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NOTAS a la Primera Epístola a los Tesalonicenses (EUNSA)


Chapitre n°1
 
I Thessaloniciens 1, 1
El encabezamiento se ajusta al modelo habitual de la época: consignación del autor, mención de los destinatarios, y palabras de saludo.
En el remitente figuran junto al nombre de Pablo los de sus colaboradores Silvano y Timoteo. El tono es entrañable, pero no es el de una simple carta de familia, sino el de un escrito autorizado en el que, según las normas legales (cfr Dt 17, 6), dos testigos avalan su contenido. San Pablo, lo mismo que en otras ocasiones (2 Thes, Phil, Philm), no emplea el título de Apóstol, pues la sola mención de su nombre hace valer su autoridad. Silvano es el mismo Silas de quien los Hechos de los Apóstoles dicen que era «profeta» y «destacado entre los hermanos» de Jerusalén (cfr Act 15, 22.32); aquí aparece con la transcripción latina de su nombre griego. Había colaborado con San Pablo en la evangelización de Tesalónica, de modo que era bien conocido por los fieles de esa ciudad (cfr Act 17, 4). Timoteo era hijo de padre gentil y madre judía convertida al cristianismo; San Pablo lo instruyó en la fe al pasar por Listra en su segundo viaje, y desde entonces siempre fue un fiel colaborador. Cuando San Pablo escribe esta carta, Timoteo había llegado a Corinto, procedente de Tesalónica, con buenas noticias sobre la satisfactoria situación espiritual de aquella iglesia (cfr 1 Thes 3, 6).
La carta se dirige a la «iglesia de los tesalonicenses». La palabra griega ekklesía significa «asamblea, reunión del pueblo», y fue empleada desde la época apostólica para designar a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. De este versículo parte Santo Tomás para definir la Iglesia como «la congregación de los fieles realizada en Dios Padre y en el Señor Jesucristo, por la fe en la Trinidad y en la divinidad y humanidad de Cristo» (Comentario sobre 1 Thes, ad loc.). «Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y la paz, y la constituyó como Iglesia, a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salvífica» (Lumen gentium, n. 9).
«La gracia y la paz sean con vosotros»: Es una fórmula de saludo usual de San Pablo, que expresa el deseo de que alcancen la plenitud de los bienes sobrenaturales. Véase nota a Rom 1, 7.
 
I Thessaloniciens 1, 3
La vida interior está afianzada sobre el ejercicio de las virtudes teologales, ya que «la fe estimula a obrar el bien, la caridad ayuda a soportar las fatigas, y la esperanza hace resistir con longanimidad a quienes deben luchar» (Severiano de Gábala, Com. a 1 Thes, ad loc.).
La fe se ha de reflejar en el comportamiento, porque «la fe sin obras está muerta» (Iac 2, 26). Como enseña San Juan Crisóstomo: «La creencia y la fe se prueban por las obras; no diciendo que se cree, sino con acciones reales, cumplidas con perseverancia y con un corazón encendido de amor» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
Manifestación de caridad es el empeño en el servicio a los demás, realizado por amor a Dios. Quien vive bien esta virtud sabe poner en cada caso el esfuerzo que sea preciso, y no rehuye el sacrificio ni la fatiga.
La esperanza es una virtud que «hace sostener con paciencia las adversidades» (Comentario sobre 1 Thes, ad loc.). San Pablo recomienda estar «alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación» (Rom 12, 12), pues la esperanza inunda el alma de alegría y da fortaleza para superar por amor de Dios todas las dificultades.
 
I Thessaloniciens 1, 4
Todos los hombres son «amados por Dios» y, como hace notar Santo Tomás, «no sólo de modo común por haber recibido el ser natural, sino especialmente por haber sido llamados a los bienes eternos» (Comentario sobre 1 Thes, ad loc.). En efecto, el fin último del hombre es la felicidad, y este fin no lo encuentra de modo absoluto ni en las riquezas, ni en los honores, ni en la salud, ni en la satisfacción de la sensualidad, sino en el conocimiento y el amor de Dios. Puesto que Dios elevó al hombre al orden sobrenatural, también le puso un fin de ese orden, que consiste en «ver claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es» (Conc. de Florencia, Laetentur coeli).
El hombre, privado de la gracia santificante como consecuencia del pecado original y de sus pecados personales, no podía alcanzar un fin que excede a sus propias fuerzas naturales. Pero Dios nos ama tanto que se ha dignado hacernos aptos para «participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos arrebató del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor» (Col 1, 12-13). Así pues, quienes han recibido la predicación del Evangelio y los frutos de la Redención por medio del Bautismo y los demás sacramentos, son objeto de una peculiar «elección» divina. «Elección» no es lo mismo que «salvación», pues la elección es una iniciativa divina previa al logro de la salvación. Para salvarse hace falta secundar esa acción de Dios, correspondiendo libremente a la gracia.
 
