NOTAS a la Epístola a los Gálatas (EUNSA)
Chapitre n°1
Galates 1, 1-5
Las palabras del saludo de la epístola nos ofrecen los dos ejes en torno a los cuales gira toda ella: la confirmación de la autoridad apostólica de San Pablo (v. 1) y la eficacia de la Redención universal cumplida por Jesucristo (v. 4). El primer tema ocupa los caps. 1-2; el segundo, el resto de la carta.
De esta forma —ya desde el principio— el Apóstol sale al paso de los errores que difundían los judaizantes, que negaban su autoridad y querían mantener la necesidad de la circuncisión y demás observancias mosaicas.
Galates 1, 1
San Pablo comienza esta carta recordando el origen divino de su condición de Apóstol. Era verdad que, a diferencia de los Doce, Pablo no había sido llamado por el Señor durante su vida pública, como él mismo reconoce: «Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció a mí también. Porque yo soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol» (1 Cor 15, 8-9). De ahí que él ponga de relieve el carácter gratuito de su apostolado, y los efectos del mismo: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se me dio no resultó vana, antes bien, he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo» (1 Cor 15, 10; cfr 1 Cor 9, 1-2; Gal 2, 8). Como observa San Agustín, la posteridad en el tiempo viene compensada por el hecho de que es el mismo Cristo glorificado quien le llama, de modo que la autoridad del testimonio de Pablo es igual que la de los Doce (cfr Exp. in Gal, 2).
El fundamento de la autoridad apostólica de Pablo, por tanto, es la vocación recibida directamente de Jesucristo (cfr Act 9, 1-18). Por esto revela que él es apóstol no «de parte de los hombres», sino «por obra de Jesucristo y de Dios Padre». Al unir tan íntimamente, dentro de la misma frase, el nombre de Cristo y el de Dios Padre, el Apóstol defiende su autoridad fundamentándola en la voluntad de Jesucristo —como había ocurrido con los Doce— y en los planes salvíficos de Dios Padre.
Galates 1, 2
Sobre quiénes eran los gálatas y las particularidades de la iglesia de Galacia, vid. Introducción especial a las Epístolas de San Pablo a los Gálatas y a los Romanos, pp. 91-93.
Galates 1, 3
Sobre los dones de gracia y paz, cfr nota a Rom 1, 7.
Galates 1, 4
La muerte redentora de Cristo es causa eficaz de la expiación de nuestros pecados y —como consecuencia— nos hace libres de «este mundo perverso». Esta expresión indica —como muchas veces en el Evangelio de San Juan— el pecado y los poderes opuestos a Dios que actúan en la historia y aparecen como una realidad presente. De ellos es rescatado el hombre por la obra redentora de Cristo. El mundo en sí fue creado bueno, pero a causa del pecado se empañó su bondad original y, en la medida en que refleja la voluntad perversa humana, es ocasión de pecado. A través de la Redención «se ha revelado de un modo nuevo y más admirable la verdad fundamental sobre la creación que testimonia el Libro del Génesis cuando repite varias veces: ‘Y vio Dios que era bueno’ (cfr Gen 1) (...). En Jesucristo el mundo visible, creado por Dios para el hombre (cfr Gen 1, 26-30) —el mundo que, al entrar el pecado, ha quedado sujeto a la vanidad (Rom 8, 20; cfr Rom 8, 19-22; Gaudium et spes, nn. 2 y 13)—, adquiere nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del Amor» (Redemptor hominis, n. 8). El hombre empieza entonces a vislumbrar las cosas del cielo.
Es, según una comparación de San Jerónimo, como el pez que, levantado por el anzuelo del Pescador divino, pasa del abismo de este mundo a la palabra de Dios. «Pero no pasa lo mismo que en la naturaleza. Porque los peces mueren al ser sacados del mar, en cambio los Apóstoles nos sacaron del mar de este mundo, nos pescaron, para darnos la vida a los que estábamos muertos (...). Hemos comenzado a ver el sol, a ver la verdadera luz y emocionarnos de puro gozo en lo íntimo de nuestra alma» (Hom. a los neófitos sobre Ps 41). Con esta luz se puede mirar al mundo, redimido por Cristo, con optimismo, y descubrir todos los aspectos positivos que encierra, junto con la posibilidad de santificarlo y santificarse. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad desde dentro, estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene —no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado— de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica (Es Cristo que pasa, n. 125).
Galates 1, 6-9
En la conducta de los gálatas ha habido un cambio inesperado y rápido, ya que, apenas San Pablo había terminado de anunciar por segunda vez el Evangelio, algunos enemigos suyos se han presentado para desautorizar al Apóstol y han logrado convencer a los gálatas, sobre todo en lo concerniente a la circuncisión.
