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I Corinthiens 8, 4-6
San Pablo recuerda a los corintios, que vivían en un ambiente pagano y politeísta, la verdad primera y fundamental del credo cristiano: no hay más que un solo Dios verdadero. Los ídolos que adoran los paganos, aunque lleven el nombre de dioses —como los de la mitología griega— o de señores —como los héroes o emperadores divinizados—, no lo son de verdad, sino sólo en la imaginación de los hombres. El único que realmente merece esos títulos, es el Dios vivo y verdadero que se nos revela en la Sagrada Escritura como Uno y Trino.
 
I Corinthiens 8, 6
Tanto el Padre como el Hijo son, cada uno, Dios y Señor: «Así como San Pablo no quita al Padre la cualidad de Señor, diciendo del Hijo que es el único Señor, tampoco rechaza al Hijo la cualidad de Dios, diciendo del Padre que es el solo Dios» (Hom. sobre 1 Cor, 20, ad loc.). De hecho, el título «Señor» se utiliza para referirse a Dios, de modo que llamar a Jesucristo «Señor» equivale a llamarle Dios; además, lo que el Apóstol señala aquí para el Padre aparece en otros pasajes atribuido al Hijo, y al revés (cfr p. ej. Rom 11, 36; Eph 4, 5-6; Col 1, 16-17; Heb 2, 10). La acción creadora es común a las tres Personas divinas de la Santísima Trinidad, y también es la Santísima Trinidad el fin de todo lo creado (cfr IV Conc. de Letrán, De fide catholica).
Aunque en este pasaje no aparece mencionado el Espíritu Santo, San Pablo habla de Él en esta misma carta (cfr 2, 10 ss.; 6, 19-20).


I Corinthiens 8, 7-13
La caridad exige abstenerse de los idolotitos, cuando su comida pueda ser motivo de escándalo para otros, de «tropiezo para los débiles» (v. 9). La enseñanza del Apóstol es clara: antes que ser motivo de escándalo para alguien, por el que ha muerto Cristo, «no comeré carne jamás» (v. 13; cfr en Rom 14, 14-23 una enseñanza similar).
El escándalo de aquellos cristianos es un ejemplo de lo que suele denominarse escándalo de los pusilánimes, en el cual se da ocasión de pecado a alguien —por su ignorancia, debilidad o poca formación doctrinal— con una acción que de suyo es buena o indiferente. También en estos casos, por caridad, hay que procurar evitar el escándalo (cfr nota a Rom 14, 13-21).


I Corinthiens 8, 11-13
San Pablo resalta la gravedad del escándalo que dan aquellos corintios, que cegados por su soberbia no han captado el daño que hacían a otros hermanos suyos en la fe. Así, pueden provocar la perdición de alguno, «por el que murió Cristo»: el Señor se ofreció en la Cruz por todos y por cada uno de los hombres de todos los tiempos. «¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha ‘merecido tener tan gran Redentor’ (Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia Pascual), si ‘Dios ha dado a su Hijo’, a fin de que él, el hombre, ‘no muera sino que tenga la vida eterna’ (cfr Ioh 3, 16)» (Redemptor hominis, n. 10). No puede perderse nunca de vista el valor inmenso que tiene cada persona; un valor que se deduce sobre todo del precio —la muerte de Cristo— pagado por ella: Cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo (Es Cristo que pasa, n. 80).
Además, el Apóstol señala que, al escandalizar, «pecáis contra Cristo». Es una enseñanza del mismo Señor —«cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40; cfr 25, 45)—, que San Pablo tendría especialmente grabada desde que, persiguiendo a los cristianos, escuchó de Jesucristo: «¿Por qué me persigues?» (Act 9, 4). El cristiano ha de ver siempre a Cristo en los demás hombres.
La consecuencia es evidente: si es preciso, dice, «no comeré carne jamás». Por salvar un alma se ha de estar dispuesto a cualquier sacrificio.


Chapitre n°9
I Corinthiens 9, 1-27
En el capítulo anterior, San Pablo ha explicado cómo la caridad exige en determinadas circunstancias no hacer uso de ciertos derechos, para no dañar al prójimo. Ahora, ilustra ese principio con su ejemplo: es apóstol, y, en consecuencia, podría exigir algunos derechos (vv. 1-14), pero por amor a la vocación recibida de Dios y a todas las almas, ha renunciado por completo a ellos (vv. 15-27). Todo el capítulo, y especialmente los vv. 19-23, pone de manifiesto la extraordinaria grandeza de la figura de San Pablo que, entregado por completo al cumplimiento de la misión recibida de Dios, se hace «todo para todos» (v. 22), para salvar a cuantos sea posible.


