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NOTAS a la Epístola a los Filipenses (EUNSA)


Chapitre n°1
Philippiens 1, 1-2
La epístola comienza, como de costumbre, con unas palabras de saludo. San Pablo los llama «santos», modo habitual de designarse los cristianos entre sí, puesto que han sido consagrados o santificados por el Bautismo (cfr nota a Eph 1, 1). Esta denominación resalta, por una parte, la elección divina de que han sido objeto, y que se manifiesta en la ceremonia de la unción o consagración dentro del rito bautismal, por el que se entra a formar parte del Pueblo santo de Dios, que es la Iglesia. Por otro lado el apelativo «santo» evoca la dignidad de la vocación otorgada por Dios, y el deber de correspondencia fiel a la llamada a la santidad que cada uno ha recibido.
Toda la epístola tiene un aire de carta familiar, en donde las enseñanzas dogmáticas y morales se alternan con las noticias personales. La fuerza del amor hace persuasivas las palabras del Apóstol. En esta ocasión San Pablo se limita a poner su nombre al principio de la epístola, sin hacer constar sus títulos de autoridad —Apóstol de Jesucristo (cfr Rom 1, 1; 1 Cor 1, 1; 2 Cor 1, 1; Gal 1, 1; Eph 1, 1; Col 1, 1)— que no es necesario recordar a una comunidad tan obediente y unida a él.
Timoteo, cuyo nombre figura junto al de Pablo en el encabezamiento de la Carta, había colaborado con el Apóstol en la predicación y conversión de los filipenses, acompañándolo en alguno de sus viajes apostólicos (cfr Act 16, 1.3.10 ss.; 20, 4) o siendo enviado por él (cfr Act 19, 22). Era, por tanto, bien conocido y amado por la iglesia de Filipos.
En el Antiguo Testamento se llama siervos de Yahwéh a algunos hombres ilustres —Moisés (Ex 14, 31), Josué (Ios 24, 29), David (2 Sam 3, 18), etc.— de los cuales Dios se servía para llevar a cabo sus designios. Pablo y Timoteo son «siervos de Cristo Jesús», es decir, personas que sirven a Dios en la predicación del Evangelio.
Nuestro Señor Jesucristo escogió a los doce Apóstoles y, con Pedro a la cabeza, les confió la misión de hacer discípulos a todos los pueblos, así como de santificarlos y gobernarlos. Para cumplir este encargo tuvieron diversos colaboradores en su ministerio, y como esta misión divina había de durar hasta el fin del mundo, establecieron sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada que es la Iglesia (cfr Lumen gentium, n. 20). Pocos años después de recibir esta misión del Señor ya existían en las comunidades cristianas algunos de estos colaboradores, a los que el Apóstol designa aquí con los títulos de «obispos y diáconos». La palabra griega epískopos significa «vigilante, guardián, moderador», y diákonos «servidor, ayudante». Aunque en aquella época estos nombres no se utilizaban con el sentido preciso que tienen actualmente, nos dan a entender que ya entonces las iglesias locales tenían una organización jerárquica (cfr nota a Act 11, 30). Los «diáconos», servidores, en tiempos de la redacción de la Carta a los Filipenses, parece que pueden ya considerarse como ministros sagrados, auxiliares de los Obispos (cfr Act 6, 1 ss.).
Es digno de notar que los nombres de los diferentes cargos ejercidos dentro de la Iglesia, hacen referencia siempre a una función de servicio. Los obispos han sido elegidos para «el servicio de la comunidad, presidiendo en lugar de Dios el rebaño del que son pastores como maestros de la doctrina, sacerdotes del culto sagrado, ministros del gobierno de la Iglesia» (Lumen gentium, n. 20). Por su parte, los diáconos, «confortados con la gracia sacramental, prestan su servicio al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en comunión con el obispo y su presbiterio» (Lumen gentium, n. 29).
En esta carta no se mencionan los «presbíteros» como ocurre en otras epístolas de San Pablo (cfr 1 Tim 5, 17; Tit 1, 5). En tiempos del Apóstol todavía no se había llegado a una distinción precisa en la terminología sobre las órdenes sagradas. Posiblemente, los «obispos» de que aquí se habla pertenezcan al mismo grado de la jerarquía que los «presbíteros» de otras epístolas: son ministros sagrados de grado inferior a los Apóstoles y sus colaboradores —Timoteo, Tito, etc.—, que presiden las comunidades cristianas. Su función sería algo similar a la que después desempeñarían los párrocos.
Sobre el saludo «la gracia y la paz», véase la nota a Eph 1, 2.
 
