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I Corinthiens 1, 30-31
La elección divina incorpora al hombre a Cristo Jesús, mediante el bautismo; esta incorporación irá progresando en el cristiano si es dócil a la gracia divina, que configura al hombre con Cristo hasta el punto de poder decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2, 20). Tal incorporación, ese «estar en Cristo Jesús», posibilita el participar de la «sabiduría, justicia, santificación y redención» que Jesús es para el cristiano.
En efecto, Jesucristo es la «sabiduría» de Dios (cfr Col 1, 15 s.; Heb 1, 2 s.), y su conocimiento es la verdadera y más importante ciencia. Es para nosotros «justicia», porque con los méritos obtenidos por su Encarnación, Muerte y Resurrección, nos ha hecho verdaderamente justos a los ojos de Dios. Es también la fuente de toda santidad, que consiste precisamente en la identificación con Cristo. Por Él, hecho para nosotros «redención», hemos sido redimidos de la esclavitud del pecado. «¡Qué bonito es el orden que el Apóstol pone en su lenguaje! Dios nos ha hecho sabios sacándonos del error; después, justos y santos comunicándonos su espíritu» (Hom. sobre 1 Cor, 5, ad loc.).
Al considerar la absoluta gratuidad de la elección divina (vv. 25-28) y los inmensos beneficios que conlleva, la conclusión es evidente: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor», dice el Apóstol, aludiendo a unas palabras de Jeremías (9, 22-23). ‘Deo omnis gloria’. —Para Dios toda la gloria. —Es una confesión categórica de nuestra nada. Él, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin Él, nada valemos: nada.
Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el ‘yo’ no debe aparecer en ninguna parte (Camino, n. 780).


Chapitre n°2
I Corinthiens 2, 1-3
El Apóstol, había llegado a Corinto proveniente de Atenas, donde según narran los Hechos de los Apóstoles (17, 16-34), a pesar de su brillante discurso en el Areópago, fueron pocos los que se convirtieron. Esto, junto con la corrupción tan grande que reina en Corinto, puede explicar su llegada «con temor y mucho temblor» (v. 3), pensando en la difícil tarea que tenía por delante. De hecho, las dificultades debieron ser abundantes, y el Señor se le apareció en una visión nocturna, para reconfortarle y animarle en su trabajo: «Sigue hablando y no calles, que yo estoy contigo» (Act 18, 9-10). Y San Pablo, prescindiendo de discursos de elaborada retórica humana, anuncia a Cristo crucificado, para que la fe se apoye únicamente en Dios.
San Pablo resume el contenido de su predicación: Jesucristo, y éste crucificado. La Iglesia, continuadora de la misión de los Apóstoles, no hace otra cosa sino dar a conocer a Jesucristo: «La única orientación del espíritu —recuerda el Papa Juan Pablo II—, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna’ (Ioh 6, 68) (...). La Iglesia vive su misterio, lo alcanza sin cansarse nunca y busca continuamente los caminos para acercar este misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre particular, como si repitiese siempre a ejemplo del Apóstol: que ‘no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado’ (1 Cor 2, 2). La Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redención que ha llegado a ser precisamente el principio fundamental de su vida y de su misión» (Redemptor hominis, n. 7).
Cada cristiano, por su parte, debe intentar que quienes le rodean «deseen de verdad conocer a Jesucristo, y éste crucificado (cfr 1 Cor 2, 2); y que se persuadan ciertamente, y crean con afecto íntimo de corazón y piadosamente, que no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del Cielo por el cual debamos salvarnos (cfr Act 4, 12), puesto que Él mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados (cfr 1 Ioh 2, 2)» (Catecismo Romano, Intr. 10).


I Corinthiens 2, 4-5
Como la predicación de Pablo no se ha basado en su elocuencia, tampoco la fe ha de apoyarse en la sabiduría humana (cfr nota a 1 Cor 1, 20-25). Dice que basó su mensaje en «la manifestación del Espíritu y del poder», haciendo referencia probablemente a la acción poderosa de la gracia divina en quienes escucharon su predicación, manifestándose en conversiones y carismas extraordinarios. Ese poder de Dios explica que hayan creído.
Dios sigue actuando a través del mensaje cristiano, que «es único. De ningún modo puede ser reemplazado —señala Pablo VI—. No admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios (cfr 1 Cor 2, 5). Es la verdad. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida» (Evangelii nuntiandi, n. 5).


