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Philippiens 3, 18-19
San Pablo llama la atención sobre el mal ejemplo de quienes (cfr v. 2), sosteniendo unas doctrinas falsas o abusando de la libertad cristiana, arrastran una vida colmada de vicios: se dejan llevar del apetito sensual y ponen su afán en cosas que los esclavizan, de las cuales se deberían avergonzar. Tales personas son enemigos de la cruz de Cristo.
«Su gloria la propia vergüenza»: Se enorgullecen de acciones que son vergonzosas. También puede ser una alusión a la circuncisión, pues los judaizantes se gloriaban de una señal que se oculta con decencia.


Philippiens 3, 20-21
«La naturaleza, maleada por el pecado, engendra los ciudadanos de la ciudad terrena —dice San Agustín—, y la gracia, que libera del pecado, engendra los ciudadanos de la ciudad celestial» (De civitate Dei, XV, 2). Los cristianos somos «ciudadanos del cielo», y por tanto estamos llamados a vivir una vida alegre y esperanzada, propia de hijos de Dios.
El esfuerzo por tener un comportamiento digno de ciudadanos del Cielo es alentado ahora por la esperanza de la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. La Parusía, o segunda venida de nuestro Señor, así como la consideración de su Pasión y Muerte seguidas de su gloriosa Resurrección, son temas característicos de la predicación del Apóstol. La meditación de estos misterios fomenta la esperanza y da ánimos en la lucha de cada día.
La Resurrección de Cristo es causa de nuestra resurrección, ya que «Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que mueren. Pues como por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos» (1 Cor 15, 20-21). Condición necesaria para alcanzar la resurrección gloriosa será el esfuerzo por identificamos con Él, tanto en la alegría como en el sufrimiento, en la vida como en la muerte: «Si morimos con él, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él» (2 Tim 2, 11-12). Cristo es el Señor de todos los seres, su potestad se extiende a todas las realidades del universo (cfr Col 1, 15-20). Con esa fuerza el Señor transformará nuestro cuerpo débil y sujeto a la enfermedad, a la muerte y a la corrupción, en un cuerpo glorioso.


Chapitre n°4
 
Philippiens 4, 3
«Fiel compañero»: Literalmente «compañero de yugo», y parece ser que la misma palabra griega era utilizada como nombre propio de persona: Sícigo. Es posible que San Pablo esté haciendo un juego de palabras. Se dirige a un colaborador suyo llamado Sícigo, del que no tenemos otras noticias, para que ayude a Evodia y Síntique. Al realizar ese encargo estará haciendo honor a su nombre: compañero de «yugo» o de fatigas por el Evangelio.
«Mis otros colaboradores»: Son muchos los hombres y mujeres que colaboraron con San Pablo en su tarea apostólica: algunos —Timoteo, Tito, ...— habían recibido el orden sagrado mediante la imposición de las manos, pero la mayor parte eran fieles corrientes. El Concilio Vaticano II, en un punto dedicado a tratar del apostolado de los laicos en el mundo, después de hacer referencia a este versículo, subraya que esa tarea es obligación de todos: «Incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el don divino de la salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra» (Lumen gentium, n. 33).
 
Philippiens 4, 4
Son admirables estas palabras de San Pablo si se tiene en cuenta que cuando escribe la epístola está encadenado y en la cárcel. Para la verdadera alegría no es obstáculo que las circunstancias en que se desarrolla nuestra existencia sean difíciles o puedan resultar humanamente dolorosas. La alegría es un bien cristiano. Únicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa de la tristeza. Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los hombres. Si nos arrepentimos, si brota de nuestro corazón un acto de dolor, si nos purificamos en el santo sacramento de la penitencia, Dios sale a nuestro encuentro y nos perdona; y ya no hay tristeza (Es Cristo que pasa, n. 178).
El fundamento de la alegría honda, que llena el alma de paz, no está en la satisfacción de las necesidades físicas o materiales, sino en la fidelidad a Dios y a sus preceptos, en abrazar la cruz. «Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios —dice San Cipriano—: ellos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud ni de la verdadera fe. Por el contrario, éstas se afianzan en el dolor» (De mortalitate, 13).
En el Antiguo Testamento había dicho Dios por boca de Nehemías: «No os entristezcáis, porque la alegría de Yahwéh es vuestra fortaleza» (Neh 8, 10). En efecto, la alegría es un poderoso aliado para alcanzar la victoria en la lucha (cfr 1 Mach 3, 2 ss.), un admirable remedio para vencer el mal con el bien, ya que va estrechamente unida a la gracia. Así lo expresa Juan Pablo II: «El servicio auténtico del cristiano se califica según la presencia operativa de la gracia de Dios en él y a través de él. La paz en el corazón del cristiano, por tanto, está inseparablemente unida a la alegría (...). Cuando la alegría de un corazón cristiano se derrama en los demás hombres, allí engendra esperanza, optimismo, impulsos de generosidad en la fatiga cotidiana, contagiando a toda la sociedad.
»Hijos míos, sólo si tenéis en vosotros esta gracia divina que es alegría y paz, podréis construir algo válido para los hombres» (Discurso, 10-IV-1979).


