Romains 8, 10-11
El cristiano, una vez justificado, vive en gracia de Dios y espera con seguridad su futura resurrección; en él vive Cristo mismo (cfr Gal 2, 20; 1 Cor 15, 20-23). Sin embargo, no le es ahorrada la experiencia de la muerte, secuela del pecado original (cfr Rom 5, 12; 6, 23). Junto con el dolor, la concupiscencia y otras penalidades, la muerte permanece aun después del Bautismo para que luchemos y para que nos asemejemos a Cristo. En este sentido, casi todos los intérpretes entienden que la expresión «el cuerpo está muerto a causa del pecado» equivale a decir que el cuerpo humano está destinado a la muerte a causa del pecado. Tan segura es la muerte que el Apóstol considera que el cuerpo ya «está muerto».
San Juan Crisóstomo hace una penetrante observación: si Cristo vive en el cristiano, allí está también el Espíritu divino, la Tercera Persona de la Trinidad. Donde no está este divino Espíritu, allí reina de verdad la muerte, y con ella la ira de Dios, el rechazo de las leyes, la separación de Cristo, el destierro de este huésped. Y añade: «Pero cuando se tiene en sí al Espíritu, ¿qué bienes nos pueden faltar? Con el Espíritu se pertenece a Cristo, se le posee, se compite en honor con los ángeles. Con el Espíritu, se crucifica la carne, se gusta el encanto de una vida inmortal, se tiene la prenda de la resurrección futura, se avanza rápidamente por el camino de la virtud. Esto es lo que Pablo llama dar muerte a la carne» (Hom. sobre Rom, 13).
Romains 8, 14-30
La vida del cristiano es una participación en la vida de Cristo, Hijo de Dios por naturaleza. Al ser nosotros, por adopción, verdaderamente hijos de Dios, tenemos —por decirlo así— un derecho a participar también en su herencia: la vida gloriosa en el Cielo (vv. 14-18). Esta vida divina en nosotros, iniciada en el Bautismo por la regeneración en el Espíritu Santo, se desarrolla y crece bajo la dirección de este Espíritu, que nos hace cada vez más conformes a la imagen de Cristo (vv. 14.26-27). Así, nuestra filiación adoptiva es ya ahora una realidad —poseemos ya las primicias del Espíritu (v. 23)—; pero sólo al final de los tiempos, con la resurrección gloriosa de nuestro cuerpo, nuestra redención llegará a su plenitud (vv. 23-25). Mientras tanto estamos en un estado de espera —no carente de padecimientos (v. 18), gemidos (v. 23) y flaquezas (v. 26)—, caracterizado por una cierta tensión entre lo que ya poseemos y somos, y lo que aún anhelamos. En este anhelo nuestro participa la creación entera, cuyo destino está, según el querer de Dios, íntimamente ligado al nuestro, esperando ella también su transformación al final del mundo (vv. 19-22). Todo esto se desarrolla según un plan de Dios, establecido desde toda la eternidad y llevado a cabo en el tiempo bajo la tutela segura de la divina Providencia (vv. 28-30).
Romains 8, 14-15
Así sentía el espíritu de filiación divina un hombre de Dios que enseñó a vivir a millares de personas este rasgo capital de la vocación cristiana: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.
Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.
¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... —Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!
Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos (Camino, n. 267).
Este sentido de la filiación divina tomó una forma peculiar e intensa en la vida del Fundador y primer Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en una ocasión bien precisa de 1931: En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible —de lo que hoy contempláis hecho realidad—, sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía: la calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración (Apuntes, VI, 3). 18. «Por tanto —comenta San Cipriano—, ¿quién no va a esforzarse por lograr tan gran gloria, por hacerse amigo de Dios, por gozar enseguida con Cristo, por recibir los premios divinos tras los tormentos y suplicios de la tierra? Si es una gloria para los soldados de este mundo volver triunfantes a su patria después de abatir al enemigo ¿cuánta mayor y plausible gloria será, una vez vencido el diablo, volver triunfantes al cielo (...); llevar allá los trofeos victoriosos (...); sentarse al lado de Dios cuando venga a juzgar, ser coheredero con Cristo, equipararse a los ángeles y disfrutar con los Patriarcas, con los Apóstoles y con los Profetas de la posesión del Reino de los Cielos? (...). Un espíritu asentado en estos pensamientos sobrenaturales permanece fuerte y firme, y persiste inmóvil contra los ataques del demonio y las amenazas del mundo, un espíritu fortalecido por una sólida y segura fe en lo futuro (...). ¡Qué dignidad y qué seguridad partir de aquí gozoso (...), cerrar en un instante los ojos que veían a los hombres y al mundo, para ver a Dios y a Cristo! (...). Estas consideraciones debe hacerse la mente, esto debe meditarse día y noche. Si la persecución encuentra así preparado al soldado de Dios, no habrá poder capaz de derribar un espíritu dispuesto de tal manera para la pelea» (Epist. ad Fortunatum, 13).
