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I Corinthiens 4, 3-5
El ministro, el que está al servicio de alguien, es ciertamente responsable de sus actos. Pero ¿ante quién? ¿Quién puede juzgarlo? Evidentemente sólo su señor, quien le ha confiado este ministerio. De ahí que, por lo que se refiere al ministro de Cristo, San Pablo afirme rotundamente que sólo es el Señor quien le juzga, puesto que a Él es a quien sirve. Esta enseñanza es valida en primer lugar para los ministros en la Iglesia, luego también para todos los fieles, ya que todos deben servir a Dios con sus talentos. En consecuencia, no nos corresponde a nosotros juzgar a los demás, a no ser que por una razón especial de oficio estemos obligados a ello. Y en cualquier caso, el juicio que hacemos de los demás sólo es válido si es conforme al querer de Dios; otra cosa sería dar cabida al juicio temerario, de tan funestas consecuencias.
Incluso el juicio que hacemos de nosotros mismos —el examen de conciencia, que San Pablo parece insinuar al decir que en nada le remuerde la conciencia— ha de ser hecho a la luz de Dios. No es una mera introspección subjetiva, sino una revisión abierta ante Dios. Cabría decir que no responde a la pregunta: ¿qué opinión me merecen mis actos?, sino a esta otra: ¿qué opinión merecen a Dios? Así, no pretenderá el cristiano calificar su conducta, sino más bien acogerse al Señor, rico en misericordia. Y la conclusión de su examen nunca coincidirá con la del fariseo —«no soy como los demás hombres»— sino con la del publicano: «Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador» (Lc 18, 11.13).
Al exponer ante sus fieles su propia experiencia, el Apóstol deja traslucir la grandeza de su alma de Pastor: no son simples consejos o recriminaciones; entrañablemente habla de lo que previamente ha vivido.
 
I Corinthiens 4, 6
La frase citada por el Apóstol —«no ir más allá de lo escrito»— se presta a diversas interpretaciones: podría tratarse de un proverbio, familiar entre los corintios, para indicar la necesidad de no ir más allá de lo seguro, que en este caso sería lo que estrictamente corresponde al ministerio apostólico, tal y como San Pablo lo ha descrito. «Lo escrito» también podría referirse a toda la Sagrada Escritura, o a las citas de la misma que ha hecho anteriormente (cfr 1, 19.31; 3, 19). En cualquier caso San Pablo viene a decir a los corintios de una forma delicada que son ellos, los mismos corintios, los únicos responsables —por su inmadurez y su soberbia— de los conflictos surgidos, al exaltar a un predicador y menospreciar al otro. Pablo y Apolo se han comportado como debían y, por tanto, no han sido causantes de las divisiones.
 
I Corinthiens 4, 7
El Apóstol vuelve a insistir en lo señalado anteriormente (cfr 1, 26-31): no tienen ningún motivo de gloria por su vocación, ya que les ha sido dada por Dios gratuitamente. «La humildad es andar en verdad —decía Santa Teresa—; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira» (Moradas, VI, cap. 10). De ahí que la actitud del alma humilde, ante los bienes que percibe en sí misma, sea de profundo agradecimiento por esos dones de Dios. Así comenta San Juan de Ávila este versículo: «Si tienes la gracia de Dios con que le agradas, y haces obras muy excelentes, no te gloríes en ti, sino en quien te la dio, que es Dios. Y si te glorías de usar bien de tu libre albedrío, o en consentir con él a los buenos movimientos de Dios y su gracia, tampoco te gloríes en ti, sino en Dios, que hizo que tú consintieses, incitándote y moviéndote suavemente, y dándote el mismo libre albedrío con que tú libremente consientas. Y si te quisieses gloriar de que, pudiendo resistir al buen movimiento e inspiración de Dios, no lo resistes, tampoco te debes gloriar, pues eso no es hacer, mas dejar de hacer; y aun esto también lo debes a Dios, que ayudándote a consentir en el bien, te ayudó para no resistirlo. Y cualquier buen uso de tu libre albedrío en lo que toca a tu salvación, dádiva es de Dios (...). Sea, pues, toda tu gloria en sólo Dios, de quien tienes todo el bien que tienes; y piensa que sin Él no tienes de tu cosecha sino nada, y vanidad y maldad» (Audi, filia, cap. 66).


