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Actes 6, 8-14
Se deduce del texto que Esteban ha centrado su predicación del Evangelio en los círculos judeo-helenistas, de los que debía proceder. Se nos habla de sinagogas que los judíos de la diáspora mantenían en Jerusalén como lugares de culto y de reunión. Estos judíos de procedencia helenista que vivían en la Ciudad Santa manifestaban, con la sola presencia en ella, una intensa devoción hacia la Ley de sus padres.
Ya no es sólo el Sanedrín quien se opone al Evangelio, sino también algunos otros judíos, influidos por incomprensiones y calumnias contra el mensaje cristiano.
La acusación de blasfemia es paralela a la levantada contra el Señor, la más grave que podía hacerse contra un judío. Como en el caso de Jesús, los acusadores acuden a falsos testigos, que desfiguran las expresiones de Esteban para lograr una acusación proporcionada al desenlace que se persigue.
 
Actes 6, 15
San Juan Crisóstomo, al comentar estas palabras, recuerda el rostro de Moisés al bajar del Sinaí (cfr. Ex 34, 29-35), que reflejaba la gloria de Dios y producía el mismo temor: «Era la gracia, era la gloria de Moisés. Me parece que Dios le había revestido de este resplandor porque quizá tenía algo que decir, y para atemorizarles con su solo aspecto. Pues es posible, muy posible, que las figuras llenas de gracia celestial sean amables a los ojos de los amigos y terribles ante los adversarios» (Hom. sobre Act, 15).


Chapitre n°7
Actes 7, 1-53
El discurso de Esteban es el más largo que transmite el libro de los Hechos. Presenta un resumen de la historia de Israel, dividido en tres épocas: patriarcal (1-16), mosaica (17-43) y periodo de la edificación del Templo (44-50). Termina con una breve sección argumentativa (51-53).
Llama la atención que Esteban no se defiende directamente. Contesta a sus acusadores mediante una visión cristiana de la Historia de la Salvación, según la cual el Templo y la Ley han cumplido ya su misión. Viene a decirles que él no ha dejado de respetar la Ley mosaica y el Templo, pero que posee, como cristiano, una noción más universal y profunda de la ley divina y una idea más espiritual del Templo, puesto que en cualquier lugar del orbe puede adorarse a Dios. Este planteamiento, que respeta y perfecciona los bienes religiosos del judaísmo, porque manifiesta su verdadero sentido y les da pleno cumplimiento, se refuerza por el modo de tratar la figura de Moisés. Moisés es presentado en el discurso de Esteban como tipo de Cristo. Cristo es por tanto el nuevo Moisés. Pequeñas explicaciones del texto griego del Antiguo Testamento sirven eficazmente a este fin. Expresiones como «rechazaron» o el término «libertador» (v. 35) no se aplican a Moisés en los libros del AT, pero se usan en el presente discurso para sugerir la figura de Cristo. La conducta agresiva y rebelde de los israelitas respecto a Moisés, que había recibido una misión divina, se repite de nuevo con mayor gravedad y trascendencia en su actitud de repulsa del Evangelio.
San Juan Crisóstomo glosa las palabras finales del discurso y escribe: «¿Qué tiene de extraño que desconozcáis a Cristo, si desconocéis a Moisés y a Dios mismo, que se ha manifestado con tantos milagros? (...). ‘Resistís siempre al Espíritu Santo’ (...). Cuando habíais recibido mandamientos, los despreciabais; cuando existía ya el Templo, os entregabais a la adoración de los ídolos...» (Hom. sobre Act, 17). A pesar de la energía de las palabras, el mismo autor no deja sin mencionar la mansedumbre de Esteban. «Ved cómo habla sin cólera. No injuria, sino que se contenta con recordar las palabras de los profetas» (Ibid.).
San Efrén pone de relieve, sin embargo, otros aspectos de la oración de Esteban: «Como sabía que los judíos no iban a obtener provecho de sus palabras y solamente buscaban matarle, lleno de gozo en su alma (...), censuró su dureza de corazón (...). Postergó la circuncisión de la carne, para exaltar, en cambio, la del corazón que busca sinceramente a Dios, contra quien ellos se rebelaban. De este modo añadía a las acusaciones del profeta las suyas propias» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).
 
Actes 7, 16
Según Génesis 50, 13, Abrahán compró el sepulcro al heteo Efrón. El Antiguo Testamento nos dice que el campo de Siquem fue comprado por Jacob (Gen 33, 19) y que el patriarca enterrado allí fue José (Ios 24, 32). En este punto el discurso parece seguir una tradición judaica que difiere en algún detalle del texto hebreo del AT.


