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NOTAS a los Hechos de los Apóstoles (EUNSA)


Chapitre n°1
Actes 1, 1-5
San Lucas es el único autor del Nuevo Testamento que ha escrito un prólogo a su obra, semejante al que empleaban los historiadores profanos. En este prólogo pretende sobre todo informar al lector sobre la honda naturaleza religiosa del libro que tiene en sus manos. La obra va a narrar los acontecimientos en los que se realiza la Voluntad de Dios Creador y Salvador, Dios de Israel, que ha cumplido sus promesas. Guiado por la inspiración divina. San Lucas ha cimentado su obra con citas de los Salmos, Isaías, Amós y Joel. El Antiguo Testamento se refleja con amplitud en el libro de los Hechos de los Apóstoles y es interpretado desde el cumplimiento en Jesús de las antiguas profecías mesiánicas.
Este prólogo hace referencia al Evangelio de San Lucas como a un «primer libro». Se mencionan los últimos sucesos de la vida del Señor —apariciones del Resucitado y Ascensión al Cielo— y se enlaza con ellos el relato que ahora comienza.
El propósito de San Lucas es describir los orígenes y primera expansión del cristianismo, efectuados bajo el impulso del Espíritu Santo, protagonista central del libro.
Pero no es un mero relato histórico. «Los Hechos de los Apóstoles —explica San Jerónimo— parecen sonar puramente a desnuda historia, y que se limitan a tejer la niñez de la naciente Iglesia. Pero si caemos en la cuenta de que su autor es Lucas, médico, cuya alabanza se encuentra en el Evangelio (cfr. 2 Cor 8, 18), advertiremos igualmente que todas sus palabras son medicamentos para el alma enferma» (Epístola 53, 9).
La dimensión espiritual del libro de los Hechos, que forma una estrecha unidad con el tercer Evangelio, encendió el alma de las primeras generaciones cristianas, que vieron en sus páginas la crónica del fiel y amoroso actuar divino con el nuevo Israel.
«La utilidad de este libro —escribe San Juan Crisóstomo al principio de su gran Comentario— no es menor que la del Evangelio. Brilla en las cimas de la más alta sabiduría y en las más puras enseñanzas. Ofrece el relato de los milagros, muy numerosos, realizados por el Espíritu Santo. Contiene el cumplimiento de las profecías de Jesucristo consignadas en el Evangelio, la verdad justificada con la luz de los más solemnes testimonios y la transformación de los Apóstoles en hombres perfectos, extraordinarios, por la fuerza del Espíritu derramada sobre ellos. Todos los anuncios y promesas de Jesucristo a sus discípulos —el que crea en mí hará estos y aun mayores prodigios, seréis llevados ante tribunales y reyes, flagelados en las sinagogas, agobiados de malos tratos, vencedores, sin embargo, de vuestros perseguidores y verdugos para conducir el Evangelio hasta los confines de la tierra— encuentran razón cumplida en este admirable libro. Aquí veréis a los Apóstoles recorrer naciones y surcar mares con el celo impetuoso de aves veloces. Estos galileos, hasta hace poco tan pusilánimes y toscos, aparecen cambiados en hombres nuevos que desprecian las riquezas y los honores, las llamas de la cólera y la codicia de los sentidos, porque han sido hechos superiores a toda pasión» (Hom. sobre Act, 1).
San Lucas dedica su nuevo libro a Teófilo, como ya hizo con el Evangelio. La dedicatoria sugiere que Teófilo es un cristiano culto de posición social acomodada. Podría ser también una figura literaria: Teófilo, «amigo de Dios». Cabe pensar asimismo que el tiempo transcurrido entre la composición de Hechos y del tercer Evangelio no debió ser muy largo.
 
