Philippiens 2, 6-7
«Siendo de condición divina»: Literalmente se podría traducir «subsistiendo en forma de Dios». La «forma» es el aspecto que ofrece al exterior una cosa, y que manifiesta su naturaleza íntima. Tratándose de Dios, que es invisible, no puede referirse a unas apariencias sensibles; la «forma de Dios» es un modo de designar a la naturaleza divina. Lo primero que deja claro San Pablo es que Jesucristo es Dios, y lo era antes de la Encarnación. En efecto, nuestro Señor Jesucristo es «el Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano).
«No consideró como presa codiciable el ser igual a Dios»: El término griego que hemos traducido por «igual a» no se refiere directamente a la igualdad de naturalezas, sino a la igualdad de derechos y tratamientos que lleva consigo el reconocimiento de una dignidad. Cristo era Dios y no podía perder su naturaleza divina; por tanto, tenía derecho a ser tratado como tal y a manifestarse con todas las prerrogativas de su gloria. Sin embargo, no se aferró a esa dignidad suya como a una fortuna poseída de hecho y de derecho, la cual se retiene ávidamente para hacer alarde de ella. En consecuencia, tomó la «forma de siervo». Podría haberse hecho hombre sin dejar de manifestar su gloria —como ocurrió momentáneamente en la Transfiguración (cfr Mt 17, 1 ss.)—, pero quiso ser en todo, menos en el pecado, «semejante a los hombres», para lo cual tomó nuestra naturaleza humana. Así pudo, como profetizó Isaías en el Poema del Siervo de Yahwéh, llevar nuestras enfermedades y soportar nuestros dolores (cfr Is 53, 4).
«Se anonadó»: Literalmente el verbo significa «vaciar», «despojarse». Pero Cristo no se despojó de su naturaleza divina, sino de la gloria externa que le correspondía y de la que lógicamente debía de haber disfrutado su humanidad. Desde toda la eternidad había existido en cuanto Dios, y a partir del momento de la Encarnación comienza a ser Hombre. Su anonadamiento no sólo ha consistido en que la divinidad haya unido a Sí en unidad de persona algo que es corporal y finito —una naturaleza humana—, sino que, además, en esa condición de hombre, no ha hecho ostentación de su gloria. No podía dejar de ser Dios, pero sí renunciar temporalmente al ejercicio de los derechos que se derivan de su condición divina, y así lo hizo.
Especialmente Phil 2, 6-8 puede sugerir en el lector cristiano el contraste entre Jesucristo y Adán. Éste, por tentación diabólica, aunque era mero hombre ambicionó ser como Dios (cfr Gen 3, 5). Al consentir en ese deseo desordenado de la propia excelencia —en eso consiste la soberbia—, y cometer el pecado de desobediencia a Dios (cfr Gen 3, 6), atrajo sobre sí y sobre toda la humanidad, que estaba en él como en un germen, las desgracias gravísimas, expresadas en el pasaje del Génesis por la expulsión del paraíso y la rebelión de las criaturas irracionales contra el hombre (cfr Gen 3, 16-24). Por el contrario, Jesucristo, que poseía toda la gloria divina desde la eternidad, «se anonadó a sí mismo»: elige el camino de la humildad frente a la soberbia de Adán(y antes la del diablo). La obediencia de Cristo repara así la desobediencia del primer hombre, y constituye a la humanidad en situación de poder recobrar con creces los bienes naturales y sobrenaturales que había recibido de Dios al ser creado. Por eso, el himno de Filipenses canta gozoso la exaltación de Jesucristo tras haber contemplado con asombro el misterio de su humillación o anonadamiento (Kénosis dice el texto griego).
La actitud de Cristo al hacerse hombre es pues un magnífico ejemplo de humildad. «¿Qué hay de más humilde —se pregunta San Gregorio de Nisa— en el Rey de los seres que el entrar en comunión con nuestra pobre naturaleza? El Rey de Reyes y Señor de Señores se reviste de la forma de nuestra esclavitud; el Juez del universo se hace tributario de príncipes terrenos; el Señor de la creación nace en una cueva; quien abarca el mundo entero no encuentra lugar en la posada (...); el puro e incorrupto se reviste de la suciedad de la naturaleza humana, y pasando a través de todas nuestras necesidades, llega hasta la experiencia de la muerte» (Oratio I de beatitudinibus).
