Colossiens 2, 11-12
Se refiere a otro de los errores que los judaizantes habían pretendido introducir entre los colosenses y del que ya había tratado extensamente en las cartas a los Gálatas y a los Romanos: la necesidad de la circuncisión para los cristianos. La circuncisión material afecta al cuerpo físico, en cambio, la que el Apóstol llama por analogía «circuncisión de Cristo», esto es, el Bautismo, despoja del «cuerpo carnal» es decir, de todo aquello que en nosotros está inclinado al pecado. «Nosotros, que por medio de Él hemos llegado a Dios, no hemos recibido la circuncisión carnal, sino la espiritual (...). Y la recibimos por la misericordia de Dios en el Bautismo» (San Justino, Diálogo con Trifón, 43, 2). «Por el sacramento del Bautismo, debidamente administrado según la institución del Señor, y recibido con la debida disposición del alma, el hombre es incorporado realmente a Cristo crucificado y es regenerado para la participación en la vida divina, según las palabras del Apóstol: Sepultados con él por medio del Bautismo, también fuisteis resucitados con él mediante la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos (Col 2, 12)» (Unitatis redintegratio, n. 22).
Como en otras ocasiones (cfr Rom 6, 4) San Pablo, evocando el rito de inmersión en el agua, habla del Bautismo como de una sepultura —señal cierta de haber muerto al pecado—, y de la resurrección a una vida nueva: la vida de la gracia. Mediante este sacramento somos asociados a la muerte y sepultura de Cristo para que también podamos resucitar con Él. Cristo «significó con su resurrección nuestra nueva vida, que renacía de la antigua muerte, por la cual estábamos sumergidos en el pecado. Esto es lo que realiza en nosotros el gran sacramento del bautismo: que todos los que reciben esta gracia mueran al pecado (...) y que renazcan a la nueva vida» (San Agustín, Enchiridion, caps. 41-42).
Colossiens 2, 13-14
Ésta es una de las enseñanzas centrales de la epístola: que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres. El objetivo fundamental de su acción mediadora es reconciliar a los hombres con Dios, por el perdón de sus pecados y la donación de la vida de la gracia, que es una participación de la vida divina.
En el v. 14 se indica el modo por el que Cristo ha logrado su fin: la muerte en la cruz. Todos los que estaban sometidos a la esclavitud del pecado y de la Ley, han sido liberados por su muerte.
La Ley mosaica, a la que los escribas y fariseos se habían encargado de añadir tal número de preceptos que la hacían insoportable, venía a ser, según la comparación de San Pablo, como un pliego de cargos (quirógrafo) contra los hombres, pues imponía pesadas cargas y no daba la gracia para sobrellevarlas. Con frase muy gráfica dice el Apóstol que este documento fue quitado de en medio y clavado en la cruz. Así quedaba patente a todos que Cristo había satisfecho con sobreabundancia por nuestros delitos: «Los ha borrado —comenta San Juan Crisóstomo—, no tachado; pero tan bien borrados que no queda en nuestra alma ninguna traza de ellos. Los ha abolido por completo, los ha clavado en la cruz (...). Nosotros éramos culpables y merecedores de los castigos más rigurosos ¡pues todos nosotros estábamos en el pecado! ¿Qué hizo entonces el Hijo de Dios? Por su muerte en la cruz borra nuestras manchas y nos exime del castigo merecido por ellas. Él toma el pliego de nuestros cargos, lo clava en la cruz por medio de su persona y lo destroza» (Hom. sobre Col, ad loc.).
Colossiens 2, 15
Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres. Las potencias angélicas, principados y potestades, carecen de importancia comparados con Cristo: Dios ha triunfado sobre ellos y los ha expuesto a público espectáculo por medio de la muerte de su Hijo. La frase parece evocar el desfile de un general victorioso que porta como trofeos el botín capturado y los prisioneros hechos al enemigo.