Actes 1, 1
«Hizo y enseñó»; Se sintetiza en estas palabras de modo conciso la obra de Jesucristo, narrada ya en las páginas de los Evangelios. Los dos verbos describen el modo en que se da la Revelación salvadora de Dios. Dios se anuncia y se manifiesta amorosamente en el curso de la historia humana mediante sus acciones y su voz. «La Revelación se realiza mediante obras y palabras, Íntimamente ligadas entre sí —enseña el Conc. Vaticano II—; las obras que Dios hace en la Historia de la Salvación manifiestan y confirman la doctrina y lo que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre transmitida por esta Revelación resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la Revelación» (Dei Verbum, n. 2).
El Señor «proclamó el Reino del Padre con el testimonio de su vida y con el poder de su Palabra» (Lumen gentium, n. 35). No se limitó a hablar ni quiso ser solamente el Maestro que iluminaba con maravillosas enseñanzas. Fue sobre todo el Redentor capaz de salvar al hombre caído, con la eficacia divina de todos y cada uno de los momentos de su existencia sobre la tierra.
«Todas nuestras debilidades, que proceden del pecado, las ha aceptado el Señor, sin tener parte en el pecado. Ha conocido el hambre y la sed, el sueño y el cansancio, la tristeza y las lágrimas. Ha sufrido los dolores más intensos y hasta los supremos sufrimientos de la muerte. Nadie, en efecto, habría podido ser librado de los lazos de la condición pecadora si Aquél cuya sola naturaleza era del todo inocente no hubiera aceptado morir a manos de los impíos. Por eso, nuestro Salvador, Hijo de Dios, ha dejado a todos los que creen en Él un auxilio eficaz, y a la vez un ejemplo. Obtienen lo primero al renacer por la gracia y siguen el segundo al imitarle» (San León Magno, Hom. 12 sobre la Pasión).
Las acciones redentoras de Jesús —sus milagros, su vida de trabajo y los misterios de su Muerte, Resurrección y Ascensión—, cuya hondura y significado sólo pueden ser barruntados por la fe, contienen también un estímulo, sencillo y poderoso, para nuestra conducta diaria. La fe debe ir acompañada de obras, que son nuestra colaboración humilde y necesaria a los planes salvadores de Dios.
No olvides que antes de enseñar hay que hacer. —‘Coepit facere et docere’, dice de Jesucristo la Escritura Santa: comenzó a hacer y a enseñar.
—Primero, hacer. Para que tú y yo aprendamos (Camino, n. 342).
 
Actes 1, 3
Este versículo recuerda brevemente el contenido de Lc 24, 13-43, donde se narran las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús y a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo.
Se subraya la cifra de cuarenta días, que no es solamente un dato cronológico. El número admite, en efecto, un sentido literal y un sentido más profundo. Los periodos de cuarenta días o años tienen en la Sagrada Escritura un claro significado salvífico. Son porciones de tiempo en las que Dios prepara o lleva a cabo aspectos importantes de su actividad salvadora. El diluvio inundó la tierra durante cuarenta días (Gen 7, 17); los israelitas caminaron cuarenta años por el desierto rumbo a la tierra prometida (Ps 95, 10); Moisés permaneció cuarenta días en la montaña del Sinaí para recibir la revelación de Dios que contenía la Alianza (Ex 24, 18); Elías anduvo cuarenta días y cuarenta noches con la fuerza del pan enviado por Dios, hasta llegar a su destino (1 Reg 19, 8); y Nuestro Señor ayunó en el desierto durante cuarenta días como preparación a su vida pública (Mt 4, 2).
 
Actes 1, 5
«Seréis bautizados en el Espíritu Santo»: Con razón se ha llamado a este libro el Evangelio del Espíritu Santo. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de Él y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: Él es quien inspira la predicación de San Pedro (cfr. Act IV, 8), quien confirma en su fe a los discípulos (cfr. Act IV, 31), quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles (cfr. Act X, 44-47), quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús (cfr. Act XIII, 2-4). En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo (Es Cristo que pasa, n. 127).


Actes 1, 6-8
La pregunta de los Apóstoles indica que todavía piensan en una restauración temporal de la dinastía de David. La esperanza escatológica en el Reino parece reducirse para ellos —como para muchos judíos de su tiempo— a la expectación de un dominio nacional judío tan amplio y universal como la diáspora.
«Pienso que no comprendían claramente en qué consistía el Reino —comenta San Juan Crisóstomo—, pues no habían sido instruidos aún por el Espíritu Santo. Observad que no preguntan cuándo llegará, sino: ¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel? Como si la época del Reino hubiese ya pasado. Esta pregunta demuestra que estaban todavía atraídos por las cosas terrenas, aunque menos que antes» (Hom. sobre Act, 2).
Es admirable y alentadora la respuesta del Señor que, lleno de paciencia, les habla del carácter misterioso del Reino y su imprevisible venida, así como de la necesidad que tienen del Espíritu Santo para comprender adecuadamente las enseñanzas que han recibido. Jesús no se impacienta con ellos. Sencillamente les corrige y les instruye.
 
