Romains 10, 14-21
Las palabras del Apóstol podrían resumirse en la siguiente argumentación: los judíos no tienen excusa para no invocar a Cristo como Señor, ya que si no creen en Él es por su rebeldía, pues la palabra de la predicación sí les ha llegado.
Romains 10, 14-17
Fe, conversión de vida y sacramentos constituyen la finalidad de la evangelización realizada por la Iglesia desde el principio, cumpliendo así el mandato del Señor: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará» (Mc 16, 15-16). Los Hechos de los Apóstoles narran muchos detalles de esa primera evangelización, a la que acompañaban los prodigios obrados por los Apóstoles en virtud del poder recibido de Jesucristo.
El mismo día de Pentecostés asistimos ya a la predicación vibrante de San Pedro y podemos admirar los milagros que se realizan: Los hombres y las mujeres que, venidos de las más diversas regiones, pueblan en aquellos días la ciudad, escuchan asombrados (...). Estos prodigios, que se obran ante sus ojos, les llevan a prestar atención a la predicación apostólica. El mismo Espíritu Santo, que actuaba en los discípulos del Señor, tocó también sus corazones y los condujo hacia la fe (Es Cristo que pasa, n. 127). Es el mismo Dios quien realiza los milagros por manos de los Apóstoles; y quien, sirviéndose de la palabra de Pedro y de los Once, revela los misterios; y, finalmente, quien mueve interiormente la voluntad de los oyentes. El resultado de esta triple actuación divina es el acto de fe de aquellos que han escuchado la predicación apostólica. «Para llegar a la fe —dice Santo Tomás— se requieren dos cosas: la proposición de las verdades (...) y el asentimiento del que cree a las cosas propuestas» (Suma Teológica, II-II, q. 6, a. 1, c). Añade después que, en cuanto al primero de estos elementos, la fe proviene de Dios, que revela las verdades, o bien inmediatamente, como a los Apóstoles y a los Profetas, o bien mediante los predicadores de la fe por Él enviados (cfr Rom 10, 15). Hablando del segundo elemento dice que, en el asentimiento del hombre a las verdades de la fe, intervienen motivos externos al hombre mismo, como los milagros y las exhortaciones del que expone las verdades de fe. Pero ninguno de estos motivos es suficiente: viendo un mismo milagro y oyendo la misma predicación, unos creen y otros no. Es necesario, por tanto, la presencia de algo que mueva desde el interior del hombre. Desde luego, tampoco es suficiente —aunque sí necesaria— la actuación de la voluntad libre de la persona, por ser la fe un acto sobrenatural. De ahí que sea preciso que Dios mueva interiormente a la voluntad mediante la gracia (cfr Suma Teológica, ibid.).
Siguiendo el ejemplo de Jesucristo, «la constante preocupación de todo catequista, cualquiera que sea su responsabilidad en la Iglesia, debe ser la de comunicar, a través de su enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús (...). Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa frase de Jesús: ‘Mi doctrina no es mía sino del que me ha enviado’ (Ioh 7, 16)» (Catechesi tradendae, n. 6).
No basta limitarse a dar buen ejemplo. Es necesaria la acción apostólica, a través de la palabra. Tenemos la misión de hablar en nombre de Dios: los discípulos del Señor «han de dar testimonio de Cristo en todo lugar y, a quien la pidiese, deben dar también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna (cfr 1 Pet 3, 15)» (Lumen gentium, n. 10).
Así se comportaban los primeros cristianos. Siempre que leemos los Hechos de los Apóstoles, nos emociona la audacia, la confianza en su misión y la sacrificada alegría de los discípulos de Cristo. No piden multitudes. Aunque las multitudes vengan, ellos se dirigen a cada alma en concreto, a cada hombre, uno a uno: Felipe, al etíope (cfr Act 8, 26-40); Pedro, al centurión Cornelio (cfr Act 10, 1-48); Pablo, a Sergio Paulo (cfr Act 13, 6-12) (Lealtad a la Iglesia).
Los que aceptan el mensaje del Evangelio se sienten movidos a ello cuando los que lo anuncian dan a la vez testimonio: «Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo (...). Esta ley enunciada un día por San Pablo conserva hoy todo su vigor. Sí, es siempre indispensable la predicación, la proclamación verbal de un mensaje (...). La palabra permanece siempre actual, sobre todo cuando va acompañada del poder de Dios (cfr 1 Cor 2, 1-5)» (Evaneelii nuntiandi, nn. 41-42).
