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I Corinthiens 6, 12-14
«Todo me es lícito»: Quizá el Apóstol utilizó esta expresión alguna vez al explicar la libertad del cristiano en relación con las prescripciones de la ley judía en materia de pureza legal, de alimentos, de la observancia del sábado, etc.; y al mostrar la libertad que Jesucristo había ganado para los hombres muriendo en la Cruz (cfr Gal 4, 31), de manera que el cristiano ya no era esclavo del demonio ni del pecado, y —al participar mediante el Bautismo de la realeza de Cristo— dominaba las cosas todas del mundo. Pero algunos malinterpretan esa frase, y utilizan la libertad como disculpa para vivir al margen de los mandamientos de Dios. San Pablo precisa que es lícito todo lo que no se opone a la ley divina; lo que va contra ella hace caer de nuevo en la esclavitud primitiva. «No cabe que el alma ande sin ninguno que la rija; y para esto se la ha redimido de modo que tenga por Rey a Cristo, cuyo yugo es suave y su carga ligera (cfr Mt 11, 30), y no el diablo, cuyo reino es pesado» (Orígenes, In Rom Comm., V, 6).
Otro sofisma era el de presentar la impureza como una necesidad natural del cuerpo, similar a la que experimenta ante la comida. San Pablo rechaza el argumento enseñando que la ordenación entre el vientre y los alimentos, no puede aplicarse al cuerpo y la fornicación: el cuerpo ni siquiera está ordenado necesariamente al matrimonio, porque si bien éste es necesario para la propagación de la especie humana, no lo es para cada individuo (cfr Catecismo Romano, II, 8, 12). El Apóstol establece una ordenación mucho más elevada: el cuerpo es «para el Señor, y el Señor para el cuerpo»; y será resucitado por Dios para una vida gloriosa (cfr Rom 8, 11), donde ya no tendrá necesidad de alimentos.
De esa ordenación a Dios a la que está dirigido todo el hombre —cuerpo y alma— surge el carácter eminentemente positivo de la virtud de la santa pureza, que lleva a llenar el corazón del amor de Dios, que «no nos ha llamado a la impureza, sino a vivir en la santidad» (1 Thes 4, 7). Pertenecemos totalmente a Dios —recuerda San Josemaría Escrivá—, con alma y cuerpo, con la carne y con los huesos, con los sentidos y con las potencias (...). Con el espíritu de Dios, la castidad no resulta un peso molesto y humillante. Es una afirmación gozosa: el querer, el dominio, el vencimiento, no lo da la carne, ni viene del instinto; procede de la voluntad, sobre todo si está unida a la Voluntad del Señor. Para ser castos —y no simplemente continentes u honestos—, hemos de someter las pasiones a la razón, pero por un motivo alto, por un impulso de Amor.
Comparo esta virtud a unas alas que nos permiten transmitir los mandatos, la doctrina de Dios, por todos los ambientes de la tierra, sin temor a quedar enlodados. Las alas —también las de esas aves majestuosas que se remontan donde no alcanzan las nubes— pesan, y mucho. Pero si faltasen, no habría vuelo. Grabadlo en vuestras cabezas, decididos a no ceder si notáis el zarpazo de la tentación, que se insinúa presentando la pureza como una carga insoportable: ¡ánimo!, ¡arriba!, hasta el sol, a la caza del Amor (Amigos de Dios, n. 177).


