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NOTAS a la Primera Epístola a los Corintios (EUNSA)


Chapitre n°1
I Corinthiens 1, 1-9
El comienzo de casi todas las cartas de San Pablo sigue un esquema similar, aunque con variantes de detalle: consta de un saludo (vv. 1-3), en el que aparecen el autor de la carta, el destinatario y la fórmula de cortesía; y de una acción de gracias a Dios (vv. 4-9), en la que el Apóstol recuerda las cualidades y dones más sobresalientes de los cristianos a quienes dirige la epístola. Se acomoda así San Pablo a un modo habitual de empezar las cartas entre los hombres de su época, según consta en algunos ejemplos que se han conservado.
Pero los inicios de las cartas paulinas, a la vez difieren de esos moldes y resultan originales: se modifica la fórmula habitual de saludo —«tened salud» (cfr Act 15, 23; 23, 26)—, por ésta, más personal y de una fuerte impronta cristiana: «Gracia y paz». Su propia presentación y la de los destinatarios viene descrita con detalles de importancia; no es un simple «Pablo a los corintios, salud».
La misma acción de gracias tiene calor de familia y alusiones entrañables; además, el tono no es meramente humano, sino que atribuye a Dios las virtudes que alaba en los fieles.
Los santos Padres señalaron esta característica de las epístolas paulinas, en las que el Apóstol enseña la profundidad de su doctrina en un tono familiar, acomodándose a las circunstancias concretas de los destinatarios: «Un médico —explica San Juan Crisóstomo— no trata del mismo modo al paciente al inicio de la enfermedad y cuando está convaleciente; un maestro no usa el mismo método con los niños y con los que requieren una enseñanza más elevada. Así actúa el Apóstol: escribe según las necesidades y según el tiempo» (Hom. sobre Rom, Prólogo).
 
I Corinthiens 1, 1
Junto a su nombre, San Pablo añade tres rasgos que lo identifican: la llamada divina; el oficio de Apóstol de Jesucristo; y la voluntad de Dios, como causa de su vocación apostólica.
«Llamado»: Es un término preciso para expresar la eficacia y la fuerza del llamamiento hecho por Dios. Él llama a todos los hombres a la fe, a la gracia, a la santidad, a la gloria (cfr p. ej. Rom 1, 7; 1 Cor 1, 2; 1, 26; 7, 20; Eph 1, 18). Al definirse a sí mismo como llamado (cfr Rom 1, 1) San Pablo alude muy probablemente al episodio de Damasco (cfr Act 9, 1-19), en el que Cristo cambió su vida, como antes había hecho con los Doce.
«Apóstol de Cristo Jesús»: Es el máximo modo de expresar su misión; constantemente —hasta 35 veces— se aplica este tÍtulo. Es el fundamento de la autoridad con que alaba, enseña, amonesta o corrige de palabra y por escrito. Completamente identificado con esa misión, no tendrá otro fin que llevarla adelante, empeñando toda su vida y dirigiendo a ese objetivo todos sus pensamientos, sus palabras y su actuación. Con humildad, porque había sido perseguidor de la Iglesia (1 Cor 15, 9), pero con firmeza (1 Cor 9, 1-2), se equipara a los Doce en su vocación y en su apostolado.
«Por la voluntad de Dios»; La fuerza de la actuación del Apóstol y su autoridad no es personal, sino de Dios que le ha destinado desde el seno materno (Gal 1, 15), hasta el punto de que en esta misma carta llega a afirmar: «Si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, porque es un deber que me incumbe. ¡Ay de mÍ si no evangelizara!» (1 Cor 9, 16).
«Sóstenes, nuestro hermano»: No parece que pueda identificarse con el jefe de la sinagoga de Corinto, mencionado en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Act 18, 17). La forma de mencionarlo induce a pensar en una persona bien conocida de los corintios, por su apostolado entre ellos o porque acompañaba frecuentemente a San Pablo; quizá fue el que, como secretario, escribió materialmente la carta (cfr 16, 21).
 