I Corinthiens 9, 1-2
Defiende su carácter de apóstol, antes de exponer los derechos que como tal podría exigir (vv. 4-14). En otros pasajes de sus cartas hace una defensa más amplia y detallada (cfr Gal 1, 16-2, 21; 2 Cor 10-12). Aquí se limita a señalar dos puntos que justifican ese título: ha visto a Jesucristo (cfr Act 9, 1-19; 1 Cor 15, 8); y ha fundado la iglesia en Corinto (cfr Act 18, 1-18).


I Corinthiens 9, 4-14
El Apóstol expone algunos derechos que podría exigir: llevar consigo alguna mujer cristiana que le atendiera (cfr nota a vv. 5-6), y ser sustentado por los fieles. Explica este punto acudiendo en primer lugar al sentido común, mediante la comparación con el soldado —que debe ser sostenido por aquellos a quien sirve—, y el viñador y el pastor, que viven del fruto de su trabajo; también el Apóstol, que trabaja dedicado al servicio de los demás, en la predicación y la administración de los sacramentos, debe ser sostenido por los fieles, que son como el fruto de su trabajo. Además, cita Dt 25, 4 —aplicando lo que dice la Ley de Moisés sobre el buey que trilla al trabajo del apóstol— y recuerda el mandato del Señor: «El que trabaja es merecedor de su salario» (Lc 10, 7; cfr Mt 10, 10; en 1 Tim 5, 18 recordará de nuevo San Pablo estas mismas citas).
En el quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia —«ayudar a la Iglesia en sus necesidades»— se incluye la obligación de los fieles de «proveer a la decorosa sustentación de sus ministros» (Catecismo Mayor, n. 504). Y el Conc. Vaticano II recordaba: «Los presbíteros, consagrados al servicio divino en el cumplimiento del cargo que se les ha encomendado, merecen recibir una justa remuneración, pues el que trabaja es merecedor de su salario (Lc 10, 7), y ha ordenado el Señor a los que anuncian el Evangelio, que vivan del Evangelio (1 Cor 9, 14). Por ello, en la medida en que no se hubiera provisto por otra parte a la justa retribución de los presbíteros, los fieles mismos, como quiera que los presbíteros trabajan por su bien, tienen verdadera obligación de procurar que se les proporcione los medios necesarios para llevar una vida honesta y digna» (Presbyterorum ordinis, n. 20).


I Corinthiens 9, 5-6
Del texto no se deduce que los Apóstoles estuvieran casados, aunque sabemos que al menos San Pedro sí lo estuvo (cfr Mc 1, 29-31; Mt 8, 14-15; Lc 4, 38-39). Los Evangelios hablan de algunas mujeres que acompañaban al Señor y a sus discípulos, ayudándoles con sus bienes y su trabajo (cfr Lc 8, 1-3; 23, 55). Algunos apóstoles contaban, para sus necesidades materiales, con esa ayuda a la que tanto Pablo como Bernabé habían renunciado.
Como se explica ampliamente en las notas a Mt 12, 46-47 y Mc 6, 1-3, la expresión «hermanos del Señor» hace referencia a parientes de Jesús de diverso grado, ya que en hebreo y arameo no había términos concretos para indicar los grados de parentesco. Sabemos que Jesucristo fue el único hijo de Santa María, siempre Virgen (cfr Pablo IV, Const. Cum quorumdam, 7-VIII-1555). En esa expresión San Pablo incluiría posiblemente a tres apóstoles: Santiago el Menor, Judas Tadeo y Simón el Celotes.
Sobre la persona de San Bernabé cfr nota a Act 4, 36-37.