Actes 7, 42-43
«Ejército del cielo»: Con esta expresión suelen designarse en la Sagrada Escritura los astros, que en algunas religiones antiguas eran objeto de culto religioso. Dios permitió que los israelitas le olvidaran en algunas ocasiones y se atrevieran a rendir culto a falsos dioses.
La cita del «Libro de los Profetas» a que se refiere San Esteban es en concreto Am 5, 25-27 (que en Act se cita más bien por el texto de la versión griega de los LXX). La interpretación del pasaje de Amós no es fácil. De hecho sabemos por el Pentateuco que los israelitas hicieron varias veces sacrificios a Yahwéh en la península del Sinaí, durante el éxodo de Egipto (cfr. Ex 24, 4-5; cap. 29; Lev caps. 8-9; Num cap. 7). Pero todos estos sacrificios fueron ofrecidos al pie del monte Sinaí, antes de emprender la larga peregrinación por el desierto, antes de entrar en la tierra prometida. Quizá San Esteban se refiera a esos largos años (cerca de cuarenta), durante los cuales no se dice en el AT que hubieran hecho los sacrificios a Yahwéh. Así, pues, las ocasiones en que los israelitas se apartan de Yahwéh comenzaron ya en los tiempos del éxodo, cuando con más poder y frecuencia se había mostrado el favor de Dios hacia ellos.


Actes 7, 55-56
«Es evidente que los que sufren por Cristo —comenta San Efrén— gozan la gloria de toda la Trinidad. Esteban vio al Padre y a Jesús situado a su derecha, porque Jesús se aparece sólo a los suyos, como a los Apóstoles después de la Resurrección. Mientras el campeón de la fe permanecía sin ayuda en medio de los furiosos asesinos del Señor, llegado el momento de coronar el primer mártir, vio al Señor, que sostenía una corona en la mano derecha, como si le animara a vencer la muerte y para indicarle que Él asiste interiormente a los que van a morir por su causa. Revela por lo tanto lo que ve, es decir, los Cielos abiertos, cerrados a Adán y vueltos a abrir solamente a Cristo en el Jordán, pero abiertos también después de la Cruz a todos los que conllevan el dolor de Cristo, y en primer lugar a este hombre. Observad que Esteban revela el motivo de la iluminación de su rostro, pues estaba a punto de contemplar esta visión maravillosa. Por eso se mudó en la apariencia de un ángel, a fin de que su testimonio fuera más fidedigno» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).


