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Éphésiens 5, 11-13
El cristiano, con su ejemplo y su palabra, ilumina todas las realidades humanas; así ayuda a los demás a distinguir lo que es recto de lo que es inmoral. «Todo lo que se ve es luz»: Es decir, cuando se llama a las cosas por su nombre —al bien, bien; y al mal, mal—, con caridad, pero sin eufemismos, se disipa la confusión y el relativismo moral que tan graves consecuencias acarrean para toda la sociedad. De ahí la exhortación que el Conc. Vaticano II hace a todos los cristianos y especialmente a los seglares: «Mas como en ésta nuestra época se plantean nuevos problemas y se multiplican errores gravísimos que pretenden destruir desde sus cimientos la religión, el orden moral e incluso la sociedad humana, este santo Concilio exhorta de corazón a los seglares a que cada uno, según las cualidades personales y la formación recibida, cumpla con suma diligencia la parte que le corresponde, según la mente de la Iglesia, en aclarar los principios cristianos, difundirlos y aplicarlos certeramente a los problemas de hoy» (Apostolicam actuositatem, n. 6).
 
Éphésiens 5, 14
San Pablo parece haber tomado esta cita de un himno litúrgico primitivo, en el que se presenta el Bautismo como una verdadera iluminación (cfr Heb 6, 4; 10, 32). Con sus buenas obras —luz del mundo—, los cristianos pueden contribuir a que los «muertos», es decir, los apartados de Dios por el pecado, pasen de las tinieblas a la luz, donde alcanzarán la vida nueva que les proporciona su incorporación a Cristo por el Bautismo. Esta situación la compara el Apóstol a la luminosa claridad que consigue quien se ha despertado de un sueño profundo, por contraste a la inmensa oscuridad en la que está sumido quien aún permanece en él. La conversión del pecador equivale a levantarse del sueño de la muerte a una nueva existencia, la de un mundo nuevo iluminado por Cristo, quien posee y es la misma irradiación de la gloria divina (cfr Heb 1, 3).


Éphésiens 5, 15-17
La vida nueva recibida en el Bautismo se caracteriza por la sensatez, frente a la necedad de quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios (cfr 1 Cor 1, 18). La sensatez es consecuencia en el hombre del conocimiento de la voluntad de Dios y de la plena identificación con los planes divinos. De esta coherencia entre la fe y la vida procede la verdadera sabiduría. La consecuencia es inmediata: se ha de «aprovechar bien el tiempo», el que en cada momento nos toca vivir. Más aún, hemos de rescatar el tiempo perdido. «Rescatar el tiempo—explica San Agustín— es sacrificar, cuando llegue el caso, los intereses presentes a los intereses eternos, que así se compra la eternidad con la moneda del tiempo» (Sermo 16,2).
La palabra Kairós, que hemos traducido por «tiempo», tiene un significado más concreto en griego. Señala el contenido del momento histórico que se vive, la situación que crea, y las posibilidades que ese preciso instante ofrece en relación con el fin último de la vida en este mundo. De ahí que «aprovechar el tiempo» tenga un significado más pleno que el negativo de «no perder minutos»: quiere decir «aprovechar todos los momentos y circunstancias» para dar gloria a Dios. Pues el tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas —observa el Fundador del Opus Dei—. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios! (Amigos de Dios, n. 52).
Esto es particularmente urgente porque, entonces como ahora, «los días son malos», como dice el Apóstol. Por eso el cristiano no puede cejar en su lucha por alcanzar la salvación. Claramente lo ha advertido San Pedro: «Sed sobrios y velad, ya que vuestro adversario, el diablo, ronda como un león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos» (1 Pet 5, 8-9).
 