I Corinthiens 9, 15-18
Como ya había adelantado en el v. 12, San Pablo aclara que ni ha utilizado hasta ahora, ni piensa utilizar en adelante, su derecho a ser sustentado por los fieles. Sabedor de que la vocación recibida de Dios le obliga a predicar el Evangelio, prefiere hacerlo sin recibir nada a cambio. La actitud del Apóstol resulta de una inmensa grandeza y humildad: arrostra todo tipo de sufrimientos, privaciones y peligros por el Evangelio (cfr 2 Cor 11, 23-33), y considera que no hace más que cumplir con su deber. Su actuación recuerda la enseñanza de Jesucristo: «Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10; cfr Mt 10, 8).
Para vivir de acuerdo con esa norma de conducta que se había trazado. San Pablo tuvo que añadir a todos los trabajos de la evangelización, los necesarios para procurarse el propio sustento. Así, por ejemplo, los Hechos de los Apóstoles hablan de su trabajo en Corinto (18, 3) y en Éfeso (20, 34); y él mismo cuenta a los tesalonicenses: «Día y noche trabajábamos para no ser gravosos a ninguno de vosotros, mientras os anunciábamos el Evangelio de Dios» (1 Thes 2, 9; 2 Thes 3, 9). Sólo a los filipenses, a quienes tenía especialísimo cariño, permitió alguna excepción en este sentido (cfr Phil 4, 15-16). En ningún momento considera que los demás hagan mal, «pues el Señor había dispuesto que los que anuncian el Evangelio vivan de él (...). Pero él fue más allá y no quiso recibir siquiera lo que se le debía» (San Agustín, Sermo 46).
 
I Corinthiens 9, 16
Con estas palabras de San Pablo la Iglesia ha recordado con frecuencia a los fieles la llamada que el Señor les hace al apostolado, en virtud de los sacramentos del Bautismo y la Confirmación. El Conc. Vaticano II precisa: «Este apostolado no consiste tan sólo en el testimonio de la vida. El verdadero apóstol busca ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra: a los no creyentes para llevarlos a la fe; a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa: ‘Porque la caridad de Cristo nos urge’ (2 Cor 5, 14), y en el corazón de todos deben resonar las palabras del Apóstol: ‘¡Ay de mí si no evangelizara!’» (Apostolicam actuositatem, n. 6).
San Juan Crisóstomo salía al paso de las posibles disculpas ante esta obligación: «Nada hay más frío que un cristiano que no se preocupe por la salvación de los demás (...). No digas: no puedo ayudar a los demás, pues si eres cristiano de verdad es imposible que no lo puedas hacer. Las propiedades de las cosas naturales no se pueden negar: lo mismo sucede con esto que afirmamos, pues está en la naturaleza del cristiano obrar de esta forma. No ofendas a Dios con una falsedad. Si dijeras que el sol no puede lucir, infliges una ofensa a Dios y lo haces mentiroso. Es más fácil que el sol no luzca ni caliente que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto, sería que la luz fuese tinieblas. No digas que es una cosa imposible; lo imposible es lo contrario (...). Si ordenamos bien nuestra conducta, todo lo demás seguirá como consecuencia natural. No puede ocultarse la luz de los cristianos, no puede ocultarse una lámpara tan brillante» (Hom. sobre Act, 20).


I Corinthiens 9, 19-23
Identificado con Cristo (cfr Gal 2, 20), que «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos» (Mt 20, 28), el Apóstol se hace «todo para todos», con corazón grande, deseoso de salvar al mayor número posible de almas, a costa de los mayores sacrificios y pasando por las humillaciones que sean necesarias. El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos —con su trato— la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería miserable y egoísta: debe hacerse todo para todos, para salvarlos a todos (1 Cor IX, 22) (Es Cristo que pasa, n. 124).
Es evidente que esta preocupación por los demás no puede llevar consigo una cesión en las verdades de la fe. El Papa Pablo VI, haciendo referencia a este punto, comentaba: «El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad respecto al compromiso con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que deben definir nuestra profesión cristiana. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la Palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado del contagio de los errores con los que se pone en contacto» (Ecclesiam suam, n. 33).


I Corinthiens 9, 24-27
Estas imágenes deportivas eran muy familiares para los corintios, ya que cada dos años se celebraban en su ciudad los juegos atléticos del istmo de Corinto. Con frecuencia, hablando de la vida cristiana, el Apóstol acude en sus cartas a estas imágenes: la carrera (cfr Gal 5, 7; Phil 3, 12-14; 2 Tim 4, 7); el combate (1 Tim 6, 12; 2 Tim 4, 7) y la corona (2 Tim 4, 8).
La vida del cristiano sobre la tierra lleva consigo necesariamente lucha interior; como en las competiciones, hay que saber enfocar esta pelea con ánimo deportivo, pasando por los sacrificios que sean necesarios, sin desalentarse por los obstáculos, las derrotas o las propias miserias: Advertir en el cuerpo y en el alma el aguijón de la soberbia, de la sensualidad, de la envidia, de la pereza, del deseo de sojuzgar a los demás, no debería significar un descubrimiento —enseña San Josemaría Escrivá—. Es un mal antiguo, sistemáticamente confirmado por nuestra personal experiencia; es el punto de partida y el ambiente habitual para ganar en nuestra carrera hacia la casa del Padre, en este íntimo deporte. Por eso enseña San Pablo: yo voy corriendo, no como quien corre a la ventura, no como quien da golpes al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado (1 Cor IX, 26) (...). En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maniaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día (Es Cristo que pasa, n. 75).
 