Actes 7, 57-59
El breve proceso de Esteban ante el Sanedrín termina sin sentencia formal de muerte. Es muy probable que el Tribunal judío no pudiera emitir tales sentencias, a causa de la competencia limitada que le reconocía la autoridad romana en asuntos penales. En cualquier caso la sentencia no resulta necesaria porque, interrumpido violentamente el proceso, la turba judía procede sumariamente a la lapidación de Esteban, con la aprobación tácita del Sanedrín. En realidad se produce un linchamiento.
La tradición considera a Esteban el primer mártir cristiano, ejemplo de fortaleza y sufrimiento por amor de Cristo. «¿Podrías sobrellevar todos los mandatos de Dios si no fuera por la fortaleza de la paciencia? Esto —escribe San Cipriano— lo consiguió Esteban, que al ser apedreado no pedía venganza para sus verdugos, sino perdón (...). Así convenía que fuese el primer mártir de Cristo, para que por ser, con su gloriosa muerte, modelo de los mártires venideros, no sólo hiciese de pregonero de la Pasión del Señor, sino que le imitase también en mansedumbre e inmensa paciencia» (De bono patientiae, 16).
El martirio es un acto supremo de valor y de verdadera prudencia, que a los ojos del mundo puede parecer locura. Es además una expresión de humildad, porque el mártir no es un presuntuoso o un bravucón que confía sólo en sus fuerzas, sino un hombre débil como los demás, que lo podrá todo en la gracia de su Señor. A pesar de su carácter extraordinario, la figura del mártir revela a los cristianos las posibilidades de la naturaleza que se abre a la fuerza de Dios y señala una pauta, real y simbólica a la vez, para la conducta de todo discípulo de Jesucristo.
«Como la suma de todas las virtudes y la perfección de toda justicia nace del amor a Dios y al prójimo —dice San León—, en nadie se encuentra este amor con mayor dignidad que en los bienaventurados mártires, los cuales están cercanos a nuestro Señor tanto por la imitación de la caridad como por la semejanza de la Pasión.
»Mucho han ayudado los mártires a los demás hombres, pues el Señor se ha servido de la misma fortaleza que les concedió para que el dolor de la muerte y la crueldad de la cruz no fuese terrible para ninguno de los suyos, sino imitable para muchos (...).
»Ningún ejemplo es más útil para instruir al Pueblo de Dios, que el de los mártires. La elocuencia es fácil de impetrar, la razón es eficaz para persuadir. Sin embargo, valen más los ejemplos que las palabras, y mejor se enseña con las obras que con las voces» (Hom. en la fiesta de San Lorenzo).
El Conc. Vaticano II ha recordado la excelencia del martirio por causa de la fe. Aunque existen modos heroicos de imitar y seguir al Señor que no llevan consigo el derramamiento de sangre y el dramatismo de la muerte cruenta, deben saber todos los cristianos que esta magnífica confesión de la fe siempre será actual y en ocasiones necesaria.
«Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que quien entrega su vida por Él y por los hermanos (cfr. 1 Ioh 3, 16; Ioh 15, 13). Algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro (...), es estimado por la Iglesia como un don eximio y la prueba máxima del amor. Y si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la Cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.
»La santidad de la Iglesia también se fomenta (...) con los múltiples consejos que el Señor propone a sus discípulos en el Evangelio» (Lumen gentium, n. 42).
La liturgia de la Iglesia ha resumido la ascética y la teología del martirio en el prefacio que celebra a los mártires cristianos: «La sangre del glorioso mártir derramada, como la de Cristo, para confesar tu nombre, manifiesta las maravillas de tu poder; pues en su martirio, Señor, has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio».
Esteban muere, como Jesucristo, encomendando su alma a Dios y rogando por sus perseguidores. San Lucas introduce al joven Saulo, que facilita la tarea de los verdugos cuidando sus vestidos y va a experimentar pronto el fruto de la intercesión del mártir cristiano. «Si Esteban no hubiera orado a Dios, la Iglesia no tendría a Pablo» (San Agustín, Sermo 315).
Esteban ha cerrado sus ojos a esta vida. Pero su ejemplo y su doctrina hablan. Su voz ha ido a todas las tierras y sus palabras recorrerán todos los confines del mundo.


Chapitre n°8
 
Actes 8, 1
La muerte de Esteban señala el comienzo de una violenta persecución contra la Iglesia. La misma animosidad que ha desembocado en el primer mártir cristiano se vuelve acto seguido contra el resto de los discípulos, especialmente los helenistas.
Se ha creado una nueva situación. «Lejos de abatir el valor de los discípulos, la muerte de Esteban lo había aumentado. Los cristianos se dispersan precisamente para difundir mejor la doctrina» (Hom. sobre Act, 18). La dispersión de los discípulos no es una simple huida del peligro. Es un suceso provocado por las circunstancias adversas, y convertido abnegadamente por ellos en un servicio a Dios y al Evangelio. «Lejos de implicar cobardía, huir de un lugar exige a veces más valor que permanecer en él. Es una gran prueba del corazón. La muerte pone fin a toda tribulación, pero el que huye espera continuamente la muerte y muere cada día. El exilio está lleno de incertidumbres y la conducta de los santos demuestra que no huyen por miedo. ¿Cómo se habría predicado el Evangelio por el mundo si los cristianos no se hubieran dispersado? Desde entonces muchos que llegaron a ser mártires huyeron en un primer momento, o si se adelantaron para encontrarse con sus perseguidores lo hicieron por una sugestión íntima del Espíritu divino. Pero además de los muchos ejemplos que ilustran la obligación de escapar a la persecución, tenemos sobre todo el deber mismo de la huida expresado en un claro precepto del Señor: ‘Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra’ (Mt 10, 23)» (J. H. Newman, Historical Sketches, II, cap. 7).
 