I Corinthiens 2, 6-8
Después que el Apóstol ha puesto de manifiesto la ineficacia de la sabiduría del mundo y la necesidad de someterse a la Cruz de Cristo, enseña que el Evangelio no es contrario a la razón humana, puesto que encierra una sabiduría más profunda, la sabiduría divina. De ella habla San Pablo «entre los perfectos», es decir, entre los cristianos que tienen una fe más asentada, en oposición a los «niños» mencionados en 3, 1, que están todavía pendientes de argumentaciones brillantes. No se trata de un grupo de fieles privilegiados, puesto que todos los bautizados están llamados a alcanzar el pleno conocimiento del Hijo de Dios (cfr Eph 4, 11-16).
Esta sabiduría es completamente ajena a este mundo y a los príncipes de este mundo, es decir, a los que producen el mal en el mundo: se refiere tanto a los que directamente causaron la muerte del Señor (Sanedrín, Herodes, Pilatos: cfr v. 8), como al demonio y a los ángeles caídos, según expresiones similares del NT (cfr Lc 4, 6; Ioh 12, 31; Eph 2, 2).
«Misteriosa, escondida»: Esta expresión se refiere al contenido mismo de la sabiduría divina y a su manifestación. Coincide con el plan de salvación divina que alcanza a todos los hombres; también a los gentiles (cfr Eph 3, 6-8) y, de alguna manera, a toda la creación (Eph 1, 10); el hombre no puede abarcarla exhaustivamente como no puede abarcar a Dios mismo. Pero puede llegar a conocerla por la revelación (cfr Lc 8, 10; Col 1, 26), puesto que se nos ha dado a conocer en Cristo (cfr Rom 16, 25-26; Eph 1, 8-10; 3, 3-7; Col 1, 26-27), si bien su plenitud se alcanza en el cielo. Hay, por tanto, una triple perspectiva de esta sabiduría-misterio-salvación: está en los planes de Dios desde toda la eternidad; se manifiesta en la Revelación y especialmente en Jesucristo, muerto y resucitado; la alcanzamos parcialmente por la fe en esta vida y en plenitud en el cielo.
«Señor de la gloria»: San Pablo atribuye a Cristo muerto en la Cruz un título que en el AT aparece como propio y exclusivo de Dios (cfr Ex 24, 16; 40, 34; Is 42, 8), manifestando así que Jesucristo es Dios, igual al Padre.
 
I Corinthiens 2, 9
Estas palabras de Is 64, 2-3, resumen el contenido de la sabiduría divina: el conjunto de dones que sobrepasan toda capacidad humana (Eph 3, 19) y que Dios ha preparado desde toda la eternidad para los que le aman. Estos dones no son sino el amor que Dios tiene a los hombres.
La tradición cristiana, basándose en que tales dones se alcanzan plenamente en la otra vida, ha considerado estas palabras como descripción del Cielo: «¡Qué dichosos y admirables son los dones de Dios! Vida inmortal, esplendor de la justicia, verdad en la libertad, fe confiada, templanza con santidad; y todas estas cosas podemos conocerlas. ¿Qué más tendrá Dios preparado para los que esperan en Él? Únicamente el Artífice supremo y el Padre de los siglos lo conoce. Nosotros esforcémonos intensamente en ser contados entre los que esperan para poder participar de los dones prometidos» (San Clemente Romano, Ad Corinthios, 30). Y el Catecismo Romano enseña, por su parte: «Deben estar persuadidos los fieles de que cuantas cosas pueda haber agradables para nosotros o ser deseadas en esta vida, ya se refieran a la ilustración del alma, ya a la perfección y comodidad del cuerpo, inundan por todas partes la vida feliz del Cielo, con abundancia de todas esas cosas, si bien el Apóstol afirma que esto se verificará por modo más sublime de lo que ha visto ojo alguno, ha percibido el oído o pasado por la imaginación de todo hombre» (I, 12, 12).


