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Colossiens 4, 7-9
Esta Carta a los Colosenses —como la escrita a los Efesios— la lleva Tíquico. Él les contará de palabra muchas otras cosas de parte del Apóstol. Con él va Onésimo, el esclavo fugitivo, convertido después a la fe y que San Pablo envía a su amo, Filemón, que vivía en Colosas (cfr Philm 10).


Colossiens 4, 10-17
San Pablo envía saludos a los colosenses de parte de sus colaboradores. De ellos, los tres primeros citados proceden del judaísmo —son los de la circuncisión—, de donde se deduce que los otros tres no son judíos.
Da un dato interesante: Marcos —el autor del segundo Evangelio— es primo de Bernabé, lo que explica el interés tan especial que sentía Bernabé por él (cfr Act 15, 37-40). De Jesús, llamado Justo, no tenemos más referencias que la de este pasaje —tener dos nombres, uno judío y otro latino, era entonces frecuente—. Lucas, el autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, es designado por su profesión: médico (v. 14). Demas, ahora colaborador, le abandonará más tarde «por amor de este mundo» (2 Tim 4, 10). Ninfas, a quien saluda Pablo, había prestado generosamente su casa para las reuniones litúrgicas (cfr Rom 16, 5; 1 Cor 16, 19). Arquipo es el hijo de Filemón (cfr Philm 2); no se especifica cuál era su «ministerio». El saludo de parte de Epafras es muy significativo de la labor que había hecho este gran colaborador de San Pablo: véase Introducción a la Epístola a los Colosenses («La ciudad de Colosas», «Lugar y fecha de composición», «Ocasión de la carta»).
Sobre el intercambio de cartas con los fieles de Laodicea, cfr Introducción a la Epístola a los Efesios.
 
Colossiens 4, 18
San Pablo dicta la carta a un amanuense: por esto, según su costumbre, escribe el saludo de su puño y letra, como garantía de autenticidad.
Es significativa la frase «acordaos de mis cadenas»: San Pablo, como cualquier cristiano, sabe que no está solo en la tarea apostólica que Dios le ha encomendado. Es cierto que confía en Dios, y por eso se siente confortado con su gracia (cfr Phil 4, 13), pero necesita también la ayuda de sus hermanos en la Iglesia. En el orden de la gracia todos somos solidarios, de manera que la debilidad de uno se encuentra asistida por la fortaleza de los otros: es una manifestación de cómo los primeros cristianos vivían la realidad sobrenatural de la Comunión de los santos.
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