Romains 10, 20-21
La posibilidad misma de corresponder a la gracia divina es ya un don gratuito de Dios. Así lo enseña la Iglesia en su Magisterio: «Si alguno dice que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia es la que hace que Dios sea invocado por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol, que dice lo mismo: ‘Fui hallado por los que no me buscaban, me manifesté a los que no preguntaban por mi’ (Rom 10, 20; cfr Is 65, 1)» (De gratia, can. 3).
La raíz de la misericordia divina la encontramos en el amor que Dios tiene por los hombres, descrito con rasgos humanos en la parábola del hijo pródigo. «Leemos, en efecto, que cuando el Padre divisó de lejos al hijo que volvía a casa, le salió conmovido al encuentro, le echó los brazos al cuello y lo besó (...). Se puede decir, por tanto, que el amor hacia el hijo, el amor que brota de la esencia misma de la paternidad, obliga en cierto sentido al padre a tener solicitud por la dignidad del hijo. Esta solicitud constituye la medida de su amor (...). Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, hacia toda miseria humana y, singularmente, hacia toda miseria moral o pecado» (Dives in misericordia, n. 6).
Chapitre n°11
Romains 11, 2-5
Cuando Israel cayó en la idolatría, Dios suscitó al profeta Elías, que echó en cara al rey los pecados del pueblo, que adoraba a los ídolos y seguía a los falsos profetas (cfr 1 Reg 19, 9-18). El rey, en vez de escuchar al profeta, lo persiguió y Elías tuvo que huir al monte Horeb, donde se queja ante Dios contra Israel. Yahwéh, en su respuesta a Elías, anuncia un castigo: los hijos de Israel morirán a espada, pero no todos. Dios se reservará siete mil, precisamente aquellos que se han mantenido fieles a Él. San Pablo recuerda este episodio como una muestra de cómo Dios ha intervenido en la historia de la salvación mediante algunos hombres que ha ido eligiendo. En efecto, incluso en los momentos en los que más abundaban los pecados, el Señor se ha reservado a algunas personas fieles. Éstas han sido instrumentos suyos para reavivar y difundir el conocimiento de la recta doctrina, el amor a las leyes divinas, el verdadero culto al Creador: así hizo con Noé y su familia, cuando toda la tierra estaba llena de maldad (Gen 5, 5-8); con Abrahán, cuando casi se había perdido la noticia de Dios entre los hombres (Ios 24, 2 ss.); e idéntica conducta observó con el pueblo de Israel cuando cayó en la idolatría.
Los Profetas llaman a los que se mantienen fieles a Yahwéh con el nombre de «resto de Israel» (cfr Ier 3, 14; Ez 9, 8; Am 3, 12; Is 4, 2-3; Mich 4, 7; Sof 2, 7.9) y vaticinan que este «resto» se encontrará, primero, entre los deportados a Babilonia, luego entre los que vuelvan del destierro y, finalmente, tras el regreso del exilio, entre los servidores de Dios, una vez diezmado y purificado el pueblo todavía infiel.
Lo mismo sucede ahora, explica San Pablo, ante la predicación del Evangelio. El pueblo de Israel en general no lo acepta y no entra a formar parte de la Iglesia, pero un reducido número de judíos sí que han creído. Ellos son el «resto» de Israel, que Dios ha elegido para que en ellos se cumplieran las promesas. La conversión del propio Pablo constituye un ejemplo y una prenda de este retorno del pueblo de Israel a su Dios, tal como invita el profeta Oseas: «Vuelve, Israel, a Yahwéh tu Dios, que por tu iniquidad has sucumbido» (Os 14, 2).
A lo largo de la historia de la Iglesia no han faltado estas situaciones de alejamiento de Dios y, como consecuencia, de generalizada corrupción de costumbres. Cada vez que esto sucede, a los cristianos que se mantienen fieles les puede amenazar la misma tentación de desesperanza que a Elías. Pero se debe reaccionar con un optimismo realista y vigilante, sin caer en estériles lamentaciones. Los cristianos han de considerar, en la presencia del Señor, que Dios quiere servirse precisamente de ellos, de su vida santa, para dar remedio a la situación: Un secreto. —Un secreto a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres ‘suyos’ en cada actividad humana. —Después... ‘pax Christi in regno Christi’ —La paz de Cristo en el reino de Cristo (Camino, n. 301).