I Corinthiens 2, 10-12
«Dios nos lo reveló por medio del Espíritu»: Se trata del Espíritu Santo, tercera Persona de la Santísima Trinidad, que «viene de Dios» (v. 12), y conoce perfectamente las profundidades de Dios (vv. 10-11). En estas palabras se nos revela la divinidad del Espíritu Santo; el conocimiento que tenemos de una persona da idea de la intimidad con ella; el Espíritu Santo conoce las profundidades de Dios porque por su naturaleza es Dios, igual al Padre y al Hijo (cfr Mt 11, 25): «El Espíritu Santo es Dios lo mismo que el Padre y el Hijo, igual a ellos, igualmente omnipotente, eterno y de perfección infinita, sumo bien y sapientísimo, y de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo (...). De Él se dice que concede la santificación y la vida sobrenatural, que penetra las profundidades de Dios, que habló por los profetas y está en todas partes: todo lo cual sólo puede atribuirse al poder divino» (Catecismo Romano, I, 9, 4).
Jesucristo había dicho a los Apóstoles: «Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad» (Ioh 16, 13); y el día de Pentecostés, el Espíritu Santo abrió sus inteligencias, de manera que comprendieron la verdad revelada por Jesucristo. También en San Pablo actuó el Espíritu Santo, de forma que tuviera el mismo conocimiento de la Revelación que los demás Apóstoles (cfr Gal 2, 1-10). El mismo Espíritu sigue actuando en la Iglesia: «El Espíritu Santo, que es espíritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad Eterna, y del Hijo, Verdad substancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás» (León XIII, Divinum illud munus, n. 7).
 
I Corinthiens 2, 13
La transmisión de la fe exige sumo cuidado en los términos que se utilizan: «La norma del lenguaje, que la Iglesia, con un largo trabajo de siglos y no sin asistencia del Espíritu Santo, introdujo y confirmó con la autoridad de los Concilios, y que no pocas veces ha sido la señal y bandera de la fe ortodoxa, es preciso que sea guardada santamente y nadie presuma cambiarla a su antojo o bajo pretexto de una nueva ciencia» (Pablo VI, Mysterium fidei, n. 3).
La preocupación por expresar fielmente el depósito de la fe ha sido constante en la Iglesia: «Oro has recibido; entrega oro —comenta San Vicente de Lerins—. No quiero que me sustituyas una cosa por otra. No quiero que desvergonzada y fraudulentamente pongas plomo o bronce en vez de oro; no quiero apariencia de oro, sino oro puro» (Commonitorio, 22).
La última frase del texto griego resulta ambigua y admite otras traducciones: «Manifestando las cosas espirituales a personas espirituales»; o también «sometiendo las cosas espirituales al criterio de personas espirituales».


I Corinthiens 2, 14-16
El texto original dice «el hombre psíquico», que difícilmente es expresable en castellano. Algunas versiones dicen «hombre animal» siguiendo la literalidad de la Neovulgata. Se trata del hombre que actúa únicamente según sus facultades —inteligencia y voluntad— humanas, y no puede por tanto juzgar más que de las cosas de la tierra. El hombre espiritual es el cristiano regenerado por la gracia de Dios; sus facultades de tal forma son elevadas que pueda realizar acciones de valor sobrenatural: actos de fe, de esperanza, de caridad. El hombre en gracia de Dios, tiene así la posibilidad de percibir las cosas de Dios, porque lleva al Espíritu Santo en su alma en gracia, y tiene la mente, el pensamiento, de Cristo. No existe otra alternativa —enseña San Josemaría Escrivá—. Sólo son posibles dos modos de vivir en la tierra: o se vive vida sobrenatural, o vida animal. Y tú y yo no podemos vivir más que la vida de Dios, la vida sobrenatural (Amigos de Dios, n. 200).
San Juan Crisóstomo explicaba gráficamente el contraste entre las posibilidades del hombre espiritual y del animal, para juzgar sobre los planes salvadores de Dios: «El que ve claro, ve todo, incluso al que no ve; en cambio, el que no ve no puede ver lo que hace referencia al que ve claro. Nosotros, los cristianos, comprendemos nuestra condición y la situación de los infieles; los infieles, sin embargo, no entienden la nuestra. Nosotros sabemos como ellos y mejor que ellos cuál es la naturaleza de las cosas presentes; los infieles no conocerán sino un día las excelencias de las cosas futuras, mientras que nosotros vemos desde ahora los sufrimientos de los malvados y las coronas destinadas a los buenos» (Hom. sobre 1 Cor, 7, ad loc.). Y Santo Tomás: «El que está despierto juzga rectamente tanto de que él está despierto como de que otro duerme; pero el dormido no tiene un juicio recto ni de sí mismo ni del que está despierto. Por tanto, las cosas no son tal y como son vistas por el dormido, sino como son vistas por el despierto (...). Y según esto dice el Apóstol que ‘el hombre espiritual juzga de todo’: porque el hombre que tiene el entendimiento iluminado y el afecto ordenado por el Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas particulares que tienen relación con la salvación. El que no es espiritual tiene el entendimiento oscurecido y el afecto desordenado para los bienes espirituales, y por tanto el hombre espiritual no puede ser juzgado por el no espiritual, como tampoco el despierto por el dormido» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).


