Actes 2, 14-36
En estos primeros pasos de la Iglesia sobresale ya la posición de San Pedro, que habla en nombre de todos. En su discurso, tras una breve introducción, se distinguen dos partes: en la primera (vv. 16-21) se explica que los tiempos mesiánicos profetizados por Joel ya se han realizado; en la segunda (vv. 22-36) se anuncia que Jesús de Nazaret, crucificado por los judíos, es el Mesías prometido por Dios y esperado con ansia por los justos del AT, y que ha llevado a cabo el plan salvífico de Dios.
Actes 2, 14
San Juan Crisóstomo resalta en su comentario el cambio obrado en Pedro por la acción del Espíritu Santo, y la audacia del Apóstol. «¡Oíd predicar y discutir con valentía —escribe—, entre la masa de enemigos, a aquel que poco antes temblaba ante la palabra de una simple sirvienta! Esta osadía es una prueba significativa de la Resurrección de su Maestro, pues Pedro predica entre hombres que se burlan y se ríen de su entusiasmo (...). La calumnia (‘están llenos de mosto’) no turba el espíritu de los Apóstoles; los sarcasmos no disminuyen su coraje, pues la llegada del Espíritu Santo ha hecho de ellos hombres nuevos y superiores a todas las pruebas humanas. Cuando el Espíritu Santo penetra en las almas es para elevar sus afectos y para hacer, de almas terrestres y de barro, unas almas escogidas y de un coraje intrépido (...). ¡Admirad la armonía que reina entre los Apóstoles! ¡Cómo ceden a Pedro la carga de tomar la palabra en nombre de todos! Pedro eleva la voz y habla a la muchedumbre con intrépida confianza. Tal es el coraje del hombre instrumento del Espíritu Santo (...). Igual que un carbón encendido, lejos de perder su ardor al caer sobre un montón de paja, encuentra allí la ocasión de sacar su calor, así Pedro, en contacto con el Espíritu Santo que le anima, extiende a su alrededor el fuego que le devora» (Hom. sobre Act, 4).
Actes 2, 17
«En los últimos días»: Con estas palabras se hace referencia al tiempo de la venida de Cristo y a la época de salvación que sucede a esta venida; y también a que el Espíritu Santo, que Dios iba a derramar sobre los hombres de toda nación y tiempo cuando llegara el Reino del Mesías, continuaría asistiendo a su Iglesia hasta el día del Juicio Final, que será anunciado al mundo con hechos prodigiosos.
Actes 2, 22-36
Para demostrar que Jesús de Nazaret es el Mesías anunciado por los profetas. San Pedro recuerda a sus oyentes los milagros del Señor (v. 22), así como su Muerte (v. 23), su Resurrección (vv. 24-32) y su gloriosa Ascensión (vv. 33-35). El discurso termina con una breve conclusión (v. 36).
Actes 2, 32
A las pruebas proféticas, tan importantes para los judíos, San Pedro añade su propio testimonio y el de sus hermanos en el Apostolado sobre la Resurrección de Jesús.
Actes 2, 36
Jesús se había presentado muchas veces en su vida terrena como Mesías e Hijo de Dios. Su Resurrección y Ascensión a los Cielos le manifiestan como tal a los ojos de todo el mundo. En el discurso de Pedro se esboza el contenido de lo que constituyó el anuncio apostólico —kérigma— objeto de la predicación y de la fe. Este anuncio expresa el testimonio sobre la Muerte y Resurrección de Cristo y su posterior exaltación; recuerda los puntos principales de la misión de Jesús, anunciada por Juan Bautista, confirmada con milagros y concluida con las apariciones del Señor resucitado y la efusión del Espíritu Santo; señala la llegada del tiempo mesiánico vaticinado por los profetas y hace un llamamiento universal a la conversión, para preparar así la parusía o segunda venida de Cristo glorioso.
Actes 2, 37
Las palabras del Príncipe de los Apóstoles fueron instrumento de la gracia de Dios para mover el corazón de los que le escuchaban, que, impresionados, preguntan con sencillez cómo deben actuar. San Pedro les exhorta a la conversión, al arrepentimiento (vid. nota a 3, 19). El Catecismo Romano explica que para la recepción del Bautismo de adultos «es necesario que estén arrepentidos de los pecados cometidos y de la mala vida pasada y que tengan propósito de no cometer pecado alguno en adelante (...), porque nada se opone tanto a la gracia y virtud del Bautismo como la mentalidad y la disposición de aquellos que nunca se deciden a poner fin al pecado» (II, 2, 4).