I Thessaloniciens 1, 5
San Pablo recuerda que el objeto de su predicación es el «evangelio», anunciado por los profetas (cfr Is 40, 9; 52, 7; 60, 6; 61, 1) y realizado en la Encarnación del Verbo y en su obra salvífica. El Apóstol fue un instrumento del Espíritu Santo para la obra de santificación. Los tesalonicenses no fueron persuadidos por la fuerza de meras palabras humanas, sino gracias al «poder» de Dios, que les daba eficacia. El término «poder» no hace referencia exclusivamente a hechos milagrosos, sino a la fuerza divina —virtud sobrenatural con la que el Espíritu Santo remueve las almas— que acompañaba a la predicación de San Pablo. Es cierto que esta obra, como todas las acciones divinas ad extra, es común a las tres Personas de la Santísima Trinidad, pero en el lenguaje de la Escritura y de la Iglesia «se acostumbra a atribuir al Padre —explica el Papa León XIII— las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor» (Divinum illud munus, n. 5).
En los primeros años de la Iglesia el anuncio del Evangelio iba con frecuencia acompañado de algunas gracias especiales del Espíritu Santo, como la profecía, los milagros o el don de lenguas (cfr Act 2, 8). Esa abundancia de dones ponía de manifiesto que había llegado la era mesiánica (cfr Act 2, 16), pues se cumplían las antiguas profecías: «Derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. Hasta en los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días» (Ioel 3, 1-3).
«Con poder y con [la fuerza] del Espíritu Santo»: Dentro del plan divino de salvación, el tiempo del Antiguo Testamento, preparatorio para la venida del Mesías, ha tocado a su fin, y se ha abierto una nueva era, la cristiana, caracterizada por la acción del Espíritu de Dios: «Puede afirmarse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la palabra de salvación» (Evangelii nuntiandi, n. 75).
 
I Thessaloniciens 1, 6
San Pablo agradece con alegría la acción divina en los fieles de Tesalónica. Ciertamente Jesús es el modelo por excelencia a imitar, pero el ejemplo del Apóstol conducía hacia Cristo (cfr 1 Cor 11, 1). Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cfr Rom XIII, 14). Se refleja el Señor en nuestra conducta como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo (Amigos de Dios, n. 299).
El «gozo», que es uno de los frutos del Espíritu Santo (cfr Gal 5, 22-23), va unido a la aceptación incondicional de la palabra de Dios y ayuda a superar las dificultades que se puedan interponer en el camino (cfr Act 5, 41). «Se puede estar alegre mientras se sufren latigazos y golpes, cuando se acogen a causa de Cristo —subraya San Juan Crisóstomo—. Es característico de la alegría del Espíritu Santo, que haga brotar del seno mismo de la aflicción y de la tristeza un gozo incontenible (...). Naturalmente las aflicciones por sí solas no producen alegría; ésta es un privilegio de los que aceptan los sufrimientos por Jesucristo, y un beneficio del Espíritu Santo» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).


I Thessaloniciens 1, 7-8
Tesalónica desarrollaba una gran actividad comercial, y constituía un importante nudo de comunicaciones e influencias en todo Grecia. Entre los cristianos de esta ciudad se contaban personas importantes, e incluso mujeres de la nobleza (cfr Act 17, 4). La categoría humana de los convertidos y el prestigio de esta ciudad en su entorno geográfico, explican en parte la rapidez con la que desde ella se extendió la doctrina cristiana.
Las palabras del Apóstol constituyen un testimonio elocuente de que la vida cristiana, vivida en plenitud, está llena de eficacia apostólica. Conscientes y persuadidos de esa realidad, tengamos la valentía de vivir pública y constantemente conforme a nuestra santa fe (Surco, n. 46).
 