Actes 8, 4
«Observad cómo, en medio del infortunio, los cristianos continúan la predicación, en vez de descuidarla» (Hom. sobre Act, 18). Un suceso desgraciado va a contribuir eficazmente a la predicación del Evangelio. Los planes divinos desbordan siempre las previsiones y los cálculos humanos. Lo que parecía un golpe mortal para el Evangelio va a ser precisamente un impulso decisivo para su difusión. Lo que viene de Dios no puede ser destruido y los adversarios contribuyen sin quererlo a su consolidación y progreso. «La religión fundada por el misterio de la Cruz de Cristo no puede ser destruida por ningún género de crueldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones, antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados» (San León Magno, Hom. en la fiesta de San Pedro y San Pablo).
A la inicial perplejidad sucede en los discípulos una percepción más intensa de la Providencia de Dios. Recordarían quizá las palabras de Isaías: «No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos» (55, 8), así como las promesas de un Padre celestial que dispone cosas y acontecimientos para el bien de sus elegidos.
Las distintas épocas de la historia de la Iglesia presentan cierta semejanza, y en los conflictos con perseguidores ocultos o abiertos no se producen situaciones absolutamente nuevas. Los cristianos tienen siempre motivos para ser optimistas, con el optimismo de la fe, del trabajo sacrificado y de la oración. «El Cristianismo ha estado demasiadas veces en lo que parecía un fatal peligro, como para que ahora nos vaya a atemorizar una nueva prueba (...). Son imprevisibles las vías por las que la Providencia rescata y salva a sus elegidos. A veces, nuestro enemigo se convierte en amigo; a veces se ve despojado de la capacidad de mal que le hacía temible; a veces se destruye a sí mismo; o, sin desearlo, produce efectos beneficiosos, para desaparecer a continuación sin dejar rastro. Generalmente la Iglesia no hace otra cosa que perseverar, con paz y confianza, en el cumplimiento de sus tareas, permanecer serena, y esperar de Dios la salvación» (J. H. Newman, Biglietto Speech, 12-V-1979).
La resistencia que ofrece al Evangelio el mundo que ignora a Cristo contribuye a la salud espiritual de los buenos cristianos y a la purificación de la misma Iglesia. El vendaval de la persecución es bueno. —¿Qué se pierde?... No se pierde lo que está perdido—. Cuando no se arranca el árbol de cuajo —y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo— solamente se caen las ramas secas... Y ésas, bien caídas están (Camino, n. 685).
 
Actes 8, 5
No es Felipe el apóstol (1, 13) sino uno de los siete diáconos destinados a la distribución de los medios necesarios a los indigentes (6, 5). El Evangelio se anuncia a los samaritanos, que también esperaban al Mesías. Se rebasan en este momento las fronteras de Judea de modo definitivo y se cumple la promesa del Señor recogida en 1, 8: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría».
Son los despreciados samaritanos quienes se benefician en primer lugar de los afanes universalistas del Evangelio. Se trata de los primeros no judíos que escuchan la buena nueva de la salvación en Jesucristo. Se adivina la alegría de San Lucas al consignar la predicación del Evangelio a este pueblo que ha mencionado ya en su evangelio con respeto y alabanza. Es precisamente Lucas el único Evangelista que recoge la parábola del buen samaritano (cfr. Lc 10, 30-37) y que menciona la condición samaritana del leproso que agradece al Señor su curación (cfr. Lc 17, 16). Acerca de los samaritanos cfr. nota a Ioh 4, 20.


Actes 8, 6-13
Simón el mago es un impostor que trafica con el pretendido poder espiritual que posee, para obtener una ganancia material de la credulidad y superstición de sus oyentes.
San Lucas aprovecha el episodio de Simón para mostrar la diferencia entre los genuinos milagros obrados por los Apóstoles en nombre y con el poder de Jesucristo y los prodigios reales o fingidos de un impostor. «Igual que en los tiempos de Moisés se marca también ahora la distinción entre unos prodigios y otros. La magia era practicada, pero resultaba fácil distinguir los verdaderos milagros (...). Los espíritus inmundos salían de gran número de posesos, con grandes voces. Éste era el signo de su expulsión. Los que practicaban magia hacían justamente lo contrario: reforzar las ataduras de los hombres posesos» (Hom. sobre Act, 18).
El poder de Pedro y Juan es de naturaleza distinta del de Simón Mago. Lucas marca más adelante (vv. 15-17) el contraste entre el mago que busca el dinero y los Apóstoles pobres que enriquecen a muchos con el Espíritu. Los Apóstoles no actúan en virtud de una fuerza independiente que posean o controlen, sino en dependencia continua del poder divino, que obtienen mediante la oración. Los milagros de los cristianos van acompañados de la oración y nunca se apoyan en gestos o fórmulas conjuratorias. San Lucas señalará de nuevo estas diferencias al narrar los episodios del mago Elimas (13, 6 ss.), la adivina de Filipos (16, 16 ss.) y los hijos del sacerdote Esceva (19, 13 ss.).
La magia, intento de dominar fuerzas ocultas, y la superstición, que busca efectos sobrenaturales con medios inadecuados, son manifestaciones de una religión desfigurada o corrompida. La religión es en sí misma una búsqueda legítima y necesaria de Dios, con el deseo de adorarle y desagraviarle. Debe ser, sin embargo, corregida, purificada y completada por la Revelación sobrenatural, que sale al encuentro de la inquietud religiosa del hombre para elevarla y conducirla a buen término. De otro modo la religión, dejada a sí misma, puede caer en esas desviaciones y resultar fácilmente estéril e incluso perjudicial.
 