Actes 2, 38
«Bautizarse en el nombre de Jesucristo»; No quiere decir necesariamente que sea ésta la forma litúrgica empleada de ordinario por los Apóstoles, en lugar de la forma trinitaria prescrita por Jesús. En la Didaché (hacia el año 100) se indica que se debe bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, sin que ello sea obstáculo para que en otros pasajes se hable de «los bautizados en el nombre del Señor». La expresión bautizarse en el nombre de Cristo indica por lo tanto la incorporación a Él, hacerse cristiano (cfr. Didaché, VII, 1; IX, 5).
También nosotros, como aquellos primeros que se acercaron a San Pedro en el día de Pentecostés, hemos sido bautizados. En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo (Es Cristo que pasa, n. 128). Desde ese momento la Trinidad empieza a actuar en el alma del bautizado. «De la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz, se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también espirituales y llevan a las demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, el entendimiento de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De Él, la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que puede ser pensado, el hacerse Dios» (San Basilio, De Spiritu Sancto, IX, 23).
De este endiosamiento que se produce en el bautizado se deduce la trascendencia que tiene el que los cristianos traten al Espíritu Santo infundido en sus almas, donde inhabita mientras no se le expulse por el pecado. Amad a la Tercera Persona de la Trinidad Beatísima: escuchad en la intimidad de vuestro ser las mociones divinas —esos alientos, esos reproches—, caminad por la tierra dentro de la luz derramada en vuestra alma (...). Podemos, por tanto, tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros? (1 Cor III, 16), y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero que no es Alguno —una de las tres Personas del único Dios—, con quien se habla y de quien se vive. Hace falta —en cambio— que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través de la liturgia. Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse cristianos: advertiremos toda la grandeza y toda la verdad de ese endiosamiento, de esa participación en la vida divina (Es Cristo que pasa, nn. 133-134).
Actes 2, 39
La «promesa» del Espíritu Santo es tanto para los judíos como para los gentiles, pero concierne a aquellos en primer lugar, en cuanto depositarios de los oráculos de Dios, objeto de las prerrogativas del Antiguo Testamento y de la predicación inmediata y directa del mismo Jesús. San Pedro afirma que la promesa es también «para todos los que están lejos», expresión con la que designa a los gentiles, según explica San Pablo (cfr. Eph 2, 13-17) y exclama Isaías: «¡Paz, paz al de lejos y al de cerca!» (Is 57, 19). Cfr. Act 22, 21.
Actes 2, 40
La «generación perversa» no es sólo la parte del pueblo judío que había rechazado a Cristo y su doctrina, sino todo el mundo alejado de Dios (cfr. Dt 32, 5; Phil 2, 5).
Actes 2, 41
San Lucas cierra el episodio de Pentecostés y se dispone a tratar un nuevo asunto. Antes de seguir adelante consigna, a modo de anotación, el dato de que «unas tres mil almas» se han hecho cristianas a raíz del discurso de Pedro.
San Lucas señala con frecuencia el aumento numérico de la Iglesia (2, 47; 4, 4; 5, 14; 6, 1.7; 9, 31; 11, 21.24; 16, 5). Este crecimiento, interesante en sí mismo, es a la vez un signo elocuente de la eficacia de la Palabra evangélica anunciada con valentía por los Apóstoles. Quiere decir que la predicación constante y decidida del Evangelio prende en todo terreno y encuentra siempre hombres y mujeres dispuestos a aceptarlo y vivirlo.
No es verdad que toda la gente de hoy —así, en general y en bloque— esté cerrada, o permanezca indiferente, a lo que la fe cristiana enseña sobre el destino y ser del hombre; no es cierto que los hombres de estos tiempos se ocupen sólo de las cosas de la tierra, y se desinteresen de mirar al cielo. Aunque no faltan ideologías —y personas que las sustentan— que están cerradas, hay en nuestra época anhelos grandes y actitudes rastreras, heroísmos y cobardías, ilusiones y desengaños; criaturas que sueñan con un mundo nuevo más justo y más humano, y otras que, quizá decepcionadas ante el fracaso de sus primitivos ideales, se refugian en el egoísmo de buscar sólo la propia tranquilidad, o en permanecer inmersas en el error.
A todos esos hombres y a todas esas mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a la Pentecostés: Jesús es la piedra angular, el Redentor, el todo de nuestra vida, porque fuera de Él no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual podamos ser salvos (Act IV, 12) (Es Cristo que pasa, n. 132).