I Thessaloniciens 1, 9
Se refleja la alegría del Apóstol al apreciar que la labor evangelizadora había alcanzado el fruto de la conversión a Dios, meta a la que tiende la predicación del Evangelio: «Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, trasformar desde dentro, renovar a la misma humanidad» (Evangelii nuntiandi, n. 18).
El texto sagrado deja traslucir el detalle entrañable de la transmisión de las buenas noticias en la primitiva comunidad cristiana. Se contaban las incidencias del apostolado y daban gracias a Dios, a la vez que recibían estímulo para mantenerse en la fidelidad a Cristo y extender el Evangelio.
 
I Thessaloniciens 1, 10
Es evidente la nota específica del mensaje cristiano en contraste con el judaísmo: la esperanza en Jesucristo. Con claridad emergen los puntos centrales de la doctrina cristiana: Jesucristo es el Hijo de Dios, que resucitó de entre los muertos, y que ha de venir de nuevo como Juez supremo. San Juan Crisóstomo advierte que «en un solo texto San Pablo reúne diversos misterios de Jesucristo: su resurrección gloriosa, su ascensión triunfante, su futura venida, el juicio, la recompensa prometida a los justos, y los castigos reservados a los malhechores» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
Este versículo probablemente constituye una fórmula acuñada por la predicación oral, y tal vez una profesión de fe de la liturgia primitiva.
«La venida desde los cielos de su Hijo Jesús»: Jesús ha de venir. Es una verdad de fe, que confesamos en el Credo: «Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos». Jesucristo será el Juez de todos los hombres, que comparecerán personalmente ante el juicio divino en dos tiempos: «El primero, cuando cada uno de nosotros sale de esta vida; pues inmediatamente comparece ante el tribunal de Dios, y allí se hace examen justísimo de todo cuanto en cualquier tiempo se haya hecho, dicho o pensado, y este juicio es el particular. El otro, cuando en un solo día y en un solo lugar comparecerán todos los hombres ante el tribunal del Juez, para que viéndolo y oyéndolo los hombres de todos los siglos, sepa cada uno lo que se ha decretado y juzgado de ellos (...). Este juicio se llama universal» (Catecismo Romano, I, 8, 3).
La «ira venidera» es una metáfora que indica el justo castigo de los pecadores. Nuestro Señor Jesucristo librará de él a quienes de modo habitual se han esforzado por vivir en estado de gracia y amistad con Dios. Como advertía Santa Teresa, «será gran cosa a la hora de la muerte saber que vamos a ser juzgadas de quien hemos amado sobre todas las cosas. Seguras podemos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra extraña sino propia; pues es la de quien tanto amamos y nos ama» (Camino de perfección, cap. 70, 3).


Chapitre n°2
I Thessaloniciens 2, 1-2
San Pablo y sus acompañantes, como se sabe por el libro de los Hechos, tras la persecución desencadenada en Filipos (cfr Act 16, 19-40), llegaron a Tesalónica. Al poco tiempo los judíos de esta ciudad, movidos por la envidia, promovieron también alborotos hasta expulsarlos de Tesalónica (cfr Act 17, 5-10). Las contrariedades no han de ser obstáculo para cumplir el deber de difundir la palabra de Dios. «Dondequiera que Dios abre una puerta a la palabra para anunciar el misterio de Cristo a todos los hombres confiada y constantemente, hay que anunciar al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por Él para salvar a todos, a fin de que los no cristianos, bajo la acción del Espíritu Santo que abre sus corazones, creyendo se conviertan libremente al Señor» (Ad gentes, n. 13).
La pereza o cobardía pueden insinuar las más variadas excusas. De ahí que «no sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero, ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza —lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio (cfr Rom 1, 16)—, o por falsas ideas omitimos anunciarlo? Porque eso significaría ser infieles a la llamada de Dios que, a través de los ministros del Evangelio, quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto. Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas» (Evangelii nuntiandi, n. 80).
El amor a Dios y la fidelidad a la vocación se concretan «en no tener miedo a exponer la palabra de Dios en medio de la tribulación (...), pues quien tiene una firme esperanza de alcanzar lo prometido no cede, para poder conseguir el premio» (Commentaria in 1 Thes, ad loc.).


