I Corinthiens 11, 27-32
Estas palabras son una inequívoca afirmación de la presencia real de Jesucristo en las especies eucarísticas. En éstas, Jesucristo se encuentra verdadera, real y sustancialmente presente, todo entero —con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad— en todas y cada una de las partes de las sagradas especies. «Ésta fue siempre la fe de la Iglesia de Dios: que inmediatamente después de la consagración está el verdadero cuerpo de Nuestro Señor y su verdadera sangre juntamente con su alma y divinidad bajo la apariencia del pan y del vino; ciertamente el cuerpo, bajo la apariencia del pan, y la sangre, bajo la apariencia del vino en virtud de las palabras. Pero el cuerpo mismo bajo la apariencia del vino y la sangre bajo la apariencia del pan y el alma bajo ambas, se encuentran presentes en virtud de aquella natural conexión y concomitancia por las que se unen entre sí el alma y el cuerpo de Cristo Señor que resucitado de entre los muertos, ya no muere más (Rom 6, 9). La divinidad, en fin, está presente, a causa de aquella su maravillosa unión hipostática con el alma y con el cuerpo. Por lo cual es de toda verdad que lo mismo se contiene bajo una de las dos especies que bajo ambas. Porque Cristo, todo e íntegro, está bajo la especie del pan y bajo cualquier parte de la misma especie, y todo igualmente está bajo la especie de vino y bajo las partes de ella» (De SS. Eucharistia, cap. 3).
Esta presencia real del Señor en la Eucaristía es la razón de las disposiciones del alma y cuerpo con que debe ser recibido, y de las graves consecuencias que tiene el recibirlo indignamente (vv. 27,28 y 29). El Concilio de Trento, recordando las palabras de San Pablo en los vv. 27-28, enseña que «nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal, por muy arrepentido que se considere, sin preceder la confesión sacramental. Este santo Concilio decretó que esto perpetuamente debe guardarse» (De SS. Eucharistia, cap. 7; cfr Código de Derecho Canónico, can. 916).
Además la Iglesia recomienda preparar bien cada Comunión, con actos de fe, esperanza y caridad, contrición, adoración y humildad, llenándose de deseos de recibir a Jesucristo (cfr Catecismo Mayor, n. 639). También, dedicar un tiempo de acción de gracias después de la Comunión (cfr Ibid., n. 640).
Con respecto al ayuno eucarístico, puesto por reverencia al Sacramento, la disciplina actual de la Iglesia prescribe que «quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas» (Código de Derecho Canónico, can. 919, 1).
I Corinthiens 11, 28
A propósito de estas palabras, escribe el Papa Juan Pablo II: «Esta invitación del Apóstol indica, al menos indirectamente, la estrecha unión entre la Eucaristía y la Penitencia. En efecto, si la primera palabra de la enseñanza de Cristo, la primera frase del Evangelio-Buena Nueva, era ‘haced penitencia y creed en el Evangelio’ (Mc 1, 15), el Sacramento de la Pasión, de la Cruz y Resurrección parece reforzar y consolidar de manera especial esta invitación en nuestras almas. La Eucaristía y la Penitencia toman así, en cierto modo, una dimensión doble, y al mismo tiempo íntimamente relacionada, de la auténtica vida según el espíritu del Evangelio, vida verdaderamente cristiana. Cristo, que invita al banquete eucarístico, es siempre el mismo Cristo que exhorta a la penitencia, que repite el ‘haced penitencia’» (Redemptor hominis, n. 20).
I Corinthiens 11, 30-32
«Por eso»: El Apóstol parece afirmar que la causa de muchas enfermedades e incluso muertes entre los corintios es su falta de reverencia a la Eucaristía: los abusos en aquella comunidad debían de ser abundantes y serios.
Por la enseñanza de Cristo (cfr Ioh 9, 3; 11, 4) sabemos que no todos los males son castigo de un pecado personal; más aún, pueden ser medio de purificación y crecimiento en la virtud, y, unidos a los sufrimientos de Cristo, tener un valor salvífico y traer grandes bienes (cfr Rom 8, 8). Pero también es verdad que Dios puede castigar, incluso en esta vida, los pecados más graves; al referirse a que aquellas desgracias de los corintios son un castigo divino, el Apóstol está insistiendo en que los sacrilegios y cualquier otra irreverencia a la Eucaristía conllevan una especial gravedad.