Chapitre n°3
I Corinthiens 3, 1-3
Los cristianos de Corinto son responsables de su incapacidad para recibir la doctrina completa; la contraposición carnales-espirituales no quiere decir que haya dos clases de personas en la Iglesia; es más bien un reproche paternal del Apóstol: por el bautismo están llamados a alcanzar el pleno conocimiento, intelectual y práctico, de las verdades espirituales; pero por dejarse llevar de principios humanos permanecen todavía en la fase inicial de embotamiento. La razón, como comenta San Juan Crisóstomo, es que «el mal comportamiento es un obstáculo para conocer la verdad. Lo mismo que un hombre obcecado en el error no puede perseverar largo tiempo en el camino recto, también es muy difícil que quien vive mal acepte el yugo de nuestros sublimes misterios. Para abrazar la verdad hay que estar desprendido de todas las pasiones (...). Esta libertad del alma ha de ser completa, para alcanzar la verdad» (Hom. sobre 1 Cor, 8, ad loc.).
«Como a niños en Cristo»; San Pablo no se refiere a la infancia espiritual enseñada por Jesús (cfr Mt 18, 1-6; 1 Pet 2, 2); el Apóstol utiliza esta comparación para enseñar que es necesario progresar en la vida cristiana, que el cristiano tiene obligación de desarrollar las virtudes infusas que recibió en el Bautismo. Concretando todavía más, el Apóstol menciona las «envidias y discordias» (v. 3) como dos grandes pecados que paralizan la vitalidad de los corintios, y de todo cristiano, les mantienen en su lamentable estado de «carnales» y les impiden alcanzar las cosas espirituales, a las que estaban llamados (cfr Heb 5, 12-17).


I Corinthiens 3, 4-17
Tomando pie de las facciones surgidas en Corinto (cfr 1, 11-13), clara manifestación de que todavía siguen comportándose a lo humano (v. 4), San Pablo expone la verdadera naturaleza del ministerio apostólico. Recalca especialmente el Apóstol que la raíz de toda labor apostólica es Dios, «que da el incremento» (v. 7); el hombre es instrumento de Dios —ministro (v. 5), colaborador (v. 9)— en esa tarea, que sólo puede realizarse poniendo a Jesucristo como fundamento (v. 11). San Pablo desarrolla estas ideas sirviéndose de dos sugestivas imágenes: el campo de Dios (vv. 6-9) y la edificación de Dios (vv. 9-17).


I Corinthiens 3, 5-7
Sirviéndose de la comparación con las tareas del campo, San Pablo ilustra el papel de instrumentos que corresponde a los hombres en la labor apostólica. Es Dios, mediante su gracia, el único que puede conseguir que la semilla de la fe arraigue y dé fruto en las almas: el instrumento «podrá ir echando las semillas entre lágrimas, podrá luego cuidar el campo sin rehuir la fatiga: pero que la semilla germine y llegue a dar los frutos deseados depende sólo de Dios y de su auxilio todopoderoso. Hay que insistir en que los hombres no son más que instrumentos, de los que Dios se sirve para la salvación de las almas, y hay que procurar que estos instrumentos se encuentren en buen estado para que Dios pueda utilizarlos» (San Pío X, Haerent animo, n. 9).
En este sentido, todo el esfuerzo de los hombres de por sí sería «nada» (v. 7), pero Dios quiere servirse de él para sacar frutos sobrenaturales totalmente desproporcionados: Hemos de recordar siempre —señala San Josemaría Escrivá— que somos sólo instrumentos: ¿qué es Apolo?, ¿qué es Pablo? Unos ministros de aquel en quien habéis creído, y eso según el don que a cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, regó Apolo, pero Dios es quien ha dado el crecer (1 Cor III, 4-6). La doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo. Es Dios mismo quien está empeñado en realizar la obra salvadora, en redimir el mundo (Es Cristo que pasa, n. 159).
 
