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Galates 3, 2-5
Recuerda San Pablo a los gálatas que en el Bautismo recibieron al Espíritu Santo y sus dones. A partir del Bautismo, y no antes, habían experimentado la acción del Espíritu que, aunque siempre es una realidad gozosa en la vida de la Iglesia, en la época apostólica, que vivieron los gálatas, fue más ostensible. Por tanto, ¿de dónde les viene a los Gálatas la vida del Espíritu? ¿De la fe en Cristo y del Bautismo o de las obras de la Ley? El Apóstol plantea la cuestión en forma de pregunta sin respuesta inmediata, porque es evidente que han recibido la vida del Espíritu por la fe en Cristo y el Bautismo. Para nada había intervenido la Ley mosaica. ¿Por qué la insensatez de cambiar el Evangelio que les había predicado Pablo?


Galates 3, 6-9
El Apóstol evoca la figura de Abrahán para probar que la justicia del hombre no es fruto de las obras materiales prescritas por la Ley mosaica, sino de la fe en la palabra divina. Según Gen 15, 6, cuando Dios prometió a Abrahán que tendría un hijo a pesar de su ancianidad y de la esterilidad de su esposa Sara, Abrahán creyó sin titubeos en la promesa divina. Esta fe es la que justificó a Abrahán, pues todavía no había instituido Dios la circuncisión ni dado la Ley. Por eso afirma San Pablo que «los que viven de la fe, esos son hijos de Abrahán».
Dios había hecho al Patriarca una promesa que tenía dimensión universal: «todas las naciones». Ahora se cumple esa promesa mediante la incorporación de los gentiles, por la fe, al nuevo pueblo de Dios. Abrahán es en efecto el padre de los creyentes, pues en él eran ya bendecidos todos los que habían de creer en Jesucristo.
Lo mismo que a Abrahán, Dios justifica a todo hombre por la fe (cfr Gen 15, 6; Rom 4, 2 ss.; Iac 2, 21 ss.). De ahí que los hombres no sean hijos del Reino por el solo hecho de descender de Abrahán según la carne, sino que es necesario asemejarse a él mediante la fe. Por tanto, la grandeza del hombre ante Dios no viene de la sangre como creían los judíos, sino de la gracia divina, que nos constituye en hijos de la bendición, en hijos de Dios (cfr Ioh 1, 12-13).
El don de la justificación por la fe lo concede Dios a todos aquellos que creen en su palabra, como hizo Abrahán. Los verdaderos imitadores de Abrahán, dice San Juan de Ávila, son «los que creen con fe viva, con fe firme y constante, tan certificados en ella que todos los trabajos y todas las adversidades no son parte para desconsolarlos, ni todas la tentaciones y disfavores para hacerlos desmayar» (Lecciones sobre Gal, ad loc.).


Galates 3, 10-12
En el llamado concilio de Jerusalén había dicho San Pedro: «¿Por qué tentáis ahora a Dios imponiendo sobre los hombros de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar?» (Act 15, 10). Según estas palabras, los judíos no pudieron con sus propias fuerzas cumplir la Ley mosaica por la que pensaban ser justificados ante Dios. Por tanto, quienes pongan su esperanza de salvación en la Ley mosaica, quedan sujetos a la maldición que la misma Ley establecía para sus infractores («maldito todo el que no persevere en el cumplimiento de todo lo que está escrito en el libro de la Ley», Dt 27, 26).
La maldición de la Ley recae sobre quien no la cumple, ya que todo precepto lleva en sí la pena para quien lo quebranta. Por eso afirma el Apóstol que quienes confían sólo en la Ley están sometidos al riesgo de ser maldecidos, de ser castigados, «están sujetos a maldición». De ahí que San Pablo continúe su exposición y recuerde de nuevo el pasaje de Habacuc donde se afirma que «el justo vivirá de la fe» (Hab 2, 4) (cfr nota a Rom 1, 17). Si el justo vive de la fe, concluye el Apóstol, no vive de la Ley, ya que ésta no requiere la fe, sino el cumplimiento de sus preceptos.


Galates 3, 13-14
Cristo, siendo inocente, quiso dar al Padre una satisfacción perfecta y borrar nuestra culpa. Con este fin cargó voluntariamente sobre sí con la maldición que la Ley establecía para los transgresores. Soportaba en lugar nuestro la maldición de la Ley y de esta forma nos liberaba de ella. Lo que para el Señor fue un castigo, para los hombres fue la salvación. Como afirma San Jerónimo, «la injuria sufrida por el Señor es nuestra propia gloria. Él murió para que nosotros viviéramos, descendió a los infiernos para que nosotros subiéramos al cielo. Se hizo necedad para que fuéramos reafirmados en la sabiduría. Se vació de la plenitud y de la forma de Dios, tomando la forma de siervo, para que esa plenitud divina habitara en nosotros y de siervos fuésemos convertidos en señores. Él fue clavado en el árbol de la Cruz para que el pecado cometido en el árbol de la ciencia del bien y del mal fuera borrado, una vez colgado en el árbol de la Cruz» (Comm. in Gal, ad loc).
Con la muerte del Señor se lleva a cabo la Redención universal, se hace realidad la promesa y la bendición de Dios al patriarca Abrahán y así su descendencia alcanza la amplitud y abundancia de los mares y los cielos, donde no se pueden contar ni las arenas ni las estrellas (cfr Gen 15, 5-6; 22, 17).