I Corinthiens 11, 33-34
Estas indicaciones concretas son una muestra del interés del Apóstol por rodear el misterio sublime de la Eucaristía de la adoración, respeto y reverencia debidos, consecuencia lógica de la dignidad excelsa de este Sacramento. La Iglesia, incansablemente, insiste en este punto: «Al celebrar el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, es necesario respetar la plena dimensión del misterio divino, el sentido pleno de este signo sacramental en el cual Cristo, realmente presente, es recibido, el alma es llenada de gracias y es dada la prenda de la futura gloria (cfr Sacrosanctum Concilium, n. 47). De aquí deriva el deber de una rigurosa observancia de las normas litúrgicas y de todo lo que atestigua el culto comunitario tributado a Dios mismo, tanto más porque, en este signo sacramental, Él se entrega a nosotros con confianza ilimitada, como si no tomase en consideración nuestra debilidad humana, nuestra indignidad, los hábitos, las rutinas o, incluso, la posibilidad de ultraje. Todos en la Iglesia, pero sobre todo los Obispos y los Sacerdotes, deben vigilar para que este Sacramento de amor sea el centro de la vida del Pueblo de Dios, para que a través de todas las manifestaciones del culto debido, se procure devolver a Cristo ‘amor por amor’, para que Él llegue a ser verdaderamente ‘vida de nuestras almas’ (cfr Ioh 6, 52-58; 14, 6; Gal 2, 20)» (Redemptor hominis, n. 20).
Chapitre n°12
I Corinthiens 12, 1
San Pablo inicia un nuevo tema, el de los dones espirituales, cuyo ejercicio llevaba consigo algunos desórdenes en las celebraciones litúrgicas, que es de lo que viene hablando desde el capítulo anterior. En primer lugar, explica la naturaleza de los dones y la íntima relación entre éstos y la doctrina del Cuerpo místico (cap. 12); a continuación hace un bello canto a la caridad, el don más excelente de todos (cap. 13); y termina con unas normas prácticas sobre el comportamiento en las asambleas litúrgicas, de quienes gozan de dones extraordinarios (cap. 14).
Comienza refiriéndose a la ignorancia de aquellos cristianos de Corinto, de manera semejante a como lo había hecho con la cuestión de los idolotitos (cfr 10, 1-13), consciente de que las desviaciones morales tienen su origen frecuentemente en el desconocimiento de la doctrina verdadera.
Los dones espirituales, que son denominados también carismas (cfr 1 Cor 12, 4.9.28.30.31), son gracias extraordinarias concedidas principalmente para la utilidad de todos los cristianos y que contribuyen directamente a la edificación de la Iglesia. Los teólogos suelen distinguirlos de la gracia santificante, que directamente perfecciona al individuo que la posee, aunque por la comunión de los santos beneficia a toda la Iglesia. Los dones espirituales que aquí se comentan también ayudan al cristiano que los posee, si bien son concedidos para beneficio de los demás, puesto que son una manifestación visible del Espíritu Santo y aseguran el buen funcionamiento de la Iglesia.
El Conc. Vaticano II enseña con claridad y concisión: «El mismo Espíritu Santo no se limita a santificar al Pueblo de Dios por medio de los sacramentos y de los ministerios, a conducirlo y a adornarlo con las virtudes, sino que, distribuye a cada uno, según quiere (1 Cor 12, 11), reparte también entre los fíeles de cualquier condición gracias especiales, por medio de las que los hace idóneos y los dispone para asumir las diversas obras y oficios útiles para la renovación y la expansión de la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para provecho común (1 Cor 12, 7). Estos carismas, desde los más extraordinarios hasta los más sencillos y corrientes, deben ser recibidos con agradecimiento y consuelo, pues ante todo son apropiados y útiles para las necesidades de la Iglesia. Pero los dones extraordinarios no se deben pedir temerariamente, ni se debe esperar de ellos presuntuosamente los frutos en las obras de apostolado» (Lumen gentium, n. 12).
I Corinthiens 12, 3
He aquí un principio general para discernir las manifestaciones del Espíritu Santo: el reconocimiento de Cristo como Señor. De ahí que los dones del Espíritu Santo no pueden estar en contradicción con la doctrina de la Iglesia. «El juicio de su autenticidad y de su ordenado ejercicio corresponde a quienes presiden en la Iglesia, a quienes de modo especial compete no extinguir el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cfr 1 Thes 5, 12.19-21)» (Lumen gentium, n. 12).