I Corinthiens 3, 8
La recompensa de Dios al que trabaja en la edificación de la Iglesia no está tanto en relación con la misión encomendada —«son una misma cosa»—, o con los frutos obtenidos, sino con el trabajo, con el esfuerzo puesto en la realización de la tarea asignada por Dios. «Los cristianos tienen diferentes dones (cfr Rom 12, 6) —señala el Conc. Vaticano II—. Por ello deben colaborar en el Evangelio cada uno según su posibilidad, facultad, carisma y ministerio (cfr 1 Cor 3, 10). Todos, por consiguiente, los que siembran y los que siegan (cfr Ioh 4, 37), los que plantan y los que riegan, han de ser necesariamente una sola cosa (cfr 1 Cor 3, 8), a fin de que, ‘buscando unidos el mismo fin, libre y ordenadamente’ (Lumen gentium, n. 18), dediquen sus esfuerzos con unanimidad a la edificación de la Iglesia» (Ad gentes, n. 28). De ahí que lo fundamental sea poner el mayor amor posible en la tarea respectiva, sin desanimarse: «Mis elegidos no trabajarán nunca en vano», asegura el Señor por el profeta Isaías (65, 23).
 
I Corinthiens 3, 9
«Campo de Dios, edificación de Dios»: El Conc. Vaticano II acude a estas imágenes, para exponer la naturaleza íntima de la Iglesia: «La Iglesia es la labranza o campo de Dios (cfr 1 Cor 3, 9). En ese campo crece el olivo antiguo, cuya santa raíz fueron los Patriarcas, en donde se realizó y se realizará la reconcilación de judíos y gentiles (cfr Rom 11, 13-26). Fue plantada como viña selecta por el Agricultor celestial (cfr Mt 21, 33-43 par.; cfr Is 5, 1 ss.). Cristo es la verdadera Vid, que da vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros: permanecemos en Él a través de la Iglesia y sin Él no podemos hacer nada (cfr Ioh 15, 1-5).
»Con frecuencia se llama también a la Iglesia la edificación de Dios (cfr 1 Cor 3, 9). El Señor mismo se comparó con una piedra que habían rechazado los constructores, pero que fue puesta como piedra angular (Mt 21, 42 par.; cfr Act 4, 11; 1 Pet 2, 7; Ps 118, 22). Sobre este fundamento, la Iglesia es construida por los Apóstoles (cfr 1 Cor 3, 11), y de ese fundamento recibe firmeza y cohesión. Esta construcción es designada con diversos nombres: casa de Dios (1 Tim 3, 15), en donde habita su familia; morada de Dios en el Espíritu (Eph 2, 19-22), tabernáculo de Dios entre los hombres (Apc 21, 3) y, sobre todo, templo santo, que, representado por santuarios de piedra, es objeto de la alabanza de los Santos Padres, y en la Liturgia, con justo título, se le compara con la Ciudad Santa, la Jerusalén nueva. En efecto, estamos en ella aquí en la tierra como piedras vivas que forman parte del edificio (1 Pet 2, 5). Juan contempla esta ciudad santa que baja desde el cielo, de junto a Dios, en el momento en que se renovará el mundo, ataviada como una novia que se adorna para su esposo (Apc 21, 1 s.)» (Lumen gentium, n. 6).
El Señor quiere a los cristianos como piedras vivas en esa edificación, y los ha asociado con Él en la tarea redentora en la salvación de todos los hombres, de manera que —a la vez que son redimidos— sean corredentores con Él, completando «lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24): Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora (...). La salvación continúa y nosotros participamos en ella (...). Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana (Es Cristo que pasa, n. 129).