Éphésiens 5, 18
En este versículo se hace una invitación a la templanza. En un ambiente pagano, tan frecuente entonces y ahora, no faltan quienes piensan que la alegría y la felicidad se pueden alcanzar con el recurso a medios exclusivamente materiales. Nada más falso. San Pablo enseña dónde está la raíz de la verdadera felicidad: en la docilidad a la acción del Espíritu Santo en las almas. Con ello se logra una paz y una alegría que el mundo no puede dar.
La templanza es la «virtud por la que refrenamos los deseos desordenados de los placeres sensibles y usamos con moderación de los bienes temporales» (Catecismo Mayor, n. 917). Esta virtud es expresión del señorío que el hombre tiene sobre todos los bienes creados por Dios, y su ejercicio es imprescindible para mantener el sentido sobrenatural en la vida. «Cualesquiera alimentos excesivos para el organismo, engendran al fin los estímulos de la impureza. En este estado, el alma, abrumada bajo el peso de los manjares, no es capaz de sujetar la brida de la templanza. Por eso, no es sólo el vino el que embriaga la mente. Todo exceso en la comida la vuelve torpe y vacilante, y la despoja por completo de la integridad y de la pureza» (Instituciones, lib V, cap. VI).
La templanza es testimonio de auténtica vida cristiana en los «hijos de la luz» que resulta muy convincente y atractivo para todos los hombres de bien. La templanza cría al alma sobria, modesta, comprensiva; le facilita un natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia. La templanza no supone limitación, sino grandeza (Amigos de Dios, n. 84).
 
Éphésiens 5, 19
La acción de gracias a Dios se expresa en la liturgia cristiana, ya desde los comienzos de la Iglesia, por medio de salmos, himnos y cánticos espirituales. La naturaleza del hombre, compuesto de alma y cuerpo, pide que el culto debido a Dios tenga también manifestaciones externas. «Dios ha dispuesto que conociéndole por medio de las cosas visibles, seamos llevados al amor de las cosas invisibles (prefacio de Navidad); porque todo lo que sale del alma se expresa naturalmente por los sentidos» (Mediator Dei, n. 8). En las ceremonias litúrgicas de la Iglesia, los cánticos son manifestaciones de júbilo ante las grandezas de Dios y expresión de agradecimiento por los bienes recibidos. Por su parte, el salmo «es la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de las gentes, el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la armoniosa confesión de la fe, plena sumisión a la autoridad, el regocijo de la libertad, el clamor del alborozo y el eco de la alegría» (San Ambrosio, Enarratio in Ps, I, 9).
La dignidad en la recitación y canto de las plegarias litúrgicas fomenta la participación activa de todos en las celebraciones, de modo que puedan experimentar lo que San Agustín asegura de sí mismo: «¡Cuánto lloré con tus himnos y tus cánticos, vivamente conmovido por la suave voz de la Iglesia! Aquellas palabras sonaban en mis oídos, y tu verdad penetraba en mi corazón, y con ello se enardecía el piadoso afecto, y corrían las lágrimas, y me hacían bien» (Confesiones, 9, 6).
La oración litúrgica se convierte así en fuente de genuina piedad, a la vez que sirve para fomentar la unidad con los demás miembros de la Iglesia, no sólo con los que alaban a Dios mientras aún luchan en la tierra, sino también con los que ya lo glorifican incesantemente en el Cielo. «¡Qué cosa más estupenda que imitar en la tierra el coro de los ángeles! —exclama San Basilio. Disponerse para la oración en las primeras horas del día, y glorificar al Creador con himnos y alabanzas. Más tarde, cuando el sol luce en lo alto, lleno de esplendor y de luz, acudir al trabajo mientras la oración nos acompaña a todas partes, condimentando las obras —por decirlo de algún modo— con la sal de las jaculatorias» (Epístola, II, 3).
 
Éphésiens 5, 20
Hemos de dar de continuo gracias a Dios, ya que «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rom 8, 28). No hay, pues, circunstancia alguna de la vida que escape a la providencia divina. Él permite junto con las alegrías y las penas, tanto los éxitos como los fracasos. De ahí que para un cristiano consecuente con su fe, todo se convierte en éxito, incluso aquello que humanamente puede parecer negativo y le hace sufrir, porque si lo considera con visión sobrenatural y lo afronta por amor a la Cruz de Cristo, proporciona paz y alegría, a la vez que es fuente de méritos para el cielo. Así que siempre es necesario dar gracias a Dios: Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes (...). Dale gracias por todo, porque todo es bueno (Camino, n. 268).
 