Philippiens 1, 2
Véase nota a Rom 1, 7, segunda parte.


Philippiens 1, 3-5
«Vuestra participación»; En el original «vuestra comunión». Esta palabra de amplio significado en el Nuevo Testamento, indica primordialmente unión profunda de ideas, conducta y vida. Se utiliza a veces para referirse a las colectas en favor de los necesitados (cfr Rom 15, 26; 2 Cor 9, 13).
A pesar de que los fieles de Filipos eran en general de condición bastante modesta y estaban padeciendo muchas tribulaciones (cfr 2 Cor 8, 2), nunca regatearon esfuerzos a la hora de socorrer a los demás y de cooperar en la propagación de la Iglesia, tanto con sus limosnas (cfr 2 Cor 8, 3-4), como con su entrega personal (cfr 2 Cor 8, 5), sus oraciones y la ayuda prestada a los ministros del Evangelio, como es el caso del propio Apóstol (cfr Phil 4, 14-16).
San Pablo reconoce las dificultades que debieron sufrir como consecuencia de su respuesta generosa a las exigencias de la fe —don de Dios (cfr v. 29) que es necesario agradecer—, y por eso persevera en su oración para que no les falten las gracias necesarias.
 
Philippiens 1, 4
«Con gozo»: La alegría del Apóstol es una de las notas sobresalientes de esta epístola, causada de modo especial por el buen espíritu y comportamiento de los filipenses. San Pablo los recuerda con gozo en su oración. Más adelante, en 3, 1, les dice que estén alegres en el Señor. Poco después, en 4, 4, reitera por dos veces su exhortación a la alegría que nace de la cercanía del Señor (cfr notas a Phil 4, 4; 4, 5-7).
Por lo demás, la exhortación a la alegría verdadera aparece con mucha frecuencia en los escritos cristianos primitivos: «Revístete de la alegría que halla siempre gracia delante de Dios y le es acepta, y ten en ella tus delicias. Porque todo hombre alegre obra el bien y piensa en el bien y desprecia la tristeza» (Pastor de Hermas, X, cap. 3, 1).
La alegría es un fruto del Espíritu Santo (cfr Gal 5, 22) y una virtud íntimamente unida a la caridad sobrenatural, que es su causa (cfr Suma Teológica, II-II, q. 23, a. 4). Es un don del que goza el alma en gracia, independientemente de las circunstancias ambientales o personales. Proviene de la unión con Dios y del descubrimiento de la amorosa providencia con la que Dios vela por sus criaturas y, de modo particular, por sus hijos. La alegría da serenidad, paz y objetividad al cristiano en todas las acciones de su vida.
 
Philippiens 1, 6
El Antiguo Testamento enseña que «Dios es clemente y misericordioso, tardo para la ira, y rico en amor y fidelidad» (Ex 34, 6; cfr Ps 118.136). Por ser fiel cumple siempre su palabra y las promesas que hace a su pueblo (cfr Dt 34, 4). Por ello, el hombre puede abandonarse en sus manos sin temor, pues Él es su refugio seguro (cfr Ps 31, 5-6). El Apóstol manifiesta en este texto, una vez más, su confianza en la fidelidad divina (cfr 1 Cor 10, 13; Heb 6, 17): Dios, que comenzó en los fieles la obra de la salvación mediante el don de la fe y la infusión de la gracia santificante, los seguirá enriqueciendo con sus gracias hasta el encuentro con Cristo en su gloria (cfr 1 Cor 1, 4-9).
El Magisterio de la Iglesia, tomando precisamente como fundamento este versículo, ha enseñado, frente a la herejía pelagiana, que tanto el inicio de la fe, como su aumento, y el acto de fe por el que creemos, son fruto del don de la gracia y de la libre correspondencia humana (cfr Conc. II de Orange, can. 5). Siglos más tarde, el Concilio de Trento reiteró esta enseñanza: así como Dios ha empezado la obra buena, la acabará, si los hombres cooperamos con su gracia (cfr De iustificatione, cap. 13).
La consideración de esta verdad —explica San Francisco de Sales— nos hace comprender que debemos confiar en Dios: «Nuestro Señor tiene cuidado continuo de los pasos de sus hijos, es decir, de aquellos que poseen la caridad, haciéndoles caminar delante de Él, tendiéndoles su mano en las dificultades. Así lo declaró por Isaías: ‘Soy tu Dios, que te toma de la mano y te dice: No temas, yo te ayudaré’ (Is 41, 13). De modo que, además de mucho ánimo, debemos tener suma confianza en Dios y en su auxilio, pues si no faltamos a la gracia, Él concluirá en nosotros la buena obra de nuestra salvación, que ha comenzado» (Tratado del amor de Dios, lib. 3, cap. 4.).
Junto a esa confianza en el auxilio divino es necesario el esfuerzo personal por corresponder a la gracia, pues, en palabras de San Agustín, «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Sermo 169, 13).
«El día de Cristo Jesús»: Véase nota a 1 Cor 1, 8-9.
 