I Thessaloniciens 2, 3-6
Quienes enseñan el Evangelio han de actuar con rectitud de intención, pues Dios «ve el fondo de nuestros corazones». «Consideremos —apunta San Clemente Romano— qué cerca de nosotros está, y cómo no se le oculta ni uno solo de nuestros pensamientos ni propósitos» (Ad Corinthios, I, 21).
La instrucción a otros en la fe «es sincera cuando se enseña conforme al tenor y fin por el que Cristo enseñó» (Comentario sobre 1 Thes, ad loc.). San Pablo califica de «impureza» la traición a la doctrina de Cristo, de modo análogo a como en el Antiguo Testamento se considera adulterio la infidelidad a Yahwéh (cfr Is 1, 21-26; Os 1-3). La predicación del Apóstol no procede de la «impureza» en el sentido de que no violenta ni altera el contenido del mensaje cristiano. Con palabras de Pablo VI, «el predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, ni de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No oscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla» (Evangelii nuntiandi, n. 78).
Hace notar el Apóstol que en ningún momento procedió con engaño ni por afán de lucro, actitud bien distinta de la habitual entre los propagadores de falsas doctrinas, tan abundantes entonces por el Imperio Romano (cfr Act 17, 18-21). El Concilio Vaticano II evoca este hecho: «Desde los primeros días de la Iglesia los discípulos de Cristo se esforzaron por convertir a los hombres a la fe de Cristo Señor, no por la acción coercitiva, ni con artificios indignos del Evangelio, sino, ante todo, por la virtud de la palabra de Dios» (Dignitatis humanae, n. 11).


I Thessaloniciens 2, 7-9
Pablo podía haber impuesto su «peso» en un doble sentido: haciendo valer con energía su autoridad apostólica, y ejercitando su derecho a ser mantenido por la comunidad (cfr 1 Cor 9, 14); pero no lo hizo de un modo (vv. 7-8) ni de otro (v. 9).
Al contrario, transmitió la doctrina evangélica y, al mismo tiempo, se entregó a sí mismo con el amor de una madre por sus hijos, sin exigir a cambio recompensa material alguna. San Juan Crisóstomo, poniéndose en el lugar de San Pablo, glosaba: «Es verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios, ¡pero os amo con un amor tan grande que habría deseado poder morir por vosotros! Tal es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que ama a su prójimo debe estar animado por estos sentimientos. Que no espere a que se le pida entregar su vida por su hermano, antes bien debe ofrecerla él mismo» (Hom. sobre 1 Thes., ad loc.).
«La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza (...). ¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia. Un signo de amor será el deseo de ofrecer la verdad y conducir a la unidad (...). Será también una señal de amor el esfuerzo desplegado para transmitir a los cristianos certezas sólidas basadas en la palabra de Dios, y no dudas o incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada. Los fieles tienen necesidad de esas certezas en su vida cristiana; tienen derecho a ellas en cuanto hijos de Dios» (Evangelii nuntiandi, n. 79).
La vida de trabajo reforzó la autoridad moral del Apóstol cuando tuvo que denunciar la tentación de holgazanería (cfr 1 Thes 4, 11), y sirvió de admirable modelo para las primitivas generaciones cristianas.
En nuestra traducción hemos modificado ligeramente la puntuación del texto respecto a la Neovulgata, dividiendo con un punto el v. 7, de modo que su última frase quede unida al v. 8. Así parece exigirlo la lógica del texto, para que no se interrumpa la comparación entre el amor de San Pablo y el de una madre.