Galates 3, 15-29
Dios es «misericordioso y fiel» y lo que promete lo cumple. Su voluntad es tan firme e inalterable como la que se contiene en un testamento. Por eso lo que Dios prometió a Abrahán no podía quedar anulado por la Ley mosaica, que se promulgó mucho tiempo después (cfr Rom 4, 13-17). Pero ¿cuál es entonces el papel de la Ley, si todo se debe a la promesa? En primer lugar (vv. 19-22) la Ley fue dada para castigar las transgresiones cometidas antes de la llegada de Cristo (v. 19 a). Esto no va contra la promesa de salvación que fue hecha a Abrahán, antes al contrario, ya que si la Ley indica qué es el pecado, enseña al mismo tiempo que ese pecado puede y ha de ser redimido. En segundo lugar (vv. 23-25), la Ley fue dada por Dios para guardar y guiar a los hombres hacia Cristo, lo mismo que el pedagogo —en el mundo greco-romano en que San Pablo vivía— era un criado que tenía como misión cuidar a los niños y llevarlos a la escuela; y su misión cesaba cuando el niño llegaba a la mayoría de edad.
Al llegar la Redención obrada por Jesucristo (v. 26 b) el hombre alcanza su mayoría de edad y con ella su libertad. Por la fe en Cristo y mediante el Bautismo el hombre se transforma en hijo de Dios y se reviste de Cristo (v. 27). Desde ese momento toda diferencia entre los hombres desaparece (v. 28), todos vienen a ser descendencia de Abrahán y partícipes de las promesas que a él le fueron hechas.


Galates 3, 15-18
Dios, en su Revelación, habla por medio de hombres y utiliza las imágenes y los aspectos de la vida corriente para hacer comprensible, aunque sea de forma aproximada y analógica, cuanto quiere revelar de sí mismo. Así la promesa de Dios es comparada a un testamento, para hacernos comprender la firmeza del querer de Dios. Muchas veces en la Escritura se habla de «alianza» o de «pacto» entre Dios y los hombres (p. ej. en Gen 9, 8 s.; Ex 24, 3 ss.; etc.). Aquí se especifica que es como un «testamento legalmente reconocido», porque la voluntad expresada en un testamento es sagrada, nadie puede añadir ni quitar nada. Pues así ocurre con las promesas divinas. Nadie puede modificarlas en lo más mínimo. Por tanto, la Ley no condiciona ni puede cambiar las promesas otorgadas como «un testamento establecido (...) en forma debida».
Por otra parte, la imagen del testamento comporta la iniciativa y absoluta libertad del testador, en nuestro caso Dios, que de modo libre y tomando la iniciativa ha salvado al hombre por Cristo, llamado aquí «descendencia de Abrahán». Según Gen 12, 7 esa «descendencia» tiene un sentido colectivo. En cambio. San Pablo lo interpreta en sentido individual. En realidad no hay contradicción ya que Cristo es Cabeza de la Iglesia y forma con ella un solo Cuerpo, el Cristo total (cfr 1 Cor 12, 12; Col 1, 18). Por eso San Ireneo afirma que la Iglesia es descendencia de Abrahán (cfr Adversus haereses, 32, 2) y San Agustín añade que al presentar a Cristo como descendencia de Abrahán está incluyendo en Él a todos los cristianos (cfr Exp. in Gal, ad loc.).


Galates 3, 19-20
Con el advenimiento de Cristo se ha cumplido la promesa que Dios había hecho a Abrahán. Este acontecimiento es muy superior a la donación de la Ley a Moisés en el monte Sinaí, como lo muestra la forma en que se realizan la promesa y la entrega de la Ley. En efecto, según las tradiciones judías, la Ley había sido promulgada en el monte Sinaí por mediación de los ángeles (cfr Act 7, 53). Estas tradiciones ponían así de relieve dos aspectos importantes: el carácter sagrado y sublime de la Ley y la trascendencia de Dios, que había comunicado su voluntad no directamente sino a través de los ángeles. La promesa en cambio había sido hecha directamente por Dios a Abrahán, y en este sentido es superior a la Ley. Por otra parte, la Ley había sido entregada en el contexto de una Alianza en la que intervenían dos partes: Dios y el pueblo elegido. De ahí que se necesitase un mediador: Moisés (cfr Dt 5, 5). La promesa en cambio no depende de la voluntad de dos partes, sino que procede únicamente de la voluntad misericordiosa de Dios que la otorga a Abrahán y la cumple en Jesucristo de modo totalmente gratuito. También en este sentido la promesa es superior a la Ley.