Philippiens 1, 7
La vocación de San Pablo al apostolado es pura gracia de Dios (cfr Rom 1, 1; 1 Cor 1, 1; Col 1, 25; etc.). No obstante, para ser fiel a esa llamada trabajó y sufrió toda clase de tribulaciones. No regateó esfuerzos por extender con su palabra la doctrina del Evangelio, defenderla de los ataques que sufría en esos primeros momentos y fortalecer la fe de quienes se habían convertido (cfr 2 Cor 11, 23-33).
«Partícipes de mi gracia»: Todo cristiano ha sido llamado a colaborar en la misión apostólica. «Cristo confirió a los Apóstoles y a sus sucesores el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su propio nombre y autoridad. Los laicos, por su parte, al haber recibido participación en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les atañe en la misión total del pueblo de Dios. Con su trabajo ejercen realmente el apostolado, evangelizando y santificando a los hombres y perfeccionando y saturando de espíritu evangélico el orden temporal, de tal forma que su actividad en este orden constituye un claro testimonio de Cristo y contribuye a la salvación de los hombres. Y como propio de los laicos es vivir en medio del mundo y de los negocios temporales. Dios llama a los laicos a que, en el fervor del espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a la manera de fermento» (Apostolicam actuositatem, n. 2).
 
Philippiens 1, 8
«En las entrañas de Cristo Jesús»: La identificación de San Pablo con nuestro Señor es tan grande que puede decir que han pasado a su corazón los mismos afectos del corazón de Cristo. El amor sobrenatural no se opone al afecto humano, sino que lo asume y lo eleva a un plano superior. Toda esta epístola es un magnífico testimonio de cómo se entrelazan ambos amores. La caridad «une con Dios estrechamente a aquellos entre quienes reina —enseña León XIII—, y hace que reciban de Dios la vida del alma y vivan con Él y para Él. Y con la caridad y el amor de Dios ha de ir unido el amor del prójimo, pues los hombres participan de la bondad infinita de Dios, de quien son imagen y semejanza» (Sapientiae christianae, nn. 51-52).
La ayuda a los demás es la mejor manifestación de amor verdadero, «porque —escribe Santa Teresa— si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), pero el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas de que mientras más avancéis en éste, más lo hacéis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca de mil maneras el que tenemos a Su Majestad» (Moradas, V, cap. 3, 8).
Este amor es el fundamento de la eficacia apostólica: «Signo de amor —en palabras de Pablo VI— será el deseo de ofrecer la verdad y conducir a la unidad. Signo de amor será igualmente dedicarse sin reservas y sin mirar atrás al anuncio de Jesucristo» (Evangelii nuntiandi, n. 79).