I Corinthiens 9, 27
Mientras estamos en esta vida, nadie tiene la perseverancia final asegurada: «Nadie se prometa nada cierto con absoluta certeza, aunque todos deben colocar y poner en el auxilio de Dios la más firme esperanza. Porque Dios, si ellos no faltan a su gracia, como empezó la obra buena, así la acabará, ‘obrando el querer y el acabar’ (Phil 2, 13)» (De iustificatione, cap. 13). En esa lucha ascética que, en consecuencia, ha de mantener todo hombre, el Apóstol señala la necesidad de la mortificación del propio cuerpo y de sus malas inclinaciones. De esta forma, con la ayuda de la gracia de Dios y fiado en su misericordia, podrá el cristiano hacer suyas las palabras que San Pablo escribía al final de su vida: «Y ahora me está preparada la corona de la justicia que el Señor, justo Juez, me dará en aquel día» (2 Tim 4, 8).


Chapitre n°10
I Corinthiens 10, 1-33
Explica ahora las enseñanzas que, de algunos sucesos de la Historia de Israel, deben sacar aquellos corintios, tan presuntuosos y cegados en su soberbia (vv. 1-13). Se fija sobre todo en el Éxodo de los israelitas desde Egipto a la Tierra Prometida: Dios realizó por ellos grandes prodigios (vv. 1-4); pero por sus frecuentes infidelidades la mayoría murió durante el trayecto (vv. 5-10); todo esto, concluye el Apóstol, debe servir como lección para nosotros, desconfiando de las propias fuerzas, porque podemos ser infieles a Dios y merecer su reprobación, como aquellos israelitas (vv. 11-13). «Los beneficios de Dios a este pueblo (el hebreo) eran figura de los beneficios que debía concedernos un día por el Bautismo y la Eucaristía. Y los castigos son figura de los castigos reservados para nuestra ingratitud. El Apóstol nos lo recuerda con el deseo de que estemos más vigilantes» (Hom. sobre 1 Cor, 23, ad loc.).
En la segunda parte del capitulo (vv. 14-33) San Pablo termina de resolver la consulta sobre la comida de las carnes inmoladas a los ídolos, explicando el modo de comportarse en algunas situaciones concretas.


I Corinthiens 10, 1-4
El éxodo de los israelitas estuvo acompañado de abundantes hechos prodigiosos. San Pablo recuerda algunos: Dios los precedía en columna de nube durante el día, para marcarles el camino (cfr Ex 13, 21-22); atravesaron por medio del Mar Rojo (cfr Ex 14, 15-31); fueron alimentados con el maná (cfr Ex 16, 13-15) y bebieron de las aguas que Moisés hizo brotar de una roca (cfr Ex 17, 1-7; Num 20, 2-13).
En la nube y en el mar San Pablo contempla los dos elementos fundamentales del Bautismo cristiano: el Espíritu Santo y el agua (cfr Catecismo Romano, II, 2, 9). Siguiendo a Moisés bajo la nube y por el mar, los israelitas se habían vinculado de alguna manera a él, anticipando la plena incorporación del cristiano a Jesucristo mediante el Bautismo (cfr Rom 6, 3-11).
San Pablo llama al maná y al agua que brotó de la roca, alimento y bebida «espirituales», por ser figuras de la Eucaristía (cfr Ioh 6, 48-51). Los Santos Padres han comentado estos versículos señalando la excelencia de la Eucaristía sobre lo que la prefiguraba: «Considera ahora cuál de los dos alimentos es más excelente (...). El maná descendía del cielo, éste se halla por encima del cielo; aquél pertenecía al cielo, éste al Señor del cielo; aquél se corrompía si se guardaba para otro día, éste es ajeno a toda corrupción, pues cualquiera que lo guste con las debidas disposiciones no podrá experimentar la corrupción. Para aquellos el agua manó de la piedra, para ti la sangre fluye de Cristo. A aquellos el agua les quitó la sed por un momento, a ti la sangre te lava para siempre. Los judíos bebieron y tienen sed; tú, una vez que has bebido, ya no puedes sentir sed. Todo aquello sucedía en figura, esto en verdad. Si aquello que te parece maravilloso no fue más que una sombra, cuánto más maravilloso será esto cuya sombra te admira» (San Ambrosio, Tratado sobre los misterios).
«La roca era Cristo»: En el Antiguo Testamento Yahwéh era designado en ocasiones con el nombre de roca (cfr Dt 32, 4.15.18; 2 Sam 22, 32; 23, 3; Is 17, 10; etc.); como hará en otras ocasiones (cfr p. ej., Rom 9, 33; 10, 11-13; Eph 4, 8), San Pablo aplica a Jesucristo —manifestando así su divinidad— las prerrogativas de Yahwéh. También en otros lugares del Nuevo Testamento se hablará del Señor como la piedra angular (cfr Mt 21, 42; Act 4, 11; Eph 2, 20). Al comentar que la roca «los seguía» es posible que se refiera —sin aprobarla— a una leyenda rabínica que decía que la roca de donde brotó el agua había seguido a los israelitas por el desierto.