Romains 8, 19-21
Para dar mayor énfasis a sus palabras, San Pablo recurre a una metáfora, presentando la creación entera, el universo material, como un ser vivo, en una persona que, entre gemidos y dolores, con impaciencia, está a la espera de algo: levanta la cabeza, alarga el cuello y fija atentamente la mirada en el horizonte.
En efecto, según el querer de Dios, el mundo material esta estrechamente vinculado al hombre y a su destino. «La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado ‘a imagen de Dios’, con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios» (Gaudium et spes, n. 12).
La vanidad a la que se ve sujeta la creación no es tan sólo la corrupción y la muerte, sino sobre todo el desorden introducido por el pecado del hombre. Los bienes materiales deberían ser, según el plan de Dios, medios para que el hombre alcanzara el último fin de su existencia. Al emplearlos desordenadamente, desligados de su relación a Dios, el hombre los convierte en instrumentos de pecado, y, por tanto, sometidos a la consecuencia de éste.
«¿Es posible que no nos convenzan, a nosotros hombres del siglo XX, las palabras del Apóstol de las gentes, pronunciadas con arrebatadora elocuencia, acerca de la ‘creación entera que hasta ahora gime y sufre toda ella con dolores de parto’ y ‘anhela la manifestación de los hijos de Dios’, acerca de la creación que está sujeta a la vanidad? El inmenso progreso, jamás conocido, que se ha verificado particularmente durante nuestro siglo, en cuanto al dominio del mundo por parte del hombre, ¿no revela quizá él mismo, y por lo demás en un grado jamás antes alcanzado, esa multiforme sumisión ‘a la vanidad’? (...). El mundo de las conquistas científicas y técnicas, jamás logradas anteriormente, ¿no es al mismo tiempo el que ‘gime y sufre’ y ‘anhela la manifestación de los hijos de Dios’?» (Redemptor hominis, n. 8).
Restablecer el orden querido por Dios y conducir a su plenitud el mundo entero es principalmente fruto de la acción del Espíritu Santo Vivificador, verdadero Señor de la historia: Non est abbreviata manus Domini, no se ha hecho más corta la mano de Dios: no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena.
La acción del Espíritu Santo puede pasarnos inadvertida, porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el pecado del hombre enturbia y oscurece los dones divinos. Pero la fe nos recuerda que el Señor obra constantemente: es Él quien nos ha creado y nos mantiene en el ser; quien, con su gracia, conduce la creación entera hacia la libertad de la gloria de los hijos de Dios (Es Cristo que pasa, n. 130).
Romains 8, 28
El sentido de la filiación divina nos ayuda a descubrir que todos los acontecimientos de nuestra vida son dirigidos por la amabilísima Voluntad de Dios. Él, que es nuestro Padre, nos concede lo que más nos conviene y espera que descubramos su amor paternal tanto en los acontecimientos favorables como en los adversos: «Fíjate bien —señala San Bernardo— que no dice que las cosas sirvan al capricho, sino que cooperan al bien. No al capricho, sino a la utilidad; no al placer, sino a la salvación; no a nuestro deseo, sino a nuestro provecho. En este sentido, cooperan siempre todas las cosas a nuestro bien, aun incluyendo la misma muerte, aun el mismo pecado (...). ¿Acaso no cooperan los pecados al bien de aquel que con ellos se vuelve más humilde, más fervoroso, más solícito, más precavido, más prudente?» (De fallacia et brevitate vitae, 6). Con este convencimiento, lleno de esperanzado optimismo, superaremos todas las dificultades: Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades.
Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. Él no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos.
Omnia in bonum! ¡Señor, que otra vez y siempre se cumpla tu sapientísima Voluntad! (Via Crucis, IX, n. 4).
Romains 8, 29
Cristo es llamado «primogénito» por muchos motivos. Es el «primogénito de toda la creación» (Col 1, 15) porque su generación es eterna y porque «todo fue hecho por él» (Ioh 1, 3). Es también el nuevo Adán y, por tanto, la cabeza del género humano en la obra de la redención (cfr 1 Cor 15, 22.45). Es «el primero en renacer de entre los muertos» (Col 1, 18; Apc 1, 5) y, por tanto, la cabeza de todos los que han alcanzado la gloria y esperan su futura resurrección (1 Cor 15, 20.23). Es, por último, el «primogénito entre muchos hermanos», porque, en el orden de la gracia, nos hace participar de su filiación divina: mediante la gracia habitual, en efecto, llegamos a ser hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. «Porque así como Dios quiso comunicar a los demás su natural Bondad, concediéndoles una participación de esa Bondad, de modo que Él fuera no sólo bueno sino también autor de los bienes; así el Hijo de Dios quiso comunicar a los demás una filiación semejante a la suya, de modo que fuera no sólo hijo, sino el primogénito de los hijos» (Comentario sobre Rom, ad loc.).
De esta profunda realidad, que Santo Tomás describe, viene el deseo cristiano de imitar a Cristo: la filiación divina nos mueve a reproducir en nosotros las palabras y gestos del Hijo Unigénito. Señor que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias... Entonces, sólo entonces, por el camino de la contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti.
Seremos otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus (Via Crucis, VI).
Romains 8, 31-39
Los escogidos saldrán victoriosos de todos los ataques, peligros y padecimientos, no por su propia fuerza, sino por la virtud omnipotente de Aquél que los ha amado desde toda la eternidad, y que no dudó en entregar a la muerte a su mismo Hijo Unigénito para su salvación. Es cierto que todavía, mientras vivimos, no hemos alcanzado la salvación, pero tenemos seguridad de que la alcanzaremos precisamente porque Dios no dejará de darnos todas las gracias necesarias para que suceda así: basta que nosotros queramos recibir estos beneficios divinos. Nada de lo que nos puede ocurrir podrá apartarnos del Señor: ni el temor de la muerte, ni el amor de la vida, ni los ángeles malos, ni los príncipes de los demonios, ni las potestades del mundo, ni los tormentos que nos hacen sufrir, ni aquellos sufrimientos que nos amenazan, ni todo lo más terrible y funesto que pueda sucedernos. «Pablo mismo —recuerda San Juan Crisóstomo— tuvo que luchar contra numerosos enemigos. Los bárbaros le atacaban, sus propios guardianes le tendían trampas, hasta los fieles, a veces en gran número, se levantaron contra él, y sin embargo Pablo triunfó de todo. No olvidemos que el cristiano fiel a las leyes de su Dios vencerá tanto a los hombres como a Satanás mismo» (Hom. sobre Rom, 15).
Éste es el motivo por el cual vivimos como hijos de Dios, sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte: El Señor quiere que estemos en el mundo y que le amemos, sin ser mundanos. El Señor desea que permanezcamos en este mundo —que ahora está tan revuelto, donde se oyen clamores de lujuria, de desobediencia, de rebeldías que no llevan a ninguna parte—, para que enseñemos a la gente a vivir con alegría (...). No tengas miedo al mundo paganizado, porque el Señor nos busca justamente para que seamos levadura, sal y luz en medio de este mundo. No te preocupes, que el mundo no te hará daño, a no ser que a ti te dé la gana. Ningún enemigo de nuestra alma puede nada, si nosotros no queremos consentir. Y no consentiremos, con la gracia de Dios y la protección de nuestra Madre del cielo (Apuntes, VI, 3).