Algunos autores interpretan de otro modo este pasaje, realmente oscuro: el «público espectáculo» aludiría a que los ángeles buenos habían sido mediadores en la revelación de la Ley mosaica (cfr Gal 3, 19) y, por esto, eran venerados por algunos judíos de la época —entre ellos algunos convertidos de Colosas—, con un culto que llegaba a ser supersticioso. Esos ángeles serían expuestos por Dios «a público espectáculo» al figurar como escolta en el desfile triunfal de Cristo. Así pues, de una y otra interpretación se deduce que no debían dar a los ángeles, servidores de Cristo, el culto que sólo a Él se debe tributar, a pesar de la importante participación angélica en el plan salvífico de Dios. Una de sus misiones es interceder de continuo en favor de los hombres.
En el momento en que se escribió la Carta a los Colosenses, había que enseñar primero la única mediación de Jesucristo. De Él depende la mediación de los ángeles, ya revelada en el Antiguo Testamento (cfr Tob 12, 3.12 ss.; Dan 9, 21 ss.; 10, 13; Ez 49, 3; Zach 1, 9; etc.). También de la mediación de Cristo depende la mediación de Santa María, pero la explicitación de este misterio iría madurando a partir de los acontecimientos del Nuevo Testamento. La mediación de María, subordinada a la de su Hijo Jesús, está sin embargo por encima de la de los ángeles. El Pontífice Pío XII, escribía haciéndose eco de enseñanzas anteriores: «Si, de hecho, el Verbo opera milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que ha asumido, si se sirve de los sacramentos, y de sus Santos, como de instrumentos para salvar las almas, ¿cómo no servirse del oficio y de la obra de su santísima Madre para distribuirnos los frutos de la Redención?
»Con ánimo verdaderamente maternal —así dice el mismo Predecesor Nuestro Pío IX, de i. m.— al tener en sus manos el negocio de nuestra salvación. Ella se preocupa de todo el género humano, pues está constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y está exaltada sobre los coros todos de los Ángeles y sobre los grados todos de los Santos en el cielo; estando a la diestra de su unigénito Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, con sus maternales súplicas impetra eficacísimamente, obtiene cuanto pide, y no puede dejar de ser escuchada» (Ad Caeli Reginam, n. 17).
«Principados y potestades»: Véase nota a Eph 6, 12.
Colossiens 2, 16-18
Señala el texto sagrado los abusos que se daban en Colosas como consecuencia de las herejías pregnósticas (cfr Introducción a la Epístola a los Colosenses, apartado «Ocasión de la carta»). Estos abusos se centraban fundamentalmente en tres puntos: abstención de ciertos alimentos, celebración de determinadas fiestas (v. 16) y culto supersticioso a los espíritus angélicos (v. 18).
Los «novilunios», o días de luna nueva (cfr Lev 23, 24), eran días festivos que los judíos celebraban desde su época nómada. Ya en tiempos de Saúl tenían un carácter de fiesta tradicional que se festejaba con un banquete sagrado y en la que se ofrecían sacrificios (cfr 1 Sam 20, 24 ss.). Más tarde, Ezequiel prescribe que en los novilunios se realicen acciones de culto a Dios en el Templo y se ofrezcan sacrificios (cfr Ez 46, 3).
En cuanto al «sábado» recordemos que es la fiesta semanal de los hebreos; día reservado a Yahwéh, pues Él mismo lo ha santificado (Ex 20, 11). Ese día está dedicado al descanso y la oración, mediante una serie de ritos y ceremonias religiosas.
La abstinencia de algunas bebidas y alimentos estaba cuidadosamente reglamentada en el Antiguo Testamento (cfr Lev 10, 9; 11, 1-47; Num 6, 3), así como las fiestas que debían celebrarse en honor de Yahwéh (cfr Num 28, 1-26). Estas prescripciones, de carácter transitorio, tenían como misión preparar al pueblo elegido para la llegada del Mesías. En la nueva etapa de la Historia de la salvación inaugurada por Cristo, ya no era necesario seguir gravando las conciencias de los fieles con prescripciones caducadas (cfr Gal 4, 9-10).
San Pablo explica con una imagen que la Ley Antigua es como la sombra de la Ley Nueva, dada por Cristo. La sombra señala la presencia del cuerpo. La Ley mosaica, que es la sombra, tenía la misión de ir señalando el camino hasta la venida de Cristo; pero una vez que Él ha llegado y ha promulgado la Nueva Ley, carecería de sentido dar mayor importancia a la sombra que al cuerpo.