I Thessaloniciens 2, 10-12
«A cada uno»: San Pablo no se limitó a predicar en la sinagoga o en otros lugares públicos, o en las reuniones litúrgicas cristianas. Se ocupó de las personas en particular; con el calor de una confidencia amistosa daba a cada uno aliento y consuelo, y les enseñaba cómo debían comportarse en la presencia de Dios. Es ejemplo para el apostolado del cristiano: Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es ‘apostolado de la confidencia’ (Camino, n. 973).
Quienes han recibido el don de la fe procuran, en buena lógica, hacer partícipes de su hallazgo a los demás: «Cuando descubrís algo de provecho, procuráis atraer a los demás —comenta San Gregorio Magno—. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena, y cuando vayáis a Dios no lo hagáis solos» (In Evangelio homiliae, 6, 6). Esta tarea apostólica, como lo muestra claramente la vida de los primeros cristianos, no es competencia exclusiva de los pastores de almas, sino que corresponde a todos los fieles. Por eso, el Concilio Vaticano II ha enseñado que una forma peculiar de apostolado individual, muy en consonancia con nuestro tiempo, «es el testimonio que pueden ofrecer los laicos de toda una vida que surge de la fe, de la esperanza y de la caridad. Con el apostolado de la palabra, absolutamente necesario en determinadas circunstancias, los laicos anuncian a Cristo, explican su doctrina, la difunden cada uno según su condición y capacidad, y la profesan con fidelidad» (Apostolicam actuositatem, n. 16).
«A su Reino y a su gloria»: La «gloria» es un atributo divino que se hace patente en el «Reino» de Dios; la Iglesia es la incoación en la tierra de ese Reino, cuya manifestación plena tendrá lugar en la Parusía, al final de los tiempos. Dios llama a cada hombre a formar parte de la Iglesia para que, a su debido tiempo, pueda disfrutar de la gloria del Reino de Dios.
 
I Thessaloniciens 2, 13
La trasmisión oral de la Revelación divina fue la forma utilizada en un primer momento. «Los Apóstoles con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, trasmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó» (Dei Verbum, n. 7). Por eso, «los Apóstoles, al trasmitir lo que recibieron, avisan a los fieles que conserven las Tradiciones aprendidas de palabra o por carta (cfr 2 Thes 2, 15) y que se mantengan fieles a la fe ya recibida (cfr Ids 3). Lo que los Apóstoles trasmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del Pueblo de Dios; así la Iglesia, con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y trasmite a todas las edades lo que es y lo que cree» (Dei Verbum, n. 8).
La predicación es en verdad «palabra de Dios» no sólo porque en ella se trasmite fielmente la divina Revelación, sino también porque el mismo Dios habla por medio de los que la anuncian (ctr 2 Cor 5, 20). Por eso, «la palabra de Dios es viva y eficaz» (Heb 4, 12) y «hay tanta fuerza y tanto poder en la palabra de Dios, que es apoyo y vigor de la Iglesia, y para los hijos de la Iglesia es fortaleza de la fe, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual» (Dei Verbum, n. 21).
 
I Thessaloniciens 2, 14
Nuestro Señor Jesucristo ya advirtió: «Si el mundo os odia sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí (...). Acordaos de la palabra que os he dicho: no es el siervo mas que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (Ioh 15, 18.20). La predicación del Evangelio, al exponer con toda su exigencia la verdad de Dios, con frecuencia ha suscitado la hostilidad de quienes no la entienden o no quieren entenderla Sin embargo, la contradicción no debe retraer a los propagadores del Evangelio: «Felicitaos a vosotros mismos; es más, pensad que habéis realizado una obra grande cuando alguno de vosotros padezca por Dios» (Pastor de Hermas, Mand. IX, cap. 28, 6).
El cristiano no busca el aplauso de los hombres, sino sólo cumplir la voluntad divina, «porque harto necio es querer agradar a quienes sabemos no agradan al Señor —afirma San Gregorio Magno— (...). En efecto, el desprecio de los perversos es la aprobación de nuestra vida, porque ya se manifiesta que tenemos algo de justicia los que comenzamos a desagradar a quienes no agradan a Dios» (In Ezechielem homiliae, I, 9, 12).