Ese anonadamiento es una manifestación de la infinita bondad de Dios que ha querido salir al encuentro del hombre. Pasmaos agradecidos ante este misterio, y aprended: todo el poder, toda la majestad, toda la hermosura, toda la armonía infinita de Dios, sus grandes e inconmensurables riquezas, ¡todo un Dios!, quedó escondido en la Humanidad de Cristo para servirnos. El Omnipotente se presenta decidido a oscurecer por un tiempo su gloria, para facilitar el encuentro redentor con sus criaturas (Amigos de Dios, n. 111).
Philippiens 2, 8
Jesucristo se encarnó «por nosotros los hombres, y por nuestra salvación», confesamos en el Credo. Todos los acontecimientos de su vida tienen un valor salvífico, y entre ellos, la muerte en la cruz representa la culminación de su obra redentora, pues, como dice San Gregorio de Nisa, «no le llegó la muerte por haber nacido, sino que tomó sobre Sí el nacimiento a causa de la muerte» (Oratio catechetica magna, 32).
La obediencia de nuestro Señor a los planes salvíficos del Padre, aceptando morir en la cruz, nos ofrece la mejor lección de humildad. Pues, en palabras de Santo Tomás, «la obediencia es señal de humildad verdadera» (Comentario sobre Phil, ad loc.). En aquellos tiempos la muerte de cruz era la más infamante de todas, pues estaba reservada a los malhechores. De ahí que la máxima humildad de Jesús estuvo en obedecer «hasta la muerte, y muerte de cruz». Quien tenía pleno derecho a manifestarse con toda la plenitud de la gloria divina, renuncia a ella hasta el extremo de sufrir la muerte más ignominiosa.
Además, su obediencia no consistió simplemente en dejarse someter a la voluntad del Padre, porque, como indica San Pablo, fue Él mismo quien se hizo obediente: su obediencia es activa, asumió como propios los designios salvíficos y los medios previstos por el Padre para alcanzar la salvación del género humano. Quiso voluntariamente entregar su vida en la cruz para redimir a todos los hombres. «Abajarse a la fuerza no es humildad —explica San Juan Crisóstomo. Hay humildad cuando uno se abaja voluntariamente y sin estar obligado a ello» (Hom sobre Phil, ad loc.).
La humillación de Cristo y su obediencia hasta la muerte son una manifestación de su amor hacia los hombres, pues «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Ioh 15, 13). Su iniciativa amorosa merece recibir la correspondencia de nuestro amor, manifestado en el afán de estar unidos a Él, pues el amor busca la unión, identificarse con la persona amada: y, al unirnos a Cristo, nos atraerá el ansia de secundar su vida de entrega, de amor inmensurable, de sacrificio hasta la muerte. Cristo nos sitúa ante el dilema definitivo: o consumir la propia existencia de una forma egoísta y solitaria, o dedicarse con todas las fuerzas a una tarea de servicio (Amigos de Dios, n. 236).
Philippiens 2, 9-11
«Dios lo exaltó»: Literalmente dice «superexaltó», expresión que da idea de la magnitud de la glorificación recibida. Así se cumplió en nuestro Señor lo que Él mismo había anunciado a todos los hombres: «El que se humilla será ensalzado» (Lc 14, 11).
En premio a la humillación de Cristo su Santísima Humanidad fue exaltada. En efecto, enseña el Magisterio de la Iglesia que tal exaltación se refiere sólo a su naturaleza humana, pues «en la forma de Dios el Hijo era igual al Padre, y entre el Genitor y el Unigénito no había ninguna separación en la esencia, ninguna diversidad en la majestad; ni por el misterio de la encarnación había perdido el Verbo algo que el Padre debiera devolverle como obsequio» (San León Magno, Promisisse me memini, cap. 8). La exaltación es la pública manifestación de la gloria que corresponde a la Humanidad de Cristo en virtud de su unión con la persona divina del Verbo. La unión con la «forma de siervo» (cfr v. 7) supuso un gran acto de humildad realizado por el Hijo, pero trajo consigo la exaltación de la naturaleza humana asumida.
