Hébreux 7, 20-22
El tercer motivo de la superioridad del sacerdocio de Cristo es que su sacerdocio ha sido sellado con un juramento (cfr Heb 9, 15-18). De modo implícito se repite lo dicho a propósito de la promesa hecha a Abrahán (6, 13-18): el juramento de Dios da una seguridad absoluta ya que quien lo pronuncia es la misma Verdad y llama como testigo a la Verdad suprema. Se cita de nuevo el Salmo 110, 4 pero ahora centrándose en el juramento: «Juró el Señor y no se arrepentirá (literalmente, no cambiará de idea)». El autor de Hebreos, al desarrollar su argumentación, se apoya en el Salmo considerando uno u otro de sus aspectos. En primer lugar se apoya en «Tú eres sacerdote (...) según el orden de Melquisedec» para demostrar que el sacerdocio de Cristo es distinto y superior al sacerdocio levítico. Luego comenta las palabras «Tú eres sacerdote para siempre», para oponer la eternidad del sacerdocio de Cristo a la contingencia y caducidad del sacerdocio judío. Por último se centra en «juró el Señor y no se arrepentirá» para poner en evidencia la fuerza y la eternidad de la decisión divina.
Hébreux 7, 22
«Mediador de una alianza más perfecta»: Cristo es mediador (cfr 8, 6; 9, 15; 12, 24) porque es sacerdote, ya que todo sacerdote es constituido mediador entre Dios y los hombres (cfr 1 Tim 2, 5; Heb 5, 1). El sacerdocio de Cristo es superior al sacerdocio levítico porque ha sido establecido con un juramento mientras que el levítico no. Puesto que la alianza o Ley está vinculada al sacerdocio, la Nueva Alianza es también «mejor» que la Alianza Antigua. «En efecto, es propio del mediador poner de acuerdo los dos extremos. Y Cristo nos trajo los bienes divinos, ya que por Él hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina (cfr 2 Pet 1, 4) (...). En la Antigua Alianza se prometían además unos bienes temporales; aquí, en cambio, eternos» (Comentario sobre Heb, 7, 2).
Hébreux 7, 23-25
El sacerdocio de Cristo es eterno. Así como Melquisedec no tiene «fin de vida», así el Hijo de Dios permanece sacerdote para siempre. Mientras los levitas son unos hombres mortales. Cristo no ha sido constituido sacerdote según las normas de una ley carnal sino según «el poder de una ley indestructible», por esto se puede decir de verdad que es sacerdote «para siempre». Y es lógico que sea así ya que la muerte es consecuencia del pecado, y Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Además, la muerte obliga a multiplicar el sacerdocio de los hombres para asegurar su permanencia, en cambio la eternidad del sacerdocio de Cristo hace innecesario otro sacerdocio. Comenta Santo Tomás que se demuestra que Cristo es verdadero y perfecto Sacerdote, en el sentido estricto de la palabra, porque a los sacerdotes judíos les era imposible hacer siempre de mediadores, ya que no permanecían a causa de la muerte sino que habían de morir. Muy distinto es el caso de los sacerdotes cristianos porque no son ellos propiamente los mediadores. Hay un sólo Mediador, Jesucristo, y ellos simplemente son representantes suyos y actúan en su nombre. Entre Cristo y los levitas hay la misma relación que entre lo perfecto, que es necesariamente uno, y lo imperfecto, que es siempre múltiple: «Las cosas incorruptibles no tienen necesidad de reproducirse (...). Cristo es inmortal. Como Verbo eterno del Padre, en efecto, permanece para siempre, ya que su eternidad divina se transmite a su cuerpo, porque Cristo ‘resucitado de entre los muertos ya no muere más’ (Rom 6, 9). Por eso ‘como permanece para siempre posee un sacerdocio perpetuo’. Luego sólo Cristo es verdadero Sacerdote, los demás son ministros suyos» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
La eternidad del sacerdocio de Cristo es un poderoso motivo de confianza, como señala San Juan Crisóstomo: «Es como si el Apóstol dijera: No temáis, ni digáis que nos ama y tiene la confianza total del Padre, pero que no puede vivir siempre. Al contrario, ¡vive para siempre!» (Hom. sobre Heb, 13). Confiamos, pues, en Cristo Sacerdote porque su sacerdocio es una manifestación permanente del amor de su Corazón por todos los hombres: «Cristo vivo nos sigue amando todavía ahora, hoy, y nos presenta su corazón como la fuente de nuestra redención: Semper vivens ad interpellandum pro nobis (Heb 7,25). En todo momento nos envuelve, a nosotros y al mundo entero, el amor de este corazón ‘que tanto ha amado a los hombres y que es tan poco correspondido por ellos’» (Hom. Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, París 1-VI-1980).