Ante la situación creada, el Apóstol expone con claridad y fortaleza que sólo hay un Evangelio, un único modo de obtener la salvación. «Aquellos quieren —explica San Jerónimo— mudar el Evangelio de Cristo, cambiarlo, trastocarlo: pero no pueden conseguirlo, pues ese Evangelio es de tal naturaleza que no puede ser verdadero si no es como es» (Comm. in Gal, 1, 7).
El contenido de la Revelación —el depósito de la fe— es intocable. Los Apóstoles, como dice su mismo nombre, han sido enviados para transmitir fielmente lo que a su vez han recibido (cfr 1 Cor 11, 23). Por eso, San Pablo encarecerá a sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, Tito y Timoteo, que guarden con esmero el conjunto de verdades que les ha enseñado (cfr 1 Tim 6, 20; 2 Tim 1, 14; Tit 1, 9; 2, 1; etc.).
Con gran fuerza inculca San Pablo la guarda del depósito de la fe y reacciona contra quienes pretenden adulterarlo. Contra éstos —como vemos en el texto— pronuncia las más graves palabras. Efectivamente, el intento de sustituir el verdadero Evangelio de Jesucristo por una doctrina distinta, merece el severo juicio que, en nombre de Dios, emite el Apóstol. Del mismo modo «la Iglesia, que recibió juntamente con el oficio apostólico de enseñar, el mandato de custodiar el depósito de la fe, tiene también divinamente el derecho y deber de proscribir (...) las opiniones que se reconocen como contrarias a la doctrina de la fe» (Dei Filius, cap. 4).
No cabe, pues, un «nuevo cristianismo» que haya de ser descubierto: «La economía cristiana, como alianza que es eterna y definitiva, no pasará jamás, y ya no hay que esperar nueva revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Nuestro Señor Jesucristo» (Dei Verbum, n. 5).
Galates 1, 10
Una de las acusaciones que dirigían contra San Pablo era que, para facilitar la conversión al cristianismo, buscaba agradar a los hombres, y que por ello no exigía a los gentiles la circuncisión. En realidad la única mira del Apóstol era servir a Cristo, cumpliendo la voluntad de Dios sin cuidarse del favor de los hombres. Para San Pablo, como decía San Juan Crisóstomo, «vivir del amor de Cristo era la vida, el mundo, el cielo, el bien presente, el reino, la promesa, el bien inconmensurable; fuera de esto no se preocupaba de clasificar las cosas en tristes o alegres, ni juzgaba agradables o desagradables ninguna de las cosas que se poseen en este mundo» (Hom. 2 de laudibus S. Pauli).
San Pablo puede afirmar que no le importaba que hubiera quienes no le comprendieran, quienes incluso rechazaran su doctrina. Tenía experiencia de la oposición que ofrecían a veces sus oyentes frente a las exigencias del Evangelio, pero esto no le llevó nunca a desvirtuar la realidad de la Cruz, para hacer más fácil de aceptar la verdad que anunciaba. Además, el seguir a Cristo le había acarreado la enemistad y la persecución de parte de los judíos (cfr Act 13, 50).
La conducta del Apóstol constituye un estímulo para vencer los respetos humanos. Aunque la vida cristiana choque a veces con el ambiente, debemos permanecer firmes en las exigencias de la fe. Por lo tanto, cuando en nuestra vida personal o en la de los otros advirtamos algo que no va, algo que necesita del auxilio espiritual y humano que podemos y debemos prestar los hijos de Dios, una manifestación clara de prudencia consistirá en poner el remedio oportuno, a fondo, con caridad y con fortaleza, con sinceridad. No caben las inhibiciones. Es equivocado pensar que con omisiones o con retrasos se resuelven los problemas (Amigos de Dios, n. 157).
Santa Teresa escribe a su vez: «Andamos procurando juntarnos con Dios por unión, y queremos seguir los consejos de Cristo cargado de injurias y testimonios, y queremos a la vez muy entera nuestra honra y crédito. No es posible llegar allá, que no van por un camino» (Libro de su vida, cap. 31). Para servir a Dios de verdad hemos de estar dispuestos a soportar la indiferencia y la incomprensión cuantas veces haga falta. Sin duda que has purificado bien tu intención cuando has dicho: renuncio desde ahora a toda gratitud y pago humanos (Camino, n. 789).
