Romains 14, 4-12
Las consideraciones y consejos dirigidos a los fieles de Roma fundamentan aquella máxima tradicional en la Iglesia: «Unidad en las cosas necesarias, libertad en las dudosas, caridad en todas» (cfr Ad Petri Cathedram; Unitatis redintegratio, n. 4). Estas palabras señalan los límites entre los cuales se puede ejercer la libertad de los cristianos: por un lado lo establecido por la legítima autoridad, por otro la exigencia de vivir la caridad con todos. La libertad de los «fuertes» terminaba donde empezaba la exigencia de la caridad, que les llevaba a no escandalizar a los «débiles», y el error de los «débiles» consistía en considerar como obligatorio algo que en realidad era indiferente y de libre uso.
El amor a la libertad, rectamente entendido, jamás entraña un peligro para la fe. Exclusivamente atenta contra la fe una equivocada interpretación de la libertad, una libertad sin fin alguno, sin norma objetiva, sin ley, sin responsabilidad. En una palabra: el libertinaje (...). Por eso no es exacto hablar de libertad de conciencia, que equivale a valorar como de buena categoría moral que el hombre rechace a Dios (...). Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias (Libertas praestantissimum, nn. 37 y ss.), que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios (Amigos de Dios, n. 32).
La libertad es «signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido ‘dejar al hombre en manos de su propia decisión’ (Eccli 15, 14), para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de mera coacción externa» (Gaudium et spes, n. 17). Por tanto, el ejercicio de la libertad consiste en obedecer a la conciencia rectamente formada para, con la ayuda de la gracia, lograr el fin último y procurarse los medios adecuados. Precisamente el hombre será juzgado por su obediencia o desobediencia a la ley escrita en su corazón. «La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios» (Ibid., n. 16 s.). Por esto siempre debe ser obedecido su dictamen, aunque sea equivocado, y siempre debe ser respetado por los demás, porque Dios es el único juez y escrutador del corazón humano y nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás (cfr Ibid., n. 28).
«El hombre justo, cuando no puede excusar ni el hecho ni la intención del que, por otra parte, él conoce como persona de bien, no sólo no los juzga, sino que rechaza tal idea de su espíritu y remite el juicio a Dios. Nuestro Salvador en la cruz, no pudiendo excusar plenamente el pecado de los que le crucificaban, al menos disminuyó su malicia, alegando su ignorancia. Cuando no podamos excusar de pecado, compadezcámonos de él, atribuyéndolo a la causa más excusable, como ignorancia o flaqueza» (Introducción a la vida devota, III, cap. 28).
Romains 14, 7-9
No nos pertenecemos ni somos dueños de nuestra propia vida. Dios, Uno y Trino, nos ha creado, y Jesucristo nos ha librado del pecado redimiéndonos con su Sangre. Por todo ello, Él es nuestro señor, y nosotros sus siervos, entregados a Él en cuerpo y alma. De modo parecido a como el esclavo no era dueño de sí mismo, sino que toda su persona y actividad redundaba en beneficio de su señor, así todo lo que somos y tenemos no está destinado, en último término, para nuestro uso y provecho, sino que vivimos y morimos para la gloria de Dios. Él es señor de nuestra vida y de nuestra muerte. Comentando estas palabras dice San Gregorio Magno: «Los santos, pues, no viven ni mueren para sí. No viven para si porque en todo lo que hacen buscan ganancias espirituales, pues orando, predicando y perseverando en las buenas obras, desean aumentar los ciudadanos de la patria celestial. Ni mueren para sí, porque, ante los hombres, glorifican con su muerte a Dios, al cual se apresuran a llegar muriendo» (In Ezechielem homiliae, II, 10).