I Corinthiens 1, 2
«La Iglesia de Dios en Corinto»: Es la destinataria de la carta. La misma construcción gramatical pone de manifiesto que la Iglesia universal no es el conjunto o suma de las comunidades locales, sino que cada comunidad local, aquí los cristianos de Corinto, representa a toda la Iglesia, una e indivisible: «La llama el Apóstol Iglesia de Dios para designar que la unidad es el carácter esencial y necesario. La Iglesia de Dios es una en los miembros y no forma más que una sola Iglesia con todas las comunidades extendidas en el universo, porque la palabra Iglesia no es la designación del cisma, sino de la unidad, de la armonía, de la concordia» (San Juan Crisóstomo, Hom. sobre 1 Cor, 1, ad loc.).
También con tres pinceladas. San Pablo describe quiénes son los miembros que componen la Iglesia de Dios: los santificados en Cristo Jesús, los llamados a ser santos, los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
«Los santificados en Cristo Jesús»; Los fieles han recibido en el Bautismo la gracia por la que constituyen un pueblo santo (cfr Ex 19, 6; 1 Pet 2, 9); el participio expresa una situación estable en virtud de la unión íntima y vital entre el fiel y Jesucristo. La fórmula «en Cristo Jesús» significa aquí que es en Cristo en quien los bautizados están enraizados como los sarmientos en la vid (cfr Ioh 15, 1 ss.); este vínculo les hace santos, esto es, partícipes de la santidad divina; y lleva consigo la exigencia de un comportamiento moral perfecto. «Llámanse santos los fieles que se han constituido en pueblo de Dios, o que se han consagrado a Cristo al recibir la fe y el bautismo; a pesar de ofenderle en muchas cosas y de no cumplir lo que prometieron; a la manera que también los que profesan un arte, aunque no guarden sus reglas, conservan, sin embargo, el nombre de artistas. En virtud de esto, llama San Pablo santificados y santos a los de Corinto, entre los cuales es evidente que hubo algunos a quienes reprende duramente por deshonestos, y con epítetos aún más graves» (Catecismo Romano, I, 10, 15).
«Llamados a ser santos»: En virtud de la fe y del bautismo «todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Lumen gentium, n. 40).
«Los que invocan en todo lugar el nombre de nuestro Señor Jesucristo»; Con esta perífrasis se designa a los creyentes cristianos (cfr Act 9, 14.21; 22, 16; Rom 10, 12) cuya nota distintiva es que adoran a Jesucristo como Señor y Dios, del mismo modo que los fieles de la antigua Alianza invocaban el nombre de Yahwéh. La fe en la divinidad de Cristo es, por tanto, esencial en los miembros de la Iglesia de Dios: «Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, u homoousios tô Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad, completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona (Símbolo Atanasiano)» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 11).
 
I Corinthiens 1, 3
La paz del alma, esa «serenidad de la mente, tranquilidad del alma, sencillez del corazón, vinculo de amor, unión de cari-dad» de que hablaba San Agustín (De verb. Dom. serm., 58), tiene su origen en la amistad con Dios que la gracia lleva consigo, y es uno de los frutos del Espíritu Santo (cfr Gal 5, 22-23). Ésta es la única paz auténtica: «No hay verdadera paz, como no hay verdadera gracia, sino las que vienen de Dios —enseña San Juan Crisóstomo—. Poseed esta paz divina y no tendréis nada que temer, aunque fuerais amenazados por los mayores peligros, ya sea por los hombres, ya sea incluso por los mismos demonios. Al contrario, para el hombre que está en guerra con Dios por el pecado, mirad cómo todo le da miedo» (Hom. sobre 1 Cor, 1, ad loc.).


I Corinthiens 1, 4-9
Tras el saludo, la acción de gracias completa la introducción de la carta antes de abordar la parte doctrinal. San Pablo recuerda a los corintios que Dios es el origen de su situación privilegiada. Ellos, como todos los cristianos, han recibido la gracia de Dios en Cristo, y esa gracia lleva consigo un enriquecimiento total, ya que hace al hombre partícipe de la naturaleza divina (cfr 2 Pet 1, 4), elevándole al orden sobrenatural. Así, el hombre puede conocer las perfecciones íntimas de Dios ya en esta tierra, y vivir —aunque limitada e imperfectamente— la misma vida divina por medio de las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que se reciben juntamente con la gracia y elevan el entendimiento y la voluntad para que puedan conocer y amar a Dios Uno y Trino. San Pablo recomienda y practica la acción de gracias a Dios: sólo los impíos no reconocen los beneficios de Dios (cfr Rom 1, 21); los cristianos, en cambio, han de basar su oración en la continua acción de gracias (cfr Phil 4, 6). «Nada encanta a Dios tanto como un corazón agradecido, sea por sí mismo, sea por los demás» (Hom. sobre 1 Cor, 2, ad loc.).