Éphésiens 5, 21
San Pablo expone un principio general que debe regir las relaciones entre los miembros de la Iglesia: el sometimiento recíproco sabiendo que Cristo es quien ha de juzgar a cada uno. Al mismo tiempo, este principio da pie al Apóstol para considerar las relaciones de carácter social, y concretamente de la vida familiar, en las que se manifiesta una cierta dependencia natural: la mujer del marido (5, 22-33), los hijos de los padres (6, 1-4) y los siervos de los amos (6, 5-9). Ahora bien, tal autoridad, que procede de la misma naturaleza de las cosas, para el Apóstol adquiere una dimensión nueva desde el punto de vista cristiano, pues en esas relaciones se resalta la dignidad propia de cada uno y, especialmente, el señorío de Cristo sobre todos.


Éphésiens 5, 22-24
El fundamento en el que se asienta la grandeza y dignidad sobrenaturales del matrimonio cristiano es que éste es una proyección de la unión de Cristo con la Iglesia. Al exhortar a los esposos cristianos a vivir de acuerdo con su condición de miembros de la Iglesia, el Apóstol establece una analogía, por la cual el marido representa a Jesucristo, y la esposa a la Iglesia. Esta enseñanza hunde sus raíces en el Antiguo Testamento donde las relaciones entre Yahwéh y su pueblo se expresan, en la predicación de los profetas, como relaciones entre un esposo con su esposa, a la que ama con extremada fidelidad (cfr Os 1-3; Ier 2, 20; Ez 16, 1-34). Dios permanece siempre fiel al amor que ha mostrado a Israel y está dispuesto a perdonar (cfr Is 54, 5-8; 62, 4-5; Ier 31, 21-22) y a restablecer la Alianza con su pueblo (cfr Is 16, 5-63). Jesucristo también se presenta como el novio (cfr Mt 9, 15; Ioh 3, 29) y emplea la imagen del banquete de bodas para explicar la significación de su venida (cfr Mt 22, 1-14; 25, 1-13). Él realiza la Nueva Alianza de la que surge el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia (cfr Mt 26, 26-29 y par.). De ahí que la relación entre Cristo y la Iglesia aparezca en el Nuevo Testamento como la de Esposo-Esposa, y que el Conc. Vaticano II haya podido decir: «La Iglesia (...) es también descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cfr Apc 19, 7; 21, 2.9; 22, 17), a la que Cristo amó y se entregó a sí mismo por ella para santificarla (Eph 5, 25-26), la unió consigo en pacto indisoluble e incesantemente la alimenta y la cuida (Eph 5, 29); a ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por el amor y la fidelidad (cfr Eph 5, 24)» (Lumen gentium, n. 6).
San Pablo deja entrever ya que el matrimonio cristiano no es simplemente una imagen, a modo de ejemplo, para explicar la relación entre Cristo y la Iglesia, sino que esta relación está significada y se realiza entre el marido y la mujer bautizados. Por ello la mujer debe someterse a su marido como al Señor. Esto significa que el matrimonio entre bautizados es verdadero sacramento, como siempre ha enseñado la Iglesia y ha recordado el Conc. Vaticano II: «Cristo, nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque, así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos, para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo ha amado a la Iglesia y se entregó por ella. El amor conyugal auténtico es asumido por el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia, para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad» (Gaudium et spes, n. 48).
Cuando San Pablo exhorta a las mujeres a «someterse» a sus maridos, lo hace teniendo en cuenta, no tanto las condiciones sociales de la mujer casada en su tiempo, sino el hecho de que como esposa cristiana refleja en su conducta hacia el marido a la misma Iglesia, que es obediente a Cristo. Al marido, por su parte, se le exige un sometimiento similar hacia la esposa, ya que él refleja a Jesucristo que se entrega hasta la muerte por amor a la Iglesia (cfr v. 25). En 1930 enseñaba el Papa Pío XI que «tal sumisión no niega ni quita la libertad que con pleno derecho compete a la mujer, así por su dignidad de persona humana, como por sus nobilísimas funciones de esposa, madre y compañera, ni la obliga tampoco a dar satisfacción a cualesquiera gustos del marido, menos convenientes tal vez con la razón misma y con su dignidad de esposa; ni, finalmente, enseña que se haya de equiparar la esposa con las personas que en el derecho se llaman menores, a los que, por falta de madurez de juicio o inexperiencia de las cosas humanas, no se les puede conceder el libre ejercicio de sus derechos; sino que prohíbe aquella exagerada licencia, que no se cuida del bien de la familia; que en este cuerpo de la familia el corazón se separe de la cabeza, con daño grandísimo de todo el cuerpo, y con peligro máximo de ruina. Porque si el varón es la cabeza, la mujer es el corazón y como aquél tiene la primacía del gobierno, ésta puede y debe reclamar para sí, como cosa propia, la primacía del amor» (Casti connubii, n. 10).
Así, pues, por contraste con el desprecio que el Antiguo Oriente mostraba por la mujer, considerada por lo general como un ser inferior, la doctrina cristiana reconoce la igualdad esencial entre hombre y mujer «De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y responsabilidad respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular de realización en la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos, donación propia del matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce, es revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer.
»Creando al hombre ‘varón y mujer’ (Gen 1, 27), Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos inalienables y con las responsabilidades que son propias de la persona humana. Dios manifiesta también de la forma más elevada posible la dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia honra como Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como modelo de la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles, son signos que confirman la estima especial del Señor Jesús hacia la mujer» (Familiaris consortio, n. 22).
Por eso ha podido resumir el Fundador de nuestra Universidad: La mujer tiene, exactamente igual que el hombre, la dignidad de persona y de hija de Dios. Pero a partir de esa igualdad fundamental cada uno debe alcanzar lo que le es propio (...). »La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad... (Conversaciones, n. 87).


