Chapitre n°9
Actes 9, 1-3
Las autoridades romanas reconocían la autoridad moral del Sanedrín e incluso le permitían alguna jurisdicción sobre los miembros de las comunidades judías fuera de las fronteras de Palestina, como es el caso de Damasco. Su potestad llegaba incluso hasta el derecho de extradición (cfr. 1 Mach 15, 21).
La distancia entre Jerusalén y Damasco es de 230-250 km, según el itinerario que se elija. Para unos hombres como Saulo y sus acompañantes, probablemente provistos de cabalgaduras, no ofrecía dificultad y se realizaba en menos de una semana. La aparición del Señor sucedió al final del viaje, ya en la proximidad de Damasco.
Actes 9, 2
«Camino»: La palabra hebrea correspondiente significa también la conducta religiosa o modo de obrar ante Dios. Aquí designa el estilo de vida cristiano y el Evangelio mismo; indirectamente se refiere al conjunto de esos primeros seguidores de Jesús (cfr. Act 18, 25 s.; 19, 9.23; 22, 4; etc.) y a todos los cristianos que vendrían después y que están camino del Cielo, y recuerdan las palabras de Jesús: «¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mt 7, 14).
Actes 9, 3-19
Éste es el primero de los tres relatos de la vocación de Saulo que incluye el libro de los Hechos (cfr. Act 22, 5-16; 26, 10-18), sucedida probablemente entre los años 34 y 36. Cuando se trata de sucesos trascendentales, no le importa a San Lucas repetir su narración. Una vez más la Luz brilló en las tinieblas (cfr. Ioh 1, 5) y en esta ocasión iluminó de modo especial a Saulo de Tarso y, como en toda conversación, le hizo ver de un modo nuevo a Dios, a sí mismo y a sus hermanos.
Pero el episodio de Damasco fue más que una conversión. Representó para San Pablo el inicio de su vocación, fue entonces cuando el Señor le llamó: Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?
Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores...
Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos (Camino, n. 799).
Es fácil contemplar las circunstancias que rodean la concisa narración de San Lucas. Jerusalén debía estar vacía de cristianos helenistas, que habían huido a Samaría y a otras regiones más lejanas, y llegado hasta Fenicia, Chipre y Antioquía. Muchos fueron a Damasco, y Saulo debió ver en el proselitismo intenso que ejercían un peligro para los millares de fieles israelitas de aquella ciudad. Saulo, aunque equivocado, buscaba el servicio de Dios; por eso supo acoger con prontitud la gracia de Dios. Él participaba plenamente de la idea del judaísmo tardío de un Mesías político, liberador y guerrero, una figura medio celeste y medio terrenal, del que se escribió: «No es posible imaginar el terrible efecto que produce su mirada ante los enemigos. Donde quiera que vuelve su cara y su mirada, todo tiembla; donde llega su voz todo se hunde y los que la oyen se derriten como cera ante el fuego» (Apócrifo de Enoc, 46). Un héroe así no sucumbe en manos de sus enemigos, ni mucho menos se deja crucificar; su misión es dominar, aniquilar a los que se le oponen, establecer una justicia y una paz perpetua. Para Saulo, la muerte en cruz de Jesús era una señal segura de su falsedad como Mesías y la idea de una hermandad de judíos con otras razas en un mismo reino era inconcebible.
En esa situación, tras varios días de camino llevando consigo la carta requisitoria contra los cristianos de Damasco, cuando ya la ciudad estaba a la vista, brilló en el cielo un deslumbrante resplandor. Saulo cayó al suelo y en un instante desapareció toda posible resistencia a la gracia por parte del que en ese momento iba a ser elegido como Apóstol. Una voz le habló, pronunciando su nombre por dos veces en un tono de queja y dolor.
La rendición es total y Saulo se pone al servicio del vencedor, sin un lamento sobre la vida pasada, dispuesto a rehacerla. Cuando se levantó del suelo y le llevaron de la mano hasta Damasco era ya un fiel siervo de Jesús para siempre. En un instante la Cruz se convirtió de «escándalo» en señal de salvación, en «fuerza de Dios», en trono triunfador, y a ella le dedicará preciosos pasajes de sus cartas. San Pablo se iría formando en el Camino e instruyendo en todo lo que Jesús hizo y enseñó, pero desde ese instante de su vocación comprendió que Jesús era el Mesías resucitado y en Él se habían cumplido las profecías; creyó en la divinidad de Cristo tras hacérsele patente la diferencia entre su idea del Mesías y la realidad del glorificado, preexistente y eterno Hijo de Dios; entendió la permanencia mística de Cristo en sus creyentes, porque oyó cómo se identificaba Jesús con sus seguidores. En una palabra, comprendió que había sido escogido, llamado por Dios, y, desde ese instante, se puso a su servicio.
