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Chapitre n°14
 
I Corinthiens 14, 1
San Pablo reitera el valor de la caridad en relación a los demás dones espirituales; éstos son buenos y es correcto desearlos: «Aspirad también a los dones espirituales». Pero la caridad es imprescindible y hay que poner los medios para alcanzarla. Los Santos Padres han comentado que el amor no sólo supone un don del Espíritu Santo, implica sobre todo la presencia activa de su Persona en el corazón del cristiano: «El Espíritu Santo puede conferir toda clase de dones sin estar presente Él mismo; en cambio, cuando concede la caridad prueba que Él mismo está presente por la gracia» (San Fulgencio, Contra Fabianum).
El Apóstol apremia a los cristianos con su mandato: «Esforzaos por alcanzar la caridad». Ha quedado claro que es un don, el mayor don, pero es también un mandamiento, el más importante y cuyo cumplimiento es el signo distintivo de los cristianos: Jesucristo, Señor Nuestro, se encarnó y tomó nuestra naturaleza, para mostrarse a la humanidad como el modelo de todas las virtudes. Aprended de mí, invita, que soy manso y humilde de corazón (Mt XI, 29).
Más tarde, cuando explica a los Apóstoles la señal por la que les reconocerán como cristianos, no dice: porque sois humildes. Él es la pureza más sublime, el Cordero inmaculado. Nada podía manchar su santidad perfecta, sin mancilla (cfr Ioh VIII, 46). Pero tampoco indica: se darán cuenta de que están ante mis discípulos porque sois castos y limpios.
Pasó por este mundo con el más completo desprendimiento de los bienes de la tierra. Siendo Creador y Señor de todo el universo, le faltaba incluso el lugar donde reclinar la cabeza (cfr Mt VIII, 20). Sin embargo, no comenta: sabrán que sois de los míos, porque no os habéis apegado a las riquezas. Permanece cuarenta días con sus noches en el desierto, en ayuno riguroso (cfr Mt IV, 2), antes de dedicarse a la predicación del Evangelio. Y, del mismo modo, no asegura a los suyos: comprenderán que servís a Dios, porque no sois comilones ni bebedores.
La característica que distinguirá a los apóstoles, a los cristianos auténticos de todos los tiempos, la hemos oído: en esto —precisamente en esto— conocerán todos que sois mis discípulos, en que os tenéis amor unos a otros (Ioh XIII, 35) (Amigos de Dios, n. 224).


I Corinthiens 14, 2-5
A lo largo de todo este capítulo San Pablo enseña el valor de los distintos dones del Espíritu Santo (vv. 2-25), para terminar con unas normas prácticas sobre el comportamiento en las celebraciones litúrgicas (vv. 26-40).
De nuevo utiliza la comparación, de manera que resalta uno de los términos que se comparan —don de profecía—, pero sin minusvalorar el otro —don de lenguas—. El don de profecía hace referencia en este caso a la facultad de hablar en nombre de Dios, y por su impulso, para consuelo y edificación de los oyentes, sin incluir necesariamente el anuncio de cosas futuras u ocultas. Es un don sobrenatural, porque esa forma de hablar y sus efectos no proceden de la capacidad natural del hombre.
El criterio para discernir los dones del Espíritu Santo es el servicio a la Iglesia: «Que la iglesia reciba instrucción» (v. 5). Según esto, el don de profecía ha de ser preferido a los demás dones: «Tal es la regla —comenta San Juan Crisóstomo— seguida constantemente por San Pablo: dar preferencia a los dones orientados al crecimiento de la Iglesia. Alguno dirá: ¿Se puede hablar muchas lenguas sin hablar en favor de sus hermanos? Escuchad: estos fieles hablan, pero sus palabras sirven menos a la edificación, exhortación y consolación de las almas que el don de profecía. Los unos y los otros tienen de común el ser órganos del Espíritu Santo que los mueve y los inspira; pero el lenguaje de quien profetiza es útil a los fieles que escuchan, mientras que por el don de lenguas no se hacen entender si los oyentes no han recibido el mismo don sobrenatural» (Hom. sobre 1 Cor, 35, ad loc.).