Philippiens 4, 5-7
«El Señor está cerca»: El Apóstol recuerda la proximidad del Señor para fomentar la alegría y animar a la mutua comprensión entre los fieles. Estas palabras les traerían sin duda el recuerdo de la exclamación Marana tha (Señor, ven) que repetían con frecuencia en las celebraciones litúrgicas (cfr nota a 1 Cor 16, 21-24). Frente al ambiente adverso que pudieran encontrar, han de poner su esperanza en el Salvador, Jesucristo, que vendrá de los cielos a juzgar a los vivos y a los muertos (cfr Phil 3, 20; 1 Thes 4, 16 s.; 2 Thes 1, 5). No pretende San Pablo determinar cuándo será la Parusía o segunda venida de Cristo (cfr Introducción a Tesalonicenses; EB, nn. 414-416; nota a Mt 24, 36). Nosotros, como los primeros cristianos, hemos de estar vigilantes para que ese momento no nos sorprenda desprevenidos.
Además, el Señor está siempre cerca de nosotros con su providencia (cfr Ps 119, 151). No hay, por tanto, motivos de inquietud. Es Padre nuestro y está atento a nuestras palabras (cfr Ps 145, 18), a nuestras peticiones, dispuesto a enseñar y a prestar toda la ayuda necesaria para superar cualquier dificultad en la que podamos encontrarnos. Sólo espera que le expongamos nuestra situación con confianza, hablándole en la oración con la sencillez de un hijo.
El diálogo asiduo con Dios en la oración es, como sugiere San Pablo, un medio eficaz para no perder la paz por nada, pues la oración «regula los afectos —enseña San Bernardo—, dirige los actos, corrige las faltas, compone las costumbres, hermosea y ordena la vida; confiere, en fin, tanto la ciencia de las cosas divinas como de las humanas (...). Ella ordena lo que debe hacerse y reflexiona sobre lo hecho, de suerte que nada se encuentre en el corazón desarreglado o falto de corrección» (Sobre la consideración, I, 7).


Philippiens 4, 8-9
El espíritu cristiano no está cerrado a las realidades auténticamente humanas. «El hombre, redimido por Cristo y hecho en el Espíritu Santo una nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe, y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor, y usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en, posesión del mundo, como quien nada tiene y es dueño de todo: Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 22 s.)» (Gaudium et spes, n. 37).
El Conc. Vaticano II ha resaltado la permanente actualidad de las enseñanzas de San Pablo en éste y en otros pasajes: «Mucho contribuyen a lograr este fin las virtudes que con razón se estiman en el trato humano, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza de ánimo y la constancia, el continuo afán de justicia, la urbanidad y otras que el Apóstol encarece (...) (Phil 4, 8)» (Presbyterorum ordinis, n. 3).
Del mismo modo, en un contexto de exhortación al apostolado de los laicos, vuelve a enseñar el último Concilio: «Procuren los católicos cooperar con todos los hombres de buena voluntad para promover cuanto hay de verdadero, de justo, de santo, de amable» (Apostolicam actuositatem, n. 14).
Las realidades terrenas y las cosas nobles de este mundo tienen un valor divino, son buenas, sirven para que el hombre se acerque a Dios. Pues, como escribía San Ireneo, «por el Verbo de Dios, todo está bajo la influencia de la obra redentora, y el Hijo de Dios ha sido crucificado por todos, y ha trazado el signo de la cruz sobre todas las cosas» (Demostración de la predicación apostólica). No se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte (Es Cristo que pasa, n. 112). Por eso, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres (Conversaciones, n. 113).