Galates 1, 11-12
«¿Qué he de hacer. Señor?» (Act 22, 10). preguntó San Pablo en el momento de su conversión. Le respondió Jesucristo: «Levántate, entra en Damasco y allí se te dirá lo que has de hacer» (Ibid.). El antiguo perseguidor, tocado por la gracia, recibirá la instrucción y el bautismo, por medio de un hombre —Ananías—, según las vías ordinarias de la Providencia. De este modo Jesucristo le hizo ejercitarse en la humildad, la obediencia y el abandono. El Evangelio predicado por San Pablo coincide con el que proclamaban los demás Apóstoles, y tenía ya el carácter de «tradición» en la Iglesia naciente (cfr 1 Cor 15, 3; Gal 2, 2). Todo esto no es obstáculo para que San Pablo pueda proclamar con verdad —como lo hace en los versículos que comentamos— que su Evangelio no viene de un hombre, sino de una revelación de Jesucristo. En primer lugar, porque al ver a Jesucristo resucitado, recibió la luz sobrenatural para entender que Jesús era no sólo el Mesías sino el Hijo de Dios; y porque además a esta primera revelación siguieron otras muchas a las que alude en sus epístolas (cfr 1 Cor 11, 23; 13, 3-8 y, sobre todo, 2 Cor 12, 1-4).
El caso de San Pablo fue singular, pues el modo ordinario de conocer el Evangelio de Cristo era recibirlo o aprenderlo de quienes habían sido testigos de su vida y de sus enseñanzas. Así ocurre, por ejemplo, con el evangelista San Lucas (cfr Lc 1, 2). También San Pablo sintió la necesidad de ir a Jerusalén y conocer allí la predicación directa de los Apóstoles (vid. más adelante 1, 16-18), sobre todo la de San Pedro.
Galates 1, 13-14
Por el libro de los Hechos de los Apóstoles conocemos el celo religioso de Saulo, que era fariseo, había estudiado a los pies de Gamaliel (cfr Act 22, 3; Phil 3, 5) y había presenciado, consintiendo, el martirio de Esteban (cfr Act 7, 58; 8, 1). Durante la persecución contra los cristianos Saulo se destacó por su afán en descubrir y encarcelar a los seguidores de Jesucristo, más allá incluso de los límites de Judea (cfr Act 9, 1-2). Era sin duda un hombre convencido de su fe judía, celoso cumplidor de la Ley, y orgulloso de ser hebreo (cfr Rom 11, 1; 2 Cor 11, 22). Tanto se hizo temer que los primeros cristianos no acababan de creer en su conversión (cfr Act 9, 26). Pero ese mismo ardor y apasionamiento era, según una comparación de San Agustín (cfr Contra Fausto, XXII, 70), como una selva impracticable, que siendo un gran obstáculo es, sin embargo, indicio de la fecundidad del suelo. El Señor sembró allí la semilla del Evangelio y los frutos fueron extraordinarios.
Así ocurrió con San Pablo; así puede volver a ocurrir con cada uno, por graves que sean sus faltas. Es la acción maravillosa de la gracia, que no cambia la naturaleza, sino que la sana y purifica, y luego la eleva y perfecciona: ¡Animo! Tú... puedes. —¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde..., con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz? (Camino, n. 483).
Galates 1, 15-16
En más de una ocasión se lee en la Escritura que Dios eligió a sus enviados cuando aún se encontraban en las entrañas maternas (cfr Ier 1, 5; Is 49, 1-5; Lc 1, 15; etc.). Se subraya así la iniciativa gratuita de Dios y la ausencia de méritos personales previos. La vocación es un don divino sobrenatural, que Dios nos ha preparado desde toda la eternidad. Cuando la voluntad divina se le manifestó en el camino de Damasco (cfr Act 9, 3-6), San Pablo no pidió consejo «a la carne ni a la sangre». Es decir, no consultó a ningún hombre, porque tenía la seguridad de que Dios mismo le había llamado. Tampoco quiso atender los consejos de la prudencia carnal, sino que fue generoso con el Señor. Su entrega fue inmediata, total y sin condiciones. Los Apóstoles, cuando escucharon la invitación de Jesús, dejaron las redes «al instante» (Mt 4, 20.22; Mc 1, 18) y siguieron al Maestro abandonando «todas las cosas» (Lc 5, 11). De la misma manera Saulo, el antiguo perseguidor, sirvió al Señor «enseguida». Si se dirigió a Ananías, en Damasco, fue por mandato expreso de Jesús, para ser instruido, recibir el bautismo y conocer cuál era su misión (cfr Act 9, 15-16).