Para los judíos el «nombre que está sobre todo nombre» es el nombre de Dios (Yahwéh) al que la Ley mosaica obligaba a tener un respeto extraordinario. Por otra parte, para ellos, el nombre que se impone, sobre todo si es Dios quien lo otorga, no es un simple modo de llamar a la persona, sino que expresa algo que es propio de ella. Por tanto la expresión Dios «le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» quiere decir que Dios Padre concedió a la Humanidad de Cristo el poder manifestar la gloria de la divinidad que le corresponde en virtud de la unión hipostática, de forma que fuese adorada por todo el universo.
San Pablo describe la glorificación de Jesucristo con unas características similares a las que el profeta Daniel atribuye al Hijo del Hombre: «Se le concedió señorío, gloria e imperio, y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron; su señorío es un señorío eterno que no pasará, y su imperio no ha de ser destruido» (Dan 7, 14). El señorío de Cristo se extiende a todas las realidades creadas. Normalmente en la Sagrada Escritura basta con nombrar los cielos y la tierra para referirse a todo cuanto contiene el universo; en este texto, al nombrar también los abismos se resalta con particular vigor la grandeza de su señorío, al que nada escapa. Jesucristo cumple así la profecía de Isaías sobre la soberanía universal de Yahwéh: «Ante Mí se doblará toda rodilla, por Mí jurará toda lengua» (Is 45, 23). Todas las criaturas quedaron sometidas a su poder, y los hombres deberán confesar la verdad fundamental de la doctrina cristiana: «Jesucristo es el Señor». La palabra griega Kýrios empleada por San Pablo en esta fórmula es utilizada por la antigua versión griega llamada de los Setenta para traducir del hebreo el nombre de Dios (Yahwéh). Por tanto esa frase quiere decir: «Jesucristo es Dios».
El Cristo exaltado es el Hombre-Dios que nació y murió crucificado por nosotros. Alcanzó la gloria de la exaltación después de pasar por la humillación de la cruz. También en esto Jesucristo nos da ejemplo: no podemos alcanzar la gloria del Cielo si no apreciamos el valor sobrenatural de las dificultades, la enfermedad y el sufrimiento, que son manifestaciones de que la cruz de Cristo está presente en nuestra vida ordinaria. Hay que morir a uno mismo, para renacer a una vida nueva. Porque así obedeció Jesús, hasta la muerte de cruz, mortem autem crucis. Propter quod et Deus exaltavit illum (Phil II, 8). Y por esto Dios lo exaltó. Si obedecemos a la voluntad de Dios, la Cruz será también Resurrección, exaltación. Se cumplirá en nosotros, paso por paso, la vida de Cristo: se podrá asegurar que hemos vivido procurando ser buenos hijos de Dios, que hemos pasado haciendo bien, a pesar de nuestra flaqueza y de nuestros errores personales, por numerosos que sean (Es Cristo que pasa, n. 21).
Philippiens 2, 12-18
Como consecuencia de la meditación sobre el ejemplo de Cristo, San Pablo indica ahora a los cristianos que deben incrementar la lucha perseverante y generosa por su salvación. Ya se habían esforzado mientras el Apóstol estaba entre ellos; pero ahora, en su ausencia, deben continuar con renovado empeño (v. 12). Cuentan para ese mejoramiento interior con el impulso constante de la gracia, que les ayudará a llevar a la práctica los planes que Dios tiene acerca de ellos (v. 13).
Los fieles cristianos, con la ayuda de Dios, deben iluminar con su vida sencilla y recta el mundo en el que viven (v. 14). El Apóstol hace notar que su trabajo no habrá sido vano si se comportan como hijos de Dios y ponen de manifiesto ante los demás la palabra de salvación (vv. 16-17). Así, la correspondencia de los filipenses le compensa con creces y le colma de alegría (v. 18).
Philippiens 2, 12-13
La perseverancia en la fe y en la caridad hasta el final de la vida es un don de Dios. Se puede alcanzar si no se ponen obstáculos a las gracias que el Señor da de continuo. Acerca de este don, el Conc. de Trento advirtió que «todos deben depositar y poner en el auxilio de Dios la más firme esperanza. Porque Dios, si ellos no faltan a su gracia, como empezó la obra buena, así la acabará, obrando el querer y el actuar» (De iustificatione, cap.13).