I Corinthiens 10, 5-10
A pesar de tantos prodigios como Dios fue haciendo con los israelitas durante el Éxodo, sólo algunos de los que habían salido de Egipto pudieron entrar en la Tierra Prometida (cfr Num 26, 65). San Pablo enumera algunas de las reiteradas infidelidades del pueblo de Israel, causa de los castigos de Yahwéh: la idolatría (cfr Ex 32), la fornicación (cfr Num 25), las quejas y la murmuración contra Dios y Moisés (cfr p. ej. Ex 15, 23-25; 16, 2-3; 17, 2-7; Num 21, 4-9; 17, 6-15).


I Corinthiens 10, 11-13
Los hechos acaecidos en la Historia de Israel, y narrados en el AT, anuncian realidades que van a suceder con la venida de Jesucristo (cfr nota a 1 Cor 10, 1-4), y además son una enseñanza para nosotros. En este punto insiste ahora San Pablo: por grandes que sean los beneficios recibidos de Dios, nadie puede considerar que tiene segura la salvación eterna. «Cuanto más grande seas, humíllate más y hallarás gracia ante el Señor» (Eccli 3,20): es necesario implorar continuamente la ayuda divina, sin confiar en las propias fuerzas.
A la vez, San Pablo recuerda la fidelidad de Dios (cfr también Phil 1, 6; 1 Thes 5, 24; 2 Thes 3, 3), que no permite nunca que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, y siempre nos da las gracias necesarias, para poder vencer en la lucha: «Si alguien aduce la excusa de que la debilidad de la naturaleza le impide amar a Dios, enséñese que Dios, que pide nuestro amor, ha derramado en nuestros corazones la virtud de la caridad por medio de su Santo Espíritu (cfr Rom 5, 5); y nuestro Padre Celestial da este buen Espíritu a los que se lo piden (cfr Lc 9, 13); y así con razón le suplicaba San Agustín: Da lo que mandas, y manda lo que quieras (Confesiones, X, 29, 31 y 37). Y, toda vez que está a nuestra disposición el auxilio divino, especialmente después que por la muerte de Cristo nuestro Señor fue arrojado fuera el príncipe de este mundo, no hay por qué aterrarse por la dificultad de la obra; porque nada es difícil para quien ama» (Catecismo Romano, III, 1, 7).