La llamada divina, por tanto, exige una respuesta inmediata. «Considerad la fe y la obediencia de los Apóstoles —dice San Juan Crisóstomo—. Hallándose en medio de su trabajo (¡y bien sabéis qué atractiva es la pesca!) es cuando escuchan su mandato; entonces no vacilan ni pierden tiempo: no dijeron ‘vamos a volver a casa y a despedirnos de los parientes’. No, lo dejan todo y le siguen (...). Esa es la obediencia que Cristo nos pide: no interponer ni un minuto de dilación, por muy necesario que sea lo que nos pueda detener» (Hom. sobre San Mateo, 14,2). Y San Cirilo de Alejandría comenta; «Porque Jesús dijo también: ‘Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios...’, y miró hacia atrás el que pidió permiso de volver a su casa y hablar con los parientes. Pero vemos que no hicieron así los santos Apóstoles, sino que siguieron a Jesús dejando enseguida la barca y los padres. También Pablo ‘enseguida, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre’. Así han de ser los que quieren seguir a Cristo» (Commentarium in Lucam, 9).
El seguimiento de Cristo se impone también, aun en el caso de que los parientes se opongan abiertamente o quieran aplazar la decisión definitiva, tal vez movidos por la prudencia de la carne: «Se debe honrar a los padres, pero a Dios se le debe obedecer. Hay que amar a quien nos engendró, pero hay que dar el primer lugar al que nos creó», dice con fuerza San Agustín (Sermo 100).
Ni siquiera la inseguridad acerca de la perseverancia al ver nuestras debilidades nos puede detener ni preocupar, más bien se debe pedir ayuda con toda confianza, porque, como enseña el Concilio Vaticano II, cuando el Señor llama hay que responder «de forma que sin atender a la carne y a la sangre, se vincule uno totalmente a la obra del Evangelio. Pero no puede darse esta respuesta sin la moción y la fortaleza del Espíritu Santo. Por eso el que ha sido llamado debe prepararse a perseverar firme en su vocación durante toda su vida, estar dispuesto a renunciar a todo lo propio para hacerse así todo para todos» (Ad gentes, n. 24).
Galates 1, 17-20
Después de una temporada de penitencia y de meditación, San Pablo marchó a Jerusalén (cfr Act 9, 26-30) para ver a Cefas, es decir, a Pedro. Es muy significativa la estancia de quince días junto a Pedro, señal del reconocimiento y veneración que Pablo tenía hacia el que fue elegido como piedra y fundamento de la Iglesia.
Pasada la generación de los Apóstoles, a lo largo de los siglos los cristianos han manifestado su amor a Pedro y a sus sucesores, acudiendo —muchas veces con grandes esfuerzos y peligros— a Roma: Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu ‘romería’, ‘videre Petrum’, para ver a Pedro (Camino, n. 520). La unión y veneración al Romano Pontífice es, pues, una manifestación, clara y práctica, de buen espíritu cristiano.
«Santiago, el hermano del Señor» (cfr notas a Mt 12, 46-47 y 13, 55) es, según la opinión más generalizada, Santiago el Menor (cfr Mc 15, 40), llamado también el de Alfeo (cfr Lc 6, 15), y autor de la carta que lleva su nombre (cfr Iac 1, 1).
Chapitre n°2
Galates 2, 1-10
San Pablo había finalizado su primer viaje apostólico volviendo a Antioquía de Siria, de donde había partido. Sabemos que la comunidad cristiana de aquella ciudad, encrucijada importante de culturas y razas, había surgido como consecuencia providencial de la dispersión de los fieles de Jerusalén que siguió al martirio de Esteban (cfr Act 11, 19-26). Algunos cristianos huidos de Jerusalén habían llevado allí la nueva fe, pero se habían limitado a predicar y a convertir a los judíos. Luego, por obra de otros cristianos que pertenecían al judaísmo de fuera de Palestina, llamado de la diáspora, empezaron a sumarse a la nueva religión también los paganos. Bernabé había recibido el encargo por parte de la iglesia de Jerusalén de organizar la naciente comunidad cristiana de Antioquía (cfr Act 11, 19-24). Más tarde escogió como colaborador suyo a Pablo, que vivía retirado en Tarso (cfr Act 11, 25-26).
Los discípulos de Antioquía, donde por primera vez recibieron el nombre de «cristianos», pertenecían a todas las condiciones étnicas y sociales. La breve lista de los nombres de «profetas y doctores» de la iglesia antioquena (cfr Act 13, 1-3) nos hace ver la variedad que había entre ellos: unos eran de origen africano, como Simón «el Negro», otros del Mediterráneo occidental y de cultura romana, como Lucio de Cirene; había de la familia de Herodes, como Manahén; judíos de las comunidades fuera de Palestina, como los mismos Bernabé y Saulo.