Galates 3, 21-25
«Pero la Escritura encerró todas las cosas bajo el pecado»: La frase no es fácilmente inteligible. Sin embargo, de su contexto se desprende el sentido de este pasaje: Dios revela que todos los hombres están bajo el dominio del pecado, tanto los gentiles como los hebreos, no obstante haberles dado a éstos la Ley (cfr Rom 3, 10-18). La razón es, una vez más, que la Ley no podía conferir la justificación; la Ley no podía liberarnos ni del demonio, ni del pecado, ni de la muerte. En cambio ahora, en la plenitud de los tiempos, se descubre el plan de Dios al dar la Ley: cuidar y custodiar a la humanidad durante su niñez, como un ayo (pedagogo) cuida y vigila al niño hasta que alcanza la madurez. Bajo la vigilancia del ayo el niño no actúa libremente, pero es conducido hasta el maestro. Así ocurrió con la humanidad: era un niño, al que la Ley tenía como encerrado; pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo Jesucristo, que nos ha liberado del pecado, de la muerte y de la misma Ley o ayo. Por eso dice el Apóstol: «Una vez que ha llegado la fe, ya no estamos sujetos al pedagogo». Esa fe es la nueva vida que sustituye a la antigua bajo la dura disciplina de la Ley.
Para nosotros ahora estos razonamientos y enseñanzas de San Pablo pueden parecemos irrelevantes. Pero hay que ponerse en la situación de un antiguo judío, celoso observante de la Ley mosaica —y, sin embargo, impotente para cumplir el asfixiante cúmulo de sus preceptos— que, tras su conversión a la fe de Cristo, se siente profundamente liberado de las viejas ataduras y quiere, con todas sus fuerzas, que sus antiguos hermanos de raza alcancen esa misma libertad en Cristo que él ya posee.
 
Galates 3, 24
La Ley, lo mismo que todo el Antiguo Testamento, tenía una función respecto al Nuevo: preparar su promulgación. Todo lo que se contiene en los libros de la Antigua Alianza se refiere de modo directo o indirecto a Nuestro Señor Jesucristo y a su obra salvífica. Se da, por tanto, una íntima relación de unidad entre ambos Testamentos, enseñada por la Tradición y recordada recientemente por el Cone. Vaticano II con estas palabras: «Dios es el autor que inspira los libros de ambos Testamentos, de modo que el Antiguo encubriera el Nuevo, y el Nuevo descubriera el Antiguo. Pues aunque Cristo estableció con su sangre la Nueva Alianza (cfr Lc 22, 20; 1 Cor 11, 25), los libros del Antiguo Testamento, incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento (cfr Mt 5, 17; Lc 24, 27; Rom 16, 25-26; 2 Cor 3, 14-16) y a su vez lo iluminan y lo explican» (Dei Verbum, n. 16).
 
Galates 3, 27
San Juan de Ávila comenta este pasaje: «Y no se contentó el Espíritu Santo con decir que estamos lavados y ungidos, sino que ahora dice que estamos vestidos, y que nuestra vestidura es, no de cualquier hermosura o de cualquier valor, sino el mismo Jesucristo, que es la suma de toda hermosura, de todo el valor y de toda la riqueza, etc. Quiere decir que la hermosura de Jesucristo, su justicia, su gracia, sus riquezas, su valor, su lustre, su resplandor y riquezas, todo eso resplandece en nosotros como la claridad y resplandor del sol resplandece y reverbera en un espejo limpísimo» (Lecciones sobre Gal, ad loc.).
Esta imagen, según la cual el cristiano se reviste de Cristo, la usa San Pablo en otros muchos pasajes (Rom 13, 14; 1 Cor 15, 43; Eph 4, 24; 6, 11; Col 3, 10; etc.), e indica la íntima unión del bautizado con Cristo, tan fuerte que se puede afirmar que el cristiano es «otro Cristo».
 