I Corinthiens 12, 4-7
El origen de todos los dones espirituales es Dios. Probablemente San Pablo al hablar de dones, ministerios y operaciones no se refiere a gracias esencialmente distintas entre sí, sino a los aspectos bajo los que pueden ser considerados, y a su atribución a las tres divinas Personas. En cuanto que son dones gratuitos se atribuyen al Espíritu Santo, como confirma más adelante en el v. 11; en cuanto que son concedidos para utilidad y servicio de los demás miembros de la Iglesia, se atribuyen a Cristo, el Señor, que no vino «a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45); y en cuanto que son operativos y producen un bien, se atribuyen a Dios Padre. De esta forma las múltiples gracias que reciben los miembros de la Iglesia son reflejo vivo de Dios, que siendo uno en esencia, es trino en Personas. «Toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (San Cipriano, De dominica oratione, 23). Tan importante es, por tanto, la diversidad de gracias y de dones como la unidad de los mismos, porque todos tienen el mismo origen divino y la misma finalidad, el provecho común (v. 7): «El Espíritu Santo —enseña el Conc. Vaticano II—, que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable unión de los fieles y tan estrechamente une a todos en Cristo, que es el Principio de la unidad de la Iglesia. Él es el que obra las distribuciones de gracias y ministerios, enriqueciendo a la Iglesia de Jesucristo con variedad de dones para la perfección consumada de los santos en orden a la obra del ministerio para la edificación del Cuerpo de Cristo (Eph 4, 12)» (Unitatis redintegratio, n. 2).
I Corinthiens 12, 8-11
La lista de dones especiales que San Pablo menciona aquí no pretende ser exhaustiva, como no lo es la que aparece más adelante en los vv. 28-30, o la de otras cartas como Rom 12, 6-9; Eph 4, 11. Incluso resulta difícil determinar el significado y el alcance de cada uno de estos dones. Lo cierto es que la acción del Espíritu Santo es enormemente fecunda y tuvo en aquellos primeros cristianos de Corinto manifestaciones muy variadas, muchas de ellas extraordinarias.
A lo largo de los siglos, y también actualmente, el Espíritu Santo puede conceder a los fieles dones extraordinarios, con manifestaciones espectaculares, puesto que el poder de Dios no ha menguado (cfr Is 59, 1); sin embargo no sólo estas gracias extraordinarias contribuyen a la expansión de la Iglesia: «La renovación en el Espíritu —enseña el Papa Juan Pablo II— será auténtica y tendrá una verdadera fecundidad en la Iglesia, no tanto en la medida en que suscite carismas extraordinarios, sino en cuanto conduce al mayor número posible de fieles, en su vida cotidiana, a un esfuerzo humilde, paciente, y perseverante para conocer siempre mejor el misterio de Cristo y dar testimonio de Él» (Catechesi tradendae, n. 72). Importa, por tanto, descubrir que el Espíritu Santo continúa actuando dentro de la Iglesia: La acción del Espíritu Santo puede pasarnos inadvertida, porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el pecado del hombre enturbia y oscurece los dones divinos. Pero la fe nos recuerda que el Señor obra constantemente: es Él quien nos ha creado y nos mantiene en el ser; quien, con su gracia, conduce la creación entera hacia la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cfr Rom VIII, 21) (Es Cristo que pasa, n. 130).
I Corinthiens 12, 12-13
Era frecuente entre los clásicos griegos y latinos comparar la sociedad con un cuerpo; aún hoy sigue hablándose de «corporaciones», dando así a entender la mutua responsabilidad de todos los ciudadanos en el bien común de la sociedad. San Pablo, partiendo de esta metáfora, añade dos características importantes: 1) la identificación de la Iglesia con Cristo: «Así también Cristo» (v. 12); 2) el Espíritu Santo como principio vital: «Fuimos bautizados en un mismo Espíritu (...), hemos bebido de un solo Espíritu» (v. 13). De ahí que el Magisterio haya resumido esta doctrina definiendo a la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo, expresión que «brota y aun germina de todo lo que en las Sagradas Escrituras y en los escritos de los Santos Padres frecuentemente se enseña» (Pío XII, Mystici Corporis).