I Corinthiens 6, 15-18
San Pablo expone la grave ofensa que este pecado supone para Jesucristo. El cristiano ha sido incorporado a Cristo por el Bautismo, destinado a vivir estrechamente unido a Él, a vivir su misma vida (cfr Gal 2, 20), a ser «un solo espíritu con él»; ha sido hecho en definitiva, miembro de su Cuerpo (cfr Rom 12, 5; 1 Cor 12, 27). La fornicación supone algo tan monstruoso como desgajarse brutalmente del Cuerpo de Cristo, para hacerse miembro de una meretriz. De ahí la gravedad de este pecado, que va contra el propio cuerpo, que es parte del Cuerpo místico de Cristo.
«Huid de la fornicación»: Es el camino que ha de seguirse ante las tentaciones contra la castidad. Las demás pueden vencerse resistiendo, pero en este caso «no se vence resistiendo, porque cuanto más lo piensa uno, más se enciende; se vence huyendo, es decir, evitando totalmente los pensamientos inmundos, y todas las ocasiones» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc.). El cristiano cuenta con medios abundantes para vivir delicadamente esta virtud de la santa pureza: «El primero es ejercer una gran vigilancia sobre nuestros ojos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos; el segundo, recurrir a la oración; el tercero, frecuentar dignamente los sacramentos; el cuarto, huir de todo cuanto pueda inducimos al mal; el quinto, ser muy devotos de la Santísima Virgen. Observando todo esto, a pesar de los esfuerzos de nuestros enemigos, a pesar de la fragilidad de esa virtud, tendremos la seguridad de conservarla» (San Juan B. María Vianney, Sermón Dom. XVII después de Pentecostés) (cfr nota a Mt 5, 27-30).


I Corinthiens 6, 19-20
La fornicación supone no sólo una profanación del Cuerpo de Cristo, sino también del templo del Espíritu Santo que es el cristiano, ya que Dios inhabita en el alma, por la gracia, como en un templo (cfr nota a 1 Cor 3, 16-17).
La oración contemplativa surgirá en vosotros cada vez que meditéis en esta realidad impresionante: algo tan material como mi cuerpo ha sido elegido por el Espíritu Santo para establecer su morada..., ya no me pertenezco..., mi cuerpo y mi alma —mi ser entero— son de Dios... Y esta oración será rica en resultados prácticos, derivados de la gran consecuencia que el mismo Apóstol propone: glorificad a Dios en vuestro cuerpo (1 Cor 6, 20) (Conversaciones, n. 121).
«Habéis sido comprados mediante un precio»: La Redención operada por Cristo, que culmina con su muerte en la Cruz, es el precio pagado para librar a los hombres de la esclavitud del demonio, del pecado y de la muerte: «Habéis sido rescatados de vuestra vida vacía, heredada de nuestros mayores, no con metales corruptibles, oro o plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, el Cordero sin tacha ni defecto» (1 Pet 1, 18-19; cfr Eph 1, 7). En consecuencia, ya «no os pertenecéis»: ahora el propietario es Dios; el cristiano es parte del Cuerpo de Cristo, y templo del Espíritu Santo. La consideración de esta maravillosa realidad debe llevar al cristiano a vivir siempre de acuerdo con su nueva condición: «Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho participe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al Reino de Dios. Gracias al sacramento del Bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo: no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo» (San León Magno, Sermo 1 de Nativitate).
 
I Corinthiens 6, 20
«Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo»: Es la consecuencia lógica de las consideraciones que el Apóstol ha venido haciendo. «La pureza como virtud, o sea, capacidad de ‘mantener el propio cuerpo en santidad y respeto’ (cfr 1 Thes 4, 4), aliada con el don de la piedad, como fruto de la inhabitación del Espíritu Santo en el ‘templo’ del cuerpo, realiza en él una plenitud tan grande de dignidad en las relaciones interpersonales, que Dios mismo es glorificado en él. La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano» (Audiencia general Juan Pablo II, 18-III-1981).
San Juan Crisóstomo, al comentar este pasaje, acude a Mt 5, 16 —«que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos»—, para poner de manifiesto cómo la vida limpia de los cristianos debe llevar a quienes les rodean a Dios: «Si tienen bajo los ojos el espectáculo de una vida santa, y vivida en la práctica de las más altas virtudes, se ven obligados a entrar en sí mismos y enrojecer por el contraste de su vida con la de un cristiano. En efecto, cuando ven un hombre de la misma condición que ellos, sobrepasados en virtudes y méritos, tanto y más que el cielo sobre la tierra, ¿no se ven obligados a creer en la intervención de una gracia sobrenatural?» (Hom. sobre 1 Cor, 18, ad loc.).