I Corinthiens 14, 6-11
Con el ejemplo de los instrumentos musicales Pablo enseña la importancia de hacerse entender. Dos cualidades son necesarias: claridad y armonía. Si un instrumento no emite sonidos claros, sirve para poco; por otra parte, aunque los sonidos sean nítidos, es preciso que estén armonizados para que resulte una buena música. Con mayor razón, cuando se trata de que los fieles conozcan mejor a Dios, es necesario que la exposición sea clara y armónica, es decir, que las palabras se entiendan fácilmente, y que no desvirtúen la fe.


I Corinthiens 14, 12-20
Estas palabras en el contexto de todo el capítulo aportan datos para vislumbrar en qué consistía el don de lenguas. Parece que era la facultad sobrenatural de orar o de cantar las alabanzas de Dios con gran entusiasmo, mediante palabras desconocidas: con frecuencia un intérprete —que gozaba del don de interpretar aquellas palabras (cfr 1 Cor 12, 10)— explicaba el sentido de lo que decía el poseedor de este don. Estas manifestaciones extraordinarias probaban de modo sensible la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia; el propio San Pablo gozaba de tal don (v. 18); pero los poseedores de este carisma no predican ni pretenden enseñar. Su actuación puede ser beneficiosa para mover a la oración; pero es más importante la educación en la fe de los cristianos que han de llegar a ser «hombres maduros en el uso de la razón» (v. 20).


I Corinthiens 14, 15-17
Los términos que San Pablo utiliza aquí —«espíritu», «mente»— no son partes distintas del alma humana, que es espiritual y no tiene partes. En este caso rezar «con el espíritu» significa hacerlo con entusiasmo, con el corazón; rezar «con la mente», significa comprender lo que se dice. Siguiendo esta advertencia del Apóstol, la oración vocal debe ir acompañada de atención y devoción: Despacio. —Mira qué dices, quién lo dice y a quién. —Porque ese hablar deprisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas.
Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios (Camino, n. 85).
La «acción de gracias», de que se habla en los vv. 16 y 17, parece referirse a oraciones de alabanza a Dios, no precisamente el sacrificio eucarístico.
Por este y otros pasajes se ve cómo San Pablo, con su autoridad apostólica, regulaba el uso de los «carismas», o gracias especiales, tan abundantes en la primitiva Iglesia.


I Corinthiens 14, 23-25
Una razón más para preferir el don de profecía es el apostolado con los infieles y con los más sencillos. En el v. 22 ha indicado que la glosolalia, por lo que tiene de espectacular, puede ayudar a los infieles; ahora, profundizando un poco más, señala que ni para ellos es lo más indicado por los peligros que entraña: como se profieren sonidos ininteligibles, los infieles y los más sencillos pueden interpretarlos como signo de demencia. En cambio, al transmitir con el don de profecía el mensaje cristiano, los oyentes reciben el fruto de la Palabra de Dios y pueden convertirse. El Conc. Vaticano II ha reiterado la misma doctrina; «Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico» (Lumen gentium, n. 12).
Son significativos los frutos apostólicos que aquí se señalan; convencer, es decir, atraer a la fe; hacer reflexionar, o sea, ayudar a descubrir la gravedad del mal comportamiento, como Jesús hizo con la samaritana (Ioh 4, 17-18); adorar a Dios, esto es, emprender una nueva vida coherente con la fe recibida; y, por último, proclamar que «Dios está en medio de vosotros», es decir, reconocer el carácter sobrenatural de la Iglesia. «El verdadero apóstol —enseña el Conc. Vaticano II— busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a un mayor fervor de vida» (Apostolicam actuositatem, n. 6).


I Corinthiens 14, 26-40
San Pablo termina dando unas normas prácticas sobre el comportamiento de los fieles en sus asambleas litúrgicas: se dirige en primer lugar a los que hablan en lenguas (vv. 27-28); a continuación a los que profetizan (vv. 29-33); también a las mujeres (vv. 34-35) y, finalmente, reitera las ideas que ha venido desarrollando (vv. 36-40).
Por tres veces menciona el término iglesia (vv. 28.33.34), refiriéndose a las comunidades locales y las reuniones litúrgicas. En cada una de las iglesias locales se hace presente la Iglesia universal. Esta doctrina la desarrollaron los Santos Padres y la ha vuelto a poner de manifiesto el Conc. Vaticano II: la Iglesia no es la suma de iglesias particulares aisladas, como formando un mosaico multicolor, sino que «la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica está verdaderamente presente y actúa en la Iglesia particular» (Christus Dominus, n. 11). Así se entiende que las comunidades cristianas de Jerusalén, Antioquía, Cesarea, Éfeso, Corinto y otras ciudades lleven el nombre de iglesias, o como San Pablo las denomina aquí «iglesias de los santos» (v. 33).
Por otra parte, también en las reuniones de fieles, muy especialmente cuando en ellas se celebra la Sagrada Eucaristía, está presente la Iglesia universal: «Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles que, unidas a sus pastores, reciben también en el Nuevo Testamento el nombre de iglesias» (Lumen Gentium, n. 26). De ahí que San Pablo tenga especial interés en que en estas asambleas de culto todo coopere a la edificación de los fieles (v. 26) y se realice «con decoro y con orden» (v. 40).