Galates 3, 28
Podemos decir que en el orden de la naturaleza hay una igualdad radical entre todos los hombres: como descendientes de Adán, nacemos hechos a imagen y semejanza de Dios (cfr Gen 1, 26-27). Las diferentes funciones que la vida social impone no pueden alterar lo que tenemos por naturaleza. Desde esta perspectiva tampoco hay diferencia —ni debe haberla— entre los hombres, ni siquiera entre hombres y mujeres, las cuales, aunque desarrollan distintas tareas, son de igual modo imagen y semejanza de Dios.
En el orden de la gracia, conseguido por la Redención, esa igualdad esencial, original, fue restaurada por Cristo, que se hizo hombre y murió en la cruz por la salvación de todos. Por ello Juan Pablo II enseña que el verdadero sentido de la dignidad humana es sublimado por la Redención: «En el misterio de la Redención el hombre es ‘confirmado’ y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! ‘Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, ya que todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús’. El hombre que quiere comprenderse a sí mismo hasta el fondo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe ‘apropiarse’ y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo» (Redemptor hominis, n. 10).
De esa igualdad radical de todos los hombres se deriva la fraternidad universal que ha de imperar en las relaciones humanas; Nuestro Señor ha venido a traer la paz, la buena nueva, la vida, a todos los hombres. No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres. No sólo a los sabios, ni sólo a los ingenuos. A todos. A los hermanos, que hermanos somos, pues somos hijos de un mismo Padre Dios. No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros (Es Cristo que pasa, n. 106).


Chapitre n°4
Galates 4, 1-11
San Pablo presenta una síntesis de la historia de la humanidad bajo el punto de vista de la salvación otorgada por Dios. Desde la transgresión de Adán el hombre permanecía en el pecado, era esclavo del demonio. Un periodo largo en el que en la oscuridad causada por el pecado brillaba la promesa, ya desde el primer momento, de un Redentor (cfr Gen 3, 15), pero en el que ante los pecados de los hombres, la justicia divina iba imponiendo el merecido castigo (cfr Gen 6-7; 19, 1-29; etc.). No obstante, siempre prevalece la misericordia del Señor, el amor indefectible que le impide exterminar al género humano a pesar de su maldad (cfr Gen 9, 9-11; Os 11, 8; etc.). Por eso, muchas veces y de múltiples formas, Dios se acerca al hombre y le habla para revelarle el camino de la salvación. Podemos decir que el Señor agotó todos los medios para ayudar a los hombres. Por último, cuando llegó «la plenitud de los tiempos», Dios estimó que era llegado el momento de acabar con aquella situación, que San Pablo llama aquí de tutela; entonces, como culmen de su amor hacia nosotros, envió a su Hijo Unigénito, que se hizo hombre para sacarnos del estado de apartamiento de Dios en el que estaba sumida la humanidad. «Jesucristo, Palabra hecha carne, ‘hombre enviado a los hombres’ (Carta a Diogneto, 7, 4), habla las palabras de Dios (Ioh 3, 34) y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó (cfr Ioh 5, 36; 17, 4) (...), lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna» (Dei Verbum, n. 4).
En el texto original se nos dice literalmente que «fue hecho de mujer»: San Pablo, que tantas veces habló de la divinidad de Jesús, subraya ahora su humanidad auténtica: Jesús no apareció de pronto en la tierra como una visión celestial, sino que se hizo realmente hombre, como nosotros, tomando nuestra naturaleza humana en las entrañas purísimas de una mujer. Con ello se distingue también la generación eterna (la condición divina, la preexistencia del Verbo) de su nacimiento temporal. En efecto. Jesús, en cuanto Dios, es engendrado misteriosamente, no hecho, por el Padre desde toda la eternidad. En cuanto hombre, sin embargo, nació, «fue hecho», de Santa María Virgen.
San Gregorio Nacianceno comenta al respecto que «el Hijo de Dios en persona, el que existe desde toda la eternidad, el que es invisible, incomprensible, incorpóreo, principio de principio, luz de luz, fuente de vida e inmortalidad, expresión del supremo arquetipo, sello inmutable, imagen fidelísima, término y medida del Padre, es el mismo que viene en ayuda de su imagen; por amor del hombre se hace hombre, por amor a mi alma se une a un alma intelectual, para purificar a aquellos a quienes se ha hecho semejante, asumiendo todo lo humano, excepto el pecado; concebido por la Virgen, previamente purificada en su cuerpo y en su alma por el Espíritu» (Sermo 45, 9).
Por tanto, Santa María Virgen, al ser Madre de Jesucristo; que es Dios, es verdadera Madre de Dios, tal como se definió dogmáticamente en el Concilio de Éfeso: «Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema» (Dz-Sch, 252).
Bellamente expone este misterio el Fundador de la Universidad de Navarra: Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre —sin confusión— la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios (Amigos de Dios, n. 274).
 