Philippiens 1, 9-11
«Sensatez»: Se trata del «sentido cristiano» que proyecta su luz sobrenatural sobre los acontecimientos de la vida ordinaria, para alcanzar su enjuiciamiento recto. Es un concepto cercano al de la «sabiduría», tal como aparece en la Sagrada Escritura.
Las oraciones y exhortaciones hechas por San Pablo hasta aquí pretenden incrementar cada vez más la caridad. Puesto que la caridad es una virtud sobrenatural «es necesario pedir a Dios su incremento, ya que sólo Dios puede hacer esto en nosotros» (Comentario sobre Phil, ad loc.). El crecimiento en la caridad trae, como consecuencia, el logro de un mayor «conocimiento» de Dios. «El que ama —dice Santo Tomás— no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen, y así penetra hasta su interior» (Suma Teológica, I-II, q. 28, a. 2, c.). El afán de conocer a Dios empuja a acercarse cada vez más a Jesucristo, para procurar asimilar sus palabras y su doctrina, y a esforzarse por llevar a la propia vida estas verdades salvíficas. Así se podrá actuar con «plena sensatez», sabiendo qué es lo mejor en cada caso.
El trato personal con Dios en la oración, la identificación con Cristo mediante la recepción asidua de los sacramentos, y la acción del Espíritu Santo que inhabita en el alma en gracia, proporcionan al cristiano un saber peculiar que le permite discernir lo bueno de lo malo en las diversas situaciones concretas. El don de sabiduría al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida (...).
No es que el cristiano no advierta todo lo bueno que hay en la humanidad, que no aprecie las limpias alegrías, que no participe en los afanes e ideales terrenos. Por el contrario, siente todo eso desde lo más recóndito de su alma, y lo comparte y lo vive con especial hondura, ya que conoce mejor que hombre alguno las profundidades del espíritu humano.
La fe cristiana no achica el ánimo, ni cercena los impulsos nobles del alma, puesto que los agranda, al revelar su verdadero y más auténtico sentido (Es Cristo que pasa, n. 133).


Philippiens 1, 12-14
«Pretorio»: Se llamaban así las residencias de los gobernadores romanos en las distintas provincias del Imperio, y por antonomasia el cuartel de la guardia pretoriana encargada de custodiar el palacio del emperador, en Roma. Sobre cuál sea la prisión donde el Apóstol escribe esta epístola, cfr Introducción a la Epístola a los Filipenses, «Lugar y fecha de composición».
En estos versículos se relatan algunas noticias personales. Sin embargo, San Pablo no piensa en sí mismo, pues tiene el corazón y la cabeza puestos en Cristo. Por eso no habla de su salud o de las dificultades que tenía en la cárcel, sino de cómo han servido todas esas circunstancias para el progreso del Evangelio.
Con su palabra y su ejemplo ha hecho patente ante todo el pretorio cuál es el motivo de su prisión: su fidelidad en la predicación de la doctrina cristiana. Cuanto relata San Pablo sirve para constatar la eficacia del testimonio cristiano. Con su ejemplo, los discípulos de Cristo «plantean a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, ese testimonio constituye ya de por sí una buena proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva (...). Sin embargo, esto es insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es (...) explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús» (Evangelii nuntiandi, nn. 21-22).
El Apóstol acompaña su ejemplo con la predicación. Ese modo de obrar estimuló a los demás hermanos en la fe a confiar en el Señor y a perder el miedo de hablar claramente de Dios. El apostolado no debe detenerse porque las circunstancias sean aparentemente adversas.
Resplandece también en este texto la gran eficacia salvífica del sufrimiento: la prisión de San Pablo ha servido «para mayor difusión del Evangelio» (v. 12). En primer lugar porque la conducta del Apóstol fue una ocasión propicia, aunque penosa, para hacer llegar a muchas personas el mensaje evangélico. Además, porque las dificultades y el dolor tienen una gran eficacia en la propia santificación personal y en el servicio a los demás, y constituyen ocasiones privilegiadas de identificarse con Jesucristo. «Si un hombre se hace partícipe de los sufrimientos de Cristo —nos enseña Juan Pablo II—, esto acontece porque Cristo ha abierto su sufrimiento al hombre, porque Él mismo en su padecimiento redentor se ha hecho, en cierto sentido, partícipe de todos los dolores humanos. El hombre, al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre al mismo tiempo en él sus propios sufrimientos, los revive mediante la fe, enriquecidos con un nuevo contenido y con un nuevo significado» (Salvifici doloris, n. 20). La gran eficacia sobrenatural que comportan los padecimientos por Cristo radica en que «quienes participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus aflicciones una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás» (Ibid., n. 27).
Así, pues, la dificultades o las circunstancias aparentemente adversas no han de ser consideradas como obstáculos, sino como medios valiosísimos para el apostolado. La aceptación del dolor y la práctica de la mortificación voluntaria son etapas ineludibles en la tarea de la personal santificación y en el apostolado. Por eso, exhortaba con fuerza San Josemaría Escrivá: Purificad la intención, ocupaos de todas las cosas por amor a Dios, abrazando con gozo la cruz de cada día. Lo he repetido miles de veces, porque pienso que estas ideas deben estar esculpidas en el corazón de los cristianos: cuando no nos limitamos a tolerar y, en cambio, amamos la contradicción, el dolor físico o moral, y lo ofrecemos a Dios en desagravio por nuestros pecados personales y por los pecados de todos los hombres, entonces os aseguro que esa pena no apesadumbra.
No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso (Amigos de Dios, n. 132).
«Predicar sin miedo la palabra de Dios»: En la Neovulgata dice solamente «la palabra», que probablemente es la lección original, pero en nuestra traducción hemos añadido «de Dios», porque así aparece en muchos códices griegos y latinos muy importantes y, además, porque parece más clara para el lector de la traducción castellana.