Actes 2, 42-47
Es el primero de los tres sumarios que se recogen en los capítulos iniciales del libro (cfr. 4, 32-35 y 5, 12-16). Describe en términos sencillos lo más esencial de la vida ascética y litúrgico-sacramental de los primeros cristianos. Es un expresivo retrato espiritual de la comunidad, que después de Pentecostés ha traspasado ya los limites del Cenáculo y vive recogida pero cada vez más relacionada con el mundo que la rodea.
Actes 2, 42
«El escritor sagrado —observa San Juan Crisóstomo— destaca aquí especialmente dos virtudes: la perseverancia y la unión de los espíritus, y nos hace entender que los Apóstoles continuaron por largo tiempo instruyendo a los discípulos» (Hom. sobre Act, 7).
La «doctrina de los Apóstoles» es la instrucción habitual impartida a los nuevos convertidos. No es el anuncio del Evangelio a los no cristianos, sino una catequesis cada vez más ordenada y sistemática en la que se explica a los discípulos el sentido cristiano de la Sagrada Escritura y las verdades fundamentales de la Fe —núcleo de los futuros credos de la Iglesia— que debían ser creídas y practicadas para la salvación.
La catequesis, que es una constante predicación y explicación del Evangelio «hacia adentro», aparece en el mismo comienzo de la Iglesia. «Evangelizadora, la Iglesia empieza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y trasmitida, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor» (Evangelii nuntiandi, n. 15).
Si la catequesis es una necesidad de los convertidos, y en general de todos los cristianos, es consiguientemente una seria responsabilidad de los pastores de almas. «El libro entero de los Hechos de los Apóstoles atestigua que éstos fueron fieles a su vocación y a la misión recibida. Los miembros de la primitiva comunidad cristiana aparecen perseverantes en ‘la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones’. Se encuentra aquí la imagen permanente de una Iglesia que, gracias a la enseñanza de los Apóstoles, nace y se nutre continuamente de la Palabra del Señor, la celebra en el sacrificio eucarístico y da testimonio al mundo con el signo de la caridad» (Catechesi tradendae, n. 10).
La comunión se refiere a la unión de corazones operada por el Espíritu Santo. Esta unidad profunda se consolida en los discípulos al vivir y sentir su fe como un bien común incomparable, concedido, en Jesucristo, por Dios Padre. En esta comunidad de afectos radican las disposiciones de desprendimiento que llevan en su momento a la renuncia generosa de los propios bienes en beneficio de los más necesitados.
La fracción del pan es la Sagrada Eucaristía. No se refiere a una comida ordinaria. Se trata de una nueva expresión cristiana que se usa en los orígenes para designar la confección y administración a los fieles del sacramento que contiene el cuerpo del Señor. Esta expresión, asociada a la idea de convite, será pronto sustituida por la de Eucaristía, que subraya la idea de acción de gracias (cfr. Didaché, IX, 1). La Santa Misa y la comunión eucarística constituyen desde Pentecostés el centro del culto cristiano. «Desde entonces —enseña el Conc. Vaticano II— la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo en todas las Escrituras lo que se refería a él (Lc 24, 27), celebrando la Eucaristía, en la que ‘se hacen presentes de nuevo la victoria y el triunfo de la muerte de Cristo’ (De SS. Eucharistia, cap. 5), y dando gracias al mismo tiempo a Dios» (Sacrosanctum Concilium, n. 6).
El alimento eucarístico, recibido con corazón puro y conciencia limpia, permite a los discípulos del Señor vivir la vida nueva del Evangelio y estar en el mundo sin ser del mundo. Esta conexión entre Eucaristía y vida del cristiano era vigorosamente recordada por Juan Pablo II, en Dublín, con las siguientes palabras: «Es de la Eucaristía de donde recibimos todos nosotros gracia y fuerza para la vida diaria, para vivir la auténtica vida cristiana con la alegría de saber que Dios nos ama, que Cristo murió por nosotros, y que el Espíritu Santo vive en nosotros.
»Nuestra participación plena en la Eucaristía es la fuente verdadera del espíritu cristiano que deseamos ver en nuestra vida personal y en todas las facetas de la sociedad. Ya prestemos servicio en la política, o en los campos económico, cultural, social o científico —sea cual fuere nuestra ocupación— la Eucaristía es una exigencia de nuestra vida diaria.