Actes 9, 4
Cristo hizo patente a San Pablo, desde el momento de su conversión, la identificación entre Él y los cristianos. Es una realidad que formulará más tarde el Apóstol, al hablar en sus epístolas del Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Col 1, 18; Eph 1, 22 s.).
Ésta es la idea que resalta San Beda en su comentario cuando explica: Jesús «no dice: ¿por qué persigues a mis miembros?, sino ¿por qué me persigues?, porque Él mismo todavía padece afrentas en su Cuerpo, que es la Iglesia. Asimismo Cristo tendrá en cuenta las buenas acciones realizadas con sus miembros, pues dijo: ‘Tuve hambre y me disteis de comer...’ (Mt 25, 35), y explicando estas palabras añadió: ‘Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis’ (Mt 25, 40)» (Super Act expositio, ad loc.).
Actes 9, 5-6
El final del v. 5 y el comienzo del 6 no parecen pertenecer al texto original sagrado, sino ser una explicación posterior. Por esta causa, la Neovulgata no los consigna. Venían en cambio en las antiguas ediciones de la Vulgata latina y en muchas traducciones. En concreto, el periodo añadido vendría a decir en castellano: «Dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón. Él entonces, temblando y aturdido, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga?». Es de advertir que la primera parte de la adición («dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón») está tomada del discurso de San Pablo ante Agripa, según viene, más adelante, en Act 26, 14.
Actes 9, 6
La vocación de Saulo fue extraordinaria por el modo en que Dios le llamó, pero el efecto que produjo en él es el mismo que ocasiona la llamada específica al apostolado que Dios hace a algunos cristianos para que le sigan más de cerca. Los que reciben ese don, escogidos entre el resto de los bautizados —que participan de la vocación común a la santidad y al apostolado, al recibir en el Bautismo el don de la vocación divina— tienen en San Pablo un modelo de respuesta.
Pablo VI describía así los efectos que esa vocación específica produce en el interior del que es llamado: «El apostolado es (...) una voz interior inquietante y tranquilizante a un tiempo, una voz dulce e imperiosa, una voz molesta y a la vez amorosa, una voz que, coincidiendo con circunstancias imprevistas y con grandes acontecimientos, se convierte en un determinado momento en atrayente, determinante, casi reveladora de nuestra vida y nuestro destino, incluso profética y casi victoriosa, que al fin hace huir toda incertidumbre, toda timidez y todo temor y simplifica —hasta hacerla fácil, deseable y feliz— la respuesta de nuestro ser, en la expresión de esa sílaba que desvela el supremo secreto del amor: sí; sí. Señor, dime lo que tengo que hacer y lo intentaré, lo haré. Como San Pablo, derribado a las puertas de Damasco: ¿qué quieres que haga?
»La raíz del apostolado se hunde en esta profundidad; el apostolado es vocación, es elección, es encuentro interior con Cristo, es abandono de la propia y personal autonomía a su voluntad, a su invisible presencia; es una cierta sustitución de nuestro pobre corazón inquieto, voluble y a veces infiel pero ávido de amor, por el suyo, por el corazón de Cristo que comienza a latir en la criatura que ha elegido. Entonces se desarrolla el segundo acto del drama psicológico del apostolado: la necesidad de expandirse, la necesidad de hacer, la necesidad de dar, la necesidad de hablar, la necesidad de transmitir a los demás el propio tesoro, el propio fuego (...).
»El apostolado se convierte en expansión continua de un alma, en exuberancia de una personalidad poseída de Cristo y animada por su Espíritu; se convierte en la necesidad de correr, de trabajar, de intentar todo lo posible para la difusión del Reino de Dios, para la salvación de los otros, de todos» (Hom. 14-X-1968).
Actes 9, 8-9
Cuando Saulo se levantó, como el mismo Señor le ordenaba, se había quedado ciego. Sus compañeros le llevaron a Damasco, donde esperó al enviado de Dios que le dijera lo que tenía que hacer. La calle Recta cruza Damasco de este a oeste, y todavía hoy se conserva su trazado.