En el marco de esta variedad de origen, algunos cristianos procedentes del judaísmo pensaban que los paganos convertidos al cristianismo tenían que someterse a las prescripciones de la Ley mosaica (junto con las aplicaciones que la tradición judía había ido añadiendo), y, como puerta de entrada al pueblo elegido, exigían que esos convertidos del paganismo fueran circuncidados, como todos los judíos.
Cuando esos «judaizantes» que llegaron de Jerusalén (cfr Act 15, 1), afirmaron que la circuncisión era necesaria para la salvación, se trató de decidir algo más que el simple acatamiento a la Ley de Moisés: la Redención obrada por Cristo ¿bastaba para alcanzar la salvación, o seguía siendo necesario incorporarse al pueblo israelita con todas sus exigencias rituales?
El problema tuvo que provocar una división considerable. Act 15, 2 nos habla de una oposición y controversia «no pequeña». En esta situación indudablemente dolorosa, el texto de Gálatas nos muestra que Pablo se decidió a intervenir movido por una revelación de Dios. Se trataba de afirmar de modo inequívoco la fuerza salvadora de la redención de Cristo. Es decir, no hacía falta la circuncisión ni, por tanto, someterse a las prolijas prescripciones rituales del judaísmo. Pablo expuso en Jerusalén «el Evangelio» que anunciaba entre los Gentiles. Junto con él fue Bernabé, y un joven discípulo hijo de padres paganos, Tito, tal vez bautizado por el mismo Apóstol (cfr Tit 1, 4, donde le llama «hijo amado»), y que sería después uno de sus más fieles colaboradores.
Galates 2, 1
Desde su conversión hasta la fecha en que fue redactada esta carta, San Pablo realizó tres viajes a Jerusalén (cfr Act 9, 26; 11, 29-30; 15, 1-6). De estos tres viajes aquí habla sólo del primero y del tercero, omitiendo la breve estancia en Jerusalén con Bernabé (cfr Act 11, 29-30) por su escaso relieve.
Las exigencias de los judaizantes eran inadmisibles y claramente peligrosas. Por eso Pablo y Bernabé se opusieron abiertamente ya en Antioquía y, al no conseguir la tranquilidad y la unión, se hizo preciso marchar a la Ciudad Santa, para que los mismos Apóstoles y los presbíteros residentes en Jerusalén decidieran lo que había que hacer.
Galates 2, 3-5
Los «falsos hermanos» eran algunos cristianos procedentes del judaísmo, que no sólo creían necesario para salvarse el rito de la circuncisión y demás prescripciones acumuladas a la Ley de Moisés, sino que también obligaban a ello a los cristianos procedentes de la gentilidad. Tanto la postura teórica como la práctica de esos «falsos hermanos» se presentaba para San Pablo como un gravísimo error en la fe y un peligro no menor para la conducta cristiana: aceptar la postura de tales judaizantes era condicionar el valor redentor de la Vida, Muerte y Resurrección de Jesús. Aunque ellos no se percataran de las consecuencias, era quedarse en la misma situación de la historia salvífica anterior a la redención operada por Cristo. Los judaizantes sostenían firmemente que para ser cristiano había que incorporarse previamente a la religión judía y cumplir todas sus prescripciones. No habían entendido que Jesucristo nos ha liberado también de la esclavitud que conllevaba la Antigua Ley. Por eso, en estos versículos, recuerda San Pablo que no transigió con esos «falsos hermanos», y que su actitud era la correcta, puesto que ni siquiera Tito fue obligado a circuncidarse en Jerusalén, donde este grave problema había sido planteado ante los Apóstoles.
Galates 2, 6-9
La frase «los que parecían ser algo» puede dar la impresión de un cierto tono de ironía, pero por el contexto se advierte que San Pablo acepta rendidamente esa autoridad. Es como si dijera: toda autoridad viene de Dios, y si Él escoge a algunos, los escoge sin hacer «acepción de personas». Por eso no importa la estima o el aprecio humano, si uno parece mucho o poco, sino la misión encomendada por Dios.
Los que hacían cabeza, las «columnas» de la Iglesia, vieron en la misión recibida por Pablo una nueva manifestación de la misericordia divina. Así como Pedro había sido elegido para predicar preferentemente a los judíos. Pablo por su parte había sido designado para evangelizar a los gentiles.
Esta distinción, por supuesto, no quería decir que San Pedro o San Pablo tuvieran un ámbito exclusivo de predicación. En realidad, podían predicar, y así lo hicieron, tanto a paganos como a judíos, de forma indistinta. Lo único que se pretendió fue determinar la tarea concreta a que cada uno se debía dedicar inmediatamente.