Philippiens 1, 15-18
«Por envidia y rivalidad»; No sabemos a quiénes se refiere, pero no parece que sean los judaizantes, como en el caso de la Carta a los Gálatas o a los Colosenses. San Pablo, que no piensa en sí mismo sino en Cristo y en el bien de las almas, se alegra de que sea predicado el Evangelio, aunque sea por quienes actúan sin rectitud de intención (v. 18). Esa debe ser la actitud del cristiano: alegrarse siempre de que otros trabajen por Cristo.
La enseñanza de Jesús en el Evangelio era ya clara: «Maestro, hemos visto a uno expulsando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros. Jesús contestó: No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, está con nosotros» (Mc 9, 38-40). El fundamento de esta enseñanza radica en que el apóstol es sólo un instrumento de Dios para servir a las almas, pero no es el dueño de ellas. Que aprendamos que las almas son de Dios —nos recuerda el Fundador de la Universidad de Navarra—, que nadie en esta tierra puede atribuirse esa propiedad, que el apostolado de la Iglesia —su anuncio y su realidad de salvación— no se basa en el prestigio de unas personas, sino en la gracia divina (Amigos de Dios, n. 267).
 
Philippiens 1, 19
Estar encarcelado por predicar a Cristo, e incluso tener que sufrir a quienes anuncian el Evangelio por rivalidad, no quita la paz al Apóstol, pues sabe que eso le identifica con Jesucristo. «Y esto porque cuando hacemos algún bien para cooperar a la salvación de los otros, redunda en nuestra propia salvación» (Comentario sobre Phil, ad loc.). Así lo enseña también el Apóstol Santiago, cuando dice que «quien convierte a un pecador de su extravío, salvará su alma de la muerte y cubrirá una muchedumbre de pecados» (Iac 5, 20).
 
Philippiens 1, 20
«Cristo será glorificado en mi cuerpo»: Tanto si continúa viviendo —porque podrá seguir con su misión apostólica—, como si es necesario afrontar el martirio, en cualquier caso podrá dar testimonio de Cristo.
Todo cristiano está unido a Cristo por el Bautismo (cfr Rom 6, 5), unión que se refuerza en la Eucaristía (cfr 1 Cor 10, 16-17). Así, pues, el creyente debe aspirar a identificarse de tal modo con Jesús que pueda decir como el Apóstol: «Vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2, 20). Todo cuanto posee el hombre es un don recibido de Dios; y la vida corporal del cristiano, con sus sufrimientos e incluso con su muerte, se identifica de alguna manera con la vida misma de Cristo: ésta es la meta de la vida cristiana ya en este mundo.


Philippiens 1, 21-26
San Pablo manifiesta el deseo que tiene de «morir para estar con Cristo». El verbo griego que usa para referirse a la muerte, desatar, se solía utilizar para designar la acción de soltar las amarras de una nave antes de salir del puerto, o de levantar los campamentos para trasladar el ejército a otro lugar. El Apóstol entiende, pues, la muerte como una liberación de las ataduras terrenas, para ir en seguida a «estar con Cristo». Estas palabras enseñan que quienes mueren en gracia no tienen que esperar al Juicio Universal para gozar de Dios en el Cielo. Así lo ha enseñado también el Magisterio de la Iglesia, apoyado en las Sagradas Escrituras, en el II Conc. de Lyón: «Aquellas almas que, después de recibido el sagrado Bautismo, no incurrieron en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraída, se han purificado (...), son recibidas inmediatamente en el Cielo» (Profesión de fe de Miguel Paleólogo).
El espíritu del Apóstol se debatía por dos sentimientos opuestos. Sin embargo el ansia de estar junto a Cristo no le impide ocuparse generosamente en el bien de las almas. Por eso deseaba vivir en este mundo, para seguir trabajando en la conversión de los gentiles y en el cuidado de las comunidades cristianas que. fundadas e impulsadas por él, iban floreciendo cada vez más.
A pesar de lo incierto de su futuro. San Pablo se inclina a pensar que seguirá viviendo para provecho sobrenatural de los filipenses y de otros fieles.
 