«Así también Cristo»; «Cabría esperar otra consecuencia —comenta San Juan Crisóstomo—, y decir, así también la Iglesia; pero no (...). Porque lo mismo que la cabeza y el cuerpo forman un mismo hombre, así Cristo y la Iglesia forman un mismo cuerpo; y así en lugar de nombrar a la Iglesia, nombra a Cristo» (Hom. sobre 1 Cor, 30, ad loc.). Esta identificación de la Iglesia con Cristo trasciende el ámbito de la metáfora y hace de la Iglesia una sociedad radicalmente distinta de cualquier otra: «Cristo entero está formado por la cabeza y el cuerpo, verdad que no dudo que conocéis bien. La cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de entre los muertos, está sentado a la diestra del Padre. Y su cuerpo es la Iglesia. No esta o aquella iglesia, sino la que se halla extendida por todo el mundo. Ni es tampoco solamente la que existe entre los hombres actuales, ya que también pertenecen a ella los que vivieron antes de nosotros y los que han de existir después, hasta el fin del mundo. Pues toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles —porque todos los fieles son miembros de Cristo—, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su cuerpo desde el Cielo. Y, aunque esta Cabeza se halle fuera de la vista del cuerpo, sin embargo, está unida por el amor» (San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 56, 1).
La unidad maravillosa de la Iglesia proviene del Espíritu Santo que no se limita a congregar a los fieles en una sociedad, sino que penetra y vivifica a los miembros, ejerciendo el mismo cometido que el alma en el cuerpo físico: «Y para que nos renováramos incesantemente en Él (cfr Eph 4, 23) nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio puede ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o alma en el cuerpo humano» (Lumen gentium, n. 7).
«Todos hemos bebido de un solo Espíritu»: Puesto que el Apóstol menciona inmediatamente antes el Bautismo, aquí parece referirse a una nueva efusión del Espíritu Santo, posiblemente en el sacramento de la Confirmación. No es ajeno a la Sagrada Escritura comparar la efusión del Espíritu Santo a la bebida, que tan gráficamente expresa los efectos de la Tercera Persona en el alma reseca; ya en el AT se compara la venida del Espíritu Santo al rocío, la lluvia, etc., y San Juan recoge las palabras del Señor respecto al «agua viva» (Ioh 7, 38; cfr 4, 13-14).
Junto a estos sacramentos de la iniciación cristiana, la Eucaristía tiene especial importancia en orden a realizar la unidad del Cuerpo de Cristo: «Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a una comunión con Él y entre nosotros. Puesto que el pan es uno, muchos somos un solo cuerpo, porque todos participamos de un solo pan (1 Cor 10, 17). Así todos nosotros nos convertimos en miembros de ese Cuerpo (cfr 1 Cor 12, 27) siendo todos miembros los unos de los otros (Rom 12, 5)» (Lumen gentium, n. 7).
I Corinthiens 12, 14-27
La unidad del Cuerpo místico que proviene del mismo principio vital, el Espíritu Santo, y tiende al mismo fin, la edificación de la Iglesia, hace que todos los miembros, cualquiera que sea su posición, tengan la misma dignidad fundamental y la misma importancia. San Pablo desarrolla este pensamiento con un recurso literario de gran fuerza expresiva: personifica a los miembros del cuerpo humano e imagina la queja de los menos favorecidos contra los más nobles (vv. 15-17) y el desprecio por parte de los miembros más nobles frente a los más débiles (vv. 21-24). Con esta digresión pedagógica va reafirmándose la verdad del v. 25: «Que todos los miembros tengan igual solicitud unos de otros». La responsabilidad de cada cristiano brota de la esencia misma de su vocación recibida en el Bautismo y en la Confirmación: En la Iglesia hay diversidad de ministerios —explica San Josemaría Escrivá—, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo. El que no tiene celo por la salvación de las almas, el que no procura con todas sus fuerzas que el nombre y la doctrina de Cristo sean conocidos y amados, no comprenderá la apostolicidad de la Iglesia.
Un cristiano pasivo no ha acabado de entender lo que Cristo quiere de todos nosotros. Un cristiano que vaya a lo suyo, despreocupándose de la salvación de los demás, no ama con el Corazón de Jesús. El apostolado no es misión exclusiva de la Jerarquía, ni de los sacerdotes o religiosos. A todos nos llama el Señor para ser instrumentos, con el ejemplo y la palabra, de esa corriente de gracia que salta hasta la vida eterna (Lealtad a la Iglesia).