Galates 2, 6
El verbo original de la frase «ninguna corrección me hicieron» quiere decir literalmente «añadieron» o «impusieron» en el sentido de alguna prescripción o carga. La frase, por tanto, puede ser leída de la siguiente manera: porque los que gozaban de autoridad no me impusieron ninguna obligación, ni hicieron ninguna corrección a mi doctrina o a mi modo de actuar.
Galates 2, 10
El libro de los Hechos nos manifiesta la preocupación de la primitiva Iglesia por atender las necesidades materiales de sus hijos. Esto se pone de relieve, por ejemplo, cuando nos habla del llamado «servicio de las mesas», que no era otra cosa que una labor asistencial a los necesitados. Esta actividad se hizo cada vez más absorbente y requirió el nombramiento de los siete diáconos, con el fin de que los Apóstoles se pudiesen dedicar a su tarea propia y especifica: la oración y el ministerio de la palabra o predicación (cfr Act 6, 1-6).
San Pablo cumplió el encargo de los Apóstoles de no olvidarse de promover colectas en favor de los pobres, como consta por la frecuencia con que aparece en sus escritos este tema (cfr 1 Cor 16, 1-3; 2 Cor 8, 1-15; 9, 15; etc.). Precisamente una de las razones de su último viaje a Jerusalén fue la de entregar el importe de la colecta en las comunidades cristianas de Grecia y Asia Menor.
Galates 2, 11-14
En su trato con los judíos. San Pablo había cedido algunas veces en lo accesorio, con tal de poder mantener lo esencial del Evangelio: hizo circuncidar a Timoteo, que era de madre judía, «a causa de los judíos que había en aquellos lugares» (Act 16, 3), y se sometió él mismo a algunas prácticas para disipar sospechas y recelos (cfr Act 21, 22-26). De igual modo aconseja paciencia y comprensión con los «débiles» en la fe, es decir, con aquellos cristianos de procedencia judía, que mantenían algunas costumbres judaicas relativas a los días de ayuno, a los alimentos puros e impuros y a la carne de los animales inmolados a los ídolos (cfr Rom 14, 2-6; 1 Cor 10, 23-30). Pero cuando se trataba del tema capital de la libertad de los cristianos respecto de la Ley mosaica, el Apóstol se manifestó siempre firme, apoyándose en la decisión del concilio de Jerusalén.
La corrección de Pablo a Pedro no iba en contra de la autoridad de éste. Por el contrario, si se hubiera tratado de un personaje cualquiera, quizá el Doctor de las Gentes no hubiera actuado; pero al tratarse de Cefas, es decir, de la «piedra» de la Iglesia, era preciso intervenir decididamente para evitar la impresión de que los cristianos procedentes de la gentilidad estaban obligados a someterse a la manera de vivir de los judíos.
El episodio, lejos de empañar la santidad y la unidad de la Iglesia, demuestra la admirable unión espiritual entre los Apóstoles, la estimación de San Pablo hacia la cabeza visible de la Iglesia, y la gran humildad de Pedro para rectificar. Por eso dice San Agustín: «Quien era reprendido era más digno de admiración y más difícil de imitar que su propio reprensor (...). Esto sirve como extraordinario ejemplo de humildad, que es la más grande de las enseñanzas cristianas, pues por la humildad se conserva la caridad» (Exp. in Gal, 15).
Galates 2, 12
Cuando se afirma que los judaizantes eran «los que estaban con Santiago», no se quiere decir que hubieran sido enviados por este apóstol. Se quiere señalar más bien que venían de Jerusalén, donde después de la persecución de Herodes Agripa y la forzosa fuga de San Pedro (cfr Act 12, 17), Santiago el menor quedó como obispo de aquella iglesia. Lo que sí es probable es que estos cristianos, que no habían abandonado la Ley mosaica y las prescripciones judías, se ampararan bajo el nombre de este apóstol, «hermano del Señor», que gozaba de una veneración y de un respeto indiscutidos.
Galates 2, 15
San Pedro, San Pablo y los demás apóstoles son de raza hebrea, pertenecientes por tanto al Pueblo santo de Dios. A pesar de ello han considerado que no podían obtener la salvación mediante el cumplimiento de la Ley mosaica, «ya que por las obras de la Ley ningún hombre será justificado» (v. 16; cfr Rom 3, 21-26).