Philippiens 1, 21
El morir es «una ganancia», pues la muerte, para una persona que está en gracia de Dios, supone la entrada en el gozo del Señor, verlo cara a cara (cfr 1 Cor 13, 12) y disfrutar de aquello que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1 Cor 2, 9). El deseo de gozar de Dios en el Cielo hacía cantar a Santa Teresa de Jesús:
«Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero» (Poesías, 2).
«Cristo mismo, el maestro de nuestra salvación, enseña cuánto aprovecha dejar esta vida; cuando sus discípulos se entristecían porque Él había dicho que ya se iba a marchar, les habló diciendo: ‘Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre’ (Ioh 14, 28), enseñando y mostrándoles que, cuando las personas queridas salen de este mundo, debemos alegrarnos más que dolernos» (San Cipriano, De mortalitate, 7). A la luz de la fe, la muerte es en definitiva el paso a la vida eterna. Sin embargo, para aguardar con esperanza ese tránsito, no debemos olvidar que nuestro «vivir es Cristo», también en esta tierra. De una parte, porque la vida sobrenatural es la vida de la gracia y ésta nos ha sido ganada por Cristo; de otra, porque amar y dar a conocer a Cristo ha de constituir la razón de ser de nuestra vida. Un cristiano tiene que procurar que su vida dé abundantes frutos de santidad, aprovechando su trabajo y todas las circunstancias ordinarias de su existencia para acercar a otros a Cristo.
«Si habéis encontrado, pues, a Cristo —exhorta Juan Pablo II—, ¡vivid para Cristo, vivid con Cristo!, y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: ‘Para mí, el vivir es Cristo’. He aquí también la verdadera liberación: proclamar a Jesús libre de ataduras, presente en unos hombres transformados, hechos nueva creatura» (Homilía Catedral Santo Domingo).
 
Philippiens 1, 27
El término griego traducido por «llevéis una vida» tiene un significado más preciso: «viváis como dignos ciudadanos». Los habitantes de Filipos gozaban del derecho de ciudadanía romana y estaban muy orgullosos de su dignidad (cfr Introducción a la Epístola a los Filipenses). Pero los cristianos, junto con la posición que ocupan en la sociedad, tienen una ciudadanía en los cielos (cfr Phil 3, 20). Por eso han de llevar «una vida digna del Evangelio de Cristo», como buenos ciudadanos del Reino de Dios, cuyo rey es Cristo (cfr Ioh 18, 37), obedeciendo fielmente sus leyes: la ley nueva de la gracia que se contiene en el Evangelio.
Sin embargo, la ciudadanía celestial y la terrena no son excluyentes: «El reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado como hijo a la unión con Dios y a la participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio» (Gaudium et spes, n. 21).
Una vida auténticamente cristiana en medio del mundo es un testimonio ante todos los hombres, cristianos o no, de la presencia de Dios y de sus planes de salvación para toda la humanidad. Además, «contribuye mucho a esta manifestación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con un mismo espíritu colaboran en la extensión de la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad» (Gaudium et spes, n. 21). Esto es imprescindible en la lucha por implantar el Reino de Dios, pues «todo reino dividido contra si mismo quedará desolado» (Lc 11, 17). Los primeros cristianos aprendieron bien esta lección, ya que se comportaban teniendo «un solo corazón y una sola alma» (Act 4, 32).
 