El sacerdocio de Cristo es manifestación de su Amor, del cual no se puede separar, y puesto que su Amor es eterno, eterno también será su sacerdocio con toda la riqueza de manifestaciones de su Amor redentor. Luego, en primer lugar, su sacerdocio es eterno porque está vinculado a la Encarnación que es eterna; en segundo lugar porque la misión de Cristo es la de salvar a todos los hombres de todos los tiempos y no simplemente de ayudarlos con su doctrina y su ejemplo; en tercer lugar porque Cristo sigue estando presente —como dice San Efrén— no en las víctimas de los sacrificios del culto mosaico, sino en las oraciones de la Iglesia (cfr Com. in Epist. ad Haebr, ad loc.), especialmente en la eficacia permanente del sacrificio de la Cruz constantemente renovado en la Santa Misa, y en el rezo del oficio divino. Por último porque el sacrificio de Cristo se perpetúa hasta el fin de los tiempos, en el sacerdocio ministerial cristiano, ya que obispos y presbíteros «en virtud del sacramento del orden han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, Sumo y eterno Sacerdote (cfr Heb 5, 1-10; 7, 24; 9, 11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino» (Lumen gentium, n. 28).
Cristo no sólo intercedió por nosotros aquí en la tierra, sino que sigue intercediendo desde el Cielo: «Este para siempre indica un gran misterio —observa San Juan Crisóstomo—. No sólo aquí —dice—, sino también allí, en el Cielo; no sólo aquí y por un tiempo, sino también allí en la vida eterna» (Hom. sobre Heb, 13). El texto inspirado, al decir que Cristo «intercede» por nosotros, señala que Cristo «sale al encuentro, se dirige al Padre, presenta un ruego o demanda», como si Cristo fuera un abogado nuestro delante del Padre, una ayuda, un defensor (un «paráclito», cfr 1 Ioh 2, 1). Pero ¿en qué sentido sigue intercediendo por todos ya que no puede merecer más de lo que ya hizo en la tierra? Intercede —contesta Santo Tomás— en primer lugar presentando de nuevo al Padre su Humanidad, con las gloriosas señales de su Pasión, y luego expresando el gran amor y deseo de su Alma de conseguir nuestra salvación (cfr Comentario sobre Heb, 7, 4). Cristo, por decirlo de algún modo, sigue ofreciendo al Padre el sacrificio de su paciencia, de su humildad, de su obediencia y de su amor. Por esto siempre podemos acercarnos a Él para encontrar salvación: Por Cristo y en el Espíritu Santo, el cristiano tiene acceso a la intimidad de Dios Padre, y recorre su camino buscando ese reino, que no es de este mundo, pero que en este mundo se incoa y prepara.
Hay que tratar a Cristo, en la Palabra y en el Pan, en la Eucaristía y en la Oración. Y tratarlo como se trata a un amigo, a un ser real y vivo como Cristo lo es, porque ha resucitado. Cristo, leemos en la epístola a los Hebreos, como siempre permanece, posee eternamente el sacerdocio. De aquí que puede perpetuamente salvar a los que por medio suyo se presentan a Dios, puesto que está siempre vivo para interceder por nosotros (Heb VII, 24-25) (Es Cristo que pasa, n. 116).