I Corinthiens 3, 10-11
San Pablo señala, con una introducción solemne —«según la gracia de Dios que me ha sido dada», y que le hizo idóneo para su ministerio—, cuál ha sido el cimiento que ha depositado en la comunidad y en cada uno de los fieles de Corinto: Jesucristo, fundamento necesario e insustituible de todo edificio espiritual. En efecto, como recuerda San Pedro, Él es la «piedra angular. Y en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que hayamos de ser salvados» (Act 4, 11-12).
Por eso, lógicamente, toda catequesis auténtica ha de ser cristocéntrica, y su objeto fundamental ha de ser siempre Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, y sus enseñanzas. Al catequizar —explica el Papa Juan Pablo II— «se trata de descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios que se realiza en Él. Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por Él mismo, pues ellos encierran y manifiestan a la vez su Misterio. En este sentido, el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo: sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos participes de la vida de la Santísima Trinidad.
»En la catequesis (...) se transmite no la propia doctrina o la de otro maestro, sino la enseñanza de Jesucristo, la Verdad que Él comunica o, más exactamente, la Verdad que Él es (cfr Ioh 14, 6). Así pues hay que decir que en la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca» (Catechesi tradendae, nn. 5-6).
A la vez, la consideración de Jesucristo como fundamento del edificio espiritual, lleva también a concluir la necesidad para el cristiano de estar «no sólo unidos a Jesucristo, advierte San Juan Crisóstomo, sino adheridos, como pegados a Él; por poco que uno se separe, perece (...). Escuchad por cuántas semejanzas quiere el Apóstol hacernos entender esta estrecha unión. Jesucristo es la cabeza, nosotros el cuerpo, pues entre el cuerpo y la cabeza no puede haber vacío. Él es el fundamento y nosotros el edificio; Él es el tallo de la viña y nosotros las ramas; Él es el esposo y nosotros la esposa; Él es el pastor y nosotros el rebaño; Él es el camino por el que vamos; nosotros somos el templo, y Él el Dios que lo habita; Él es el primogénito, nosotros sus hermanos. Él es el heredero y nosotros compartimos con Él; Él es la vida y nosotros vivimos por Él; Él es la resurrección y nosotros los hombres resucitados; Él es la luz y nuestras tinieblas son disipadas por Él» (Hom. sobre 1 Cor, 8, ad loc.).


I Corinthiens 3, 12-13
Desarrollando la metáfora de la edificación. San Pablo apela a la responsabilidad de los ministros y enseña la existencia del juicio divino.
Más adelante (v. 17) se refiere a quienes positivamente destruyen la Iglesia; aquí se dirige a los ministros dedicados al servicio de los fieles; los distintos materiales, unos más nobles (oro, plata...) otros menos nobles (heno, paja) significan la intención más o menos recta de quienes predican, y el contenido doctrinal más o menos íntegro. Los Santos Padres y los Doctores descubren en estos versículos la gravedad del pecado venial: unos buscan desordenadamente los bienes materiales y se crean estorbos para acercarse a Dios; otros pretenden apoyarse en las cosas espirituales para su propio provecho; o bien enseñan doctrinas que, sin ser erróneas, contienen elementos inútiles o no son suficientemente claras, o apenas están probadas (cfr Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).
«Aquel día»: El Apóstol se refiere al último día, cuando Cristo Jesús aparezca como Juez; otras veces dice expresamente «el día de nuestro Señor Jesucristo» (cfr 1 Cor 1, 8; 1 Thes 5, 2). Aunque San Pablo no menciona explícitamente más que el Juicio Final en el que Jesucristo «vendrá a juzgar a vivos y muertos» (Símbolo de los Apóstoles), es evidente —y así lo ha creído siempre la Iglesia— que hay también un juicio «inmediatamente después de la muerte» (Benedictus Deus). Se denomina juicio particular porque «cuando cada uno de nosotros sale de esta vida, al instante es presentado ante el tribunal de Dios y allí se hace averiguación exacta de todas las cosas que haya hecho, dicho o pensado en cualquier tiempo» (Catecismo Romano, I, 8, 3).
El fuego que aquí menciona el Apóstol hay que entenderlo dentro de la metáfora de la edificación que viene usando; significa que el juicio divino es definitivo e inapelable, porque como el fuego pone de manifiesto la solidez de los materiales de un edificio, así el juicio de Dios manifestará la autenticidad de las obras de cada uno. Además, no puede olvidarse que el fuego suele acompañar a las teofanías que narra la Biblia (cfr Ex 3, 2; 19, 18; 2 Thes 1, 8); es, por tanto, un modo de enseñar que solamente Dios, no los hombres, puede juzgar. Por otra parte, es significativo que San Pablo, al hablar de la retribución, mencione el fuego; algunos Santos Padres han visto una alusión a los graves tormentos del infierno y del Purgatorio.


