Ressources Catholiques Missel Romain

précédent

Galates 5, 11-12
San Pablo sale al paso de una de las calumnias que los judaizantes levantaban contra él. Le atribuían una doble conducta respecto de la circuncisión: en Judea, según ellos, predicaba su obligatoriedad, para congraciarse con los judíos; en cambio, entre los gentiles —tal era el caso de los gálatas— afirmaba que no era necesaria.
Por otra parte, al ser la circuncisión solamente signo de la Antigua Alianza, estaba llamada a desaparecer juntamente con ésta. Después de cumplida la Redención y establecida la Nueva Alianza, la circuncisión ya no significa nada: es sólo la incisión en la carne. Al comentar este pasaje, Santo Tomás lo interpreta como una expresión de gran ironía: «Si tan partidarios son de la circuncisión, que no sólo se circunciden, sino que se castren» (Comentario sobre Gal, ad loc.). Efectivamente, por aquellos tiempos, los fanáticos adoradores de Cibeles se castraban en honor de la diosa.


Galates 5, 14-15
Como preparación a la venida del Redentor, quiso Dios revelar al pueblo elegido las normas fundamentales de la ley natural, pues su conocimiento había sido oscurecido y debilitado por el pecado original y los pecados personales. Los diez mandamientos que Dios reveló a Moisés (Ex 20, 1-21; Dt 5, 6-22) marcaban inequívocamente el camino para agradar al Señor y salvarse (cfr Lev 18, 5; Neh 9, 29; etc.).
Con la llegada del Salvador, el Decálogo, por pertenecer a la ley natural, continuó vigente. Es más, Cristo le dio nuevo vigor y mostró que la clave y resumen de esos Diez Mandamientos es el Amor: amor a Dios, que lleva consigo necesariamente el amor al prójimo (cfr notas a Mt 22, 34-40, y a Ioh 13, 34-35).
«Puede también preguntarse —comenta San Agustín— por qué el Apóstol habla aquí sólo del amor al prójimo, con el cual dijo que se cumple la Ley (...), cuando en realidad la caridad sólo es perfecta si se viven los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo (...). Pero ¿quién puede amar al prójimo, es decir, a todo hombre, como a sí mismo, si no ama a Dios, ya que sólo con su precepto y su don puede cumplir el amor al prójimo? De ahí que, como ambos preceptos no se pueden guardar uno sin otro, basta nombrar uno de ellos» (Exp. in Gal, 45). Cfr también nota a Rom 13, 8-10.


Galates 5, 17-21
La caída original dejó en nosotros una tendencia a buscar las criaturas como instrumentos de satisfacción propia en lugar de dirigirlas al Señor. Aparecen entonces las apetencias de la carne, que combaten contra Dios y contra lo más noble de nuestro ser. Pero al recibir en nuestras almas la gracia que nos justifica, participamos de los frutos de la Redención obrada por Cristo y podemos triunfar sobre la concupiscencia y sobre la vida según la carne.
Los vicios que se señalan en los vv. 19-21 proceden de una realidad más profunda: la vida «de la carne». Y «se dice —afirma San Agustín—, que alguien vive según la carne cuando vive para sí mismo. Por eso, en este caso, por ‘carne’ se entiende todo el hombre. Ya que todo lo que proviene de un desordenado amor a uno mismo se llama obra de la carne» (De civitate Dei, XIV, 2).
Por esta razón se incluyen entre las obras de la carne no sólo los pecados de impureza (v. 19) y las faltas de templanza (v. 21), sino también los que van contra las virtudes de la religión y de la caridad fraterna (v. 20).
«Resulta significativo que Pablo, al hablar de las ‘obras de la carne’, mencione no sólo ‘fornicación, impureza, lujuria (...), embriagueces, orgías’ —todo lo que, según un modo objetivo de entender, reviste el carácter de los pecados ‘carnales’ y del placer sexual ligado a la carne—, sino que nombra también otros pecados a los que no estaríamos inclinados a atribuir un carácter también ‘carnal’ y ‘sexual’: ‘idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, iras, riñas, discusiones, divisiones, envidias’ (...). Todos los pecados son expresión de la ‘vida según la carne’, que se contra-pone a la ‘vida según el espíritu’» (Juan Pablo II, Alocución 7-I-1981).
Por tanto, como dice el Apóstol, todos los que de una forma o de otra se obstinan en su pecado no podrán entrar en el Reino de los Cielos (cfr 1 Cor 6, 9-10; Eph 5, 5).