Éphésiens 5, 25-27
El amor entre los esposos cristianos se fundamenta también en el amor de Cristo a su Iglesia. Por eso, la Revelación del Nuevo Testamento es tan exigente en el amor del marido por su esposa, porque su modelo es nada menos que el amor de Cristo por la Iglesia. San Pablo, en efecto, lo expresa en términos de desposorios, como la novia era embellecida para ser presentada radiante ante el novio, así Cristo santifica y purifica mediante el Bautismo a quienes van a ser miembros de la Iglesia. El sacramento del Bautismo, reflejado en la expresión «mediante el baño del agua, en virtud de la palabra», es la aplicación de la obra redentora que Cristo ha realizado mediante su entrega en la Cruz.
 
Éphésiens 5, 27
«La Iglesia, enseña el Concilio Vaticano II, es creída por la fe como indefectiblemente santa. Efectivamente, Cristo, Hijo de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu Santo llamamos el ‘solo Santo’, amó a su Iglesia como esposa suya, entregándose a Sí mismo por ella para santificarla (cfr Eph 5, 25-26); la unió a Sí como su cuerpo, y la enriqueció con el don del Espíritu Santo, para gloria de Dios. Por lo tanto, todos en la Iglesia, pertenezcan a la Jerarquía o estén regidos por ella, están llamados a la santidad, según las palabras del Apóstol: Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Thes 4, 3; cfr Eph 1, 4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta continuamente y debe manifestarse en los frutos de la gracia que el Espíritu produce en los fieles; se expresa de las maneras más diversas en cada uno de los que, según su condición de vida, tienden a la perfección de la caridad, edificando a los demás» (Lumen gentium, n. 39).