Chapitre n°7
Comienza con este capítulo la segunda parte de la carta, en la cual San Pablo va a responder a una serie de consultas planteadas por los fieles de Corinto, que introduce siempre con la misma fórmula (cfr 7, 1.25; 8, 1; 12, 1). La consulta que contesta ahora, es posible que viniera propuesta por algunos que, por reacción al ambiente corrompido y paganizado de Corinto, consideraban la virginidad como un estado necesario para todos, y el matrimonio como algo malo. En su respuesta San Pablo trata del matrimonio y de su indisolubilidad (vv. 1-16), del celibato (vv. 25-38) y de las viudas (vv. 39-40). Los vv. 17-24 constituyen una digresión, en la que explica cómo la conversión al cristianismo no lleva consigo necesariamente un cambio de estado o de las condiciones exteriores de vida.


I Corinthiens 7, 1-9
El Apóstol expone brevemente la legitimidad del matrimonio. Conviene tener en cuenta, para entender bien lo que explica San Pablo, tanto aquí como en los vv. 25-35, que está respondiendo a una consulta en la que parece presentarse el celibato como la única posibilidad correcta para un cristiano; de ahí que ahora quiera sólo dejar claros dos puntos fundamentales: efectivamente el celibato, en términos absolutos, es superior al matrimonio, pero éste es bueno y santo para todos los que son llamados a él. San Pablo no hace aquí, por tanto, una exposición completa sobre el sacramento del Matrimonio, instituido por Dios al principio de la creación (cfr Gen 1, 27-28), y elevado por Jesucristo a la dignidad de sacramento (cfr Mt 19, 4-6; Ioh 2, 2). Aunque en esta misma carta dará algunas pinceladas sobre la grandeza del matrimonio (cfr p. ej. 7, 7.14.17; 11, 3), será especialmente en la Epístola a los Efesios (5, 22-33) donde la exponga con más detenimiento, comparando la unión entre marido y mujer con la de Cristo y la Iglesia. «Quien condena el matrimonio, priva también a la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece un bien solamente en comparación con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aún que bienes considerados por todos como tales, es ciertamente un bien en grado superlativo» (San Juan Crisóstomo, De virginitate, X).
En efecto, responde San Pablo a la consulta, es bueno vivir el celibato, pero para ello se necesita un don de Dios (v. 7). Quienes no tienen ese don, teniendo en cuenta además el ambiente moral de Corinto —que fomenta tremendamente la impureza y puede dar motivo para tantas tentaciones del demonio (vv. 2.5.9) —, es mejor que vivan en el matrimonio, que también es un don de Dios (v. 7). Es evidente que no quiere decirles que el remedio de las tentaciones sea el fin fundamental del matrimonio: sencillamente quiere evitar que haya quienes, no estando llamados por Dios al celibato, quieran vivir célibes, y el demonio pueda tentarles.
El matrimonio, sin menoscabo de los otros fines, esta ordenado por su propia naturaleza a la procreación y educación de los hijos (cfr Gaudium et spes, n. 50). «Según el designio de Dios —enseña el Papa Juan Pablo II—, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole en la que encuentra su coronación (...). El cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador (cfr Gen 5, 1-3)» (Familiaris consortio, nn. 14 y 28).


I Corinthiens 7, 3-6
Por lo que dice San Pablo, algunos se habían planteado que si la virginidad es necesaria a todos, los que ya están casados deben vivir como célibes. No es así, aclara el Apóstol, y si en algún caso los esposos quieren vivir una continencia total, que sea de mutuo acuerdo y sólo por cierto tiempo, de manera que eviten ponerse innecesariamente en ocasión de ser tentados por Satanás. Precisa que no lo impone así como mandamiento, sino «como condescendencia»: como dirá a continuación (v. 7), le gustaría que todos viviesen célibes como él, pero sabe que Dios da dones distintos a cada uno.
A la vez, el Apóstol da una preciosa enseñanza sobre los deberes conyugales. El marido y la mujer ya no son cada uno dueño exclusivo de su propio cuerpo, sino que el otro cónyuge también tiene derecho sobre él: forman una sola carne (cfr Gen 2, 24), de manera que, perteneciendo el uno al otro, se deben en estricta justicia.
 