I Corinthiens 3, 14-15
Sobre la recompensa de los que trabajan en la edificación de la Iglesia, San Pablo escribe en el mismo tono figurativo de todo el pasaje. Una cosa es clara: cada uno recibirá su salario según sus obras; si los materiales son sólidos, es decir, si hay intención recta y doctrina segura, el premio está garantizado. En cambio, si los materiales son deleznables, es decir, si hay intención torcida o la doctrina no concuerda con la fe de la Iglesia, no habrá premio.
No es fácil saber con certeza si San Pablo habla aquí del Purgatorio; en todo caso se puede interpretar que a él se refiere en la frase «se salvará, pero como a través del fuego». El dogma católico de la existencia del Purgatorio está basado en muchos textos bíblicos (2 Mach 12, 39-46; Mt 12, 31-32; 5, 25-26; 1 Cor 15, 29, etc.) y en la ininterrumpida tradición de rezar por los difuntos: « La Iglesia católica, asistida por el Espíritu Santo, basándose en la Sagrada Escritura y en la tradición antigua de los Padres enseña (...) que existe el Purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles, especialmente por el aceptable sacrificio del altar» (Conc. de Trento, De Purgatorio).
Muchos Santos Padres, especialmente a partir de San Agustín, han explicado la doctrina del Purgatorio al hilo de este versículo 15: «Algunos se salvarán por un fuego purificador; tanto más tarde o más pronto cuanto más o menos se apegaron a los bienes perecederos» (EB, I, cap. 68).


I Corinthiens 3, 16-17
Estas palabras se aplican tanto a cada cristiano, como a la Iglesia entera (cfr nota a 1 Cor 3, 9). La imagen del cristiano como templo de Dios, utilizada con frecuencia por San Pablo (cfr 1 Cor 6, 19-20; 2 Cor 6, 16), manifiesta la inhabitación en el alma en gracia de la Santísima Trinidad. En efecto, recuerda el Papa León XIII, «por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular» (Divinum illud munus, n. 10). Aunque a veces se atribuye al Espíritu Santo (cfr Ioh 14, 17; 1 Cor 6, 19), realmente tiene lugar por la presencia de toda la Trinidad, ya que todas las operaciones divinas que terminan fuera del mismo Dios deben referirse a la única naturaleza divina.
El mismo Jesucristo ha revelado este misterio sublime que nunca hubiéramos podido sospechar: «El Espíritu de la verdad (...) permanece a vuestro lado y está en vosotros (...). Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él» (Ioh 14, 17-23). Aunque se trata de algo que, mientras estemos en la tierra, no se puede entender ni expresar con plena claridad, ayuda a obtener alguna luz el considerar que «las Personas divinas inhabitan en cuanto que, estando presentes de una manera inescrutable en las almas creadas dotadas de entendimiento, entran en relación con ellas por el conocimiento y el amor (cfr Suma Teológica, I, q. 43, a. 3), aunque de un modo completamente íntimo y singular, absolutamente sobrenatural» (Pío XII, Mystici Corporis, Dz-Sch, n. 3815).
La consideración de esta maravillosa realidad ayuda a caer en la cuenta de la trascendencia que tiene el vivir en gracia de Dios, y el profundo horror que ha de tenerse al pecado mortal, que «destruye el templo de Dios», privando al alma de la gracia y amistad divinas.
Además, mediante esta inhabitación, la criatura humana comienza a gozar un anticipo de lo que será la visión beatífica del Cielo, ya que «esta admirable unión sólo en la condición y estado se diferencia de aquella en que Dios llena a los bienaventurados beatificándolos» (Divinum illud munus, n. 11).
La presencia de la Trinidad en el alma en gracia invita a procurar un trato más personal y directo con Dios, al que en todo momento podemos buscar en el fondo de nuestras almas: Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar.
No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones (Camino, n. 57).


I Corinthiens 3, 18-20
Como aplicación de la enseñanza sobre la auténtica sabiduría, San Pablo enseña a los cristianos que la mayor insensatez es creerse sabios sin serlo. Con dos citas bíblicas (Iob 5, 13; Ps 94, 11) queda rubricada la verdad de que los planteamientos exclusivamente humanos desembocan en el fracaso más rotundo.
Los cristianos son tanto más sabios cuanto más identifican sus deseos con los planes de Dios sobre cada uno; es decir, cuanto mayor visión sobrenatural ponen en su vida: Hemos de adquirir la medida divina de las cosas, no perdiendo nunca el punto de mira sobrenatural, y contando con que Jesús se vale también de nuestras miserias, para que resplandezca su gloria. Por eso, cuando sintáis serpentear en vuestra conciencia el amor propio, el cansancio, el desánimo, el peso de las pasiones, reaccionad prontamente y escuchad al Maestro, sin asustaros además ante la triste realidad de lo que cada uno somos; porque, mientras vivamos nos acompañarán siempre las debilidades personales (Amigos de Dios, n. 194).