Actes 9, 13
Ananías llama «santos» a los seguidores de Cristo. Ésta era la denominación ordinaria de los discípulos de Cristo, primero en Palestina y luego en todas partes. Dios es el «Santo por excelencia» (Is 6, 3) y de esa santidad participan —según se repite con insistencia en el Antiguo Testamento— los que se acercan a Él y cumplen sus mandatos: «Yahwéh habló a Moisés diciendo: Habla a toda la asamblea de los hijos de Israel y diles: Sed santos porque Yo soy santo, Yahwéh, vuestro Dios» (Lev 19, 1-2).
Esta forma de llamarse es una muestra más de la sobrenaturalidad en el trato que animaba a nuestros primeros hermanos en la fe: ¿Verdad que es conmovedor ese apelativo —¡santos!— que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí?
—Aprende a tratar a tus hermanos (Camino, n. 469).
Actes 9, 15-16
El Señor llama a San Pablo «vaso de elección», que es un hebraísmo equivalente a «instrumento elegido», y comunica a Ananías lo que el Apóstol tendrá que padecer por Él. El cristiano llamado al apostolado es también, por esa vocación divina, un instrumento en las manos de Dios que, para ser eficaz, ha de hacerse manejable y dócil, y no resistir sus indicaciones.
El destino para el que Dios había elegido a San Pablo era muy superior a sus posibilidades: «Para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel». En el mismo libro de los Hechos se muestra cómo San Pablo cumple esta misión, movido por la gracia de Dios y tras padecer mucho por su nombre. También ahora, como en todos los tiempos y circunstancias, las personas a las que el Señor elige para una misión determinada podrán llevarla a término si son buenos instrumentos que dejan actuar la gracia y saben padecer por ese ideal.
Actes 9, 19
A pesar del inicio extraordinario de la vocación de San Pablo, Dios quiso después seguir con él el camino normal, es decir, formarle y transmitirle su voluntad a través de otras personas. En este caso era Ananías el que Dios destinó para que bautizara a Pablo y le diera la primera formación cristiana.
Vemos aquí insinuada la figura de lo que la ascética cristiana llama un director espiritual. Hay un principio de gobierno humano según el cual «nadie es buen juez en causa propia, porque cada cual juzga según las propias inclinaciones» (cfr. Collationes, 16, 11). El que dirige el alma tiene una gracia de estado para transmitir la voluntad de Dios y, aunque pueda equivocarse, la persona dirigida que atiende los consejos acierta siempre y hace lo que Dios quiere de ella. San Vicente Ferrer asegura: «Nuestro Señor Jesucristo, sin el cual nada podemos, no dará su gracia a aquél que, pudiendo acudir a un director experto, rechazare este precioso medio de santificación, pensando bastarse a sí mismo en todo lo que atañe a su salvación. El que tiene un director, a quien obedece en todo, llegará al fin más fácil y prontamente que si se guiara a sí mismo, aun poseyendo una aguda inteligencia e inmejorables libros de espiritualidad» (Tratado de la vida espiritual, lib. 2, cap. 1).
Sobre la dirección espiritual de fieles corrientes, que buscan la santidad y ejercen el apostolado en las condiciones ordinarias de la vida, escribe San Josemaría Escrivá: Director. —Lo necesitas. —Para entregarte, para darte..., obedeciendo. —Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio..., llenándote de paz, y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo (Camino, n. 62).
Actes 9, 20-23
San Pablo narra en la Epístola a los Gálatas (cfr. Gal 1, 16 s.) que tras su conversión se retiró a Arabia y después volvió a Damasco. Entre las dos estancias pasaron casi tres años, y es en este segundo periodo cuando Saulo predica la divinidad de Jesús, con toda su fogosidad y ciencia, puestas ahora al servicio de Cristo. Esto admiró y confundió a los judíos, quienes enseguida tomaron medidas contra él.
Actes 9, 25
Esta fuga la narra San Pablo en 2 Cor 11, 32 s. El que pretendía capturarle era el gobernador del rey Aretas, instigado por los judíos de la ciudad.