Actes 8, 10
«La Potencia de Dios, llamada la Grande»: Frase de sentido incierto, de la que pueden darse dos interpretaciones posibles: una sería que los samaritanos darían el apelativo de «la Grande» a la potencia divina que estimaban mayor. La otra interpretación sería que el apelativo griego Megálê, grande, no sería una palabra griega, sino una transcripción al griego de una palabra de la lengua aramea que significa «Reveladora». En cualquier caso, Simón Mago se atribuía poseer esa potencia divina.


Actes 8, 14-17
Los Apóstoles ejercen la responsabilidad que les compete respecto a toda la Iglesia y se hacen presentes en Samaría a través de Pedro y Juan. Estos proceden a la confirmación de los discípulos recién bautizados por Felipe. Podemos suponer que, además de imponerles las manos para la recepción del Espíritu Santo, los dos Apóstoles comprobarían también en los nuevos cristianos la asimilación correcta de los puntos centrales de la predicación evangélica. Los Apóstoles constituyen en aquel momento el centro espiritual de la Iglesia y se preocupan activamente de que las nuevas comunidades sean conscientes de los vínculos doctrinales y afectivos que les unen a la comunidad madre.
Se testimonia aquí la existencia del Bautismo y don del Espíritu Santo o Confirmación como dos ritos sacramentales diferentes. El Bautismo cristiano produce como efectos más importantes la infusión de la primera gracia y el perdón del pecado original y de los demás pecados, si los hubiese. Es el primero de todos los sacramentos en cuanto a su recepción, por lo que es llamado «puerta de la Iglesia».
Existe una estrecha relación entre los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, de forma que en los primeros siglos del cristianismo se administraba la Confirmación inmediatamente después del Bautismo, lo que también se hace hoy en el caso del Bautismo de adultos. La distinción entre esos dos sacramentos de la iniciación cristiana es clara, y ayuda a entender los efectos de cada uno. La diferencia entre Bautismo y Confirmación es semejante a la que existe, en la vida natural, entre la concepción y el desarrollo (cfr. Catecismo Romano, II, 3, 5). «Así como la naturaleza intenta y procura que los que nacen crezcan y lleguen a la edad perfecta (...), así también la Iglesia Católica, Madre de todos, desea con ansia que en aquellos que reengendró por el Bautismo se desarrolle perfectamente la imagen del hombre cristiano» (Ibid., II, 3, 17).
«La naturaleza del sacramento de la Confirmación —explica Juan Pablo II— brota de esta concesión de fuerza que el Espíritu de Dios comunica a cada bautizado, para convertirlo —según la conocida terminología catequística— en cristiano perfecto y soldado de Cristo, dispuesto a testimoniar con valentía su Resurrección y su virtud redentora: ‘Seréis mis testigos’ (Act 1, 8)» (Hom. 25-V-1980). «Todos los cristianos, incorporados a Cristo y a su Iglesia, están consagrados a Dios. Son llamados a profesar la fe que han recibido. A través del sacramento de la Confirmación son además revestidos por el Espíritu Santo de una fuerza especial para ser testigos de Cristo y partícipes de su misión salvífica» (Homilía Limerick, 1-X-1979). «Éste es un sacramento que de modo particular nos asocia a la misión de los Apóstoles, en cuanto introduce a cada bautizado en el apostolado de la Iglesia» (Homilía Cracovia, 10-VI-1979). En el sacramento de la Confirmación la gracia de Dios se anticipa en el joven cristiano a las agresivas y disolventes tentaciones mundanas, le recuerda una nítida llamada a la santidad, le proporciona un fuerte sentido de identidad como hijo de la Iglesia y le ayuda a vivir de acuerdo con sus creencias y convicciones católicas. Cristo le hace desde su juventud un defensor de la fe.