I Corinthiens 14, 27-28
Son normas muy concretas que atañen a los que gozaban del don de lenguas. Aunque estas prescripciones estaban orientadas a regular aquellos carismas, está claro que desde el principio la celebración litúrgica ha estado regulada para fomentar la activa y fructuosa participación de los fieles: «Por esta razón —dice el Conc. Vaticano II—, los pastores de almas deben vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente» (Sacrosanctum Concilium, n. 11).
 
I Corinthiens 14, 32
«El espíritu de los profetas está sometido a los profetas»; Con esta recomendación San Pablo sigue dando normas prácticas para el uso de los carismas: quienes hablen como profetas, habrán de someterse al refrendo de otros cristianos, cuyo carisma les lleva a discernir sobre la autenticidad del que ha hablado como profeta. De este modo se impedía que alguien se arrogase falsamente un don sobrenatural y pudiese engañarse él o llamar a engaño a otros.
El Magisterio de la Iglesia tiene, entre otras, la función de juzgar sobre el origen divino de los dones singulares que reciben algunas personas en orden a la constante renovación de la Iglesia. Así ocurre, por ejemplo, cuando la Iglesia da su aprobación a determinadas enseñanzas y actividades apostólicas, que surgen a lo largo de su historia.


I Corinthiens 14, 33-35
Por los Hechos de los Apóstoles y también por otras cartas de San Pablo sabemos de algunas mujeres que colaboraron con él en favor del Evangelio, y de las que con agradecimiento cita en ocasiones sus nombres (cfr p. ej. Rom 16, 1-12; Phil 4, 2-3). «Algunas de ellas ejercen con frecuencia un influjo importante en las conversiones: Priscila, Lidia y otras (...); Febe, que estaba al servicio de la iglesia de Cencreas (cfr Rom 16, 1). Estos hechos ponen de manifiesto en la Iglesia apostólica una considerable evolución respecto a las costumbres del judaísmo» (Inter insigniores, n. 3).
Ahora el Apóstol da una norma bien clara, que repite en 1 Tim 2, 11-14: «Las mujeres deben callar en las iglesias». No se opone a que la mujer profetice (cfr 1 Cor 11, 5), «la prohibición se refiere únicamente a la función oficial de enseñar en la asamblea. Para San Pablo esta prohibición está ligada al plan divino de la creación (cfr 1 Cor 11, 7; Gen 2, 18-24) (...). No hay que olvidar, por lo demás, que debemos a San Pablo uno de los textos más vigorosos del Nuevo Testamento acerca de la igualdad fundamental entre el hombre y la mujer, como hijos de Dios en Cristo (cfr Gal 3, 28)» (Ibid., n. 4).
A la igualdad esencial que existe entre el hombre y la mujer, no se opone la diversidad de funciones en el seno de la Iglesia, de manera que el sacerdocio ministerial quede reservado a los varones elegidos por Dios: «El sacerdocio no forma parte de los derechos de la persona, sino que depende del misterio de Cristo y de la Iglesia (...). Lo que hemos de hacer es meditar mejor acerca de la verdadera naturaleza de esta igualdad de los bautizados, que es una de las grandes afirmaciones del cristianismo: igualdad no significa identidad dentro de la Iglesia, que es un cuerpo diferenciado en el que cada uno tiene su función; los papeles son diversos y no deben ser confundidos, no dan pie a superioridad de unos sobre otros ni ofrecen pretexto para la envidia: el único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad (cfr 1 Cor 12-13). Los más grandes en el Reino de los Cielos no son los ministros, sino los santos» (Ibid., n. 6).