Hébreux 7, 26-28
Estos últimos versículos corresponden a una elevada exaltación de Cristo que resume y completa todo lo anterior. Cristo es declarado «santo, inocente, inmaculado», es decir, sin ningún pecado, lleno de piedad hacia Dios Padre, justo y fiel. Con palabras parecidas la Sagrada Escritura nos presenta a unos hombres de eminente santidad, como Zacarías e Isabel (cfr Lc 1, 6), Simeón, «justo y temeroso de Dios», José de Arimatea (cfr Lc 23, 50), el centurión Cornelio (cfr Act 10, 22), etc. Esta alabanza de Cristo aquí, sin embargo, insinúa una perfección superior a la humana. Cristo es, al mismo tiempo, «separado de los pecadores», no en el sentido de que rehuyera su trato o los despreciara, ya que, al contrario, sabemos que los fariseos le calumniaban diciendo: «Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11, 19) y «Éste recibe a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 2; cfr Mt 9, 10-13 y par.; Lc 7, 34); sino porque no podía tener pecado, porque el pecado en su naturaleza humana es absolutamente incompatible con la santidad de la única Persona que es Cristo: el Verbo divino. Él es, pues, el perfecto cumplimiento de los antiguos requisitos para ser sacerdote del Dios verdadero (cfr Lev 21, 4.6.8.15). Cristo, finalmente, también en cuanto hombre, ha sido «encumbrado por encima de los cielos» no sólo desde el punto de vista moral, por su excelsa santidad, sino también corporalmente en su gloriosa Ascensión (cfr Act 2, 33-36; 10, 42), y es, por lo tanto, el «Hijo perfecto para siempre».
«¿Qué era Jesucristo? —se pregunta San Alfonso—. Era, como responde San Pablo, santo, inocente, inmaculado y, por decirlo mejor, era la misma santidad, la misma inocencia y la misma pureza...» (Novena de Navidad, 4). Y con palabras muy bellas celebra su sacerdocio San Fulgencio de Ruspe: «Él es quien en Sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, Él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; Él mismo, Dios y el templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos; el sacrificio que nos reconcilia; el templo en que nos reconciliamos; el Dios con quien nos hemos reconciliado. Ten, pues, por absolutamente seguro y no dudes en modo alguno, que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios en olor de suavidad como sacrificio y hostia; el mismo en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían en tiempos del antiguo testamento sacrificios de animales; y a quien ahora, o sea, en el tiempo del testamento nuevo, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa Iglesia católica no deja nunca de ofrecer por todo el universo de la tierra el sacrificio del pan y del vino, con fe y caridad» (De fide ad Petrum, 22).
La grandeza del sacerdocio de Cristo sirve de estímulo, de motivo de esperanza y de santo orgullo, a los sacerdotes del Nuevo Testamento puesto que «todo sacerdote, a su manera, representa la persona del mismo Cristo, y es también enriquecido de gracia particular para que mejor pueda alcanzar, por el servicio de los fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la perfección de Aquél a quien representa. Así, la flaqueza de la carne humana es curada por la santidad de Aquél que fue hecho para nosotros pontífice santo, inocente, sin mácula y separado de los pecadores» (Presbyterorum ordinis, n. 12). Por todo esto San Pío X al dirigirse a los sacerdotes escribió: «Debemos, pues, representar la persona de Cristo y cumplir la misión que se nos ha confiado, de modo tal, que consigamos el fin que Él se propuso (...).
»Estamos obligados, como amigos, a tener los mismos sentimientos que Jesucristo, que es santo, inocente e inmaculado (Heb 7, 26). En cuanto embajadores suyos, estamos obligados a ganar el espíritu de los hombres para su ley y para su doctrina, comenzando por observarlas nosotros mismos; en cuanto que participamos de su poder, estamos obligados a librar a las almas de los lazos del pecado, y hemos de evitar con todo cuidado no caer nosotros mismos en ellos» (Haerent animo, n. 5).
Chapitre n°8
Hébreux 8, 1-2
Se anuncia con solemnidad «lo más importante» o central de la epístola: la superioridad del sacerdocio de Cristo. Une lo que había ya dicho en 1, 3 —la entronización de Cristo a la diestra de la Majestad— con lo que expondrá más adelante (caps. 9 y 10) acerca del nuevo Templo y del nuevo culto. En Cristo encuentra su perfección y su acabamiento toda la Antigua Alianza que rendía culto a Dios por medio de sacrificios y ofrendas; a partir de Cristo empieza la Nueva Alianza que posee un nuevo Sacrificio y un nuevo Templo. Poco a poco la consideración del sacerdocio del culto mosaico deja lugar a la del nuevo culto de Cristo.
No es simplemente que un templo de piedra haya sido sustituido por otro o por muchos. El antiguo Templo ha sido reemplazado por un Santuario celestial, el Cielo mismo. Por eso tiene tanta importancia la Ascensión del Señor y su entronización a la diestra del Padre, porque es la entrada definitiva de la Humanidad Santísima de Jesucristo en su verdadero Templo, no hecho por manos de hombre. Así se entiende mejor en qué sentido el Templo de Jerusalén y su culto fueran una sombra de las realidades futuras.