I Thessaloniciens 2, 15-16
San Pablo, hebreo, que siente un gran amor por su pueblo, no pretende condenar al pueblo judío, sino la hostilidad al Evangelio que manifestaban algunos de sus miembros. Quizás obraran con buena intención pensando que era intolerable predicar la divinidad de Jesús. Pero no basta que la intención sea buena para que una acción sea moralmente correcta; es necesario poner los medios para adquirir el recto conocimiento: «De acuerdo con su dignidad, todos los hombres, por el hecho de ser personas —es decir, dotados de razón y voluntad libre—, y por lo tanto dignificados con una responsabilidad personal, están impulsados por su misma naturaleza a buscar la verdad (...). Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad» (Dignitatis humanae, n. 2).
La expresión «ha llegado al límite» no ha de entenderse como la reprobación definitiva de Israel (cfr Rom 11, 25). Quizá pueda tener un valor profético, y entonces indicaría la justicia vindicativa de Dios, que llegaría hasta el colmo al permitir la enorme desgracia de la destrucción del Templo de Jerusalén (año 70 de la era cristiana), acontecimiento que sucedería dos décadas después de escribir el Apóstol esta carta (año 51 d.C.).
 
I Thessaloniciens 2, 17
«Privados»: Una traducción más literal sería «habiendo quedado huérfanos». Esta expresión puede referirse en griego tanto a los hijos que han quedado sin padres, como a los padres que se ven separados de los hijos. San Pablo, que poco antes ha comparado su amor y solicitud por los tesalonicenses con los de una madre que alimenta y cuida a su hijo (vv. 7-8), la usa en el segundo sentido.
 
I Thessaloniciens 2, 18
Sobre las dificultades para volver a Tesalónica véase la «Introducción a las Cartas a los Tesalonicenses: Ocasión de las Cartas». En definitiva, era Satanás quien le impedía regresar.
Satanás y los demás ángeles que se rebelaron contra Dios (cfr Concilio IV de Letrán, cap. 1), a los que llamamos demonios, buscan sin cesar seducir a los hombres y poner obstáculos a la doctrina de Jesucristo. Satanás «acometió a los primeros padres en el paraíso, persiguió a los profetas, deseó apoderarse de los Apóstoles, a fin de, como dice el Señor por el evangelista, zarandearlos como el trigo (Lc 23, 31); y ni aun se avergonzó ante la presencia misma de Cristo nuestro Señor» (Catecismo Romano, IV, 15, 6).


I Thessaloniciens 2, 19-20
El Apóstol alude por vez primera a la «venida» (en griego Parousía) de Cristo, uno de los temas principales de esta epístola. La «Parousía», en el uso profano de la época helenística, era la llegada solemne de un soberano a una ciudad, acompañado de un suntuoso cortejo. En el Nuevo Testamento esta palabra suele designar la venida de Cristo glorioso, con su poder y majestad, para juzgar a los hombres. En este texto se refiere a esa venida definitiva y solemne, al fin de los tiempos. Por otros textos del Nuevo Testamento sabemos que inmediatamente después de la muerte tiene lugar el juicio particular de cada hombre: cfr, p.ej., Lc 16, 19-31 y nota; Lc 23, 43 y nota.
Uno de los mayores motivos de gozo para San Pablo en el día de la venida de nuestro Señor será la santidad de quienes han aprendido de sus palabras y ejemplos a llevar una vida coherente con la fe. «Gracias al maestro, el discípulo es obediente, de modo que su buen comportamiento aprovecha al maestro; el fruto pone de manifiesto su trabajo. Por tanto, el esfuerzo del discípulo en hacer obras buenas proporciona una corona a su maestro en el juicio de Cristo» (Commentaria in 1 Thes, ad loc.).


Chapitre n°3
 
I Thessaloniciens 3, 2
Timoteo es «colaborador de Dios». Los cristianos —como Timoteo— están llamados a colaborar con Dios en la extensión de la fe y el amor a todos los hombres. No es tarea fácil ni cómoda, pues «la vida del hombre sobre la tierra es milicia» (Iob 7, 1), y por tanto se requiere obediencia y entrega para alcanzar la victoria. «Consideremos a los que se alistan bajo las banderas de nuestros emperadores —dice San Clemente Romano—. ¡Con qué disciplina, con qué prontitud, con qué sumisión ejecutan cuanto se les ordena! No todos son prefectos, ni todos tribunos, ni centuriones, ni quincuagenarios, y así de todos los demás grados, sino que cada uno en su propio orden ejecuta lo mandado por el emperador y por los jefes superiores. Los grandes no pueden subsistir sin los pequeños ni los pequeños sin los grandes» (Ad Corinthios, I, 37).