Galates 4, 3
«Los elementos del mundo»: Esta expresión se refiere en primer lugar a las prácticas y ritos de las religiones paganas. Más en concreto al respeto supersticioso a los astros y fuerzas que, según las concepciones idólatras, regían el curso del universo y de la historia. Por otra parte, al incluirse el mismo San Pablo entre los que estaban sujetos a los elementos del mundo, parece referirse también a algunos preceptos ceremoniales de la religión mosaica. En ambos casos, los «elementos del mundo» sometían a los hombres a una esclavitud respecto de la observancia de «días, lunas nuevas, festividades, años» (cfr Rom 14, 5; Gal 4, 10; Col 2, 16).
En el caso de los gentiles, pretendían aplacar y tener favorables a los dioses y a las fuerzas de la naturaleza con una visión supersticiosa. Los judíos, en cambio, observaban un precepto especifico de Dios que, sin embargo, había perdido ya su vigencia. Los gálatas vivían sometidos como esclavos a esos «elementos del mundo», hasta que en la plenitud de los tiempos fueron liberados por Cristo, de manera semejante a como un niño se ve libre de tutores y administradores, a los que estaba sujeto hasta la mayoría de edad.
 
Galates 4, 6
La palabra «Abbá» es un vocablo arameo que ha llegado hasta nosotros junto con su traducción «¡Padre!». Es el mismo término que usó Nuestro Señor en su oración personal, según se deduce de Mc 14, 36 (cfr nota a Lc 11, 1). Un término, por otra parte, que los judíos no habían utilizado nunca para dirigirse a Dios, probablemente porque entraña una gran confianza y ternura, propia de los niños pequeños al dirigirse a su padre. Jesucristo no dudó, sin embargo, en usarla y en animar a los suyos para que la utilizaran. Así nos invita a tratar a Dios con la misma confianza y ternura con que un hijo pequeño trata a su padre. Porque, en efecto, Cristo mediante su obra redentora no sólo nos ha liberado del yugo de la Ley, sino que nos ha dado la posibilidad de tener una condición nueva ante Dios, la condición de hijos. San Pablo se hace eco de esta doctrina (cfr también Rom 8, 16-17) y atribuye al Espíritu Santo la acción, interior al hombre, que le empuja a clamar lleno de amor y de esperanza: ¡Abbá, Padre!
Por todo esto, si tenemos relación asidua con el Espíritu Santo, nos haremos también nosotros espirituales, nos sentiremos hermanos de Cristo e hijos de Dios, a quien no dudaremos en invocar como a Padre que es nuestro (...). Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con Él la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada (Es Cristo que pasa, nn. 136 y 185).
En este pasaje aparece la acción de las tres divinas Personas en la vida sobrenatural del hombre. El Padre envía al Espíritu Santo, llamado aquí «Espíritu de su Hijo», que nos ayuda a entender y a vivir el don de la filiación adoptiva, la realidad gozosa de ser hijos de Dios.


Galates 4, 8-10
San Pablo recuerda a sus lectores la situación penosa en que se hallaban cuando no conocían a Dios y adoraban a los falsos dioses. Era una situación triste que les tenía atados a sus propias pasiones, esclavos del pecado (cfr Rom 1, 18-33; Eph 2, 11-12; 4, 17 ss.; etc.). En cambio, cuando conocieron a Dios le amaron, pues es imposible conocer al Supremo Bien y no amarle con toda el alma. El Apóstol puntualiza que, en realidad, no es que ellos hayan conocido a Dios, sino que Dios les ha conocido a ellos. En este caso, aunque por pura iniciativa divina, también conocer equivale a amar. Es decir, Dios nos ha querido, nos ha amado (cfr nota a Gal 4, 3). 10.
San Pablo reprocha a los gálatas que continúen celebrando esas prescripciones que ya han dejado de estar en vigor.
Desde antiguo Dios quiso recoger y confirmar con la ley revelada una norma de moral natural, indicando los días especialmente consagrados al servicio divino. Además del sábado. Dios instituyó otras fiestas, en recuerdo de las misericordias y portentos que había realizado en su pueblo (cfr Lev 23; Num 28 y 29).
Del mismo modo que la revelación del NT es más perfecta que la del AT, así el culto exigido por Cristo —tanto privado como público— es mucho más excelente. Las leyes ceremoniales que determinaban el tercer precepto de la Ley mosaica ceden su lugar a las que establece el Evangelio. Éste también tiene un nuevo culto y unas fechas señaladas para ese culto. Efectivamente, «por una tradición apostólica, que tiene su origen en el mismo día de la Resurrección de Cristo, la Iglesia celebra el Misterio pascual cada ocho días, día que se llama, con razón, día del Señor, o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que les hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Pet 1, 3). Por eso el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse en la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de descanso en el trabajo» (Sacrosanctum Concilium, n. 106).
La obligatoriedad del descanso dominical y la asistencia a la Santa Misa el domingo y los demás días festivos de precepto está establecida en el nuevo Código de Derecho Canónico (can. 1246-1248). Es una ley eclesiástica que especifica la ley natural de dar culto a Dios y la ley divino-positiva de santificar las fiestas. Así lo ha establecido la Iglesia, que es la depositaria de la doctrina de Cristo y, en cuanto sociedad perfecta, tiene legítima potestad de emanar leyes para el bien de sus súbditos.
Existen también en la Iglesia prescripciones respecto a días penitenciales en los que los fieles deben ejercitar la virtud de la penitencia con el ayuno, la abstinencia de carne o bien con otras obras de caridad y piedad determinadas por la autoridad eclesiástica (cfr Ibid., can. 1249-1253). Cfr nota a Gal 4, 3.
 