»Nuestra unión con Cristo en la Eucaristía debe manifestarse en nuestra existencia cotidiana: acciones, conducta, estilo de vida, y en las relaciones con los demás. Para cada uno de nosotros, la Eucaristía es llamada al esfuerzo creciente para llegar a ser auténticos seguidores de Jesús: verdaderos en las palabras, generosos en las obras, con interés y respeto por la dignidad y derechos de todas las personas, sea cual sea su rango o sus posesiones, sacrificados, honrados y justos, amables, considerados, misericordiosos (...). La verdad de nuestra unión con Jesucristo en la Eucaristía queda patente en si amamos o no amamos de verdad a nuestros compañeros (...), en cómo tratamos a los demás y en especial a nuestra familia (...), en si tratamos o no de estar reconciliados con nuestros enemigos, en si perdonamos a quienes nos hieren u ofenden» (Homilía Phoenix Park, 29-IX-1979).
Actes 2, 43
El temor de que aquí se habla es el sobrecogimiento religioso que se apodera de los discípulos al presenciar los milagros y otras acciones de carácter sobrenatural que el Señor obra a través de los Apóstoles. Es un temor saludable que supone respeto profundo y comportamiento adecuado ante lo santo y que es capaz de obrar grandes cambios de disposición y conducta en quienes lo sienten.
En la reacción de San Pedro después de la pesca milagrosa —«apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador»— se nos ha conservado un ejemplo único de este sobrecogimiento ante la santidad de Dios y su obrar magnifico: «Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían capturado» (Lc 5, 9).
Actes 2, 44
La caridad y la unión de corazones mueve a los discípulos a un desprendimiento sacrificado para remediar la indigencia material de los más pobres. La comunidad de bienes mencionada en este pasaje no equivale a un régimen estable de propiedad comunitaria o algo semejante. Los cristianos acomodados comparten oportuna y voluntariamente sus medios de vida con sus hermanos necesitados. Cada uno de los discípulos conserva en todo momento, la plena disposición sobre sus pocas o muchas posesiones, lo cual avalora su caridad al desprenderse de ellas.
«Esta pobreza y este desprendimiento voluntarios —comenta Crisóstomo— cortaban de raíz el principio egoísta de muchos males, y los nuevos discípulos demostraban haber entendido la doctrina evangélica.
»No es la prodigalidad de ciertos filósofos que han abandonado su patrimonio o arrojado su oro al mar, más por locura que por un verdadero desprecio de las riquezas. Porque siempre el demonio se ha esforzado en corromper el buen uso de las criaturas hechas por Dios, como si el oro y la plata no pudieran usarse con sabiduría» (Hom. sobre Act, 7).
Ni es desprendido el pródigo que despilfarra sus bienes ni es egoísta quien los conserva para usarlos con generosidad en el momento oportuno. No consiste la verdadera pobreza en no tener, sino en estar desprendido: en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas.
—Por eso hay pobres que realmente son ricos. Y al revés (Camino, n. 632).
Actes 2, 46
El Templo de Jerusalén es inicialmente para los primeros cristianos uno de los centros de su vida litúrgica y de oración. El Templo es para ellos la casa de Dios, Padre de Jesucristo. Junto a las obvias y marcadas diferencias con el judaísmo, perciben también en el mensaje del Señor una continuidad que les permitirá practicar por un tiempo diversos aspectos externos de la religión de sus padres.
Además de un instinto religioso legítimo que venera al único Dios vivo y verdadero, adorado por judíos y cristianos, habría también, como sugiere San Jerónimo, razones de prudencia. «Los Apóstoles —dice— tuvieron mucho cuidado, ya que la primitiva Iglesia estaba compuesta de judíos, de no innovar nada, para evitar el posible escándalo de los creyentes» (Epístola 26, 2).
El Templo no era, sin embargo, el único lugar donde los cristianos de la ciudad santa se reunían para la oración y el culto. «Partían el pan en las casas», es decir, la comunidad cristiana de Jerusalén —igual que las comunidades fundadas después por San Pablo— no posee todavía un edificio reservado especialmente para las reuniones litúrgicas. Se reúne por lo tanto en casas privadas mientras lo permite el número de personas. Es de suponer que sería naturalmente en algún lugar digno y convenientemente preparado. Aumentado el grupo de discípulos, es probable que se trasladara a un lugar mayor, propiedad quizá de algún cristiano acomodado. Por motivos tanto económicos como políticos (persecuciones, etc.), la construcción de edificios destinados solamente al culto no comenzará hasta el siglo III.
Chapitre n°3
Actes 3, 1
Es la hora del sacrificio de la tarde, que comenzaba hacia las tres y era frecuentado por gran número de judíos piadosos. El largo rito duraba hasta la caída del sol. Era éste el segundo sacrificio del día. Por la mañana tenía lugar otro, con ritos análogos, que se iniciaba con la aurora y duraba hasta las nueve de la mañana, hora de tercia.