I Thessaloniciens 3, 3-4
En la vida del discípulo de Cristo nunca ha de faltar la cruz. De ahí que no sea extraña la presencia de dificultades en la vida cristiana. San Pablo enseñó desde sus primeros viajes misionales «que es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones» (Act 14, 22), y repitió la misma idea hasta su última carta: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tim 3, 12). La razón es que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios. (...) Así esculpe Jesús las almas de los suyos, sin dejar de darles interiormente serenidad y gozo (Amigos de Dios, n. 301).
 
I Thessaloniciens 3, 5
El «tentador» es Satanás, el diablo (cfr Mt 4, 3), que tienta a los hombres, no para probar su virtud y conocer su fidelidad, sino para separarlos del camino de la fe y hacerlos caer en el mal.
El demonio puede instigar al pecado, aunque no tiene poder para obligar a nadie a pecar; por eso suele actuar indirectamente sobre el hombre, a través de la concupiscencia. «En sus tentaciones —explica Santo Tomás— procede con extraordinaria astucia. Como general competente que asedia una fortaleza, estudia el demonio los puntos flacos del hombre a quien intenta derrotar, y lo tienta por el flanco más débil. Así, pues, una vez dominada la carne, tienta en aquellos vicios que más fácilmente seducen al hombre, como la ira, la soberbia, y los otros pecados del espíritu» (Exposición de la oración dominical o Padrenuestro, petición 6).
El cristiano debe, por tanto, mantenerse vigilante —«velad y orad para no caer en tentación» (Mt 26, 41)— y pedir humildemente ayuda a Dios: «No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal» (Mt 6, 13). «Cristo nuestro Señor nos ha mandado hacer esta petición para que diariamente nos encomendemos a Dios e imploremos su cuidado y apoyo paternal, no dudando que, si nos separamos de su divina protección, nos veremos presos, atrapados en los lazos de nuestro muy astuto enemigo» (Catecismo Romano, IV, 15, 2).


I Thessaloniciens 3, 6-8
San Pablo deja entrever con delicadeza la magnitud de su celo por las almas: su situación espiritual no le resulta indiferente, sino que para él es cuestión de vida o muerte. La solicitud por la firmeza en la fe de quienes le han sido confiados colma de sentido la vida del Apóstol.
Timoteo le ha traído el mensaje de que los tesalonicenses permanecen «firmes en el Señor», y éste es el motivo de la alegría de San Pablo.
 
I Thessaloniciens 3, 9
La fuerza para perseverar firmes en la fe, a pesar de las persecuciones, no se debe sólo a los méritos de los tesalonicenses, sino, sobre todo, a la gracia de Dios. Por eso San Pablo manifiesta su agradecimiento al Señor por la ayuda que les ha prestado.
«Gozamos ante nuestro Dios»: Esto es, en la presencia del Señor. El alma del cristiano necesita desahogar sus sentimientos y afanes en ese coloquio íntimo con Dios que es la oración; ésta puede hacerse en cualquier momento: Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto (Amigos de Dios, n. 296).
 
I Thessaloniciens 3, 10
La primera estancia de San Pablo en Tesalónica fue breve, pues se vio bruscamente interrumpida a causa de los alborotos promovidos por los judíos, que forzaron la salida precipitada del Apóstol (cfr Act 17, 5-10). Éste no pudo ahondar en la instrucción religiosa de aquellos fieles. De ahí que quiera verlos de nuevo para continuar su formación.
Además del buen deseo, San Pablo pone los medios sobrenaturales —entre otros, la oración— para alcanzar lo que se propone, pues la oración ha de preceder y acompañar a la predicación. Sólo así puede esperarse la eficacia apostólica de la tarea que se lleve a cabo. En este sentido, aunque la fe nace de la predicación (cfr Rom 10, 17), ésta no es por sí misma causa suficiente de la fe. Es preciso, enseña Santo Tomás de Aquino, que la gracia actúe en el corazón de quien escucha (cfr Comentario sobre Rom, 10, 2).
 