El Apóstol corrige los abusos introducidos en la práctica del ayuno y de la abstinencia, pero no reprueba esos ejercicios de penitencia, pues Jesucristo mismo los había practicado (cfr Mt 4, 2) y enseñado a los que quieran seguirle (cfr Mt 6, 16-18).
El Conc. Vat. II recomendó asimismo que —especialmente en el tiempo de Cuaresma— «se fomente la práctica penitencial de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles» (Sacrosanctum Concilium, n. 110). Y Juan Pablo II lo ha recordado también al decir que «la disciplina penitencial de la Iglesia no puede ser abandonada sin grave daño, tanto para la vida interior de los cristianos y de la comunidad eclesial como para su capacidad de irradiación misionera (...). La penitencia cristiana será auténtica si está inspirada por el amor, y no sólo por el temor; si consiste en un verdadero esfuerzo por crucificar al ‘hombre viejo’ para que pueda renacer el ‘nuevo’, por obra de Cristo; si sigue como modelo a Cristo que, aun siendo inocente, escogió el camino de la pobreza, de la paciencia, de la austeridad y, podría decirse, de la vida penitencial» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 26).
Colossiens 2, 18
Los falsos doctores presentaban sus erróneas doctrinas como fruto de ciertas revelaciones recibidas en visión. Con afectada humildad, llegaban a afirmar que era un atrevimiento intolerable buscar directamente a Dios, invisible e inaccesible al hombre mortal. El culto debía dirigirse, por tanto, a los espíritus, seres intermedios entre esa altísima divinidad y los seres materiales. El Apóstol desenmascara con energía tales errores.
Ese culto supersticioso a los espíritus angélicos es totalmente distinto del culto con que la Iglesia venera a los ángeles y a los santos, considerándolos como criaturas que, con su intercesión sirven al plan de salvación de Dios en favor de los hombres.
Colossiens 2, 19
Jesucristo es «la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 18). Seguir las herejías, a las que acaba de aludir (cfr vv. 16-18), tendría consecuencias funestas, pues supondría romper la unión con Cristo, que es la cabeza, de quien todo el cuerpo, la Iglesia, recibe la fuerza de vida. Para que un cuerpo esté pleno de vitalidad no sólo es necesario que los miembros estén en su lugar, según el orden que les corresponde, sino que hace falta también que estén bien unidos entre sí y cada cual cumpla su propia función. Véase nota a Eph 4, 13-16.
Colossiens 2, 20-23
Al recibir el Bautismo, cada fiel muere con Cristo a los elementos del mundo (cfr nota a Gal 4, 3) y es librado de las servidumbres de la Ley (cfr Rom 7, 4-6) y del pecado (cfr Rom 6, 4-7). No tiene sentido, por tanto, continuar aprisionados por unos preceptos ya abolidos, y menos aún tener miedo al uso de las cosas buenas del mundo.
San Pablo habla con cierta ironía de la multitud de mandatos que pretendían imponer los falsos doctores, que sostenían que la materia es mala y que en el contacto con ella hay peligro de impureza. En especial el v. 21 probablemente reproduce los términos que empleaban, no sólo los observantes más escrupulosos de las tradiciones judaicas, sino también los de algunas religiones del Oriente antiguo. A esa terminología parece aludir la triple especificación: «¡No toques, no gustes, ni siquiera mires!». Rechaza el Apóstol tales teorías porque no están de acuerdo con las enseñanzas de Cristo (cfr Mt 15, 11): es un invento humano, una falsa piedad que no sirve de nada y esclaviza inútilmente. La piedad verdadera, la que nos hace crecer en santidad, consiste sobre todo en prestar oído a la voz del Señor sin endurecer el corazón (cfr Ps 95, 7-8).
Chapitre n°3
Colossiens 3, 1-4
Comienza ahora la parte predominantemente moral y parenética de la epístola. Constituye una aplicación práctica de la doctrina expuesta en los capítulos precedentes, respondiendo a los problemas surgidos entre los colosenses.
El Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte. «Por el Bautismo los hombres son efectivamente injertados en el misterio pascual de Cristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él» (Sacrosanctum Concilium, n. 6). Esto es, los cristianos hemos resucitado a una vida nueva, que es sobrenatural, pues participamos ya en este mundo de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Esta vida es de momento espiritual y oculta, pero en la Parusía, cuando nuestro Señor venga con toda su gloria, llegará a ser manifiesta y gloriosa.
Las consecuencias prácticas que se desprenden de esta doctrina pueden resumirse principalmente en dos: la necesidad de buscar las «cosas de arriba», es decir, las de Dios, y el pasar ocultos en el trabajo y en la vida ordinaria, haciéndolo todo con sentido sobrenatural.
Respecto a lo primero ha dicho el Conc. Vaticano II: «Los cristianos, peregrinando hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba (cfr Col 3, 1-2), lo cual en nada disminuye la importancia de la obligación que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la construcción de un mundo más humano» (Gaudium et spes, n. 57). El trabajo, las relaciones familiares y sociales, cada una de las realidades humanas, han de ser vividas con espíritu de fe, hechas con perfección por amor: Un cristiano sincero —comenta San Josemaría Escrivá—, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el cielo (Amigos de Dios, n. 206).
De otra parte, la vida normal y corriente, los afanes diarios, el deseo de mejorar y de servir a los demás sin pretender el público reconocimiento de los propios méritos, tienen valor santificador cuando están animados por el amor a Dios. La trascendencia de una vida sencilla «escondida con Cristo en Dios» (v. 3) es tan grande que el mismo Jesucristo quiso pasar así, inadvertido, como uno más —era el hijo del artesano—, la mayor parte de los años que vivió en la tierra. Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario (Es Cristo que pasa, n. 172).
De este modo, quienes se esfuercen por buscar la santidad imitando a Cristo en su vida oculta, vivirán la esperanza, serán optimistas y alegres, y participarán después de su muerte en la gloria del Señor, que será plena al fin de los tiempos. Entonces oirán la alabanza de Jesús: «Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 21). Sobre el valor de la vida oculta puede verse la nota a Lc 2, 51.
Colossiens 3, 5-17
El cristiano, que ha resucitado con Cristo en el Bautismo, no debe vivir para sí mismo sino para Dios. Por eso debe despojarse cada día del hombre viejo y revestirse del nuevo (vv. 9-10).
El «hombre viejo» es el que se deja dominar por las inclinaciones de la concupiscencia desordenada (cfr Rom 7, 8), el que presta los miembros de su cuerpo (v. 5) como armas de injusticia al servicio del pecado (cfr Rom 6, 12). Con la ayuda de la gracia el hombre viejo se va desmoronando, mientras que el «hombre nuevo» se renueva de día en día (cfr 2 Cor 6, 16). Es necesario borrar la impureza y todos los demás vicios (vv. 5 y 8) para dejar paso a la bondad acompañada por todo el cortejo de virtudes cristianas (vv. 12 y 13), unidas por la caridad (v. 14), que caracterizan al hombre nuevo.
El discípulo de Cristo, que ha sido renovado y vive para el Señor, posee un nuevo y más perfecto conocimiento de Dios y del mundo (v. 10). Gracias a ese conocimiento ve las cosas con una perspectiva más alta, es decir, con visión sobrenatural. De este modo quiere y comprende a todos los hombres sin distinción de raza, nación ni condición social (v. 11), e imita a Cristo que se ha entregado por todos. «El Hijo Unigénito del Eterno Padre quiso hacerse hombre, para que nosotros fuéramos conformes a la imagen del Hijo de Dios y nos renovásemos según la imagen de Aquél que nos creó. Por lo cual, todos los que se glorían de llevar el nombre de cristianos, no sólo han de contemplar a nuestro Divino Salvador como un excelso y perfectísimo modelo de todas las virtudes, sino que, además, por el solícito cuidado de evitar los pecados y por el más esmerado empeño en ejercitar la virtud, han de reproducir de tal manera en sus costumbres la doctrina y la vida de Jesucristo, que cuando aparezca el Señor sean hechos semejantes a Él en la gloria, viéndole tal como es (cfr 1 Ioh 3, 2)» (Mystici Corporis, n. 20).