I Corinthiens 10, 14-22
Una vez ilustrados los principios generales con su ejemplo, y con las lecciones que se desprenden de la historia de Israel (cfr nota a los caps. 8-10), San Pablo vuelve al tema de los idolotitos. No pueden los cristianos participar en los banquetes de los santuarios paganos, ya que se trata de un acto de idolatría: en efecto, los judíos —al comer de las víctimas sacrificadas a Yahwéh— participaban en el sacrificio y el culto a Él; los cristianos, al recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos a Cristo. De manera semejante, los participantes en los banquetes idolátricos se unen de alguna forma no ya a los ídolos, que no son nada, sino a los demonios. En el AT también se señala a veces cómo lo sacrificado a los ídolos en realidad se dirige a los demonios, que son los que se oponen al culto a Dios (cfr Dt 32, 17; Ps 106, 36-38; Bar 4, 7).
Las palabras de San Pablo confirman dos verdades fundamentales de la fe en torno al sublime misterio de la Eucaristía: su carácter sacrificial, señalado al ponerla en relación con los sacrificios paganos (cfr v. 21; De SS. Missae sacrificio, cap. 1), y la presencia real de Jesucristo, al mencionar el Cuerpo y la Sangre de Cristo (v. 16). La fe de la Iglesia ha mantenido siempre que el santo sacrificio de la Misa es la renovación del divino sacrificio del Calvario; en cada Misa Jesucristo vuelve a ofrecer a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre, en sacrificio por todos los hombres, con la diferencia de que en la Cruz se entregó con derramamiento de sangre, y en el altar lo hace de modo incruento. «En este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la Cruz (cfr Heb 9, 27) (...). Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse» (De SS. Missae sacrificio, cap. 2). «La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza» (Juan Pablo II, Carta a todos los Obispos, 24-II-1980, n. 9). Cfr notas a Mt 26, 26-29 y par.
En relación con la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, cfr nota a 1 Cor 11, 27-32.


I Corinthiens 10, 16-17
El efecto principal de la Sagrada Eucaristía es la unión íntima con Jesucristo. El mismo nombre de Comunión —tomado de este pasaje de San Pablo (cfr Catecismo Romano, II, 4, 4)— indica este hacerse uno con el Señor al recibir su Cuerpo y su Sangre. «¿Qué es en realidad el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo» (Hom. sobre 1 Cor, 24, ad loc.). Al recibir al Señor en la Eucaristía se realizan aquellas palabras que San Agustín pone en boca de Jesús: «No me cambiarás tú en ti, como al alimento de tu carne, sino que tú te cambiarás en mí» (Confesiones, VII, 10, 16).
Como consecuencia de esa íntima unión con Cristo, la Eucaristía es a la vez el Sacramento donde toda la Iglesia muestra y lleva a cabo su unidad, y donde tiene lugar una especialísima unión de los cristianos entre sí. De ahí que sea llamada «signo de unidad» y «vínculo de caridad» (De SS. Eucharistia, cap. 8; cfr Lumen gentium, n. 7; Unitatis redintegratio, n. 2). Los Padres de la Iglesia han visto simbolizada esa unión en los mismos elementos —pan y vino— utilizados como materia de la Eucaristía. El Catecismo Romano resume así esta idea: «Constando de muchos miembros el cuerpo único de la Iglesia (cfr Rom 12, 4-5; 1 Cor 10, 17; 12, 12), en ninguna cosa brilla más esta unión que en los elementos del pan y del vino. Porque el pan se forma de muchos granos de trigo, y el vino resulta de muchos racimos de uva; y del mismo modo dan a entender que nosotros, siendo muchos, estamos íntimamente unidos con el vínculo de este divino sacramento, y que formamos como un solo cuerpo» (II, 4, 18).
«Muchos somos...»: La traducción literal sería: «Somos los muchos...». Se trata de una expresión que en hebreo indica la pluralidad, o incluso totalidad, por oposición a la singularidad o minoría. Por tanto, equivaldría también a: «Nosotros, que somos muchos, formamos un solo cuerpo», o «todos nosotros somos un solo cuerpo». Este giro se encuentra, por ejemplo, en Mt 20, 28; Mc 10, 45; Is 53, 11.


I Corinthiens 10, 23-33
San Pablo termina resolviendo algunos casos concretos: no hay ningún inconveniente en comer en la propia casa la carne comprada en el mercado, sin preocuparse de su proveniencia; tampoco en aceptar las invitaciones de los infieles y comer lo que pongan, sin más averiguaciones. La única razón para abstenerse de esos alimentos, es la necesidad de evitar el escándalo, siempre que sea posible.
Cada uno es moralmente responsable no sólo de los propios actos, en sí mismos considerados, sino también en cuanto que influyen en la actividad buena o mala de los demás. Por eso se ha de procurar no sólo obrar bien, sino evitar que las propias obras buenas puedan ser ocasión o medio para que otros obren mal. Más todavía: se debe procurar, en la medida de lo posible, que los demás obren bien. Esta obligación de cooperar al bien ha de llevar a los cristianos a contribuir a que los principios vivificantes del mensaje de Cristo informen todos los campos de las actividades humanas (cfr Apostolicam actuositatem, n. 16); y a evitar planteamientos que se limitan a no realizar personalmente obras malas.
 