I Corinthiens 12, 22-23
San Pablo detalla lo que ocurre en el cuerpo humano y deduce claramente que los miembros que parecen más viles son con frecuencia los más necesarios. Conviene que los cristianos sepan compaginar la humildad con la responsabilidad personal: No me seas... tonto: es verdad que haces el papel —a lo más— de un pequeño tornillo en esa gran empresa de Cristo.
Pero, ¿sabes lo que supone que el tomillo no apriete bastante o salte de su sitio?: se aflojarán piezas de más tamaño o caerán melladas las ruedas.
Se habrá entorpecido el trabajo. —Quizá se inutilizará toda la maquinaria.
¡Qué grande cosa es ser un pequeño tornillo! (Camino, n. 830).
I Corinthiens 12, 26
La unión vital y la mutua acción de unos miembros en otros que San Pablo expone aquí ha sido enseñada desde el principio por la Iglesia, y formulada en el Credo con la expresión Comunión de los Santos. El Papa Pablo VI describe así este dogma de fe: «Creemos en la comunión de todos los fieles de Cristo, de los que aún peregrinan en la tierra, de los difuntos que cumplen su purificación, de los bienaventurados del Cielo, formando todos juntos una sola Iglesia; y creemos que en esta comunión el amor misericordioso de Dios y de los santos escucha siempre nuestras plegarias, como el mismo Jesús nos ha dicho: Pedid y recibiréis (cfr Lc 10, 9-10; Ioh 16, 24)» (Credo del Pueblo de Dios, n. 30).
Por esta inefable verdad nos sentimos solidarios unos de otros y continuamente revitalizados —como el enfermo a quien se le hace una transfusión de sangre (cfr Camino, n. 544)—, por los méritos de todos los miembros de la Iglesia, y, en primer lugar, de los de Jesucristo, Cabeza: «Conviene notar —dice Santo Tomás de Aquino— que no sólo se nos comunica la eficacia de la Pasión de Cristo, sino además los méritos de su vida. Y todo lo bueno que han hecho todos los santos se comunica a los que viven en caridad, porque todos son una sola cosa (...). De ahí que quien vive en caridad participa de todo lo bueno que se lleva a cabo en el mundo entero (...). Así pues, por la Comunión de los Santos conseguimos dos cosas: una, que los méritos de Cristo se nos comuniquen a todos; otra, que el bien llevado a cabo por uno se comunique a otro» (Super Symbolum Apostolorum, 10).
I Corinthiens 12, 28-30
San Pablo termina esta explicación sobre los diversos miembros del cuerpo, aplicándola a la Iglesia, en la cual la diversidad de funciones no va en detrimento de su unidad. Sería un grave error no reconocer en la estructura visible de la Iglesia, tan diversificada, la realidad de la única Iglesia, visible y espiritual a un tiempo, fundada por Jesucristo. Lo enseña con palabras precisas el Conc. Vaticano II: «La sociedad provista de sus órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino. Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación, unido indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo (cfr Eph 4, 16)» (Lumen gentium, n. 8).
Así es la Iglesia, porque así la ha querido Jesucristo su Fundador: La Iglesia, por voluntad divina, es una institución jerárquica. Sociedad jerárquicamente organizada la llama el Conc. Vaticano II (Const. Lumen gentium, n. 8), donde los ministros tienen un poder sagrado (Const. Lumen gentium, n. 18). La jerarquía no sólo es compatible con la libertad, sino que está al servicio de la libertad de los hijos de Dios (cfr Rom 8, 21) (...). Jerarquía significa gobierno santo y orden sagrado, y de ningún modo arbitrariedad humana o despotismo infrahumano. En la Iglesia el Señor dispuso un orden jerárquico, que no ha de transformarse en tiranía: porque la autoridad misma es un servicio, como lo es la obediencia.
En la Iglesia hay igualdad: una vez bautizados, todos somos iguales, porque somos hijos del mismo Dios, Nuestro Padre. En cuanto cristianos, no media diferencia alguna entre el Papa y el último que se incorpora a la Iglesia. Pero esa igualdad radical no entraña la posibilidad de cambiar la constitución de la Iglesia, en aquello que ha sido establecido por Cristo. Por expresa voluntad divina tenemos una diversidad de funciones, que comporta también una capacitación diversa, un carácter indeleble conferido por el Sacramento del Orden para los ministros sagrados. En el vértice de esa ordenación está el sucesor de Pedro y, con él y bajo él, todos los obispos: con su triple misión de santificar, de gobernar y de enseñar (San Josemaría Escrivá, El fin sobrenatural de la Iglesia).