Éphésiens 5, 28-32
San Pablo evoca aquí el texto del Gen 2, 24 que se refiere a la institución matrimonial y lo aplica a Cristo y a la Iglesia. Con ello enseña que el matrimonio, tal como Dios lo estableció desde el principio, es ya una realidad en cierto modo sagrada, pues está abierta a la sublime significación del amor de Dios a la humanidad.
«La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los bautizados es uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza (...).
»En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia.
»Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para la Iglesia, de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes» (Familiaris consortio, n. 13).
La vocación matrimonial es, pues, un verdadero camino de santidad. Así lo ha predicado con insistencia el Fundador del Opus Dei: El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo (Eph V, 32), y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque —queramos o no— el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra (Es Cristo que pasa, n. 23).
De la santidad de los esposos depende la de su familia y la de quienes con ellos se relacionan. De ahí que se nos recuerde: Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad.
Pero que no olviden que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz (Conversaciones, n. 91).
Cfr nota a Col 3, 18-19.
 
Éphésiens 5, 31
Sobre la indisolubilidad del matrimonio véanse las notas a Mt 5, 31-32; Mc 10, 1-12; 10, 5-9; Lc 16, 18; 1 Cor 7, 10-11.


Chapitre n°6
Éphésiens 6, 1-4
Se trata ahora de las relaciones entre padres e hijos. Recuerda San Pablo el cuarto precepto del Decálogo —el primero de los que se refieren al prójimo— al que acompaña una promesa de bendición (cfr Ex 20, 12; Dt 5, 16) para quienes lo cumplan. Honrar a los padres significa, por tanto, amarles y obedecerles como es debido, proveyendo a su cuidado con todo tipo de ayudas espirituales y materiales cuando por su edad o situación así lo requieran. A quienes cumplan este precepto, el Señor promete felicidad y una larga vida en la tierra.
«En el Señor»; Aunque estas palabras faltan en algunos códices antiguos, su autenticidad es segura. Sirven para situar en el plano sobrenatural las relaciones entre padres e hijos. La razón última de la obediencia de los hijos a sus padres es el mandato divino, cuyo cumplimiento es de justicia. Los padres, por su parte, son llamados a ser comprensivos con los hijos, cumpliendo su misión de educarlos con verdadera actitud cristiana: buscando siempre el bien con sus instrucciones y correcciones.
«Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y, por tanto, hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia, que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra, personal y social de los hijos (...). En la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros anos a conocer y adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo (...). Por medio de la familia, en fin, se introducen (los hijos) en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios. Consideren, pues, los padres la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del mismo Pueblo de Dios» (Gravissimum educationis, n. 3).
«La familia recibe, por tanto, inmediatamente del Creador la misión y, por esto mismo, el derecho de educar a la prole; derecho al que no puede renunciar por estar inseparablemente unido a una gravísima obligación; derecho que es anterior a cualquier otro derecho de la sociedad y del Estado y que, por eso mismo, no puede ser violado por ninguna potestad terrena.
»El Doctor Angélico expresa así la inviolabilidad de este derecho: ‘El hijo es naturalmente algo del padre (...); por eso, es de derecho natural que el hijo, antes del uso de la razón, esté bajo el cuidado del padre. Sería por lo tanto contrario a la justicia natural que el niño, antes del uso de razón, fuese sustraído al cuidado de los padres, o se dispusiera de él, de cualquier manera, contra la voluntad de los padres’ (Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 12). Y como la obligación de los padres continúa hasta que la prole está en condiciones de proveerse a sí misma, perdura también el mismo inviolable derecho educativo. ‘Porque la naturaleza —enseña el Angélico— no pretende solamente la generación de la prole, sino también su desarrollo y progreso hasta el perfecto estado del hombre en cuanto hombre, es decir, el estado de virtud’ (Suma Teológica, III, Suplemento, q. 41, a. 1)» (Divini illius Magistri, nn. 16-17).
No deben los padres mandar despóticamente, ni los hijos obedecer cuando el mandato sea contrario a la ley moral. Los padres, por tanto, no pueden exigir más de lo razonable. Así lo advierte el Apóstol: «No irritéis a vuestros hijos» (v. 4). La educación cristiana ha de basarse, pues, en la caridad, en el cariño y en el respeto exquisito de los padres a la libertad de sus hijos. Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer, y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable (Es Cristo que pasa, n. 27). Véase nota a Col 3, 20-21.