Romains 11, 16-24
«La Iglesia es el terreno de labor, el campo de Dios. En este campo crece el viejo olivo, cuya raíz santa fueron los Patriarcas, y en el cual se realizó y concluirá la reconciliación de los judíos y gentiles (cfr Rom 11, 13-26)» (Lumen gentium, n. 6).
El buen olivo representa la comunidad de los fieles del AT y, a la vez, el Israel de Dios que es la Iglesia. Las ramas naturales que han quedado son los judíos convertidos al Cristianismo; las ramas desgajadas son los judíos incrédulos que rechazaron a Cristo; las ramas del acebuche, injertadas en el buen olivo son los gentiles que, habiendo salido de una raíz silvestre, han pasado a ocupar el lugar de los judíos infieles a la gracia, para ser unidos en la misma fe con los Patriarcas y con los Profetas, y tener parte en las bendiciones prometidas.
Esta comparación se aparta de lo que ordinariamente sucede en el trabajo de jardinería, en el que se suele injertar una rama de un árbol bueno en un árbol silvestre. San Pablo, de intento, no tiene en cuenta esta ley, para poner de relieve el carácter gratuito del designio cumplido por Dios.
Dios quiere un árbol completo, desea que se llene su casa (cfr Lc 14, 23). De ahí que el lugar que han dejado los judíos ha venido a ser ocupado por los gentiles, pues la casa no era de los israelitas —aunque ellos eran sus moradores primeros— sino de Dios, cuyo designio era que el pueblo judío invitara a los gentiles a que llenaran la casa de Dios. «Esta enseñanza —comenta San Juan Crisóstomo— no está solamente en boca de Pablo, ya nos la habían dado las parábolas de Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio: un rey celebra las bodas de su hijo; los convidados rehúsan la invitación al banquete, y entonces el monarca hace llamar en su lugar a cuantos están en las encrucijadas de los caminos. Un hombre tenía una viña y la arrienda a unos viñadores; éstos matan a su hijo heredero y la viña es entregada a otras manos (...). Por estos ejemplos queda patente que el orden natural pedía que los judíos entrasen primero en la Iglesia y que los gentiles debían seguirles» (Hom. sobre Rom, 19).
La comparación persigue un doble fin: por un lado, corregir la jactancia de los cristianos venidos de la gentilidad, pues si las ramas naturales y escogidas han sido arrancadas, mucho más fácilmente lo podrán ser aquellas que son extrañas y postizas; por otro lado, se quiere animar a los judíos y fomentar su esperanza, ya que, si las ramas del olivo silvestre han sido injertadas contra naturaleza, con más facilidad podrán ser de nuevo unidas las que son ramas naturales.
Para todos los que hemos recibido con el Bautismo la vocación cristiana, esta invitación ha de llevarnos a la humildad y al agradecimiento, que nos alejará de todo espíritu de ingratitud y presunción.
«Así debemos obrar también nosotros si queremos salvarnos y conservar la gracia de Dios hasta la muerte, poniendo en Él solamente nuestra confianza (...). El demonio una vez nos tienta de presunción, otra de desconfianza; cuando nos asegura que no hemos de temer las caídas, entonces es cuando hemos de temer, porque si el Señor dejara un solo instante de socorrernos con su gracia, entonces es cuando estaríamos perdidos. Y cuando nos tiente de desesperación, poniendo los ojos en Dios, hemos de decirle: A ti, Señor, me acojo; no quede para siempre confundido (Ps 31, 2) ni privado de vuestra gracia. Estos actos de desconfianza en nosotros mismos y de confianza en Dios hemos de ejercitarlos hasta el último instante de nuestra vida, rogando siempre al Señor que nos dé la Santa humildad» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 9).
Romains 11, 25-32
Todos anhelamos el momento en que se cumplan aquellas palabras que Cristo —en tono conminatorio y a la vez consolador— dirigió a los escribas y fariseos: «Así, pues, os aseguro que no me veréis hasta que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 23, 39). «La Iglesia, juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán como un solo hombre (Soph 3, 9)» (Nostra aetate, n. 4). La conversión de los judíos es un secreto —un misterio, dice el texto (v. 25)— del porvenir, que ocurrirá cuando se haya alcanzado la finalidad de la Encarnación del Verbo.