Romains 14, 13-21
Siempre hay obligación de evitar en nuestra conducta todo lo que pueda servir de tropiezo o escándalo para los demás. Sin embargo, esto no quiere decir que debamos dejar de cumplir lo que Dios nos manda, u obrar en contra de nuestra conciencia. Jesucristo predicó la doctrina que el Padre le había encomendado, incluso cuando algunos fariseos se escandalizaban (cfr Mt 15, 14). Se trataba entonces, como también ocurre hoy con frecuencia, de un falso escándalo, consistente en buscar contradicciones como argumento para no aceptar la verdad. En tal caso no puede hablarse, por tanto, de verdadero escándalo. La cuestión es distinta cuando se trata de acciones de suyo indiferentes, pero que pueden producir extrañeza y aun escándalo en otras personas, por su falta de formación o su manera de pensar. En este sentido Jesucristo mandó a San Pedro pagar el tributo para evitar el escándalo (cfr Mt 17, 21).
La situación que presenta el pasaje que comentamos es un ejemplo del segundo caso. Aunque el no hacer ya distinción de alimentos era lícito, sin embargo, podía parecer una transgresión. En casos semejantes, no basta, desde luego, no hacer el mal, sino que es necesario evitar incluso lo que pueda tener apariencia de mal: No dudo de tu rectitud. —Sé que obras en la presencia de Dios. Pero, ¡hay un pero!: tus acciones las presencian o las pueden presenciar hombres que juzguen humanamente... Y es preciso darles buen ejemplo (Camino, n. 275).
Desde luego, no hay obligación de evitar el escándalo que proviene de la malicia de quienes se escandalizan —el llamado escándalo farisaico.
Romains 14, 22-23
Jesucristo, al declarar puros todos los alimentos, señaló que «las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre» (Mc 7, 15; cfr Mt 15, 16-20). El Apóstol aplicará esta enseñanza de Cristo a las carnes inmoladas a los ídolos y a las prácticas judaicas (cfr 1 Cor 8, 8; Tit 1, 15). Aquí en concreto afirma que «nada hay impuro en sí mismo» (v. 14) y que «todas las cosas, en efecto, son puras» (v. 20). Por tanto, la conducta de los «fuertes» de suyo es indiferente. Puede, sin embargo, volverse mala si produce escándalo a los hermanos (cfr vv. 20-21; 1 Cor 8, 9-13), ya que el valor moral de una acción se determina también, aunque no principalmente, por la intención de quien la cumple y por las circunstancias que la acompañan.
A veces puede ocurrir que la persona no sea consciente de que está actuando mal y piense, de buena fe, que obra bien. Se trata entonces de una conciencia cierta, pero no recta, pues no se ajusta al orden moral objetivo. Refiriéndose a este punto de doctrina, se dice en el texto que «todo lo que no es conforme a la fe es pecado» (v. 23). En este caso, la palabra «fe» designa la seguridad en el juicio de la conciencia que preceptúa lo que hay que hacer o prohíbe alguna acción.
Siendo la conciencia la norma inmediata de actuación, su dominio no es, sin embargo, absoluto. En primer lugar porque, si se equivoca en su decisión, debe, en cuanto le sea posible, adaptarse a la verdad y rectificar; y en segundo lugar, porque tiene la obligación de conocer y seguir la voluntad divina. «El Divino Salvador ha traído al hombre ignorante y débil su verdad y su gracia: la verdad para indicarle el camino que le conduce a su meta; la gracia, para conferirle la fuerza de poder alcanzarla. Recorrer este camino significa, en la práctica, aceptar la voluntad y los mandamientos de Cristo, y conformar a ellos su vida, esto es, cada uno de los actos internos y externos que la libre voluntad humana escoge y determina» (Pío XII, Alocución 23-III-1952).