Éphésiens 6, 5-9
Las relaciones laborales en esta época estaban basadas, en gran parte, en la esclavitud. San Pablo no denuncia directamente esta situación, pero aprovecha esta carta para establecer el fundamento de las relaciones entre amos y siervos. Al poner de relieve la dignidad de la persona humana, el Apóstol expresa claramente la doctrina: las relaciones humanas se sobrenaturalizan elevándolas hasta Cristo. De ahí que los amos deban ser justos con sus siervos, sin forzarlos con amenazas, pues tanto unos como otros tienen un mismo Señor en los cielos, que «no hace acepción de personas» (v. 9). De otra parte, los esclavos no deben trabajar por el mero afán de recibir una recompensa humana, por resignación, sino «sirviendo de buena gana como quien sirve al Señor y no a los hombres» (v. 7). Se establecían así las condiciones que, siglos después, llevarían a la abolición de la esclavitud. Esto se produjo cuando el espíritu cristiano impregnó con su savia todo tipo de relaciones humanas, también las laborales.
La doctrina social de la Iglesia ha proyectado la luz de la fe y de la caridad sobre el mundo del trabajo, desempeñando una misión fundamental en la construcción de una sociedad más humana y más cristiana. Así, por ejemplo, el Magisterio enseña que «es menester que a la ley de la justicia se una la ley de la caridad (...). La justicia sola, aun observada puntualmente, puede, es verdad, hacer desaparecer la causa de las luchas sociales, pero nunca unir los corazones y enlazar los ánimos (...). La verdadera unión de todos en aras del bien común sólo se alcanza cuando todas las partes de la sociedad sienten íntimamente que son miembros de una gran familia e hijos del mismo Padre celestial (...). Sólo entonces los ricos y todos los dirigentes cambiarán su indiferencia habitual hacia los hermanos más pobres en un amor solícito y activo, recibirán con corazón abierto sus peticiones justas y perdonarán de corazón sus posibles culpas y errores. Por su parte, los obreros, depuesto sinceramente todo sentimiento de odio y envidia de que tan hábilmente abusan los propagadores de la lucha social, aceptarán sin molestia el puesto que les ha señalado la divina Providencia en la sociedad humana, o mejor dicho, lo estimarán mucho, bien persuadidos de que colaboran útil y honrosamente al bien común, cada uno según su propio grado y oficio, y que siguen así de cerca las huellas de Aquél que, siendo Dios, quiso ser entre los hombres Artesano y aparecer como hijo de Artesano» (Quadragesimo anno, n. 56).
Más recientemente, Juan Pablo II ha recordado que «el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre» (Laborem exercens, n. 3). A este respecto deja constancia de que «el trabajo es un bien del hombre —es un bien de su humanidad—, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se hace más hombre’» (Ibid., n. 9).
Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres (Es Cristo que pasa, n. 47).


Éphésiens 6, 10-20
Después de los consejos a padres e hijos, siervos y amos, el Apóstol hace una consideración de suma importancia: la necesidad de estar preparados para la lucha «contra los dominadores de este mundo» (v. 12). Se está refiriendo a los ángeles que se rebelaron contra Dios y fueron ya vencidos por Cristo (1 Cor 15, 24; Col 1, 13-14; 2, 15), pero contra quienes aún hemos de mantener la lucha. Esa lucha ha de proseguir hasta el fin, y por eso, con términos castrenses tomados del armamento que llevaban los soldados romanos, describe cómo ha de ser ese combate. En primer lugar recomienda revestirse con «la armadura de Dios» (v. 13) puesto que los «dominadores» con quienes se ha de entablar la lucha no pueden ser vencidos sino con armas del todo espirituales, que Dios proporciona a quienes le aman: la verdad, la justicia, la paz, la fe (vv. 14-16), sin olvidar que se ha de estar «orando en todo tiempo movidos por el Espíritu» (v. 18), manteniendo viva la fraternidad.
Estas armas, al ser sobrenaturales, garantizan la victoria y permiten, por tanto, combatir con seguridad y alegría. «Llenémonos, pues, de confianza —exhorta San Juan Crisóstomo— y despojémonos de todo para afrontar esos asaltos. Cristo nos ha revestido de armas más resplandecientes que el oro, más resistentes que el acero, más ardientes que la llama, más ligeras que un leve soplo de aire (...). Son armas de naturaleza totalmente nueva, pues han sido forjadas para un combate inédito. Yo, que no soy más que un hombre, me veo obligado a asestar golpes a los demonios; yo, que estoy revestido de carne, lucho contra las potencias incorpóreas. También Dios me ha fabricado una coraza que no es de metal, sino de justicia: me ha preparado un escudo no de bronce, sino de fe. Tengo en la mano una espada aguda, la palabra del Espíritu (...). Es necesario que tu victoria sea la de un hombre que rebosa contento» (Catequesis bautismales, III, 11-12).
San Pablo, que en ese momento se halla en prisión, encadenado (v. 20) y necesitado de la ayuda de Dios y de todos los hermanos en la fe pide que recen por él (v. 19), para que pueda predicar con libertad y eficacia el Evangelio.
 