Esa conversión seguirá a la de los gentiles, que es como el preludio de aquélla. Jesucristo anuncia que «Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles» (Lc 21, 24; cfr también nota a este lugar), insinuando, en cierta manera, que los mismos judíos se convertirán al final de los tiempos.
Sin embargo, cuando la Iglesia en su predicación menciona las señales principales del fin del mundo, sólo se refiere al anuncio del Evangelio por todo el mundo, la apostasía y el anticristo, sin indicar nada acerca de la conversión de los judíos (cfr Catecismo Romano, I, 8,7). Lo que en cambio sí hace la Iglesia —y nosotros con ella— es pedir al Señor que escuche sus oraciones «para que el pueblo de la Antigua Alianza llegue a conseguir la plenitud de la Redención» (Misal Romano, Liturgia del Viernes Santo, oración de los fieles).
Romains 11, 29
Dios no se vuelve atrás de sus actos y mantiene la llamada dirigida a los judíos para hacer de ellos el pueblo elegido. No importa su desobediencia y sus pecados; Dios los amará para siempre, según las promesas que hizo a los Patriarcas y por los méritos que lograron con su correspondencia fiel (cfr Rom 9, 4-5). Precisamente por este amor inalterable de Dios es posible que «todo Israel» se salve. La vocación divina, que es eterna, no se puede perder; pero los hombres podemos rechazar la llamada divina. La inmutabilidad del designio de Dios nos da la seguridad de que, aunque hayamos abandonado por un momento al Señor, siempre podemos volver a nuestra anterior fidelidad: Él nos espera.
Romains 11, 33-36
La bondad admirable de Dios, tanto con los judíos como con los gentiles, permitiendo su desobediencia, para apiadarse de ellos y tener compasión de sus miserias, arranca del Apóstol encendidas exclamaciones, que evocan las del Libro de Isaías: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos, dice el Señor. Porque así como los cielos se levantan sobre la tierra, así se levantan mis caminos sobre los vuestros, y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos» (Is 55, 8-9). Cuando los designios de la Providencia divina parecen desconcertantes e incomprensibles a los ojos humanos, se iluminan si tenemos en cuenta la grandeza de Dios, que supera nuestra inteligencia, y el poder y fidelidad divinos que triunfan sobre los obstáculos que el hombre puede poner: cuanto parecía comprometer la realización de los planes, eso justamente contribuye a llevarlos a cabo.
La actitud justa del entendimiento del hombre ante estas realidades ha de ser la de la humildad, que le llevará a entender que los misterios de Dios, luminosos en sí, resultan oscuros para nosotros, precisamente por la limitación de nuestra inteligencia. Así, como recuerda Fray Luis de Granada, hay que evitar decir «que no puede ser lo que nosotros no podemos entender (...), porque ¿qué cosa hay más conforme a razón que sentir altísimamente del que es Altísimo y atribuirle el más alto y mejor ser de cuantos nuestro entendimiento pueda alcanzar? (...). Así que el no entender nosotros la alteza de este misterio tiene rastro y olor de ser cosa de Dios, pues por ser, como decimos, infinito, necesariamente ha de ser incomprensible» (Introducción al Símbolo de la Fe, parte IV).
Caps. 12-15. Estos cuatro capítulos constituyen la parte que podemos llamar moral de la Epístola a los Romanos. Sobre el contenido de esta parte cfr Introducción especial a las Epístolas de San Pablo a los Gálatas y a los Romanos, pp. 88-91.
Chapitre n°12
Romains 12, 1
En el Nuevo Testamento se hace una clara llamada al ofrecimiento de los cristianos, ya no por medio de animales, como ocurrió en la Antigua Ley para los judíos, sino de sí mismos. El nuevo culto ha de ser espiritual —como recordó Jesucristo a la samaritana—, no puramente material; ha de ser vivo, santo (no simplemente exterior y formal) y agradable a Dios (cfr Ioh 4, 23). «Por la predicación apostólica del Evangelio se convoca y congrega el Pueblo de Dios, de suerte que todos los que a este pueblo pertenecen, por estar santificados por el Espíritu Santo, se ofrezcan a sí mismos como ‘hostia viva, santa, agradable a Dios’ (Rom 12, 1)» (Presbyterorum ordinis, n. 2).