I Corinthiens 7, 7
San Pablo vivía el celibato; por vocación de Dios estaba plenamente dedicado a su servicio. Le gustaría que todos fuesen como él —en los vv. 25-35 explicará la superioridad del celibato sobre el estado matrimonial—; pero aclara que como había enseñado Jesucristo (cfr Mt 19, 11-12) se trata de un don especifico de Dios. «La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Ioh 15, 13; 3, 16); ella se cubre de misterio en el particular amor por las almas, a las cuales Él ha hecho sentir sus llamadas más comprometedoras (cfr Mc 10, 21). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor, que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia ‘como señal y estímulo de la caridad’ (Lumen gentium, n. 42); señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos» (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, n. 24; cfr nota a Mt 19, 11-12).
De las palabras del Apóstol —«cada cual tiene de Dios su propio don»— se desprende claramente que también la vocación matrimonial es un don de Dios (cfr Lumen gentium, n. 11), de tal forma que la vida familiar, y los deberes conyugales, la educación de los hijos, el empeño por sacar adelante y mejorar económicamente la familia, son situaciones que los esposos deben sobrenaturalizar, viviendo a través de ellas una vida de entrega a Dios.
El matrimonio es un camino divino en la tierra —enseña el Fundador del Opus Dei—. El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado —con la gracia de Dios— todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive (Conversaciones, n. 91). 10-11.
A diferencia de lo que dice hablando del celibato —no lo manda, sólo aconseja (cfr v. 25)—, al referirse a la indisolubilidad del matrimonio San Pablo deja patente que si tiene un precepto bien claro, no suyo, sino del Señor. Efectivamente, Jesucristo había enseñado de manera inequívoca la unidad e indisolubilidad del matrimonio (cfr Mt 5, 31-32; 19, 3-12 y par.) que no puede intentar romper ni el hombre (cfr Mt 5, 21-32; 19, 3-12) ni la mujer (cfr Mc 10, 12). Ninguna autoridad en la tierra puede disolver «lo que Dios unió» (Mt 19, 6); únicamente la muerte de uno de los cónyuges rompe el vinculo matrimonial (cfr 1 Cor 7, 39). Aunque se produzca una separación entre los cónyuges, no se disuelve el vínculo, y por tanto ninguno de los dos puede contraer de nuevo un verdadero matrimonio. Esta indisolubilidad no afecta únicamente al matrimonio cristiano, sino a todo verdadero matrimonio.
La Iglesia, único intérprete autorizado de la Sagrada Escritura y de la ley natural, ha enseñado siempre la unidad e indisolubilidad de la institución matrimonial (cfr la nota a Mt 5, 31-32). «Es deber fundamental de la Iglesia —enseña el Papa Juan Pablo II— reafirmar con fuerza (...) la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza (cfr Eph 5, 25).
»Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia (...).
»Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo» (Familiaris consortio, n. 20).


