I Corinthiens 15, 51-53
San Pablo describe sucintamente el momento de la Resurrección, de manera similar a 1 Thes 4, 16-17: «Porque el Señor mismo, a la señal dada por la voz del Arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del cielo y los muertos en Cristo resucitarán primeramente. Después, nosotros, los vivos, los que estemos hasta la venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos, entre nubes por los aires, al encuentro del Señor. Y para siempre estaremos con el Señor». El hecho de que utilice la primera persona al hablar de los vivos en la venida del Señor, no indica que considere que realmente va a ser así: se trata más bien de una figura literaria, que le sirve para hacer más viva la narración. De hecho, afirma que no sabe cuándo tendrá lugar la Parusía (1 Thes 5, 1-11), y en esta misma carta se ha incluido antes entre los que resucitarán (cfr 1 Cor 6, 14).
«No todos moriremos, pero todos seremos transformados»: La Vulgata —de acuerdo con algunos códices— decía en este lugar: «Todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados». Sin embargo, parece más segura la versión de la Neovulgata, atestiguada por la gran mayoría de los códices antiguos y los Padres griegos. También, parece la versión más concorde con el contexto, pues San Pablo está hablando únicamente de la resurrección de los justos (cfr nota general al capítulo), y la Vulgata aquí introduciría un cambio, al hablar de que resucitarán los buenos y los malos, pero sólo los cuerpos de los buenos serán transformados gloriosamente. La afirmación de San Pablo de que algunos —los justos que vivan en el momento de la Parusía del Señor— no morirán, puede parecer difícil de compaginar con la universalidad de la muerte, como consecuencia del pecado original (cfr Rom 5, 12 ss.; 1 Cor 5, 22). El Catecismo Romano dice que todos los hombres morirán, y explica las palabras del Apóstol en 1 Thes 4, 15-17 diciendo que «al ser arrebatados morirán» (I, 12, 6). Algunos teólogos dicen que no se opone a esa universalidad el que Dios quiera hacer excepciones, como es el caso de los justos de la ultima generación, igual que no se opone a la universalidad del pecado original el que Dios haya exceptuado a la Virgen Santísima. De todas formas, conviene tener en cuenta que estamos dentro del misterio que envuelve las disposiciones divinas en torno a los últimos tiempos, y que el Magisterio de la Iglesia no se ha pronunciado sobre este asunto, que puede ser estudiado libremente.
La repetición, por cuatro veces, de las palabras «este cuerpo se revestirá» (cfr vv. 53-54), deja claro que el cuerpo resucitado será el mismo que se tuvo en la tierra: «Es necesario que resucite el hombre con el mismo cuerpo por medio del cual sirvió a Dios o al demonio, para que, juntamente con el mismo cuerpo, reciba las coronas y los premios del triunfo, o sufra, desgraciadamente, las penas y los castigos» (Catecismo Romano, I, 12, 8).
I Corinthiens 15, 54-58
Concluye el capítulo con un canto de alegría y acción de gracias a Dios por los maravillosos beneficios que la muerte y la Resurrección del Señor traen consigo, consecuencia de su victoria sobre los enemigos que habían mantenido esclavizada la humanidad: el pecado, la muerte y el demonio. Jesucristo, al morir en la Cruz —ofreciéndose a Dios Padre como reparación por todas las ofensas de los hombres—, ha vencido al pecado y al demonio que tenía poder por el pecado. Y completa la victoria derrotando a la muerte mediante su Resurrección, De esta forma hace posible y causa además la resurrección gloriosa de sus elegidos. «En Cristo —explica el Papa Juan Pablo II—, se hace justicia del pecado a precio de su sacrificio, de su obediencia ‘hasta la muerte’ (Phil 2, 8). Al que estaba sin pecado, Dios ‘lo hizo pecado por nosotros’ (2 Cor 5, 21). Se hace también justicia de la muerte que, desde los comienzos de la historia del hombre, se había aliado con el pecado. Este hacer justicia de la muerte se lleva a cabo bajo el precio de la muerte del que estaba sin pecado y del único que podía —mediante la propia muerte— infligir la muerte a la misma muerte (cfr 1 Cor 15, 54 s.) (...). La cruz de Cristo nos hace comprender las raíces más profundas del mal que ahondan en el pecado y en la muerte; y así la cruz se convierte en un signo escatológico. Solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los elegidos las fuentes mas profundas del mal, dando como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa. El fundamento de tal cumplimiento escatológico está encerrado ya en la cruz de Cristo y en su muerte. El hecho de que Cristo ‘resucitó al tercer día’ (1 Cor 15, 4) constituye el signo final de la misión mesiánica, signo que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal. Esto constituye a la vez el signo que preanuncia ‘un cielo nuevo y una tierra nueva’ (Apc 21, 1), cuando Dios ‘enjugará las lágrimas de nuestros ojos; no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni afán, porque las cosas de antes han pasado’ (Apc 21, 4)» (Dives in misericordia, n. 8).