Actes 8, 18-24
La lamentable propuesta de Simón, que ofrece dinero a los Apóstoles a cambio de la capacidad para transmitir el Espíritu, ha originado el término simonía para designar el comercio con las cosas santas. Simonía es el pecado de comprar o vender por dinero o bienes temporales una cosa espiritual: un sacramento, una indulgencia, un cargo eclesiástico, etc. La maldad de este comportamiento radica en que se degrada un bien sobrenatural, esencialmente gratuito, al usarlo ilegítimamente para obtener un enriquecimiento material.
No es simonía, sin embargo, que los ministros del culto sagrado acepten una razonable limosna, en dinero o especie, para su normal sostenimiento. Jesucristo enseña que el apóstol merece un salario (cfr. Lc 10, 7), y San Pablo escribe que los anunciadores del Evangelio pueden vivir de los frutos del Evangelio (cfr. 1 Cor 9, 14). Es el caso, por ejemplo, de la limosna o estipendio que se da por la aplicación del fruto ministerial de la Santa Misa. No se entrega como precio de ese fruto espiritual, sino como ayuda para el sostenimiento del sacerdote.
La Iglesia ha combatido y prevenido siempre el peligro de simonía en sus ministros (cfr. 1 Pet 5, 2; 2 Pet 2, 3). Les ha recordado con frecuencia las palabras del Señor a los discípulos: «Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios; gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10, 8). Pero, sobre todo, coloca como estímulo delante de sus ojos la incomparable entrega del Señor, en su vida y en su muerte.
El Señor ha dado un ejemplo supremo de desinterés y rectitud de intención en el servicio a los hombres; ha vivido y muerto por ellos sin pedir nada a cambio, excepto la justa correspondencia de su amor.
Incurriría en grave falta el pastor de almas que en su ministerio persiguiera lucro económico, prestigio social, alabanza del mundo, honores o liderazgo político. En vez de pastor sería un mercenario que a la hora del peligro real sólo pensaría en sí mismo y dejaría abandonados a los fieles (cfr. Ioh 10, 12).


Actes 8, 26-40
El bautismo del funcionario etíope es un jalón muy importante en la historia de la expansión del cristianismo. La narración de San Lucas pone de manifiesto la importancia de la Sagrada Escritura y de su recta interpretación para la evangelización. En este episodio se condensan los pasos de la actividad apostólica: el discípulo de Cristo, movido por el Espíritu (cfr. v. 29), obedece con prontitud a su mandato, predica con base en la Sagrada Escritura —como hizo Jesús con los discípulos de Emaús— y administra el Bautismo.
 
Actes 8, 27
Etiopía indica el reino de Nubia, cuya capital era entonces la ciudad de Meroe, y se extendía al sur de Egipto, más allá de Asuán, la primera catarata del Nilo (actualmente es parte de Sudán). Candace no era un nombre personal, sino el nombre dinástico de las reinas de aquel país, que en ese tiempo era gobernado por mujeres (cfr. Historia Eclesiástica, II, 1, 13).
El término eunuco, como su equivalente en hebreo, se utilizaba a menudo independientemente de su significado fisiológico original, y podía ser aplicado entonces a cualquier empleado de la corte (cfr. p. ej. Gen 39, 1; 2 Reg 25, 19). En este caso, el interlocutor de Felipe era un alto cargo, equivalente al ministro del tesoro o de finanzas. No sabemos si este funcionario etíope era judío de raza, prosélito —judío no de raza sino de religión—; o quizá se tratara de un temeroso de Dios (vid. nota a Act 2, 5-11).
 
Actes 8, 28
«Volvía sentado en su carro e iba leyendo al profeta Isaías»; «Considera —exhorta San Juan Crisóstomo— qué gran cosa es no descuidar la lectura de la Escritura ni siquiera durante el viaje (...). Piensen esto los que ni siquiera en su casa las leen y, porque están con su mujer, o porque militan en el ejército, o tienen preocupaciones por sus familiares y ocupaciones en otros asuntos, creen que no les conviene hacer ese esfuerzo por leer las divinas Escrituras (...). Este bárbaro etíope es un maestro para todos nosotros: para los que tienen una vida privada, para los miembros del ejército, para las autoridades, en una palabra, para todos los hombres y también las mujeres —más aún las que están siempre en casa— y para los que han escogido la vida monástica. Aprendan todos que ninguna circunstancia es impedimento para la lectura de la palabra divina, que es posible realizar no sólo en casa sino en la plaza, en el viaje, en compañía de muchos o en medio de una ocupación. No descuidemos, os ruego, la lectura de las Escrituras» (Hom. sobre el Gen, 35).