«Conforme a su beneplácito»: La gracia que Dios otorga a cada uno para que pueda realizar acciones sobrenaturales es una manifestación de la benevolencia de Dios, el cual quiere que todos los hombres se salven. El hombre, por tanto, no puede hacer cosa alguna que conduzca a la vida eterna si no es movido por la gracia. Sin embargo la gracia no suprime la libertad, pues somos nosotros quienes queremos y actuamos. La incapacidad humana para realizar obras meritorias sólo con las fuerzas naturales no ha de ser motivo de desánimo. Al contrario, constituye una razón más de agradecimiento a Dios, pues Él siempre está pendiente de enviarnos el auxilio de su gracia; así podremos obrar el bien y hacer que esas buenas acciones nos sirvan para merecer el Cielo. San Francisco de Sales ilustra esta maravilla del amor de Dios con un ejemplo: «Cuando la tierna madre enseña a andar a su hijito, le ayuda y sostiene cuanto es necesario, dejándole dar algunos pasos por los sitios menos peligrosos y más llanos, asiéndole de la mano y sujetándole, o tomándole en sus brazos y llevándole en ellos. De la misma manera Nuestro Señor tiene cuidado continuo de los pasos de sus hijos» (Tratado del amor de Dios, lib. 3, cap. 4).
Sin embargo, esta solicitud de Dios hacia el hombre no debe ser tomada como excusa para permanecer inactivos. Dios siempre desea entrar con su gracia dentro de cada persona (cfr Apc 3, 20), pero no lo hará en quien se niega a escuchar su voz y le cierra su corazón. De ahí la recomendación de San Pablo: «Trabajad por vuestra salvación con temor y temblor» (v. 12). Es ésta una invitación urgente a secundar la acción de la gracia de Dios en nuestra alma. El «temor» y el «temblor» son el temor filial de contristar a quien sabemos nos ama (cfr 2 Cor 7, 15); este temor filial va íntimamente unido al gozo de servir a Dios (cfr Ps 2, 11) y dulcificado por la certeza de que Dios mismo está empeñado en que seamos santos, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndose de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas (Es Cristo que pasa, n. 160).
Philippiens 2, 14-15
El comportamiento de un cristiano en medio de quienes en ocasiones pueden andar de espaldas a Dios, ha de ser «irreprochable y sencillo», digno de un hijo de Dios. De este modo iluminará mediante su trabajo y sus relaciones sociales «como lucero en el mundo», alumbrando a todos con la luz de Cristo. Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.
Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón (Camino, n. 1).
Los primeros cristianos no temían al mundo, aunque estuvieran rodeados de hombres depravados y perversos. Aunque eran unos ciudadanos como los demás, con su modo de comportarse animaban sobrenaturalmente la sociedad de la que formaban parte. Cumplían en la práctica la enseñanza del Señor: «Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos» (Mt 5, 16). «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás (...). Diciéndolo con sencillez: lo que es el alma para el cuerpo, esto son los cristianos en medio del mundo» (Carta a Diogneto, V, 1 y 2; VI, 1).
Ahora, como entonces, los cristianos continúan siendo en medio de todas las actividades de los hombres un fermento de vida espiritual y auténticamente humana. Ninguna realidad les ha de resultar indiferente.
Aparte de las muchas razones humanas que están en el origen de este comportamiento, los fieles tienen también numerosos motivos sobrenaturales, derivados de su fe, para iluminar con su conducta a todos los hombres: Cada cristiano debe hacer presente a Cristo entre los hombres; debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el bonus odor Christi (cfr 2 Cor II, 15), el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro (Es Cristo que pasa, n. 105).
Philippiens 2, 17
En algunos sacrificios regulados por la Ley mosaica (cfr Ex 29, 40; Num 15, 5.7; 28, 14-15), y también en muchos sacrificios paganos, se realizaba una libación sobre la víctima. Este rito consistía, sobre todo entre los paganos, en derramar vino sobre el holocausto mientras éste se iba quemando sobre el altar. Las palabras de San Pablo hacen referencia a este modo de proceder. Hasta ahora ha ofrecido su vida en sacrificio por hacer llegar a todos los hombres la fe, pero también está dispuesto a derramar su sangre en libación para que su sacrificio sea completo. Si fuese necesario llegar al martirio, éste no sería para él motivo de tristeza sino de gran alegría.