I Corinthiens 1, 5-6
La gracia de Dios, mencionada en el v. anterior, abarca todos los dones, también los de palabra y ciencia. Tanta riqueza de dones como Dios concede al cristiano, hacía exclamar a San Alfonso María de Ligorio: «No nos turben nuestras miserias, que en Jesús crucificado encontraremos toda riqueza y toda gracia (cfr 1 Cor 1, 5.7). Los méritos de Jesucristo nos han enriquecido con todos los tesoros divinos, y no hay gracia que podamos desear que no la alcancemos pidiéndosela» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 3). Los Padres interpretan estos dones en el sentido de que los corintios tenían tal conocimiento de la doctrina cristiana, que podían expresarla con claridad: «Hay quienes poseen el don de ciencia, pero no el de la palabra; y hay quienes poseen una y otra. Los simples fieles, las inteligencias sencillas conocen nuestras verdades, pero no pueden expresarlas con la claridad con que están en su espíritu. Vosotros, en cambio, dice San Pablo, no sois así; vosotros conocéis esas verdades y podéis hablar de ellas, sois ricos en el don de la palabra y en el de la ciencia» (Hom. sobre 1 Cor, 2, ad loc.).


I Corinthiens 1, 8-9
«El Día del Señor»: En los escritos de San Pablo y, en general, en el NT con esta expresión se designa el día del Juicio Universal, cuando Cristo aparecerá en plenitud de gloria, como Juez (cfr 2 Cor 1, 14; 1 Thes 5, 2).
Los cristianos mantienen viva la esperanza de que aquel día serán «hallados irreprensibles» (cfr Phil 1, 10; 1 Thes 3, 13; 5, 23). El fundamento de esta esperanza es la fidelidad de Dios, atributo frecuentemente aplicado a Dios en el AT (cfr Dt 7, 9; Is 49, 7) y en las cartas de San Pablo (cfr 1 Cor 10, 13; 2 Cor 1, 18; 1 Thes 5, 24; 2 Thes 3, 3; Heb 10, 23): la Alianza que Dios hizo con el pueblo elegido fue ante todo un don y una gracia, pero también un compromiso jurídico. En la base de esta alianza de Dios está su fidelidad, no entendida únicamente como fidelidad legal, sino como amor fiel y constante. Esta fidelidad de Dios se nos manifiesta en toda su plenitud en la obra de la Redención llevada a cabo por Jesucristo: «En efecto —enseña el Papa Juan Pablo II—, si la realidad de la Redención, en su dimensión humana, desvela la grandeza inaudita del hombre, que mereció tener tan gran Redentor, al mismo tiempo yo diría que la dimensión divina de la redención nos permite (...) desvelar la profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del Hijo, para colmar la fidelidad del Creador y Padre respecto a los hombres creados a su imagen» (Dives in misericordia, n. 7).


I Corinthiens 1, 10-17
Con solemnidad recrimina San Pablo las divisiones surgidas entre los corintios: no parece que fueran diferencias en temas de fe, sino simples discordias de quienes preferían a uno o a otro de los predicadores. No obstante, el Apóstol denuncia el peligro de tales banderías, y comienza la carta enseñando con claridad que la unidad es esencial a la Iglesia.
El pensamiento de San Pablo viene estructurado en cuatro puntos: amonestación (v. 10); descripción de la realidad de Corinto (vv. 11-12); reflexión doctrinal: Cristo no puede estar dividido (v. 13); ministerio del propio San Pablo (vv. 14-17).
La amonestación es severa: «Por el nombre de nuestro Señor Jesucristo». El Apóstol únicamente invoca el nombre del Señor para consejos graves (cfr 1 Thes 4, 1; 2 Thes 3, 6); por tanto, poner en peligro la unidad de la Iglesia es un asunto de máxima gravedad. Cada grupo invoca una autoridad preferida, incluso sin que ni Pablo, Apolo o Cefas tuvieran conocimiento de ello. Cristo no puede estar dividido y, por tanto, tampoco la Iglesia —Cuerpo de Cristo— (cfr 1 Cor 12, 12-31).
Por último, San Pablo reprocha la inconsistencia de las divisiones que intentan basarse en relaciones personales: son pocos los que pueden aducir haber sido bautizados por él, puesto que se ha dedicado principalmente a evangelizar.
Todo este pasaje es una defensa de la unidad de la Iglesia, puesta en peligro. A lo largo de los siglos la Iglesia ha confesado constantemente esta verdad de fe: desde el Símbolo Apostólico —«Creemos en una sola Santa Iglesia»— hasta el Credo del Pueblo de Dios, promulgado por Pablo VI: «Nosotros creemos que la Iglesia que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una por la fe, y el culto y el vínculo de la comunión jerárquica» (n. 21).
 