Galates 5, 22-25
Cuando el hombre se deja llevar por sus instintos se dice que lleva una «vida animal». En cambio, si se comporta de acuerdo con la razón, lleva una vida racional y humana. De igual modo cuando deja actuar al Espíritu Santo su vida se transforma en una vida «según el Espíritu», en una vida sobrenatural y ya no simplemente humana, sino divina. Esto sucede siempre que el hombre se encuentra en gracia de Dios y no se olvida de ese tesoro que lleva dentro. ¡Solo! —No estás solo. Te hacemos mucha compañía desde lejos. —Además..., asentado en tu alma en gracia, el Espíritu Santo —Dios contigo— va dando tono sobrenatural a todos tus pensamientos, deseos y obras (Camino, n. 273).
Entonces el alma se convierte en un árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. Las acciones que lleva a cabo revelan la presencia del Paráclito, y en cuanto causan en el hombre un deleite espiritual, son llamadas frutos del Espíritu Santo (cfr Suma Teológica, I-II, q. 70, a. 1).
«Los frutos enumerados por el Apóstol (Gal 5, 22) son aquellos que el Espíritu Santo causa y comunica a los hombres justos, aun durante esta vida, y están llenos de toda dulzura y gozo, pues son propios del Espíritu Santo, que ‘en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a todas las criaturas’ (De Trinitate, 5, 9)» (Divinum illud munus, n. 12).


Chapitre n°6
Galates 6, 1-2
Amar a los demás es cumplir la Ley de Cristo. Ya antes (cfr 5, 14) afirmaba el Apóstol que «toda la Ley se resume en un solo precepto, en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Es una doctrina que se encuentra a menudo en el Nuevo Testamento (cfr Mt 22, 40; Rom 13, 8-10; Col 3, 14; etc.), pues el amor mutuo es el «Mandato Nuevo» de Cristo (cfr Ioh 13, 34). Y está muy claro que la afirmación del Mesías resalta de modo terminante: en esto os conocerán, ¡en que os amáis los unos a los otros! Por eso, siento la necesidad de recordar constantemente esas palabras del Señor. San Pablo añade: llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo (Gal VI, 2) (...). ¡Si hay tantos hermanos, amigos tuyos, sobrecargados de trabajo! Con delicadeza, con cortesía, con la sonrisa en los labios, ayúdales de tal manera que resulte casi imposible que lo noten; y que ni se puedan mostrar agradecidos, porque la discreta finura de tu caridad ha hecho que pasara inadvertida (Amigos de Dios, n. 44).
Lógica consecuencia del amor a los demás es, en primer lugar, la corrección fraterna que hace el cristiano con mansedumbre y humildad, buscando solamente el bien del hermano, y consciente al mismo tiempo de la propia debilidad e imperfección personal. «Nunca ha de tomarse el cuidado de reprender el pecado ajeno —dice San Agustín—, sino cuando, después de examinar nuestra conciencia con preguntas internas, nos respondemos delante de Dios, sin titubeos, que lo hacemos por amor» (Exp. in Gal, 57).
La otra manifestación de la caridad que nos indica este pasaje es la de llevar las cargas de los demás, sin descuidar las propias: La caridad, que es como un generoso desorbitarse de la justicia, exige primero el cumplimiento del deber: se empieza por lo justo; se continúa por lo más equitativo...; pero para amar se requiere mucha finura, mucha delicadeza, mucho respeto, mucha afabilidad: en una palabra, seguir aquel consejo del Apóstol: llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo (Gal VI, 2). Entonces sí: ya vivimos plenamente la caridad, ya realizamos el mandato de Jesús (Amigos de Dios, n. 173).


Galates 6, 3-5
El someterse a las prescripciones legales de los judíos llevaba a algunos a creerse mejores que los demás. La actitud de aquellos gálatas recuerda el engreimiento del fariseo que oraba de pie en el Templo y daba gracias a Dios por sus múltiples cualidades (cfr Lc 18, 11). Como dice el Señor, aquel hombre fatuo salió del Templo lo mismo que entró, con el alma manchada por la soberbia y separado del amor de Dios, que se recrea en los humildes y les da su gracia (cfr Lc 1, 51-53).
Como en el caso del fariseo, el orgullo de los judaizantes procedía del desconocimiento que tenían de sí mismos. Por eso el Apóstol exhorta a que cada uno se examine con sinceridad, de cara a Dios, que todo lo ve. Pero «el hombre de sí mismo —enseña San Juan de Ávila— no es sino vanidad, y si otra cosa más es, por el Señor Dios lo es» (Audi, filia, II, 66). San Agustín exclama: «Ningún hombre bueno puede gloriarse delante de Ti, ni es justificado todo hombre que vive; porque, si algún bien hay, pequeño o grande, es gracia tuya» (Sermo 99, 6).
El conocimiento propio nos conduce, por tanto, a la humildad, a la desconfianza en nosotros mismos y al abandono total en las manos de Dios, que todo lo puede. San Pablo nos recomienda el examen de conciencia, a través del cual descubriremos las verdaderas causas de nuestra actuación y de nuestros estados de ánimo. El propio conocimiento nos lleva como de la mano a la humildad (Camino, n. 609).
 