Romains 8, 31
Esta exclamación del Apóstol nos revela toda la realidad del amor de Dios Padre, que no sólo escucha nuestras oraciones, sino que se nos adelanta. Dios está con nosotros, está siempre a nuestro lado. Es éste un grito de confianza, lleno de optimismo, a pesar de las miserias personales, apoyado firmemente en la conciencia de nuestra filiación divina. Esta lucha del hijo de Dios (...) es la reacción del enamorado, que mientras trabaja y mientras descansa, mientras goza y mientras padece, pone su pensamiento en la persona amada, y por ella se enfrenta gustosamente con los diferentes problemas. En nuestro caso, además, como Dios —insisto— no pierde batallas, nosotros, con Él, nos llamaremos vencedores (...).
Revestidos de la gracia, cruzaremos a través de los montes (cfr Ps CIII, 10), y subiremos la cuesta del cumplimiento del deber cristiano, sin detenernos. Utilizando estos recursos, con buena voluntad, y rogando al Señor que nos otorgue una esperanza cada día más grande, poseeremos la alegría contagiosa de los que se saben hijos de Dios: si Dios está con nosotros, ¿quién nos podrá derrotar? (Rom VIII, 31). Optimismo, por lo tanto. Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a Él (Amigos de Dios, n. 219).
Romains 8, 38-39
«Ángeles», «principados»: Son nombres de diversas jerarquías angélicas (cfr Eph 1, 21; 3, 10), pero podrían estar referidos también a los ángeles caídos, a los demonios (cfr 1 Cor 15, 24; Eph 6, 12). «Potestades»: puede ser sinónimo de «ángeles» y «principados».
«Altura» y «profundidad» designan quizá aquellas fuerzas cósmicas que, según la cultura de aquella época, ejercían un cierto influjo sobre la vida de los hombres.
Con esta enumeración de fuerzas poderosísimas —reales o supuestas—, superiores a nosotros. San Pablo quiere expresar de manera viva que nada ni nadie, ninguna criatura, es más fuerte que el amor de Dios por nosotros.
Caps. 9-11. San Pablo aborda en los caps. 9-11 de Romanos, como indicamos en el título de la sección, «el plan de Dios sobre el pueblo elegido». El Apóstol hace hondas consideraciones y explica que Israel como pueblo, en general, no ha aceptado el Evangelio, habiendo sido, sin embargo, el primer destinatario de las promesas divinas de salvación.
Chapitre n°9
Romains 9, 3
Hay una contradicción aparente entre lo que se dice aquí —«yo mismo pediría a Dios ser anatema de Cristo»—, y lo que antes (cfr 8, 31 ss.) era el motivo de la esperanza cristiana: nada nos puede separar de la caridad de Cristo. Pero esta contradicción se resuelve con facilidad, porque las dos consideraciones son complementarias. El amor de Dios nos mueve a amar a los demás con tal intensidad que desearíamos sufrir cualquier dolor a condición de que los demás estén unidos a Dios. No se trata de la separación definitiva, es decir, de la condenación eterna, sino de estar dispuestos a renunciar a todo favor material o espiritual que Dios nos pueda conceder. Esto significa estar dispuestos a sufrir la condenación pública, a ser entregados a las mayores afrentas y a ser considerados como unos malhechores, como lo fue Jesucristo. Algunos autores han interpretado la frase en el sentido de que el Apóstol estaría dispuesto a renunciar incluso a la felicidad eterna. Es evidente que nos encontramos ante una expresión hiperbólica, propia de los orientales, del tipo de aquélla que pronunció Moisés cuando intercedió ante Dios por los israelitas que habían caído en la idolatría: «Perdónales su pecado, o si no lo haces, bórrame del libro que has escrito» (Ex 32, 31-32). Tanto Moisés como San Pablo saben que Dios los ama y los protege y que no es posible separar la visión de Dios de la felicidad inefable, pero quieren expresar que la salvación del pueblo elegido está por encima de su propio bien personal.
Romains 9, 4-6
Los israelitas son los descendientes de Jacob, a quien Dios puso el nombre de Israel (cfr Gen 32, 29). Esta condición de ser hijos de Israel es el fundamento de los privilegios que Dios les concede a lo largo de la Historia Sagrada: en primer lugar el rango de pueblo de Dios, elegido como hijo adoptivo de Yahwéh (cfr Ex 4, 22; Dt 7, 6); también recibir la gloria de Dios que habitó en medio de ellos (cfr Ex 25, 8; Dt 4, 7; Ioh 1, 14); tener el honor de poder tributar al Dios Único y Verdadero el auténtico culto, y recibir de Él la Ley de Moisés, la cual explicitaba los principios de la ley moral natural y otros aspectos de la Voluntad divina; finalmente, haber sido el depositario de las reiteradas promesas mesiánicas.