Esos sentimientos han sido los habituales en muchos santos. Así, San Ignacio de Antioquía pedía a los cristianos de Roma que cuando fuera derramada su sangre por las fieras en el anfiteatro, cantaran a Dios en acción de gracias: «Permitid, pues, que sea inmolado para Dios, ahora que el altar está preparado; de modo que, formando un coro por la caridad, cantéis al Padre en Cristo Jesús» (Carta a los Romanos, II, 2). Para un apóstol, la entrega total y sin reservas a la vocación ha de marcar por entero su vida, consciente de que ningún ideal se hace realidad sin sacrificio (Camino, n. 175). La abnegación es, pues, del todo necesaria para la plena identificación con Cristo. Sin embargo, ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! (Camino, n. 204).
Philippiens 2, 19-24
Como en una carta de familia, el Apóstol cambia de tema y comienza a contarles algunos de sus proyectos: piensa volver a Filipos, pero antes —en cuanto se vislumbre un feliz desenlace de su causa ante el tribunal— les enviará a Timoteo.
Las virtudes que San Pablo elogia en su colaborador—unidad con él y preocupación por los demás (cfr v. 20), abnegación y olvido de sí (v. 21), humildad y entrega al servicio del Evangelio (v. 22)— son las que deben brillar en todos los cristianos, por haber recibido de Dios una vocación al apostolado.
Entre todas las cualidades que San Pablo alaba de Timoteo, cabe destacar la identificación de sentimientos y de afanes con el Apóstol, modelo de la comunión con los pastores legítimos de la Iglesia, que han de vivir los fieles y especialmente los sacerdotes y todos aquellos a quienes incumbe el cuidado de las almas. La constitución jerárquica de la Iglesia reclama a todos la unión y obediencia a quienes tienen el oficio de mandar. «La autoridad de la Iglesia es institución del mismo Cristo: más aún, le representa a Él, es el vehículo autorizado de su palabra, es la trasposición de su caridad pastoral; de tal modo que la obediencia arranca de motivos de fe, se vuelve escuela de humildad evangélica, hace participar al obediente de la sabiduría, de la unidad, de la edificación, de la caridad, que sostiene al cuerpo eclesial, y confiere a quien la impone y a quien se conforma con ella, el mérito de la imitación de Cristo hecho obediente hasta la muerte (Phil 2, 8)» (Ecclesiam suam, n. 44).
Philippiens 2, 25-30
A San Pablo, encarcelado, no le faltaban padecimientos en su prisión, ni dificultades para ejercer su apostolado. Pero su situación no escapaba a los planes de Dios. «En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la ‘civilización del amor’» (Salvifici doloris, n. 30). La prisión de San Pablo encendió el amor y la generosidad de los filipenses, que enviaron a Epafrodito para que atendiera al Apóstol en cuanto necesitara. Es conmovedor leer ahora los modos, tan delicados, con que vivían los primeros cristianos la fraternidad entre sí, y el afecto respetuoso y práctico hacia sus pastores. Ya desde entonces se puede constatar que «el mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento» (Salvifici doloris, n. 28).
También refleja este texto otra manifestación de la fraternidad entre los fieles: estaban pendientes unos de otros, incluso de la salud corporal, preocupaciones y estado de ánimo. Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás. Un cristiano no puede detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la Iglesia universal, pensando en la salvación de todas las almas.
(...) Los problemas de nuestros prójimos han de ser nuestros problemas. La fraternidad cristiana debe encontrarse muy metida en lo hondo del alma, de manera que ninguna persona nos sea indiferente (Es Cristo que pasa, n. 145).
Chapitre n°3
Philippiens 3, 1
En la segunda parte del versículo el Apóstol parece aludir a un escrito suyo anterior, sobre el mismo tema que va a tratar en este capítulo: la atención que hace falta mantener para no dejarse seducir por los judaizantes. Según el testimonio de San Policarpo (cfr Carta a los Filipenses, 3, 2), San Pablo escribió cartas a los filipenses. Sin embargo, excepto ésta, de las demás no nos ha llegado el texto (véase, Introducción a la Epístola a los Filipenses, «Unidad de la Epístola»). No obstante, es posible que en este capítulo se recoja el contenido fundamental de alguna de aquéllas. En efecto, San Pablo no tenía inconveniente en repetir una y otra vez la misma doctrina y los mismos consejos. De una parte, porque en Cristo se ha consumado la plenitud de la Revelación de Dios a los hombres (cfr Dei Verbum, n. 4), y de otra, porque es muy conveniente repetir con insistencia las ideas para que las aprendan bien; es lo que hacen los buenos maestros con sus alumnos, y los padres con sus hijos, y lo que inculcará el Apóstol a su discípulo Timoteo (cfr 2 Tim 4, 2).