I Corinthiens 4, 8-13
El v. 8 resume unas reflexiones irónicas sobre el engreimiento de aquellos cristianos; Santo Tomás lo comenta con estas palabras: «Aquí el Apóstol considera cuatro especies de soberbia: la primera, cuando uno considera que no viene de Dios aquello que tiene (...); la segunda, semejante a la anterior, cuando uno piensa que lo ha alcanzado sólo con sus propios méritos; la tercera cuando uno se jacta de tener lo que no tiene (...); la cuarta, cuando uno, despreciando a los demás, sólo quiere mirarse a sí mismo» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).
Con especial fuerza describe el Apóstol las penalidades que con gozo soportan los que siguen a Cristo: como los condenados a muerte en la arena de los anfiteatros, sirven de espectáculo a todos. En otras ocasiones repetirá los sufrimientos del apóstol (cfr 2 Cor 6, 3-10; 11, 23-33; 2 Tim 3, 11).
Las últimas palabras, «la basura del mundo, el desecho de todos», pueden estar tomadas de una costumbre inhumana que existía en algunas ciudades griegas: ante una calamidad pública, un ciudadano se prestaba, a cambio de ser tratado espléndidamente durante un tiempo, a ser sacrificado a los dioses; el día de su sacrificio el pueblo tenía derecho a proferir sobre él toda clase de insultos y de inmundicia; era «el desecho de todos». Tras su sacrificio, pensaban que la ciudad quedaba libre de los conjuros maléficos.
Si las palabras aluden a ese rito, el fondo es mucho más profundo: Cristo con su Cruz ha redimido al mundo; el apóstol ha de seguir las huellas del Maestro, consciente de que por los sufrimientos «suple en su carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Por eso, no hay atisbos de rebeldía, sino de reconocimiento de que, a la luz de la Cruz del Señor, se vislumbra el valor del sufrimiento: Yo te voy a decir —señala San Josemaría Escrivá— cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frió, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel... (Camino, n. 194).


I Corinthiens 4, 14-16
San Pablo ostenta la paternidad espiritual de los corintios, porque los ha engendrado a la fe. Desde esta perspectiva sus reprensiones adquieren mayor gravedad y sentido: no tienen como objeto provocar una vergüenza estéril, sino un aliento para adquirir las virtudes necesarias y hacer crecer la Iglesia, que ha sido instituida como «comunidad de vida, de caridad y de verdad» (Lumen gentium, n. 9).
«Sed imitadores míos»; Cuando el Apóstol se presenta como modelo para los fieles (cfr 1 Cor 11, 1; 2 Thes 3, 7; Phil 3, 17; Gal 4, 12) hace referencia a los sufrimientos que su apostolado conlleva. También los cristianos han de saber soportar los padecimientos que pueden sobrevenir (1 Thes 1, 6-7; 2, 14). De esta forma, se ayudan mutuamente hasta alcanzar los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Phil 2, 5) y cumplir el mandato de seguirle cargando cada uno con su cruz .(Mt 16, 24).
Los santos han comprendido y enseñado que seguir a Cristo de cerca, supone afrontar grandes sufrimientos: «Siempre hemos visto —dice Santa Teresa de Jesús— que los que más cercanos anduvieron a Cristo nuestro Señor fueron los de mayores trabajos. Miremos los que pasó su gloriosa Madre y los gloriosos Apóstoles. ¿Cómo pensáis que pudiera sufrir San Pablo tan grandísimos trabajos? (...). Ya lo veis, que no tuvo día de descanso, a lo que podemos entender; y tampoco le debía de tener de noche, pues en ella ganaba lo que había de comer» (Moradas, VII, cap. 4).
 
I Corinthiens 4, 17
Timoteo es uno de los colaboradores más leales y eficaces de San Pablo al que llama con frecuencia hijo suyo queridísimo (cfr 1 Tim 1, 2; 2 Tim 1, 2; 2, 1). A partir del segundo viaje misional del Apóstol, Timoteo le acompaña fielmente (cfr Act 16, 1 ss.), trabajando con él en la edificación de las iglesias cristianas que va fundando. Tras acompañar a San Pablo en su primera cautividad romana, será dejado por éste en Éfeso al frente de la comunidad cristiana allí establecida (cfr 1 Tim 1, 3). En su segunda cautividad en Roma San Pablo le reclamará con urgencia, para que le acompañe en esa etapa final de su vida (cfr 2 Tim 4, 9.12).
En este momento —recordemos que estamos en el tercer viaje misional—, de manera semejante a como había sido enviado a Tesalónica para confirmar la fe de los fieles dejados allí e informar después a San Pablo (cfr 1 Thes 3, 1-5), Timoteo es enviado a Corinto, donde había ayudado al Apóstol en su predicación (cfr Act 18, 5 ss.; 2 Cor 1, 19). Se trata de recordarles la doctrina de San Pablo, que es la de Cristo, tal y como es enseñada «en todas las iglesias» por los Apóstoles y sus colaboradores: es una clara manifestación de la unidad de doctrina que se vive desde el primer momento en las distintas comunidades cristianas que van surgiendo.