I Corinthiens 3, 21-23
Consecuencia de la equivocada sabiduría de que San Pablo habla en los vv. anteriores, es el afán de los corintios de aferrarse a un maestro determinado. Olvidan que, en todo caso, los ministros están para servir a los fieles (v. 5). Todavía más, les dice el Apóstol: no sólo los maestros, sino que «todas las cosas son vuestras». Es una clara manifestación de la grandiosa dignidad del cristiano, que —al ser hijo adoptivo de Dios, hermano de Jesucristo— participa del Señorío universal de Cristo (cfr 1 Cor 15, 24-28), la creación entera le pertenece (cfr 2 Cor 6, 10) y sobre ella debe moverse con dominio, llamado a vivir en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cfr Rom 8, 21), ganada por Jesucristo (cfr Gal 4, 31). Las banderías y rencillas humanas surgidas entre los corintios suponen un olvido de todo esto, y, en consecuencia, un enorme empobrecimiento de su vocación. El cristiano sólo pertenece a Cristo. «Míos son los cielos y mía es la tierra —exclama San Juan de la Cruz—. Mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos, y la Madre de Dios, y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. ¿Pues qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre» (Oración del alma enamorada).
A la vez, las palabras del Apóstol nos recuerdan el amor y respeto que el hombre ha de tener por las cosas creadas, entregadas a él por Dios (cfr Gaudium et spes, n. 37). El mundo no es malo —recuerda San Josemaría Escrivá—, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (cfr Gen 1, 7 y ss.). Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades (...). Necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo (...). Se comprende, hijos, que el Apóstol pudiera escribir: ‘todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios’ (1 Cor 3, 22-23). Se trata de un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor (Conversaciones, nn. 114-115).


Chapitre n°4
I Corinthiens 4, 1-2
Las características que San Pablo señala aquí para todo apóstol —«ministros de Cristo», «administradores de los misterios de Dios»—, hacen que ese ministerio quede al margen y por encima de rencillas y discusiones banales.
«Ministros de Cristo», es decir, servidores suyos, a los cuales ha confiado sus bienes —su doctrina y sus sacramentos— de manera que los custodien con fidelidad y, actuando como mediadores, los administren, trasmitan, y «dispensen» a los demás hombres (cfr Comentario sobre 1 Cor, ad loc.). Como destaca San Pablo, la característica fundamental que se desea en todo siervo y administrador es la fidelidad: «Son administradores infieles los que al dispensar los divinos misterios no buscan la utilidad del pueblo, ni el honor de Cristo, ni la utilidad de sus miembros (...). Son fieles los que en todo buscan el honor de Dios y la utilidad de sus miembros» (Ibid., ad loc.).
El Magisterio de la Iglesia ha aplicado con mucha frecuencia estas palabras al sacerdocio cristiano: «El Apóstol de las Gentes compendia con frase lapidaria la grandeza, la dignidad y las funciones del sacerdocio cristiano, con estas palabras: Así han de considerarnos los hombres: ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios (1 Cor 4, 1). El sacerdote es ministro de Cristo: es, pues, el instrumento del que se sirve el Divino Redentor para continuar su obra redentora en toda su mundial universalidad y divina eficacia, para construir aquella obra admirable que transformó el mundo. Más aún: el sacerdote, como justamente suele decirse, es alter Christus, otro Cristo, puesto que lo representa en persona: Como el Padre me envió así os envío yo (Ioh 20, 21). Y además el sacerdote prolonga la misión de su Divino Maestro, dando gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14) (...). El sacerdote ha sido constituido dispensador de los misterios de Dios (cfr 1 Cor 4, 1), en favor de estos miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, al ser ministro ordinario de casi todos los sacramentos, que son como canales a través de los cuales fluye la gracia del Redentor en beneficio de todos los hombres. Así en cualquier momento importante de su vida, el cristiano encuentra a su lado al sacerdote que ejerce la potestad recibida de Dios y le comunica o le acrecienta aquella gracia, que es el principio sobrenatural de la vida celestial» (Pío XI, Ad catholici sacerdotii, 20-XII-1935).

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