Actes 9, 26
Es la primera vez que Pablo, después de su conversión, se presenta en Jerusalén. El motivo de este viaje fue visitar a Pedro, con quien pasó quince días (cfr. Gal 1, 18), y ponerse a su disposición, así como contrastar su predicación con la de los Apóstoles.
Bernabé (vid. nota a 4, 36) disipó ese primer y lógico recelo de la primitiva comunidad ante su antiguo perseguidor. Las noticias de su actividad apostólica en Damasco no habían llegado todavía a Jerusalén, pero sí era conocido por todos su afán por acabar con los cristianos, por lo que inspiraba un temor comprensible.
Durante las dos semanas que permaneció en Jerusalén predicó con audacia su fe en la divinidad de Jesús y, al igual que en Damasco, se ganó enseguida la enemistad de los judíos, que intentaron matarle.
Actes 9, 30
Por segunda vez San Pablo tiene que huir para evitar su muerte. San Juan Crisóstomo explica, con ocasión de este suceso, que en la actividad apostólica hay que poner, además de la gracia, los medios humanos que se adecúen a las circunstancias. «Los discípulos temían que los judíos hicieran de Saulo un mártir, como habían hecho con San Esteban. A pesar de ese temor le envían a predicar el Evangelio a su propia patria, donde estará más seguro. Veis en esta conducta de los Apóstoles que Dios no lo hace todo inmediatamente con su gracia y que con frecuencia deja actuar a sus discípulos siguiendo la regla de la prudencia» (Hom. sobre Act, 20).
San Juan Crisóstomo veía también en la anterior fuga de Damasco una forma de ejercitar esa prudencia: «A pesar de su gran deseo de unirse a Dios, debía cumplir antes su misión de salvación de las almas (...). Jesucristo no preserva a sus Apóstoles de los peligros, sino que deja que los afronten, porque quiere que el hombre utilice los recursos que le da la prudencia para salir de ellos. ¿Por qué esta disposición? Para hacernos entender que los Apóstoles son también hombres y que la gracia no lo hace todo en sus servidores. De lo contrario, ¿quién no habría visto en ellos otra cosa que un leño inerte y sin vida? Por esta razón los Apóstoles hicieron muchas cosas siguiendo las reglas de la prudencia humana. Sigamos su ejemplo y empleemos todas nuestras capacidades naturales para trabajar con la gracia por la salvación de nuestros hermanos» (Ibid.).
Actes 9, 31
San Lucas detiene su relato para hacer una consideración de carácter general sobre el progreso ininterrumpido de la Iglesia en su conjunto y de las diversas comunidades que han surgido con motivo de la dispersión (cfr. Act 2, 40.47; 4, 4; 5, 14; 6, 1.7; 11, 21.24; 16, 5). Destaca sobre todo la paz y consolación operadas por el Espíritu Santo. Es una nota de justificado optimismo y confianza en la asistencia divina. Se confirma que la Iglesia es de Dios y consiguientemente ningún factor humano puede destruirla (cfr. 5, 39).
Actes 9, 32
El libro de los Hechos reanuda en este punto la narración de la actividad apostólica de San Pedro en Palestina. Lida (cfr. 9, 32-35), Joppe —la actual Jaffa— (cfr. 9, 36-43) y Cesarea la Marítima (cfr. 10, 24-28; 12, 19) son algunas de las ciudades en las que el Príncipe de los Apóstoles predicó la Buena Nueva.
«San Lucas va a hablar de Pedro, que visita a los fieles. No quiere que este desplazamiento parezca un efecto del miedo, y por eso expone en primer lugar la situación de la Iglesia, después de haber indicado en su momento que durante la persecución Pedro había permanecido en Jerusalén (...). Pedro actúa como un general que pasa revista para ver si la tropa está bien formada y en orden, y para conocer los lugares en donde es más necesaria su presencia. Le vemos ir en todas direcciones y hallarse en todas partes. Si hace ahora este viaje es porque piensa que los fieles necesitan su doctrina y su estímulo» (Hom. sobre Act, 21).
Las noticias que nuestro libro facilita sobre San Pedro acaban en el cap. 15, con la intervención del Apóstol en el concilio de Jerusalén.