Colossiens 3, 12-13
Revestirse del hombre nuevo no es algo meramente externo como si se tratara de ponerse un traje. Supone una transformación que afecta a todo el ser del hombre, cuerpo y alma, inteligencia y voluntad. Ese cambio interior se pone en marcha al tomar la firme resolución de llevar una vida cristiana en su más plena integridad, pero requiere un ejercicio continuo, día tras día, de todas las virtudes. La conversión es cosa de un instante —afirma el Fundador del Opus Dei—; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar —en las nuevas situaciones de nuestra vida— la luz, el impulso de la primera conversión (Es Cristo que pasa, n. 58).
Las virtudes que enumera el Apóstol como características del hombre nuevo son diversas manifestaciones de la caridad que, como expone seguidamente, es el «vínculo de la perfección» (v. 14). Entre esas virtudes cabe destacar la mansedumbre y la paciencia, el perdón y el agradecimiento, reflejo a su vez de una virtud esencial: la humildad. Sólo una persona humilde está en condiciones de perdonar y agradecer de corazón, porque sólo ella es consciente de que todo lo que tiene lo ha recibido de Dios. De ahí que trate a su prójimo con comprensión, disculpando y perdonando cuando sea necesario, de modo que con sus obras dé testimonio de su fe y caridad.
Véase nota a Eph 4, 20-24.
Colossiens 3, 14
La alegoría del traje de virtudes con el que se reviste al hombre nuevo se completa con esta última metáfora: la caridad es el vínculo —o cinturón— de la perfección. Así como el cinturón sirve para ceñir al cuerpo las prendas de vestir, la caridad mantiene la trabazón entre las virtudes que componen el traje de la perfección. Sin la caridad no podrían vivirse las virtudes sobrenaturales (cfr 1 Cor 13, 1-3). San Francisco de Sales se sirve de ejemplos sencillos para hacer entender esta verdad: «Sin el cemento y el mortero, que une piedras y afirma muros, todo el edificio se vendría abajo; sin nervios, músculos y tendones, todo el cuerpo se desharía; sin la caridad, las virtudes no logran mantenerse unidas» (Tratado del amor de Dios, lib. 11, cap. 9).
«La caridad, como vínculo de la perfección y plenitud de la Ley (cfr Col 3, 14; Rom 13, 10), rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin» (Lumen gentium, n. 42). Por eso «querer alcanzar la santidad —a pesar de los errores y de las miserias personales, que durarán mientras vivamos— significa esforzarse, con la gracia de Dios, en vivir la caridad, plenitud de la ley y vinculo de la perfección. La caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de todos los hombres; de ese Dios, que nos habla en el silencio de la oración y en el rumor del mundo; de esos hombres, cuya existencia se entrecruza con la nuestra.
Viviendo la caridad —el Amor— se viven todas las virtudes humanas y sobrenaturales del cristiano (Conversaciones, n. 62).
Colossiens 3, 15
«La paz de Cristo» es la que procede del nuevo orden de la gracia instaurado por Jesucristo. Por ella, el hombre tiene acceso directo a la intimidad divina y, en consecuencia, a la paz que tanto anhela. «Nos has creado. Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (San Agustín, Confesiones, 1, 1). Esa paz no puede, por tanto, darla el mundo (cfr Ioh 14, 27), ya que no depende ni del progreso ni del bienestar puramente material, ni siquiera del orden o armonía que puede reinar entre los pueblos. «La paz en la tierra, profunda aspiración de los hombres en todo tiempo, no se puede establecer ni asegurar si no se guarda íntegramente el orden establecido por Dios» (Pacem in terris, n. 1).
La paz de Cristo es, pues, la paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Ésa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos (Es Cristo que pasa, n. 22).