Respecto a la alegría, véase nota a Phil 4, 4.
Philippiens 3, 2-3
A la entrada de algunas casas romanas era frecuente encontrar un cartel que advertía: «Cave canem» (Cuidado con el perro). San Pablo utiliza esas palabras para señalar, con una frase expresiva, la atención que debían poner los filipenses para no dejarse engañar por los judaizantes. Estos eran «malos obreros», pues en vez de ayudar a la construcción de la obra de Cristo la entorpecían.
En el Antiguo Testamento la circuncisión constituía la señal de pertenencia al pueblo de Israel, garantía de las promesas salvíficas que Dios había hecho en el Sinaí. Los judaizantes defendían que la circuncisión era necesaria para todos los que habían abrazado la fe procedentes del mundo gentil. El Apóstol designa a éstos peyorativamente como «los de la mutilación», pues sólo atendían a la circuncisión meramente externa o camal. Sin embargo, después de Cristo, la única circuncisión verdadera es la interior, la del corazón, obra del Espíritu Santo, que se produce por el Bautismo (cfr Rom 2, 28-29).
Philippiens 3, 4-11
San Pablo no tiene contradictores en Filipos; todo lo contrario, los filipenses han tenido una conducta ejemplar. Pero movido por la prudencia, para prevenirles de los que habían perturbado a otras Iglesias —no fueran a llegar también allí— les avisa para que no se dejen engañar. Sus adversarios no podrán alegar contra él que desconoce la doctrina de la Ley y las tradiciones del pueblo elegido. Así como en alguna otra ocasión sintió el deber de mostrar su ciudadanía romana (cfr Act 16, 37; 22, 25-29), ahora pone de manifiesto la nobleza de su linaje judío (cfr 2 Cor 11, 22), pues lo juzga conveniente para la propagación del Evangelio.
Del mismo modo, al cristiano no solo le es lícito hacer valer los derechos que tiene como ciudadano, o los que posee por su posición familiar o profesional, sino que en ocasiones tiene obligación de ejercitarlos, si así lo exige la justicia o el bien común.
Philippiens 3, 8
San Pablo tiene un gran amor a su pueblo. En la Epístola a los Romanos manifiesta que estaría dispuesto a hacer cualquier sacrificio «en bien de mis hermanos, consanguíneos míos según la carne, que son israelitas» (Rom 9, 3 s.). Sin embargo reconoce que todo lo que antes de su conversión constituía para él timbre de gloria, ahora carece de valor comparado con el sublime conocimiento de Cristo. Pues el conocimiento de nuestro Señor es como el tesoro escondido o la perla preciosa de las parábolas evangélicas (cfr Mt 13, 44-46), por cuya posesión vale la pena entregar todo lo demás. Ya que «el que conoce las riquezas de Cristo Señor nuestro, por ellas desprecia todas las cosas; para éste son basuras las haciendas, las riquezas y los honores. Porque nada hay que pueda compararse con aquel tesoro supremo, ni que pueda ponerse en su presencia» (Catecismo Romano, IV, 11, 15).
Philippiens 3, 9
San Pablo distingue aquí entre «mi justicia», esto es, la que puede alcanzar con las solas fuerzas naturales, y «la que procede de Dios». La primera se logra por el cumplimiento de la Ley mosaica; ésta es buena, pero no basta para alcanzar la plenitud de la Revelación de Dios en Cristo, ni para participar de la gloria de su Resurrección (vv. 10-11). Para eso es necesario estar en posesión de la justicia de Dios, es decir, de la gracia sobrenatural, que Dios otorga en beneficio del hombre, «no aquella con la que Él es justo, sino aquella con que nos hace a nosotros justos (...), por la que somos renovados en el espíritu de nuestra mente y no sólo somos considerados, sino que verdaderamente nos llamamos y somos justos» (De iustificatione, cap. 7). Para una explicación más detallada del concepto justicia de Dios, véase la nota a Rom 1, 17.