Chapitre n°15
I Corinthiens 15, 1-58
Algunos fieles de Corinto se resistían a aceptar la resurrección de los muertos, porque entre los griegos nunca había existido esa creencia, ni siquiera entre los que afirmaban la inmortalidad del alma. Dada la trascendencia doctrinal del tema, San Pablo les responde extensamente, mostrando en primer lugar el hecho histórico de la Resurrección de Jesucristo (vv. 1-11), y sus relaciones con la resurrección de los muertos, de manera que las dos van necesariamente unidas (vv. 12-34). Finalmente, se plantea la cuestión del modo en que resucitarán los muertos (vv. 35-58). La epístola, que había comenzado con la exposición de Jesucristo crucificado, poder y sabiduría de Dios (cfr 1, 18-2,5), termina con un desarrollo doctrinal sobre la Resurrección de Cristo y la consiguiente resurrección de los miembros de su Cuerpo místico.
Para entender bien lo que dice San Pablo, conviene tener en cuenta que aquí se está refiriendo sólo a la resurrección gloriosa de los justos. En otros lugares de la Sagrada Escritura se afirma claramente la resurrección universal al final de los tiempos (cfr p. ej. Ioh 5, 28-29; Act 24, 15).


I Corinthiens 15, 1-11
La Resurrección de Jesucristo es uno de los dogmas fundamentales de la fe católica, afirmada ya en los primeros credos o símbolos de la fe. De hecho constituye el argumento supremo en favor de la divinidad de Jesús, y de su misión divina: el Señor la había anunciado en numerosas ocasiones (cfr p. ej. Mt 16, 21-28; 17, 22-27; 20, 17-19), y al resucitar cumple la señal que había prometido dar a los incrédulos (cfr Mt 12, 38-40).
La importancia de este punto es tan grande, que los Apóstoles son, sobre todo, testigos de la Resurrección de Jesús (cfr Act 1, 22; 2, 32; 3, 15; etc.), y el anuncio de la Resurrección del Señor constituye el núcleo de la catequesis apostólica (cfr p. ej., los discursos de San Pedro y San Pablo recogidos en los Hechos de los Apóstoles).


I Corinthiens 15, 3-8
Sobre los verbos transmitir y recibir cfr nota a 1 Cor 11, 23-26.
San Pablo recuerda a los corintios algunos puntos fundamentales de su predicación: que Jesucristo murió por nuestros pecados, «que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» —expresión que ha pasado literalmente al Credo— y que fue visto por muchas personas.
Es de advertir que el verbo griego que hemos traducido por «fue visto» en los versículos 5-8, indica originariamente el sentido de la vista, es decir, la visión con los ojos. Esta particularidad no deja de tener importancia a la hora de estudiar la naturaleza de las apariciones de Jesús resucitado, pues San Pablo habla de visión real, ocular, que no parece que se pueda identificar con las visiones imaginaria e intelectual.
Las apariciones de Jesucristo resucitado son una prueba directa del hecho histórico de la Resurrección del Señor. Este argumento adquiere especial fuerza si se tiene en cuenta que, cuando el Apóstol escribe, están vivas muchas personas que han visto a Jesús resucitado (v. 6). Algunas de las apariciones señaladas por San Pablo son mencionadas también en los Evangelios y en los Hechos: la de Pedro (cfr Lc 24, 34), la de los Apóstoles (cfr p. ej. Lc 24, 36-49; Ioh 20, 19-29), la del mismo San Pablo (cfr Act 9, 1-6); otras —la de Santiago y la de los quinientos hermanos— sólo son narradas aquí.
La importancia de este pasaje resalta más todavía por tratarse de la exposición por escrito más antigua —anterior a los Evangelios— de la Resurrección del Señor, cuando han transcurrido poco más de veinte años desde que ocurrieron esos acontecimientos.
 