Colossiens 3, 16
«La palabra de Cristo»: Se refiere al conjunto de las enseñanzas de nuestro Señor, de las que son testigos autorizados los Apóstoles. Esta doctrina debe estar presente de continuo en el cristiano y «habitar abundantemente» en él para que informe toda su conducta: la palabra de Cristo es el mejor alimento de la oración y fuente riquísima de enseñanza práctica. Las fuentes más inmediatas y autorizadas en las que pueden encontrarse esas palabras son los libros del Nuevo Testamento. San Juan Crisóstomo dice que esos escritos «son maestros que no dejarán de instruirnos (...). Abrid estos libros. ¡Qué tesoros de remedios tan eficaces! (...). Sólo hace falta que pongáis vuestros ojos sobre el libro, lo recorráis y retengáis bien las sabias enseñanzas que os dan. La causa de todos nuestros males vienen de la ignorancia que tenemos de los libros sagrados» (Hom. sobre Col, ad loc.).
San Pablo recuerda también que el agradecimiento ha de llevar a glorificar al Señor, a dirigirle cantos de gozo y gratitud. Para ello los fieles se pueden servir de cánticos e himnos que expresen musical y poéticamente sus profundos sentimientos, y también de los Salmos, que la Iglesia siempre ha utilizado en su liturgia para dar gloria a Dios y como alimento de la vida espiritual. «Así como la boca saborea las viandas, así también el corazón los salmos». (San Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, VII, 5).
Véase nota a Eph 5, 19.
Colossiens 3, 17
Todas las realidades auténticamente humanas son santificables y deben ser santificadas (cfr 1 Cor 10, 31), haciéndolas con perfección, por amor a Dios.
Esta doctrina ha sido recordada por el Conc. Vaticano II: «Los laicos, al cumplir rectamente las obligaciones del mundo en las circunstancias ordinarias de la vida, no deben separar de su vida personal la unión con Cristo, sino que han de crecer intensamente en ella realizando sus tareas según la voluntad de Dios. Es necesario que los laicos avancen por este camino de la santidad con espíritu decidido y alegre» (Apostolicam actuositatem, n. 4).
La misma doctrina había sido profundamente vivida y enseñada por el Fundador del Opus Dei: Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria (Conversaciones, n. 116).
El Conc. Vaticano II ve también en este pasaje de Colosenses un punto de partida para el diálogo ecuménico con los no católicos: «Si muchos cristianos no entienden siempre el Evangelio en su aspecto moral de igual manera que los católicos, ni admiten las mismas soluciones a los problemas más difíciles de la sociedad moderna, no obstante quieren, como nosotros, seguir la palabra de Cristo, como fuente de virtud cristiana, y obedecer al precepto del Apóstol (cfr Col 3, 17)» (Unitatis redintegratio, n. 23).
Colossiens 3, 18-19
Según la situación social de la época en la que está escrita la epístola, sobre todo en Oriente, la mujer era considerada como inferior al hombre. San Pablo, sin atacar de modo frontal a las costumbres de su tiempo, ofrece perspectivas claras para afrontar el problema en su raíz. Establece en sus verdaderos términos la situación de la mujer en la familia: ciertamente el marido tiene una misión importante que realizar, pero también la mujer tiene una labor especifica, insustituible, que llevar a cabo. La mujer no es su esclava, pues tiene igual dignidad que el hombre y debe ser tratada por él con respeto y amor sincero. Da por supuesto que en la familia hay una autoridad, y que esa autoridad es propia del marido por designio del Creador (cfr 1 Cor 11, 3.12-14). «El puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible (...). Revelando y viviendo en la tierra la misma paternidad de Dios (cfr Eph 3, 15), el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia» (Familiaris consortio, n. 25).
Eva fue entregada por Dios a Adán como compañera inseparable y complemento del hombre (cfr Gen 2, 18) y, por tanto, debe vivir en concordia con él. Varón y mujer tienen funciones distintas, aunque complementarias, en la vida familiar; ambos tienen igual dignidad, en cuanto que son personas humanas: «El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor, evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor» (Gaudium et spes, n. 49). Por eso el marido debe poner especial empeño en amar y respetar la dignidad de su esposa: «No eres su amo —escribe San Ambrosio— sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer (...). Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé agradecido con ella por su amor» (Exameron, V, 7, 19; cit. en Familiaris consortio, n. 25).