Actes 1, 8
Se anuncia ahora el plan del libro de los Hechos: narrar el desarrollo de la Iglesia, que comienza en Jerusalén y va a extenderse a través de Judea y Samaría y hasta los últimos confines de la tierra. Es el esquema geográfico que San Lucas seguirá en su exposición. Si Jerusalén es en el tercer Evangelio punto de llegada de la vida pública de Jesús —que ha partido de Galilea—, aquí es punto de partida.
La misión de los Apóstoles se extiende al mundo entero. Más allá de la geografía, late en las palabras del versículo la esperanza universalista del Antiguo Testamento, anunciada por Isaías: «Sucederá en días futuros que el monte de la casa de Yahwéh será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a Él todas las naciones, y acudirán pueblos numerosos. Y dirán: venid, subamos al monte de Yahwéh, a la casa del Dios de Jacob, para que Él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos. Pues de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén la palabra de Yahwéh» (Is 2, 2-3).
 
Actes 1, 9
La vida de Jesús en la tierra no concluye con su muerte en la Cruz, sino con la Ascensión a los Cielos. Por eso es éste el último acontecimiento, el último misterio de la vida del Señor en la tierra.
La Ascensión se sitúa en el término de la existencia terrena de Jesús (cfr. Lc 24, 50-53) y en los orígenes de la Iglesia. La escena de la Ascensión se desarrolla, por así decirlo, entre el cielo y la tierra. «¿Por qué le ocultó una nube a la mirada de los Apóstoles? —se pregunta San Juan Crisóstomo—. La nube era un signo de que Jesús había entrado ya en los cielos: no fue en efecto un torbellino o un carro de fuego como ocurrió con el profeta Eliseo (cfr. 2 Reg 2, 11), sino una nube, que simboliza el cielo mismo» (Hom. sobre Act, 2). La nube acompaña las teofanías, las manifestaciones de Dios, tanto en el Antiguo (cfr. Ex 13, 22) como en el Nuevo Testamento (cfr. Lc 9, 34 s.).
La Ascensión del Señor forma parte de los hechos por los que Jesucristo nos redime del pecado y nos concede la vida nueva de la gracia. Es un misterio redentor. «Los fieles deben entender acerca de la Ascensión —enseña el Catecismo Romano— lo mismo que sobre el misterio de la Muerte y Resurrección del Señor. Pues aunque debemos nuestra Redención y salvación a la Pasión de Cristo, que con sus méritos abrió a los justos la puerta del Cielo, sin embargo, su Ascensión no sólo se nos ha propuesto como ejemplar en el que aprendamos a dirigir la vista hacia lo alto y a subir al Cielo con el espíritu, sino que también nos dio en abundancia la gracia divina para que podamos conseguirlo» (I, 7, 9).
La subida del Señor al Cielo no es sólo un estímulo para que levantemos el corazón, tal como se nos invita a hacer en el prefacio de la Santa Misa, con el fin de buscar y amar las «cosas de arriba» (cfr. Col 3, 1-2). La Ascensión de Cristo —unida a los demás misterios de su vida, Muerte y Resurrección— nos salva. «Hoy no sólo hemos sido constituidos poseedores del paraíso —recuerda San León en el día de esta fiesta— sino que con Cristo hemos ascendido, mística pero realmente, a lo más alto de los Cielos, y conseguido por Cristo una gracia más inefable que la que habíamos perdido por la envidia del diablo» (Hom. I de Ascensione).
Con la Ascensión culmina la exaltación de Cristo, que se realiza ya en la Resurrección, y que forma, junto con la Pasión y la Muerte, el misterio pascual. El Conc. Vaticano II lo enseña al decir que «Cristo Señor realizó la obra de la Redención humana y de la perfecta glorificación de Dios (...) principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión» (Sacrosanctum Concilium, n. 5; cfr. Dei Verbum, n. 19).
La teología ha explicado asimismo algunas de las razones que muestran la conveniencia de que el Señor glorioso subiera al cielo para «estar sentado a la diestra del Padre». «Subió primeramente porque a su cuerpo, que por la Resurrección estaba dotado de la gloria inmortal, no le correspondía la morada de esta vida terrena y oscura, sino el trono altísimo y brillante del Cielo. Y no subió solamente para tomar posesión del trono de su Gloria y del Reino ganado con su sangre, sino también para cuidar de todo lo conveniente a nuestra salud espiritual. Además para demostrar realmente que su Reino no procede de este mundo» (Catecismo Romano, I, 7, 5; cfr. Suma Teológica, III, q. 57, a. 6).
La Ascensión representa el reconocimiento del triunfo y exaltación de Cristo por parte del mundo celestial: Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria (Santo Rosario, 2.° misterio glorioso).
 