I Corinthiens 1, 10
«Un mismo lenguaje (...) un mismo pensar (...) un mismo sentir»; La unidad que pide San Pablo no se limita a la mera unidad externa basada en las puras apariencias, en el simple hecho de vivir juntos, o de reunirse para determinados actos de culto. Ha de ser mucho más profunda, teniendo «un mismo lenguaje» o, en sentido más literal, un mismo hablar; no sólo en el lenguaje exterior, sino en cuanto que esas formas de hablar concordes son consecuencia de tener «un mismo pensar», una misma mente, y «un mismo sentir». Es evidente que el Apóstol no pretende limitar con tales palabras la libertad que todo cristiano tiene respecto de las realidades temporales, ya que se está refiriendo a la unidad de la Iglesia: es en esos puntos donde no pueden darse entre los cristianos las divergencias o partidos de que habla en el v. 11. Las divergencias en lo que no afecta a la unidad de la Iglesia son en cambio legítimas y buenas.
Punto básico de la unidad de la Iglesia es la unidad de la fe. Por eso, estos términos de San Pablo, han sido utilizados por los Padres y el Magisterio de la Iglesia para señalar cómo el verdadero progreso y profundización en el contenido de las verdades de la fe, han de hacerse manteniendo siempre esas verdades con el mismo sentido y significación: «Hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y que jamás hay que apartarse de ese sentido bajo pretexto y nombre de una más alta inteligencia. ‘Crezca, pues, y progrese amplia y dilatadamente la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y de cada uno, tanto de un solo hombre como de la Iglesia entera en el decurso de las épocas y de los siglos, pero permaneciendo siempre en su género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma significación’ (eodem sensu eademque sententia) (San Vicente de Lerins, Commomtorio, 28)» (Dei Filius, cap. 4).


I Corinthiens 1, 11-12
San Pablo pasa a referirse a las divisiones (v. 10) que le han explicado «los de Cloe». Se supone que Cloe era una mujer conocida en Corinto; desde luego, no es una acusación cobarde y anónima, sino la exposición bienintencionada de un problema que urge resolver. Los de Cloe podrían ser personas de su familia, o criados suyos, que habrían visitado al Apóstol en Éfeso.
De la sucinta explicación de San Pablo, puede deducirse que entre los cristianos de Corinto se hablan formado algunos grupos, congregados alrededor de personajes importantes. Tales grupos, surgidos completamente al margen de los deseos de las personas a las que apelan, mantienen rivalidades y discordias entre sí, son causa de división, y pueden poner en peligro la unidad en la fe. El bando de Apolo —un judío convertido de Alejandría (Egipto), de gran elocuencia y muy buen conocedor de las Escrituras (cfr Act 18, 24-28)— se habría formado tras su predicación en Corinto, poco después de la marcha de Pablo (cfr Act 19, 1). La facción de Pedro podía deberse a que algunos se escudaban en su autoridad, ya que entre los corintios era bien conocida la cualidad de jefe de los Apóstoles (cfr 3, 21-23; 9, 4-5;15, 5); quizá el propio San Pedro pasó alguna vez por Corinto, aunque no hay datos que lo confirmen; lo más probable es que algunos discípulos o convertidos por el hubieran llegado allí.
«De Cristo»; Puede interpretarse o como referido a un cuarto grupo reunido alrededor de algunos predicadores venidos de Jerusalén de tendencias judaizantes —muy apegados por tanto a las tradiciones judías y a los que costaba reconocer la novedad del mensaje de Jesucristo—; o más bien formado por algunos cristianos disgustados por las rencillas entre los otros grupos y que, con razón, manifestarían su pertenencia exclusiva a Jesucristo. Por otro lado, también podría tratarse de una afirmación personal de San Pablo, para manifestar rotundamente la falta de sentido de esos grupos: vosotros decís que sois de Pablo, de Apolo o de Pedro; pues yo soy de Cristo.
Las palabras del Apóstol han de servir para impedir el empequeñecimiento de los horizontes y miras del cristiano: a la vez que trabaja con empeño en el lugar concreto en que Dios le ha coloca-do, debe hacer suyas, con corazón grande, las intenciones y preocupaciones de la Iglesia universal.