Actes 3, 2
La puerta «Hermosa» no figura con este nombre en los documentos conocidos sobre la topografía del Templo. Se trata probablemente de la llamada puerta de Nicanor o puerta corintia, que comunicaba el extenso atrio de los gentiles con el atrio de las mujeres y conducía finalmente al de los judíos. Tenía gran valor artístico. Al ser muy transitada, por su posición, era un lugar muy apropiado para pedir limosna.
Actes 3, 3-8
La curación del tullido es el primer milagro obrado por medio de los Apóstoles. «Esta curación —escribe Crisóstomo— testimonia la Resurrección de Cristo, de la cual es imagen (...). Observad en primer lugar —continúa— que los dos Apóstoles no van al Templo con la intención de hacer un milagro, porque a imitación de su Maestro evitaban todo lo que pudiera reportarles notoriedad humana» (Hom. sobre Act, 8).
Los Apóstoles consideran, sin embargo, que ha llegado el momento de que actúe a través de ellos la energía sobrenatural que han recibido de Dios. Lo que en el Evangelio hacía el Señor por sí mismo y con su poder divino, lo hacen ahora los Apóstoles en el nombre y con la fuerza de Cristo. «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan» (Lc 7, 22). Se cumple la promesa del Señor, que ha concedido a los suyos el poder de obrar milagros, signos visibles de la llegada del Reino de Dios. No son simples hechos extraordinarios que se produzcan casual o repentinamente sin colaboración de los discípulos. El Señor los realiza movido por la fe de los Apóstoles, que es una condición esencial. Los discípulos saben que han recibido un don y obran en consecuencia.
Los milagros del Nuevo Testamento indican una situación especialmente intensa de gracia divina. Pero no son un caso único en la economía cristiana de salvación. Se repiten, según las circunstancias y de modos diversos, atraídos por las disposiciones interiores de hombres y mujeres de fe. También a nosotros, si luchamos diariamente por alcanzar la santidad cada uno en su propio estado dentro del mundo y en el ejercicio de la propia profesión, en nuestra vida ordinaria, me atrevo a asegurar que el Señor nos hará instrumentos capaces de obrar milagros y, si fuera preciso, de los más extraordinarios. Daremos luz a los ciegos. ¿Quién no podría contar mil casos de cómo un ciego casi de nacimiento recobra la vista, recibe todo el esplendor de la luz de Cristo? Y otro era sordo, y otro mudo, que no podían escuchar o articular una palabra como hijos de Dios... Y se han purificado sus sentidos, y escuchan y se expresan ya como hombres, no como bestias. In nomine Iesu!, en el nombre de Jesús sus Apóstoles dan la facultad de moverse a aquel lisiado, incapaz de una acción útil; y aquel otro poltrón, que conocía sus obligaciones pero no las cumplía... En nombre del Señor, surge et ambula!, levántate y anda.
El otro, difunto, podrido, que olía a cadáver, ha percibido la voz de Dios, como en el milagro del hijo de la viuda de Naim: muchacho, yo te lo mando, levántate. Milagros como Cristo, milagros como los primeros Apóstoles haremos (Amigos de Dios, n. 262).
Los milagros exigen la colaboración, es decir la fe, de quienes van a ser curados. El tullido ha de poner algo de su parte, aunque sea un gesto tan sencillo como levantar la mirada hacia los dos Apóstoles.
Actes 3, 11-26
Este segundo discurso de San Pedro tiene dos partes: en la primera (vv. 12-16), el Apóstol explica que el milagro se ha realizado en el nombre de Jesús y por la fe en su nombre; en la segunda (vv. 17-26), mueve a penitencia a la multitud reunida, culpable en alguna medida de la muerte de Jesús.
Estas palabras apuntan a la misma finalidad que las pronunciadas el día de Pentecostés: mostrar el poder de Dios manifestado en Jesucristo, hacer ver a los judíos la gravedad de su crimen y moverles a penitencia. En ambos discursos se da también la referencia a la segunda venida del Señor y sobre todo se resalta la importancia del testimonio sobre la Resurrección de Jesús, de la que el Colegio Apostólico se presenta como testigo.
Actes 3, 13
El término original griego (pais) equivale en latín a puer («esclavo, siervo») y filius («hijo»). Al usar esta palabra, San Pedro tiene presente sin duda la profecía de Isaías sobre el Siervo de Yahwéh: «He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera. Así como muchos se asombraron de él —pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana—, otro tanto se admirarán muchas naciones» (52, 13-15).