Actes 1, 11
Los ángeles se refieren a la Parusía, es decir, a la segunda venida del Señor como Juez de vivos y muertos. «Les dijeron: ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Estas palabras están llenas de solicitud y sin embargo no anuncian como próxima la segunda venida del Salvador. Los ángeles afirman sólo lo más importante, es decir, la certeza de que Jesucristo vendrá de nuevo y la confianza con la que hemos de esperar su retorno» (Hom. sobre Act, 2). Sabemos con certeza que Cristo vendrá por segunda vez al fin de los tiempos. Lo confesamos en el Credo como parte de nuestra fe. Pero no conocemos «ni el día ni la hora» (Mt 25, 13) en que vendrá. Es una información que no necesitamos. Cristo está siempre a las puertas. Siempre hay que vigilar. Importa por lo tanto vivir ocupados en el servicio de Dios y de los demás, que es el programa de nuestra santificación.


Actes 1, 13-14
San Lucas menciona por sus nombres a los doce Apóstoles, con excepción de Judas Iscariote.
Se encuentra aquí la primera noticia sobre la vida espiritual y piadosa de los discípulos. Es significativo que se hable ante todo de la oración, practicada y asiduamente recomendada a los suyos por el Señor (cfr. Mt 6, 5; 14, 23; etc.).
La oración es el cimiento del edificio espiritual. —La oración es omnipotente (Camino, n. 83). Bien puede decirse que la oración es ahora el cimiento de la misma Iglesia que va a ser manifestada en la venida del Espíritu Santo. La oración de los discípulos y de las mujeres en torno a María sería una plegaria de petición, de alabanza y de acción de gracias a Dios. La unidad de sentimientos y afectos que produce es ya como una anticipación de los dones del Espíritu.
Es una anotación insistente, en el relato de la vida de los primeros seguidores de Cristo: todos, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en la oración (Act I, 14) (...).
La oración era entonces, como hoy, la única arma, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la lucha interior (Amigos de Dios, n. 242).
Todas las personas y los detalles de la escena son como atraídos por la figura de María, que ocupa el centro espiritual del lugar donde se han congregado los íntimos de Jesús. La tradición ha contemplado y meditado este cuadro y ha concluido que en él aparece la maternidad que la Virgen ejerce sobre toda la Iglesia, tanto en su origen como en su desarrollo.
Pablo VI, el 21 de noviembre de 1964, proclamaba solemnemente a María Madre de la Iglesia. «La visión de la Iglesia —dice el Papa en la clausura de la tercera sesión del Conc. Vaticano II— ha de incluir la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su santa Madre. Y el conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María será siempre la clave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia.
»La reflexión sobre las estrechas relaciones de María con la Iglesia, tan claramente establecidas por la actual constitución conciliar (Lumen gentium), nos permite creer que éste es el momento más apropiado para dar satisfacción a un deseo que, señalado por Nos al término de la sesión anterior, han hecho suyo muchos Padres conciliares, pidiendo insistentemente una declaración explícita durante este concilio de la función maternal que la Virgen ejerce sobre el pueblo cristiano. A este fin hemos creído oportuno consagrar un título en honor de la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico y particularmente entrañable para Nos, pues con síntesis maravillosa expresa el puesto privilegiado que este concilio ha reconocido a la Virgen María en la Santa Iglesia.
»Así pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los Pastores, que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título» (Pablo VI, Discurso al Concilio, 21-IX-1964).
El texto habla de los «hermanos» de Jesús, expresión que aparece también en los Evangelios. Dado que la fe cristiana nos enseña que la Virgen María no tuvo más hijos que Jesús, al que concibió por obra del Espíritu Santo y sin concurso de varón, la expresión no puede referirse a hermanos carnales de Jesús.
La explicación debe buscarse en las peculiaridades de las lenguas semíticas. La palabra empleada en el NT es traducción de un término hebreo que se aplica a todos los componentes de un grupo familiar, y designa tanto a los primos más distantes (cfr. Lev 10, 4) como a los sobrinos (Gen 13, 8). Véase nota a Mt 12, 46-47.
La palabra hermanos tiene, por lo tanto, en el Nuevo Testamento un sentido muy amplio, igual que le ocurre, por ejemplo, a la palabra apóstol.
En cierta ocasión, Jesús llama a sus oyentes habituales «hermanos» (Lc 8, 21), lo cual permite pensar que, además de significar pertenencia a un mismo grupo familiar, la palabra hermano en el NT podría designar a algunos discípulos especialmente allegados al Señor.
San Pablo, por su parte, emplea este término para todos los cristianos (cfr. p. ej. 1 Cor 1, 10; etc.), y lo mismo hace San Pedro, según Act 12, 17.