I Corinthiens 15, 4
«Fue sepultado»; Los cuatro evangelistas, al narrar la muerte de Cristo en la Cruz, mencionan expresamente su posterior sepultura (cfr Mt 27, 57-61 y par.). También San Pablo confirma el hecho en esta carta, escrita pocos años después del suceso, afirmando además que forma parte de una tradición recibida desde el principio (v. 3). Este hecho de la sepultura borra cualquier duda sobre la certeza de la muerte del Señor, y hace más patente el milagro de su Resurrección: Jesucristo resucita por su propio poder, uniendo de nuevo su Alma a su Cuerpo, y abandonando el sepulcro con el mismo cuerpo humano —no una apariencia— que murió y fue sepultado, si bien ahora ese cuerpo está glorificado y tiene unas propiedades especiales (cfr nota a 15, 42-44). La Resurrección, por tanto, es un acontecimiento físico objetivo, constatado por el hecho de que el sepulcro se encuentra vacío (cfr Mt 28, 1 ss. y par.) y por las apariciones.
«Resucitó al tercer día»: Jesucristo muere y es sepultado en la tarde del Viernes Santo; permanece en el sepulcro todo el sábado, y resucita el domingo. Puede hablarse por tanto del «tercer día» a partir de su muerte, aunque el número de horas sea inferior al de tres días completos.
«Según las Escrituras»: Posiblemente San Pablo se refiere a algunos pasajes del AT en los que —una vez conocido el hecho de la Resurrección del Señor— podía verse preanunciado de alguna manera: por ejemplo, el episodio de Jonás (caps. 1-2), que el mismo Jesucristo se aplica (cfr Mt 12, 39-40; cfr también Os 6, 1-2 y Ps 16, 9-10).


I Corinthiens 15, 9-10
La humildad de San Pablo, que se considera por sus culpas pasadas indigno de la gracia del apostolado, posibilita la actuación en él de la gracia de Dios. «Admite sin vacilaciones que eres un servidor obligado a realizar un gran número de servicios. No te pavonees por ser llamado hijo de Dios —reconozcamos la gracia, pero no olvidemos nuestra naturaleza—; no te engrías si has servido bien, porque has cumplido lo que tenías que hacer. El sol efectúa su tarea, la luna obedece; los ángeles desempeñan su cometido. El instrumento escogido por el Señor para los gentiles, dice: ‘No soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios’ (1 Cor 15, 9) (...). Tampoco nosotros pretendamos ser alabados por nosotros mismos» (San Ambrosio, Expositio Evangelii sec. Lucam, VIII, 32).
Pero la gracia de Dios sola no basta. Como en el caso de San Pablo, es necesaria la colaboración del hombre, porque Dios ha querido contar con nuestra libre correspondencia: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti», dice San Agustín (Sermo 169, 13). Y comentando las palabras de San Pablo —«no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo»— señala: «Es decir, no sólo yo, sino Dios conmigo; y por ello, ni la gracia de Dios sola, ni él solo, sino la gracia de Dios con él» (De gratia et libero arbitrio, V, 12).


I Corinthiens 15, 12-19
Con gran fuerza San Pablo pone de manifiesto que la Resurrección de Jesucristo es una verdad trascendental de la fe cristiana, sin la cual sería vana. En efecto, al resucitar, Cristo completa la obra de la Redención. Si muriendo en la Cruz había vencido al pecado, era necesario que resucitase, venciendo así a la muerte, consecuencia del pecado (cfr Rom 5, 12). «Fue necesario que resucitara, para que se manifestase la justicia de Dios, que era muy justo ensalzase a Aquél que, por obedecerle, se había humillado y había sido maltratado con toda clase de oprobios (...). Además, para que se confirmase nuestra fe, sin la cual no puede mantenerse firme la justicia del hombre; porque el haber resucitado de entre los muertos por su propia virtud debe ser la mejor prueba de que Cristo era el Hijo de Dios. Asimismo, para que se alentase y sostuviese nuestra esperanza. Porque, habiendo resucitado Cristo, tenemos esperanza cierta de que también nosotros resucitaremos, puesto que es forzoso que los miembros sigan la condición de su cabeza (...). Por último, también debe enseñarse que fue necesaria la resurrección del Señor, para que del todo se terminase el misterio de nuestra redención y salvación. Porque Cristo con su muerte nos libró de los pecados; pero, resucitando, nos devolvió los bienes principales que pecando habíamos perdido» (Catecismo Romano, I, 6, 12).
San Pablo da en estos versículos como unos argumentos indirectos de la Resurrección del Señor, señalando la situación tan absurda en que nos encontraríamos si Jesucristo no hubiera resucitado: serían vanas la fe (vv. 14.17.18) y la esperanza (v. 19), los Apóstoles serían falsos testigos y su predicación inútil (vv. 14-15), todavía permaneceríamos en nuestros pecados (v. 17). En resumen, los cristianos serían «los más miserables de todos los hombres» (v. 19).