Actes 9, 33-35
San Pedro lleva la iniciativa y no espera a ser llamado por el paralítico. Se mencionan los ocho años de enfermedad para destacar la importancia y dificultad de la curación, que se obra sin embargo al instante por el poder de Jesucristo. «¿Por qué no esperó Pedro a que el tullido manifestara su fe? ¿Por qué no le preguntó primero si deseaba ser curado? Seguramente porque hacía falta producir en la muchedumbre la grande y saludable impresión que el milagro causó» (Hom. sobre Act, 21). Pero la conversión de los habitantes de Lida y Sarón es también fruto del trabajo de Pedro. Los milagros, en efecto, no ahorran esfuerzo a los Apóstoles ni hacen secundaria o superflua su incansable predicación.
Actes 9, 36-43
La palabra griega «Dorkás» significa, a su vez, «Gacela». La ciudad de Joppe es la actual Jaffa, unida hoy prácticamente a Tel-Aviv. Se la menciona ya en los escritos de Tell-el-Amarna con el nombre de Iapu. Había sido convertida al judaísmo en tiempos de Simón Macabeo, hacia el año 140 a.C.
El milagro de la resurrección de la cristiana Tabita realizado por Pedro en Joppe es el primer prodigio de esta clase narrado en Hechos. Como en el Evangelio, el milagro es también aquí un signo visible para despertar la fe de quienes lo presencian con buena disposición y deseo de creer. En este caso el milagro es asimismo una misericordiosa respuesta de Dios a las virtudes de Tabita, que «hacía muchísimas buenas obras y limosnas», y un estímulo para los cristianos de la ciudad.
«En los Hechos de los Apóstoles —escribe San Cipriano— está claro que las limosnas no sólo nos libran de la muerte espiritual, sino de la temporal. Habiendo enfermado y muerto Tabita, que ‘hacía muchísimas buenas obras y limosnas’, fue llamado Pedro. Y apenas se presentó, con toda la diligencia de su caridad apostólica, le rodearon las viudas con lágrimas y súplicas (...), rogando por la difunta más con sus gestos que con sus palabras. Creyó Pedro que podía lograrse lo que pedían de manera tan insistente y que no faltaría el auxilio de Cristo a las súplicas de los pobres en quienes Él había sido vestido (...). No dejó, en efecto, de prestar su auxilio a Pedro, al que había dicho en el Evangelio que se concedería todo lo que se pidiera en su nombre. Por tal causa se interrumpe la muerte y la mujer vuelve a la vida, y con admiración de todos se reanima, retornando a la luz del mundo el cuerpo resucitado. Tanto pudieron las obras de misericordia, tanto poder ejercieron las obras buenas» (De opere et eleemosynis, 6).
Actes 9, 43
El oficio de curtidor no estaba prohibido pero era considerado por los judíos observantes una actividad impura, por el contacto que exigía con cuerpos muertos (cfr. Lev 11, 39: «Cuando muera uno de los animales que podéis comer, quien toque su cadáver quedará impuro hasta la tarde»).
Al hospedarse en casa de Simón el curtidor. San Pedro manifiesta que estas prohibiciones y criterios judaicos ya no tienen en su conciencia el valor de antes. Han sido superados por la libertad del Evangelio y mantienen sólo una posible vigencia ocasional por motivos de caridad y para evitar escándalos.
Chapitre n°10
Actes 10, 1-48
La conversión del pagano Cornelio al cristianismo es uno de los puntos culminantes del libro de Hechos. Es un acontecimiento de enorme importancia, que manifiesta la vocación universal del Evangelio y hace ver que la fuerza del Espíritu Santo no conoce límites ni barreras.
Hasta entonces el Evangelio había sido predicado solamente a judíos. La predicación a los samaritanos se consideraba en realidad como un anuncio de la salvación a quienes un día había sido parte del pueblo elegido. Al predicar sólo a judíos, los discípulos tenían en cuenta que el pueblo de Israel era el único pueblo elegido por Dios para ser depositario de las promesas divinas. Tenía, por lo tanto, un derecho a recibir el primero el mensaje definitivo de salvación. El Señor mismo se había conducido según este criterio y exigido a sus discípulos reservar su predicación «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 6; cfr. 15, 24).
Los Apóstoles no se habían planteado aún la grave cuestión de si el derecho preferente del pueblo judío a recibir el anuncio evangélico suponía además una cierta pretensión de exclusividad en esa recepción. Una intervención expresa de Dios hará entender a Pedro de modo práctico la universalidad de la buena nueva evangélica y las consecuencias de la voluntad salvadora de Dios, así como la necesidad de superar las limitadas nociones del judaísmo sobre el alcance de la salvación.