Philippiens 3, 10-12
La vocación a la santidad, que recibe todo cristiano, no es consecuencia de los méritos personales, sino fruto de la iniciativa divina que se fija en cada uno para que sea salvo y llegue al conocimiento de la verdad (cfr 1 Tim 2, 4), a Dios mismo. Así lo testifica el Apóstol: «Yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús». A la vez enseña que para conocer cada vez mejor a Cristo y poder gozar de Dios en el Cielo, es necesario esforzarse por ir configurándose con Cristo paciente; pues sin acompañar a Cristo en sus padecimientos no es posible alcanzar la gloria de la resurrección: «Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección» (Gaudium et spes, n. 22). Esa lucha —a veces heroica— se entabla normalmente en las incidencias de cada día. El heroísmo en la batalla de las cosas corrientes pone bien de manifiesto la sinceridad del amor, y es camino seguro para alcanzar la santidad. Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo —recuerda el Fundador del Opus Dei—. Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana. Todo lo que se desarrolla —advierte uno de los escritores cristianos de los primeros siglos, refiriéndose a la unión con Dios—, comienza por ser pequeño. Es al alimentarse gradualmente como, con constantes progresos, llega a hacerse grande (San Marcos Eremita, De lege spirituali, CLXXII). Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente —sé que estás dispuesto, aunque tantas veces te cueste vencer o tirar hacia arriba con este pobre cuerpo—, has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas (Amigos de Dios, n. 7).
«Con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos»: San Pablo se refiere aquí a la resurrección gloriosa de los justos, que, en virtud del poder de Cristo resucitado, serán arrancados del reino de la muerte. En la segunda venida del Señor, tanto las almas de los bienaventurados del Cielo, como las de quienes todavía se encuentren en el purgatorio purgando la pena temporal debida por los pecados que cometieron, se volverán a unir a sus cuerpos, entonces gloriosos. También los condenados resucitarán, pero será para sufrir por siempre las penas del infierno en cuerpo y alma (cfr Conc. II de Lyon, Profesión de fe de Miguel Paleólogo).
El fin último sobrenatural del hombre consiste en conocer a Dios tal como es y en gozar de Él en el Cielo. El hombre alcanzará la plenitud de su ser cuando consiga ese fin. Su vida en la tierra ha de ser un camino que le lleve a alcanzar esa perfección, que sólo conseguirá en la resurrección gloriosa. El Apóstol reconoce que necesita la ayuda de la gracia para ser «perfecto», esto es, fiel hasta la muerte, y alcanzar así el premio prometido por Dios. La razón de su actitud estriba en que la perseverancia final no es obra exclusiva del mérito al que pueda haberse hecho acreedor cada uno, sino que es una gracia de Dios (cfr De iustificatione, cap. 13). Pero Dios no dispensa al hombre de su correspondencia generosa a la gracia para llegar a la santidad. Como dice Santa Teresa, «importa mucho, y el todo, (...) una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo» (Camino de perfección, 35, 2).
Philippiens 3, 12-14
Siempre es necesario esforzarse por crecer en santidad. Sirviéndose de una comparación muy expresiva, tomada de las carreras en el estadio, San Pablo habla de la lucha ascética como de algo alegre, verdadero deporte sobrenatural. Al considerar que no ha llegado a la perfección, lucha por alcanzar la meta, pues él mismo antes ha sido «alcanzado por Cristo» (v. 12), que se metió en su vida en aquel viaje, camino de Damasco. Desde aquel momento se entregó con todas sus energías al servicio de Dios.
El Señor ayuda a cada uno a descubrir su propia vocación sobrenatural. Correspondiendo a ella el hombre sirve a Dios, de tal forma que «todo lo que dentro de sí o fuera de sí hace de bien, todo lo hace para gloria y contentamiento de Dios, como un esclavo leal, que todo lo que gana lo da a su señor. Además —continúa San Juan de Ávila—, no es flojo ni descuidado en servir hoy, por haber servido muchos años pasados (...). Tiene de continuo tal ‘hambre y sed de justicia’ (Mt 5, 6), que todo lo hecho tiene por poco, mirando lo mucho que ha recibido, y lo mucho que merece el Señor a quien sirve» (Audi, filia, cap. 92).