El fundamento de este sentido sacerdotal de la vida del cristiano lo encontramos en el Sacramento que nos incorpora a Jesucristo como miembros suyos, pues todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, ‘para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo’ (1 Pet II, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando as la misión del Dios-Hombre (Es Cristo que pasa, n. 96).
A diario el cristiano puede y debe ofrecerse juntamente con Cristo en la Santa Misa, pues «para que la oblación, con la cual en este Sacrificio los fieles ofrecen al Padre Celestial la víctima divina, alcance su pleno efecto (...) es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias (...) y, deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el mismo Sumo Sacerdote y por medio de Él mismo» (Mediator Dei, n. 25). La consecuencia será que toda la vida cristiana y la lucha que comporta quedarán empapadas de un profundo sentido sacerdotal: «Si yo —escribía Orígenes— renuncio a todo lo que poseo, si llevo la cruz y sigo a Cristo, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios. O si doy a quemar mi cuerpo en el fuego de la caridad (...) he ofrecido un holocausto en el altar de Dios (...); si mortifico mi cuerpo y me abstengo de toda concupiscencia, si el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, entonces he ofrecido un holocausto en el altar de Dios y me hago sacerdote de mi propio sacrificio» (In Lev hom., 9, 9).
Romains 12, 4-5
La multiplicidad que se da en toda sociedad bien organizada la encontramos también —por voluntad divina— en la Iglesia. Corresponde esta variedad a las diferentes necesidades de la comunidad cristiana, que no es un agregado amorfo de personas, trabajando cada una por su cuenta para salvarse, sino un cuerpo ordenado. En él cada uno cumple un papel definido y coopera al bien de todos, a la vez que busca su propio bien espiritual. Tal variedad es, además, coherente y útil para que se realice la voluntad de Dios de santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino formando un pueblo que se constituye y gobierna sobre la base de dicha admirable variedad. Esta distinción la estableció el Señor en orden a la edificación de la Iglesia. Por eso entre los Pastores y los demás fieles hay una mutua ayuda sobrenatural (cfr Lumen gentium, nn. 9 y 32).
Cada uno de nosotros ha de sentir la responsabilidad de aportar —con su lucha interior, con sus virtudes— nueva savia al resto de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo (cfr Introducción a la «Teología» de San Pablo, pp. 78-81). Por lo tanto, no son del todo exactas esas formas de discurrir, que distinguen las virtudes personales de las virtudes sociales. No cabe virtud alguna que pueda facilitar el egoísmo; cada una redunda necesariamente en bien de nuestra alma y de las almas de los que nos rodean (...). Todos hemos de sentirnos solidarios y, en el orden de la gracia, estamos unidos por los lazos sobrenaturales de la Comunión de los Santos (Amigos de Dios, n. 76).
Romains 12, 6-8
«Dones»: Llamados también carismas, designan unas gracias divinas especiales y transitorias, concedidas no tanto para el bien personal de quien las recibe, como para el bien general de la Iglesia. Puede decirse que el que introdujo esta palabra (carisma) en el NT fue San Pablo.
Romains 12, 9-21
«Después de haber hablado el Apóstol de aquellos dones que no son comunes a todos, aquí enseña que la caridad es el don común a todos» (Comentario sobre Rom, ad loc.). La verdadera caridad se manifiesta de muy diversas formas, de acuerdo con las necesidades y las posibilidades de cada uno; siempre se ha de distinguir por buscar el bien y huir del mal (v. 9); se ha de ejercitar con los que ya son cristianos (vv. 10-16) y con los que aún no poseen la misma fe (vv. 17-21); precisamente, el ejercicio de la caridad con estos últimos facilitará su acercamiento a la fe. No siempre podremos hacer a los demás todo el bien que quisiéramos: por la limitación de nuestras fuerzas, por la lejanía; por otras obligaciones más urgentes, etc. Sólo Dios, que es infinitamente perfecto y omnipotente, hace el bien a todos y siempre, aunque no a todos otorga los mismos dones: a unos más, a otros menos, según el designio de su Sabiduría.