I Corinthiens 12, 31
«Aspirad a los carismas mejores»: Según algunos manuscritos griegos se puede traducir: «Aspirad a carismas mayores». San Pablo alienta a sus cristianos a que, dentro de los múltiples dones del Espíritu Santo, valoren aquellos que son más importantes para el bien de la Iglesia y no los que pueden aparecer más espectaculares. Probablemente alude a la doctrina que va a exponer más adelante (cap. 14) sobre la supremacía de las gracias y carismas orientados a la enseñanza y a la catequesis.
«Un camino más excelente»; Se refiere, sin duda, a la caridad elogiada y explicada a continuación (cap. 13). Por tanto, el denominado «himno a la caridad» no es una digresión advenediza y menos una adición posterior, sino un desahogo del alma grande del Apóstol, que de modo hasta literariamente perfecto enseña claramente que la caridad es el don más excelente, es un camino, un medio seguro para alcanzar la santidad y la salvación, y la señal específica del cristiano: «El primero y más imprescindible don es la caridad con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Él (...). Pues la caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley (cfr Col 3, 14; Rom 13, 10), rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo» (Lumen gentium, n. 42).
Chapitre n°13
I Corinthiens 13, 1-13
El maravilloso himno a la caridad es una de las más bellas páginas de San Pablo. Los recursos literarios de este capítulo van encaminados a presentar con todo su esplendor la caridad. Bajo tres aspectos canta San Pablo la trascedencia del amor: superioridad y necesidad absoluta de este don (vv. 1-3); características y manifestaciones concretas (vv. 4-7); permanencia eterna de la caridad (vv. 8-13).
El amor, la caridad de la que habla San Pablo, nada tiene que ver con el deseo egoísta de posesión sensible o pasional; ni tampoco se limita a la mera filantropía, que nace de razones humanitarias; se trata de un amor dentro del nuevo orden establecido por Cristo, cuyo origen, contenido y fin son radicalmente nuevos: nace del amor de Dios a los hombres, tan intenso que les entregó a su Hijo Unigénito (Ioh 3, 16). El cristiano puede corresponder por el don del Espíritu Santo (cfr Gal 5, 22; Rom 15, 30), y, en virtud de ese amor divino, descubre en su prójimo al mismo Dios: sabe que todos somos hijos del mismo Padre y hermanos de Jesucristo: Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la simple camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar —insisto— la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo (Amigos de Dios, n. 230).
I Corinthiens 13, 1-3
La caridad es un don tan excelente, que sin ella los demás dones pierden su razón de ser. Para mayor claridad San Pablo menciona los que parecen más extraordinarios: el don de lenguas, la ciencia, los actos heroicos.
En primer lugar, el don de lenguas. Santo Tomás comenta que el Apóstol «con razón compara las palabras carentes de caridad al sonido de unos instrumentos sin vida, al de la campana o los platillos que, aunque produzcan un sonido diáfano, sin embargo, es un sonido muerto. Lo mismo ocurre con el discurso de un hombre sin caridad; aunque sea brillante, es considerado como muerto porque no aprovecha para merecer la vida eterna» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc.). Hiperbólicamente menciona San Pablo la lengua de los ángeles como supremo grado del don de lenguas.
«No sería nada»: Es una conclusión tajante. Poco después (1 Cor 15, 10) afirmará el propio San Pablo «por la gracia de Dios soy lo que soy», dando a entender que del amor de Dios al hombre (la gracia) nace el amor del hombre a Dios y al prójimo por Dios (la caridad).
La ciencia y la fe, que no tienen por qué ir separadas, también adquieren su pleno sentido en el cristiano que vive por la caridad: «Cada uno, según sus propios dones y funciones, debe caminar sin vacilación en el camino de la fe viva, que engendra la esperanza y obra por la caridad» (Lumen gentium, n. 41).
Propiamente el martirio es el supremo acto de amor. San Pablo habla como en los puntos anteriores, de casos hipotéticos o gestos meramente externos, que aparentan desprendimiento y generosidad, pero que son pura apariencia: «Quien no tiene caridad —en palabras de San Agustín— aunque temporalmente tenga estos dones, se le quitarán. Se le quitará lo que tiene, porque le falta lo principal: aquello por lo que tendrá todas las cosas y él mismo no perecerá (...). Tiene la virtud de poseer, pero no tiene la caridad en el obrar; luego como le falta esto, lo que tiene le será quitado» (Enarrationes in Psalmos, 146, 10).