I Corinthiens 7, 12-16
Después de haber recordado anteriormente una de las propiedades esenciales del matrimonio, que es la indisolubilidad, el Apóstol plantea el caso concreto —frecuente en aquella época— de un matrimonio entre paganos, uno de cuyos cónyuges se convierte al cristianismo y se bautiza.
Según los usos judaicos de aquel entonces, cuando un pagano se convertía al judaísmo y se circuncidaba, se veía obligado a cumplir todos los preceptos de la Ley mosaica, incluido el de no cohabitar con gentiles, en cuyo caso contraía impureza legal. De ahí que la cohabitación del cónyuge convertido al judaísmo con el cónyuge gentil suponía el estado permanente de impureza. Para resolver esta situación, el derecho judaico establecía que quedaban rotos todos los vínculos anteriores, incluido el del matrimonio, cuando alguien se convertía al judaísmo.
En cambio, la solución adoptada por San Pablo es bien distinta: incluso en ese supuesto, aboga por la indisolubilidad de la vida matrimonial, ya que las prescripciones de la Antigua Ley acerca de la pureza legal han quedado abolidas por Cristo. Sólo en el caso de que la parte pagana no quiera seguir conviviendo pacíficamente, la parte bautizada queda libre para separarse y casarse de nuevo.
Tres aspectos hay que resaltar a la luz de esta doctrina:
a) Jesucristo no había hablado, en particular, de este caso; por eso dice el Apóstol que es doctrina suya, no del Señor (v. 12): no pretende contradecir la enseñanza clara de Jesucristo sobre la indisolubilidad, que el mismo Apóstol acaba de recordar (cfr vv. 10-11; Mt 5,19; etc.), sino que aplica —bajo la inspiración del Espíritu Santo— la doctrina general a un supuesto concreto.
b) Los miembros de la familia (cónyuge e hijos) quedan santificados por el que ha recibido el Bautismo (vv. 13-14). Es decir, la conversión de uno de los cónyuges, lejos de suponer un menoscabo de la familia, es un grandísimo beneficio del que participan todos; el Bautismo no va a originar la división, sino que refuerza y santifica la unidad matrimonial. La conversión, por tanto, no facilita la disolución, sino que refuerza la indisolubilidad.
c) Sólo cuando la parte infiel rompe la convivencia matrimonial o no deja vivir al bautizado conforme a la fe, éste queda libre para contraer nuevas nupcias (vv. 15-16).
La Iglesia ha seguido la solución prevista por San Pablo, comúnmente denominada «privilegio paulino», permitiendo que en los supuestos antes mencionados el cónyuge convertido pueda separarse del pagano y casarse de nuevo (cfr Código de Derecho Canónico, can. 1143-1147).
San Pablo no se refiere al matrimonio que uno, que ya es católico, puede contraer con un infiel o con un cristiano no católico (matrimonios mixtos). En tales casos, planteados mucho mas tarde, la Iglesia exige unos determinados compromisos al cónyuge no católico, y el matrimonio contraído es válido e indisoluble (cfr Código de Derecho Canónico, can. 1124-1128).


I Corinthiens 7, 17-24
«Cada uno permanezca en la vocación en que fue llamado»; San Pablo repite tres veces la misma idea (cfr vv. 17.20. 24). Quizá algunos, aplicando mal las consecuencias del nuevo nacimiento que supone el Bautismo, pretendían un cambio total, no sólo interior, sino también en las condiciones exteriores de su vida. El Apóstol les explica mediante dos ejemplos —la circuncisión (vv. 18-20) y la esclavitud (vv. 21-24) —, que las circunstancias externas no entorpecen la vida cristiana, sino que son el medio querido por Dios para desarrollarla.
La vocación cristiana no saca a nadie de su sitio, ni tiene por qué cambiar las circunstancias exteriores. Lo que sí lleva consigo es una conversión interior, de manera que las circunstancias ordinarias y corrientes en las que el hombre transcurre su vida —el trabajo, la familia, el descanso, las relaciones sociales— son ahora medio y camino de santidad, lugar de encuentro con Dios, ocasión de apostolado. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios.
La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adonde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía (Es Cristo que pasa, n. 45).
 
I Corinthiens 7, 19
«Lo importante es la observancia de los mandamientos de Dios», vivir de acuerdo con la voluntad de Dios en el lugar en que cada uno ha sido puesto por Él. Ni la circuncisión ni su falta importan: «En Cristo Jesús no tienen valor ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que actúa por la caridad» (Gal 5, 6; cfr Gal 6, 15). Judíos y gentiles, esclavos y libres, han recibido la misma fe y la misma vocación: «Todos nosotros, tanto judíos como griegos, tanto siervos como libres, fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Cor 12, 13).