San Pedro identifica a Jesús con el Siervo de Yahwéh, que a causa de su carácter sufriente no era interpretado por los judíos como figura mesiánica. Jesucristo, que es el Mesías, une en Sí tanto el dolor como la gloria.
Actes 3, 14
San Pedro se refiere a Jesús con términos fáciles de entender por judíos en un sentido mesiánico. La expresión Santo de Dios se emplea ya como predicado o título mesiánico de Jesús en Mc 1, 24 y Lc 4, 34. Recuerda el lenguaje del Antiguo Testamento (cfr. Ps 16, 10).
El Justo es también el mismo Mesías, que ha sido anunciado por los profetas como modelo y realizador de la verdadera justicia (cfr. Act 7, 12). «Santo» y «Justo» son palabras equivalentes, como lo son también aquí santidad y justicia.
Actes 3, 15
Cuando San Pedro recuerda a sus oyentes la elección que hicieron de un homicida —Barrabás—, en vez de elegir a Jesús, autor de la vida, podemos pensar que no se refería sólo a la vida física sino también a la espiritual, a la vida de la gracia. Cada vez que el hombre peca —el pecado es la muerte del alma— se vuelve a repetir esta elección. «El Señor fue quien al principio hizo al hombre, y le dejó en manos de su propio albedrío. Si tú quieres, guardarás los mandamientos; permanecer fiel es cosa tuya. Él te ha puesto delante fuego y agua, adonde quieras puedes llevar tu mano. Ante los hombres está la vida y la muerte; lo que prefiera cada cual se le dará» (Eccli 15, 14-18).
Actes 3, 16
El texto original tiene una redacción muy característica de la lengua judaica, que resulta notoriamente oscura para nuestros modos de expresión. Una de las causas es el empleo de «nombre» en vez de expresar claramente la persona. En el pasaje, «nombre» equivale a «Jesús». Según esto, el versículo puede ser interpretado así: mediante la fe en Jesús, el cojo de nacimiento, a quien conocen y han visto, ha sido curado; es el mismo Jesús quien ha realizado la curación completa e instantánea.
Actes 3, 17-18
El pueblo judío obró por ignorancia, dice San Pedro. Ya Jesús había dicho en la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). El pueblo no sabía que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Se dejó llevar por los sacerdotes y los principales del pueblo. Estos, que conocían las Escrituras, deberían haberlo reconocido, pero ofuscaron su mente y por malicia y envidia le crucificaron.
A todos se ofrece el perdón de Dios. San Pedro «les dice que la muerte de Cristo era consecuencia de la voluntad y decreto divinos (...). ¡Ved este incomprensible y profundo designio de Dios! No es uno, son todos los Profetas a coro quienes habían anunciado este misterio. Pero aunque los judíos habían sido, sin saberlo, la causa de la muerte de Jesús, esta muerte había sido determinada por la Sabiduría y la Voluntad de Dios, sirviéndose de la malicia de los judíos para el cumplimiento de sus designios. El Apóstol no les dice: Aunque los profetas hayan predicho esta muerte y vosotros la hayáis hecho por ignorancia, no penséis estar enteramente excusados; Pedro les dice en tono suave: ‘Arrepentíos y convertíos’. ¿Con qué objeto? Para que sean borrados vuestros pecados. No sólo vuestro asesinato, en el cual interviene la ignorancia, sino todas las manchas de vuestras almas» (Hom. sobre Act, 9).
El Conc. Vaticano II indica cuál debe ser la actitud de los cristianos ante el pueblo judío, así como ante las demás religiones no cristianas: respeto y celo prudente para atraerlos a la fe. «Aunque las autoridades de los judíos y sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo (cfr. Ioh 19, 6), sin embargo, lo que en su Pasión se hizo no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy. Si bien la Iglesia es el Nuevo Pueblo de Dios, no se debe señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos (...). Gran parte de los judíos no aceptaron el Evangelio, e incluso no pocos se opusieron a su difusión. No obstante, según San Pablo (cfr. Rom 11, 28-29), los judíos son todavía muy amados a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación» (Nostra aetate, n. 4). No se pueden olvidar las prerrogativas del pueblo judío (cfr. Rom 9, 4-5) y que de él procede Cristo según la carne, así como su Madre, la Virgen María, y los Apóstoles, fundamento y columnas de la Iglesia, y muchos de los primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo.