Galates 4, 12
Pablo recuerda a los gálatas la época en que estuvo en medio de ellos evangelizándoles. Por esto el tono de la carta se hace aún más entrañable. Ellos saben que él dejó el camino de las obras de la Ley cuando conoció el Evangelio. Pero ese abandono le acarreó persecuciones y molestias de parte de sus antiguos correligionarios. Pablo convivió con los gálatas, procurando de todo corazón no distinguirse de ellos (excepto en lo que fuera contrario al Evangelio). Puede afirmar con toda verdad que se hizo como ellos, hasta el punto de ser considerado por los judíos como un renegado, un impuro gentil.
Si Pablo abandonó sus antiguas observancias judaicas, también los gálatas, por seguir el Evangelio, deberán abandonar las observancias de su antiguo paganismo («los días, los meses, las estaciones y los años», v. 10). Pablo ve el peligro que constituye para la pureza de la fe cristiana la vuelta a la observancia de aquellas costumbres paganas que antes tenían los gálatas, así como de las judaicas que ahora parece que están comenzando a adquirir. Hay que romper con todo eso. Y para que lo entiendan mejor, acude a la pedagogía más sencilla y más íntima: que imiten la forma de vida que han visto en él. Ya les ha explicado la doctrina; ahora acude al ejemplo vivo de la propia conducta del Apóstol.
 
Galates 4, 19
San Pablo se dirige a los gálatas entrañablemente: el peligro en que están de apartarse de la fe en Cristo, que habían recibido por medio del Apóstol, hace a éste sentir «dolores de parto» para confirmarles de nuevo en la fe, como una madre que da a luz. No puede atenderles directamente, pues media mucha distancia geográfica. Por eso su lenguaje adquiere los tonos de padre y de madre a la vez; el Apóstol sufre, pues hay que predicarles de nuevo el Evangelio, hasta que «Cristo esté formado» en ellos, como un niño se forma en el seno materno.
Jesucristo nos enseñó que a nadie hemos de llamar Padre sobre la tierra, sino sólo a Dios nuestro Señor (cfr Mt 23, 9), pues sólo de Dios Padre procede toda paternidad en los cielos y en la tierra (cfr Eph 3, 15). Es evidente que no se pueden tomar las palabras del Señor como si nos prohibieran dar el nombre de padre a quien nos ha dado el ser y la vida.
De manera semejante en la Iglesia son considerados padres quienes nos engendran en la fe, mediante su predicación y el Bautismo (cfr Catecismo Romano, III, 5, 8). A tal paternidad espiritual, por tanto, se refiere San Pablo en esta ocasión y en otras (cfr 1 Cor 4, 15). Es bueno dar gloria a Dios, sin tomarse anticipos (mujer, hijos, honores...) de esa gloria, de que gozaremos plenamente con Él en la Vida...
Además, Él es generoso... Da el ciento por uno: y esto es verdad hasta en los hijos. —Muchos se privan de ellos por su gloria, y tienen miles de hijos de su espíritu. —Hijos, como nosotros lo somos del Padre nuestro, que está en los cielos (Camino, n. 779).
La Iglesia enseña que la Virgen María es Madre de los cristianos (cfr Lumen gentium, n. 61). Ella es ejemplo para todos nosotros: Que en cada uno de vosotros, escribía San Ambrosio, esté el alma de María, para alabar al Señor; que en cada uno esté el espíritu de María, para gozarse en Dios. Y este Padre de la Iglesia añade unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros (Expositio Evangelii sec. Lucam, II, 26).
Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con Él por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios (Amigos de Dios, n. 281).