Aun teniendo en cuenta las propias limitaciones, los efectos del amor a los demás han de informar todas nuestras acciones, pensamientos y palabras. Es claro que las primeras consecuencias de la caridad han de consistir en no juzgar a nadie, no hablar mal de nadie, no escandalizar con palabras injuriosas y, mucho menos, con malos ejemplos y consejos. Pero, junto a esto, ha de haber siempre actos positivos de esta virtud. No es posible hacer una enumeración completa de estos actos, pero, desde luego, bajo «este nombre de amor —afirma fray Luis de Granada—, entre otras muchas cosas, se encierran señaladamente estas seis: amar, aconsejar, socorrer, sufrir, perdonar y edificar. Las cuales obras tienen tal conexión con la caridad, que el que más tuviere de ellas tendrá más caridad, y el que menos, menos (...). Pues según esta orden podrá cada uno examinar cuánto tiene y cuánto le falta de la perfección de esta virtud. Porque el que ama, podemos decir que está en el primer grado; el que ama y aconseja, en el segundo; el que ayuda, en el tercero; el que sufre, en el cuarto; el que perdona y sufre, en el quinto; y el que sobre todo esto edifica con sus palabras y buena vida, que es oficio de varones perfectos y apostólicos, en el postrero» (Guía de pecadores, I, II, cap. 16).
Romains 12, 12
El amor de Dios causa en nosotros, junto a la alegría interior, una gran fortaleza y tenaz perseverancia. Como consecuencia, «se sufre la tribulación con gozo y esperanza porque se sabe que lo que ha sido prometido a cambio es un bien mucho mayor» (Pseudo-Ambrosio, Comm. in Epist. ad Rom, ad loc.). En este clima podemos sacar provecho sobrenatural del sufrimiento que suele acompañar a la vida cristiana: Todo un programa, para cursar con aprovechamiento la asignatura del dolor, nos da el Apóstol: ‘spe gaudentes’ —por la esperanza, contentos, ‘in tribulatione patientes’ —sufridos, en la tribulación, ‘orationi instantes’ —en la oración, continuos (Camino, n. 209).
En particular, la alegría mantenida aun en medio de las dificultades es la señal más clara de que el amor de Dios informa todas nuestras acciones, pues —como comenta San Agustín— «en aquello que se ama, o no se siente la dificultad o se ama la misma dificultad (...). Los trabajos de los que aman nunca son penosos» (De bono viduitatis, 21, 26).
Romains 12, 13
«Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve» (1 Ioh 4, 20). De modo parecido se puede decir que los cristianos, «servidores del Señor», si no sirven a sus hermanos a quienes ven, tampoco pueden servir a Dios. Por eso servir a Dios, en efecto, quiere decir en último término saber tener compasión de «las necesidades de los santos» para darles alivio, y ofrecer solícitamente hospitalidad a los forasteros, como hicieron los Patriarcas Abrahán y Lot (Gen 18, 2-5; 19, 2-3; cfr Heb 13, 2).
Romains 12, 21
Mientras vivimos en este mundo comprobamos a menudo la existencia del mal, a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. A veces la actitud espontánea, la reacción primera, puede ser semejante a la de los discípulos del Señor ante los samaritanos, cuando éstos se negaron a recibir a Cristo: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» (Lc 9, 54). Jesús les invita a la mansedumbre. Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr Rom XII, 21). Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean (Es Cristo que pasa, n. 182).
Chapitre n°13
Romains 13, 1-7
Jesús mismo afirmó delante de Pilato que toda autoridad viene de Dios (Ioh 19, 11; cfr Prv 8, 15-16; Sap 6, 3). Pues, siendo Dios el autor del orden social, creó al hombre como un ser que necesita vivir y desarrollarse en una comunidad, en la cual puede conseguir más perfecta y rápidamente su fin último. «Es evidente —recuerda el Conc. Vaticano II— que la comunidad política y la autoridad pública tienen su fundamento en la naturaleza humana, y que, por ello, pertenecen al orden preestablecido por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes queden a la libre decisión de los ciudadanos» (Gaudium et spes, n. 74).