Galates 6, 6
Nuestro Señor ordenó a los Apóstoles que dieran gratuitamente lo que gratuitamente habían recibido (Mt 10, 8). Pero, a la vez, afirmó que quien trabaja merece su sustento, (Mt 10, 10), es decir, que los predicadores del Evangelio tienen derecho a vivir de ese trabajo. La misma doctrina encontramos en la vida y en las enseñanzas de San Pablo. Pues, aunque de ordinario se procuraba el sustento personal con su propio trabajo (cfr Act 18, 3; 1 Thes 2, 6-9; 2 Cor 11, 7-15), a veces, sin embargo, había aceptado la ayuda material que le prestaron los cristianos de Filipo (cfr Phil 4, 10-20). En el pasaje que comentamos expone el Apóstol una regla general, dejando bien claro que el discípulo ha de compartir sus bienes con el maestro. «Si sembramos en vosotros bienes espirituales, ¿es mucho que recojamos de vuestros bienes materiales? (...). Con todo, no hemos hecho uso de este poder» (1 Cor 9, 11-12).
La Iglesia recuerda esta doctrina en el Conc. Vaticano II: «Los presbíteros, consagrados al servicio divino en el cumplimiento del cargo que se les ha encomendado, merecen recibir una justa remuneración, pues el que trabaja es merecedor de su salario (Lc 10, 7), y ha ordenado el Señor a los que anuncian el Evangelio, que vivan del Evangelio (1 Cor 9, 14). Por ello, en la medida en que no se hubiera provisto por otros medios la justa retribución de los presbíteros, los fieles mismos, como quiera que por su bien trabajan los presbíteros, tienen verdadera obligación de procurar que se les proporcionen los medios necesarios para llevar una vida honesta y digna» (Presbyterorum ordinis, n. 20). 7-10. Hay algunos que viven como si el Señor no les fuera a pedir cuentas algún día, como si pudieran engañar a Dios. Las palabras de San Pablo contienen también una verdad que la Iglesia recuerda (cfr Dz-Sch, 1000-1001, 1304, 1488); el tiempo de merecer termina con la muerte. Por esto insiste el Apóstol en la necesidad de luchar seriamente por llevar una conducta justa, «porque lo que uno siembre, eso recogerá». La imagen de la siembra aplicada a la vida espiritual, muy frecuente en la Biblia, es muy rica de contenido (cfr Ps 107, 37; 126, 5; Prv 6, 19; 22, 8; Os 8, 7; 10, 12; Ier 12, 13; Mt 13, 27; 25, 24-26; Ioh 4, 37; 1 Cor 9, 11; 15, 37; Iac 5, 7; etc.). San Juan de Ávila comenta así este pasaje: «Había dicho que hacer bien era sembrar; y en el sembrar, de presente no hay sino pérdida: deshacerse hombre de la hacienda que posee por la que espera. Alude a la misma metáfora, y dice que no desfallezcamos, que no desmayemos haciendo bien, que esperemos en Dios» (Lecciones sobre Gal, ad loc.).
 
Galates 6, 11
Aquí, como en otras ocasiones y con extensión algo mayor (cfr 1 Cor 16, 21; Col 4, 18; 2 Thes 3, 17; Philm 19), San Pablo alude a unas palabras escritas por él mismo, de su puño y letra. Sabemos que, según la costumbre de la época, el Apóstol no escribía directamente sus cartas, sino que habitualmente las dictaba a un amanuense. Por ejemplo, en Rom 16, 22 éste envía también un saludo personal a los destinatarios. El mismo modo de escribir lo utiliza San Pedro en su primera carta, en la que el amanuense nos dice incluso su propio nombre: Silvano (cfr 1 Pet 5, 12).
 