Galates 4, 21-31
Todo lo que narra el Antiguo Testamento tiene para los cristianos un singular valor pedagógico. Así lo enseña el Apóstol cuando afirma que aquellas cosas antiguas ocurrían en figura, «y fueron escritas para escarmiento nuestro, para quienes ha llegado la plenitud de los tiempos» (1 Cor 10, 11). Sin embargo, hay determinados sujetos y personajes que contienen un especial significado, como el episodio que aquí se recuerda (cfr Gen caps. 16, 17 y 21). Abrahán había recibido de Dios la promesa de tener un hijo (Gen 15, 4) de su esposa Sara (cfr Gen 17, 19). Siendo ambos esposos de avanzada edad y Sara además estéril, ésta —con arreglo a costumbres ancestrales de su tribu— hizo que Abrahán tuviera un hijo, Ismael, de su esclava Agar. Pero Dios advirtió a Abrahán que aquel hijo de la carne no era el de la promesa (cfr Gen 17, 19). Ésta se cumplió más tarde cuando por milagro divino Sara dio a luz. San Pablo nos habla del sentido alegórico que tienen Sara, la esposa de Abrahán y madre de Isaac, y Agar, esclava suya y madre de Ismael. Ambas mujeres representan dos etapas de la Historia de la Salvación. Agar es la figura de la etapa correspondiente a la Antigua Alianza, que se celebró en el Sinaí, mientras que Sara representa la Nueva Alianza, sellada para siempre con la sangre de Cristo y que libera del yugo de la Ley y del pecado.
La conclusión es que los cristianos somos hermanos de Isaac, nacido de la mujer libre, y por tanto herederos también de la promesa hecha a Abrahán y su descendencia.


Galates 4, 24-26
El autor sagrado quiere subrayar que seguir sujetos a la Ley mosaica equivale a permanecer esclavos, ser hijos de Agar, la esclava. Estos serían los que integran la Jerusalén actual, «que es, en efecto, esclava junto con sus hijos». En contraposición está la «Jerusalén celestial», metáfora que también se usa en el Apocalipsis para designar a la Iglesia triunfante ya en la gloria (cfr Apc 21, 2.10). Además, al designar a la Iglesia con la imagen de la Jerusalén celestial se evoca su carácter trascendente y sobrenatural.
Seguramente para los judíos contemporáneos de San Pablo la comparación de Jerusalén con Agar podía resultar poco menos que una blasfemia. No obstante, sabemos que en el mundo judío de aquella época los rabinos hacían distinción entre la Jerusalén terrena y la Jerusalén celestial: la primera no era sino una pálida imagen de la segunda. El Apóstol recoge estas enseñanzas, que se deducen de la misma Sagrada Escritura, para explicar que los que creen en Cristo son los verdaderos descendientes —con una descendencia espiritual— de la legítima esposa, Sara, que prefigura la Jerusalén celestial; mientras que los que no creen en Cristo, aunque pertenezcan por la carne al pueblo de Israel, ya no son los descendientes verdaderos de la esposa legítima, sino de la esclava Agar. San Pablo hace ahora un juego de palabras, tan usual entre los rabinos: como Hagar es uno de los nombres del sistema montañoso del Sinaí, al que —según las consideraciones geográficas de aquella época— pertenece también el Monte de Sión, sobre el que está construida Jerusalén, esta Jerusalén terrestre se relaciona con Agar, que es la esclava, a la que no se hizo la promesa divina. El pasaje, que a nosotros nos puede resultar muy extraño, muestra sin embargo la formación antigua rabínica de San Pablo, de la cual se vale la Providencia divina para enseñarnos el sentido de uno de los episodios importantes de la historia del Antiguo Testamento.
 
Galates 4, 29
Una tradición rabínica, recogida en el Talmud, tratado Sota 6, 6, glosaba el pasaje de Gen 21, 9, en el que se dice que Ismael jugaba con Isaac, en el sentido de que Ismael sentía animosidad contra Isaac y le maltrataba en los juegos. Según esta tradición judaica, y una vez establecido que Ismael es figura de los judíos e Isaac figura de los cristianos, San Pablo recuerda que, igual que entonces, los hijos nacidos según la carne (los judíos) persiguen a los nacidos según el espíritu (los cristianos); y de igual modo también los que han sido liberados de la Ley por la muerte de Cristo sufren opresión por parte de los que quieren permanecer sujetos a la Ley, es decir, de aquellos judaizantes que se empeñan en imponer a los cristianos procedentes del paganismo el yugo de la Ley mosaica.


Chapitre n°5
Galates 5, 1-3
La Ley de Moisés, fruto de una revelación divina, era buena y conveniente para el tiempo en que había sido dada. Cristo vino a dar a esa Ley su perfección (cfr nota a Mt 5, 17-19 y a Gal 5, 14-15). Los muchísimos preceptos judiciales y ceremoniales de la Ley mosaica fueron dados por Dios para una etapa concreta de la Historia de la Salvación, a saber, hasta la venida de Cristo. Su observancia material no obliga ya a los cristianos (cfr Suma Teológica, I-II, q. 118, a. 3 ad 3).
El Apóstol, a lo largo de la Carta a los Gálatas, se refiere, como hemos ido viendo, a la libertad respecto de la Ley mosaica, pero, es claro, que tal liberación no puede desligarse de todo el conjunto de la libertad. Someterse a la circuncisión después de haber sido bautizados equivale a someterse a unas prácticas carentes ya de valor y a privarse de los frutos de la Redención de Cristo. En otras palabras, la sujeción a la Ley judaica lleva consigo una pérdida de la libertad en general. Con todo, el peso de su autoridad apostólica les dice: «Si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada». De este modo subraya con gran fuerza la eficacia de la Redención de Cristo, que no necesita de los ritos del AT.