Actes 8, 29-30
La soledad que reina en el camino facilita la conversación tranquila entre Felipe y el etíope, y surge el diálogo, un apostolado doctrinal y de confidencia. Me parece tan bien tu devoción por los primeros cristianos, que haré lo posible por fomentarla, para que ejercites —como ellos—, cada día con más entusiasmo, ese Apostolado eficaz de discreción y de confidencia (Camino, n. 971). Ésta fue efectivamente una característica de la actividad apostólica de nuestros primeros hermanos en la fe, que se fueron extendiendo poco a poco por todo el Imperio romano. Cristianos de todas las condiciones sociales desarrollaban su apostolado con sus compañeros de profesión: el marinero con el resto de la tripulación, el esclavo con sus compañeros de esclavitud; soldados, comerciantes, madres de familia... Todos movidos por ese afán proselitista que era una prueba más de la autenticidad y verdad de la fe que profesaban.
 
Actes 8, 31
«¿Cómo podré entenderlo si no me lo explica alguien?»: Al judaísmo de la época le repugnaba aceptar la idea de un Mesías que sufre y muere a manos de sus enemigos. Por eso, el etíope tiene dificultad para entender ese pasaje —y todo el canto del Siervo de Yahwéh, del que está tomado (cfr. Is 53) —. No sabe si Isaías profetizaba de sí mismo o de otro.
En ocasiones puede ser difícil entender algún pasaje de la Biblia, y por eso comenta San Jerónimo: «Yo no soy —para hablar de pasada de mí mismo— ni más estudioso ni más santo que aquel eunuco que desde Etiopía, es decir, del extremo de la tierra, vino al Templo, abandonó el palacio regio, y era tanto su amor a la ciencia divina que incluso en el carro iba leyendo las letras sagradas. Y, sin embargo (...), desconocía a quien sin saberlo veneraba en aquel libro. Llegó Felipe, le muestra a Jesús que estaba oculto y como aprisionado en la letra, y (...) en el mismo momento cree, se bautiza, es fiel y santo (...). Te lo digo (...) para hacerte ver que, sin un guía que vaya delante mostrando el camino, no se puede entrar en las Escrituras santas» (Epístola 53, 5-6).
Esa guía es la interpretación segura de la Iglesia, a quien Dios entregó los libros que había inspirado. Por eso enseña el Conc. Vaticano II: «Para entender el sentido de la Sagrada Escritura hay que tener en cuenta no sólo su contenido sino la unidad de toda la Escritura, la tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe (...). Todo lo que se refiere a la interpretación de la Escritura debe someterse en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar e interpretar la palabra de Dios» (Dei Verbum, n. 12).
 
Actes 8, 35
«Por la prontitud de su fe —afirma San Juan Crisóstomo— el eunuco es digno de admiración. No ha visto a Jesucristo ni ha presenciado ningún prodigio, y ¿cuál es la razón de su cambio? Pues que, al ser observante de las cosas de la religión, se aplica al estudio de los libros santos y hace de ellos su libro de meditación y de lectura» (Hom. sobre Act, 19).
 