Philippiens 4, 10-20
La gratitud es un rasgo muy característico de la vida cristiana: este pasaje es una muestra de la nobleza de alma del Apóstol, que sabía agradecer profundamente cualquier afecto y solicitud.
Se aprecia también la gran confianza de San Pablo con los filipenses, los únicos de quienes había aceptado ayuda, pues prefería no recibir ningún tipo de bienes materiales, para que nadie pudiese dudar de su rectitud de intención al predicar el Evangelio (cfr 1 Cor 9, 18; 2 Cor 12, 14-18). Así también vivía la virtud de la pobreza: desprendido, contentándose con lo que tenía.
Los medios económicos sirven, sin duda, para ayudar al hombre a hacer la vida más confortable, para facilitar —remediadas las necesidades materiales— el trato con el Señor, y para poder socorrer a los demás; pero estos bienes no son un fin en sí mismos, sino un medio. Por eso la carencia de ellos no es un mal absoluto, ya que no supone un obstáculo insuperable en el camino hacia el cielo; pero sí su posesión, cuando el corazón está apegado. Ésa es la enseñanza de San Pablo. Si queréis actuar a toda hora como señores de vosotros mismos, os aconsejo que pongáis un empeño muy grande en estar desprendidos de todo, sin miedo, sin temores ni recelos. Después, al atender y al cumplir vuestras obligaciones personales, familiares..., emplead los medios terrenos honestos con rectitud, pensando en el servicio a Dios, a la Iglesia, a los vuestros, a vuestra tarea profesional, a vuestro país, a la humanidad entera. Mirad que lo importante no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de acuerdo con la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana: los bienes creados son sólo eso, medios. Por lo tanto, rechazad el espejuelo de considerarlos como algo definitivo (Amigos de Dios, n. 118).
 
Philippiens 4, 13
«En Aquel que me conforta»: La preposición en señala muchas veces el lugar donde, por lo que podría entenderse este texto en el sentido de que todo lo puede quien vive en Cristo, identificado con Él. Pero en el griego bíblico suele tener con frecuencia un matiz causal; de este modo, San Pablo estaría diciendo que todo lo puede gracias a la ayuda de Aquel que le presta su fortaleza.
Las posibles dificultades que puedan presentarse en el trabajo apostólico o en la tarea de la propia santificación, no constituyen un obstáculo insalvable, pues, a pesar de la indigencia humana, contamos con la fortaleza que Dios nos proporciona. Es necesario, pues, que nos dejemos ayudar, que acudamos al Señor ante la tentación y el desánimo —«porque tú eres, Dios, mi refugio» (Ps 43, 2)— reconociendo humildemente la necesidad de su auxilio, porque sólo con nuestras fuerzas nada podríamos. San Alfonso María de Ligorio exhorta a poner siempre en Dios nuestra confianza: «El soberbio se fía de sus fuerzas, y por eso cae; pero el humilde, que sólo confía en Dios, aunque le asalten las más vehementes tentaciones, se mantiene firme y no sucumbe» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 9).
Te he rogado —insiste San Josemaría Escrivá— que, en medio de las ocupaciones, procures alzar tus ojos al Cielo perseverantemente, porque la esperanza nos impulsa a agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural; también cuando las pasiones se levantan y nos acometen para aherrojarnos en el reducto mezquino de nuestro yo, o cuando —con vanidad pueril— nos sentimos el centro del universo. Yo vivo persuadido de que, sin mirar hacia arriba, sin Jesús, jamás lograré nada; y sé que mi fortaleza, para vencerme y para vencer, nace de repetir aquel grito: todo lo puedo en Aquel que me conforta (Phil IV, 13), que recoge la promesa segura de Dios de no abandonar a sus hijos, si sus hijos no le abandonan (Amigos de Dios, n. 213).


Philippiens 4, 17-19
El Apóstol, mediante una metáfora tomada del lenguaje comercial descubre una perspectiva maravillosa sobre el valor de la generosidad. No busca dádivas de los filipenses, sino el fruto que a ellos mismos les reportarán sus limosnas (cfr v. 17). Lo verdaderamente importante no es la ayuda que San Pablo haya recibido, sino los bienes que esa ofrenda trae consigo para los propios filipenses, que, aun siendo de condición económica modesta, eran muy generosos (cfr 2 Cor 8, 2).
Como Dios es remunerador, resultará en definitiva mucho más beneficiado quien da la limosna que quien la recibe. Los filipenses, recibirán como premio por su limosna nada menos que la gloria eterna, que nos ha ganado Cristo Jesús. Por eso San León Magno recomienda «que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá» (Sermón 10 sobre la Cuaresma).


Philippiens 4, 21-22
«Los de la casa del César»: Serían funcionarios, empleados de la administración imperial, convertidos al cristianismo. Recibir sus saludos debía constituir un motivo de alegría para los filipenses, al comprobar la difusión del Evangelio también en esos ambientes. Acerca de la ciudad en la que debió ser escrita esta carta, véase Introducción a la Epist. a los Filipenses, «Lugar y fecha de composición».
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