Pero, sobre todo, la gran dignidad del pueblo elegido se pone de manifiesto en que el mismo Dios quiso asumir una naturaleza humana con todo lo que era característico de la raza israelita. Jesucristo, como verdadero hombre, desciende «según la carne» de los israelitas, y es a la vez verdadero Dios porque es «sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos».
También en otras epístolas de San Pablo se encuentran afirmaciones parecidas, relativas al núcleo mismo del misterio de la Encarnación, en las que se subrayan al mismo tiempo las dos naturalezas y la única Persona de Cristo (cfr Rom 1, 3-4; Phil 2, 6-7; Col 2, 9; Tit 2, 13-14).
En el pasaje que estamos comentando, esta afirmación aparece en forma de doxología o glorificación de Dios, una de las más solemnes con que en el AT se ensalzaba a Yahwéh (cfr Ps 41, 14; 72, 19; 106, 48; Neh 9, 5; Dan 2, 20; etc.). Llamar a Jesucristo «Dios bendito por los siglos» es una de las maneras más explícitas y expresivas de afirmar su divinidad.
Romains 9, 10-13
Contra toda previsión y al margen del derecho de primogenitura vigente entre los Patriarcas, Dios escoge no al primogénito Esaú, sino a su hermano gemelo Jacob como heredero de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia. Así se cumple el anuncio hecho a su madre Rebeca: «El mayor servirá al menor» (Gen 25, 23). En efecto, Isaac, al bendecir a su hijo Jacob, le constituye en señor de su hermano (cfr Gen 27, 29). Esta elección, hecha antes del nacimiento, manifiesta con toda claridad el carácter completamente gratuito de la vocación del Patriarca, que aún no había podido hacer nada para merecerla. La preferencia que Dios mostró por el menor de los hermanos, según el profeta Malaquías (Mal 1, 2-3), debía recordar siempre a los judíos, descendientes del mismo Jacob, que también su vocación como pueblo elegido era una muestra del amor de predilección de Yahwéh —«amé a Jacob y odié a Esaú»—; así les movía al agradecimiento.
A la luz de estos ejemplos de la Historia Sagrada puede entenderse mejor que el Apóstol explique a los judíos que la llamada de los gentiles a la fe no ha de considerarse sorprendente.
Santo Tomás, al comentar este pasaje, señala la diferencia entre nuestro modo de amar y el de Dios: «La voluntad del hombre se mueve al amor atraída por el bien que encuentra en la cosa amada y por eso la elige con preferencia a otra (...). La voluntad de Dios, en cambio, es la causa de cualquier bien que se encuentra en una criatura (...). De ahí que Dios no ame a un hombre por encontrar en él un bien que le mueva a escogerle, sino que más bien le antepone a los demás y lo escoge, porque lo ama» (Comentario sobre Rom, ad loc.).
El Señor hizo notar a los Apóstoles el carácter gratuito de la vocación al decirles: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Ioh 15, 16).
Es más, el ejemplo de Jacob, la vocación de los Apóstoles, la elección misma de San Pablo, y la de tantos otros en el transcurso de la historia, muestran que Dios se complace en elegir precisamente a aquellos que a los ojos de los hombres pueden parecer menos aptos. Te reconoces miserable. Y lo eres. —A pesar de todo —más aún: por eso— te buscó Dios.
—Siempre emplea instrumentos desproporcionados: para que se vea que la ‘obra’ es suya. —A ti sólo te pide docilidad (Camino, n. 475).
Romains 9, 13
La expresión «odié a Esaú» ha de entenderse a la luz de la constante enseñanza de la Sagrada Escritura: Dios ama a todas sus criaturas y no odia a nadie ni a nada de lo que ha creado (cfr Sap 11, 24). En este sentido, Dios ama también a Esaú, pero si comparamos este amor con el amor de predilección por Jacob, parece odio. Es éste un modo de hablar frecuente entre los semitas, empleado a veces también por el Señor, cuando compara p. ej. el amor que a Él se le debe con el amor hacia los padres (cfr Mt 10, 37 y Lc 14, 26).