I Corinthiens 4, 18-20
San Pablo prefiere enviar a Timoteo, en vez de ir personalmente (v. 18): más adelante habla con detalle de su próxima visita, y del motivo —«no quiero ahora veros sólo de paso»— por el que no va en estos momentos (cfr 16, 5-9). Cuando vaya, contrastará la palabrería de esos sabios según la carne de que ha hablado en los capítulos anteriores (cfr 1, 18-3,4), con su verdadera eficacia cara a la expansión del Reino de Dios (vv. 19-20).
 
I Corinthiens 4, 21
El Apóstol se sabe pastor de esta comunidad de fieles surgida en Corinto por su predicación, y responsable ante Dios de la salvación de sus almas. Su deseo sería actuar siempre con «espíritu de mansedumbre», sin enfrentarse ni constristar a nadie. Pero no vacilará en violentarse y actuar «con la vara», es decir, con fortaleza, cuando así lo exija el bien de los fieles: amonestando vigorosamente, o incluso apartando de la comunión eclesial, a quienes representan un daño para los demás cristianos (cfr p. ej. el capítulo que sigue).
San Agustín recordaba a los que ejercen el oficio de pastores en la Iglesia, esta obligación: «¿Os dais cuenta lo peligroso que puede resultar callarse? El impío muere, y muere con razón; muere en su pecado y en su impiedad: su propia negligencia le mata. Pues podría haber encontrado al pastor que vive y que dice: ‘Por mi vida, dice el Señor...’; como fue negligente, y el que recibió el encargo de amonestarle tampoco lo hizo, el uno muere justamente, y el otro, justamente también, es condenado. En cambio, como dice el texto sagrado, si advirtiese al impío, al que yo hubiese amenazado con la muerte: vas a morir, y él no se preocupa de evitar la espada amenazadora, y viene la espada y acaba con él, él morirá en su pecado; y tú, en cambio, habrás salvado tu alma (cfr Ez 33, 2-9). Por eso, precisamente a nosotros nos toca no callarnos; mas vosotros, en el caso de que nos callemos, no dejéis de escuchar las palabras del Pastor en las Sagradas Escrituras» (Sermo 46, 20).
- 5, 1-6, 20. Estos capítulos forman una unidad temática: después de corregir a los corintios del pecado que causa los demás males, la falta de unidad, y antes de pasar a responder a las cuestiones que le habían planteado los mismos corintios (caps. 7 y ss.), San Pablo aborda dos problemas que estaban obstaculizando la vida cristiana de aquella comunidad: los pecados de impureza y el comportamiento en los procesos judiciales.
Comienza tratando el problema del incestuoso y su castigo (5, 1-8); de este caso concreto toma pie para enseñar cómo han de comportarse con los pecadores obstinados: no se les puede admitir en la comunidad cristiana (5, 9-13).
A continuación, los dos temas mencionados —los pecados de impureza y los juicios— son el punto de partida para unos consejos prácticos más generales y de tono más elevado: en primer lugar trata de los pleitos entre cristianos y del modo de solucionar los litigios que se presentan (6, 1-8); la injusticia de los hombres le lleva por asociación a describir los pecados que impiden la posesión del Reino de los Cielos (6, 9-11). Por último, en un bellísimo pasaje, ensalza la dignidad del cuerpo humano y la necesidad de conservarlo íntegro para Dios: es un magnifico canto a la virtud de la santa pureza (6, 12-20).