Cristo ostenta, pues, el sacerdocio verdadero y definitivo, ya que ejerce su ministerio en el Santuario del Cielo, donde está sentado a la derecha del Padre. Por razón de este ministerio celestial de Cristo se confirma, una vez más, la superioridad de su sacerdocio. En primer lugar porque está sentado a la derecha de la Majestad en los cielos (cfr Ps 110, 1), donde por Majestad se debe entender la misma sustancia divina, ya que es una manera de nombrar a Dios (cfr el «trono de la gracia» de 4, 16). Además, el «trono de la Majestad» equivale a la potestad suprema de gobernar y de juzgar. Así aparece en las descripciones del juicio final: «Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria» (Mt 25, 31; cfr Apc 3, 21; 20, 11; Mt 19, 28; etc.). Por otra parte Cristo desarrolla su ministerio en un nuevo Santuario y en un nuevo Tabernáculo, que son «verdaderos» en oposición al Santuario y al Tabernáculo de Moisés que no eran más que una «imagen». La liturgia de la tierra es una imagen de la verdadera liturgia del Cielo, que es la continuación eterna del sacerdocio de Cristo en la presencia del Padre, porque «en la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero» (Sacrosanctum Concilium, n. 8).
Varios Padres piensan que el Santuario y el Tabernáculo verdaderos representan a la Iglesia, entendida en su totalidad, como Iglesia militante y triunfante. Y San Cirilo de Alejandría, por ejemplo, señala en una de sus obras: «Por medio de Moisés fue levantado en el desierto el antiguo Tabernáculo, y era sumamente apto para ejercer todas las ceremonias sagradas de la Ley. Pero la mansión que conviene a Cristo es la ciudad de arriba, es decir, el Cielo, la Tienda divina que no es fruto de la habilidad humana, sino que es sagrada y engendrada por Dios. Cristo, allí establecido, ofrece a Dios Padre a los que creen en Él, santificados por el Espíritu» (Explicación de la Epístola a los Hebreos, fragm.).
Hébreux 8, 3-6
Para establecer las relaciones entre las realidades celestiales y terrestres el autor acude —como no puede ser de otra manera— a la analogía y a la metáfora. Teniendo esto en cuenta, no pueden interpretarse las palabras de este pasaje en el sentido de que Jesucristo solamente en el Cielo haya consumado su sacrificio, porque el sacrificio del Calvario ha sido único y completo. Lo que enseñan estos versículos es que, en el Cielo, Cristo, Sacerdote eterno, presenta continuamente al Padre los frutos de la Cruz. En la Nueva Alianza existe sólo un sacrificio: el de Jesucristo en el Calvario; este único sacrificio se renueva, de modo incruento, cada día, en el Sacrificio de la Misa, en el cual, Jesucristo —único Sacerdote de la Nueva Ley— inmola y ofrece por medio de los sacerdotes ministros suyos, la misma víctima, su cuerpo y su sangre, que fue inmolada cruentamente, de una vez para siempre, en la Cruz.
Hébreux 8, 7-12
La comparación entre las dos alianzas, la Antigua dada a Moisés y grabada en piedra y la Nueva, grabada en la inteligencia y el corazón de los fieles (cfr 2 Cor 3, 3; Heb 10, 16.17), se desarrolla según el texto de Jeremías (Ier 31, 31-34), allí donde el profeta anuncia la alianza interior de Yahwéh con su pueblo. Las palabras de Jeremías, que aquí se citan según la traducción griega, que difiere muy poco del texto original hebreo, se refieren directamente a la restauración del pueblo judío después del destierro. Una vez purificado por los sufrimientos, el pueblo elegido está en condiciones de ser de verdad el pueblo de Dios: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo»; la promesa de esta profunda intimidad es el núcleo central del vaticinio. Por esto se dice que la ley estará ya grabada en el interior y en el corazón de cada uno, y todos —hasta los más pequeños del pueblo— conocerán a Dios, es decir, tendrán familiaridad con Él. Tal vez Jeremías vislumbraba esta restauración mesiánica más allá del restablecimiento del pueblo elegido a la vuelta del destierro. Ahora nosotros estamos en condiciones de comprender que este oráculo se ha cumplido plenamente sólo con la Nueva Alianza establecida por Jesús: la vuelta de Babilonia no fue sino una señal más de la Alianza perfecta que se establecería por Cristo. Porque es en esta Nueva Alianza donde Dios de verdad perdona las culpas y ya no se acuerda de los pecados.