Romains 9, 14-33
La elección del pueblo de Israel entre todos los pueblos, el endurecimiento y castigo del Faraón, la salvación o reprobación individual representadas en la alegoría de la vasija de barro, son otros tantos ejemplos que manifiestan la existencia de un profundo misterio: la predestinación. La fe nos enseña que Dios, todopoderoso y omnisciente, no sólo conoce todos los acontecimientos futuros, sino que con su infalible voluntad los dispone para la consecución del fin establecido: la Sabiduría divina, dice la Sagrada Escritura, «se despliega vigorosamente de un confín al otro del mundo y gobierna todo el universo con suavidad» (Sap 8, 1).
Dios establece desde toda la eternidad que las criaturas racionales lleguen a la felicidad eterna movidas por la gracia y mediante su libre cooperación. La esencia del misterio consiste en que nuestra inteligencia de criaturas, tan limitada, no consigue entender del todo cómo se compaginan la infalibilidad del designio divino y la libertad humana. La intervención libre del hombre es necesaria «porque la bebida de la humana salvación, que está compuesta de nuestra flaqueza y de la virtud divina, tiene ciertamente en sí misma poder para aprovechar a todos, pero si no se bebe, no cura» (Conc. de Quierzy, Doctrina de libero arbitrio hominis et de praedestinatione, cap. 4). Y también es una realidad misteriosa que Dios, a pesar de su voluntad salvífica universal, permite que algunos se condenen.
Como somos libres, se podría pensar que la salvación o la condenación dependen exclusivamente de nosotros; por el contrario, si la voluntad de Dios es realmente infalible, la salvación o la condenación parece depender sólo de su arbitrio. Frente a estas dos posturas equivocadas, la Iglesia ha precisado a lo largo de los siglos la doctrina. Contra quienes insistían demasiado en la fuerza de la libertad humana, el Magisterio afirmó que «debemos por bondad de Dios predicar y creer que por el pecado del primer hombre de tal manera quedó inclinado y debilitado el libre albedrío que en adelante nadie puede amar a Dios como se debe, ni creer en Dios, ni obrar por Dios lo que es bueno, sino sólo aquél a quien previniere la gracia de la divina misericordia» (De gratia, Conclusión). Añadió también, con palabras de San Agustín, que cuando los hombres siguen libremente el querer de Dios, aun cuando lo que hacen lo hagan voluntariamente, su voluntad, sin embargo, es de Aquél que dispone y manda lo que quieren (cfr Ibid., can 23; In loann. Evang., 19,19). Más gráficamente, amar a Dios es un don de Dios.
«Dios omnipotente quiere que todos los hombres sin excepción se salven (cfr 1 Tim 2, 4), aunque no todos se salvan. Ahora bien, que algunos se salven es don del que salva; pero que algunos se pierdan, es merecimiento de los que se pierden» (Conc. De Quierzy, Doctrina de libero arbitrio hominis et de praedestinatione, cap. 3). En otro lugar enseña el Magisterio: «Confiadamente confesamos la predestinación de los elegidos para la vida, y la predestinación de los impíos para la muerte; sin embargo, en la elección de los que han de salvarse, la misericordia de Dios precede al buen merecimiento; en la condenación, en cambio, de los que han de perecer, el merecimiento malo precede al justo juicio de Dios (...). Pero que hayan sido algunos predestinados al mal por el poder divino, es decir, como si no pudieran ser otra cosa, no sólo no lo creemos, sino que si hay algunos que quieren creer tamaño mal, contra ellos, como el Sínodo de Orange, decimos anatema con toda detestación» (Conc. III de Valence, De praedestinatione, can. 3).