Chapitre n°5
I Corinthiens 5, 1-2
Con dolor profundo San Pablo amonesta la pasividad de aquellos cristianos, ante un delito tan escandaloso que hubieran rechazado hasta los mismos paganos: un cristiano vivía maritalmente con su madrastra, hecho prohibido incluso en la legislación romana. Es impensable que fuera su propia madre, inadmisible en cualquier sociedad; era una segunda esposa del padre, probablemente ya muerto; seguramente la mujer era pagana porque el Apóstol no la vuelve a mencionar.
Es posible que algunos corintios, engreídos de soberbia, con falsas razones quisieran justificar tal acción: quizá malinterpretando que la conversión es un nacer de nuevo (cfr Ioh 3, 5), pretendían borrar los lazos familiares anteriormente contraídos (así lo hacían algunos rabinos judíos con sus prosélitos). El Apóstol no menciona excusa alguna, sino que con energía señala la gravedad del pecado y se apresura a poner con fortaleza el remedio.
Si grave es el pecado del incestuoso, también es grave la pasividad de aquellos cristianos que toleraban tal situación. Jesucristo enseñó que es preciso corregir al que yerra (cfr Mt 18, 15-17), sin escatimar esfuerzos. Cuando en nuestra vida personal o en la de los otros advirtamos algo que no va —explica el Fundador del Opus Dei—, algo que necesita del auxilio espiritual y humano que podemos y debemos prestar los hijos de Dios, una manifestación clara de prudencia consistirá en poner el remedio oportuno, a fondo, con caridad y con fortaleza, con sinceridad. No caben las inhibiciones. Es equivocado pensar que con omisiones o con retrasos se resuelven los problemas (Amigos de Dios, n. 157).


I Corinthiens 5, 3-5
Además de emitir su decisión personal sobre el incestuoso (v. 3), San Pablo da una fórmula solemne de excomunión (vv. 4-5). En ella hay cuatro elementos importantes: «En el nombre del Señor nuestro Jesús», significando que los juicios de la Iglesia trascienden los puramente humanos. «Con el poder de nuestro Señor Jesús», dando a entender que la potestad de la Iglesia ha sido recibida del propio Jesucristo: «Lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo» (Mt 18, 18; cfr Mt 16, 19; 28, 28). «Reunidos vosotros y mi espíritu»: Aunque no se usa terminología técnica, ajena al género epistolar, es fácil descubrir en esta expresión la colegialidad de las decisiones bajo la autoridad jerárquica del Apóstol.
Finalmente se describe la sentencia: «Que ése sea entregado a Satanás». El incestuoso debía quedar fuera de la Iglesia, inhábil para recibir los auxilios espirituales y expuesto al poder hostil del demonio. «Los excomulgados, al estar fuera de la Iglesia, pierden parte de los bienes que en ella se contienen. Hay además otro peligro: por la oración de la Iglesia el diablo está más incapacitado para tentarnos; por tanto, cuando uno es excluido, puede ser vencido fácilmente por él. De ahí que en la Iglesia primitiva cuando alguno era excomulgado, solía ser atormentado corporalmente . por el diablo» (Santo Tomás, Super Symbolum Apostolorum, 10). Pero la pena no es definitiva, porque se impone «a fin de que el espíritu se salve en el Día del Señor», es decir para que pueda corregirse.
La Iglesia ha mantenido a lo largo de la historia la potestad de imponer penas, incluso graves como es la excomunión, cuando otros medios de persuasión no han sido suficientes: «Si por la gravedad del delito es necesario el castigo, es entonces cuando (los Obispos) deben hacer uso del rigor con mansedumbre, de la justicia con misericordia y de la severidad con blandura, para que sin asperezas se conserve la disciplina, saludable y necesaria a los pueblos, y los que han sido corregidos se enmienden; o, si éstos no quieren volver, para que el castigo sirva a los demás de ejemplo saludable y se aparten de los vicios» (Conc. de Trento, De reformatione, cap. 1).
 
I Corinthiens 5, 6
El ejemplo de la actuación de la levadura en la masa había sido empleado por Jesucristo tanto para hablar del crecimiento del bien (cfr Mt 13, 31-33 y par.) como del mal (cfr Mc 8, 15-16 y par.): en los dos casos una pequeña cantidad puede alcanzar un desarrollo muy grande. Aquí San Pablo utiliza esta imagen para hacer notar a los corintios cómo la actuación del incestuoso puede dañar a toda la comunidad cristiana: por el mal ejemplo y escándalo que da, y también por el consentimiento en su pecado por parte de los demás, que no intentan corregirle (cfr Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).
San Pablo resalta la gravedad del escándalo —«dicho, hecho u omisión que da ocasión a otro de cometer pecados» (Catecismo Mayor, n. 417)—: «Porque todos los otros pecados, aunque sean grandes, no dañan más que al hombre que los hace; mas éste daña a sí y daña a los otros que aparta del camino de Dios. Pues ¿con qué se satisfará este daño, que es matar una alma que Cristo compró con su sangre? Porque si oro es lo que oro vale, Sangre de Cristo es lo que sangre costó. De donde se sigue que si estos hombres se condenaren, no sólo padecerán penas por sus propias culpas, sino también por las de aquellos que pervirtieron. Por lo cual todo entenderá el cristiano cuan justo fue aquel ¡ay! y aquella exclamación de Cristo cuando dijo (Mt 18, 7); ¡Ay del mundo por los escándalos!» (Fray Luis de Granada, Sermón de las caídas públicas).