Pedro, sorprendido, pero lleno de docilidad a la voz de Dios va a ser agente activo en el pleno cumplimiento de las promesas divinas. «Ya había predicho Dios con anterioridad —escribe San Cipriano— que al caer de los tiempos se le adherirían adoradores mucho más fieles de todas las naciones, pueblos y ciudades, que recibirían la misericordia a través de los dones divinos que los judíos habían perdido después de recibida, por haber despreciado su propia religión» (Quod idola dii non sint, 11).
San Lucas narra pausadamente la conversión de Cornelio en un capítulo largo cargado de detalles y repeticiones deliberadas, que subrayan y ayudan a entender mejor los puntos fundamentales. Todo indica la gran importancia que encierra el hecho de que los paganos puedan entrar y entren efectivamente en la Iglesia sin pasar por el judaísmo.
Se considera a Cornelio el primer pagano convertido al Cristianismo. No sabemos si el bautismo del etíope, narrado en el capítulo 8, ocurrió después del de Cornelio; pero en cualquier caso es un hecho aislado y marginal que no afecta al carácter solemne y constitutivo, para la economía salvífica, de la conversión del centurión romano.
Actes 10, 1
Cesarea marítima, donde vivía Cornelio, no debe confundirse con Cesarea de Filipo, escenario de la promesa del Primado a Pedro (cfr. Mt 16, 13-20). Cesarea marítima era sede del Prefecto romano y estaba situada en la costa, a unos cien kilómetros de Jerusalén. Tenía una guarnición romana de tropas auxiliares, es decir, no formada por legiones.
Actes 10, 2
Cornelio era un hombre piadoso y temeroso de Dios. La segunda expresión posee un valor preciso y se usaba para designar a las personas que adoraban al Dios de la Biblia y practicaban la Ley judía sin convertirse formalmente al judaísmo (cfr. nota a Act 2, 5-11).
No era un prosélito y no había sido, por lo tanto, circuncidado (cfr. Act 11, 3). «No penséis que la gracia se les concede por su dignidad. Se les concede por su piedad; de modo que la dignidad se les ha dado para que destaque mejor su piedad» (Hom. sobre Act, 22).
La figura de Cornelio presenta rasgos religiosos similares a la del centurión de Cafarnaún, cuya fe es alabada por Jesucristo en el Evangelio de San Lucas (7, 1 s.). Piensan algunos autores que Cornelio pertenecía a la gens romana de ese nombre, y que San Lucas, que al escribir Hechos ha puesto su mirada en Roma y en los lectores romanos, informa sobre la historia de Cornelio con particular alegría.
Actes 10, 4
«Oraciones y limosnas» eran consideradas entre judíos y cristianos obras muy gratas a Dios y expresión de una verdadera piedad. La devoción sincera de Cornelio atrae sobre él y los suyos la gracia y la misericordia divinas. «¿Veis cómo comienza la obra del Evangelio entre los gentiles? Por un hombre piadoso cuyas obras le han hecho digno de tal favor» (Hom. sobre Act, 22).
La práctica habitual de la limosna, resumen y manifestación de numerosas virtudes, es alabada y recomendada vivamente en el Antiguo Testamento. «Nunca temas dar limosna —se dice en el libro de Tobías— porque de ese modo atesoras una buena reserva para el día de la necesidad. Porque la limosna libra de la muerte e impide caer en las tinieblas. Es un don valioso para cuantos la practican en presencia del Altísimo» (4, 8-11; cfr. 12, 9). La limosna es una excelente obra de misericordia que santifica a quien la hace y denota la predilección con que Dios le mira.
«Dad y se os dará» (Lc 6, 38). Los discípulos de Cristo han tenido siempre en cuenta las palabras del Señor, cuyo eco resuena en escritos cristianos de todos los tiempos. «A todo el que te pida dale y no se lo reclames, pues el Padre quiere que a todos se dé de los propios dones. Bienaventurado el que, según el mandato de Dios, haga limosna al indigente» (Didaché, I, 5).