De la Antigua Alianza, por otra parte, se dice que no fue «sin tacha» o sin pecado, no porque fuera mala, sino porque, como explica Santo Tomás, no comunicaba el poder de expiar los pecados cometidos, ni concedía la ayuda de la gracia para evitar cometerlos, sino que simplemente los hacía reconocer; por esto no era «sin tacha», porque los hombres que vivían bajo su dominio seguían estando sometidos al pecado (cfr Comentario sobre Heb, 7, 2).
Chapitre n°9
Hébreux 9, 1-10
En los capítulos precedentes se ha hablado de la superioridad del sacerdocio de Cristo. Ahora se va a tratar propiamente de la excelencia de su sacrificio. Para ello se describe el santuario de la Antigua Alianza, el Tabernáculo, la tienda en que habitaba Yahwéh, mientras el pueblo de Israel peregrinaba por el desierto tras la salida de Egipto y en los primeros tiempos de estancia en la tierra prometida. Y se alude también al sacrificio del gran «Día de la expiación» o Yom kippur (cfr Lev 16, 1-34; 23, 26-32; Num 29, 7-11) por el que Israel se reconciliaba con su Dios mediante la purificación y el perdón de todos los pecados cometidos durante el año y que no habían sido expiados. Tanto el santuario como los ritos, que en él se celebran durante ese día solemne, son figura del nuevo santuario y del nuevo culto inaugurado por Cristo. Se introduce de este modo la función más esencial y específica del sacerdote: el sacrificio.
Es de notar que al describir el santuario de la Antigua Alianza no lo hace siguiendo el modelo del Templo de Jerusalén, sino el del Tabernáculo del desierto. Además de tener unas connotaciones más tradicionales y de permitir hablar del Arca de la Alianza, que faltaba en el Templo de Jerusalén (desde que éste fue destruido por Nabucodonosor alrededor del año 587 a.C.), referirse al Tabernáculo está en estrecha relación con una idea que late en toda la carta: el cristiano camina en un nuevo éxodo hacia la patria del Cielo, cuya entrada nos ha sido abierta mediante el sacrificio de Cristo (cfr 3, 7-11).
Hébreux 9, 3
«Segundo velo»: Se trata del velo que separaba el «Santo» del «Santo de los Santos» (Sancta Sanctorum). Se le denomina segundo para diferenciarlo del velo de entrada al «Santo», que sería el primero. No son, pues, dos tiendas, sino una única con dos estancias separadas entre sí por ese «segundo velo».
Para una visión de conjunto del Tabernáculo cfr Introducción a la Epístola a los Hebreos: El culto en el Antiguo Testamento.
Hébreux 9, 6-7
Se refiere al sacrificio solemnísimo del «Día de la expiación» (Yom kippur) del Antiguo Testamento. Era una festividad de carácter penitencial que se celebraba el día 10 del mes Tishri (septiembre-octubre), cinco días antes de la fiesta de los Tabernáculos. El «Día de la expiación» era el único del año en el que el Sumo Sacerdote podía penetrar en el «Santo de los Santos», mientras que en el «Santo» o primera estancia entraban los sacerdotes todos los días para las acciones del culto (poner incienso, cambiar los panes de la proposición, etc.).
Acerca de las ceremonias del «Día de la expiación» véase lo que se dice en la Introducción.
Con esta fiesta el pueblo de Israel, incluidos sacerdotes y príncipes, se purificaba de sus pecados y expiaba las faltas e impurezas que los sacrificios ordinarios no habían podido cancelar. Igualmente quedaba también purificado el Santuario de toda posible contaminación.
El Yom kippur es una de las fiestas más importantes del judaísmo, junto con la Pascua, la Pentecostés, la fiesta de los Tabernáculos y la solemnidad del Año Nuevo.
«Los pecados de ignorancia» indican probablemente todo tipo de pecado, tanto los que el Levítico llama de ignorancia como los que llama pecados de malicia. Pero al llamarlos de ignorancia se quiere subrayar que los pecados voluntarios no podían ser perdonados por la ceremonia del Yom kippur. También algunos rabinos eran conscientes de que los sacrificios cruentos no podían perdonar los pecados más graves. Era necesario que Dios mismo sustituyera los sacrificios hechos por los hombres con un sacrificio divino de poder expiatorio infinito.