I Corinthiens 15, 20-28
El Apóstol insiste en la unión entre Cristo y los cristianos: como miembros todos de un mismo Cuerpo, en el que Cristo es la Cabeza, constituyen como un único organismo (cfr Rom 6, 3-11; Gal 3, 28). Por eso, afirmada la Resurrección de Jesucristo, es necesario afirmar la resurrección de los justos. De manera semejante a como la desobediencia de Adán trajo como consecuencia la muerte de todos, Jesucristo —nuevo Adán— ha merecido la resurrección de todos (cfr Rom 5, 12-21). «La resurrección de Cristo ha producido la resurrección de nuestros cuerpos, ya porque fue la causa eficiente de este misterio, ya porque todos debemos resucitar, a ejemplo del Señor. Pues en cuanto a la resurrección del cuerpo, dice así el Apóstol: Por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Cor 15, 21); porque para todas las cosas, que Dios obró en el misterio de nuestra redención, se valió de la humanidad de Cristo, como de instrumento eficiente. Por consiguiente, su resurrección fue un instrumento para conseguir la nuestra» (Catecismo Romano, I, 6, 13).
Aunque San Pablo se refiera aquí sólo a la resurrección de los justos (v. 23), en otros lugares habla de la resurrección universal (cfr Act 24, 15). Este dogma de la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos, cuando Jesucristo venga glorioso a juzgar a los hombres, ha sido constantemente afirmado por la fe de la Iglesia: «(Jesucristo) ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos; todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fuesen buenas, ora fuesen malas; aquellos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (IV Conc. de Letrán, De fide catholica).


I Corinthiens 15, 23-28
San Pablo expone, en muy pocas palabras, toda la obra mesiánica y redentora de Cristo: según el decreto del Padre, Cristo ha sido constituido soberano del universo (cfr Mt 28, 18), dando cumplimiento al Salmo 110, 1 y al Salmo 8, 7. Cuando aquí se dice que «el mismo Hijo se someterá a quien a él sometió todo» (v. 28) ha de entenderse de Cristo, en cuanto Mesías y Cabeza de la Iglesia; no en cuanto a la divinidad, según la cual el Hijo es «engendrado, no creado; de la misma naturaleza que el Padre» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano).
La soberanía de Cristo sobre toda la creación se cumple ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva tras el juicio final. El Apóstol presenta este acontecimiento último, misterioso para nosotros, como un acto solemne de homenaje al Padre: Cristo ofrecerá como un trofeo toda la creación, le brindará el Reino que hasta entonces le había sido encomendado. A partir de ese momento, la soberanía de Dios y de Cristo será plena, no habrá enemigos ni contrincantes, se habrá pasado de una etapa de combate a una etapa de contemplación, como enseña San Agustín (cfr De Trinitate, 1, 8).
La Parusía, o venida gloriosa de Cristo al fin de los tiempos, cuando establezca el cielo nuevo y la tierra nueva (cfr Apc 21, 1-2), llevará consigo el triunfo definitivo sobre el demonio, el pecado, el dolor y la muerte. La esperanza en este triunfo no es para el cristiano motivo de pasiva espera, sino todo lo contrario: un acicate para conseguir que, ya en esta vida, la doctrina y el espíritu de Cristo impregnen todas las actividades humanas. «La esperanza de una tierra nueva —enseña el Conc. Vaticano II— no debe atenuar, sino más bien estimular, el empeño por cultivar esta tierra, en donde crece ese cuerpo de la nueva familia humana que ya nos puede ofrecer un cierto esbozo del mundo nuevo. Por lo tanto, aunque haya que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso terreno, en cuanto que puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios.
»Los bienes de la dignidad humana, de la comunión fraterna y de la libertad —es decir, todos los bienes de la naturaleza y los frutos de nuestro esfuerzo— los volveremos a encontrar, después que los hayamos propagado, en el Espíritu Santo, y según su deseo, por la tierra, y ya esta vez limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva al Padre el Reino eterno y universal: ‘Reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz’ (Misal Romano, prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey). El Reino ya está presente misteriosamente en esta tierra; y cuando el Señor venga alcanzará su perfección» (Gaudium et spes, n. 39).
 
I Corinthiens 15, 24
«Cuando entregue el Reino a Dios Padre»; El castellano no admite la belleza de la expresión griega, que literalmente habría que traducir: «Cuando entregue el Reino al Dios y Padre».
En el lenguaje del Nuevo Testamento, escrito originariamente en griego, cuando el vocablo «Theós» (Dios) lleva articulo («ho Theós», «el Dios») indica la primera Persona de la Santísima Trinidad.
 