I Corinthiens 13, 4-7
En la enumeración de las cualidades de la caridad, San Pablo, bajo la inspiración del Espíritu Santo, comienza por señalar dos características generales —paciencia y benignidad— que en la Biblia se atribuyen fundamentalmente a Dios. Ambas introducen hasta trece manifestaciones concretas de la caridad.
La paciencia es una cualidad alabada frecuentemente en la Biblia: en los Salmos se dice que Dios es paciente, lento a la ira (Ps 145, 8); significa una serena magnanimidad ante las injurias, la benignidad tiene el sentido de inclinación a hacer el bien a todos. Santo Tomás la explica a partir de la etimología: «La benignidad es como ‘buena ignición’ —bona igneitas—: así como el fuego hace que los elementos sólidos se licúen y se derramen, la caridad hace que los bienes que tiene el hombre no los retenga para sí, sino que los difunda a los demás» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc.). Al atribuir a la caridad cualidades que son aplicables primordialmente a Dios, aprendemos el valor de esta virtud y su excelencia: La caridad con el prójimo es una manifestación del amor a Dios. Por eso, al esforzarnos por mejorar en esta virtud, no podemos fijarnos límite alguno. Con el Señor, la única medida es amar sin medida. De una parte, porque jamás llegaremos a agradecer bastante lo que Él ha hecho por nosotros; de otra, porque el mismo amor de Dios a sus criaturas se revela así: con exceso, sin cálculos, sin fronteras (Amigos de Dios, n. 232).
«El amor es paciente —comenta San Gregorio Magno— porque lleva con ecuanimidad los males que le infligen. Es benigno porque devuelve bienes por males. No es envidioso porque como no apetece nada en este mundo, no sabe lo que es envidiar las prosperidades terrenas. ‘No obra con soberbia’, porque anhela con ansiedad el premio de la retribución interior y no se exalta por los bienes exteriores. ‘No se jacta’, porque sólo se dilata por el amor de Dios y del prójimo e ignora cuanto se aparta de la rectitud. ‘No es ambicioso’, porque, mientras con todo ardor anda solícito de sus propios asuntos internos, no sale fuera de sí para desear los bienes ajenos. ‘No busca lo suyo’, porque desprecia, como ajenas cuantas cosas posee transitoriamente aquí abajo, ya que no reconoce como propio más que lo permanente. ‘No se irrita’, y, aunque las injurias vengan a provocarle, no se deja conmover por la venganza, ya que por pesados que sean los trabajos de aquí, espera, para después, premios mayores. ‘No toma en cuenta el mal’, porque ha afincado su pensamiento en el amor de la pureza, y mientras que ha arrancado de raíz todo odio, es incapaz de alimentar en su corazón ninguna aversión. ‘No se alegra por la injusticia’, ya que no alimenta hacia todos sino afecto y no disfruta con la ruina de sus adversarios. ‘Se complace con la verdad’, porque amando a los demás como a sí mismo, cuanto encuentra de bueno en ellos le agrada como si se tratara de un aumento de su propio provecho» (Moralia, X, 7-8.10).
I Corinthiens 13, 7
La repetición de la palabra todo en estas últimas notas refuerza el valor absoluto e insustituible de la caridad. No es una hipérbole ni menos una utopía; es el conocimiento, que la Palabra de Dios confirma, de que el amor está en el principio y en el fondo de toda virtud cristiana: Si todos somos hijos de Dios —recuerda el Fundador del Opus Dei—, la fraternidad ni se reduce a un tópico, ni resulta un ideal ilusorio: resalta como meta difícil, pero real.
Frente a todos los cínicos, a los escépticos, a los desamorados, a los que han convertido la propia cobardía en una mentalidad, los cristianos hemos de demostrar que ese cariño es posible. Quizá existan muchas dificultades para comportarse así, porque el hombre fue creado libre, y en su mano está enfrentarse inútil y amargamente contra Dios: pero es posible y es real, porque esa conducta nace necesariamente como consecuencia del amor de Dios y del amor a Dios. Si tú y yo queremos, Jesucristo también quiere. Entonces entenderemos con toda su hondura y con toda su fecundidad el dolor, el sacrificio y la entrega desinteresada en la convivencia diaria (Amigos de Dios, n. 233).