Philippiens 1, 28
Ahora, como en tiempos de San Pablo, no faltan los enemigos del Evangelio que procuran arrancar la fe del corazón humano. Los cristianos no han de dejarse intimidar por ellos, sino prestar mayor atención para mantenerse firmes en la fe. «Ante todo es necesario que cada uno entre en sí mismo, procurando con exquisita vigilancia conservar hondamente arraigada en su corazón la fe, precaviéndose de los peligros y, de modo especial, bien armado siempre contra varios sofismas engañosos. Para mejor poner a salvo esta virtud, juzgamos sobremanera útil y por extremo conforme a las circunstancias de los tiempos el esmerado estudio de la doctrina cristiana, según la posibilidad y capacidad de cada cual; empapando su inteligencia con el mayor conocimiento posible de aquellas verdades que atañen a la religión y por la razón pueden alcanzarse» (León XIII, Sapientiae christianae, n. 17).
Junto con la formación en la fe, es preciso que el cristiano sepa defenderla de los ataques que sufra: «Cada uno está obligado a propagar la fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles» (Suma Teológica, II-II, q. 3, a. 2, ad 2). De nuevo León XIII, nos recuerda: «Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre cobarde, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Lo uno y lo otro es vergonzoso e injurioso a Dios; lo uno y lo otro contrario a la salvación del individuo y de la sociedad: ello aprovecha únicamente a los enemigos del hombre cristiano, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos» (Sapientiae christianae, n. 18.


Philippiens 1, 29-30
A San Pablo no le fueron ahorrados ningún tipo de persecuciones ni dificultades en el cumplimiento de su misión. Los filipenses fueron testigos de la prisión que sufrió en su ciudad (cfr Act 16, 19-36), y ahora tenían noticias de su cautividad. Por eso les exhorta a seguir su ejemplo (cfr v. 30). Los padecimientos que sufran por Cristo son una gracia, un don de Dios (cfr v. 29).
El dolor, las contradicciones que podamos sufrir, la fatiga del trabajo, las dificultades en la lucha interior y en el apostolado, son ocasiones providenciales que nos permiten identificarnos más plenamente con Cristo, abrazándonos sin temor a su Cruz. ¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte!
¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?
Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse corredentores con Él (Via Crucis, II).


Chapitre n°2
Philippiens 2, 1-4
El v. 1 comienza con una frase de construcción muy forzada. Algunas versiones, entre ellas la Neovulgata han optado por una versión literal: «Si hay, pues, algún consuelo en Cristo, algún aliento del amor...». Es claro que se trata de una oración condicional, retórica, que está en lugar de una frase afirmativa, cuyo sentido se esclarece en el v. 2.
San Pablo apela de modo afectuoso al buen sentido cristiano de los fieles; por el tono de sus palabras parece decir: si queréis proporcionarme un consuelo en Cristo, colmad mi gozo, y prestad atención a los consejos que siguen (cfr Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre Phil, ad loc.).
Para vivir la unidad en la caridad (v. 2) el Apóstol recomienda actuar con rectitud de intención y humildad (vv. 3-4). Los cristianos corrientes, que tienen un trabajo profesional y están presentes en todos los ambientes de la sociedad, han de comportarse rectamente en todas sus acciones. Todas ellas, aun las que parecen más intrascendentes, han de hacerse con humildad, cara a Dios. Pero sin olvidar que su conducta tiene también una repercusión en los demás. No me olvidéis que estáis también en presencia de los hombres, y que esperan de vosotros —¡de ti!— un testimonio cristiano. Por eso, en la ocupación profesional, en lo humano, hemos de obrar de tal manera que no podamos sentir vergüenza si nos ve trabajar quien nos conoce y nos ama, ni le demos motivo para que se sonroje (Amigos de Dios, n. 66).
Es grande la responsabilidad; nuestro comportamiento puede servir de estímulo y de buen ejemplo a los demás. «Tratemos, pues, hermanos —dice San Agustín—, no sólo de vivir bien, sino de portarnos bien delante de los demás. Procuremos que no tenga que reprendernos nada nuestra conciencia, y, además, teniendo en cuenta nuestra fragilidad, poniendo todo el cuidado que podamos, evitemos que pueda pensar mal el hermano menos formado» (Sermo 47, 14).


Philippiens 2, 3-11
El v. 3 exhortaba a considerar a los otros como superiores. Nuestro Señor, siendo superior a todos, no consideró su naturaleza divina como motivo para gloriarse delante de los hombres (v. 6). Al contrario, se humilló y se anonadó a Sí mismo (vv. 7-8) —no movido «por rivalidad ni por vanagloria» (v. 3), ni buscando «el propio interés» (v. 4)—, y obedeció «hasta la muerte» (v. 8) cumpliendo así el plan de salvación que el Padre había determinado en favor de los hombres. Contemplando este modelo se podrá entender que padecer por Cristo es signo de salvación (cfr 1, 28-29), pues Él, tras los sufrimientos de su Pasión y Muerte, fue públicamente glorificado ante todas las criaturas (cfr vv. 9-11).
Nuestro Señor ofrece el más perfecto ejemplo de humildad. «El cetro de la majestad de Dios, el Señor Jesucristo —comenta San Clemente Romano— no ha venido con jactancia y arrogancia, aunque lo hubiera podido hacer, sino con humildad (...). Ved, hermanos amadísimos, qué ejemplo se nos da: si el Señor se ha humillado tanto, ¿qué hemos de hacer nosotros, que por Él, nos hemos puesto bajo el yugo de su caridad?» (Ad Corinthios, 13).