Galates 5, 4-5
Entre el seguimiento de Cristo y la observancia de la Ley existe ahora no ya una mera distinción, sino una clara oposición. De tal manera que si alguien intenta seguir la Ley se separa de Cristo. El Bautismo es el sacramento por el que somos injertados en Jesucristo, llegando a ser de este modo miembros de su Cuerpo y sarmientos unidos a la vid (cfr Ioh 15, 5). Si nos separamos de Cristo, verdadera vid y fuente de vida, no podemos dar fruto. Ni tampoco podemos darlo injertándonos de nuevo en el régimen de la Antigua Ley por estar ya caduca.
En cambio, si permanecemos en la gracia que nos ha traído Jesucristo, produciremos el «fruto de la justicia», que no es sólo el que ahora poseemos —la vida de la gracia— sino su perfecto cumplimiento en la vida eterna: esto es, en definitiva, lo que «anhelamos», lo que esperamos con vehemencia.
 
Galates 5, 6
En la etapa de la Historia de la Salvación que se inaugura con Cristo, la condición de judío o gentil, de circunciso o incircunciso, carece de valor en orden a la salvación del hombre. Lo que cuenta es creer de verdad que lo único que nos salva es Cristo Jesús. Pero creerlo con una fe que mueve a actuar en consecuencia, con una fe que mueve a amar a Cristo y, a partir de ese amor divino, a todos los hombres. La fe a la que se refiere San Pablo puede llamarse, a tenor del apóstol Santiago (Iac 2, 17), «fe viva», es decir, fe que se traduce en honda convicción que mueve la voluntad al amor: es «la fe que actúa por la caridad».
Es claro que San Pablo habla de la virtud sobrenatural de la fe en su sentido propio y verdadero, es decir, de la «fe viva». En la tradición cristiana se ha llamado, a partir de Santiago (2, 17), «fe muerta» a esa caricatura de la fe que es incapaz de manifestarse en obras.
El Magisterio de la Iglesia enseña que «la fe, si no se le añade la esperanza y la caridad, ni nos une perfectamente con Cristo, ni nos hace miembros vivos de su Cuerpo. Por esta razón se dice con toda verdad que ‘la fe sin las obras está muerta’ (Iac 2, 17 ss.) y ociosa y que ‘en Cristo Jesús no tienen valor ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que actúa por la caridad’ (Gal 5, 6; 6, 15)» (De iustificatione, cap. 7).
Por todo esto, el que tiene fe pero no vive en gracia de Dios viene a ser como un hombre muerto. La caridad, en efecto, es como el alma de todas las virtudes y por eso «no hay que olvidar que si alguno tuviera todos los dones del Espíritu Santo, pero le faltase el primero, la caridad, no estaría sobrenaturalmente vivo (...). Sería como un cadáver: por mucho que se adorne con oro y piedras preciosas, sigue siendo un cadáver» (Santo Tomás, In duo praecepta, prol. 3).
El Señor afirmó que a sus discípulos se les conocería por la caridad (cfr Ioh 13, 35), porque la fe engendra la esperanza, y ésta lleva a la caridad. «Cuando se pregunta si algún hombre es bueno —dice San Agustín— no se averigua qué cree o espera, sino qué es lo que ama. Porque quien ama rectamente sin duda alguna también rectamente cree y espera; pero el que no ama, en vano cree, aunque sea verdad lo que cree (...). Por tanto, ésta es la fe de Cristo, que encarece el Apóstol, la que ‘actúa por la caridad’» (Enchiridion, cap. 117).
 
Galates 5, 9
La frase, a modo de proverbio, indica que unos pocos pueden corromper a todos los demás, como es el caso de los falsos predicadores que engañaron a los gálatas. Es una realidad que también se puede aplicar en sentido positivo, según se desprende de la parábola de la levadura, que hace fermentar toda la masa (cfr Mt 13, 33 y par.). Es decir, que unos pocos apóstoles de Cristo pueden arrastrar tras de sí a las muchedumbres.
Es verdad, somos pocos, en comparación con el resto de la humanidad, y personalmente no valemos nada; pero la afirmación del Maestro resuena con autoridad: el cristiano es luz, sal, fermento del mundo, y un poco de levadura hace fermentar la masa entera (Gal V, 9) (...). Jesucristo nos ha redimido a todos, y quiere emplearnos a unos pocos, a pesar de nuestra nulidad personal, para que demos a conocer esta salvación (Amigos de Dios, n. 9).

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