I Corinthiens 13, 8-13
La caridad es perdurable, no desaparecerá jamás. En este sentido es mayor que todos los demás dones de Dios: cada uno de ellos es concedido en orden a que el hombre alcance la perfección y la bienaventuranza definitiva; la caridad, en cambio es la misma bienaventuranza. Una cosa es imperfecta, comenta Santo Tomás, por doble razón, o porque en sí misma tiene defectos o porque es superada en una etapa posterior. En este segundo sentido el conocimiento de Dios en esta vida y la profecía son superados por la visión cara a cara. «La caridad, en cambio, que es amor de Dios, no desaparece sino que aumenta; cuanto más perfectamente se conoce a Dios, más perfectamente se le ama» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).
San Pablo repite constantemente el consejo de adquirir la caridad, vínculo de perfección (Col 3, 14), como meta esencial del cristiano. Siguiendo su ejemplo los santos han reiterado la misma doctrina; Santa Teresa se expresaba en estos términos: «Sólo quiero que estéis advertidos que para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y ansí lo que más os despertare a amar, eso haced.
»Quizá no sabemos qué es amar, y no me espantaré mucho; porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar en cuanto pudiéremos no le ofender y rogarle que vaya siempre adelante la honra y gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia católica. Éstas son las señales del amor» (Moradas, IV, cap. 7).
I Corinthiens 13, 11-12
«Entonces conoceré como soy conocido»: Según la forma habitual de expresarse en la Biblia se evita repetir el nombre de Dios; el sentido de esta frase es: «Entonces conoceré a Dios como Dios mismo me conoce».
El conocimiento que Dios tiene de los hombres no es meramente especulativo, sino que lleva consigo una unión intima y personal que abarca el entendimiento, la voluntad y todas las aspiraciones nobles de la persona. Así, en la Sagrada Escritura se dice que Dios conoce a un hombre cuando muestra por él una especial predilección (1 Cor 8, 3), sobre todo cuando lo ha elegido con vocación cristiana (Gal 4, 8).
La felicidad en el Cielo consiste en ese conocimiento inmediato de Dios. Para mejor entenderlo San Pablo pone el símil del espejo: antiguamente los espejos se hacían de metal, y la imagen que ofrecían era borrosa y oscura. La comparación de todas formas es igualmente comprensible para nosotros, teniendo en cuenta que —como aclara Santo Tomás— en el Cielo «veremos a Dios cara a cara, porque le veremos inmediatamente, tal como cara a cara vemos a un hombre.
»Y por esta visión nos asemejamos en gran manera a Dios, haciéndonos participes de su bienaventuranza: pues Dios comprende su propia sustancia en su esencia y en eso consiste su felicidad. Por eso escribe San Juan (1 Ioh 3, 2); Y cuando aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (Suma contra los gentiles, III, 51).
En relación con este punto, enseña el Magisterio de la Iglesia que, «según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos que salieron de este mundo (...) ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara, sin mediación de criatura alguna que tenga razón de objeto visto, sino por mostrárseles la divina esencia de modo inmediato y desnudo, clara y patentemente, y que viéndola así gozan de la misma divina esencia y que, por tal visión y fruición, las almas de los que salieron de este mundo son verdaderamente bienaventuradas y tienen vida y descanso eterno» (Benedictus Deus).
I Corinthiens 13, 13
La fe, la esperanza y la caridad son las virtudes más importantes de la vida cristiana. Se las llama teologales, «porque tienen a Dios por objeto inmediato y principal» (Catecismo Mayor, n. 859), y Él mismo las infunde en el alma junto con la gracia santificante (cfr Ibid., n. 861).
La fe y la esperanza no permanecen en el Cielo: la fe es sustituida por la visión beatifica, la esperanza por la posesión de Dios. La caridad, en cambio, perdurará eternamente.
Al explicar la excelencia de la caridad sobre la fe y la esperanza, Santo Tomás dice que entre las virtudes teologales será mejor la que una más directamente a Dios: «La fe y la esperanza unen a Dios en cuanto que de Él nos vienen el conocimiento de la verdad y la posesión del bien; la caridad, en cambio, nos une al mismo Dios para reposar en Él, no para que nos venga ninguna otra cosa de Él» (Suma Teológica, II-II, q. 23, a. 6).