I Corinthiens 5, 7-8
El Apóstol utiliza ejemplos tomados de la celebración judía de la Pascua y de los Ázimos, para hacer a los corintios algunas aplicaciones espirituales. La Pascua era la principal fiesta judía, cuyo rito esencial consistía en comer el cordero pascual. Tanto en la cena pascual como en los siete días siguientes, fiestas también, estaba prohibido comer pan fermentado, y por eso se llamaban los días de los ázimos. De ahí que Dios, en el libro del Éxodo, prescribiera eliminar de las casas la levadura, durante esos días (cfr 12, 15.19).
Jesucristo, nuestra Pascua, nuestro cordero pascual, «fue inmolado». El cordero pascual era una promesa y figura del verdadero Cordero, Jesucristo (cfr Ioh 1, 29), víctima en el sacrificio del Calvario en favor de toda la humanidad: «Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida» (Misal Romano, Prefacio Pascual, I). La perenne validez del sacrificio de Cristo en la Cruz (cfr Heb 10, 11-14), renovado cada vez que se celebra la Santa Misa, hace que los cristianos vivamos ya en una continua fiesta. De ahí, concluye el Apóstol, que debáis eliminar —tanto de la comunidad cristiana como de la vida personal— la levadura antigua, que en el contexto de la fiesta venía a simbolizar lo impuro y pecaminoso; y llevar siempre una vida auténticamente cristiana, con ázimos, símbolo de lo limpio y puro, «de sinceridad y de verdad».
«El tiempo presente es, pues, un día de fiesta —comenta San Juan Crisóstomo—, porque al decir: ‘celebremos la fiesta’, Pablo no añade: porque la Pascua o Pentecostés está próxima. No, él señala que toda esta vida es un día de fiesta para los cristianos, en razón de los bienes inefables que les han sido concedidos. En efecto, cristianos, ¿qué grandes bienes no habéis recibido de Dios? Por vosotros, Jesucristo se ha hecho hombre; os ha librado de la condenación eterna, para llamaros a la posesión de su reino. Con este pensamiento, ¿podéis no estar en fiesta continua durante los días de vuestra vida terrestre? Lejos de nosotros cualquier abatimiento por la pobreza, la enfermedad o las persecuciones que nos agobian. La vida presente es, siguiendo al Apóstol, un tiempo de fiesta» (Hom. sobre 1 Cor, ad loc.).


I Corinthiens 5, 9-10
No se tienen más noticias de la carta mencionada, que debió perderse posteriormente. Está claro que no contendría nada sustancial de la Revelación que no se encuentre en otros lugares de la Sagrada Escritura; de no ser así, Dios nuestro Señor no hubiera permitido que se perdiera algo necesario para la Iglesia universal.
San Pablo aclara el sentido de una indicación que les daba en esa carta anterior —no mezclarse con los fornicarios—, que, por la forma de comportarse que los corintios están teniendo con el incestuoso, parece que no han entendido bien: no se trata de no mezclarse con los pecadores paganos, sino con los que teniendo el nombre de cristianos no procuran apartarse de su pecado.
Corinto era una ciudad extraordinariamente corrompida. Para evitar el contacto con esos pecadores no cristianos, los fieles hubieran tenido que «salir de este mundo», y ése nunca hubiera podido ser el consejo de San Pablo, que más adelante les escribirá: «Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos» (1 Cor 9, 22). El cristiano debe procurar que todos los hombres se salven, y poner todos los medios sobrenaturales y humanos para conseguirlo: sólo cuando alguien resulte un peligro para la propia alma, debe rechazarle y apartarse de él. Pero sería una cobardía apartarse del mundo (cfr notas a 3, 21-23; 2 Cor 5, 6), y de las ocupaciones honestas de esta vida por las dificultades que pudieran encontrarse, fruto de un ambiente descristianizado: Los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas, para impregnarlas de nuestra fe bendita, la única que trae verdadera paz, alegría auténtica a las almas y a los distintos ambientes (...). Urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano (Amigos de Dios, n. 210).