En el camino hacia la perfección es importante buscar siempre el progreso interior. «¿Qué es andar? —se preguntaba San Agustín. Brevemente contesto: avanzar (...). Examínate a ti mismo. Que siempre te desagrade lo que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Pues cuando te agradaste a ti mismo, ahí te quedaste. Pues si dijeras ‘basta’, en ese momento has perecido. Crece siempre, camina siempre, avanza siempre; no te quedes en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Se queda quien no avanza: retrocede quien se vuelve a las cosas que ya había dejado; se desvía quien apostata. Es mejor andar cojo por el camino que correr fuera del camino» (Sermo 169, 15, 18).
Philippiens 3, 15
«Cuantos somos perfectos»: Se refiere San Pablo a los cristianos ya formados, que cuentan con la preparación necesaria para llegar victoriosos a la meta, aunque todavía no la hayan alcanzado (cfr v. 12). Si alguno, por ignorancia o presunción, no está convencido de la necesidad de luchar y avanzar con rapidez, Dios le hará ver la verdad. Sin embargo, el Apóstol no piensa ceder en la doctrina que predica de la que se sabe ministro y no dueño absoluto.
En la doctrina cristiana hay exigencias que resultan en principio difíciles de entender o de arduo cumplimiento; pero esto no exime al apóstol de enseñarla en toda su integridad. Si alguno disiente, Dios se encargará de ayudarle a reconocer la verdad.
Philippiens 3, 16
«Prosigamos adelante»: Siguiendo el texto griego habría que traducir «avancemos sin romper la formación». El Apóstol se refiere a la formación militar en la que los soldados marchan en fila y alineados, formando unidades. Según la táctica militar de la época, en las batallas era imprescindible mantener la formación para alcanzar la victoria.
Hay que tener en cuenta que la Iglesia de Filipos estaba integrada principalmente por veteranos de las legiones romanas: era muy pedagógico hablarles empleando fórmulas del lenguaje militar. Con esta imagen expresa el Apóstol la importancia de que cada fiel viva según la fe y la moral cristianas, en unión con los demás.
Philippiens 3, 17
La predicación del Apóstol no se reduce a enumerar un conjunto de verdades y normas de conducta; apoya la doctrina con su propia vida al servicio del Evangelio y, por ello, de todos los hombres: eso es lo que hace viva su predicación.
«¡No hay mejor enseñanza que el ejemplo del maestro! —exclama San Juan Crisóstomo, comentando este pasaje. Por este camino el maestro está seguro de lograr que el discípulo se decida a seguirlo. Hablad con sabiduría, instruid con toda la elocuencia posible (...), pero vuestro ejemplo causará una impresión más fuerte y más decisiva (...). Cuando vuestras obras sean consecuentes con vuestras palabras, no habrá nada que se os pueda objetar» (Hom. sobre Phil, ad loc.).
Ésta ha de ser, por tanto, la norma de conducta de todo cristiano. Así aprenderán quienes le traten a ser trabajadores, honrados, leales, sinceros, o al menos intentarán serlo.
Puede observarse en este versículo, como en muchos otros pasajes de sus cartas, que San Pablo emplea indistintamente el «yo» o el «nosotros» para referirse a su propia persona. En el segundo caso, probablemente alude también a sus colaboradores; también a ellos deben imitar, pues, lo mismo que el propio Apóstol, son imitadores de Cristo (cfr 1 Cor 4, 17). Es muy probable que esté pensando de modo particular en Timoteo, puesto que al comienzo de la carta aparece su nombre junto al de Pablo y, además, porque ha hecho un encendido elogio de Timoteo en el capítulo anterior (cfr Phil 2, 19.22).
La imitación de los santos es camino seguro para ser eficaces en el servicio a los demás. «A todos, pues, os exhortamos —en palabras de Pío XII— a que, estrechamente unidos al Redentor, con cuya ayuda lo podemos todo (cfr Phil 4, 13), os dediquéis con toda solicitud a la salvación de aquellos que la Providencia ha confiado a vuestros cuidados. ¡Cuan ardientemente deseamos, amados hijos, que emuléis a aquellos santos que, en los tiempos pasados, con sus grandes obras demostraron a cuánto llega en este mundo el poder de la gracia divina! Que todos y cada uno, con humildad y sinceridad, podáis siempre atribuiros (...) el dicho del Apóstol: Muy gustosamente gastaré y me desgastaré por vuestras almas (2 Cor 12, 15)» (Menti nostrae, n. 31).