La limosna generosa en beneficio del necesitado, así como la contribución oportuna al mantenimiento de la Iglesia, sus ministros y las obras de celo, son obligación permanente de todo cristiano. El ejercicio de esta obligación algunas veces no deberá ni podrá limitarse a la entrega de lo que sobra. Como es lógico, atañe en mayor grado a los que han recibido de Dios riquezas y medios materiales abundantes. La situación holgada que disfrutan es un signo de la voluntad de Dios, que les pide disposición interior y adecuada prontitud para cubrir razonablemente las necesidades verdaderas de sus prójimos.
El cristiano que no entiende esta obligación o se resiste a cumplirla se expone a reproducir la figura del rico Epulón (cfr. Lc 16, 19 ss.), que, ocupado sólo en sí mismo y apegado desordenadamente a su dinero, no acertó a ver que el Señor puso al pobre Lázaro cerca de él para que le socorriera con sus bienes.
‘Divitiae, si affluant, nolite cor apponere’ —Si vienen a tus manos las riquezas, no pongas en ellas tu corazón. —Anímate a emplearlas generosamente. Y, si fuera preciso, heroicamente.
—Sé pobre de espíritu (Camino, n. 636).
El verdadero desprendimiento lleva a ser muy generosos con Dios y con nuestros hermanos; a moverse, a buscar recursos, a gastarse para ayudar a quienes pasan necesidad. No puede un cristiano conformarse con un trabajo que le permita ganar lo suficiente para vivir él y los suyos: su grandeza de corazón le impulsará a arrimar el hombro para sostener a los demás, por un motivo de caridad, y por un motivo de justicia (Amigos de Dios, n. 126).
«Como memorial»; En el AT se mencionan varios tipos de sacrificios «como memorial», es decir, para que Dios tuviera presente, fuera propicio, con los que ofrecían tales sacrificios (cfr. Lev 2, 1-3; Tob 12, 12).
Actes 10, 14
El mandato taxativo de comer alimentos impuros provoca en San Pedro una comprensible perplejidad inicial. La reacción del Apóstol es la de un buen judío que ama y observa la ley divina aprendida desde joven. Ha practicado siempre los preceptos relativos a los alimentos y respetado la diferencia mosaica entre lo puro y lo impuro. Pero ahora se le invita a superar la llamada pureza legal.
La disposición humilde ante las palabras escuchadas durante la visión permite a Pedro avanzar en el conocimiento de la voluntad de Dios y advertir el carácter accidental de los preceptos rituales judíos. No es que descubra sólo con la razón la incongruencia de mantener aún los ritos de la Ley mosaica. Sobre todo ha obedecido la voz divina, y esta actitud virtuosa de obediencia obra en él lo que la simple lógica humana no era capaz de concluir.
La docilidad a las mociones del Espíritu Santo facilita en Pedro el descubrimiento gradual, en primer lugar, de que las leyes relativas a los alimentos, según las cuales no podían consumirse ciertos tipos de carne, carecen de valor para los cristianos.
Este descubrimiento sencillo y capital, que ha requerido una especial intervención divina, conduce a otro todavía más importante. Pedro entiende ahora el pleno significado de todo lo enseñado por Jesús y se da cuenta de que en los planes salvadores de Dios judíos y paganos son iguales.
La restricción de los manjares había llevado al judaísmo observante a evitar toda participación con paganos en una mesa común. La cuestión de los alimentos y el trato con gentiles eran asuntos estrechamente relacionados y objeto de severas prohibiciones. Eliminada la diferencia entre alimentos puros e impuros, se abría la puerta para la comunicación con paganos y era ya posible entender lo que significaba en la práctica que «Dios no hace acepción de personas» (Dt 10, 17) y que importa sobre todo la purificación del corazón.
Actes 10, 20
«Observad que el Espíritu no dice ‘he aquí el motivo de la visión que has tenido’, sino ‘yo los he enviado’, para mostrar así que es necesario obedecer y que no es cuestión de hacer preguntas. Bastaba a Pedro para convencerse escuchar al Espíritu Santo» (Hom. sobre Act, 22).
Actes 10, 24
El celo de Cornelio le mueve a llamar a familiares y amigos para que escuchen con él la palabra salvadora de Dios. El grupo reunido por este militar romano representa al paganismo, que sin saberlo ha esperado a Cristo durante siglos. «Me he dejado encontrar de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar por quienes no me buscaban» (Is 65, 1).