I Corinthiens 1, 13-16
Crispo era, o había sido, el jefe de la sinagoga de Corinto, convertido por la predicación de San Pablo (cfr Act 18, 8). En la casa de Gayo, también convertido por él, se había hospedado el Apóstol durante su estancia en Corinto (cfr Rom 16, 23). La familia de Estéfanas era la primera familia convertida de la provincia de Acaya; el mismo Estéfanas está ahora con San Pablo en Éfeso (cfr 1 Cor 16, 15-17).
No hay ningún motivo para divisiones, amonesta el Apóstol: la unidad no está en función de los predicadores ni de quienes bautizan; se fundamenta en Cristo —predicado por todos— que es quien ha sido crucificado por ellos y en cuyo nombre han sido bautizados. Y Cristo no está dividido; por tanto todos pertenecen al único Cristo.
La incorporación del cristiano a esa unidad tiene lugar mediante el Bautismo, puerta de la vida cristiana; allí se aplican al hombre los méritos conseguidos por Cristo en la Cruz, y, a la vez, se configura el bautizado con el Señor muerto y resucitado: «¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él por medio del bautismo en orden a la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rom 6, 3-4). Y el Conc. Vaticano II afirma: «Por el sacramento del Bautismo (...) el hombre se incorpora verdaderamente a Cristo crucificado y glorificado, y se regenera para participar de la vida divina, según aquello del Apóstol: ‘Con él fuisteis sepultados en el bautismo, en él, también resucitasteis por la fe con el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos’ (Col 2, 12)» (Unitatis redintegratio, n. 22).
 
I Corinthiens 1, 16
«Cuando leemos que San Pablo bautizó a toda una familia (cfr 1 Cor 1, 16), dedúcese lógicamente que también fueron bautizados en la saludable fuente los niños que en ella había» (Catecismo Romano, II, 2, 32). La praxis de bautizar a los niños es una tradición recibida de los Apóstoles; «tres pasajes de los Hechos de los Apóstoles (16, 15; 16, 33; 18, 8) mencionan ya el bautismo de ‘toda una casa’» (Instrucción sobre el Bautismo de los niños, 20-X-1980, nota 2). El Magisterio de la Iglesia ha recordado con frecuencia a los cristianos el deber de bautizar a sus hijos en las primeras semanas tras el nacimiento (cfr Código de Derecho Canónico, can. 867, 1), dada su absoluta necesidad para la salvación.
 