Hébreux 9, 8-10
El culto de la Antigua Ley era un símbolo del nuevo culto, cuyo centro es el sacrificio de Cristo, el único que podía santificar al hombre, el único que podía «perfeccionar al oferente en su conciencia». Símbolo de esta ineficacia para alcanzar la justificación era la existencia de una primera tienda que impedía el acceso a la segunda. El hombre puede lograr la unión con Dios, la santidad, que se simboliza en la entrada en el «Santo de los Santos», una vez que no existe el velo que impide su paso. Cristo con su muerte rasgó el velo (cfr Mt 27, 51). Él es nuestro Camino (cfr Ioh 14, 6), la Puerta (cfr Ioh 10, 7) que permite la entrada en el Santuario Celestial. Por eso mientras existe el primer Tabernáculo, es decir el «Santo» separado del «Santo de los Santos» por el velo, se ofrecen sacrificios y víctimas que no pueden obtener la perfección interior, puesto que todavía no ha sido realizado el sacrificio de Cristo que había de satisfacer por el pecado de todo el género humano.
A la vez, la existencia del Tabernáculo es figura de la ineficacia de los ritos judaicos en el tiempo presente, cuando ya se ha efectuado el sacrificio redentor. Hay que tener en cuenta que cuando se escribía la Epístola a los Hebreos seguía desarrollándose en el Templo el culto mosaico. Los ritos de la Antigua Ley tenían vigor hasta la Redención de Cristo, hasta el momento de su Muerte y Resurrección.
Hébreux 9, 11-14
El sacrificio redentor de Cristo, frente a los sacrificios de la Antigua Ley que se limitaban a prometer unos bienes efímeros, alcanzó definitivamente para el hombre los bienes futuros, es decir, los bienes celestiales y eternos propios de los tiempos mesiánicos: la gracia santificante y la gloria. Jesucristo, como hacía el Sumo Sacerdote el «Día de la expiación», penetró de una vez para siempre en el «Santo de los Santos» a través del velo. Este santuario es el celestial; por eso es más excelso y perfecto y no construido por los hombres (cfr 8, 2). Cristo atravesando los cielos llegó hasta la presencia del Padre (cfr 7, 26) y está sentado a su derecha en los cielos (cfr 8, 1).
Muchos Padres, Doctores de la Iglesia y autores modernos han entendido que la expresión «a través de un Tabernáculo más excelente» y «perfecto», se refiere a la Humanidad Santísima del Señor, concebida virginalmente en el seno de Santa María, es decir, «no hecha por mano de hombre». El Tabernáculo o tienda sería el Cuerpo del Señor, en el cual habita la Divinidad. El texto dice ahora que no es «de este mundo creado», porque Jesús hombre fue concebido sin concurso de varón y sin pecado original. Por ello no siguió «la ley de la naturaleza que domina en el mundo creado» (Interpretatio Ep. ad Haebr, ad loc.). De este modo el texto inspirado vendría a decir que Cristo nos redimió por medio de su Humanidad (cfr v. 12). Sin embargo se puede entender también que la cláusula «a través de un Tabernáculo más excelente» y «perfecto», se refiere al Cielo, expresado como el Santuario más excelso y perfecto. En cualquier caso, sea atravesando los cielos o sea por medio de su santísimo Cuerpo, Cristo consiguió la Redención con el ofrecimiento de su propia sangre. No tiene un valor pasajero, como la sangre de los animales, derramada cada año, cuando el sacerdote entraba en el Sancta Sanctorum, sino que Jesucristo ha llevado a cabo la Redención de una vez para siempre. Y así como en la Antigua Ley por medio de la sangre de las víctimas se purificaban los hebreos de las impurezas legales, que les impedían participar en el culto, cuánto más la sangre de Cristo lavará al hombre de sus pecados. «¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto.
»‘Inmolad, dice Moisés, un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa’ (...).
»¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada» (Catequesis bautismales, III, 13-19).