Precisamente por su origen divino, a la autoridad civil, cuando se ejerce dentro de los limites del orden moral y busca el bien común, se le debe obedecer en conciencia. Faltar a este deber de obediencia es una transgresión contra el cuarto mandamiento del Decálogo, ya que, como explica Santo Tomás, «la generación natural no es el único motivo por el que se puede llamar padre a una persona. Existen otras razones diversas según las cuales algunos son llamados así, y a cada una de estas especies de paternidad se debe su correspondiente respeto (...). Los reyes y príncipes son llamados padres porque deben mirar por el bien de su pueblo. También a éstos los honramos con nuestra sumisión. Y esto no sólo por miedo, sino por amor; ni sólo por consideraciones humanas, sino en conciencia. La razón de ello se funda en que, como dice el Apóstol en el mismo pasaje (Rom 13, 1), toda autoridad proviene de Dios; por lo cual hay que dar a cada uno lo que le es debido» (Exp. de los dos mandamientos del amor y de los diez mandamientos de la Ley, IV). Y entre las cosas debidas a la autoridad están la honra, el respeto, el temor reverencial y el pagar los tributos, porque es justo, de obligación grave, contribuir a la subsistencia de todo lo que permite que vivamos con seguridad, nos protege de la violencia y del desorden, y asegura una vida más humana.
Así vivieron los cristianos desde el comienzo sus obligaciones sociales, a pesar de las persecuciones y del odio (cfr Quod apostolici; Diuturnum illud; Immortale Dei). Un hermoso testimonio de la heroicidad de los primeros fieles en vivir estas virtudes nos lo proporciona San Justino Mártir, a mediados del siglo II: «Como hemos aprendido de Él (Cristo), nosotros procuramos pagar los tributos y contribuciones, íntegros y con rapidez, a vuestros encargados (...). De aquí que adoramos sólo a Dios, pero os obedecemos gustosamente a vosotros en todo lo demás, reconociendo abiertamente que sois los reyes y los gobernadores de los hombres y pidiendo en la oración que, junto con el poder imperial, se halle también que tenéis un arte de gobierno lleno de sabiduría» (Apología I, 17). Y Tertuliano, tan vehemente en su ataque al mundo pagano, escribía que los fieles oraban, en sus asambleas, también por los emperadores, por sus ministros y autoridades, por el bienestar temporal y por la paz (cfr Apologeticum, 39, 1 ss.). De esta forma han de vivir los cristianos el precepto del Señor: «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21).
Romains 13, 8-10
Para poder cumplir con perfección los Mandamientos de Dios el hombre es movido interiormente por el amor a Dios y al prójimo. Pues cuando el amor nos mueve damos con gusto lo debido —y aún más— a aquel que amamos. En su predicación al pueblo decía San Juan de Ávila: «Los que no sois letrados, no penséis que por eso no podéis ir al paraíso; estudiad estos dos mandamientos, y cuando los hubiereis cumplido, haced cuenta que habéis cumplido todo lo que manda la Ley y los Profetas, y los Evangelios, y los Apóstoles, y cuanto os amonestan infinitos libros que escritos hay, pues el Señor ha enviado a la tierra su palabra compendiada (cfr Rom 9, 28)» (Sermones, domingo 12 después de Pentecostés).
Una relación parecida a la que hay entre los mandamientos de. la Ley y el amor es la que se da entre las virtudes de la caridad y la justicia. Convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad (...). La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (1 Ioh IV, 16). Hemos de movernos siempre por Amor de Dios, que torna más fácil querer al prójimo, y purifica y eleva los amores terrenos (...). La caridad, que es como un generoso desorbitarse de la justicia, exige primero el cumplimiento del deber: se empieza por lo justo; se continúa por lo más equitativo (...); pero para amar se requiere mucha finura, mucha delicadeza, mucho respeto, mucha afabilidad (Amigos de Dios, nn. 172-173).
Romains 13, 11-14
En la Liturgia de Adviento la Iglesia utiliza este texto inspirado para ayudarnos a preparar la venida del Señor. En efecto, Cristo vino al mundo por la Encarnación, pero viene también a las almas por la gracia y vendrá al final de los tiempos como Juez. Jesucristo, levantándose como el sol, ahuyentó las tinieblas con su venida al mundo, y va disipando los restos de oscuridad que quedan en las almas a medida que se adueña más y más del corazón de los hombres.