Actes 1, 15-23
«Pedro es el apóstol vivo e impetuoso al que Jesucristo ha confiado la custodia de su grey; y como es el primero en dignidad, es el primero también en tomar la palabra» (Hom. sobre Act, 3).
Le vemos ahora ejerciendo su ministerio. Los acontecimientos van a propiciar la gradual manifestación del oficio supremo de dirección que Cristo le ha confiado. Es un ministerio de servicio —servus servorum Dei—, único y diferente de todos los demás ministerios. Pedro lo ejercerá en unión con sus hermanos en el Apostolado y en estrecho contacto con toda la Iglesia, representada en los ciento veinte hermanos que le rodean.
Esta relación de Pedro con el resto de los Apóstoles y con el conjunto de los discípulos la expresa San Juan Crisóstomo con las siguientes palabras: «Admirad la prudencia de San Pedro. Comienza por citar la autoridad de un profeta y no dice: Mi palabra puede bastar. Tan alejado está de todo pensamiento de orgullo. Pero no busca otra cosa que la elección de un duodécimo apóstol y persigue su propósito. Toda su conducta prueba la altura de su virtud y muestra que Pedro entendía el oficio apostólico de dirigir, más que como un cargo honorífico, como un compromiso de velar por la salud espiritual de sus inferiores.
»Los discípulos eran ciento veinte, y de esta multitud Pedro pide uno. Pero propone la elección y ejerce la autoridad principal porque le ha sido confiado el cuidado de todos» (Hom. sobre Act, 3).


Actes 1, 21-22
Los Apóstoles son los testigos por excelencia de la vida pública de Jesús. La Iglesia es apostólica porque se apoya en el testimonio firme de quienes por especial elección han vivido con el Señor, han presenciado sus obras y escuchado sus palabras. Los doce Apóstoles certifican con su testimonio que Jesús de Nazaret y el Señor glorificado son la misma persona, y que son auténticos los hechos y dichos de Jesús conservados y transmitidos por la Iglesia.
Todo el que permanece unido al Papa y a los Obispos en comunión con él permanece unido a los Apóstoles y, a través de ellos, al mismo Jesucristo. «La doctrina ortodoxa se ha conservado por haber sido transmitida mediante sucesión desde el tiempo de los Apóstoles y permanecido de ese modo hasta el presente en todas las iglesias. Por este motivo, sólo debe considerarse verdadera la doctrina que no ofrece discordancia con la tradición eclesiástica y apostólica» (Orígenes, De Principiis, Prefacio). Vid. nota a Act 1, 26.


Actes 1, 24-26
Los vv. 24-25 recogen la primera plegaria de la Iglesia, que se relaciona con la noticia transmitida en el v. 14 —«perseveraban unánimes en la oración»— y denota la fe de los discípulos en el gobierno divino de las cosas y de los acontecimientos, y de manera especial la providencia de Dios acerca de la Iglesia.
La comunidad cristiana deja en manos de Dios la decisión de quién completará el grupo de los Doce. Acude para ello al modo tradicional hebreo de las suertes, que van a expresar la Voluntad divina. Las suertes, como medio de consultar a Dios, aparecen con cierta frecuencia en el Antiguo Testamento (cfr. 1 Sam 14, 41 s.) y su manejo estaba reservado a los levitas, para evitar que degenerara en prácticas supersticiosas. Podían ser dados, palillos, cartas, etc., que contenían individualmente los nombres de los candidatos a un oficio, los eventuales reos de una falta, etc. Había tantas suertes como personas presentadas al ministerio que debía ser cubierto o como presuntos culpables de una mala acción.
En este caso se acude a la suerte porque se piensa que Dios ha hecho ya su elección y consiguientemente la manifestará. La elección divina se dará a conocer infaliblemente mediante un sencillo expediente humano. Este sistema de designación, recibido del judaísmo, no perduró en la nueva Iglesia mucho tiempo.
Designado Matías, está completo el número de los Doce. El Colegio Apostólico se encuentra ya dispuesto para recibir el Espíritu prometido por Jesús y dar luego testimonio universal de la buena nueva.
 