I Corinthiens 7, 21-23
«Aprovecha más bien tu condición»: Aunque según el texto original cabría interpretar las palabras de San Pablo en el sentido de aprovechar la ocasión para hacerse libres, parece más de acuerdo con el contexto que el consejo del Apóstol sea aprovechar esa circunstancia para vivir su vocación cristiana. No se plantea la abolición radical de la esclavitud en aquellos momentos, aunque constantemente afirmará la igualdad de todos los hombres ante Dios (cfr Gal 3, 28-29; o la Carta a Filemón); a medida que la doctrina cristiana fue impregnando todas las capas de la sociedad, se produjo la desaparición de la esclavitud.
Por otra parte, explica San Pablo, todos somos libres en el Señor: «¿Cómo un esclavo, puede ser libre permaneciendo esclavo? Es libre, responde San Juan Crisóstomo, cuando está liberado de las pasiones del alma, de las enfermedades que la dañan, cuando triunfa sobre el amor a las riquezas, sobre la cólera, sobre los movimientos tempestuosos de la concupiscencia (...). El esclavo, efectivamente, puede no serlo, y el hombre libre puede muy bien ser esclavo» (Hom. sobre 1 Cor, 19, ad loc.).
A la vez, todos hemos de ser siervos del Señor: el cristiano debe recordar el ejemplo diáfano de Jesucristo, que no vino «a ser servido, sino a servir» (Mt 20, 28) y el de San Pablo, que «siendo libre de todos» se hizo «siervo de todos para ganar a los más que pueda» (1 Cor 9, 19). Servir a los demás, por amor a Dios, lejos de ser una humillación, es para todos motivo de honor y de legitimo orgullo. Esclavitud por esclavitud —si, de todos modos, hemos de servir, pues, admitiéndolo o no, esa es la condición humana—, nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos. Y aquí se manifiesta la diferencia: afrontamos las honestas ocupaciones del mundo con la misma pasión, con el mismo afán que los demás, pero con paz en el fondo del alma; con alegría y serenidad, también en las contradicciones: que no depositamos nuestra confianza en lo que pasa, sino en lo que permanece para siempre (Amigos de Dios, n. 35).


I Corinthiens 7, 25-35
El Apóstol expone ahora la excelencia de la virginidad —se refiere tanto a las mujeres como a los hombres (cfr vv. 26 ss.)— por amor a Dios, sobre el matrimonio. Es una doctrina declarada expresamente por el Magisterio de la Iglesia (cfr De Sacram. matr., can. 10; Sacra virginitas, n. 11).
Comienza aclarando que en esto no tiene precepto del Señor (cfr nota a 7, 12-16; Mt 19, 12) pero aconseja el celibato, y su consejo, por la misericordia del Señor que le eligió como Apóstol, tiene autoridad. Los motivos que señala se reducen a uno: el amor de Dios, al cual puede dedicarse el célibe con una exclusividad que no se da en la persona casada, que debe atender también a su familia, y «está dividido» (v. 34). «Tal es la finalidad principal y la razón primaria de la virginidad cristiana, a saber, dedicarse únicamente a las cosas divinas poniendo en ello la mente y el corazón; querer en todas las cosas agradar a Dios; pensar en Él constantemente y consagrarle por completo cuerpo y espíritu» (Pío XII, Sacra virginitas, n. 5). Esta dedicación exclusiva a Dios llevará consigo una vida plena y fecunda, porque posibilita para amar y darse a todos los hombres, con mayor libertad y disponibilidad. Además, el celibato tiene un significado escatológico: constituye un signo particular de los bienes celestiales (cfr Perfectae caritatis, n. 12), y significa el estado de los bienaventurados que en el Cielo son como ángeles (cfr Mt 22, 30).
Las referencias que San Pablo hace aquí al matrimonio deben entenderse en el contexto de la consulta efectuada, de acuerdo con lo señalado en la nota a 7, 1-9. En este punto, sólo quiere dejar claro ahora que, si bien el celibato es más excelso, el matrimonio no es malo: ni hacen mal los que se casan (v. 28), ni los casados deben vivir como célibes (vv. 3-5), ni desunirse (v. 27). Por otra parte, sólo quien valora en toda su grandeza el matrimonio está en condiciones de comprender el don de Dios que supone el celibato, y de entregarse al Señor en cuerpo y alma. «La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los cielos» (Familiaris consortio, n. 16).
 