La Iglesia, movida por la caridad, ruega al Señor por la conversión espiritual del pueblo hebreo: «Cristo, Dios y hombre, que eres Señor de David y de sus hijos, te suplicamos que en cumplimiento de las profecías y de las promesas, Israel te reconozca como Mesías» (Liturgia de las Horas, Preces de Laudes, 31 de diciembre).
Actes 3, 19
Efecto de la compunción es el anhelo de reparación por el mal causado. El día de Pentecostés muchos judíos, movidos por la gracia, preguntaron a los Apóstoles qué debían hacer para reparar el crimen cometido. También en esta ocasión San Pedro les mueve a un cambio de vida sincero y eficaz hacia Dios. Esta penitencia o conversión que Pedro predica es el mismo mensaje con el que se inició el anuncio del Reino (cfr. Mc 1, 15; 13, 1-4). «Significa cambio de mentalidad, y se refiere al estado del hombre pecador, necesitado de cambiar de vida y dirigirse hacia Dios y deseoso de levantarse de las propias faltas, de arrepentirse y de invocar la misericordia divina» (Pablo VI, Hom. 24-II-1971).
Explicaba Pablo VI en otra ocasión que la palabra conversión podría traducirse en la práctica llamándola reforma interior. «A esta reforma estamos llamados y ella nos hará ver muchas cosas. La primera se refiere al análisis interior de nuestra alma (...): debemos examinarnos sobre cuál es la verdadera dirección principal de nuestra vida, cuál es el movimiento habitual que predomina en nuestro modo de pensar y de actuar, cuál es nuestra razón de vivir (...). ¿Se dirige el timón de nuestra ruta hacia la meta exacta o quizá su dirección necesita ser rectificada? (...). Tras este examen sobre nosotros mismos (...) encontraremos pecados, o al menos debilidades que necesitan penitencia y reforma profunda» (Audiencia general Pablo VI, 21-III-1973).
Actes 3, 20
Se refiere a la parusía o segunda venida de Cristo como Juez de vivos y muertos (cfr. nota a 1, 11).
Actes 3, 22-24
San Pedro desea demostrar que en Jesús se cumplen las profecías del Antiguo Testamento, por ser descendiente de David (2, 30), por su condición de profeta (cfr. Dt 18, 15), sus sufrimientos (2, 23), su función de piedra angular (4, 11) y su resurrección y exaltación a la diestra del Padre (2, 25-34).
Chapitre n°4
Actes 4, 1-4
Sobre la secta de los «saduceos», véase la nota a Mt 3, 7.
San Lucas narra en este capítulo el primer conflicto de los Apóstoles con las autoridades de Jerusalén. A pesar del accidentado final del discurso de Pedro, sus palabras son un eficaz instrumento de la gracia, que hace crecer la fe en las almas de los oyentes, y cautiva el amor de sus corazones.
Ante el alboroto de la muchedumbre que se había congregado en torno a San Pedro con ocasión de la curación del cojo, acude el «jefe de la guardia del Templo», que era un sacerdote principal —el segundo en dignidad después del sumo sacerdote— encargado especialmente de mantener el orden. Los sacerdotes que aquí nombra San Lucas eran los que estaban de turno semanal, y atendían directamente el normal funcionamiento del Templo.
Actes 4, 5-7
Los tres grupos señalados constituyen el gran Sanedrín, el mismo tribunal que poco antes había juzgado y condenado al Señor (cfr. nota a Mt 2, 4). Se cumplen ya las palabras de Jesús: «No es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (Ioh 15, 20).
En realidad Anás ya no era sumo sacerdote en aquel momento, pero se le aplica este título juntamente con Caifás, por la excepcional autoridad que conservó después de su mandato, pues tuvo por sucesores en ese cargo a cinco hijos, además de su yerno Caifás (cfr. Antiquitates iud., 20, 198 s.).
Actes 4, 8-12
La seguridad y la alegría que manifiestan los Apóstoles es impresionante, así como la libertad y audacia con que afirman: «No podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído» (v. 20)». Ésta es la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Los cristianos amilanados —cohibidos o envidiosos— en su conducta, ante el libertinaje de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de Cristo —si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo conseguiremos— nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía de espíritu (Amigos de Dios, n. 38).
Los cristianos están obligados a confesar su fe cuando el silencio supondría su negación implícita, el desprecio de la religión, la ofensa a Dios o el escándalo del prójimo. Por eso exhorta el Conc. Vaticano II: «Los cristianos, comportándose sabiamente con aquellos que no tienen fe, esfuércense por difundir ‘en el Espíritu Santo, con caridad sincera, con la palabra de la verdad’ (2 Cor 6, 6-7) la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apostólica, incluso hasta el derramamiento de sangre (cfr. Act 4, 29). Porque el discípulo tiene la obligación grave con Cristo Maestro de conocer cada día más la verdad que de Él ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía...» (Dignitatis humanae, n. 14).