Éphésiens 6, 16
El demonio no cesa de buscar de un modo u otro la perdición eterna del hombre. Pero, una vez vencido por Cristo en la cruz, ya no tiene poder efectivo sobre nosotros, siempre que acudamos a la lucha empleando las armas de la fe y la plena confianza en Dios. Así razonaba San Juan de Ávila: «Como este enemigo pueda más que nosotros, debemos aprovechamos del ‘escudo de la fe’, que es cosa sobrenatural, así como con una palabra de Dios, o con recibir los Sacramentos, o con una doctrina de la Iglesia. Y creyendo firme con el entendimiento que todo el poder es de Dios» (Audi, filia, cap. 30).
 
Éphésiens 6, 18
Entre los diversos medios sobrenaturales para luchar contra las asechanzas del enemigo, se destaca la oración. «La oración es, a no dudarlo, el arma poderosísima —comenta San Alfonso María de Ligorio— por la que el Señor nos da la victoria contra todas las pasiones malvadas y tentaciones infernales; pero esta oración hay que hacerla con espíritu, es decir, no sólo verbalmente, sino de corazón. Debe, además, ser continua y en todas las circunstancias de la vida, porque así como las batallas son continuas, así ha de serlo también la oración (...). Y añade el Apóstol: ‘Por todos los santos’, porque no sólo debemos rezar por nosotros, sino por la perseverancia de todos los fieles que se hallan en gracia de Dios» (Reflexiones sobre la Pasión, cap. 9, 3).
El Apóstol señala también como medio sobrenatural para esa lucha la solícita vigilancia por la santidad de los demás. Como consecuencia de esa preocupación es probable que veamos en el prójimo, junto a sus muchas virtudes, algunos defectos. Esto no debe ser ocasión de desprecio ni de crítica, sino de pedir por él y ayudarle a vencer. «Si descubres algún defecto en el amigo —recomienda San Ambrosio—, corrígele a solas: si no te escucha repréndele abiertamente. Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios: las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores (Prv 27, 6)» (De officiis ministrorum, III, cap. XII, 127).


Éphésiens 6, 21-22
En estos versículos, los únicos en toda la carta de tipo personal, se basan quienes piensan que las noticias de esta carta ya habían sido comunicadas a otras iglesias, sobre todo si se tiene en cuenta la expresión «también vosotros» del v. 21. Tal vez se encuentre en él una alusión a la carta enviada a los colosenses, escrita con anterioridad y en la que (cfr Col 4, 7-8) se aprecia un estrecho paralelismo con este pasaje.


Éphésiens 6, 23-24
La fórmula de esta bendición final, en tono solemne y expresada en tercera persona, parece dirigirse a los cristianos en general. La paz y la gracia, que casi siempre van unidas en las cartas paulinas, aparecen aquí separadas. La expresión «incorruptible» del final puede referirse a los cristianos que aman a Cristo y gozan ya aquí de un anticipo de la gloria del Cielo; o a Jesucristo, amado por los fieles en su gloria eterna.
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