Actes 8, 36
«¿Qué impide que yo sea bautizado?»: Estas palabras recuerdan las condiciones necesarias para poder recibir el Bautismo. Los adultos deben ser instruidos en la fe antes de recibir este sacramento, lo cual exige un tiempo de «iniciación cristiana». Sin embargo, algunas veces no debe diferirse el día del Bautismo, si hay alguna causa necesaria y justa, como es el peligro de muerte.
El Magisterio recuerda la obligación de bautizar a los niños sin demora: «El hecho de que los niños no puedan aún profesar personalmente su fe no impide que la Iglesia les confiera este sacramento, porque en realidad les bautiza en su propia fe. Este punto doctrinal fue ya claramente fijado por San Agustín, el cual escribía: ‘Los niños son presentados para recibir la gracia espiritual, no tanto por quienes los llevan en sus brazos —aunque también por ellos, si son buenos fieles— cuanto por la sociedad universal de los santos y de los fieles (...). Es la Madre Iglesia entera la que actúa en sus santos: porque toda ella los engendra a todos y a cada uno’ (Epístola 98; cfr. Sermo 176). Santo Tomás de Aquino, y después de él la mayoría de los teólogos recogen la misma enseñanza: el niño que es bautizado no cree por sí mismo, por un acto de fe personal, sino por medio de otros, ‘por la fe de la Iglesia que se le comunica’ (Suma Teológica, III, q. 69, a. 6, ad 3; cfr. q. 68, a. 9, ad 3). Esta misma doctrina está expresada en el nuevo Ritual del Bautismo, cuando el celebrante pide a los padres y padrinos y madrinas que profesen la fe de la Iglesia ‘en la que son bautizados los niños’» (Instrucción sobre el Bautismo de los niños, 20-X-1980, n. 14).
Más adelante la misma Instrucción se extiende sobre este importante deber de bautizar a los niños: «Ciertamente la predicación apostólica se dirigía normalmente a los adultos, y los primeros bautizados fueron hombres convertidos a la fe cristiana. Como estos hechos son narrados por el Nuevo Testamento, se podría pensar que en ellos sólo se considera la fe de los adultos. Sin embargo, la praxis del Bautismo de los niños se apoya en una tradición inmemorial de origen apostólico, cuyo valor no puede descartarse; más aún, el Bautismo jamás se ha administrado sin la fe: para los niños se trata de la fe de la Iglesia. Por otra parte, según la doctrina del Concilio de Trento sobre los sacramentos, el Bautismo no es un puro signo de la fe; es también su causa» (Ibid., n. 18).
Los padres cristianos son responsables de que sus hijos sean pronto bautizados. El nuevo Código de Derecho Canónico señala: «Los padres tienen el deber de procurar que los niños reciban el Bautismo en las primeras semanas; acudan cuanto antes al párroco, al nacer, o incluso antes, a pedir el Bautismo del hijo y la debida preparación de ellos» (can. 867).
 
Actes 8, 37
El v. 37 falta en algunos códigos griegos y en las mejores versiones. Probablemente se trata de una nota marginal que se habría introducido más tarde en el texto, y en la que se expresa la profesión de fe que debía hacerse al recibir el Bautismo. En la Vulgata figura así: «Dixit autem Philippus: Si credis ex toto corde, licet. Et respondens ait: Credo, Filium Dei esse Iesum Christum». Que traducido sería: «Dijo Felipe: Si crees de todo corazón, es posible. Respondió él: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios». Esta glosa tan antigua, inspirada en la liturgia bautismal, tiene el valor de mostrar la fe en la filiación divina de Cristo como núcleo del credo cristiano que se exigía para el Bautismo. Felipe, guiado por el Espíritu Santo, no pone en esta ocasión otras condiciones, y bautiza al etíope de inmediato.
 
Actes 8, 39
San Juan Crisóstomo nos hace reflexionar en el detalle de que el Espíritu arrebata a Felipe sin darle tiempo siquiera a alegrarse con aquél que acaba de ser bautizado. «¿Por qué le tomó el Espíritu del Señor? Porque debía seguir predicando en otras ciudades. No nos debe admirar que esto haya sucedido de un modo divino, no humano» (Hom. sobre Act, 19).
El funcionario «siguió su camino con alegría», con la alegría del que es consciente de ser hijo de Dios por el Bautismo recién recibido. Acababa de concedérsele el don de la fe y con la gracia divina se disponía a responder a sus exigencias, aun en circunstancias no muy favorables, pues era probablemente el único cristiano en toda Etiopía.
«La fe es don de Dios y como tal ha sido recibida en el Bautismo; pero para que ese don no quede estéril requiere respuesta del hombre» (Ritual del Bautismo de niños, n. 91).
El Bautismo es uno de los sacramentos que imprime una huella indeleble en el alma y sólo se recibe una vez. Sin embargo, la respuesta a las exigencias bautismales hay que actualizarla continuamente; no sólo al renovar las promesas del Bautismo en la noche pascual, sino también en toda nuestra actividad diaria, que debe responder a la actuación de un hijo de Dios.
La alegría del etíope es muy natural, y consecuencia lógica de las múltiples gracias concedidas por el Bautismo. San Juan Crisóstomo enuncia estas gracias con ayuda de citas de los Evangelios y de las epístolas de San Pablo: «Los nuevos bautizados son libres, santos, justos, hijos de Dios, herederos del Cielo, hermanos y coherederos de Cristo, miembros de su Cuerpo, templos de Dios, instrumentos del Espíritu Santo (...). Los que ayer estaban cautivos son hoy hombres libres y ciudadanos de la Iglesia. Los que ayer estaban en la vergüenza del pecado se encuentran ahora en la seguridad de la justicia; y no sólo libres sino santos» (Catequesis bautismales, III, 5).

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