I Corinthiens 10, 31
En todas las acciones —también en aquellas que pudieran parecer más intrascendentes, como el comer y el beber— el cristiano debe buscar la gloria de Dios, rectificando siempre la intención. La piedad cristiana facilita ese recuerdo de Dios aconsejando una oración antes y después de las comidas.
«Cuando te sientes a la mesa —comenta San Basilio a propósito de este versículo— ora. Cuando comas pan hazlo dando gracias al que es generoso. Si bebes vino, acuérdate del que te lo ha concedido para alegría y para alivio de enfermedades. Cuando te pongas la ropa, da gracias al que benignamente te la ha dado. Cuando contemples el cielo y la belleza de las estrellas, échate a los pies de Dios y adora al que con su Sabiduría dispuso todas estas cosas. Del mismo modo, cuando sale el sol y cuando se pone, mientras duermas y despierto, da gracias a Dios, que creó y ordenó todas estas cosas para provecho tuyo, para que conozcas, ames y alabes al Creador» (Hom. in Julittam martyrem).
-11 1-14, 40. En esta sección San Pablo resuelve algunos problemas relacionados con las reuniones cultuales: en primer lugar, enseña que las mujeres deben asistir con la cabeza cubierta (vv. 1-16), da instrucciones, a continuación, para mantener el debido respeto, orden y pureza en las celebraciones eucarísticas (vv. 17-34); y termina con una amplia exposición sobre los dones del Espíritu Santo y el ejercicio de ellos dentro de la liturgia (caps. 12-14).
Es importante leer esta parte fijando la atención en las directrices concretas que el Apóstol señala, pero muy especialmente en la doctrina que enseña: sobre el varón y la mujer, sobre la Eucaristía, sobre los dones del Espíritu Santo.


Chapitre n°11
I Corinthiens 11, 1-16
Respecto a la mujer, el cristianismo viene a señalar su dignidad y su misión en la familia y en la sociedad; también en la Iglesia tiene un papel importante, aunque distinto del asignado al varón. San Pablo alude a tres motivos en favor de que la mujer, al aparecer con velo, muestre en su porte externo su peculiar condición: el varón y la mujer deben honrar a Dios, cada uno según su modo de ser (vv. 2-6); ambos han sido creados como seres diferenciados pero mutuamente relacionados (vv. 7-12); la costumbre profana y cristiana, refleja que el modo de vestir de la mujer no es indiferente (vv. 13-16).
 
I Corinthiens 11, 1
Este consejo sirve de conclusión a lo dicho en el capítulo anterior. San Pablo se pone como modelo no porque él sea el arquetipo de virtudes, sino porque imitando su vida, siguiendo sus huellas, seguimos las de Cristo, nuestro único modelo. Lo mismo ocurre con los demás santos: aprendemos en sus vidas las virtudes cristianas puestas en práctica. «Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura (cfr Heb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cfr 2 Cor 3, 18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro» (Lumen gentium, n. 50).


I Corinthiens 11, 2-6
Es posible que el Apóstol vislumbrara bajo el problema del velo cuestiones más profundas que el simple atuendo femenino. De hecho, alude con solemnidad a las «tradiciones», es decir costumbres transmitidas que son expresión de una doctrina. Al menos, un punto se deduce con claridad de estas palabras: que el porte externo en las celebraciones litúrgicas no es indiferente, puesto que manifiesta las disposiciones interiores.
En efecto. San Pablo comienza asentando un principio teológico que ilumina la cuestión del velo: «La cabeza de todo hombre es Cristo, la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios» (v. 3). De ningún modo se infravalora la dignidad de la mujer; ella tiene los mismos derechos y la misma llamada a la santidad que el varón, pero con una misión especifica según su condición. No puede olvidarse que toda la humanidad, hombres y mujeres, está ordenada a Cristo, Cabeza, y por Él, al mismo Dios. Esta doctrina que se recuerda con claridad en el v. 11, es constante en la enseñanza del Apóstol: «Ya no hay diferencia (...) entre varón y mujer, ya que todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Lo importante es la unión ordenada entre los que componen la humanidad, para que todos juntos estén también ordenadamente unidos a Cristo Jesús.


I Corinthiens 11, 7-12
Alude ahora a los relatos de la creación del hombre recogidos en los dos primeros capítulos del Génesis. Allí se nos revela que el hombre —varón y mujer— es imagen de Dios no sólo individualmente, sino también en la mutua relación, al haber sido creados el uno para el otro.
Los ángeles están presentes en toda actividad humana y muy especialmente en los actos de culto (v. 10), en los cuales los miembros de la Iglesia terrestre se unen a los del Cielo para tributar a Dios la adoración debida. La presencia de los ángeles es un nuevo estímulo para la dignidad del porte externo de las mujeres.