Galates 2, 16
«Toda aquella observancia de las sombras —comenta San Agustín— debía terminar insensiblemente y poco a poco, según iba creciendo la sana predicación de la gracia de Cristo (...), dentro de la época de aquella generación de judíos que vieron la presencia corporal del Señor y vivieron los tiempos apostólicos. Esto bastaba para asegurar que esas prácticas no debían ser prescritas como detestables ni como idolátricas. Pero no debían tampoco mantenerse más tiempo, para que no las creyeran necesarias, como si la salvación viniese de ellas o no pudiera darse sin ellas» (Epístola 82, II, 15).
Podemos distinguir como tres tiempos en la observancia de las prescripciones judaicas. Un tiempo anterior a la Pasión de Cristo, cuando los preceptos legales estaban «vivos», es decir, eran de obligado cumplimiento. Otro tiempo, entre la Pasión de Cristo y la difusión de la predicación apostólica, cuando los preceptos ya no eran obligatorios, habían «muerto» pero no eran todavía mortales: los judíos conversos podían observarlos, con tal de no poner en ellos su esperanza, porque la esperanza era ya Jesús. El tercer tiempo corre a partir de la difusión de la verdad y de la gracia de Cristo. En este tiempo, que es también el nuestro, observar los preceptos judaicos como medio de salvación, equivale a negar la fuerza redentora de Cristo; y por ello tales preceptos pueden llamarse «mortales» (cfr Comentario sobre Gal, ad loc.).
San Agustín utiliza una comparación muy expresiva: los antiguos «sacramentos» de la Ley quedaron, al llegar la fe en Cristo, como unos difuntos a los cuales se debe respeto y honor. Habían de ser enterrados con todos los ritos necesarios, no por simulación, sino religiosamente. No podían ser abandonados de repente, como exponiéndolos a la voracidad de las alimañas. Pero un cristiano, si quisiera ahora mantenerlos en vigor, «levantando las cenizas dormidas, no sería un hijo piadoso o un pariente que acompaña a la tumba, sino un profanador impío de sepulturas» (Epístola 82, ibid.).
Galates 2, 17-18
San Pablo, para resaltar aún más que la justificación viene sólo de la fe en Jesucristo, y no de las prácticas de la Ley mosaica, se plantea una objeción falsa que inmediatamente refuta. Podríamos explicarla así: si nosotros —dice San Pablo—, los cristianos procedentes del judaísmo, porque estamos convencidos de que solo la fe en Cristo puede justificarnos, no cumplimos la Ley mosaica, según esto podría decirse que nos encontramos en la misma situación que los gentiles que son pecadores. Esto significaría que la fe en Cristo nos ha inducido a pecar. Por tanto, podríamos preguntar: ¿es que «Cristo es ministro del pecado»? El Apóstol rebate enérgicamente ese razonamiento absurdo. Si volviéramos ahora a la observancia de la Ley mosaica —viene a decir San Pablo—, daríamos a entender que el haberla abandonado, al abrazar la fe en Cristo, nos ha hecho pecadores y que Cristo habría sido el causante, el ministro del pecado.
Galates 2, 19-20
Por medio del sacramento del Bautismo nos hemos unido a Jesucristo con una unión que supera, con mucho, la simple unión del afecto: hemos sido crucificados con Él, muriendo con Él al pecado para resucitar a una, nueva vida (cfr nota a Rom 6, 3-8). Esta nueva vida exige un nuevo modo de actuar, sobrenatural, que va afianzándose con la ayuda de la gracia, y perfecciona el comportamiento del hombre, que ya no es así puramente natural. El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus, no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (...), de manera que pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo! (Es Cristo que pasa, nn. 103 y 104).
La vida en Cristo de la que habla aquí el Apóstol no es sólo un sentimiento, sino una verdadera realidad de la gracia, ya que «el alma de Pablo estaba entre Dios y su cuerpo: el cuerpo vivía y se movía por acción del alma de Pablo, pero su alma vivía por obra de Cristo. Por esto, hablando de la vida de la carne, que él mismo vivía, San Pablo dice ‘la vida que vivo ahora en la carne’; pero, en relación con Dios, era Cristo el que vivía en Pablo, y por esto dice ‘vivo en la fe del Hijo de Dios’, por la cual habita en mí y me mueve» (Comentario sobre Gal, ad loc.). Por esto puede añadir el mismo Apóstol «mihi vivere Christus est, para mí vivir es Cristo» (Phil 1, 21).