Actes 1, 26
San Lucas suele reservar el término apóstoles para designar a los Doce (cfr. p. ej. Act 6, 6), o a los Once junto a Pedro, que aparece como cabeza del Colegio Apostólico (cfr. 2, 14). Con excepción de Act 14, 14, Lucas no llama apóstol a San Pablo, no porque minimice su papel, en un libro que le dedica precisamente la mitad de sus capítulos, sino porque reserva a los Doce la función específica de ser los testigos de la vida terrena del Señor.
El carácter apostólico o la apostolicidad es una nota de la verdadera Iglesia de Jesucristo, edificada, por voluntad expresa de su fundador, sobre el fundamento sólido de los Doce.
Enseña el Catecismo Romano que «conocemos la verdadera Iglesia por su origen, derivado de los Apóstoles, después de publicada la ley de la gracia. Porque su doctrina es la verdad, no moderna ni anunciada ahora por primera vez, sino enseñada ya antiguamente por los Apóstoles y propagada por todo el mundo (...). Por lo cual, a fin de que todos supieran cuál era la Iglesia católica añadieron los Padres en el Credo, por inspiración de Dios, la palabra apostólica. Pues el Espíritu Santo que gobierna la Iglesia no la rige por otro género de ministros distinto del apostólico. Este Espíritu se comunicó primeramente a los Apóstoles y luego ha permanecido siempre en la Iglesia por la suma bondad de Dios» (I, 10, 17).
La función principal de los Apóstoles es ser testigos de la Resurrección de Jesús (cfr. 1, 22). Llevan a cabo este testimonio mediante el ministerio de la palabra (6, 4), que adopta formas diversas, tales como la predicación al pueblo (cfr. 2, 14-40; 3, 12-26; 4, 2.33; 5, 20-21), las enseñanzas a los discípulos en el seno de la comunidad (2, 42) y las declaraciones, hechas sin temor ni respeto humano ante los adversarios y perseguidores del Evangelio de Jesús (4, 5-31; 5, 27-41). Igual que la palabra del Señor, la de los Apóstoles se apoya también con signos y prodigios, que hacen visible la salvación que anuncian (2, 14-21.43; 3, 1-11.16; 4, 8-12.30; 5, 12.15-16; 9, 31-43).
Los Doce desempeñan asimismo un papel de dirección en la Iglesia. Cuando los miembros de la comunidad de Jerusalén entregan sus bienes para los hermanos necesitados, los depositan «a los pies de los Apóstoles» (4, 35). Cuando es necesario tranquilizar a los cristianos helenistas, los Doce convocan la asamblea para poner en práctica el ministerio de los diáconos (6, 2). Cuando Saulo sube a Jerusalén después de su conversión es presentado a los Apóstoles por Bernabé (9, 26-28). Es evidente que los Apóstoles ejercen una autoridad recibida del Señor, que les ha investido de una responsabilidad y unos deberes inalienables para el servicio de toda la Iglesia.
Los Apóstoles intervienen además fuera de Jerusalén como garantes de la unidad interna y externa, que es también un distintivo esencial de la joven Iglesia cristiana. Bautizados algunos samaritanos por Felipe, los apóstoles Pedro y Juan se trasladan desde Jerusalén para imponer las manos a los nuevos cristianos a fin de que reciban el Espíritu Santo (8, 14-17).
Después del bautismo del pagano Cornelio, los Apóstoles examinan con Pedro la situación creada, para entender más acabadamente los designios de Dios y los detalles de la nueva economía salvífica (11, 1-18). Con ocasión del debate de Antioquía sobre la circuncisión de los paganos bautizados, la comunidad decide acudir a los Apóstoles (15, 2) para dilucidar definitivamente la delicada cuestión.
San Lucas concentra su interés en la figura de Pedro, al que nombra en su libro 56 veces. Pedro es siempre el centro de las escenas y episodios en los que aparece con otros apóstoles o discípulos. En los acontecimientos relativos a la comunidad de Jerusalén, Pedro actúa como portavoz de los Doce (2, 14.37; 5, 29) y desempeña un papel decisivo en la apertura del Evangelio a los paganos.
El Colegio de los doce Apóstoles, cuya cabeza es Pedro, pervive en el Episcopado de la Iglesia, cuya cabeza es el Romano Pontífice, sucesor de Pedro y vicario de Jesucristo. El Conc. Vaticano II ha propuesto de nuevo esta doctrina cuando enseña que «el Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a Sí a los que Él quiso, eligió a Doce para que viviesen con Él y para enviarlos a predicar el Reino de Dios (cfr. Mc 3, 13-19; Mt 10, 1-42). A estos Apóstoles (cfr. Lc 6, 13) los instituyó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, al frente del cual colocó a Pedro, elegido de entre ellos mismos (cfr. Ioh 21, 15-17)» (Lumen gentium, n. 19).
«Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo colegio apostólico, de modo análogo se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles (...).
»Dentro de este colegio, los Obispos, respetando fielmente el primado y preeminencia de su cabeza, gozan de potestad propia para bien de sus propios fieles, e incluso para el bien de toda la Iglesia, porque el Espíritu Santo consolida sin cesar su estructura orgánica y su concordia. La potestad suprema sobre la Iglesia universal que posee este colegio se ejercita de modo solemne en el concilio ecuménico (...). Es prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos concilios ecuménicos, presidirlos y confirmarlos» (Ibid., n. 22).