I Corinthiens 1, 17
En la primera parte del versículo —«Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar»— San Pablo explica el motivo de su actuación descrita en los vv. anteriores. La segunda parte le sirve de introducción al tema que expondrá en los vv. siguientes: el contraste entre la sabiduría del mundo y la divina.
«Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar»; Recuerda con estas palabras que su tarea principal —como la de los demás Apóstoles (cfr Mc 3, 14) — es la predicación. No supone esto ningún menosprecio para el bautismo: el Señor, en su mandato apostólico universal (cfr Mt 28, 19-20), había encargado a los Apóstoles tanto el predicar como el bautizar, y de hecho San Pablo tambien bautiza. Pero el Bautismo —sacramento de la fe— supone la predicación previa, ya que «la fe viene de la predicación» (Rom 10, 17). Él se dedica a predicar, dejando que sean otros quienes bauticen y recojan los frutos: es una manifestación más de la rectitud de intención y el desprendimiento con que trabaja.
En la catequesis cristiana, la evangelización y los sacramentos han de completarse y apoyarse mutuamente. La predicación ayudará a recibir con mejores disposiciones y mayor conocimiento los sacramentos; las gracias que en los sacramentos se reciben ayudarán a entender mejor las enseñanzas recibidas, y a seguirlas con docilidad. «Nunca se insistirá bastante en el hecho de que la evangelización no se agota con la predicación y la enseñanza de una doctrina —enseña el Papa Pablo VI—. Porque aquélla debe conducir a la vida: a la vida natural a la que da un sentido nuevo gracias a las perspectivas evangélicas que le abre; a la vida sobrenatural, que no es una negación, sino purificación y elevación de la vida natural. Esta vida sobrenatural encuentra su expresión viva en los siete sacramentos y en la admirable fecundidad de gracia y santidad que contienen.
»La evangelización despliega de este modo toda su riqueza cuando realiza la unión más intima, o mejor, una intercomunicación jamás interrumpida, entre la Palabra y los sacramentos. En un cierto sentido es un equívoco oponer, como se hace a veces, la evangelización a la sacramentalización. Porque es seguro que si los sacramentos se administraran sin darles un sólido apoyo de catequesis sacramental y de catequesis global, se acabaría por quitarles gran parte de su eficacia. La finalidad de la evangelización es precisamente la de educar en la fe, de tal manera, que conduzca a cada cristiano a vivir —y no a recibir de modo pasivo o apático— los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe» (Evangelii nuntiandi, n. 47).
1, 18-4, 21. Los escritos paulinos no son un estudio sistemático de temas doctrinales tratados, uno tras otro, con orden académico. El pensamiento fecundo del Apóstol, y el mismo género epistolar utilizado, presentan un entramado de ideas teológicas profundas, de aplicaciones concretas y de expresiones de su entrañable afecto de apóstol. Es, por tanto, difícil delimitar un esquema perfecto; con todo, es claro que en esta sección San Pablo trata de las causas que han originado las divisiones entre los cristianos de Corinto: no han descubierto la auténtica sabiduría (1, 18-3, 3), ni la verdadera misión de los ministros (3, 4-4, 13). Termina esta parte con algunas amonestaciones (4,  14-21).
La sabiduría humana está llamada a estar en consonancia con la sabiduría divina. Pero se ha desviado y se ha convertido en sabiduría del mundo, basada sólo en señales o en argumentos racionales; sólo la gracia infunde la capacidad plena para ser sabio: por eso ningún cristiano puede gloriarse de haber alcanzado por sí mismo la sabiduría (1, 18-31). El propio San Pablo no basa su predicación sino en la sabiduría de la Cruz (2, 1-5).
La sabiduría divina, de la que los hombres están llamados a participar, coincide con el plan divino de salvación revelado por el mismo Dios, y transmitido por el Espíritu Santo (2, 6-16); los corintios todavía no la han alcanzado (3, 1-3).
El segundo defecto de los corintios consiste en no haber comprendido la misión de los ministros: éstos no trabajan para sí, sino para la edificación de toda la Iglesia de manera que cada cristiano y toda la Iglesia pertenece sólo a Dios y a Cristo (3, 4-23); los fieles no son los jueces de los ministros, es Dios quien los juzga (4, 1-7). Por tanto, lo importante es que los cristianos sean fieles, y abunden en gracia de Dios, aunque los ministros ocupen el último lugar (4, 8-13).


I Corinthiens 1, 18-19
La Cruz de Cristo es cátedra de sabiduría y de juicio, la piedra de toque ante la cual los hombres toman postura. No cabe mantenerse imparciales: unos consideran que el mensaje de la Cruz (literalmente «la palabra de la Cruz») es una necedad: son los que se pierden (según la expresión original «los que van camino de perderse»). Otros, en cambio, los que van camino de salvarse, descubren que la Cruz es «fuerza de Dios», porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos. Así lo ha manifestado siempre la Iglesia: «Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo» (Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor).
Los santos han enseñado con regocijo esta verdad: «¡Oh don preciosísimo de la cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso! (...). Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de él; es un madero al que Cristo subió, como rey que monta en su cuadriga, para derrotar al diablo que detentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud a que la tenía sometido el diablo. Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costados, curó las huellas del pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza (...). Aquella suprema sabiduría, que, por así decir, floreció en la cruz, puso de manifiesto la jactancia y la arrogante estupidez de la sabiduría mundana» (San Teodoro Estudita, Oratio in adorationem crucis).
En la Cruz se cumplen las palabras de Isaías (29, 14) citadas por el Apóstol. Es necesaria la sencillez y la humildad, para penetrar la sabiduría divina de la Cruz: «La predicación de la Cruz de Cristo —señala Santo Tomás— contiene algo que según la sabiduría humana parece imposible, como que Dios muera, o que el omnipotente se someta a las manos de los violentos. También contiene cosas que parecen contrarias a la prudencia de este mundo, como que uno, pudiendo, no huya de las contrariedades» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).