El Papa Pablo VI pedía en el año de la Fe un examen sobre algunos puntos débiles que pueden ofender la fe y disminuir su vitalidad; entre ellos se encuentran la ignorancia y los respetos humanos, «es decir, la vergüenza o el miedo en profesar la propia fe. No hablamos de la discreción o reserva que en una sociedad pluralista y profana como la nuestra prescinde de manifestaciones de índole religiosa frente a los demás. Nos referimos a la debilidad, a la omisión en la confesión de las propias ideas religiosas por temor al ridículo, a la crítica o a la reacción de los otros (...) y que es la causa —quizá la principal— del abandono de la fe para quien se conforma con el ambiente nuevo en el que se encuentra» (Audiencia general Pablo VI, 19-VI-1968).
Actes 4, 8
En estos primerísimos pasos del cristianismo se hace realidad la predicción de Jesús: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales (...). Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros» (Mt 10, 17-20).
Actes 4, 10
«A quien Dios resucitó»: San Pedro vuelve a dar testimonio de la Resurrección de Jesús, verdad central de la predicación apostólica, y lo hace con las mismas palabras que el día de Pentecostés. Esta expresión no está en desacuerdo con nuestra confesión de que Jesús «resucitó por su propio poder al tercer día» (Credo del Pueblo de Dios, n. 12). El poder por el que Cristo resucitó es el de la Persona divina, a la que permanecieron unidos tanto el cuerpo como el alma del Señor, después de su separación por la muerte. «Uno mismo es el poder divino y la operación del Padre y del Hijo y de aquí se sigue que Cristo resucitó por el poder del Padre y el suyo propio» (Suma Teológica, III, q. 53, a. 4).
«Por el nombre de Resurrección —aclara el Catecismo Romano— no debe entenderse únicamente que Cristo resucitó de entre los muertos, lo cual fue común a otros muchos, sino que resucitó por su propio poder, lo cual fue exclusivo y singular en Él. Porque ni la naturaleza permite, ni se le ha concedido a ningún hombre, poder volver de la muerte a la vida por propia facultad. Esto está reservado a la suma potestad de Dios (...). Y si bien leemos alguna vez en las Escrituras que Cristo fue resucitado por el Padre, esto se le ha de aplicar en cuanto hombre; así como, por otra parte, se refieren a Él mismo en cuanto Dios aquellos textos en que se dice que resucitó por su propio poder» (I, 6, 8).
Actes 4, 11
San Pedro aplica a Jesús el Ps 118, 22, recordando sin duda que ya el Señor había dicho de Sí mismo que era la piedra rechazada por los constructores y había llegado a ser la piedra angular, la piedra clave del arco que sostiene y fundamenta todo el edificio (cfr. Mt 21, 42 y par.).
Actes 4, 12
La invocación del nombre de Jesús es omnipotente porque es el nombre propio del Salvador (cfr. nota a Mt 1, 21). El Señor mismo se lo garantizó a los Apóstoles: «Si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá» (Ioh 16, 23), y ellos, confiados en esta promesa, obran conversiones y milagros «en el nombre de Jesús». El poder de este Nombre también ahora —como siempre— obrará prodigios en nosotros y en las almas por quienes le invocamos. Aconseja San Josemaría Escrivá: Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre —Jesús— y a decirle que le quieres (Camino, n. 303). Y la Liturgia de la Iglesia nos invita a pedir: «Oh Dios, que nos llamas en aquella hora en que los Apóstoles subieron al Templo a orar, concédenos que la oración que con sincero corazón te dirigimos en el nombre de Jesús, consiga la salvación de todos los que te invocan en ese nombre» (Heb I, feria II ad nonam).
Actes 4, 13
Los miembros del Sanedrín se asombran con razón de la seguridad de San Pedro, y del empleo que hombres poco versados en la Ley hebrea hacen de la Sagrada Escritura. «Es admirable —dice el Crisóstomo— contemplar a los Apóstoles, pobres y sin armas terrenas, entablar combate contra enemigos perfectamente armados; y luchar, débiles y pobres, contra príncipes llenos de poder y autoridad. Ignorantes y de escasa oratoria, entran en discusión con expertos en retórica y en el lenguaje de las academias» (Hom. sobre Act, 4).