En el misterio de la predestinación se manifiestan tres verdades sumamente alentadoras. En primer lugar, la absoluta libertad y generosidad de Dios al concedernos su gracia sin ningún mérito por nuestra parte. Porque así como todos los hombres somos pecadores delante de Él (cfr 3, 9 ss.), Él otorga su amor y su justificación por propia bondad y misericordia (vv. 15-16). En segundo lugar, que la voluntad salvífica de Dios es universal y abarca a la humanidad entera: Él quiere que todos los hombres se salven (cfr 1 Tim 2, 4) y Cristo, enviado por el Padre para realizar la obra de nuestra Redención, murió en la Cruz por todos los hombres. En tercer lugar que Dios, en la obra de nuestra salvación, cuenta con nuestra libre correspondencia, que con su gracia previene y despierta. En este sentido el hombre siempre puede oponerse a la gracia que recibe de Dios. La obra de nuestra salvación es, pues, un continuo e íntimo entramado de la gracia divina, que antecede, y de la correspondencia humana, cuya libre decisión es preparada por Dios.
Por eso nada hay que temer por parte de Dios: Él es un Padre que no quiere condenar a sus hijos. San Agustín, después de sondear este misterio, concluía con una exhortación a la esperanza y a la oración: «Vosotros, por tanto, debéis esperar que la misma perseverancia en la obediencia os vendrá del Padre de las luces (cfr Iac 1, 17), del cual viene toda dádiva y todo don perfecto, y debéis pedirla en vuestras oraciones diarias, y al hacerlo debéis estar seguros de que no estáis alejados de la predestinación de su pueblo, porque Él os da la posibilidad misma de actuar así» (De dono perseverantiae, 22, 62).
Romains 9, 18
Dios, al distribuir libremente su gracia de modo desigual entre los hombres, desea que esa variedad contribuya a la belleza y perfección de sus obras. Esta distribución desigual de la gracia incluye también el don de la perseverancia final, que no es exigible por el hombre sino que Dios lo da a quien quiere. A todos, sin embargo, concede la gracia de la conversión y el arrepentimiento, y abre las puertas de la salvación. Pero si el hombre rechaza estos dones en uso de su libertad, Dios respeta esa decisión humana.
Sólo en sentido permisivo se puede decir que Dios es causa del endurecimiento del corazón, aunque propiamente la responsabilidad de este endurecimiento es exclusiva del pecador. Santo Tomás lo explica con esta comparación: «El sol, aunque de por sí sea capaz de iluminar todos los objetos, si encuentra un obstáculo en algún cuerpo lo deja en tinieblas, como por ejemplo, cuando una casa tiene las ventanas cerradas. Desde luego el sol no es la causa de la oscuridad, porque no es por voluntad suya por lo que la luz no entra en el interior; la oscuridad se debe sólo al hombre que cierra la ventana. Así Dios, en su juicio, no infunde la luz de la gracia a los que interponen obstáculos» (Suma Teológica, I-II, q. 79, a. 3).
La unión en Dios de la justicia con la infinita misericordia es otro misterio insondable. Nos bastará considerar que, de todos modos, Dios siempre ofrece oportunidades de conversión y arrepentimiento. La Iglesia nos invita por esto a no cerrar nuestro corazón a las invitaciones divinas: «¡Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor!: no endurezcáis vuestro corazón» (Ps 95, 8).
Romains 9, 20-23
La imagen del alfarero que modela el barro para hacer vasijas de todo tipo aparece varias veces en los Libros Sagrados. Era algo que debía resultar familar a todo hebreo. En los Profetas indica el poder divino sobre la historia: el alfarero es Dios y la vasija es el pueblo elegido (cfr Is 29, 16; 45, 9; Ier 18, 6 ss.). En los Libros sapienciales la misma idea se aplica a cada fiel, que está sometido a Dios como está el barro en manos del alfarero, porque en cuanto a los hombres, «a todos los hizo del polvo; de la tierra fue creado Adán. Con su gran saber el Señor los diferenció e hizo distintos sus caminos. Como la arcilla del alfarero está en sus manos, para que la plasme y la modele según su beneplácito, así está el hombre en manos de Aquél que lo hizo y que le retribuirá según su juicio» (Eccli 33, 10-13; cfr Sap 15, 7). No se puede pedir cuentas a Dios por su actuación; la Voluntad divina está muy por encima de lo que el hombre puede comprender. Pero no por eso quedan mermadas nuestra libertad y responsabilidad personales. Contamos con la seguridad de que Dios no puede querer sino nuestro bien.