I Corinthiens 11, 13-16
Por último, San Pablo aduce la razón de la costumbre. Si era habitual tanto en el mundo judío como en el grecorromano que las mujeres aparecieran en los actos sociales con un atuendo determinado, con mayor razón las mujeres cristianas en las celebraciones litúrgicas. Sin duda el Apóstol advierte ante el peligro, más próximo para la mujer, de moverse por vanidad, o por frivolidad. Es un toque de atención al buen gusto, también en el porte externo, que tanto dignifica a la mujer.


I Corinthiens 11, 17-22
San Pablo sale al paso de un abuso de mayor gravedad que el anterior. Aquellos cristianos celebraban la Eucaristía junto con una comida en común. En principio, esa comida tenia que ser una manifestación de caridad y unidad entre los asistentes —de ahí el nombre de ágapes con que se les designa en ocasiones—, mediante la cual se ayudaba además a los más pobres y necesitados. Sin embargo, se habían introducido abusos: en lugar de ser un banquete común, comían por grupos de lo que cada uno llevaba para sí, y mientras algunos no tenían qué comer, otros comían y bebían en exceso. Resultaba así un lamentable contraste entre aquella comida —motivo de descontentos y divisiones— y la Eucaristía, fuente de caridad y unidad. Muy pronto, ya en la primitiva cristiandad, se producirá la separación entre la Eucaristía y esas comidas, que se transformarán en comidas de fraternidad.


I Corinthiens 11, 23-26
Estos versículos son una clara manifestación de la fe en el misterio de la Eucaristía que, desde los inicios de la Iglesia, viven los primeros cristianos. San Pablo escribe estas palabras hacia el año 57 —han pasado unos veintisiete años desde la institución de la Eucaristía—, recordando a los corintios lo que les había enseñado unos años antes (hacia el 51). Los términos «recibir» y «entregar» son los vocablos técnicos empleados para indicar que una doctrina es de Tradición apostólica. Véase también 1 Cor 15, 3. En estos dos pasajes resplandece la importancia de esa Tradición apostólica. La cláusula «recibí del Señor» es, pues, un tecnicismo que puede expresarse: «Recibí por la Tradición que se remonta hasta el mismo Señor».
Este pasaje es uno de los cuatro relatos de la institución de la Eucaristía, que conserva el Nuevo Testamento (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 16-20; 1 Cor 11, 23-25). El relato de Corintios, que coincide especialmente con el de San Lucas, es el más antiguo de los cuatro.
El texto contiene los puntos fundamentales de la fe cristiana sobre el misterio de la Eucaristía: 1) Institución de este Sacramento por Jesucristo y presencia real del Señor. 2) Institución del sacerdocio cristiano. 3) La Eucaristía, sacrificio del Nuevo Testamento (cfr notas a Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 16-20; 1 Cor 10, 14-22).
 
I Corinthiens 11, 24
«Haced esto en conmemoración mía»: El Señor, al instituir la Eucaristía, mandó que se repitiera hasta el fin de los tiempos (cfr Lc 22, 19) instituyendo así el sacerdocio. El Concilio de Trento enseña que Jesucristo Señor nuestro, en la Última Cena «ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó —con las palabras: ‘Haced esto en conmemoración mía’— que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia» (De SS. Missae sacrificio, cap. 1; cfr can. 2). De ahí —enseña el Papa Juan Pablo II— que sea la Eucaristía «la principal y central razón de ser del Sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella» (Carta a todos los Obispos, 24-II-1980, n. 2).
La palabra «conmemoración» está cargada del sentido de una palabra hebrea que se usaba para designar la esencia de la fiesta de la Pascua, como recuerdo o memorial de la salida de Egipto. Con el rito pascual los israelitas no solamente recordaban un acontecimiento pasado, sino que tenían conciencia de actualizarlo o revivirlo, para participar en él, de alguna manera, a lo largo de todas las generaciones (cfr Ex 12, 26-27; Dt 6, 20-25). Cuando nuestro Señor manda a los Apóstoles «haced esto en conmemoración mía», no se trata, pues, de recordar meramente su cena, sino de renovar su propio sacrificio pascual del calvario, que está ya anticipadamente presente en la Última Cena.

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