El cristiano ha de luchar por mantenerse despierto: «Hay un sueño propio del alma y otro propio del cuerpo (...). El sueño del alma consiste en olvidarse de Dios (...). En cambio, el alma que está despierta comprende por quién ha sido hecha (...). Pero, así como el que duerme (...), aunque haya salido ya el sol y caliente ya el día, no obstante, él se halla como en la noche, porque no está despierto para ver ya el día nacido; así también algunos, estando presente Cristo y predicada la verdad, se hallan en el sueño del alma (...). Vuestra vida y vuestras costumbres deben estar despiertas en Cristo para que las perciban otros, los dormidos paganos, y así, al ruido de vuestra vigilia, se levanten y sacudan el sueño y comiencen a decir con vosotros en Cristo: Dios, Dios mío, desde que amanece estoy en vela por Ti» (Enarrationes in Psalmos, 62, 4).
Romains 13, 13-14
La necesidad de convertirse a una vida nueva es siempre una exigencia para las almas que por el Bautismo se han incorporado a la Iglesia. Dios se sirve a veces de la Escritura Santa para despertar a los hombres de su letargo espiritual. Concretamente, el Señor se valió de estas palabras inspiradas que, hiriendo el corazón de San Agustín, le llevaron a dar el último paso para romper las ataduras de la carne. Así describe este hecho crucial en su vida: «Me sentía aún cautivo de mis iniquidades y me recriminaba diciéndome: ¿hasta cuándo voy a continuar diciendo ¡mañaña!, ¡mañana!? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin a mis torpezas en este mismo momento? (...). De pronto oí una voz que repetía muchas veces: ‘Toma y lee, toma y lee’ (...). Me levanté (...) y volví al lugar donde había dejado el códice del Apóstol. Lo tomé, pues; lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que me vino a los ojos». Después de transcribir las palabras de estos versículos, añade: «No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues al punto me decidí y, como si mi corazón hubiera quedado iluminado por una luz clara, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas» (Confesiones, VIII, 12, 28-29).
Romains 13, 14
Todos los cristianos se revisten de Cristo en el Bautismo (Gal 3, 27). Partiendo de esta inicial configuración con Jesucristo, los fieles lograrán una creciente transformación en el Señor mediante la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente del sacramento de la Penitencia: ‘Induimini Dominum Jesum Christum’ —revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, decía San Pablo a los Romanos. —En el Sacramento de la Penitencia es donde tú y yo nos revestimos de Jesucristo y de sus merecimientos (Camino, n. 310).
Chapitre n°14
Romains 14, 1-3
Entre los cristianos de la comunidad de Roma, algunos, por influjo del judaísmo, se abstenían de los alimentos prohibidos por la Antigua Ley. Otros, en cambio, los “fuertes” en la fe, sabían que Jesucristo les había liberado de las observancias de la Ley de Moisés —como la prohibición de ciertos alimentos— y de la sujeción al calendario judaico, a los sábados, plenilunios y otras fiestas. Estos segundos tenían, como confirmación de su creencia, los decretos del concilio de Jerusalén (cfr Act 15, 28-29). Los primeros, en número más reducido, eran considerados “débiles” por los segundos, pues se sentían todavía atados por los preceptos mosaicos: ayunaban en determinados días, se abstenían de comer carne, de beber vino, etc. (cfr Col 2, 16.20-22).
En sí mismas, nada malo tenían estas prácticas, puesto que, por ejemplo, el mismo Santiago el Menor, obispo de Jerusalén, según nos dice el historiador Eusebio (Historia Eclesiástica, 23, 5), se abstenía habitualmente, como mortificación personal, del vino, de los licores y de la carne (cfr también las costumbres de los nazireos: Lc 1, 15). Pero los «débiles» se escandalizaban de la libertad de espíritu de los otros y los juzgaban pecadores. Y éstos, a su vez, despreciaban a los «débiles» y no hacían caso de su escándalo. Unos y otros pecaban contra la caridad. San Pablo se dirige paternalmente a ambos, exhortando a los débiles a no juzgar temerariamente a los fuertes, y apelando a los fuertes para que no desprecien a los débiles. Los fuertes tenían razón, en teoría, pero, en la práctica, lo importante es no ser ocasión de escándalo (cfr v. 21 y 1 Cor 8, 7-13).