándoles al aire libre. Pero unos judíos llegados de Antioquía e Iconio apedrearon a Pablo, dándole por muerto. Quizá con la ayuda de Timoteo (cfr. 16, 1), consiguieron llegar a Derbe, ciudad en la que hicieron muchos discípulos y donde iniciaron el viaje de regreso, rehaciendo el camino en sentido inverso, para visitar otra vez Listra, Iconio y Antioquía de Pisidia. Con el tiempo, los ánimos se habrían calmado, los magistrados locales habrían sido cambiados, y todo se podía arreglar con un poco de prudencia. Fueron confirmando en la fe a esos primeros discípulos e instituyendo presbíteros en cada iglesia local. Bajaron hasta Perge y Atalia, donde se embarcaron directamente hacia Antioquía, a la que llegaron probablemente bien entrado el año 49, finalizando así este primer viaje misional.
 
Actes 13, 5
Será costumbre de Pablo comenzar la predicación del Evangelio en la sinagoga de cada ciudad visitada. No lo hace por táctica sino por coherencia con el designio salvador de Dios que le ha sido dado conocer. Se siente obligado —como Jesús— a anunciar primeramente el Reino a los «israelitas, de quienes es la adopción de hijos y la gloria y la Alianza y la legislación y el culto y las promesas; de ellos son los patriarcas y de ellos según la carne desciende Cristo» (Rom 9, 4-5). Los judíos tienen derecho a ser los primeros a los que se les predique el Evangelio, puesto que fueron también los primeros en recibir las promesas divinas (cfr. 13, 46).
Aunque muchos judíos cierran sus oídos y sus corazones a la Palabra de Dios y optan por no escucharla ni entenderla, son también muchos los que aceptan el Evangelio como plenitud que es del Antiguo Testamento. Millares de hombres y mujeres como Simeón y Ana, que esperan el Reino y sirven al Dios de sus padres con ayunos y oraciones (cfr. Lc 2, 25.37), recibirán, en toda la diáspora judía, la luz del Espíritu Santo, que les hará reconocer y abrazar como divina la predicación de Pablo.
Es verdad que las numerosas comunidades judías establecidas en todos los núcleos importantes del Imperio romano fueron muchas veces obstáculo para la difusión del Evangelio. Pero no debe olvidarse que contribuyeron también providencialmente a esa misma difusión, que pudo alcanzar en poco tiempo todos los lugares del Imperio.

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