Chapitre n°15
Romains 15, 1-3
La regla que debe presidir la conducta cristiana es la del amor mutuo. Este amor de caridad se inspira en las palabras mismas del Señor: «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Ioh 13, 34; cfr nota a Ioh 13, 34-35). Jesucristo se puso como ejemplo: debemos amarnos como nos amó Él (cfr Ioh 15, 12-13; 1 Ioh 3, 16; 4,11; Eph 5, 1-2); es decir, hasta dar la vida, con abnegación (Ioh 15, 13; 1 Ioh 3, 16; Rom 5, 8). San Pablo insiste en esa abnegación del Señor que llevó nuestros pecados en su cuerpo y por cuya heridas hemos sido curados (cfr 1 Pet 2, 24; Is 53, 5-6): sus sufrimientos habían sido profetizados en el Antiguo Testamento; «Me devora el celo de tu casa, y caen sobre mí los insultos de los que te insultan (...). Me dieron hiel por comida, en mi sed me dieron a beber vinagre» (Ps 69, 10.22; cfr Ioh 2, 17; Mt 27, 34.48).
Se trata de vivir la caridad con los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (cfr Phil 2, 5-8): Mirad constantemente a Jesús que, sin dejar de ser Dios, se humilló tomando forma de siervo (cfr Phil II, 6-7) para poder servirnos, porque sólo en esa misma dirección se abren los afanes que merecen la pena. El amor busca la unión, identificarse con la persona amada: y, al unirnos a Cristo, nos atraerá el ansia de secundar su vida de entrega, de amor inmensurable, de sacrificio hasta la muerte. Cristo nos sitúa ante el dilema definitivo: o consumir la propia existencia de una forma egoísta y solitaria, o dedicarse con todas las fuerzas a una tarea de servicio (Amigos de Dios, n. 236).
Romains 15, 4
La excelencia de la Sagrada Escritura y su carácter sagrado provienen de que tiene a Dios como autor. De esta realidad surge inmediatamente la unidad de toda la Escritura, pues su único Autor quiso que hubiese en ella unidad de contenido: el AT contiene en profecía y figura las realidades del NT, y en éste alcanzan su cumplimiento y plenitud las profecías y figuras del AT. Por ser palabra del mismo Dios, tiene la máxima autoridad. «Toda escritura divinamente inspirada es también provechosa para la enseñanza, para la reprensión, para la educación en la justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto y esté dispuesto y a punto para toda obra buena» (2 Tim 3, 16). Esta fuerza y este poder no son sólo para instruir en la fe, sino también para avivar la esperanza y consolarnos en las pruebas interiores y exteriores: los ejemplos que encontramos en la Escritura nos invitan a la paciencia y al mismo tiempo son consuelo que nos anima al combate. Al contemplar esos ejemplos, se va asentando en nuestra alma esta sencilla verdad: si Dios pide sacrificio a los suyos es porque les prepara una recompensa mayor.
Apoyado en estas verdades, el Conc. Vaticano II enseña: «En los Libros Sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye el sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (Dei Verbum, n. 21).
Romains 15, 8-13
«Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo mandó el Señor» (Act 13, 46-47). Así se expresaban Pablo y Bernabé, dirigiéndose a los judíos que se oponían a su predicación. El mismo Cristo afirmó que no había sido enviado sino para buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel, y éste fue también el alcance de la primera misión de los Apóstoles (cfr Mt 15, 24; 10, 5). Los planes de Dios, sin embargo, no eran exclusivistas: los judíos, una vez convertidos, predicarían la buena nueva a los gentiles. Después de la Resurrección, Jesucristo envía a sus discípulos a todas las gentes (cfr Mt 28, 18 ss.). Los que anunciaban el Evangelio eran judíos que habían aceptado a Cristo, y, en su predicación, se dirigían siempre en primer lugar a los judíos y después a los gentiles.
A estos designios divinos cumplidos por Cristo se refieren las palabras que comentamos. Con la venida a la tierra del Dios hecho hombre se da cumplimiento a las promesas hechas a los hebreos, manifestándose así la fidelidad de Dios. Con la entrada de los gentiles a la Iglesia se manifiesta la misericordia de Dios hacia todos los hombres, puesto que sus bendiciones llegan también a quienes no pertenecen al pueblo de Israel según la carne. De modo gráfico lo explicaba Nuestro Señor Jesucristo en la parábola de los dos hijos (Mt 21, 28-32). Llama al hijo mayor (los gentiles), que se niega, pero luego se arrepiente, se acoge a la misericordia de su padre y va a la viña. El hijo menor (gran parte del pueblo judío), en cambio, se muestra dispuesto, pero luego no va. La dureza de corazón de muchos judies fue tal que ni siquiera se movieron a penitencia viendo el arrepentimiento y conversión de los gentiles.