Todo esto es consecuencia del amor de Cristo que se entregó voluntariamente a la muerte por cada uno de nosotros. Lo mismo que San Pablo, podemos descubrir, mediante la fe, que la Pasión de Cristo nos afecta personalmente. Y de la fe brotará el amor que «tiene la fuerza de conseguir la unión (...), hace salir a los que aman del propio sitio, y no los deja ser como son, sino que los transforma en lo que aman» (De divinis nominibus, 4). Es una experiencia común que el hombre vive en relación con aquello en que tiene centrado su afecto y de lo que recibe gozo. Los hombres con afición al estudio o a la caza dicen que esas actividades son «su vida». De manera semejante, si un hombre vive buscando sólo su interés, vive para sí. Si, en cambio, busca el bien de los demás, se dice que vive para ellos. Por tanto, si amamos a Cristo y nos unimos a Él, viviremos «por Él», de una manera tanto más profunda cuanto más profundo es el amor. «¿Amas la tierra? —exclama San Agustín—. Serás tierra. ¿Amas a Dios? ¿Qué voy a decir? ¿Que serás dios? No me atrevo casi a decirlo, pero te lo dice la Escritura: ‘Yo dije sois dioses, y todos hijos del Altísimo’ (Ps 81, 6)» (In Epist. Ioann. ad Parthos, II, 14).
Esta profunda realidad espiritual nos moverá a entregarnos con amor a la lucha ascética: «Corramos, pues, con ánimo esforzado a la pelea, mirando a Jesús crucificado, que desde la Cruz nos brinda su auxilio y nos promete la victoria y la corona. Si en lo pasado caímos, fue por no haber mirado las llagas y las ignominias que nuestro Redentor padeció y por no haberle pedido su ayuda. En cuanto a nuestro futuro, no dejemos de tener ante la vista lo que padeció por nosotros y qué dispuesto se halla a socorrernos (...), y así saldremos con seguridad triunfantes de nuestros enemigos» (Práctica del amor a Jesucristo, 3).
Chapitre n°3
Galates 3, 1-14
El Apóstol llama «insensatos» a los gálatas, no llevado de la indignación por su conducta, sino movido por el amor que les tenía. Este amor le hace sufrir porque se han olvidado de que la salvación viene sólo de Jesucristo y no de la Ley. Los gálatas mismos, en efecto, son testigos de que han recibido la justificación sin oír hablar siquiera de la Ley, puesto que han recibido el Espíritu Santo antes de la llegada de los de Jerusalén (vv. 1-5). Basta que recuerden los carismas que se han manifestado entre ellos: las «cosas tan grandes», los «milagros» que son manifestación del Espíritu (cfr 1 Cor 12-14).
Por otra parte está el ejemplo de Abrahán (vv. 6-9; cfr Rom 4). El Señor le prometió la bendición para su descendencia, estableció con él una alianza y le justificó no por las obras de la Ley, que no había sido aún promulgada, sino por su fe. De la misma forma, todos los que han creído y creerán en Dios como Abrahán serán de verdad descendientes suyos y recibirán también la bendición divina.
Por último la Ley mosaica, lejos de traer la salvación, es causa más bien de la muerte espiritual, en cuanto que todo precepto lleva consigo la pena que se deriva de su incumplimiento (vv. 10-14; cfr Rom 7, 7-12). El Señor nos libró de la maldición de la Ley al cargar voluntariamente con el castigo que merecía el pecado del hombre (cfr Is 53, 4; Mt 8, 17; Rom 3, 21-26; 5, 6-10). Acatar, por tanto, de nuevo la Ley equivaldría a considerar que el sacrificio de nuestro Redentor fue innecesario y superfluo.
Galates 3, 1
San Pablo se preciaba de predicar a Cristo crucificado, aunque era consciente de que ello constituía un escándalo para los judíos y una locura para los paganos (cfr 1 Cor 1, 23). Pero el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo era la esencia misma de la predicación de los Apóstoles (cfr Act 2, 22-24; 3, 13-15; etc.), ya que en estos misterios está encerrada toda posibilidad de vida y salvación eterna. Por esto —añade el Apóstol— para los creyentes, Cristo crucificado, lejos de ser una locura, es la fuerza y la sabiduría de Dios.
Pablo supo probablemente describir con tal fuerza, eficacia y emoción el Sacrificio de Nuestro Señor que su imagen se quedó grabada en la memoria de los buenos gálatas. Ahora los judaizantes son como unos embaucadores que logran «fascinar» a los ingenuos y distraer su mirada: ya no miran a Cristo en la Cruz, sino las obras que ellos hacen.
La amonestación de San Pablo es una invitación a volver los ojos al gran signo que sintetiza todo el cristianismo: la imagen de Cristo en la Cruz, que desde la época apostólica preside altares y retablos, lugares de trabajo y de descanso.