I Corinthiens 15, 56-57
El Apóstol sintetiza la doctrina sobre las relaciones entre muerte, pecado y Ley mosaica, que expone extensa y profundamente en los caps. 5-7 de su Carta a los Romanos. El pecado es el aguijón de la muerte, en cuanto que ésta entró en el mundo por el pecado (cfr Rom 5, 12), que ahora le sirve para seguir dañando al hombre. A la vez, el pecado crecía y se fortalecía mediante la Ley mosaica, que era ocasión de aumento del pecado, no porque indujera a él, sino porque a pesar de indicar el bien, no contenía la gracia para evitar el mal (cfr Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).
I Corinthiens 15, 58
En estas palabras finales del capítulo San Pablo exhorta a los cristianos a luchar llenos de esperanza, con la seguridad de que el trabajo en las ocupaciones ordinarias de la jornada es ofrenda agradable a los ojos de Dios, medio de santidad, camino para alcanzar con Cristo la victoria definitiva. No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor —recuerda San Josemaría Escrivá—, Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra. El Señor ha dispuesto que pasemos esta breve jornada de nuestra existencia trabajando y, como su Unigénito, haciendo el bien (Act X, 38). Entretanto, hemos de estar alerta, a la escucha de aquellas llamadas que San Ignacio de Antioquía notaba en su alma, al acercarse la hora del martirio: ven al Padre (Epistola ad Romanos, VII), ven hacia tu Padre, que te espera ansioso (Amigos de Dios, n. 221).
Chapitre n°16
I Corinthiens 16, 1-4
Comienza este último capítulo de recomendaciones y saludos, recordando la obligación de ayudar económicamente a los cristianos más pobres, concretamente a los de Jerusalén (cfr 2 Cor 8, 1-6; 9, 1-5; Rom 15, 27). Ha sido una práctica constantemente vivida, y frecuentemente recordada, la obligación que los cristianos tienen de «ayudar a la Iglesia en sus necesidades» (Quinto mandamiento de la Iglesia; cfr Catecismo Mayor, n. 476) y de socorrer a los más necesitados: «La acción caritativa puede y debe abarcar hoy a todos los hombres y a todas las necesidades —enseña el Conc. Vaticano II—. Dondequiera que haya hombres carentes de alimento, vestido, vivienda, medicinas, trabajo, instrucción, medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, o afligidos por la desgracia o por la falta de salud, o sufriendo el destierro o la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana, consolarlos con diligente cuidado y ayudarles con la prestación de auxilios. Esta obligación se impone ante todo a los hombres y a los pueblos que viven en la prosperidad» (Apostolicam actuositatem, n. 8).
«El día primero de la semana»; Es decir, el domingo. Esta precisión cronológica es un testimonio claro de que los cristianos desde el principio celebraban con especial solemnidad este día, conmemorando la Resurrección del Señor en las reuniones litúrgicas y eucarísticas.
I Corinthiens 16, 5-9
San Pablo alude a sus proyectos de viaje y a su intención de permanecer largo tiempo en Corinto. Las severas amonestaciones que aparecen en la carta no pueden inducir a pensar que aquellos cristianos fueran mediocres o que no gozaran del aprecio del Apóstol; al contrario, tenía especial cariño por aquella comunidad que él mismo había fundado (cfr Act 18, 1-18) y si les habla con tanta energía es porque espera de ellos frutos más abundantes.
I Corinthiens 16, 10-12
Habla de dos de sus colaboradores: Timoteo era todavía muy joven (cfr 1 Tim 4, 12; 5, 1; 2 Tim 1, 6-8), razón por la cual San Pablo recomienda que le respeten por su dignidad de ministro («porque trabaja en la obra del Señor como yo»: v. 10). Los cristianos han tenido siempre una especial veneración a sus sacerdotes y ministros. Santa Catalina de Siena pone en boca de Jesucristo estas palabras: «No quiero que mengüe la reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el respeto que se les manifiesta, no se dirige a ellos, sino a mí, en virtud de la sangre que yo les he dado para que la administren. Si no fuera por esto, deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares y no más (...). No se les ha de ofender: ofendiéndolos, se me ofende a mí, y no a ellos. Por eso lo he prohibido, y he dispuesto que no sean tocados mis Cristos» (El Diálogo, cap. 116).
Apolo era más conocido por los cristianos de Corinto, puesto que había pasado largas temporadas con ellos (cfr Act 19, 1; nota a 1 Cor 1, 11-12).