I Corinthiens 7, 28
La «tribulación en la carne» no significa en absoluto una expresión peyorativa del matrimonio: «El amor (de los esposos) se expresa y perfecciona con la acción propia del matrimonio. Por ello, los actos con que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud» (Gaudium et spes, n. 49).
El sentido de la frase es similar a «las preocupaciones del mundo» (v. 33) que menciona más abajo. Es decir, los casados no pueden desentenderse de las necesidades materiales de su familia. Así se comprende también que el Apóstol diga que «el casado está dividido» (v. 34), es decir, que no puede agradar a Dios sin atender las necesidades, incluso materiales, de los suyos. Los esposos han de convertir estas circunstancias inherentes a su estado en medio de santificación: Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esta unión —señala San Josemaría Escrivá—, cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar (Es Cristo que pasa, n. 23).


I Corinthiens 7, 29-31
Tanto San Pablo como los demás Apóstoles recuerdan con frecuencia en sus escritos la brevedad de la vida terrena (cfr Rom 13, 11-14; 2 Pet 3, 8; 1 Ioh 2, 15-17), como un estímulo para aprovechar con intensidad todos los momentos en servicio a Dios y, por Él, a todos los hombres. Entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est! (1 Cor VII, 29), ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno (Amigos de Dios, n. 39).
Como consecuencia, el cristiano debe vivir el desprendimiento de los bienes terrenos, sin dejarse esclavizar por nada ni por nadie (cfr 1 Cor 7, 23; Lumen gentium, n. 42), con la mirada puesta en la vida eterna. «Gran remedio es para esto —enseña Santa Teresa de Jesús— traer muy continuo cuidado de la vanidad que es todo, y cuan presto se acaba, para quitar la afección de todo y ponerla en lo que ha para siempre de durar; y aunque parece flaco medio, viene a fortalecer mucho el alma; y en las muy pequeñas cosas traer gran cuidado; en aficionándonos a alguna, no pensar más en ella, sino volver el pensamiento a Dios, y Su Majestad ayuda» (Camino de perfección, cap. 14, 2).
 
I Corinthiens 7, 35
Quiere dejar bien claro que no pretende engañar a nadie, animando a una entrega imposible de vivir, y provocando problemas innecesarios. Únicamente señala la mayor facilidad que para el servicio a Dios tiene el célibe.


I Corinthiens 7, 36-38
Para entender este pasaje oscuro, se han formulado principalmente dos hipótesis. La primera es que el Apóstol se referiría a una costumbre de los primeros tiempos, consistente en que un cristiano recibía en su casa a una joven cristiana para proteger su virginidad o evitar que su familia pagana le obligase a contraer matrimonio. Tal costumbre es conocida en documentos de los siglos II y III; pero no hay testimonios de ella en el siglo I, fuera de esta alusión de San Pablo. La otra hipótesis es que el Apóstol se dirige al padre o tutor al que, según la costumbre de la época, correspondía decidir sobre el matrimonio de su hija. En este caso, en lugar de traducirse «pueden casarse», habría que decir: «Puede determinar que se case». «Y es conveniente casarla»: La frase es ambigua. En la primera hipótesis, es conveniente que se casen porque no se estarían comportando honestamente ni se sentirían con fuerzas para guardar la virginidad; en la segunda, es conveniente darla en matrimonio, porque el padre vería que no es bueno obligar a su hija a permanecer célibe.
Dentro de la oscuridad de estas expresiones, la doctrina de San Pablo es clara y viene presentada desde distintos ángulos: el matrimonio es bueno y santo; pero cada persona en particular no está obligada a contraerlo. Quienes por vocación divina —«el que permanece firme en su corazón»— se sientan llamados al celibato y la virginidad, hacen todavía mejor (cfr v. 38).