Véanse notas a Eph 5, 22-24 y 5, 25-33.
Colossiens 3, 20-21
Los hijos deben obedecer a sus padres en todo, como Dios ha mandado (cfr Ex 20, 12; Eccli 3, 8 ss.), señalando una exigencia de la naturaleza humana. Esa obediencia se refiere a todo lo que no se oponga a la voluntad divina, para que sea «agradable al Señor», pues como enseñó Jesucristo: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).
Por su parte, los padres han de cuidar con esmero la educación de sus hijos. En toda familia debe haber un «intercambio educativo entre padres e hijos (cfr Eph 6, 1-4; Col 3, 20 s.), en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto y la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana (cfr Gaudium et spes, n. 48). Cumplirán más fácilmente esta función si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio ‘ministerio’, esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable» (Familiaris consortio, n. 21).
Véase nota a Eph 6, 1-4.
3, 22-4, 1. Para Dios no hay diferencia entre siervo y libre (cfr v. 11), pues «en Dios no hay acepción de personas». Se establece así el fundamento cristiano para la abolición de la esclavitud. Aunque el Apóstol no plantea directamente ese tema, la doctrina que enseña implica la desaparición pacífica de la condición de esclavo. Indica a los señores que deben practicar la justicia, de la que tendrán que dar cuenta a Dios, único y verdadero Señor. Por su parte, los siervos deben hacer bien su trabajo, buscando agradar a Dios. La solución de ese problema social no habría de llegar por el camino de la violencia entre dueños y sirvientes, sino por la vía de la caridad. El magisterio de la Iglesia enseña que «la mayor equivocación es suponer que una clase social necesariamente sea enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiese hecho a los amos y a los obreros para luchar entre sí con una guerra siempre incesante (...). Una clase tiene absoluta necesidad de la otra; ni el capital puede existir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. La concordia engendra la hermosura y el orden de las cosas; por lo contrario, de una lucha perpetua necesariamente ha de surgir la confusión y la barbarie. Ahora bien: para acabar con la lucha, cortando hasta sus raíces mismas, el cristianismo tiene una fuerza exuberante y maravillosa» (Rerum novarum, n. 15).
La doctrina cristiana ofrece, pues, la auténtica perspectiva en la que se deben situar las relaciones laborales. Juan Pablo II ha recordado que «no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre (...). En esta concepción desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división de los hombres en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen» (Laborem exercens, n. 6).
A pesar de que el modelo de sociedad a la que se dirige San Pablo no estaba inspirado en estos principios de justicia y reconocimiento de la dignidad de todos los hombres, el Apóstol no induce a los esclavos a que se muevan por odio, pues «la lucha de clases, cualquiera que sea su responsable y, a veces, quien la erige en sistema, es un mal social» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 16). Al contrario, San Pablo les enseña que deben trabajar «de corazón, como hecho para el Señor y no para los hombres» (v. 23): «hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, con la ayuda de estos contenidos, aquel significado que el trabajo tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual entra en la obra de la salvación al igual que sus tramas y componentes ordinarios, que son al mismo tiempo particularmente importantes» (Laborem exercens, n. 24).
Véase nota a Eph 6, 5-9.
Chapitre n°4
Colossiens 4, 2
La perseverancia en la oración es un tema ampliamente subrayado en el Nuevo Testamento (cfr Lc 18, 1; Rom 12, 12; 1 Thes 5, 17). La razón es ésta: entre santidad y oración existe una relación tan estrecha que la una no puede darse sin la otra. El esfuerzo cotidiano por orientar hacia Dios todas las tareas de la vida ordinaria es un poderoso incentivo para la oración personal. «¡Cuántas ocasiones se presentan durante el día para elevarse hacia Dios a un alma poseída por el deseo de la propia santificación y de la salvación de otras almas! Angustias íntimas, fuerza y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencias y, finalmente, el temor a los juicios divinos» (San Pío X, Haerent animo, n. 10). Todas estas necesidades proporcionan estímulos abundantes para una oración confiada, humilde y perseverante, que enriquece en méritos ante el Señor y nos hace confiar en su gracia.