I Corinthiens 16, 13-14
De forma esquemática San Pablo resume las recomendaciones principales. Usando terminología castrense, les recuerda que la vida cristiana es una lucha contra las pasiones y tentaciones del diablo, y que toda la conducta del cristiano debe estar inspirada por la caridad. La fortaleza y la caridad, lejos de ser dos virtudes contrapuestas, se complementan perfectamente y no se da la una sin la otra: Para amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, con el corazón firmemente anclado en la fe, en la esperanza y en la caridad. Sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores, que no son amores sino compensaciones egoístas. Cuando hay amor, hay entereza: capacidad de entrega, de sacrificio, de renuncia. Y, en medio de la entrega, del sacrificio y de la renuncia, con el suplicio de la contradicción, la felicidad y la alegría. Una alegría que nada ni nadie podrá quitarnos (Es Cristo que pasa, n. 75).
I Corinthiens 16, 15-20
Las alusiones personales de colaboradores de San Pablo (v. 10-12) y de otros cristianos, tan frecuentes en las cartas del Apóstol, dan idea del ambiente de fraternidad que reinaba en la Iglesia primitiva.
Estéfanas había sido bautizado por San Pablo (1, 16); aunque no fue el primero de Corinto (cfr Act 18, 8), recibe el honroso título de «primicias de Acaya» por su especial dedicación a los demás fieles (v. 15). Fortunato y Acaico no son mencionados en otro lugar; quizá pertenecían a la familia de Estéfanas o, al menos, tenían un encargo especial entre aquellos cristianos. San Pablo con gran delicadeza les agradece su visita.
Aquila y Prisca eran un matrimonio especialmente vinculado a los cristianos de Corinto, ya que en su casa se hospedó San Pablo durante su primera estancia en esta ciudad (Act 18, 1-3). Colaboraron muy eficazmente en el apostolado en otros muchos lugares; en Éfeso ayudaron a Apolo para que conociera más exactamente las verdades de la fe (cfr Act 18, 24-26), y posteriormente los encontramos en Roma (Rom 16, 3). Son un claro ejemplo de la importancia de la función de los laicos dentro de la Iglesia.
I Corinthiens 16, 20
Otras tres veces se menciona en las cartas de San Pablo el gesto del ósculo (Rom 16, 16; 2 Cor 13, 12; 1 Thes 5, 26) y siempre con el adjetivo santo. Si el beso era la forma habitual de saludo entre los orientales (cfr Lc 7, 45), San Pablo le añade un significado religioso, como señal de la caridad sobrenatural y de la unión en la misma fe. En este sentido pasó a la liturgia eucarística más antigua: «El ósculo de la paz —decía Tertuliano— es el sello de la oración» (De oratione, 14). El Misal Rumano prevé, cuando las condiciones pastorales así lo aconsejan, darse mutuamente la paz antes de la Comunión con un gesto apropiado. Con ello se significa que se cumplen las palabras del Señor: «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt 5, 23-24).
I Corinthiens 16, 21-24
Al escribir con su propia mano las últimas líneas de algunas de sus cartas, San Pablo ha dejado un testimonio inequívoco de su autenticidad (cfr Gal 6, 11; Col 4, 18; 2 Thes 3, 17).
«Sea anatema»: Es una fórmula de castigo y de maldición (cfr Gal 1, 8) en sentido muy amplio; parece que llevaba consigo la exclusión pública de la Iglesia; y sobre todo, el culpable se hacia acreedor del castigo divino (cfr nota a Rom 9, 3). Esta expresión dura del Apóstol se comprende mejor a la luz de 1 Cor 12, 3: «Nadie que hable en el Espíritu de Dios dice: ¡Anatema Jesús!». Es decir, quienes ofenden al Señor, porque no le aman, son merecedores del máximo castigo.
«Marana tha!»: Es una jaculatoria aramea que significa: «Ven, Señor nuestro». Aunque no es probable, también podría leerse «Maran atha», que significa «nuestro Señor viene o ha venido». Era tan antigua y tan usual entre los primeros cristianos que San Pablo no consideró necesario traducirla. En ella se confiesa a Jesucristo como Señor y soberano que reina desde el Cielo y que vendrá al final de los tiempos con su majestad y gloria (cfr Phil 4, 5; Apc 22, 20). Según la Didaché (X, 6), esta invocación se usaba en la primitiva cristiandad después de la Plegaria eucarística. Esta antigua costumbre litúrgica la ha vuelto a introducir el actual Misal Romano, al establecer como una de las aclamaciones del pueblo después de la consagración, la siguiente fórmula: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!».
El saludo final de San Pablo, recogido por la Liturgia en los ritos iniciales de la Santa Misa, es una fórmula de bendición que lleva consigo la confesión de fe de que el Señor está presente entre los cristianos; y la petición de que tal presencia sea fecunda y eficaz. De ahí que San Juan Crisóstomo comente a propósito de estas palabras: «Todo buen pastor y todo doctor tiene el deber de ayudar a sus hermanos con consejos; pero, sobre todo, con oraciones y plegarias» (Hom. sobre 1 Cor, 44, ad loc.).