I Corinthiens 1, 20-25
Después de enseñar el valor de la doctrina de la Cruz, San Pablo contrapone sabiduría de Dios y sabiduría del mundo.
Por sabiduría del mundo entiende el Apóstol la sabiduría del hombre desviada de su recto fin: el término mundo que en la Sagrada Escritura tiene varias acepciones (cfr nota a Ioh 17, 14-16), en los escritos de San Pablo tiene el sentido peyorativo de «conjunto de hombres pecadores», apartados de Dios (cfr 1 Cor 1, 27; 2, 12; 3, 19; 5, 10; 11, 32). Esta sabiduría humana no alcanza a conocer a Dios (cfr Rom 1, 19-25), bien porque busca señales externas y sensibles, bien porque únicamente acepta argumentos racionales.
Los judíos buscan exclusivamente señales, milagros que atestigüen la acción de Dios (cfr Mt 12, 38 ss.; Lc 11, 29); intentan basar su fe en lo que perciben por los sentidos. Para éstos la cruz de Cristo es escándalo, es decir, obstáculo que imposibilita su acceso a las cosas divinas, porque de algún modo han puesto límites a Dios respecto de cómo debe manifestarse.
Los griegos —se refiere San Pablo a los racionalistas de su época— se consideran árbitros de la verdad y ven como necedad lo que no admite demostración apodíctica: «Para el mundo, es decir, para los prudentes del mundo, su sabiduría se hizo ceguera; no pudieron por ella conocer a Dios (...). Por tanto, como el mundo se ensoberbecía en la vanidad de sus dogmas, el Señor estableció la fe de los que habían de salvarse precisamente en lo que aparece indigno y necio, para que fallando todas las presunciones humanas, sólo la gracia de Dios revelara lo que la inteligencia humana no puede comprehender» (San León Magno, Sermo 5 De Nativitate).
Los cristianos, a los que Dios ha llamado de entre los judíos y los griegos, alcanzan la sabiduría de Dios que consiste en la fe: «Virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, que no puede engañarse ni engañarnos» (Dei Filius, cap. 3). El mismo Conc. Vaticano I enseña a continuación que la fe es conforme a la razón (cfr Rom 12, 1) y que junto a los auxilios divinos tiene en su apoyo signos externos —milagros y profecías— y argumentos racionales.
 
I Corinthiens 1, 21
«En la sabiduría de Dios»: Se ha entendido en dos sentidos que se complementan. Parafraseando el primero sería: según los planes sapientísimos de Dios, al no haber conseguido el mundo conocer a Dios sólo por sus fuerzas, por su filosofía, por sus elaborados sistemas, de los que los griegos se sentían tan orgullosos, Dios decidió salvar a los creyentes por la predicación de la Cruz, que a los ojos humanos parece necedad o escándalo (v. 23).
En el segundo sentido, seguido por muchos Santos Padres y por Santo Tomás, se contrapone la sabiduría divina, manifestada en la creación y en el Antiguo Testamento, y la sabiduría humana. Cabría parafrasearlo del modo siguiente: ya que el mundo con su sabiduría pervertida ha sido incapaz de conocer a Dios, que se ha manifestado sabiamente en la creación (cfr Rom 1, 19-20) y en la Sagrada Escritura, Dios ha resuelto salvar al hombre por un medio paradójico y sorprendente, que refleja mejor la sabiduría divina: la predicación de la Cruz.
En ambos sentidos, parece claro que el Apóstol quiere condensar con una sola expresión, toda una serie de verdades: que los planes salvíficos de Dios son eternos: que la sabiduría humana, capaz por sí misma de conocer a Dios en sus obras, se ha oscurecido; que la Cruz es la culminación de los planes sapientísimos de Dios; que el hombre no puede ser sabio en plenitud sin aceptar «la sabiduría de la Cruz», por sorprendente que pueda parecer.
 