Haciendo referencia a la imagen del alfarero. San Juan Crisóstomo comenta: «Con estas palabras el Apóstol no quiere destruir el libre albedrío, sino mostrar solamente cómo debemos obedecer a Dios. Cuando se trata de pedir cuentas a Dios sobre su modo de obrar, tenemos que ser como la arcilla: no debemos ni contestar, ni preguntar, tampoco hablar, ni siquiera pensar, sino tener la flexibilidad de la arcilla que cede a la presión de las manos del alfarero y viene a ser lo que él quiere (...). Adorad a Dios y con vuestra docilidad imitad la arcilla (...). Dios no hace nada de modo ciego o al azar, aunque vosotros no conozcáis los secretos de su sabiduría» (Hom. sobre Rom, 16).
Romains 9, 30-33
El verdadero Israel no es propiamente el que desciende de Abrahán «según la carne» (cfr Rom 9, 7) y que buscaba justificarse por sus obras y no por su fe; el verdadero Israel es el resto del que habían hablado los profetas, la porción de Israel que, conforme al ejemplo de Abrahán, vivía de la fe, y la parte de los gentiles que —lo mismo que el resto de Israel— había aceptado el Evangelio de Jesucristo. Así, la Iglesia, constituida por una porción de Israel y otra de los gentiles, es el verdadero Israel, que se constituye a partir de Cristo no por los lazos de la sangre sino del espíritu.
Chapitre n°10
Romains 10, 6-8
San Pablo cita y aplica aquí unas palabras del Deuteronomio: «Estos mandamientos —habla Moisés al pueblo de Israel— que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo para que tengas que decir: ¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica? (...) ¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica? Sino que la palabra está muy cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica» (Dt 30, 11-14). La Ley que Dios otorgó a Moisés, en efecto, manifestaba claramente la voluntad divina y hacía más accesible su cumplimiento. Con la Encarnación, el Verbo de Dios, la Palabra hecha carne, ha habitado entre nosotros, mostrándonos el camino para llegar a Dios. Para el cristiano la vida y la doctrina del Verbo encarnado son ahora los preceptos y mandamientos divinos. Jesucristo al descender del Cielo en la Encarnación nos trajo la gracia y la verdad, y al resucitar de entre los muertos ha vencido la muerte, y al subir al Cielo y enviarnos, junto al Padre, el Espíritu Santo, ha culminado su obra redentora.
Romains 10, 9
Al menos desde el siglo III a.C. tenemos documentado que los hebreos no pronunciaban, por respeto, el nombre de Yahwéh, sino que lo sustituían generalmente por el de Señor, Los primeros cristianos, al aplicar a Cristo el título de Señor, hacían profesión de fe en la divinidad de Jesús.
Romains 10, 10
Es indispensable que en el acto de fe intervenga la libre voluntad humana, como explica Santo Tomás al comentar este pasaje: «Muy a propósito dice que se cree con el corazón. Porque todo lo demás que se refiere al culto externo de Dios, el hombre puede hacerlo contra su voluntad, pero no puede creer si no quiere. En efecto, el entendimiento de un creyente no está obligado a adherirse a la verdad por una necesidad racional, como en el caso de una ciencia, sino que es movido por la voluntad» (Comentario sobre Rom, ad loc.).
Pero para vivir de fe es necesaria, además de la aceptación interior, la profesión externa del hombre, que, al estar compuesto de alma y cuerpo, tiende por naturaleza a expresar con palabras lo que concibe en su corazón; la profesión externa puede ser incluso obligatoria cuando así lo exige el honor debido a Dios o el bien del prójimo. En el caso, por ejemplo, de una persecución estamos obligados a profesar externamente la fe, hasta con peligro de muerte, si, al ser interrogados sobre la fe, de nuestro silencio se pudiera deducir que no tenemos fe o que no es la verdadera, dando ocasión, por nuestro mal ejemplo, a que otros se alejaran de ella. Pero no hay que pensar sólo en circunstancias tan extremas y graves; también en la vida diaria hemos de observar esta conducta. En ninguna de estas situaciones —ordinarias o extraordinarias— nos faltará la ayuda de Dios para confesar valientemente nuestra fe (cfr Mt 10, 32-33; Lc 12, 8).