Por eso la Iglesia sugiere recitar después de la Santa Misa entre otras oraciones una que dice: «Te suplico, dulcísimo Señor Jesucristo, que tu Pasión sea la virtud que me fortalezca, proteja y defienda; tus llagas sean para mí manjar y bebida con las cuales me alimente, embriague y deleite; la aspersión de tu sangre me purifique de todos mis delitos; tu muerte sea para mí vida permanente, tu Cruz sea mi eterna gloria» (Misal Romano de S. Pío V, oración pro opportunitate para después de la Santa Misa).
Hébreux 9, 12
«Consiguiendo así una redención eterna». El texto griego utiliza «habiendo encontrado» donde hemos traducido «consiguiendo». San Juan Crisóstomo subraya que el verbo «encontrar» posee aquí un matiz de hallar algo inesperado, porque dice: «Habla de haber encontrado como si fuera una cosa muy incierta y muy inesperada» (Hom. sobre Heb, ad loc.). Pero por todo el contexto y también por el posible trasfondo hebreo de la expresión, el verbo «encontrar» es sinónimo de «buscar con insistencia, alcanzar, lograr»: es decir. Cristo buscó afanosamente la redención de los hombres y la encontró y la consiguió con su sacrificio. Por otro lado la redención es llamada eterna por oposición a la provisionalidad de los sacrificios mosaicos.
Hébreux 9, 13
Estas palabras aluden a una ceremonia de purificación descrita en el Antiguo Testamento (cfr Num 19). Para borrar algunas transgresiones de la Ley, los israelitas podían recurrir al lavado lustral o expiatorio. Éste se hacia con agua mezclada con cenizas de una vaca, que el Sumo Sacerdote había sacrificado delante del Tabernáculo y había sido quemada totalmente, con su piel, su carne, etc. En la hoguera había que echar además leña de cedro, hisopo y grana (cfr 9, 19). El uso de esta agua lustral sólo servía para la purificación legal o «purificación de la carne», en oposición a la purificación del espíritu.
Hébreux 9, 14
El Mesías actúa «por el Espíritu Eterno» que puede ser interpretado en referencia al Espíritu Santo, como entiende, por ejemplo, Santo Tomás: «Cristo derramó su sangre porque esto lo hizo el Espíritu Santo, por cuyo impulso e instinto, es decir, por amor a Dios y al prójimo lo llevó a cabo. Porque el Espíritu purifica» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
El Romano Pontífice Juan Pablo II se ha referido a este texto para poner de relieve la presencia del Espíritu Santo en el sacrificio redentor del Verbo Encarnado.
«En el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa del mismo modo con que actuaba en su concepción, en su entrada al mundo, en su vida oculta y en su ministerio público. Según la Carta a los Hebreos, en el camino de su ‘partida’ a través de Getsemaní y del Gólgota, el mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción del Espíritu Paráclito, que del sufrimiento hace brotar el eterno amor salvífico» (Dominum et Vivificantem, n. 40).
El Hijo de Dios quiso que el Espíritu Santo transformara su muerte en sacrificio perfecto. Sólo Él «en su humanidad era digno de convertirse en este sacrificio, ya que Él solo era ‘sin tacha’. Pero lo ofreció ‘por el Espíritu Eterno’: lo que quiere decir que el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor» (Ibid.).
También es posible que aquí el Espíritu Eterno indique más en general la Divinidad presente en Cristo; en este caso equivaldría a decir que Cristo, siendo Dios y hombre, se ofreció «como víctima inmaculada», siendo su eficacia infinita. Cristo, en efecto, como afirma el Papa Pío XII, «se consagró a procurar la salvación de las almas con el continuo ejercicio de la oración y del sacrificio, hasta que se ofreció en la Cruz, víctima inmaculada para limpiar nuestra conciencia de las obras muertas y hacer que tributásemos un verdadero culto a Dios vivo. Así todos los hombres, felizmente apartados del camino que desdichadamente los arrastraba a la ruina y a la perdición, fueron ordenados nuevamente a Dios, para que colaborando personalmente en la consecución de la santificación propia, fruto de la sangre inmaculada del Cordero, diesen a Dios la gloria que le es debida» (Mediator Dei, n. 1).