I Corinthiens 5, 11-13
El Apóstol vuelve al tema central del capítulo, el remedio ante el incestuoso, con una aplicación más extensa: la misma suerte han de seguir quienes cometen los pecados mencionados en el v. 11: «Con éstos, ni comer siquiera», es decir, ni admitirlos en las reuniones litúrgicas (cfr 1 Cor 11), ni mantener en privado amistad íntima (cfr 2 Ioh, 10). Al final del capítulo se repite la sentencia con palabras frecuentes en el AT (cfr Dt 17, 7): «¡Echad de entre vosotros al malvado!» (v. 13). Aunque directamente se refiere al incestuoso, cabría traducir con la Neovulgata de modo más general: «Apartad el mal de en medio de vosotros».
La relación de pecados del v. 11 es muy similar a la que aparece en el capítulo siguiente (1 Cor 6, 9-10); en las cartas de San Pablo pueden contabilizarse hasta trece resúmenes de pecados graves. Era frecuente en los ambientes piadosos y cultos de la época que circularan listas de pecados, diversos entre los griegos y entre los judíos. San Pablo que, posiblemente conocía unas y otras, no las transcribe literalmente, sino que les imprime un carácter profundamente cristiano tanto en la forma como en el contenido.
En efecto, no pretende hacer una enumeración exhaustiva de pecados, sino recordar aquellos que tienen más peligro de cometer los destinatarios concretos de sus cartas. Las inicia condenando el pecado que ha motivado el escrito: en este caso, el incesto; en el cap. 6 la injusticia, etc. Además, la gravedad de esas acciones se deducen de las consecuencias; no tanto por los estragos que pueden acarrear a la sociedad, cuanto por el castigo que merecen: tales pecadores no poseerán el Reino (1 Cor 6, 9; Gal 5, 19-21; Eph 5, 5); provocan la ira de Dios (Col 3, 5-8); darán cuenta en el último día (2 Tim 3, 2-5; 1 Cor 5, 5); son dignos de muerte (Rom 1, 29-31); etc.
En cuanto al contenido es fácil comprobar que tales pecados son transgresión de alguno de los diez mandamientos. Pero San Pablo, que no pretende dar un tratado sistemático de la moral cristiana, menciona siempre tres de esos pecados: la codicia, la idolatría y la impureza.
La codicia, en un sentido más profundo que la simple ambición de poseer riquezas, significa utilizar a los demás —y si es preciso al mismo Dios— para conseguir provecho o placer. Es, por tanto, el pecado más opuesto a la caridad que implica servir a Dios y a los hombres por Dios.
De ahí que el Apóstol mencione junto a la codicia, la idolatría; en efecto, la idolatría, que consiste en no dar a Dios la gloria debida como único Dios, desemboca siempre, como la codicia, en la autosuficiencia del hombre, que piensa no necesitar nada de Dios (cfr Rom 1, 21). «El principio de todo pecado —comenta San Agustín— es la soberbia; si hubiesen dado gracias a Dios por la sabiduría que les concede, nunca se hubieran atribuido algo a sus propios razonamientos» (Expositio quorumdam propositionum ex Epistola ad Romanos, prop. IV). Y Santo Tomás concreta más la obcecación de los soberbios: «El que se aparta de Dios, presumiendo de sí mismo y no de Dios, queda oscurecido espiritualmente» (Comentario sobre Rom, 1, 21).
También la impureza, abarcando en sentido amplio todo desorden contra el sexto y el noveno mandamiento, es un pecado grave, análogo a la idolatría (cfr Rom 1, 24-27; 1 Cor 10, 6-8); puesto que el cuerpo pertenece a Dios y es miembro de Cristo (cfr 1 Cor 6, 14); todo uso desordenado de la facultad generativa lleva consigo una cierta perversión del culto debido a Dios: el cuerpo, que debe glorificar a Dios, pretende glorificarse a sí mismo. Queda, por tanto, claro que el Apóstol, a lo largo de sus escritos, quiere poner de manifiesto cuál es la razón profunda de la gravedad de estos pecados, puesto que todos ellos van directamente contra la gloria debida a Dios.