Chapitre n°2
Actes 2, 1-13
El relato de la venida del Espíritu Santo con manifestaciones visibles sobre los discípulos que, cumpliendo el mandato del Señor, permanecían reunidos en Jerusalén, es conciso en cuanto a las circunstancias de lugar y tiempo, pero al mismo tiempo lleno de contenido. Pentecostés era una de las tres grandes fiestas judías, en la que muchos israelitas peregrinaban a la Ciudad Santa para adorar a Dios en el Templo. Su origen era la celebración del final de la cosecha y la acción de gracias a Dios por ella, unida al ofrecimiento de sus primicias. Después se añadió también en ese día la conmemoración o recuerdo de la promulgación de la Ley dada por Dios a Moisés en el Sinaí. Esta fiesta se celebraba cincuenta días después de la Pascua, es decir, transcurridas las siete semanas. La cosecha material que los judíos celebraban con tanta alegría se convirtió, por providencia de Dios, en el símbolo de la cosecha espiritual que los Apóstoles comenzaron a recoger en este día.


Actes 2, 2-3
El viento y el fuego eran elementos que solían acompañar las manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento (cfr. Ex 3, 2; 13, 21-22; 2 Reg 5, 24; Ps 104, 3). En este caso, como explica Crisóstomo, parece que las lenguas de fuego fueron repartidas sobre la cabeza de cada uno: «Repartidas, pues provenían de una misma fuente; para que aprendas que el Poder viene del Paráclito» (Hom. sobre Act, 4). El viento y el ruido serían tan intensos que atrajeron a mucha gente hacia el lugar. En el fuego se encuentra el simbolismo de la acción del Espíritu Santo, que al iluminar las inteligencias de los discípulos, les hace entender las enseñanzas de Jesús —como prometió en la Última Cena (cfr. Ioh 16, 4-14) —; al inflamar de amor sus corazones, elimina sus temores y les mueve a predicar a Cristo con valentía. El fuego además purifica, igual que la acción divina limpia el alma de todo pecado.
 
Actes 2, 4
Pentecostés no fue un hecho aislado en la vida de la Iglesia. «Tenemos el derecho, el deber y la alegría de deciros que la Pentecostés continúa. Hablamos legítimamente de ‘perennidad’ de la Pentecostés. Sabemos que cincuenta días después de la Pascua, los Apóstoles, reunidos en el mismo Cenáculo que había servido para la primera Eucaristía y donde después se realizó el primer encuentro con el Resucitado, descubren en sí la fuerza del Espíritu Santo que descendió sobre ellos, la fuerza de Aquél que el Señor había prometido repetidamente al precio de su padecimiento en una Cruz; y fuertes con esa fortaleza, comienzan a actuar, es decir, a realizar su servicio (...). Nace así la Iglesia apostólica. Pero todavía hoy —y aquí está la continuidad— la Basílica de San Pedro en Roma y cada Templo, cada Oratorio, cada lugar donde se reúnen los discípulos del Señor es una prolongación del primitivo Cenáculo» (Juan Pablo II, Hom. 25-V-1980).
El Espíritu Santo, según la comparación de San Agustín recogida por el Conc. Vaticano II (cfr. Ad gentes, n. 4), es el alma que vivifica y anima la Iglesia, esa Iglesia que nació sobre la Cruz el Viernes Santo y reveló su nacimiento al mundo el día de Pentecostés: «Hoy, como sabéis, nació en plenitud la Iglesia, mediante el soplo de Cristo, el Espíritu Santo; y en la Iglesia nació la Palabra, el testimonio, el anuncio de la salvación en Jesús resucitado; y en el que escucha el anuncio ha nacido la fe, y con la fe una animación nueva, una conciencia de la vocación cristiana y la fuerza para escucharla y para seguirla en una forma de vida humana auténtica, y más que humana, santa. Y para que no viniese a menos este flujo divino —porque de eso se trata— hoy ha nacido el apostolado, el sacerdocio, el ministerio del Espíritu, la vocación a la unidad, a la fraternidad, a la paz» (Pablo VI, Alocución 25-V-1969).
«María, que concibió a Cristo por obra del Espíritu Santo, el Amor de Dios vivo, preside el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés, cuando el mismo Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y vivifica en la unidad y en la caridad el cuerpo místico de los cristianos» (Pablo VI, Discurso 25-X-1969).