I Thessaloniciens 3, 11
Antes había aludido a los impedimentos que interpuso Satanás para impedir su regreso a Tesalónica (cfr 2, 18). Por eso ahora pide al Señor que le guíe en su camino, mediante la oración, que es el arma más poderosa que posee el Apóstol.
«Que Dios mismo, nuestro Padre, y nuestro Señor Jesús, enderece (verbo en singular) nuestro camino»: Llama la atención el verbo en singular, aunque gramaticalmente tiene dos sujetos. No debe hacerse una interpretación trivial de este texto, sino que debe verse cómo, de algún modo, late en la expresión del Apóstol el misterio de la Trinidad de Dios en su Unidad.


I Thessaloniciens 3, 12-13
La caridad es una virtud sobrenatural que nos inclina a amar a Dios —por ser Él quien es—, sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, por amor de Dios. Puesto que es Dios quien la infunde, además de ejercitarla es necesario pedirle que nos la aumente.
El amor sobrenatural o caridad es universal, alcanza a todos sin excepción. «Amar a una persona y mostrar indiferencia a otras, observa San Juan Crisóstomo, es característico del afecto puramente humano; pero San Pablo nos dice que nuestro amor no debe tener ninguna restricción» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.). El ejercicio pleno de esta virtud consolida la santidad, pues hace al hombre irreprochable «ante Dios nuestro Padre». «En esto consiste propiamente el mérito real de la virtud, y no simplemente en ser irreprochables delante de los hombres (...). Sí, lo repetiré: es la caridad, es el amor, quien nos hace irreprochables» (Ibid.).
«Con todos sus santos»: Se refiere a los fieles que hayan muerto en gracia de Dios.


Chapitre n°4
 
I Thessaloniciens 4, 1
Ante todo, anima «en el Señor Jesús» a seguir sus consejos; no lo hace en nombre propio ni en virtud del ascendiente humano que poseía sobre ellos, sino en nombre de Jesucristo. La obediencia a quien tiene autoridad en la Iglesia se vive sobre todo por razones sobrenaturales —porque ésa es la voluntad de Dios—, y no sólo en atención a las personas que la ejercen. Apoyado en esta visión de fe, dice San Ignacio de Loyola: «Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra santa madre la Iglesia» (Ejercicios espirituales, n. 353).
Los tesalonicenses ya conocían los mandamientos, pero no basta el conocimiento, sino que es necesario ponerlos por obra. Comenta San Juan Crisóstomo: «Una tierra buena hace algo más que devolver el grano que le ha sido confiado; así también el alma no debe limitarse a cumplir lo que está mandado, sino ir más lejos (...). Dos condiciones configuran la virtud: evitar el mal y hacer el bien. Huir del mal no completa la virtud, sino que es el principio del camino que conduce a ella. Es necesario añadir un celo ardiente por el bien» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
 
I Thessaloniciens 4, 3
Esta afirmación del Apóstol parece un eco de la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo en el Sermón de la Montaña: «Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto» (Mt 5, 48). La llamada a la santidad es, por tanto, universal; no se dirige a unos pocos, sino a todos los hombres: «Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu Santo llamamos ‘el único santo’, amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cfr Eph 5, 25-26), la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Thes 4, 3; cfr Eph 1, 4)» (Lumen gentium, n. 39).
En el Antiguo Testamento la santidad es el atributo supremo de Dios. Él es santo y pide a los hombres que sean santos, indicando que el modelo y la causa de la santidad del hombre es la santidad de Dios: «Sed santos, porque santo soy yo, Yahwéh vuestro Dios» (Lv 19, 3).
La llamada universal a la santidad es el núcleo fundamental y constante de la enseñanza del Fundador del Opus Dei, desde 1928 hasta su muerte en 1975: Nos quedamos removidos, con una fuerte sacudida en el corazón, al escuchar atentamente aquel grito de San Pablo: ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (...). A cada uno llama a la santidad, de cada uno pide amor: jóvenes y ancianos, solteros y casados, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajen donde trabajen, estén donde estén (Amigos de Dios, n. 294). La invitación a la santidad, dirigida por Jesucristo a todos los hombres sin excepción, requiere de cada uno que cultive la vida interior, que se ejercite diariamente en las virtudes cristianas; y no de cualquier manera, ni por encima de lo común, ni siquiera de un modo excelente: hemos de esforzarnos hasta el heroísmo, en el sentido más fuerte y tajante de la expresión (Ibid., n. 3).

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