I Corinthiens 15, 25
«Es necesario que él reine»; La Iglesia celebra todos los años, en el último domingo del tiempo ordinario, la festividad de Jesucristo, Rey del Universo, para recordar su imperio supremo y absoluto sobre todas las criaturas. El Papa Pío XI, al instituir esta fiesta señalaba: «Es necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los afectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del Apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios (Rom 6, 13), deben servir para la interna santificación del alma» (Quas primas).
 
I Corinthiens 15, 27
Por la expresión «todas las cosas» es evidente que el Apóstol indica todos los seres creados. Según la mitología pagana, hubo luchas entre los dioses, en las que —en ocasiones— el hijo de un dios suplantaba a su padre. Es evidente —quiere decir San Pablo— que la Sagrada Escritura no enseña nada semejante. Entre las tres Personas de la Santísima Trinidad no hay sometimiento posible, porque son un único Dios.
 
I Corinthiens 15, 28
El sometimiento del Hijo de que habla San Pablo no se opone para nada a su divinidad. Se refiere al término de su misión como Redentor y Mesías, una vez alcanzado el triunfo final y definitivo sobre el demonio y el pecado y sus consecuencias. Esta victoria final de Jesucristo restaura el orden primitivo de toda la creación, que había sido roto por el pecado.
«¿Quién comprenderá —comenta San Bernardo— la inefable dulzura encerrada en estas breves palabras: Dios lo será todo en todos? Por no hablar del cuerpo, veo tres cosas en el alma: razón, voluntad y memoria; y estas tres son ella misma. Todo el que anda según el espíritu, siente en la presente vida cuánto le falta para su integridad y perfección. ¿Por qué esto, sino porque Dios no es aún todo en todos? De ahí que la razón se engañe frecuentemente en sus juicios, que la voluntad sea agitada de cuádruple turbación y que la memoria esté confusa por el olvido de muchas cosas. La criatura noble está sujeta, aun sin quererlo, a esa triple vanidad, aunque con esperanza. Pues el que colma los deseos del alma con bienes, debe ser también, para la razón, plenitud de luz; para la voluntad, abundancia de paz, y para la memoria, continuación de eternidad. ¡Oh verdad, oh caridad, oh eternidad! ¡Oh bienaventurada y beatificante Trinidad! Por ti suspira esta mísera trinidad mía, porque desgraciadamente está alejada de ti» (Sermones sobre los Cantares, 11).


I Corinthiens 15, 35-58
Una vez mostrada la resurrección de los muertos, el Apóstol trata del modo como tendrá lugar. Con este fin, simula un interlocutor que plantea algunas preguntas (v. 35). Al responder, utiliza comparaciones, tomadas de los reinos vegetal, animal y mineral, para que pueda entenderse mejor la resurrección (vv. 36-41); expone seguidamente las cualidades de los cuerpos resucitados (vv. 42-44), extendiéndose en explicar una de ellas —la espiritualidad o sutileza— (vv. 44-50), para seguir con las circunstancias y la manera en que sucederá la resurrección (vv. 51-53). Termina con un canto de alegría y acción de gracias a Dios por tantas maravillas (vv. 54-58).


I Corinthiens 15, 36-41
En la comparación con la semilla, el Apóstol señala algunos puntos de semejanza con la resurrección: la semilla debe morir para producir su fruto, lo mismo que el cuerpo para resucitar; cada semilla, al desarrollarse, toma una forma propia, de manera que la planta que produce es distinta de la semilla original: de manera semejante, los cuerpos gloriosos resucitados estarán dotados de una serie de perfecciones que no tenían durante su vida mortal (cfr nota a vv. 42-44).
Con la referencia a la distinción entre la carne de los distintos animales y el resplandor de las distintas estrellas, San Pablo quiere ayudar a entender cómo también se distinguirán los cuerpos resucitados, según la distinta claridad (cfr Catecismo Romano, I, 12, 13).