Actes 2, 5-11
En la narración de los sucesos de Pentecostés, San Lucas distingue entre hombres piadosos (v. 5), judíos y prosélitos (v. 11). Los primeros eran los que por razones de estudio o devoción residían en Jerusalén, junto al único Templo judío. Estos piadosos eran verdaderos judíos, y no hay que confundirlos con los temerosos de Dios, paganos simpatizantes con el judaísmo, que adoraban al Dios de la Biblia y que, si llegaban a convertirse y se incorporaban a la religión judía mediante la circuncisión y la observancia de la Ley mosaica, formaban el grupo de los prosélitos, que Lucas distingue de los judíos, es decir, de los de raza judía.
Gente de diversas razas e idiomas entienden a Pedro cada uno en su lengua. Esto fue posible por una gracia especial del Espíritu Santo que se dio en ese momento, y que no hay por qué identificar con el don de glosolalia o de «hablar en lenguas», poseído por algunos de los primeros cristianos (cfr. 1 Cor 14), por el que eran capaces de alabar y dirigirse a Dios en una lengua que no conocían.
 
Actes 2, 11
Cuando los Santos Padres comentan este pasaje, señalan con frecuencia el contraste entre la confusión de las lenguas que se dio en Babel —castigo divino por el orgullo y la infidelidad del pueblo escogido (cfr. Gen 11, 1-9)— y la superación de dicha confusión, por la gracia del Espíritu Santo, el día de Pentecostés. Esta idea es subrayada por el Conc. Vaticano II: «Sin duda el Espíritu Santo obraba ya en el mundo antes de la glorificación de Cristo. Sin embargo, el día de Pentecostés descendió sobre los discípulos para permanecer con ellos eternamente; la Iglesia se manifestó públicamente delante de la multitud, empezó la difusión del Evangelio entre las gentes por la predicación, y quedó presignificada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe, por la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla todas las lenguas, entiende y abraza todas las lenguas en la caridad y supera de esta forma la dispersión de Babel» (Ad gentes, n. 4).
Los cristianos, al realizar nuestra actividad apostólica, necesitamos y pedimos al Espíritu Santo este don para que sepamos expresarnos de manera que aquellos a quienes se dirige nuestro apostolado nos entiendan; para que sepamos adecuar nuestra exposición a la mentalidad y capacidad del que escucha y podamos así transmitir fielmente a nuestros oyentes la verdad de Cristo. Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio (Es Cristo que pasa, n. 132).
 
Actes 2, 12
La acción del Espíritu Santo debió producir, tanto en los discípulos como en aquellos que les escuchaban, tal admiración, que todos estaban «fuera de sí». Llenos del Espíritu Santo, como borrachos, estaban los Apóstoles (Act II, 13).
Y Pedro, a quien rodeaban los otros once, levantó la voz y habló. —Le oímos gente de cien países. —Cada uno le escucha en su lengua. —Tú y yo en la nuestra. —Nos habla de Cristo Jesús y del Espíritu Santo y del Padre.
No le apedrean, ni le meten en la cárcel: se convierten y son bautizados tres mil, de los que oyeron.
Tú y yo, después de ayudar a los apóstoles en la administración de los bautismos, bendecimos a Dios Padre, por su Hijo Jesús, y nos sentimos también borrachos del Espíritu Santo (Santo Rosario, 3.er misterio glorioso).
 
Actes 2, 13
Los judíos piadosos, de diferentes países, que se encontraban en Jerusalén el día de Pentecostés —muchos porque residían allí de forma estable por razones de estudio o devoción, y otros porque habían llegado como peregrinos en esos días—, prestan atención a la predicación apostólica por los prodigios que se obran ante sus ojos. El mismo Espíritu Santo, que actuaba en los discípulos del Señor, movió también sus corazones y los condujo hacia la fe. Hubo sin embargo algunos que se resistieron a la acción de la gracia y buscaron una excusa para justificar su conducta.

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