Chapitre n°6
I Corinthiens 6, 1-6
Como es habitual en sus escritos, ante un suceso más o menos importante en la vida de los cristianos, el Apóstol se remonta a una doctrina más elevada, desde cuya perspectiva se ilumina perfectamente el problema concreto.
En este caso, el suceso escandaloso es que haya pleitos entre los cristianos (v. 7) y que pretendan dilucidarlos fuera del ámbito de la Iglesia, ante tribunales paganos —nótese la fuerza de las primeras palabras: «¿Cómo se atreve alguno...?» —.
Los cristianos, por su bautismo, son santos, justos, es decir, participan de la vida y virtudes de Cristo y están llamados a ponerlas por obra. Más aún, los cristianos, como los Apóstoles (cfr Mt 19, 28; Lc 22, 30), juzgarán a los hombres y a los ángeles en el último día. Son, por tanto portadores y testigos de la justicia divina. En consecuencia, no tiene sentido pleitear entre sí; y en caso de cualquier litigio, siempre habrá entre los cristianos personas capacitadas y con gracia de estado para solucionar los problemas. Es de notar la ironía del v. 4 en el que sugiere que sea el que menos cuenta quien juzgue, para preguntar a continuación si no hay algún sabio entre ellos. En efecto, cualquier cristiano tiene capacidad, porque participa de la justicia divina; pero si es sabio o docto, mucho mejor.
San Pablo no menosprecia la autoridad civil y su soberanía, puesto que todo poder viene de Dios (Rom 13, 1-5); él mismo se sometió a los tribunales romanos, e incluso apeló al César (cfr Act 25, 11-12). El consejo concreto dado aquí —no llevar los litigios entre cristianos a los tribunales paganos— corresponde, por una parte, a la práctica del judaísmo: las causas propias eran juzgadas por tribunales judíos. Por otra parte, el Apóstol recomienda vivir, ante todo, la fraternidad y arreglar las cosas sin recurrir a los tribunales paganos. Además, harían un grave daño a la expansión del Evangelio: ¿cómo podía resultar atrayente una comunidad con sus miembros divididos entre sí? Este grave escándalo es lo que, principalmente, pretende atajar.
 
I Corinthiens 6, 3
El único Juez de vivos y difuntos, de ángeles y hombres es Jesucristo. Los cristianos están tan íntimamente asociados a Él, que San Pablo no ve inconveniente en atribuir a todos los miembros las acciones de la Cabeza. Por tanto, no pretende descender a detalles puramente imaginativos acerca de cómo será el Juicio Final, si los ángeles estarán sometidos al juicio de los hombres o si se someterán al menos los ángeles caídos. El Apóstol posiblemente quiere resaltar sólo la unión íntima del cristiano con Cristo, que ha de reflejarse también en el comportamiento justo de unos con otros.


I Corinthiens 6, 7-8
Éste es el motivo de la severa amonestación de San Pablo a los cristianos de Corinto. No han entendido y no cumplen el consejo del Señor en el Sermón de la montaña, de soportar las injurias (Mt 5, 39-42). Más aún, promovieron pleitos unos contra otros contraviniendo la costumbre de los primeros cristianos que tenían un mismo corazón y un mismo sentir (Act 4, 32). Además buscan solucionar sus desavenencias ante tribunales paganos, ajenos a la fraternidad cristiana. San Juan Crisóstomo señala las transgresiones que cometen los corintios: «Una, no poder soportar pacientemente una injuria; otra, ser autor de una ofensa; después, buscar árbitros para este altercado; por último, usar tales procedimientos con un cristiano, su hermano en la fe» (Hom sobre 1 Cor, ad loc.).
El consejo de San Pablo de soportar las injurias conviene leerlo a la luz de Rom 12, 17-21. para comprender que, según la doctrina del Apóstol no basta, una actitud pasiva y débil ante las contrariedades; es preciso superarlas y empeñarse en hacer el bien en cada momento y con todas las personas. San Josemaría Escrivá proponía una norma de conducta parecida, animando a hacer el propósito de no juzgar a los demás, de no ofender ni siquiera con la duda, de ahogar el mal en abundancia de bien, sembrando a nuestro alrededor la convivencia leal, la justicia y la paz.
Y la decisión de no entristecernos nunca, si nuestra conducta recta es mal entendida por otros; si el bien que —con la ayuda continua del Señor— procuramos realizar, es interpretado torcidamente, atribuyéndonos, a través de un ilícito proceso a las intenciones, designios de mal, conducta dolosa y simuladora. Perdonemos siempre, con la sonrisa en los labios. Hablemos claramente, sin rencor, cuando pensemos en conciencia que debemos hablar. Y dejemos todo en las manos de Nuestro Padre Dios, con un divino silencio —Iesus autem tacebat (Mt XXVI, 63), Jesús callaba—, si se trata de ataques personales, por brutales e indecorosos que sean. Preocupémonos sólo de hacer buenas obras, que Él se encargará de que brillen delante de los hombres (Mc V, 16) (Es Cristo que pasa, n. 72).