El episodio protagonizado por Cornelio tiene importancia no sólo para él. La conversión del centurión romano significa que los judíos no son los únicos herederos de las promesas, y descubre la naturaleza salvadora del Evangelio, que trae un remedio universal para una necesidad universal. «Cornelio fue tan adepto a Dios, que le fue enviado un ángel, y a sus merecimientos hay que atribuir todo el misterio por el que Pedro tenía que superar las estrecheces de la circuncisión (...). Bautizado aquél por el Apóstol, consagró la salvación de los gentiles» (San Jerónimo, Epístola 79, 2).
Actes 10, 25-26
Resulta difícil para los paganos entender en un primer momento que Dios se les manifieste, les haga conocer su voluntad y conceda sus dones por medio de otros hombres idénticos a ellos. Piensan quizá inicialmente que deben ser seres celestiales o dioses con figura humana (cfr. 14, 11), hasta que descubren estar en presencia de hombres de carne y hueso. Hombres son, en efecto, los instrumentos defectuosos pero imprescindibles en quienes el Señor ha querido y quiere apoyarse habitualmente para llevar a cabo sus designios de salvación. Este modo divino y providente de actuar, iniciado en el Antiguo Testamento, llega a su máxima expresión en el Evangelio y se manifiesta admirablemente en el sacerdocio cristiano.
«Todo sacerdote es tomado de entre los hombres» (Heb 5, 1) para ser enviado de nuevo a sus hermanos como ministro de intercesión y de perdón. «Ha de ser, por tanto, miembro de la humanidad porque Dios desea que el hombre tenga a alguien semejante a él para que le ayude» (Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre Heb, 5).
Se ha dicho que todo es perfecto y magnifico en el Evangelio de Jesucristo, excepto las personas de sus ministros. Porque esos sacerdotes, consagrados mediante un sacramento, son también hijos de Adán y poseen una naturaleza débil, que no han abandonado después de recibir la sagrada ordenación.
«Esto resulta llamativo en sí mismo, pero no debe sorprender si consideramos que ha sido dispuesto por un Dios misericordioso en grado sumo. No resulta extraño en Dios. Los sacerdotes de la Nueva Ley son hombres, a fin de que puedan ‘sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, puesto que ellos están también envueltos en flaqueza’ (Heb 5, 2)» (J. H. Newman, Discursos sobre la fe, III).
Si los sacerdotes no hubieran sido hombres de carne y hueso no podrían haber sentido piedad hacia los demás hombres, sus hermanos; no habrían sido capaces de mirarles con afecto ni de comprender sus debilidades. Pueden hacerlo precisamente quienes comparten la condición humana y han experimentado las mismas tentaciones.
Actes 10, 28
«Los Apóstoles no querían que su conducta pareciera prohibida y hecha sólo en consideración a Cornelio, que era un hombre importante. Pedro desea que sólo el Señor aparezca como motivo de su proceder. Por eso recuerda la prohibición de mantener trato con un pagano y más aún de ir a su casa» (Hom. sobre Act, 23).
Pedro justifica su conducta, diferente en este caso al proceder de los judíos estrictos, con la afirmación de que actúa según el deseo de Dios que se le ha manifestado poco antes. Para el Evangelio ya no existe la distinción entre hombres puros e impuros Todos son iguales ante Dios si escuchan su palabra con el corazón limpio y se convierten de sus pecados.
Actes 10, 33
La gracia obra en Cornelio la disposición de aceptar las palabras de Pedro como venidas de Dios. El centurión era hombre de buena voluntad y conciencia recta, que adoraba a Dios con el culto que su ciencia y su piedad le permitían. Representa, antes de su encuentro con Pedro, la figura del hombre religioso que busca sinceramente la verdad y está por lo tanto en vías de asegurar su destino eterno. Enseña el Conc. Vaticano II: «Quienes ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» (Lumen gentium, n. 16).
Las ayudas espirituales recibidas por Cornelio y los suyos tenían sin embargo un alcance todavía mayor. Les preparaban desde el primer momento para su ingreso final en la Iglesia. Así ocurre en toda concesión de gracia a paganos, porque es en la Iglesia católica donde se encuentra la plenitud de los dones que Dios quiere comunicar cuando dispensa las primeras gracias a quien no es todavía cristiano. «Es la intención y el modo de actuar divinos. Si Dios no ha despreciado a los magos, ni al etíope, ni al ladrón, ni a la cortesana, mucho menos despreciará a los que viven la justicia y la desean» (Hom. sobre Act, 23).