Romains 15, 16
Cristo «fue hecho ministro de la circuncisión» (v. 8), es decir, se dirigió a los judíos para anunciarles el Evangelio del Reino y llevarles la salvación. San Pablo, dentro de la misión universal confiada a los Apóstoles, fue escogido para anunciar el Evangelio de Cristo a los gentiles (cfr Rom 1, 5). Junto a la predicación de la buena nueva, la misión del Apóstol incluía un cometido propiamente sacerdotal, que consistía en santificar a los gentiles para transformarlos en ofrenda agradable a Dios (cfr Eph 3, 6-9).
Antes sólo el pueblo judío podía ser considerado un pueblo santo, un pueblo sacerdotal (cfr Ex 19, 5-6). Después de Cristo también los gentiles son ofrenda «grata, santificada en el Espíritu Santo». Cada uno de los cristianos, sintiéndonos parte integrante de esta «ofrenda de los gentiles», apliquemos a nuestra vida el contenido de lo que decía San Agustín: «En ti está lo que debes ofrecer y cumplir. Saca de tu corazón, como de un arca, el incienso de la alabanza; ofrece de la reserva de tu conciencia el sacrificio de la fe. Y enciende con la caridad todo lo que ofreces. Que en ti estén las ofrendas que debes sacrificar en alabanza de Dios» (Enarrationes in Psalmos, 55, 19). De este modo, la conciencia de haber sido llamados a participar del sacerdocio de Cristo nos ayudará a ofrecer toda nuestra vida: «Adviertan los fieles cristianos a qué dignidad los ha elevado el sagrado Bautismo (...), y no se olviden de ofrecerse, juntamente con su divina Cabeza clavada en la Cruz, a sí mismos, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades» (Mediator Dei, n. 25).
Chapitre n°16
Romains 16, 1-16
La larga serie de afectuosos saludos que el Apóstol envía nos hace descubrir que los primeros cristianos constituían una gran familia y que realmente se consideraban y se trataban como «hermanos» (cfr Act 15, 23; Rom 1, 13; 1 Cor 1, 10; Iac 1, 2; 2 Pet 1, 10; 1 Ioh 3, 13; etc.). A esa gran familia pertenecían, como sugieren los mismos nombres, personas de diversas regiones y culturas: griegos como Andrónico, Olimpas, Asincrito, Hermes; gentes de Asia Menor o del mundo helénico, como Epéneto, Perside, Patrobas; latinos como Junia, Ampliato, Prisca, Julia, Urbano; judíos como Herodión, María, Trifena, Trifosa, etc. En ellos encontramos también una gran variedad de condición social. La mayoría de los nombres corresponden probablemente a personas de condición humilde, esclavos y libertos, como se desprende de las lápidas de los monumentos antiguos. Pero había también gente de buena posición social como Prisca, de familia romana noble, Aristóbulo y Narciso, que tenían una «casa», es decir, una familia con numerosa servidumbre, Erasto, etc.
Todos se consideraban unidos por el vínculo de la caridad y de la común llamada a la santidad: por esto no dudaban en llamarse «santos» (cfr Rom 1, 7; 1 Cor 1, 2; Heb 13, 24; Ids 3; etc.). No eran perfectos y, como sabemos, tenían sus limitaciones (cfr los desórdenes morales a que se hace referencia en el cap. 13 y las divisiones entre «fuertes» y «débiles» del cap. 14), pero el afán de santidad y la caridad los impulsaban al servicio mutuo y a poner a disposición de la Iglesia sus personas y sus bienes. Su entrega logró penetrar el mundo pagano y difundir la luz de la salvación. Eran familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído (Es Cristo que pasa, n. 30).