I Corinthiens 1, 25
Dios nuestro Señor ha querido servirse en su plan de salvación de lo que con miras humanas parece insensato y débil, de manera que así brillen más su Sabiduría y su Poder. «Todo lo que Jesucristo ha hecho por nosotros, nos ha sido meritorio; todo nos ha sido necesario y ventajoso para nuestra salvación; su flaqueza misma no nos ha sido menos útil que su majestad. Porque, si por la potencia de su divinidad nos ha sacado de la cautividad del pecado, también por la flaqueza de su carne ha destruido todos los derechos de la muerte. Por lo que hermosamente dijo el Apóstol: Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres; más aún esta necedad, por la que le ha agradado salvar al mundo a fin de combatir la sabiduría del mundo y confundir a los sabios; pues, poseyendo la naturaleza divina y siendo igual a Dios, se ha abatido a sí mismo tomando la forma de siervo; siendo rico, se ha hecho pobre por nuestro amor; de grande, pequeño; de elevado, humilde; flaco, de poderoso que era; ha padecido hambre y sed, se ha fatigado en los caminos y ha sufrido voluntariamente y no por necesidad. Esta especie de necedad, vuelvo a decir, ¿no ha sido para nosotros un camino de sabiduría, un modelo de justicia y un ejemplo de santidad, según lo que dice el mismo Apóstol: Lo necio de Dios es más sabio que los hombres? ¡Tan cierto es que la muerte nos ha librado de la muerte, la vida del error, y la gracia del pecado!» (San Bernardo, Sermón de la excelencia de la nueva milicia, cap. 11).


I Corinthiens 1, 26-29
Como en el caso de los Apóstoles —«No me habéis elegido vosotros a mi, sino que yo os he elegido a vosotros» (Ioh 15, 16)— también es el Señor quien elige, quien da la vocación a cada cristiano. San Pablo resalta la iniciativa divina, señalando por tres veces que es Dios quien ha escogido a esos fieles de Corinto, y cómo no basa su elección en criterios humanos: no son ni la sabiduría humana, ni el poder, ni la nobleza, los motivos de esa primera llamada a la fe, ni de las posteriores inspiraciones de Dios con que se irá concretando. Dios no hace acepción de personas (cfr 2 Chr XIX, 7; Rom II, 1; Eph VI, 9; Col III, 25; etc.) —recuerda San Josemaría Escrivá—, como nos repite insistentemente la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en altos grados de ciencia. La vocación precede a todos los méritos (...).
La vocación es lo primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a Él, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle (Es Cristo que pasa, n. 33).
Dios elige a quien quiere, por tanto, y esos primeros llamados —ignorantes, débiles, viles a los ojos humanos— serán los instrumentos que utilizará para la expansión de la Iglesia y la conversión de los sabios, fuertes y nobles: así, al constatar la inmensa desproporción entre los medios y los frutos, aparece bien claro que la eficacia es de Dios.
No hay que pensar, sin embargo, que no había entre los primeros cristianos personas cultas, sabias, poderosas, importantes humanamente hablando. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan, por ejemplo, de un ministro etíope, del centurión Cornelio, de Apolo, de Dionisio Areopagita, etc. «Parecería que no es de Dios la excelencia mundana —comenta Santo Tomás—, si Dios no la utilizara para su honor. Y por eso, aunque al principio fuesen ciertamente pocos, después Dios escogió a muchos humanamente destacados para el ministerio de la predicación. De ahí que en la Glosa se diga ‘si no hubiera precedido fielmente el pescador, no hubiera seguido humildemente el orador’. También pertenece a la gloria de Dios el que por medio de gente despreciable haya atraído a Sí a los sublimes del mundo» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc).
 
I Corinthiens 1, 27
Las palabras de San Pablo recuerdan cómo en la misión apostólica lo fundamental son los medios sobrenaturales. Los medios humanos, ciertamente, son necesarios, y Dios cuenta con ellos (cfr 1 Cor 3, 5-10); pero la tarea encomendada por Dios a los cristianos supera las fuerzas humanas, y sólo pueden realizarse con la ayuda divina. El Conc. Vaticano II recordaba este versículo a los sacerdotes, enseñando la necesidad de la humildad; sus palabras pueden servir a todos los fieles: «La obra divina para cuyo cumplimiento han sido elegidos por el Espíritu Santo (cfr Act 13, 2) trasciende todas las fuerzas humanas y la humana sabiduría; pues Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes (1 Cor 1, 27). Consciente de su propia flaqueza, el verdadero ministro de Cristo trabaja con humildad, tratando de averiguar lo que es grato a Dios (cfr Eph 5, 10), y, como encadenado por el Espíritu (cfr Act 20, 22), se deja llevar en todo por la voluntad de Aquél que quiere que todos los hombres se salven; voluntad que puede descubrir y cumplir en las circunstancias cotidianas si, desde la misión a él confiada y desde los múltiples acontecimientos de su vida, sirve humildemente a cuantos le han sido encomendados por Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 15).

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