Pero no sólo hemos de orar en las tribulaciones. También las alegrías y los afanes nobles del corazón han de ser temas de conversación frecuente con Dios, motivos de agradecimiento por los beneficios recibidos. «Éste es vuestro deber —advierte San Juan Crisóstomo—: dar gracias a Dios en vuestras oraciones, tanto por los beneficios que sois conscientes de haber recibido, como por los que habéis recibido de Dios sin saberlo. Dadle gracias tanto por los favores que le habéis pedido, como por los que os ha hecho a pesar de vosotros mismos. Dadle gracias tanto por el cielo en el que os promete la felicidad, como por el infierno del que os libra. En una palabra, dadle gracias por todo, aflicciones y alegrías, calamidades y felicidad» (Hom. sobre Col, ad loc.).
Colossiens 4, 5-6
«Los de fuera»: Son los no cristianos (cfr 1 Cor 5, 12; 1 Thes 4, 12); en el v. 6 se especifica cómo debe ser el trato con ellos: en conversación «grata, sazonada con sal», esto es, enseñando a los demás —con el atractivo del propio ejemplo y al calor de la amistad— a descubrir las maravillas de la fe y del amor de Dios, y a vivir una vida cristiana en medio del mundo, en las realidades y ocupaciones entre las que discurre la existencia (cfr Mt 5, 13; Mc 9, 50). La afabilidad en el trato, la alegría contagiosa y el buen humor son reflejo de la paz interior que proporciona la gracia de Dios y la conciencia de la filiación divina; estas virtudes hacen grata la convivencia y son un poderoso estímulo para atraer a los hombres al calor de la Iglesia de Cristo.
Los cristianos deben «aprovechar el tiempo», esto es, servirse de todas las ocasiones que se presenten para avanzar en su propia santificación y para atraer a la fe a los de fuera. «El tiempo es corto» (1 Cor 7, 29), dice San Pablo a los corintios. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno (Amigos de Dios, n. 39). No se puede tener la actitud de aquellos obreros de la parábola evangélica que permanecían todo el día sin trabajar (cfr Mt 20, 6), ni la del siervo que no quiso negociar con el talento de su amo (cfr Mt 25, 18). Todos coinciden en una insensibilidad, ante la gran tarea que a cada uno de los cristianos ha sido encomendada por el Maestro: la de considerarnos y la de portarnos como instrumentos suyos, para corredimir con Él; la de consumir nuestra vida entera, en ese sacrificio gozoso de entregarnos por el bien de las almas (Amigos de Dios, n. 49).
Las recomendaciones del Apóstol en estos versículos son un eco fiel del mandato del Señor: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). San Pablo habla del apostolado que han de hacer todos los cristianos. Si todos los fieles hemos recibido la gracia de Dios y el don de la fe, cada uno de nosotros ha de manifestarlo con sus obras y su palabra. Pues, como enseña el Conc. Vaticano II, el apostolado «no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida: Porque la caridad de Cristo nos urge (2 Cor 5, 14). En el corazón de todos deben resonar aquellas palabras del Apóstol: ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Cor 9, 16)» (Apostolicam actuositatem, n. 6).
En la enseñanza de la doctrina cristiana hay que hablar «como conviene» a cada uno, esto es, ejercitando la virtud de la prudencia; no la falsa prudencia de la carne que sería una astucia egoísta, sino con la virtud cardinal de la prudencia, que ayuda a adaptar el propio lenguaje y tono de conversación al contenido de lo que se transmite y a las circunstancias personales de quien escucha. «Que vuestra conversación no sea demasiado austera y dura, ni demasiado blanda y floja, sino que tenga un justo equilibrio entre firmeza y dulzura. Un exceso de autoritarismo daña más de lo que aprovecha, pero una dulzura y complacencia excesivas tendrían el mismo inconveniente. En todo hay que tener una justa medida (...). El mejor médico, si actúa con sabiduría, no puede prescribir el mismo régimen a todos sus enfermos; con más razón, un pastor debe diversificar su lenguaje en atención a las peculiaridades de su pueblo» (Hom. sobre Col, ad loc.).