I Corinthiens 6, 9-10
En esta relación de pecados, semejante a la del capítulo anterior (cfr 1 Cor 5, 10-11), San Pablo enseña expresamente que quienes cometen tales pecados no heredarán el Reino, es decir, no alcanzarán la salvación eterna. Toda la lista parece una explicación del término «injustos». Efectivamente, no sólo quebrantan la justicia los que actúan mal en los pleitos o los que defraudan a otros; justicia en el lenguaje de la Biblia equivale a santidad y, por tanto, se opone a todo pecado.
«No os engañéis»: Por la forma del verbo griego podría traducirse también por «no os dejéis engañar» (cfr Eph 5, 5-6). Ciertamente, peor que cometer tales atrocidades es pretender justificarlas como buenas; tal engaño es lo más lamentable. Y, sin duda alguna, en Corinto como en otros lugares y épocas ha habido y hay ideologías falaces que intentan presentar como bueno, lo que realmente es pecado. De ahí que, ante ciertas tendencias que pretenden reducir o negar la realidad del pecado grave, la doctrina de la Iglesia recuerda que «el hombre peca mortalmente no sólo cuando su acción procede de menosprecio directo del amor de Dios y del prójimo, sino también cuando, consciente y libremente, elige un objeto gravemente desordenado, sea cual fuere el motivo de su elección (...). Los pastores deben dar prueba de paciencia y de bondad: pero no les está permitido ni hacer vanos los mandamientos de Dios ni reducir desmedidamente la responsabilidad de las personas» (Declaración Persona humana, n. 10). Como Cristo, los pastores deben ser intransigentes con el mal y misericordiosos con las personas.
 
I Corinthiens 6, 11
El recuerdo de la dignidad de cristianos pone fin a las amonestaciones que San Pablo viene haciendo: trae a su memoria el hecho del bautismo, sus efectos y la necesidad de volver a la santidad inicial.
En las últimas palabras hay una alusión clara a la fórmula bautismal con la mención de las tres Personas divinas (cfr Mt 28, 19). La inclusión del nombre de las tres Personas de la Santísima Trinidad supone un acto de fe en Dios, Uno y Trino, y el reconocimiento de que la gracia y la justificación nos la concede el Padre, nos la mereció su Hijo Jesucristo, y se nos aplica por la acción del Espíritu Santo.
Tres verbos resumen los efectos del bautismo: «lavados», «santificados», «justificados» (cfr Act 22, 16; Eph 5, 26; Tit 3, 5); el bautismo, además de borrar el pecado original, y los eventuales pecados personales, nos concede la gracia santificante y las virtudes infusas: «Los seguidores de Cristo —enseña el Conc. Vaticano II—, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios, conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» (Lumen gentium, n. 40).
Al recordar la inocencia bautismal, San Pablo les anima a que vuelvan a ella por la nueva conversión. Después del Bautismo, el sacramento de la Penitencia recibido con las debidas disposiciones, nos devuelve la gracia santificante y es, por tanto, el medio querido por Jesucristo para conservar y perfeccionar la gracia recibida: «El sacramento de la Penitencia contribuye eficazmente a fomentar la vida cristiana» (Christus Dominus, n. 30).


I Corinthiens 6, 12-20
En la segunda parte de este capítulo, el Apóstol trata sobre la gravedad de la impureza. La degradación moral en que había caído la humanidad antes de la venida de Jesucristo (cfr Rom 1, 18-32), había llevado en algunos ambientes paganos al olvido de la intrínseca maldad de este pecado. De ahí que los Apóstoles tuvieran que recordarlo en ocasiones a los cristianos procedentes de la gentilidad (cfr p. ej. Act 15, 29; 1 Thes 4, 3-5).
La situación de Corinto era especialmente grave: el culto de la diosa Afrodita, por ejemplo, había llevado a considerar la prostitución como una especie de consagración a la divinidad. San Pablo debe, por este motivo, aclarar a aquellos fieles recién convertidos la gravedad de este pecado, rechazando los posibles argumentos que pudieran darse en su favor (vv. 12-14), y explicando la ofensa que supone a Jesucristo (vv. 15-18) y al Espíritu Santo (vv. 19-20). «El Apóstol precisa la razón propiamente cristiana de la castidad cuando condena el pecado de fornicación, no solamente en la medida en que perjudica al prójimo o al orden social, sino porque el fornicario ofende a quien lo ha rescatado con su sangre, a Cristo, del cual es miembro, y al Espíritu Santo, de quien es templo» (Declaración Persona humana, n. 11).

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