I Corinthiens 7, 39-40
La Iglesia ha enseñado siempre, siguiendo estas palabras de San Pablo, que el vínculo matrimonial queda disuelto con la muerte de uno de los cónyuges, de manera que el otro queda libre para contraer nuevas nupcias. No está del todo claro el significado de las palabras «pero sólo en el Señor». Lo más probable es que el Apóstol recomienda casarse con un cristiano, dado el peligro de apostasía en que se encontraban aquellos primeros cristianos.
En cualquier caso, al igual que a las personas solteras, aconseja como camino más perfecto, permanecer sin casarse, consagradas al servicio de Dios, si esto es la voluntad divina.
Más tarde, escribiendo a Timoteo, el Apóstol da instrucciones más concretas sobre las viudas: unas deben ser socorridas por sus familias; otras deben dedicarse al servicio de la Iglesia de modo permanente; todas deben comportarse con la dignidad propia de su estado (cfr 1 Tim 5, 9-16).
Caps 8, 1-10, 31. San Pablo trata en estos capítulos de lo relativo a los animales inmolados a los ídolos. En los cultos paganos parte de las carnes sacrificadas o idolotitos era para los dueños, que podían consumirla en el mismo Templo (cfr 1 Cor 8, 10), o bien en sus casas. Además, esa carne podía ser vendida en el mercado. Algunos cristianos no se habían planteado el menor problema; pero para otros —temerosos de hacerse de alguna manera partícipes de los cultos idolátricos, al comer carnes inmoladas (cfr 8, 7)—, la situación planteaba diversas cuestiones de orden práctico: al comprar carne, ¿debían preguntar sobre su procedencia? (cfr 10, 25-26); ¿podían aceptar invitaciones a comidas en las que quizá sirvieran carnes de este tipo? (cfr 10, 27 ss.). El concilio de Jerusalén, celebrado hacia el año 48-50, había escrito a los cristianos de Antioquía, Siria y Cilicia que se abstuvieran de lo sacrificado a los ídolos (cfr Act 15, 23-29). Cuando dos años después, San Pablo predica en Corinto, es posible que no les mencionara nada de este punto, teniendo en cuenta el ambiente pagano que imperaba allí, muy distinto del de las comunidades a que se dirigió el concilio: para abstenerse de ese tipo de carnes en aquellos momentos, los fieles hubieran tenido que aislarse del resto de sus conciudadanos.
Al responder a las consultas planteadas, el Apóstol explica primero los principios generales: pueden comerse esas carnes, ya que los ídolos no son nada (8, 1-6), pero la caridad exigirá a veces abstenerse de ellas (8, 7-13); ilustra los principios con su ejemplo (9, 1-27) y con las lecciones que da la historia de Israel (10, 1-13); y, finalmente, resuelve algunos casos concretos que se planteaban (10, 14-33).


Chapitre n°8
I Corinthiens 8, 1-6
Es evidente que los ídolos no son nada, y que, por tanto, las carnes sacrificadas a ellos, pueden ser comidas sin preocupaciones (cfr 10, 25-27). Pero algunos no tenían todavía claro este punto, y se escandalizaban al ver a otros cristianos comer esos alimentos (cfr 8, 7-13). De ahí que San Pablo recuerde de nuevo a los corintios (cfr 1, 18-3, 4) la insuficiencia de su sabiduría, por no estar acompañada de la caridad: «La fuente de todos los males de los corintios no estaba en la falta de ciencia —comenta San Juan Crisóstomo— sino en la falta de caridad y de preocupación por el prójimo. Ésta era la fuente de los cismas que dividían esta iglesia, de la vanidad que los obcecaba y de todos los desórdenes que el Apóstol ha censurado precedentemente y censurará todavía. También les hablará a menudo de la caridad, esforzándose por esclarecer, por así decir, esta fuente de todos los bienes (...). Tened caridad, así vuestra ciencia no tendrá riesgos. Quiero que vuestra ciencia sobrepase la de vuestros hermanos. Si les amáis, lejos de elevaros por encima de ellos y de despreciarlos, trabajaréis por hacerles participar de vuestras luces» (Hom. sobre 1 Cor, 20, ad loc.).
 
I Corinthiens 8, 3
«Ha sido conocido por Dios»; Es decir, Dios lo ha reconocido como suyo, Dios se ha complacido en él; equivale casi a «lo ha llamado», «lo ha elegido».

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