Galates 6, 14
Los circuncisos —tanto judíos como cristianos— se jactaban de llevar en su carne la señal de la Antigua Alianza, la circuncisión. San Pablo les hace ver que sólo hay un motivo de gloria para él: la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con la que se selló la Nueva Alianza, se cumplió la Redención y, por eso, ha llegado a ser la señal del cristiano. Éste era el contenido central de su predicación: la fuerza y la sabiduría de Dios (cfr 1 Cor 1, 23-24). La afirmación del Apóstol ha sido repetida por los cristianos y ha sugerido páginas de una gran piedad y unción. Así, por ejemplo, en una homilía pascual del siglo II, de autor desconocido, se dice: «Cuando me sobrecoge el temor de Dios, la Cruz es mi protección; cuando tropiezo, mi auxilio y mi apoyo; cuando combato, el premio; y cuando venzo, la corona. La Cruz es para mí una senda estrecha, un camino angosto: la escala de Jacob, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuya cima se encuentra el Señor».
De la Santa Cruz proviene nuestra salvación, pues en ella quiso morir Jesús por nuestros pecados. Por eso, decía San Juan Crisóstomo como en un cántico: «La Cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la Cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo Único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloria de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe» (De coemeterio et de cruce, 2).
Por su parte San Anselmo exclama emocionado: «¡Oh Cruz, que has sido escogida y preparada para bienes tan inefables!, eres alabada y ensalzada no tanto por la inteligencia y la lengua de los hombres, ni aun de los ángeles, como por las obras que gracias a ti se realizaron. ¡Oh Cruz, en quien y por quien me han venido la salvación y la vida, en quien y por quien me llega todo bien!, Dios no quiera que yo me gloríe si no es en ti (cfr Gal 6, 14)» (Oraciones y meditaciones, 4).
La Cruz, por tanto, ha de ser para cada cristiano, en la vida diaria, su apoyo y su fuerza: Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú (Camino, n. 178).
 
Galates 6, 15
La expresión «nueva criatura» tiene un gran contenido teológico. Señala la trascendencia de la gracia sobrenatural sobre toda acción humana: como la creación fue obrada por Dios a partir de la nada, así también la gracia es concedida sin méritos anteriores. Por otra parte, la frase indica que, en orden a la salvación, lo único que vale ante Dios es la gracia: lo mismo que las cosas existen porque han sido creadas, así el hombre vive en el orden sobrenatural porque ha sido «creado de nuevo». Por último, esta expresión nos permite entender algo del misterio de la gracia: así como en la creación se nos comunica el ser, una naturaleza y unas facultades, de manera semejante en la nueva creación se nos comunica una participación de la naturaleza divina, se nos da una nueva naturaleza (sobrenaturaleza) y todo un organismo sobrenatural (virtudes infusas y dones del Espíritu Santo).
La naturaleza que Dios nos otorgó por la creación fue dañada por el pecado de Adán y llegó a ser en sentido propio una «vieja criatura», el hombre viejo. Por tanto, la vida nueva, o nueva creación, brilla por contraste sobre el fondo oscuro del pecado y de la muerte causados por la caída de Adán. «Hemos sido creados —comenta Santo Tomás— y hemos recibido el ser natural por medio de Adán; pero aquella criatura ya había envejecido, se había corrompido, y por esto el Señor, al hacernos y al constituirnos en el estado de gracia, obró una especie de criatura nueva. ‘Para que fuéramos como la primicia de su creación’ (Iac 1, 18). Y añade ‘nueva’ porque somos renovados por Él mediante una vida nueva; y también por el Espíritu Santo. ‘Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra’ (Ps 104, 30); y por la Cruz de Cristo (...). Así pues, por medio de la nueva criatura, es decir, por la fe en Cristo y por el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones, somos renovados y nos unimos a Cristo» (Comentario sobre Gal, ad loc.).
En varios lugares del Nuevo Testamento se nos revela este paralelismo entre la creación y la nueva creación (re-creación). En efecto, la vida nueva que se consigue a través de la unión con Cristo es llamada «nueva criatura» (cfr 2 Cor 5, 17). Esta nueva criatura es el hombre nuevo, que no ha nacido de la voluntad de la carne y de la sangre, sino de Dios (cfr Ioh 1, 12-13), el hombre elevado al estado sobrenatural de la gracia, creado en Cristo (cfr Eph 2, 10.15) para una vida de justicia y santidad (cfr Rom 6, 4; Col 3, 9-10), el hijo adoptivo y heredero de Dios (cfr Rom 8, 16), en el cual en definitiva se manifiesta la vida misma de Cristo (cfr Gal 2, 20).
 
Galates 6, 17
Alusión a la señal o estigma con que se marca a las reses para indicar a qué ganadería pertenecen. En la antigüedad se usaba también en los esclavos —para señalar a qué familia pertenecían— o en los seguidores de algunas religiones. San Pablo alude a esas costumbres para declararse metafóricamente siervo del Señor.
suivant