I Corinthiens 15, 42-44
Estos versículos constituyen la base de la doctrina sobre las cualidades de los cuerpos gloriosos; incorrupción o impasibilidad, gloria o resplandor, poder o agilidad, sutileza o espiritualidad. Así las expone el Catecismo Romano: «Tendrán los cuerpos resucitados de los santos ciertas propiedades insignes y gloriosas, con las que serán mucho más nobles que jamás antes lo fueron. Y cuatro son las principales, que se llaman dotes, señaladas por los Santos Padres, según la doctrina del Apóstol.
»La primera de estas (dotes) es la impasibilidad, esto es, una gracia y dote que hará que no puedan padecer ninguna molestia ni sentir dolor o incomodidad alguna; pues nada les podrá causar daño (...), El cuerpo, dice el Apóstol, se siembra en corrupción, resucita en incorrupción (1 Cor 15, 42) (...). A esta dote sigue la claridad, por la que brillarán como el Sol los cuerpos de los santos (...). Es esta claridad cierto resplandor que, procedente de la suma felicidad del alma, se comunica al cuerpo de tal manera, que es como una comunicación de la felicidad que el alma goza; al modo que también el alma resulta feliz, porque se comunica a ella una parte de la felicidad de Dios. Pero no debe creerse que de este don participen todos en la misma proporción que del primero; porque, ciertamente, todos los cuerpos de los santos serán igualmente impasibles, pero no tendrán el mismo resplandor; pues, como dice el Apóstol: Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas; y una estrella se deferencia de otra en el resplandor. Asi será en la resurrección de los muertos (1 Cor 15, 41-42).
»Con esta dote va unida la que llaman agilidad, en virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora le oprime; y tan fácilmente podrá moverse adonde quisiera el alma, que no será posible hallarse nada más veloz que su movimiento (...). Por esto dijo el Apóstol: Se siembra en vileza, resucita en gloria (1 Cor 15, 43). A estas dotes se añade la que se llama sutileza, por la cual el cuerpo estará totalmente sometido al imperio del alma, y le servirá y estará pronto a su arbitrio; lo cual se demuestra por estas palabras del Apóstol: Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual (1 Cor 15, 44)» (I, 12, 13). Los cuerpos de los condenados, por su parte, estarán privados de las dotes de los cuerpos gloriosos (cfr Catecismo Mayor, n. 246).


I Corinthiens 15, 44-50
El Apóstol desarrolla su afirmación de que los resucitados tendrán un cuerpo espiritual, que a primera vista podría parecer una contradicción. Por ser descendientes de Adán, cuyo cuerpo fue sacado de la tierra (cfr Gen 2, 7) los hombres reciben un cuerpo terreno, animal, destinado a la corrupción; Cristo, último Adán, venido del Cielo, dará a los suyos en la Resurrección un cuerpo celestial, perfecto e inmortal: «Se llama cuerpo espiritual —dice San Agustín— no porque se convierta en espíritu, sino porque está sujeto de tal manera al espíritu, que para que convenga a la habitación celestial, toda fragilidad e imperfección terrena es cambiada y convertida en estabilidad celeste» (De Fide et Symbolo, cap. VI).
Ya en esta vida el cristiano debe esforzarse por ser portador de esa imagen del hombre celestial, reproduciendo en sí mismo la vida de Cristo, de manera que habiendo muerto al pecado en el Bautismo, resucite con Cristo a una nueva vida (cfr Col 3, 1-4). La Resurrección del Señor, explica Santo Tomás, tiene también «razón de ejemplaridad en la resurrección de las almas, porque tenemos que conformarnos en el alma con Cristo resucitado, ‘para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva’, y como Él ‘resucitado de entre los muertos, ya no muere más (...), vosotros mismos estáis muertos al pecado’ (Rom 6, 4.9.11), para que de nuevo ‘vivamos con él’ (1 Thes 5, 10)» (Suma Teológica, III, q. 56, a. 2).
 
I Corinthiens 15, 45
Comentando este versículo, explica San Juan de Ávila: «Crió Dios el primer hombre y soplóle en el rostro, dióle resuello y espíritu de vida, y vivió. Et factus est primus Adam in animam viventem, novissimus Adam in spiritum vivificantem (1 Cor 15, 45). Fue hecho el segundo Adán, Jesucristo; y no solamente le dieron y tuvo espíritu para sí como el primero Adán, pero tuvo para otros muchos. Tiene Cristo espíritu vivificador, espíritu que da vida, que resucita a los que deseamos vida. Vamos a Cristo, busquemos a Cristo, que Él tiene resuello de vida. Por malo que estés, por perdido, por desconcertado que seas, si a Él vas, si a Él buscas, te hará bueno, te ganará y enderezará y sanará» (Sermones, en el domingo de Pentecostés).

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