Romains 16, 1-2
Febe fue ciertamente la portadora de la carta de San Pablo. Era de Cencreas, el puerto oriental de Corinto. De ella se dice que estaba «al servicio» de la Iglesia de Cencreas, tal vez porque se ocupaba de la asistencia a los pobres y enfermos, y desarrollaba, eventualmente, algún oficio auxiliar en el Bautismo de las mujeres. Plinio el joven, en su carta al emperador Trajano, cita el ejemplo de dos de estas mujeres que servían a la comunidad cristiana (Epístola 10, 96).
Romains 16, 4
Aquila y Prisca eran un matrimonio muy conocido, según las noticias que nos dan otros pasajes del NT (cfr Act 18, 2.18; 1 Cor 16, 19; 2 Tim 4, 19). Defendieron probablemente al Apóstol en Éfeso, en el motín promovido por Demetrio (cfr Act 19, 23-40). Prisca, o Priscila, ha sido relacionada con la familia romana de los Pudentes, del rango de los senadores. Según una antigua tradición, en la casa de Pudente, en Roma, se hospedó San Pedro.
Romains 16, 5
Epéneto era «primicia de Asia», es decir, el primer bautizado de esa provincia oriental del Imperio romano.
Romains 16, 13
Rufo es recordado por San Pablo con un cariño especial, que le lleva a afirmar que su madre era también, por el amor y la veneración, madre del Apóstol. Pudiera ser uno de los hijos de Simón Cireneo (cfr Mc 15, 21).
Romains 16, 17-18
Se trata de predicadores judaizantes, con los que San Pablo se enfrentó en muchas iglesias locales de Oriente (cfr 2 Cor 11, 13-15; Gal 1, 6-7; Phil 3, 18-19). Querían mantener la distinción entre alimentos puros e impuros, imponían la circuncisión y la observancia de los preceptos judaicos. Por esto se dice que servían no a Cristo, sino a su vientre, es decir a los alimentos. Solían introducirse en las comunidades cristianas haciendo alarde de religiosidad y predicando un estilo de vida que presentaban como si fuese más perfecto (cfr 2 Cor 11, 21-23; Gal 2, 4; 3, 1; Phil 3, 2-3).
Romains 16, 20
Uno de los frutos de la Redención obrada por Jesucristo es la victoria sobre el demonio. Así estaba profetizado en los comienzos de la historia de la salvación, cuando se anunció que el Mesías aplastaría la cabeza de la serpiente (cfr Gen 3, 15). Del mismo modo, quienes están unidos a Cristo, participando de su poder, triunfan también sobre las insidias del diablo.
Grande es, desde luego, el poder de Satanás y continuos sus ataques, buscando a quien devorar (cfr 1 Pet 5, 8), pero no hemos de olvidar que su actuación se mueve dentro de los límites que Dios le permite. Además, contando con la ayuda del Señor, no debemos temer al demonio, sino apoyarnos en esta firme verdad: Dios puede más. Hasta que estas verdades no se asientan en el alma, puede ésta pasar un tiempo en que tema ser engañada por el diablo. Después, se llena de seguridad. Así le ocurrió a Santa Teresa, quien, una vez entendida esta estratagema del demonio, escribía: «Quedóme un señorío contra los demonios, bien dado del Señor de todos que no se me da más de ellos que de moscas. Parécenme tan cobardes, que, en viendo que los tienen en poco, no les queda fuerza (...). No entiendo estos miedos: ¡Demonio!, ¡demonio! Adonde podemos decir: ¡Dios!, ¡Dios!, y hacerle temblar. Sí, que sabemos que no se puede menear si el Señor no lo permite» (Libro de su vida, 25).
Romains 16, 23
Gayo, uno de los poquísimos cristianos de Corinto bautizados por San Pablo (cfr 1 Cor 1, 14), había puesto su casa a disposición del Apóstol y de las reuniones de la comunidad.
Romains 16, 25-27
A diferencia de otras cartas, San Pablo termina esta epístola dirigiendo una grandiosa alabanza, o doxología, a Dios omnipotente y sabio por medio de Jesucristo.