El sacrificio de Cristo nos purifica totalmente y por eso nos hace aptos para rendir culto al Dios viviente. Con palabras de San Alfonso M.ª de Ligorio: «Jesucristo se ofreció a Dios puro y sin sombra de culpa; de otra suerte no hubiera sido digno mediador ni apto para reconciliar a Dios con el hombre pecador, ni su sangre hubiera tenido la virtud de purificar nuestra conciencia de las obras muertas, esto es, de los pecados, que se llaman así, o porque no son dignas de mérito alguno, o porque son dignas de castigos eternos. Para que rindáis culto al Dios viviente» (Reflexiones sobre la Pasión, cap. 9, 2).
Hébreux 9, 15-22
Se enseña que la alianza es nueva porque ha sido sellada con la muerte y el derramamiento de sangre del testador o mediador. «El hombre, caído en pecado, era deudor a la divina justicia y enemigo de Dios. Vino el Hijo de Dios al mundo y se revistió de carne humana, y en el mismo tiempo, como Dios y hombre que era, se constituyó mediador entre el hombre y Dios, en calidad de representante de entrambas partes para restablecer la paz entre ellas y alcanzar al hombre la gracia divina, ofreciéndose a pagar con su sangre y con su muerte la deuda del hombre. Esta reconciliación estuvo ya figurada en el Antiguo Testamento en todos los sacrificios que entonces se hacían y en todos los símbolos ordenados por Dios, como eran el tabernáculo, el altar, el velo, el candelabro, el incensario y el arca donde se guardaban la vara de Aarón y las tablas de la ley. Todos estos instrumentos eran señal y figura de la prometida redención; y como esta redención debía llevarse a cabo con la sangre de Cristo, por eso Dios determino que la sangre de los animales, figura de la del Cordero divino, y que todos los objetos simbólicos arriba mencionados fuesen rociados con sangre: Por donde tampoco el primero (testamento) se inauguró sin sangre» (Reflexiones sobre la Pasión, cap. 9, 2).
Por tercera vez se afirma que Cristo es mediador de una Nueva Alianza. Heb 7, 22 y 8, 6 dice que es mediador de una alianza mejor porque puede dar la vida eterna. Aquí, como en 12, 24, se explica que es mediador de una Alianza Nueva, fundada en la sangre que transmite la herencia eterna. Se acentúa ahora el aspecto sacrificial: Cristo es mediador en cuanto que es víctima expiatoria y al mismo tiempo sacrificador. Por eso Cristo en su sacrificio es al mismo tiempo sacerdote y víctima. «Jesucristo en verdad es sacerdote, pero sacerdote para nosotros, no para Sí, al ofrecer al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre de género humano. Igualmente, Él es víctima, pero para nosotros al ofrecerse a Sí mismo en vez del hombre sujeto a la culpa. Pues bien aquello del Apóstol: tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo, exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio, es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad de Dios la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los Preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia detestando y confesando cada uno sus propios pecados» (Mediator Dei, n. 22).
El sacrificio de Cristo no solamente es eficaz para borrar todas nuestras culpas, sino que es también una manifestación de amor de nuestro Redentor y un ejemplo de cómo debe ser nuestra correspondencia. «Y si Dios nos perdona nuestras culpas es para que empleemos el tiempo que nos restare de vida en su servicio y amor. Y acaba diciendo el Apóstol: Y por esto es mediador de un nuevo testamento. Por eso nuestro Redentor, cautivado por el amor inmenso que nos tenía, quiso rescatarnos, a costa de su sangre, de la muerte eterna; y lo consiguió porque, si somos fieles en servirle hasta la muerte, nos alcanzará del Señor el Perdón y la vida eterna. Tal fue el testamento, mediación o pacto entre Jesucristo y Dios» (Reflexiones sobre la Pasión, cap. 9, 2).
Hébreux 9, 15-17
El mismo término griego es utilizado para indicar tanto «alianza» como «testamento». A pesar de que el entorno inmediato y el paralelismo con la alianza del Sinaí sugieren la idea de alianza o pacto, sin embargo, al ser la alianza con el pueblo elegido un pacto unilateral, es decir, una concesión gratuita de Dios, se puede llamar también en sentido amplio testamento. Tanto el nombre de «mediador» como el de «testador» atribuidos a Cristo vienen a resaltar la necesidad de su muerte con derramamiento de sangre. Muerte por la cual los hombres somos llamados a recibir la «herencia eterna prometida»: Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado.
Empti enim estis pretio magno! (1 Cor VI, 20), tú y yo hemos sido comprados a gran precio.
Hemos de hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas (Via Crucis, XIV).