Philippiens 2, 3-4
En cualquier hombre —escribe Santo Tomás de Aquino— existe algún aspecto por el que los otros pueden considerarlo como superior, conforme a las palabras del Apóstol ‘llevados por la humildad, teneos unos a otros por superiores’ (Philip. II, 3). Según esto, todos los hombres deben honrarse mutuamente (Suma Teológica, II-II, q. 103, a. 2-3). La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona —por su honor, por su buena fe, por su intimidad—, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y de la justicia.
La caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador (Es Cristo que pasa, n. 72).
 
Philippiens 2, 5
La recomendación del Apóstol, «tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el Divino Redentor cuando se ofrecía en Sacrificio —nos enseña Pío XII—, es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad de Dios, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, por fin, que todos nos ofrezcamos a la muerte mística en la Cruz junto con Jesucristo, de modo que podamos decir como San Pablo: Con Cristo estoy crucificado (Gal 2, 19)» (Mediator Dei, n. 22).


Philippiens 2, 6-11
Al hablar de Jesucristo, el Apóstol no se limita a ofrecer un simple ejemplo. Transcribiendo quizá un himno litúrgico utilizado por los primeros cristianos, con algunos retoques personales, expone —bajo la inspiración del Espíritu Santo— la doctrina cristológica con una profundidad extraordinaria. De este modo, enseña a vivir las virtudes cristianas a la luz de las verdades más sublimes de la fe.
Éste es uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento que revelan la divinidad de Jesucristo. La epístola fue escrita hacia el año 62, o quizá antes, hacia el 55, y si pensamos que el himno de Phil 2, 6-11 ya era utilizado con anterioridad, este pasaje es un testimonio claro de que los cristianos proclamaban, ya en aquellos primeros años, que Jesús, nacido en Belén, crucificado, muerto y sepultado, el mismo que resucitó, era verdaderamente Dios y hombre a la vez.
El himno se puede dividir en tres partes. La primera (vv. 6 y principio del 7), trata de la humillación de Cristo al hacerse hombre. La segunda (final del v. 7 y v. 8), constituye el centro de todo el pasaje, y proclama hasta qué límite llegó su humildad: en su condición de hombre aceptó por obediencia morir en la cruz. La tercera (vv. 9-11), describe su gloriosa exaltación. San Pablo tiene presente la divinidad de Jesús, en virtud de la cual existía desde toda la eternidad. Centra su atención, no obstante, en la muerte de cruz como ejemplo supremo de humildad. Su humillación no consistió solamente en hacerse hombre, como nosotros, ocultando la gloria de su Divinidad en su Humanidad santísima, sino que además llevó una vida de sacrificios y sufrimientos, que alcanzarían su consumación en la cruz, en la que fue despojado de todo, como un esclavo. Pero, una vez cumplida su misión, vuelve a manifestarse con toda la gloria que en virtud de su naturaleza divina le corresponde, y que su naturaleza humana había merecido.
El Hombre-Dios, Jesucristo, culmina su existencia terrena en la cruz, y, por la cruz, entra en su gloria, como Señor y Mesías. Este acontecimiento pone a todo el universo en camino de salvación.
Jesucristo nos da una admirable lección de humildad y obediencia. Aprendamos de esta actitud de Jesús —recuerda San Josemaría Escrivá—. En su vida en la tierra, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo (cfr Phil II, 6-7). El cristiano sabe así que es para Dios toda la gloria; y que no puede utilizar como instrumento de intereses y de ambiciones humanas la sublimidad y la grandeza del Evangelio.
Aprendamos de Jesús. Su actitud, al oponerse a toda gloria humana, está en perfecta correlación con la grandeza de una misión única: la del Hijo amadísimo de Dios, que se encarna para salvar a los hombres (Es Cristo que pasa, n. 62).

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